Latidos del asfalto

martes, 13 de junio de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 20


“Pero de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma: ¡a la manera de los comprachicos, vaya! Imagínese un hombre que se implanta verrugas en la cara y se las cultiva”
Arthur Rimbaud – Cartas del vidente

En el bus de camino al departamento de mi esposa, recibí un par de mensajes de Karina: Mark, el jovenzuelo que la pretendía y con quien ya había tirado en algunas oportunidades, había leído los mensajes de su teléfono mientras ella preparaba unos pisco sours en la cocina de su casa. Así, se enteró de las visitas de Karina al cuarto de Zepita. El chibolo le lloró. Cómo es posible que hayas estado con otro si yo te amo de verdad, Karina. Ella le aclaró las cosas: Tú no eres nadie para reclamarme qué hacer y qué no. El tipo no se resignó. Insistió. Quería que Karina le negara lo que acababa de leer. Es un celoso de mierda, Dani.

Me imaginé la situación: Karina y Mark protagonizando la típica escena de celos. Él llora, se arrastra, exige exclusividad, solicita arrepentimiento. Ella no cede. Quiere su libertad, pero le fascina que el chibolo se cague así por ella. Sabe que lo tiene bailando en la palma de la mano. En un descuido, él la besa. El chibolo besa bien, muy bien. Ella lo sabe. Se deja besar. Caen abrazados en el sofá de la sala. Él saborea los labios de su mujer, los labios que hacía poco más de veinticuatro horas habían estado friccionando la delgada piel que recubría mi pichula. El chibolo lame la lengua de Karina, lengua que hacía poco menos de cuarenta y ocho horas había estado embadurnada con mi semen. La escena me satisfizo. Me encantaba tirar con chicas que estuviesen comprometidas. Era rico saber que luego de que hubieron tirado conmigo, tiraban con sus enamorados. No cabía duda: Era un tipo malvado, avieso, torcido. Me refocilaba en los cuernos del prójimo. Algo andaba mal en mi cabeza. Era muy probable que se tratara de algún complejo de inferioridad que arrastraba desde la niñez. Mi alma era la de un monstruo.

Viajé en el bus de muy buen humor. No existía nada más adrenalínico que tirar con la mujer del prójimo.

Mi esposa me contó sobre los progresos y las travesuras de la bebe en el colegio. Ella se preocupaba por estas últimas, les daba demasiada importancia. La bebe está muy traviesa, Daniel. Yo asentía. Ponía cara de preocupación. Tenía que ser empático con mi esposa. Si le daba la contraria, me armaría una escena y se resentiría. Cuando te casabas con alguien no solamente llegabas a conocer su forma de amar; también su manera de odiar –sobre todo, esto último: Su forma de odiar-.

Te crees el que sabes mucho de la vida porque has leído todos esos libros. No sabes nada, Daniel. Tú no vas a saber más que la psicóloga del colegio. Innumerables veces oí esos reproches. Ahora que vivía separado de ella y de mi hija, había decidido que los escasos minutos juntos fueran de liviandad y no de asperezas. Me guardé mis opiniones. Sabía perfectamente lo que se desencadenaría si le decía lo que pensaba: Que la bebe tenía todo el derecho de ser todo lo rebelde que le diera la gana, que era parte de su desarrollo natural. Todo niño debía portarse todo lo mal que pudiese. Era natural. Los adultos no podíamos destruir esa libertad. Destruyéndola, ayudábamos a criar seres apocados y abúlicos, guiñapos dispuestos a dejarse revolcar por los infinitos problemas que presentaba la vida. Mi hija tendría dos alternativas: O terminaba sus días convertida en una exitosa ingeniera de minas, haciendo cosas sin importancia, o –y esta era una gran O- vivía siendo una persona condenadamente feliz. Todo dependía de que tan bien, desde pequeña, la familiarizásemos con la libertad y no con el yugo opresor.

Mi hija jugaba en el laberinto de tubos y se zambullía en la piscina de pelotas de colores. Hasta donde me constaba, a ella le encantaban tres cosas en el mundo: Las papitas fritas, los colores y las canciones en inglés. Era demasiado feliz cuando se zambullía en la piscina de pelotas de colores del Bembos, cantando Canned Heat, de Jamiroquai. Sí,  del mismo modo en que a mí me gustó Canned Heat en 1999, a ella, ahora, le encantaba esa canción. Y qué bien pronunciaba las letras. Sin que nadie le hubiera enseñado un carajo –Bueno, sí, lo aprendió de su tablet-.  


                                                       Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=vE4VlA_9OrI 

Dani, en el colegio me están pidiendo treinta soles para el disfraz de la bebe por el aniversario del colegio y…, dijo mi esposa. Yo la interrumpí. Toma cincuenta, le dije. Gracias al dinero de los proyectos generados por la empresa que mi hermano y yo habíamos formado, podía, por fin, cubrir aquellos gastos que no habían sido planificados a fin de mes. Si el gasto era para mi hija, con todo gusto lo cubría. 

El taxi de regreso al departamento de mi esposa nos dejó en Bertello. Cruzamos la avenida sujetando fuertemente la manito de nuestra hija. Al otro lado, ya seguros, la bebe quedó prendada de una caja de colores que se ofrecía en la vitrina de una librería. Entramos detrás de ella. Papi, quiero esos colores. Imposible decirle que no. Un ratito después, nos retiramos del lugar: La bebe tenía en sus manitos una caja de colores y un estuche de plumones. Estaba feliz, desesperada por llegar a casa y liberar a sus colores de la opresión de sus cajas y de sus estuches.

Hacía poco más de un mes, cuando mi esposa abría la reja de la casa, yo entraba con ella y con la bebe. Ahora, me quedaba afuera, despidiéndome de ellas. Si bien yo pagaba la mitad del alquiler de la casa -la otra mitad la pagaba Melina, según habíamos acordado entre los dos-, la pareja de mi esposa, Melina, había determinado que yo no tendría el derecho de subir al departamento. Al principio, me incomodó esa determinación. Luego, con la cabeza fría, convine que eso era lo mejor: Subir al departamento para darle un beso a mi hija hubiera sido todavía más penoso. Ella se hubiese lanzado a mis brazos. Me hubiera dicho quédate, papi, vamos a jugar. Me hubiera partido el corazón.

La bebe subió las escaleras, encantada con sus colores y con sus plumones. Mi esposa y yo permanecimos en la puerta de rejas. Gracias por lo de hoy, Dani. La pasamos bien. Yo procuraba evitar las despedidas prolongadas. Me hacían mal. Era mejor decir adiós y esperar el día en que volvería a ver a mi hija.

Mi esposa quedó mirándome los labios. ¿Quería besarme? Acercó sus labios a los míos. Cuídate mucho, me dijo. Me besó. Fue un beso corto, pero en plena boca. No le correspondí. Me dejé besar. Tuve miedo de que Melina estuviera en el departamento y nos pudiera ver y, en represalia, se la agarrase con mi hija. O le armase un escándalo a mi esposa, con mi hija presenciándolo todo.

El beso no me excitó. No sentí absolutamente nada. Terminó el beso, dije adiós, y me fui. No dije más. Caminé hacia el paradero de Tingo María y tomé el bus a Alfonso Ugarte. Fueron diez cómodos minutos de viaje sentado en la última fila de asientos del bus, uno de aquellos vehículos largos y viejos que todavía circulaban por las avenidas del Centro de Lima. Eran pocos los pasajeros. Todos parecían buenas personas. Saqué mi celular. Una burbuja de conversación del Messenger de Facebook flotaba en la pantalla. Le di un toque con la yema del índice derecho. Era Daniela. ¿Qué haces, chato? Así me decía Daniela: Chato, a pesar de que yo le llevaba unos quince centímetros de ventaja. Sin embargo, con respecto al tamaño del grueso de sus amigos, yo era un enano de mierda con mi metro sesenta y nueve. Otras veces, me decía Chaturris. Regresando a mi cuarto. Acabo de ver a mi hija, escribí. ¿Y tú?, pregunté. Había que vigilar las calles por la ventana: Uno nunca sabía en qué momento podía subirse al vehículo algún arranchador de celulares.

Daniela estaba en casa. No tenía mucho que hacer. Por fin, había hallado unos minutos de descanso después de tanto estudio y tanto trabajo. Alucina que acabo de pasar por tu casa. Estoy ya llegando a Alfonso Ugarte. Qué te parece si te invito un chifita y conversamos. ¿Qué dices, Dani? Subió un tipo que dijo tener serios problemas con un familiar que tenía en el hospital. Solicitó la colaboración de los viajeros. Cuando se acercó a mi sitio, decidió dar la vuelta, puentearme: Un sujeto con mi cara, la cara de un cholo, y los brazos tatuados, no tendría monedas ni para pagar el pasaje del bus. No era sensato dirigirme siquiera un monosílabo. Estiré un brazo y le alcancé una moneda de cinco soles. Podía ser yo quien en un futuro, debido a cualquier circunstancia atroz, pidiera una ayuda en los carros. El tipo podía estar mintiendo o podía estar diciendo la verdad sobre el asunto de su familiar. No había que juzgarlo. Era preferible creer que decía la verdad. Al menos yo, si estuviera completamente cagado, contaría mi verdad para conseguir la ayuda necesaria. El tipo se sorprendió. No esperaba que un cholo tatuado como yo le diera tamaña cantidad de dinero. Sonrió agradecido y atrapó la moneda. Que Dios te bendiga, chochera, dijo.

Daniela aceptó que nos viésemos en Alfonso Ugarte. Le dije que en la cuadra doce había un par de chifas. ¿Has comido ahí? ¿Los conoces? No, nunca había comido en ninguno de los chifas de Alfonso Ugarte, pero consideré que sería una buena oportunidad para empezar. Mejor aún si ella me acompañaba. Te espero, entonces, en la esquina de Metro. No te demores, Dani. ¿Por qué, de pronto, me provocaba tirar locamente con Daniela? Debía de ser porque ella se negaba a que me la tire. Eso la hacía más deseable, más interesante. Dejándome de huevadas; la verdad, la neta, era que quería tirármela porque estaba involucrada sentimentalmente con otro huevón, con un tal Johnny Reyes. Me arrechaba estar con una mujer comprometida. No había nada más excitante que una mujer que tuviera enamorado, novio o esposo, se te abriera de piernas. O, quizá, sí había algo mucho más excitante. Solo era cuestión de seguir explorando, de seguir viviendo.

La primera cucharada estuvo buena. No era la mejor sopa wantan de mi vida, pero tampoco era la peor. A Daniela no le gustó. No sé, está algo rara, dijo. La saboreé mejor. Sí, tenía un cierto sabor extraño, como a detergente para lavar platos.   

El arroz chaufa sí que estuvo bueno. Pero a Daniela tampoco le gustó. Comió sin muchas ganas. A la chicha que pedimos, le faltó un poco más de limón. Decidimos, sin decirlo, que jamás volveríamos a ese lugar. Le pregunté por su relación con Johnny. En realidad, según me explicó, no estaba formalmente con él. Salían, paraban juntos, se besaban, tenían sexo, pero no podía asegurar que realmente fueran enamorados. Existía, eso sí, una conexión muy fuerte entre ambos.

Johnny Reyes se consideraba poeta. Hacía varios años, publicó un poemario –Daniela no recordaba el nombre- que recibió estimables críticas por parte de los escasos entendidos en la materia. Tenía, también, dos o tres poemitas breves, o puntazos al corazón, como él prefería llamarlos, dando vueltas en internet. Guardaba en un USB un ambicioso proyecto de novela. Cuando la publique dirán que soy el sucesor de Martín Adán, decía, sobre todo, cuando se hallaba en las cimas de sus más épicas borracheras. Será la nueva Casa de Cartón.

Para sobrevivir, trabajaba como docente auxiliar del curso de Crítica Literaria en la UPC. Allí conoció a mi Daniela, quien inmediatamente se sintió atraída por su desbordante personalidad. Johnny era un poeta de tez trigueña, rasgos combinados de cholo y de moreno -aunque más de moreno-, pelo largo y enrulado. La vida pasa por el pensamiento del poeta melenudo, escribió Artaud y, del mismo modo, Johnny sometía la vida a su peculiar consideración. Se entregaba a las drogas con la devoción con la que un sacerdote ultrajaba a un niño. Drogado escribía mucho mejor. Le salían unos poemas alucinantes. Los recitaba en sus clases. A menudo, sobre todo cuando estaba borracho, se comparaba con Rimbaud. No era cabro, eso sí. En eso disentía de su ídolo. Lo suyo eran las hembras. Se había tirado a varias de sus alumnas. Las subyugaba con la música de su voz y con las palabras que emanaban, quemantes, de su corazón, el corazón de un poeta melenudo.

Prefería la marihuana; aunque, si sus amigos pagaban, le entraba gustoso a unas cuantas líneas de coca. ¿Tú también has jalado coca, Dani? No, chato, eso es lo que él me cuenta. Él nunca me ha ofrecido nada de esas cosas. Ni siquiera las ha hecho delante de mí. Creo que en ese aspecto no me trata de obligar a nada. Yo solo le entro a los vinos y a la cerveza.

¿Pero sigue tirándose a sus alumnas? La verdad, no lo sé. Pero, ¿normal si lo sigue haciendo? O sea, ¿no te dan celos? Pucha, chato, no sé. A veces me llama la atención que las chicas lo persigan. ¿Por qué? Porque desde que está conmigo siento, ojo, siento, porque no me consta, pero lo siento, que él las rechaza y se guarda para mí.

No envidié la suerte de Johnny. Tenía embelesada a Daniela porque era un tipo diferente. Se la había ganado. Había dedicado su vida a hacer lo que le salía de los cojones. Claro, tuvo que hacer la ligera concesión de fungir de profesor en una universidad; sin embargo, en esas clases, se permitía ser todo lo rebelde que era, se mandaba con sus poemas ante el alumnado, enviando a la mierda los escritos por aquellos poetas que él consideraba no debieran enseñarse nunca en ninguna institución del mundo. Vivía en casa de su vieja, sí, pero había logrado aislarse algo para vivir la vida de un poeta: Un colchón en el suelo y pilas y pilas de libros cubriendo las paredes, algunas botellas de cerveza entre el colchón y los libros, y una bolsita de marihuana refugiada entre Los Poemas Completos de Rimbaud y Las Flores del Mal de Baudelaire.   

Aceptó ir a mi cuarto, pero me advirtió que no pasaría nada. ¿En serio vivió en tu cuarto José María Eguren? Alucina que Johnny es fanático de la poesía de Eguren. Para Johnny, Eguren está mucho más arriba que Vallejo. Siempre me recita sus poemas. Se sabe varios de Eguren. Supuse que me recitaría los archiconocidos de José María, como el de La Niña de la Lámpara Azul. Y no me equivoqué. Recitó ese poema. De tanto que me los recita, ya me los aprendí. También me aprendí los de Los Reyes Rojos. Recitó un verso: Por la luz cadmio / airadas se ven pequeñas / sus formas negras. Tomó un respiro. Hacía rato que había puesto a un ladito su sopa y su arroz. Pensé: Ahí se van diez solcitos que no consiguieron que me cache a esta chata.  

En los primeros capítulos de la novela, mentí. Escribí que Eguren se había hospedado en el hotel de la calle Peñaloza en el que me había clavado a un transexual. Mentí. Quise darle Historia –con mayúscula-, abolengo, prosapia, al hotelucho ese. Daniela leyó la novela en el blog. Se la recomendó a Johnny. Éste le dijo: Dani, preséntame a ese solitario. Se ve que está cagado de la cabeza. Daniela no le dijo que ese solitario, además de su primo, había sido también su cachero por un tiempo.

El huevón de Johnny se zambulló en añejos textos de la Biblioteca Nacional en busca de algún dato perdido que le confirmara, como afirmaba El Solitario, que Eguren se había hospedado en el mencionado hotel de la calle Peñaloza.

Daniela, en cambio, creyó leer que Eguren había vivido un tiempo en MI cuarto de Zepita. No la desmentí. Si el hecho de que Eguren hubiera vivido en mi cuarto le parecía motivo suficiente para conocer el hueco en el que vivía, quién era yo para romperle la ilusión. Aun así, me aclaró que si iba a mi cuarto, no pasaría nada de nada.  

Terminamos de comer. Pagué la cuenta. La acompañé a su casa. No insistí con lo de ir a mi cuarto. No me gustaba porfiar. Ya habría otra ocasión para levantarme a la chata. Había que ser paciente.
     
La caminata hasta Zepita fue larga. La hice escuchando la programación nocturna de Doble Nueve: Rock clásico. En Colmena, compré un vino helado y una cajetilla de cigarros. Encendí uno. Lo fumé dando vueltas por Chancay. Vi el panorama de cabros que me ofrecía la madrugada. Había un par de chicas hermosas. Tetas como pelotas y enormes culos enmallados. Fumé lo que quedaba del cigarro en la puerta de la casa.

Subí las escaleras. Entré a mi cuarto. Prendí mi vieja laptop. ¿Cuándo chucha tendría reparada mi otra laptop? Descorché el vino. Me serví una buena dosis en uno de los vasitos de plástico que me dio el tendero. Comencé a escribir el capítulo siete de la novela. Llevaba borroneados un par de párrafos, cuando recibí un mensaje de Rosario en el Whatsapp. Amor, para mañana te tengo una sorpresita. Sueña conmigo, ¿sí? Me serví más vino en el vasito y me lo empujé de un trago. Me rasqué la pichula y continué escribiendo un par de líneas más.


Lima, jueves 29 de setiembre del 2016.
Publicado en Santa Bárbara, Honduras, el 13 de junio del 2017.

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