Latidos del asfalto

domingo, 28 de mayo de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 19

“Junto a su cabeza, un ángel aparece inclinado:
espía los susurros de un corazón inocente”
Arthur Rimbaud – El ángel y el niño

¡Soy un huevón, soy un huevón! Mi conciencia no dejaba de reclamarme lo estúpido que había sido al abandonar el cuarto dejando el celular sin la protección de la contraseña, a merced de cualquier ojo fisgón. No cabía duda de que la había pasado demasiado bien. Cuando uno la pasaba de putamadre, dejaba de lado las precauciones. Por eso, había olvidado colocar la contraseña. ¡Soy un huevón, soy un huevón!

No recordaba exactamente lo que le había escrito a Daniela; pero estaba casi seguro de que no habían sido cosas del tipo quiero lamerte la vagina, o quiero chuparte las tetas, o me muero por metértela toda la noche como esa vez en aquel hotel, por Metro de Alfonso Ugarte. Quería hacerle todo eso, sí, pero debía ser cuidadoso al momento de expresar por escrito esos desbocados requerimientos. Daniela ya no me veía cuando se lo pedía, como antes; tampoco se avenía con presteza a mis peticiones. Todo porque andaba muy enamorada de un tal Johnny Reyes, poeta que había conocido hacía pocos meses en la universidad donde trabajaba. Daniela y Johnny eran inseparables. Se pensaban en todo momento. Por ello, debía ser muy sutil con los mensajes que le enviaba citándola a un encuentro. Ya no podía escribirle aquellas obscenidades de manera directa, si bien hacía un tiempo las habíamos llevado a cabo con lujo de detalles y sin ningún tipo de vergüenza. Incluso, luego de que terminamos la brevísima relación que sostuvimos en octubre del 2014, Daniela y yo continuamos viéndonos, aunque esporádicamente y a pedido mío, para tirar en algún hotel de la ciudad. Sin embargo, todo se jodió –siempre existía un punto en el que las personas o las cosas se jodían; era inevitable- el día que me dijo que estaba embarazada de mí.

Tuvimos relaciones una madrugada. Prescindí del condón. Prefería no ponerme condones cuando tiraba con alguna mujer más o menos conocida.

Esa madrugada había llegado desde Huancayo en un colectivo que me cobró diez soles. El auto voló. Rozó a cuanto camión y bus viajó en la dirección contraria. El recorrido de Huancayo a Lima, que se hacía en cinco horas, lo efectuó en dos. Los cuatro pasajeros de ese colectivo antepusimos la rapidez a nuestras propias vidas. El auto nos dejó en Yerbateros. Era la primera vez que pisaba ese lugar. Siempre había oído hablar de Yerbateros. Me sonaba como a un sitio lejano, rodeado de hierbas y junglas, totalmente aislado de la civilización. Sin embargo, estaba incrustado en pleno bullicio citadino. Tomé un taxi que me llevó hasta Metro de Alfonso Ugarte. Una de las dos mochilas que llevaba en el lomo, la más grande, estaba repleta de ropa sucia, ropa que mi esposa debía lavar.

Una vez instalado en el hotel de siempre de Metro de Alfonso Ugarte, le avisé a Daniela que me buscase. Yendo a pie, el hotel quedaba a cinco minutos de su casa. En la recepción, compré un paquetito de condones Durex. En realidad, no tenía preferencia por marca alguna; simplemente dije unos condones, por favor, y la recepcionista, una señora gorda de pelo grasoso, me alcanzó los Durex. Seguramente, la tía había adivinado en mí a un eyaculador precoz. Al cabo de media hora, Daniela y yo estuvimos desnudos en una de las camas del hotel. Nos tocó la habitación 311. Era un cuarto pequeño y de mobiliario discreto. Puse la cajita de condones sobre la mesita de noche. Nunca la abrí. La excitación que me provocó el cuerpo desnudo de Daniela hizo que prescindiera de tomar las precauciones del caso. Se la metí sin condón. Terminé en su boca. Al segundo, me arrepentí de haberlo hecho. No era justo. No era justo que Daniela se bebiera mi semen. Me gustaba, sí, pero no para que se bebiera mi semen. Eso significaba un compromiso mayor, un compromiso que yo no estaba dispuesto a sostener en el tiempo. Con la última gota eyaculada se fueron todos mis deseos por Daniela. Las ganas me volverían a asaltar, si acaso, en cosa de ocho o nueve meses.

Nos quedamos dormidos. Unas horas después, cuando el sol empezaba a asomarse en el cielo de Breña, regresé al departamento en el que vivía con mi esposa y mi hija. No sentí ningún tipo de culpa. Tenía la conciencia limpia. ¿Por qué tendría que tenerla sucia si lo de Daniela había sido apenas un polvito inofensivo sin ningún tipo de enganche emocional (al menos de parte mía)?

Los días de esa semana, en Lima, con la familia, se pasaron volando. Como siempre cuando estaba con mi esposa y con mi hija, procurábamos salir y distraernos. Íbamos con la bebe a los juegos mecánicos de Plaza San Miguel, que nos quedaba cerca de la casa. Enseguida, nos empachábamos comiendo en el KFC o en el Bembos, los lugares favoritos de mi bebé. El trabajo en la mina pagaba bien y podía permitirme esos desmanes de grasa y diversión. Mi hija regresaba feliz y satisfecha a la casa, entonando sus canciones preferidas en inglés -idioma que aprendió por sí sola en interminables sesiones enfrente de su tablet-, mientras mi esposa y yo reconciliábamos nuestras diferencias besándonos y prometiéndonos, en el taxi de regreso al departamento, que nos daríamos otra oportunidad más como esposos.

Al amanecer de un fin de semana, mi esposa preparaba el desayuno luciendo todavía su pijama, un camisón suelto que le dejaba al descubierto las piernas y una parte bastante promisoria de sus senos. Aprovechando que nuestra hija aún dormía en su habitación, abrazaba a mi esposa por detrás y empezaba a besarla. Un ratito, Dani, ya va a estar el desayuno, me decía. Yo la besaba con desenfreno, como si no hubiera tocado a una mujer en siglos. Le agarraba las tetas, las estrujaba, y, de un tirón, le quitaba el camisón. Abrazados, caminando torpemente hacia la cama aún deshecha –era mi responsabilidad hacer la cama ni bien nos levantábamos-, caímos en ella y hacíamos el amor. Se la metía y se la sacaba hasta que empezaba a sentir que se me mojaba la punta de la pinga. Entonces, me asaltaban las ganas de decirle que no podíamos continuar porque sería peligroso, podría salir embarazada nuevamente y otro bebe sí que descuadraría todo mi presupuesto. Ahora que estaba en una mina, y ganaba más o menos bien -eso sí, a cambio de alquilar mi vida como una puta arrendaba el culo, pasando largas temporadas alejado de mi hija-, me había propuesto ahorrar para procurarle a mi bebé una vida más cómoda. Mi meta era que ella creciera sin preocuparse por tener que trabajar para subsistir, que no tuviera, como yo, que trabajar en una mina mandando a la mierda su vida en un lugar en el que lo único que importaba era sacar el mineral que haría todavía más ricos a sus poderosos dueños.

Pero si le decía a mi esposa que debía sacar mi pichula porque podría dejarla embarazada, ella armaría un escándalo. Me diría que siempre le hacía eso, que por qué nunca tenía condones a la mano, que siempre la dejaba con las ganas de llegar y quedar satisfecha. Las mujeres eran unos bichos raros, como decía el poeta de aquella película de Pancho Lombardi, Los amigos.

Pero tenía que hacerlo. Tenía que parar el asunto antes de que mis espermatozoides empezaran a esparcirse dentro de ella. Amor, te tomas la pastilla (me refería a la pastilla del día siguiente), por favor, ¿sí?, me atreví a decirle, del modo más sereno, cariñoso y pausado posible. Ella se movía frenéticamente encima de mí. Mi cerebro hacía malabares para contener la excitación. Cuando quería contener el clímax, pensaba en las cosas menos excitantes: la cara de mi jefe, un partido de fútbol, la iglesia, un perro cagando en la puerta de mi casa.

Ya, ya, decía mi esposa. Entonces, continuaba metiéndosela. Sentía que los líquidos preseminales abandonaban la punta de mi pichula y se largaban a continuar su vida en las entrañas de mi mujer. Yo seguía. El movimiento y la sincronización de nuestras pelvis se hacían perfectos. A pocos segundos de eyacular, decía amor, ya voy a venirme. Y añadía ¿te lo tomas? Ella sabiamente decía no. Yo porfiaba: te lo pongo en tus nalgotas. Ya, atracaba. Entonces, sacaba con prontitud la pichula súper húmeda y ella se colocaba boca abajo. Apuntaba la punta de mi pene hacia sus grandes y hermosas nalgas. Un segundo más tarde, mi semen chorreaba por su piel. Había terminado. Estaba satisfecho y enamorado. ¿Estás contento, papito?, preguntaba mi esposa. Quiero dejarte así, sequito, para que no te vayas a meter con ninguna puta. Me secaba la punta del pene con la mano, me ponía el bóxer y corría al baño por un pedazo de papel. Le limpiaba las nalgas a mi esposa. Luego, retomábamos la rutina del desayuno. Me volvía a enamorar de ella. Me prometía a mí mismo dejar de ver a Rosario, a Daniela, a cualquier otra mujer. Viviría dedicado a mi esposa. Y procuraría que ella nunca se enterase de las tropelías que le había infligido.
   
Vivíamos felices mis días en Lima. El amor parecía renacer. Pero no duraba mucho. La ilusión se quebraba el mismo día en que debía regresar a la mina. Mi esposa cambiaba su actitud. Dejaba de ser la persona amorosa de hacía pocos días. Se mostraba distante y fría. Yo no era tan tonto como parecía. Sabía que se ponía así porque se reconciliaba con Joel, su ex enamorado, el tipo con el que mantuvo una fuerte y larga relación mucho antes de que yo la conociera. Sabía que se escribían. Ella le contaba los detalles de su infeliz vida a mi lado. Le contaba, por el WhatsApp o por llamadas al celular –celular que yo le pagaba, dicho sea de paso-, sus quehaceres diarios con mi hija. Le mandaba fotos de ella posando con mi hija. Un día descubrí sus conversaciones en su celular. Pero no le dije nada. No le reclamé nada. Pensé recobrar su amor con actos sinceros. No me sentía con el derecho a reclamarle algo. Yo me había portado peor.

Le pedía que me acompañase al terminal de buses. Se negaba. ¿Pero no decías que me amabas, amor? ¿Dónde quedaron los días que acabamos de vivir? ¿Y las veces que hicimos el amor? Ella mantenía su mutismo. Daniel, no me molestes. Olvídate de todo lo que pasó. ¿Pero no íbamos a ser una familia feliz otra vez? No, Daniel, olvídalo. Y mejor vete. Vete de una vez. Anda a trabajar por tu hija. Ella lo necesita. Pero yo te necesito a ti. ¿Por qué siempre me haces esto el último puto día en que tengo que regresar a la mina? Esos días eran los más infelices de mi vida. Significaban la vuelta al ostracismo, el regreso a la prisión y a no ver a mi hija. Entonces, lloraba. Le suplicaba, de rodillas, incluso, que me regalara su amor, que recordara los últimos días vividos en completa alegría. Lloraba, pero pensaba: me lo merezco por hacer sufrir a Rosario. Ella también había llorado por mi causa. Y mucho. Mi esposa me hacía pagar las lágrimas de Rosario.

Con dos mochilas en el lomo, me alejaba del departamento que alquilaba con mi esposa. Caminaba lentamente, los ojos llorosos, el alma fracturada, anhelando que mi esposa corriera detrás de mí y me dijera que me amaba, que la perdonase por haberme hecho llorar. Esperaba que me besara, que me dijera Dani, no te vayas, quédate un día más para revivir la felicidad de estos últimos seis días. Nada de eso ocurría. Tomaba un taxi en la avenida Bertello y le pedía al conductor que me llevara al terminal de buses de Javier Prado. En el bus, sentado, mientras el resto de asientos se iba ocupando, lloraba. Me arrepentía profundamente el haber empezado las relaciones extramaritales con Rosario, con Daniela, con Karina. Deseé no haberlas conocido nunca.

Luego de que me casé, le fui fiel a mi esposa por casi un año. Nunca antes le había sido fiel a una mujer por tanto tiempo. Y eso que era feo. Se suponía que un feo debía permanecer fiel porque debido a su fealdad era bastante difícil que una mujer se le acercase con alguna intención sexual. Generalmente, solía ser infiel con mujeres menos agraciadas que mis enamoradas oficiales. Suponía que, debido a una especie de tara subconsciente, me atraía la fealdad en las personas. No podía aspirar a más. Saciaba mis apetitos lujuriosos con la mujer que aceptaba inmiscuirse conmigo en una relación más o menos clandestina.

Nació mi hija y las desavenencias entre mi esposa y yo se hicieron más notorias y terminaron por fastidiarme de manera más o menos clamorosa. Fue durante uno de esos periodos en los que cuestionaba mi amor por ella, cuando conocí a Rosario.

El primer día en la mina, luego de los días descansados en casa, acompañado de mi esposa y de mi hija, era atroz. Toda la melancolía del mundo se condesaba en esa atmósfera tétrica, serrana, de aire helado y de montañas graníticas y picudas. No podía caber tanta tristeza en el pecho de un ser humano. Y, por eso, me sobrepasaba, me dejaba aplastado sobre la cama fría del cuarto que me habían asignado. Entonces, me preguntaba: ¿qué sentido tenía vivir así?
       
Algunos días después, ya embarrado de la caca que me representaba trabajar en Xulcani, Daniela me escribió un mensaje. Estaba embarazada. No le había venido la regla. No le contesté. Estaba aterrado, en shock. No estaba en mis planes tener otro bebé, ser padre nuevamente, mucho menos con otra mujer. No tenía el dinero suficiente para mantener a otra criatura. Tampoco quería volver a tentar a mi suerte: mi hija había nacido hermosa e inteligente, cuando lo lógico era que saliera fea y tonta como su padre. Sin embargo, Dios había sido en extremo magnánimo conmigo. Mi bebé salió tan preciosa que no parecía hija mía. Era un milagro. La adoraba. Alquilar mi vida en la mina era un sacrificio que le debía. Y, ahora, Daniela me venía con que estaba esperando un hijo mío. Eso, definitivamente, no estaba en mis planes. No podía dormir. Las noches serranas se me hacían interminables. Ensayaba mentalmente la manera de sugerirle, en un mensaje, del modo más político y sutil posible, que se practicara un aborto. Pero sabía que aun encontrando las palabras adecuadas, sería incapaz de proponérselo. Me sabía lo suficientemente cobarde como para sugerirle el aborto a alguien. Yo no podría estar con una chica como Dani. Ok, yo era feo, y no debía quejarme, pero sabía que mi naturaleza rijosa no sería capaz de aceptar una relación con alguien que apenas tenía tetas. Si iba a tener que convivir forzosamente con una mujer, por un hijo, al menos debía tener tetas grandes y ser mínimamente agraciada. Daniela era bonita, demasiado bonita para alguien como yo, pero yo tenía más tetas que ella.

El hecho fue que hui como un ratón. No quise saber nada de Daniela. La dejé sola con el problema. Pensé: Si está embarazada, que me busque. Cuando me encuentre, veré cómo afronto la situación. Daniela me contaba que se iba a hacer una prueba de sangre para quitarse todas las dudas. La prueba de orina había arrojado positivo. Yo seguía sin responderle. Ensayaba las explicaciones que tendría que presentarle al mundo –mi mamá, mi esposa, mis amigos- para cuando la noticia del embarazo quedase confirmada, aunque para mí estaba más que confirmada. Casi toda mi vida había sido una sucesión de episodios infortunados y poco gratificantes. Resultaba lógico, entonces, que el embarazo de Daniela engrosase las filas de esa sucesión. Mi esposa me había advertido claramente: Daniel, ay de ti si le das un hermano bastardo a mi hija. Te jodes para siempre con nosotras. No nos vuelves a ver más en tu perra vida.     

Mi silencio jodió las cosas con Daniela. El examen de sangre disipó nuestros miedos. No seríamos padres. Daniela me comunicó aquello en uno de los tantos mensajes de texto que nunca respondí. La agonía había terminado. La vida había puesto a prueba mi hombría y reveló clamorosamente mi cobardía. Seguía siendo un niño, un chibolo. El concepto de varón, de hombre, no iba conmigo.
  
Meses después, Daniela y yo retomamos la amistad; aunque en su corazón quedó marcado a fuego mi injustificable acto de pusilanimidad. Fue una herida que no pudo borrar. Tampoco intentó borrarla. No le interesaba borrarla. Pero la herida quedó ahí, como una especie de alerta contra mí, como un recordatorio de que no debía confiar jamás en un tipo como yo. Ninguno de los poquísimos chicos con los que estuvo le había jugado tan malamente como yo lo había hecho.

¿Desde cuándo quieres ver a Daniela, ah? Rosario estaba furiosa. Por favor, no vayas a tirar mi celular. No tengo plata para comprarme otro. No supe qué otra cosa decir. Yo mismo no sabía qué chucha le había escrito a Daniela, así que no podía formular una mentira. Solo traté de que las consecuencias de lo que Rosario estuviera a punto de hacer fueran mínimas. Rosario presionó con fuerza el aparato. Vi sus dedos tensionarse. Se le formó un nudo en la garganta. Se le quebró la voz. Yo me entrego a ti, te complazco en todo y tú con ganas de ver a Daniela. Fue un alivio. Al parecer, solo había visto los mensajes en los que le pedía a Daniela que nos viésemos. No vio, o no tuvo tiempo de ver, las conversaciones que había sostenido con Karina. Leyendo aquellas conversaciones, Rosario hubiera podido inferir con total facilidad que entre Karina y yo, hacía pocos días, habían corrido mililitros de semen y jugos vaginales.

Rosario sabía quién era Daniela. No la conocía en persona, pero sabía muchas cosas de ella. Gracias a Rosario, conocí a Daniela. Fue Rosario quien, como ex bibliotecóloga de San Marcos, me averiguó el correo de Daniela. Rosario todavía tenía acceso a la base de datos del alumnado de San Marcos, a pesar de que había dejado de trabajar para esa universidad hacía más de un año ¿Para qué quieres su correo? Le conté para qué lo quería. Se trataba de un proyecto de empresa que pensaba llevar a cabo, una empresa dedicada a la enseñanza de la correcta redacción de informes para ingenieros. Me constaba que los ingenieros peruanos escribían con los pies. Pensé que si me asociaba con un lingüista de profesión, mi empresa adquiriría mucho más peso. Tenía al ingeniero –yo, o al menos eso era lo que decía mi cartón universitario- y tendría al gramático. Prefería que el experto en gramática fuese una mujer. Me llevaría mejor con una mujer. Me sería más fácil imponerle mis ideas. Y si no se lograba la imposición, siempre cabría la posibilidad de lograr un interesante coqueteo.

Busqué en internet. Por pura casualidad, di con el nombre de Daniela Híjar Mendoza, estudiante de Lingüística en San Marcos. Busqué más: teléfonos, correos, algún medio por el cual pudiera contactarla. No hallé ninguno. Pensé en Rosario. Ella me ayudó. En cinco minutos, ya tenía el correo de Daniela. Le escribí. Le conté sobre mi proyecto. Para que no me tomase por un loco o un pervertido, le conté un poco de mí: Era un ingeniero de minas que trabajaba en una empresa consultora llamada Villanueva Ingenieros SA. Había publicado un librito de cuentos en el 2010. El dato del librito confirmaría mis inclinaciones gramaticales. El mensaje me salió en dos párrafos. Procuré dejar totalmente claro que era un tipo confiable, de intenciones sanas y productivas. Daniela me respondió con un correo igual de largo. Aceptaba el encuentro que le proponía para conversar sobre el proyecto. Sugirió que nos viésemos en la propia San Marcos.

Cuando te vi me gustaste, me dijo Daniela una vez. En realidad, me lo repetía siempre que recordábamos ese episodio. Me gustó tu pelo largo y que estabas todo de negro. Luego de aquel encuentro, pasaron dos años para que nos volviésemos a ver. Y para que pudiésemos intimar sexualmente.    

Ay, Daniel, estoy cansada de ser buena contigo, dijo Rosario. Su rostro se oscureció. Le había pinchado el globo de su felicidad. Estoy cansada de amarte y que tú me rechaces buscando a otras personas. ¿Yo no te basto? No, no me bastaba. Esa era la cruda realidad. Yo quería más. Estaba viviendo en un hueco del Centro de Lima, con el propósito más o menos claro de convertirme en un escritor de verdad, un tipo que escribía sobre sus días en soledad y que procuraba que cada uno de ellos fuese más bizarro que el anterior.

Rosario dejó el celular sobre el colchón y, con evidente lentitud, debido a su profunda congoja, comenzó a vestirse. Se puso el sostén y su calzón de hilo. Voy a dormir, dijo. Supongo que tú también, porque ya eyaculaste lo que querías eyacular. Ya me utilizaste. No me vuelvas a tocar, por favor. Rosario no me guardaba rencor alguno. Era demasiado buena conmigo. Al día siguiente, no me hablaría y se iría a su casa. Pero estaba seguro de que al cabo de unas horas de distancia, me perdonaría el haber estado escribiéndome con Daniela.

Así fue. Antes de que sonara la alarma de mi celular, Rosario ya se vestía. Algunas veces, me despertaba un minuto antes de que el celular se largase a chirriar con su cántico demencial. Entonces, cancelaba el ruido antes de que se activara y continuaba durmiendo por unos exactos cinco minutos. A veces, me pasaba los cinco minutos y me mandaba una media hora de plúmbeo sueño, lo cual conducía a que, al despertar, me vistiera rápidamente y manejara como un demente hacia el trabajo, corriendo el riesgo, multiplicado por la velocidad, de que un auto me embistiera malamente.

Apagué la alarma antes de que empezara con su escándalo. Buenos días, Rose, saludé. Daniel, no me hables. Yo ahorita me cambio y no me vuelves a ver más. Ahí tienes a tu Daniela. No insistí con mi saludo. Rosario tampoco agregó más. En tres minutos, estuvo lista para irse. Ojalá que no me pida que la acompañe, pensé. No me lo pidió. Solo preguntó: La puerta de abajo no tiene llave, ¿no? Le dije que no tenía, que podía simplemente abrirla. Ella lo sabía muy bien. Caminó hasta la puerta del cuarto, la abrió y cerró. No dio un portazo. Demostró elegancia.

No había mucho que hacer en la oficina. Continué leyendo la traducción que había efectuado para los gringos de Mine Ventilation Projects. Aguzaba la vista para detectar algún gazapo que se me hubiera infiltrado, allá en el verano, cuando me embarqué en la ardua labor de la traducción. Durante unos tres meses, mi vida consistió en sentarme desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde a la mesa de la sala del departamento que alquilaba y traducir una cantidad determinada de páginas de modo frenético y consistente. Muchas veces, para terminar antes del tiempo planeado, traducía hasta las tres de la mañana del día siguiente. Dormía un par de horas y continuaba, como poseído, la traducción. Me embargaba el afán de hacer un excelente trabajo, de manera tal que los gringos continuasen considerándome alguien responsable y digno de pertenecer a su empresa.

Patricia se asomó a la puerta del espacio que yo ocupaba. Pude haber escrito: Patricia se asomó a la puerta de mi oficina, pero no. Jamás me gustó decir esta es MI oficina, esta es MI laptop o este es MI escritorio. Tonterías. Todo lo que se le daba a uno en un trabajo le pertenecía al dueño del lugar. A ti no te pertenecía un carajo. Hasta tu tiempo era posesión del dueño, del jefe, quien a cambio de unas monedas se arrogaba la facultad de decirte cómo debías vestir, a qué hora debías comer, con quiénes debías comer, a qué hora debías levantarte de la cama, qué días de tu vida debías consagrarlos al trabajo.

Bueno, Patricia se asomó al espacio que Jean Carlo había dispuesto sería el lugar en el que yo trabajaría. ¿Almorzamos? A la una en punto, caminamos hacia el chifa. No permití que pagara su cuenta. Me hice cargo de la mía y de la de ella. Fue mesurada y pidió un arroz chaufa con sopa wantán. Pedí lo mismo. Me había enviciado con el chaufa de ese lugar. Era simplemente delicioso.

Me robaron el celular, Dani. Apoyó su cabeza en mi hombro izquierdo. No supe cómo reaccionar. Tampoco qué mierda decirle. ¿Pretendía que la consolara? Yo era malo para los consuelos. Carecía de la empatía necesaria para darle ánimos a alguien. Me quedé quieto. No quería que pensase que, por un movimiento involuntario, me disgustaba el hecho de que hubiera apoyado su cabeza en mi hombro. Se largó con su historia. Había salido tarde de la oficina. Jean Carlo la había tenido llenando y corrigiendo unas facturas. Su novio no había podido esperarla afuera del local porque había tenido un retraso en el trabajo. El tipo trabajaba en un banco, como cajero, y había tenido problemas al cerrar sus cuentas. Patricia tuvo que emprender el regreso a su casa sola. Eran casi las ocho de la noche cuando Patricia pasó por una de las veredas de la cuadra dos de Guardia Civil. Un chico caminó hacia ella. No sospechó nada. Era un patita de unos quince años, con audífonos, gorra y aspecto inocente. Ella continuó chateando con su novio, quien le aseguraba que en media hora se desocupaba. Ella le reprochaba no haberla recogido a tiempo. Pleitos de pareja. Sentí un alivio al saberme soltero. Había erradicado de mi vida ese tipo de absurdas discusiones. Los pleitos entre parejas eran un asunto que no extrañaba en absoluto. Dio un par de pasos más y adiós celular. El chico se lo había arrebatado. Corrió como una bala. Apenas tuvo tiempo para reaccionar. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. No sabes cómo me molesté con mi novio. Si hubiera tenido una manera de comunicarme con él en ese momento le hubiera dicho su vida. Pensé: Aún no se casa y ya quiere pelear. Siempre que me hablaba de su novio, dejaba de prestarle atención. Me aburría. Me aburrían las huevadas que hacían las parejas. Bien hecho que te hayan robado el celular, pensé. Con el celular, discutía con su novio; sin el celular, también.

Durante la tarde, Rosario y yo hicimos las paces. En realidad, fue ella quien las hizo. Yo no sentía que hubiera hecho nada incorrecto. Estaba soltero y tenía pleno derecho de chatear o hablar con quien quisiera. Y, sí, quería tirar con Daniela una vez más. Me provocaba tener su cuerpo blanco y delgado, de tetas pequeñas, encima de mí, exprimiéndome la pichula con su vagina semidepilada. ¿Puedo verte hoy?, me preguntó. La verdad, no tenía ganas de ver a Rosario. Tenía muchísimas ganas de ver a mi hija. Había intercambiado unos cuantos mensajes con mi esposa en el Messenger del Facebook. Debía pasar por su departamento –mi ex departamento- a las ocho y media. Cuando yo daba una hora, solía ser puntual. Me llegaba al pincho la gente impuntual. Sin embargo, uno debía ser tolerante. Y yo era en extremo tolerante.

Le dije que no podía verla esa noche, que visitaría a mi hija. Obviamente, como toda mujer que cree tener derecho sobre un varón, creyó que no quería verla porque me había molestado que se fuera de mi cuarto o porque había espiado mi celular. Sí, me había jodido en ese momento que espiara mi celular. Pero no guardaba ningún resentimiento al respecto. Es más, ya casi lo había olvidado. Entonces, ¿por qué no quieres verme? Esas discusiones bizantinas eran las que quería erradicar de mi vida. Pero si te cachabas a una mujer de modo más o menos constante, y ella no era tan liberal como tú, era lógico concluir que, tarde o temprano, ella terminara sintiéndose dueña de ti, creyendo que tenía muchos derechos sobre ti y que tú tenías infinitos deberes para con ella. Por milésima vez, Rose, hoy quiero ver a mi hija. La extraño un montón. Quiero llevarla a comer algo rico y que se divierta en los juegos. Al cabo de un rato, entendió. Me había hecho perder varios minutos de mi tiempo. Entonces, ¿crees que podamos vernos en el mercado un ratito? Es que quiero entregarte algo.

Media hora después, nos vimos en el mercado. Me hacía falta salir de la oficina, respirar algo de aire que no estuviera confinado en una habitación de concreto. Fuimos a una juguería. A esa hora, no muchas atendían. Pedí un jugo de fresa. Uno bien concentrado, seño, por fa. Rosario no pidió nada. ¿En serio, Rose? ¿No quieres nada? No quería nada. Quería verme porque le urgía darme una sorpresa. Pero con mayor razón, pues. Déjame invitarte un juguito para que yo no me sienta tan en deuda. Imagínate, venir solo para darme algo y yo dejarte ir sin invitarte siquiera un juguito. Ordenó un jugo de fresa.

Quería entregarte esto, dijo. Abrió su bolso. Rosario siempre tenía un bolso diferente. Moría por los bolsos y por los zapatos de taco. Tenía más zapatos de taco que bolsos. Tenía más zapatos de taco y bolsos que cualquier otra cosa. En cada ocasión en la que hacíamos el amor, estrenaba zapatos nuevos. Yo le pedía que se comprara zapatos de taco, de esos que dejan al descubierto los dedos, las uñas perfectamente pedicuradas. Me arrechaba ver unos pies bonitos. Y ella los tenía. Algunas veces, terminaba eyaculando en sus pies. Mi cerebro sí que estaba enfermo.

Lo que sacó de su bolso fue un elegante estuche que contenía un lápiz, un lapicero, un marcador y un resaltador. Todos de la marca Staedtler. Para que sigas escribiendo con tu letra bonita, me dijo. Por poco y me atoro con el jugo. Hubiera sido una muerte merecida. Yo jugando con los sentimientos de Rosario, y ella haciéndome tamaño regalo. Todo aquello que tuviera que ver con los libros o con el proceso de la escritura eran para mí excelentes regalos. Los voy a cuidar un montón, le dije. Fue una promesa sincera. También le prometí que el sábado nos veríamos. Teníamos una cita con Pantera. ¿Todavía hasta el sábado? Rosario sabía ser insistente. Perfecto, nos vemos el viernes, entonces. Luego del regalo que me había hecho, lo menos que podía hacer era ceder un poquito.

Antes de salir del mercado, nos detuvimos en un puesto que vendía accesorios electrónicos: audífonos, celulares, reproductores y demás. Espérame un ratito, Rose. Me acerqué a la dependienta. Le pedí que me mostrara los parlantes para computadora más económicos que tuviera. Treinta soles, joven. El sonido es muy bueno. Pagué y me los llevé. Con cierta mirada, Rose me preguntó el porqué de la compra. Dar explicaciones era una de las cosas que más odiaba. Le mentí. Es para escuchar mejor mi música. En el paradero donde debía tomar el bus hacia su casa, nos despedimos con un beso en la boca. Fue un pico cortísimo. En la oficina, le regalé los parlantes a Patricia. Como le habían robado el celular, había dejado de poner música. La computadora que Jean Carlo le había asignado era viejísima, no despedía sonido alguno. Patricia se puso feliz. Gracias, Dani. Me dio un beso. No hay de qué. Solo procura que nunca falte la música en la oficina. En Youtube, puso unas salsas de DLG. Cantamos, cada uno desde sus respectivas oficinas. Enganchados con la onda noventera, se mandó con un par de canciones de Salserín. Retrocedí a aquellos tiempos en los que me alucinaba Servando y capturaba en los cassettes en blanco que compraba en un mercado de Los Olivos todos los éxitos de Salserín que Radio Mar y Panamericana ponían de modo virulento. Tiempos en los que llevaba el pelo con corte hongo.      

Había sido una tarde tranquila. Llegué al cuarto de Zepita sin contratiempos. Me bañé y me vestí. Estaba ansioso por ver a mi hija. 
    

Lima, miércoles 28 de setiembre del 2016.
Publicado el 28 de mayo del 2017 en Santa Bárbara, Honduras. 

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