domingo, 5 de febrero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 14


Viernes 23 de setiembre del 2016

“Todos mis huesos son ajenos;
yo tal vez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara ese café!”

César Vallejo – El Pan Nuestro

O sea que cuando te digo que me dejes en paz, ¿lo haces y ya? ¿No te esfuerzas por recuperarme? Había varios mensajes iguales a esos en el celular. La llamé.

¿Qué tienes, Rose?, le dije. Nada, solo que ya entiendo por qué te dejó tu esposa y por qué te botó de la casa. No eres un hombre que valga la pena. Eres un mentiroso. No me defendí. Dejé que se desahogara. Un cínico; cuando estamos en la cama me dices que me amas. ¿Por qué, Daniel? ¿Por qué decirme algo que no sientes? Era mi naturaleza. Cuando tiraba, sin el “te amo”, no se me venía la leche.

Escuché sus reproches mientras continuaba con la revisión del texto de McPhilips. Unos minutos después, se le agotaron las municiones. Aproveché el momento para conciliar. No peleemos, ¿sí? ¿Te parece si nos vemos mañana? No éramos rencorosos. Nos parecíamos en eso. Aceptó mi propuesta.

Faltaba poco para la una de la tarde. Tenía la mitad del libro corregida. Debía leer línea por línea buscando el mínimo error. Los ojos me terminaban lagrimeando. Pero era mi nombre el que figuraría en el libro como el responsable de la traducción; debía asegurarme de que fuese impecable.

Era hora de almorzar. Cerré la laptop y salí. Patricia estaba parada bajo el umbral de la puerta que daba al patio. Miraba algo. Jean Carlo y Venancio, el vigilante del local, daban vueltas alrededor de la camioneta del primero, como inspeccionándolo. Ay, Jean Carlo es bien distraído, me explicó Patricia. Dejó sus llaves dentro de la camioneta. Ahora no saben cómo abrirla sin romperle las lunas. El dueño del carro de atrás quiere salir y no puede. La camioneta de Jean Carlo bloquea el paso. Algunos obreros de la oficina vecina observaban, risueños, la escena. Uno de ellos, que llevaba una Stillson en la mano, sugirió, medio en broma, romper las lunas. Jean Carlo le arrebató la llave y la estrelló contra el vidrio de la camioneta. Nada. El golpe solo le remeció los huesos del brazo. Tranquilo, no te apures. Déjame intentar un truquito, le dijo Venancio.

¿Vas a almorzar?, dijo Patricia. , le contesté. ¿Te acompaño? Esta vez traje algo de dinero. Hoy tampoco traje táper.

Por alguna razón, caminábamos muy juntos, como si nuestros cuerpos se atrajesen, sin que ello no nos importase. Ya cruzada Guardia Civil, mi mano topó accidentalmente su cintura. Nadie dijo nada.

La tarde se me fue revisando la traducción de McPhilips. Cerca de las seis, alguien llamó a la puerta. Dos tipos buscaban a Jean Carlo. Patricia los condujo a su oficina. Luego de un rato, se acercó a mi escritorio. Qué pesado; Jean Carlo quiere que les prepare café a esos viejos. Y yo no tomo café. Ya le he dicho que no cuente conmigo para eso. Pero, bueno, hasta que se dé cuenta de que no sé hacerlo, ¿me ayudarías? La máquina de café de Jean Carlo era el juguete favorito de Victorio. También aprendí a usarla, aunque tomar café no era lo mío. Ok, te ayudo. Vamos.    

Mamá y papá me pagaron una costosa universidad para que terminase sirviéndoles café a un par de pezuñentos con ínfulas de grandes empresarios. 

¿Qué te ha pedido?, le dije. Un americano y dos capuchinos, contestó. Ya, listo, no hay problema. Ahorita los hacemos. Nos reímos. Reunió los ingredientes en la mesa: agua, azúcar, café, leche, papeles filtrantes, tazas, cucharitas. Empecé la preparación. Era muy fácil. Hice algunas payasadas para arrancarle unas cuantas risas y relajarla.  

Dispuse las tazas en fila para que Patricia les echase las cucharadas necesarias de azúcar. ¿Cuántas pongo? Yo solía ponerle tres a las mías. Puso tres en cada taza y revolvió. Sacó una cucharada del capuchino y me la acercó. Prueba; por mi religión, no puedo tomar ni una gota. De algún modo, había logrado que me tuviera la confianza suficiente como para darme cosas en la boca. Probé. Está rico, le dije. Me abrazo. Ay, gracias, gracias. Te debo una. Estábamos a un beso de distancia. Nos miramos los labios. ¿Era la señal de que ella también le entraba a la huevada? ¿Y si la besaba?  

domingo, 29 de enero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 13

Del jueves 22 al viernes 23 de setiembre del 2016

Oh, dark grin, he can’t help, when he’s happy looks insane.


Pearl Jam – Even Flow

                                      Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=CxKWTzr-k6s
                                                       PearlJamVEVO

Pensó encontrarme gordo y derrotado. Estás flaco, me dijo. Mucha paja, seguramente, agregó. Me la corro todos los días, sin falta, le confirmé. Caminábamos por Alfonso Ugarte. Pero flaco, flaco no estoy, huevón, le dije. Qué más quisiera yo, continué, repitiendo a Machado. Enrique sí que estaba gordo. No era el mismo de la universidad; ahora, tenía la cara redonda, los ojos más pequeños y la espalda encorvada.

Le propuse trabajar en una de las mesas de El Chanchito. Pero vamos a tu cuarto, pe, protestó, al ver que el lugar que le señalaba no le parecía del todo seguro. Mi cuarto es una ratonera, huevón; acá está bien. El Chanchito tenía libres sus seis mesas. Ocupamos una. ¿Quieres algo? Enrique sacó su laptop de la mochila. Se cagaba de miedo. No, nada; estoy misio, contestó. Yo tampoco quería nada; me había acostumbrado a pasar las noches en ayunas. Revisé mis bolsillos. También estaba misio; solo tenía una moneda de cinco soles. Había olvidado la billetera en el cuarto. ¿Quieres una gaseosa? Aceptó. Una gaseosa, por favor, pedí.

Me explicó las dudas que tenía con respecto al modelo. Más que dudas, eran grandes vacíos teóricos y prácticos. Me había comentado que debía presentar el trabajo muy temprano al día siguiente. Pero si te falta bastante, observé. Ya qué chucha; voy a terminarlo como pueda con lo que me orientes. Total, me están pagando una miseria por esta chamba, alegó. ¿Este no es el proyecto de Samuel Dicente? ¿De una mina colombiana? Se le abrieron los ojos. Sí, ¿cómo sabes? Le conté la historia.    

Media hora después, cerró El Chanchito. Fuimos a mi cuarto. Contra lo que creí, Enrique pudo trabajar cómodamente. Se fue cerca de las once de la noche. Resolvimos sus principales dudas, pero aún le faltaba mucho para terminar el proyecto. ¿Terminaría a tiempo? Ya veré qué chucha hago. Total, el huevón de Samuel me dio esta chamba a última hora y, encima, me quiere pagar una mierda.

Lo acompañé al paradero. Tomó un taxi. De regreso en el cuarto, me tiré en el colchón y traté de engancharme, sin éxito, con una novela. Pensé en Rosario. La llamé. Estaba tranquila. Al parecer, había olvidado el incidente con Karina. Veía El Rey León en la tele. Esta película siempre me recuerda a mi papá, me confió, la voz nostálgica. Su padre falleció cuando ella tenía doce años. Nunca se recuperaría de esa pérdida. Así que déjame tranquila, Daniel. Voy a seguir viendo mi película. Suerte con tu puta. Rosario no lo sabía, pero al día siguiente me vería con esa puta.

Antes de montarme en la bicicleta, le escribí a Karina. ¿Vienes hoy? Esperé un par de minutos antes de empezar a manejar. Claro, amor, contestó. Guardé el celular y manejé tranquilo.

En la cuadra once del jirón Chota, me topé, como todas las mañanas, con el escuadrón de limpieza de la Municipalidad, hombres y mujeres en uniformes anaranjados, que empuñaban largas escobas y arrastraban altos tachos de basura. Llegaban a su base. Se pondrían sus ropas de civil y viajarían a casa en el transporte público. Sus rostros eran sanos, incluso alegres, jamás resignados. Verlos me enseñaba que no había que quejarse, porque ni los que le quitaban la mierda a la ciudad lo hacían.

domingo, 15 de enero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 12

Jueves 22 de setiembre del 2016

“Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas.”

Santa Teresa de Ávila – Las Moradas Del Castillo Interior

Media hora después, llegó Patricia. La saludé. Fue al baño y salió al cabo de un par de minutos; el cabello húmedo, los rulos brincando con cada paso. Me gustaba, pero con cautela. Me atrevería a besarla solo si detectaba que le entraba a la huevada, al coqueteo. Mientras tanto, me dedicaría a trabajar. No tenía ningún apuro.  

¿Dónde almuerzas? Estaba parada bajo el pórtico que comunicaba su oficina con la mía. Estábamos solos. Jean Carlo solía aparecerse por las tardes; era su empresa y podía llegar cuando le diera la gana. Victorio se había retirado muy temprano; no era el dueño, pero actuaba como si lo fuera. En un chifa, aquí enfrente, cruzando la pista, le dije. ¿Puedo acompañarte?, preguntó. Hoy no pude traer mi comida, agregó, como excusándose. Solía almorzar en el kitchenet de la oficina. Todas las mañanas, guardaba su táper en la refrigeradora. 

La china del chifa ya me conocía. Sabía perfectamente mis pedidos: arroz chaufa y sopa wantán. Pero no sabía los de Patricia como sí los de Rosario, quien me había acompañado en más de una ocasión. ¿Qué le sirvo, señorita? Patricia examinó la carta. A un lado de la mesa, aguardaba la china. No llevaba ni libreta ni lapicero; todo lo registraba en la memoria. Era una mujer bastante hábil.

Eligió un arroz chaufa. Lo demás está muy caro, susurró. ¿Estaba segura de que solo un chaufa? , volvió a susurrar. ¿Y qué le parecía un tipacay?  Buscó el precio del tipacay en la carta. Se le abrieron los ojos. Muy caro. Aunque le hubiera gustado probarlo. Entonces, prueba el tipacay, la animé. Pero no me va a alcanzar, replicó. No te preocupes; yo te invito. Tú me invitas otro día. Una vez oídos los pedidos, la china voló a la cocina.

Los platos llegaron rápido. Pedí una Inka Kola heladita de medio litro. ¿También quieres una Inka? No; prefería una botella de agua mineral. Las gaseosas hacen daño.

Le eché dos cucharadas de ají a la sopa, tal cual aprendí de Rosario. El líquido, que humeaba, se tiñó de amarillo. Mojé la punta de la cuchara y la probé. Me quemó. Aparté el tazón de sopa y acerqué el chaufa. No podía esperar más. Me cagaba de hambre. Hundí la cuchara en el montículo de arroz y me la llevé a la boca. ¿Qué haces?, me detuvo Patricia. Primero, tenemos que rezar. Debemos encomendarnos a Dios y darle las gracias por los alimentos. Imité la postura que adoptó. Entrelazó sus dedos y apoyó la frente en ellos. Cerró los ojos. Padre celestial, te damos las gracias por estos alimentos que vamos a tomar. También, te agradecemos por concedernos otro día más de vida, rodeados de las personas que más queremos. Por favor, danos fuerzas para persistir en tu fe y continuar tu apostolado. Amén. No se persignó. Yo sí. Empezó a comer. Está muy rico, dijo, tras probar el tipacay.

Patricia era mormona. Sus padres la bautizaron en el catolicismo, pero no se preocuparon por inculcarle los ritos propios de esa religión. Patricia, entusiasta natural de la justicia social, asistió por cuenta propia a la iglesia. Halló demasiada hipocresía. Al terminar el colegio, se afilió a un culto evangélico. Formó parte del coro de la secta.

En el coro, conoció al chico que la embarazaría. Dejó de concurrir a los cultos por encontrarlos menos interesantes que las salidas que le proponía el futuro padre de su niña.

Fue en casa de una tía de su novio donde Patricia quedó preñada. Hasta esos detalles me relató. Yo la escuchaba con atención. El tipo la abandonó al poco tiempo. Se desentendió de ella y de la niña, que apenas tenía tres meses en el vientre de Patricia. No se apareció más. Se esfumó. Patricia no intentó buscarlo. Se refugió en su fe, pero, sin un templo al cual acudir, se sintió indefensa. En esa búsqueda de apoyo, se hizo mormona. Los ritos de este último credo le sentaron perfectamente. Los mormones le brindaron aquello que Patricia siempre buscó: pureza corporal y espiritual. Se le prohibía beber café, té o licor. Eran drogas condenables que, aún en mínimas proporciones, pudrían el cuerpo. También, debía conservarse pura hasta el matrimonio. Sus pensamientos debían girar en torno a Dios. Se prefería que su futuro esposo también fuese mormón; ello evitaría el peligro de apartarse del credo de la salvación.

¿Y tienes enamorado?, le pregunté. , respondió, y también es mormón. Es más, nos vamos a casar en diciembre. La felicité, que era lo que las convenciones dictaban ante tal clase de noticia. ¿Hace cuánto tiempo que son enamorados? Sacó la cuenta. Iban a cumplir un año. ¿Y tan rápido se van a casar? Sí. ¿Y en ese año no han hecho nada de nada?, me atreví. Sonrió. Me palmeó el hombro. No, no había pasado nada. Se mantenía casta, tal como lo disponía la iglesia mormónica. Qué raro, insistí; uno, al fin y al cabo, es de carne y hueso. No veo nada de malo en que una pareja haga el amor antes de casarse. Me la imaginé tirando conmigo, sacándole la vuelta a su fe y a su futuro esposo. No, por supuesto no hay nada de malo; pero mi novio y yo tratamos de vivir de acuerdo con lo que ha dispuesto Dios. Sí nos damos algunos besos; pero cuando sentimos que la situación puede pasar a mayores, cada uno se va a su casa. Fingí sorpresa: ¿Qué? ¿No conviven? No; ella y su hija vivían en la casa de una tía, y él, en la de su mamá. Muy mal, muy mal, observé. Te aconsejo que convivan. Es la única forma de conocer a la persona con la que te vas a casar. Le conté de mi fallida experiencia matrimonial. Conocí a mi esposa en noviembre del 2011. La embaracé en junio del 2012. Nos casamos en octubre de ese mismo año para terminar en la calle, por infiel, cuatro años después. ¿Veía? Nos habíamos casado sin conocernos, sin haber vivido lo necesario. Dijo que eso no le pasaría a ella, porque el Espíritu Santo fortalecía su relación.

Oye, me dijo, vi que tienes tatuajes. La Inka Kola helada era el perfecto complemento de un buen arroz chaufa. Sí, tengo los brazos llenos de rostros de escritores. Quiso saber por qué. Me remangué los puños de la camisa y le mostré los rostros que quedaron descubiertos: Palma y Bayly, en el derecho; Zweig y Maupassant, en el izquierdo. Y por aquí, señalé las partes todavía cubiertas, tengo más. ¿Pero por qué escritores?, volvió a preguntar. ¿Te gusta leer? Por supuesto, pero los tatuajes eran parte de una estrategia publicitaria para cuando publicase mi primera novela. ¿Escribes? ¿Qué escribes? Las cosas que me pasaban. ¿Te pasan cosas interesantes? No muchas. Desinteresada en el tema de mi novela, reincidió en los tatuajes. Los mormones prohibían los tatuajes. El cuerpo del hombre es el templo de Dios, es Su hogar. Por eso, siempre debemos mantenerlo limpio. Imagínate que tienes tu casa y la pintas de blanco, y al día siguiente alguien te la garabatea, no te gustaría, ¿no? Refuté su ejemplo. Sí, pero hacerse un tatuaje no es dejarse garabatear cualquier cosa por alguien; es dibujarse algo que tú siempre has querido llevar en el cuerpo. Se supone que es un adorno y no un dibujo mal hecho o impuesto. Igual que en una casa, uno pone cuadros y pinturas para adornar las paredes. Patricia no supo qué decir. Fue raro, generalmente, yo perdía las discusiones con cualquiera. Lo usual era quedarme callado y sin respuesta, y ésta solía ocurrírseme varias horas después de terminada la discusión.

Más tarde, corrigiendo el texto de McPhilips, me cayó un mensaje de Enrique Bruces. Enrique había sido uno de mis pocos amigos en la universidad. Era un tipo generoso. Siempre que íbamos a chupar, empleaba las pocas monedas que tenía en la compra de trago. Muchas veces, se quedaba sin dinero con que regresar a su casa. No le quedaba otra que dormir en el parque enfrente de la universidad.   

No lo veía desde la ceremonia de mi casamiento. La reunión terminó al poco rato de empezada; Enrique, bastante bebido, reaccionó ante las provocaciones de uno de los tíos de mi esposa, que también estaba hasta la madre de borracho.  

A Enrique le urgía verme. Yo sospechaba el motivo de la urgencia. La historia iba así: El jefe que mi hermano y yo tuvimos en VISA, Villanueva Ingenieros S.A., Samuel Dicente, me había llamado hacía tres meses, cuando mi consultora tenía dos de creada. Le pareció estupendo que hubiésemos fundado una empresa dedicada al rubro en el cual nos habíamos especializado: la ventilación de minas. Quiso ser socio de la consultora. Por aquellos días, Miguel, mi hermano, realizaba un trabajo de consultoría en una mina de Cerro de Pasco. Le comenté la idea de Samuel. Le pareció que su incorporación le traería bastantes clientes a la empresa. Se suponía que Samuel tenía contactos en la minería. Yo, sin embargo, albergaba ciertos temores. Samuel había sido gerente en VISA. Era lógico que también buscara serlo en nuestra consultora. Y no era que me importasen demasiado los cargos, sino que si alguien que no era ni mi hermano ni yo ocupaba un puesto gerencial en la consultora se sentiría con pleno de derecho de ir dando órdenes. Samuel me citó en varias ocasiones para tratar los temas legales de su anexión a la empresa. En cada reunión, me comentaba los planes que tenía para gestionar la consultora. Decía que le inyectaría una cantidad importante de dinero para convertirse en socio principal y dueño. Además, nos conseguiría una oficina en la que tendríamos que reunirnos, como mínimo, una vez por semana. El local era propiedad de su mamá. Todas esas medidas atentaban contra el espíritu original de la empresa que fundé caminando bajo un sol inclemente, los huevos y los pies sudándome sin tregua.

Mi hermano asistió a una de las últimas reuniones propuestas por Samuel. Rápidamente, cambió de parecer. La anexión de nuestro antiguo jefe eliminaría nuestra libertad. Terminaríamos siendo sus esclavos. Entonces, nos pusimos de acuerdo: alguien tendría que decirle que se cancelaba su incorporación. El encargo recayó en mí. Le comuniqué nuestra decisión por correo. No me hubiera atrevido a decírselo por teléfono; mucho menos personalmente. Samuel entendió.   

Sin embargo, en uno de nuestros pasados encuentros, Samuel nos comentó que un amigo suyo, que trabajaba en una mina colombiana, le pidió que evaluara su sistema de ventilación. Voy a necesitar, nos dijo a mi hermano y a mí en una sanguchería de La Victoria, que me ayuden con el modelamiento en el software. Luego del correo que truncaba su anexión a nuestra consultora, no volvió a mencionar el proyecto colombiano. No volvió a decir una palabra de nada.

Deduje que Dicente había contratado a Enrique para que le ayudase con el proyecto. Enrique, que no sabía mucho de modelamiento, requería mi apoyo. Me pareció lógico y evidente. Acepté reunirme con él. No me confirmó las sospechas. No dijo nada de Dicente. ¿Dónde nos encontramos?, preguntó. En el cruce de Zepita con Alfonso Ugarte, en el Centro de Lima, le respondí.

Dieron las seis y salí de la oficina. En dos horas, me encontraría con Enrique. Lo ayudaría sin pedirle nada a cambio. Era lo menos que podía hacer por alguien que arriesgó todas sus monedas en pos de unas botellas de ron que tomábamos luego de las clases en la universidad. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 11

Jueves 22 de setiembre del 2016

“Y me voy
Con el viento malo,
Que me lleva
Aquí, allá
Semejante a
La hoja muerta.”

Paul Verlaine – Canción De Otoño

Manejé tranquilo hasta Chorrillos. Eran las siete y media cuando llegué a la oficina. Me lavé la cara y el torso. Me miré en el espejo. Se me estaba cayendo el pelo. En pocos años, la calvicie me haría más feo de lo que ya era.  

Mientras la laptop arrancaba, desayuné el jugo de naranja y el pan con pollo que le había comprado a una señora en el camino.

No había trabajos en la oficina, así que abrí el archivo de la traducción del libro Subsurface Mine Ventilation, la biblia de la ventilación de minas escrita por Edward McPhilips, que hice para Konrad Wall, gerente de Mine Ventilation Projects, MVP.

Edward McPhilips fundó MVP, consultora especializada en ventilación de minas, en 1983. Al poco tiempo, McPhilips contrató a Konrad Wall, su mejor alumno en la Universidad de California. Era un honor trabajar al lado de McPhilips, el más destacado investigador en el área de la ventilación de minas en todo el mundo. McPhilips había trabajado, en su juventud, con la élite científica de los Estados Unidos. Fue alumno y amigo de Frederik Baden Hinsley, introductor de los principios termodinámicos en el estudio de los flujos subterráneos de aire. En 1952, fue el primero en simular climas subterráneos usando computadores analógicos.

McPhilips publicó, en 1993, Subsurface Mine Ventilation. Contó con el apoyo de Konrad, apoyo que fue reconocido en el prólogo escrito por McPhilips. En el 2001, se imprimió la segunda edición del libro, con algunas actualizaciones hechas por el propio autor, quien murió poco tiempo después. Entonces, Konrad asumió la gerencia general de MVP. En el 2013, Konrad Wall se propuso traducir al español el texto de McPhilips. Contrató a un traductor mexicano, quien, al cabo de un año, tuvo listo el encargo.

En octubre del 2014, yo trabajaba en Julcani, una de las minas más antiguas de Compañía de Minas Villanueva. Esa mina era una mierda, tanto o más que los ingenieros que trabajaban en ella. Quería huir de ahí, pero era imposible con una familia que mantener. En uno de mis descansos, les escribí a cientos de mineras estadounidenses, australianas y canadienses pidiéndoles un trabajo. Recibí amables rechazos. Sin embargo, un mes después, me llegó algo más que una respuesta positiva; Konrad me invitaba a formar parte de MVP. ¿Estarías dispuesto a mudarte a California?, me preguntó en el correo. Por supuesto, le contesté. Entonces, con el auspicio de MVP conseguí mi visa de turista. Me pagaron una estadía de seis días en Clovis, California. Pude conocer a toda la gente de la oficina; mis futuros compañeros de trabajo. Después de lo que vi, renuncié a Julcani. No podía seguir arriesgando la vida en ese hueco si al otro lado del túnel estaba la posibilidad de vivir en los Estados Unidos.

No era tan fácil que un peruano laborase legalmente en Norteamérica; había que poseer una visa de trabajo. No bastaba la sola invitación de una empresa. MVP contrató a un abogado y, tras reunir los papeles necesarios, me postuló al sorteo de visas de trabajo H1B. Los resultados se conocerían en junio del 2015. Mientras tanto, ¿de qué mierda iba a vivir? Les escribí a Compañía de Minas Villanueva rogándoles por otra oportunidad. Me aceptaron en otra de sus minas, Uchucchacua; mucho más grande que Julcani, pero con ingenieros igual de mierdas.

La bomba me cogió en aquella mina; no había salido elegido en el sorteo de visas. Fue un golpe duro. Me hacía en los Estados Unidos, alejado del jodido ambiente de las minas peruanas. Qué diferencia había entre los ingenieros amargados de esas minas y los gringos que conocí en Clovis. Allí sí que había gente de valía, de verdad. Konrad me escribió. Lamentó el resultado y me ofreció su apoyo para el sorteo del 2016.

Nunca me putearon en Uchucchacua, pero vivía atemorizado de que el gerente lo hiciera en cualquier momento. Las llamadas de atención, repletas de “conchatumadres”, eran cosa común en las reuniones. Renuncié en febrero del 2016. Me había contactado con Jean Carlo. Lo visité en el local de su empresa en Chorrillos. Quería pagarme dos mil soles. En la mina, yo ganaba seis mil. Rechacé amistosamente su propuesta. Me había quedado en la calle.

Por esos días, me llegó otra mala noticia; MVP no podría auspiciarme en el sorteo del 2016, pues estaba siendo absorbida por una consultora transnacional. Tendría que esperar hasta el sorteo del 2017, según me aseguró Konrad.   

Le conté mi situación; me urgía un trabajo. Le dije que fui despedido de la mina por una reducción de personal debido a la baja en el precio de los metales. Con mucha pena, le pedí que me recomendase en alguna mina. Me sentía fatal; estaba abusando de su confianza. Byron Patts, subgerente de MVP, quien tuvo la gentileza de invitarme a almorzar en su casa cuando estuve en Clovis, me contactó con Gary Porter. Éste me recomendó con una mina en España. Lamentablemente, el llamamiento no prosperó.

Al mes de renunciar, mis escasos ahorros se terminaban. No aguantarían un mes más. Necesitaba trabajar. Muy a mi pesar, le escribí un correo al jefe de Recursos Humanos de Compañía de Minas Villanueva. Me arrepentía de la renuncia y le pedía otra oportunidad en la Compañía. Redacté el mensaje un lunes de marzo y lo guardé. Lo enviaría al día siguiente. Luego de escrito ese correo, redacté otro, para Konrad. Le proponía traducir el libro de McPhilips. Cuando estuve en Clovis, me mostraron la traducción del mexicano. El muy pendejo había tipeado todo el libro en el Google Translator. El resultado fue una traducción repleta de incoherencias. Me avergonzaba cobrarle a Konrad por una verdadera traducción, pero no tenía más alternativa. Me estaba quedando sin un sol.  Terminé el mensaje y lo guardé. También lo enviaría al día siguiente.

Llegó el martes y envié los mensajes simultáneamente. Apagué la laptop y me acosté. Tuve pesadillas. El miércoles en la mañana, todavía en la cama de mi hija, que era donde dormía porque estaba peleado con mi esposa, revisé el celular. Tenía un mensaje de Konrad, pero ninguno de los hijos de puta de Compañía de Minas. Se me aceleró el corazón. Si Konrad rechazaba mi propuesta, me iba a la mierda. Acopié valor y abrí el mensaje: Daniel, me parece una buena idea. He calculado que podría pagarte diez mil dólares por traducir el libro ¿Estás de acuerdo? Ese Konrad, siempre tan educado, amable y atinado. Todavía tuvo la delicadeza de preguntarme si estaba de acuerdo. Claro que estaba de acuerdo. Ese dinero me permitiría sobrevivir algunos meses y buscar trabajo con más calma. Preparé inmediatamente un cronograma en el que especifiqué en detalle las fechas de entrega de los veintiún capítulos del libro. No le podía fallar.

Luego de dos meses de arduo trabajo, sentado frente a la laptop, incluso de madrugada, muchas veces sin dormir, logré terminar la traducción una semana antes de lo prometido en mi cronograma. Konrad quedó satisfecho. A la semana, me envió, para que lo tradujera, el prólogo de la edición en español. Allí me agradecía el esfuerzo y la puntualidad en las traducciones. Ese gesto me conmovió. Valió mucho más que los diez mil dólares. Mi nombre estaba al lado del de McPhilips, de Baden Hinsley, y del propio Konrad Wall.

Los diez mil dólares me ayudaron a vivir con calma. Parte de ese dinero, lo empleé en la creación de una consultora, en asociación con mi hermano.  

Se acercó agosto y los diez mil dólares estaban casi consumidos. No había tenido suerte buscando trabajo. Pero recibí un correo de la empresa para la que trabajé hacía cuatro años, VISA. Necesitaban un estudio de ventilación. Gané la oferta con la empresa que creé. Sin embargo, según el contrato, recibiría mi pago luego de sesenta días de haber presentado el estudio. El dinero era bueno, pero tardaría en llegar. Necesitaba un ingreso fijo. Volví a tocar la puerta de Jean Carlo.

Le escribí un correo. Le conté lo que había hecho desde nuestra primera y última entrevista; la traducción del libro, la creación de mi consultora y el primer trabajo que ésta había ganado. Concluí el mensaje con un ¿crees que todavía pueda trabajar en tu empresa? Me contestó casi al instante. Conversemos, Daniel; sabes que siempre hay un lugar.  

Rosario estaba al tanto de todas mis penurias. Siempre le contaba todo. Ella me escuchaba con paciencia y atención.

Fue Rosario quien me indicó la manera de llegar a la oficina de Jean Carlo, ubicada en Chorrillos, distrito donde ella vivía. Jean Carlo le agregó mil soles a su anterior oferta. Peor era nada. Acepté.

Ese había sido mi periplo laboral hasta ese jueves en que revisaba la traducción del libro de los gringos. No les cobré un solo dólar por ese último control de calidad.


lunes, 5 de diciembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 10


Miércoles 21 de setiembre del 2016

“Gilbert: ¿Qué libro es? ¡Ah! Ya veo. Aún no lo he leído. ¿Está bien?
Ernest: Pues me he divertido hojeándolo mientras usted tocaba, y eso que, por norma,
me desagradan los libros modernos de memorias. Suelen estar escritos por personas que o
bien han perdido por completo la memoria o nunca han hecho nada digno de ser
recordado; lo cual, claro está, es la auténtica razón de su éxito, pues el público inglés suele
sentirse a gusto cuando le habla un mediocre.”

Oscar Wilde – La Importancia De No Hacer Nada.

Mi esposa me escribió al Messenger. Necesitaba comprar cositas para la lonchera de la bebe. Quedamos en encontrarnos en Metro de Alfonso Ugarte. Voy a llevártela. Quiere verte.

La bebe iba sentada dentro del carrito de las compras. Yo lo empujaba. Mi esposa lo llenaba con galletas, bolsas de pan integral y jugos en cajita.

Oye, Dani, ¿cómo me ves? ¿Te parezco atractiva? Había adelgazado varios kilos gracias a sus rutinas en el gimnasio. Pero no me gustaba. Lo mío eran las mujeres de bastante carne; las mujeres con celulitis. Las flacas no me excitaban ni por asomo.  Sin embargo, se la notaba feliz con su nuevo cuerpo. Estás bien, le dije, sin entusiasmo.

Nos acercamos a la zona de carnes, pollos, quesos y salchichas. Metió tres cajas de hamburguesas en el carrito. Oye, le dije, ¿por qué pones tantas hamburguesas? ¿Acaso la bebe se va a comer todo eso? No me parecía creíble que, faltando tan pocos días para el fin de mes; es decir, para que le renovara el dinero de los víveres, la bebe fuera capaz de acabarse tantas hamburguesas. Claro, Dani, la bebe se come todo eso. Nuestra gordita es bien glotona. No me tragué ese cuento. Y cómo sé yo que esas hamburguesas no se las van a comer Melina y tú. No, solo llévate una caja. Estoy seguro de que el resto de hamburguesas son para ti y tu chica y yo no estoy dispuesto a gastar mi plata alimentándolas a ustedes. Ustedes viven juntas y son una pareja, así que, si quieren comer, coman con su plata. La plata que gano es para mi hija, no para parásitos. Comprensiblemente, se alteró. Devolvió las hamburguesas y me dijo que ya no quería nada, que me fuera a la mierda, que era un tacaño de porquería. Que tu hija se muera de hambre, entonces. Agarró el carrito y lo empujó hacia la salida. La llamé. La seguí. La sujeté del brazo y le ofrecí disculpas. Lo siento, no quise decir lo que dije. Llévate las hamburguesas que desees. Supliqué. Prefería que se llevase cien cajas de hamburguesas, pero que mi bebe pudiese disfrutar de al menos veinte. Tras un buen rato, la convencí.

Pagué las compras. Además de las hamburguesas, llevó quesos y salchichas. La bebe pidió que fuésemos al Kentucky. Fuimos al del segundo piso. Compré unas alitas, unas piezas de pollo, una caja de papitas y unas gaseosas. La bebe devoró sus papitas y las nuestras. De aquí ya no me vuelves a comer más comida chatarra, ¿me oíste?, la amonestó su mamá. Me jodía que le desinflasen la diversión a mi hija, pero convenía permanecer callado; mi esposa explotaba ante el menor cuestionamiento a su autoridad.

La bebe empezó a corretear por entre las mesas. Mi esposa y yo permanecimos sentados. Yo vigilaba los movimientos de la bebe. ¿Estás con otra mujer? Y a ella, qué mierda le importaba. ¿Por qué me preguntaba eso? Porque eres un idiota y se te nota clarito cuando andas detrás de una mujer. Pobre de ti que embaraces a alguien. Ahí sí que te friegas y jamás vuelves a ver a mi hija. Se levantó del asiento. ¿Sabes qué?; mejor me voy. Me enferma verte la cara. Llamó a la bebe. Vámonos, hijita. Traté de detenerla. ¿Qué era lo que tenía? ¿Por qué se ponía así? ¿Qué no te das cuenta? Me arreglé bien para verte, para salir en familia con la bebe, y tú lo que haces es ignorarme todo el tiempo. Estaba loca. No cabía duda. Había que darle por donde le gustaba y calmarla. La abracé. Le volví a ofrecer disculpas. Le dije que el trabajo me tenía distraído. Le dije que la quería mucho. ¿En serio? Me abrazó. Acercó su boca a la mía y nos besamos. Me dio gusto devolverle los cuernos a Melina.  

Las llevé en un taxi a casa. Todavía nos besamos un par de veces más dentro del vehículo. Ya en los alrededores del vecindario, cortamos los besos. Mi esposa miraba inquieta a través de las ventanas.

La bebe no quería que me fuese. Quédate, papi; sube conmigo. Vamos a jugar. La abracé. Contuve las lágrimas. Melina apareció en la ventana. Sube un rato, si deseas, me dijo. Me invitaba a pasar a mi propia casa. Decliné amablemente la oferta. Adiós, Daniel, gracias, dijo mi esposa, y subió tras la bebe.

Caminé hacia el paradero de Tingo María. Lloré lo que había reprimido.  

jueves, 10 de noviembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 9

Del lunes 19 al martes 20 de setiembre del 2016

“El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos:
Aunque le pese.
El lector tendrá que darse siempre por satisfecho.”

Nicanor Parra – Advertencia al lector

Llegué temprano a la oficina. Me mojé el cuerpo -incluidos los testículos sudorosos- en el mismo lavabo donde Jean Carlo, Patricia y Victorio, el gerente de ventas, se aseaban la cara y cepillaban los dientes. Recogí los pendejos caídos. No debía dejar huellas. Me puse el atuendo de oficinista y colgué la ropa de bicicleteo en la varilla de aluminio de la ducha para que se evaporase el sudor.

Revisé los mails del trabajo en la laptop que Jean Carlo me había asignado. Nunca en mi vida había manipulado máquina tan potente. Era una laptop del año. El único mensaje de la bandeja era uno dejado por él mismo la noche anterior. Daniel, por fa, ármate un procedimiento sencillo, pero completo, de medición de caudales de aire en minas y túneles. Cuando lo termines, me lo envías. Me lo está pidiendo un cliente para hoy. Gracias. Fácil. Había que escribir todo lo que sabía sobre medición de caudales de aire y complementarlo con la información que estaba en mis libros de ventilación. Abrí el cajón del escritorio. No estaban los libros. ¿Qué? Juraba que los tenía ahí. Entonces, recordé que aún permanecían en el departamento de mi esposa. Debía recogerlos ya mismo. Volví a ponerme la ropa de manejo, toda sudada como estaba, y salí.

Llamé a mi esposa y le comenté el problema. Estoy yendo a tu casa en estos momentos. Llego en dos horas. ¿Puedes esperarme para que me abras la puerta y recoja mis libros? Contestó que me esperaría. Maneja tranquilo, recomendó.

Antes de partir, sintonicé Doble Nueve en el Nokia y me puse los audífonos. Me aseguré de que mi celular personal, el Azumi de pantalla táctil, estuviese bien metido en el bolsillo lateral de mi mochila. 

En ocho minutos, llegué a la avenida Alfonso Ugarte. El semáforo estaba en rojo. Esperé en la vereda, junto a varios peatones. El semáforo cambió a verde. Pedaleé despacio y con cuidado para no arrollar a nadie.

A poco de llegar a la vereda opuesta, la llanta delantera topó con un tipo de camisa a rayas. El golpe fue suave, casi un roce. Había sido el tipo, más bien, quien se cruzó con mi bicicleta. A pesar de ello, fui yo quien ofreció las disculpas. No, amigo, más bien, discúlpame a mí; no vi tu bicicleta, reconoció. Después de un par de pasos, empezó a correr. Eso me llamó la atención. Observé sus movimientos. Unos metros más allá, se le unió otro sujeto de camisa. Se dijeron algo y corrieron hacia el Plaza Vea de la esquina. Ambos eran bajos, más bajos que yo. Antes de entrar en los predios del supermercado, el tipo que se había topado con mi bici volteó a mirarme. Era la mirada que te daba alguien que te acababa de cagar y esperaba que no te dieras cuenta. Dejé de pedalear. Adiviné lo que había pasado: me habían robado el Azumi; mi contacto con Rosario, con Karina, con todo el mundo; el lugar donde acumulaba los vídeos porno que Rosario y yo protagonizábamos, el video donde tiraba con una conocida puta de Lince. Revisé en el bolsillo de la mochila. Confirmado. Corrí tras los hijos de puta, arrastrando la bicicleta. Eran un negro y un cholo. El cholo fue quien se tropezó conmigo, distrayéndome, mientras el negro, por detrás, metía su manaza asquerosa para sacarme el celular de la mochila. El negro vio que los seguía y corrieron más rápido. Cuando llegaron a los casilleros donde los clientes de Plaza Vea debían guardar mochilas y paquetes antes de ingresar, los hijos de puta se dividieron: el negro entró en el supermercado y el cholo permaneció delante de los casilleros, como si fuese a guardar una mochila que no tenía. Me detuve a su lado. Como no tenía pruebas de que me hubiese robado el celular, no supe cómo confrontarlo. Disculpe, dije, agitado por la corrida, cuando se tropezó con mi bicicleta, parece que se cayó mi celular. Lo tenía en la mochila hasta antes del choque. Me miró. Tenía la nariz chueca, la frente pequeña y el pelo corto, duro y grasiento. ¡Qué! ¡Oh, yo no sé nada, sano! ¡Yo no sé qué chucha estás hablando! ¡De qué celular hablas! Qué tal cambio. El tono y las maneras de este hijo de puta eran muy diferentes de las que usó para disculparse conmigo. No me quedó ninguna duda: ese cabrón me había robado.

Insistí vehementemente; sabía que ese hijo de puta era culpable: Tú tienes mi celular. Clarito vi cuando te lo llevaste, mentí. Tenía que mentir. Antes de que replicara, apareció el negro de mierda. ¿Qué pasa, chochera?, preguntó, con el mismo tono patibulario de su compinche. Tenía la cara asquerosa; fea y amenazante. Llevaba una casaca en el brazo. Los vi mejor: las camisas y los pantalones eran su camuflaje; pero las caras los delataban. Tú tienes mi celular, compare; dámelo, le dije al negro. Ahí estaba yo, desesperado, con una licra ajustadita y un ridículo casco en la cabeza, manteniendo la esperanza de que ese par de rateros me devolviera el celular. Qué tienes, conchatumare; yo no tengo nada, se defendió el negro. No bajé la guardia; el cinismo de esos pendejos espoleaba mi enojo. Yo sé que ustedes lo tienen. Yo los vi. Si no me lo devuelven, ahorita llamo a un tombo. A una cuadra de allí, estaba la comisaría de Alfonso Ugarte. El cholo cedió. Choche, ¿este es tu celular? Levantó el ruedo de su camisa y me mostró, clavado entre su pantalón y la barriga mugrienta, un celular. No, le dije, esa huevada no es mía. Ustedes saben muy bien cuál es mi celular. Ya se cagaron; voy a traer a un tombo. Grité. Un policía, por favor; me han robado. El negro reaccionó. Tás huevón, tás huevón. Nosotros no tenemos nada. Mira, ve, dijo. Se llevó la mano al bolsillo de su camisa y a los de su pantalón. Vacíos. ¿Y qué guardas ahí?, señalé la casaca en su brazo. Se sorprendió, como si recién se diese cuenta de la existencia de esa prenda. Antes de que abriera la boca para decir alguna otra excusa, respondí mi propia pregunta: Ahí está mi celular; si no me lo devuelves, llamo a la tombería. Estaba furioso. Pocas veces me ponía así enfrente de terceros, y solo cuando discutía con mi esposa. El negro descolgó la casaca de su brazo y, con un rápido giro de la mano, me alargó el Azumi. Toma, oe, sano, y vete, fuera, fuera de aquí, dijo. No me fui; se fueron ellos. Se disolvieron. Me quedé ahí, parado, aliviado, sintiendo el celular en la mano. Habíamos llegado al punto en el que la vida de una persona cabía en un celular y, muchas veces, dependía de él. Mi cita con Karina dependía del celular. Lo guardé bien adentro de la mochila, escondido entre las páginas del libro que acababa de recoger. Manejé hasta mi cuarto. Llegué en dos minutos.

Pasé la tarde metido en una cabina de internet, redactando el procedimiento que Jean Carlo me había encargado. Lo terminé a las cinco. Se lo envié.


Era hora de dejar todo listo para la llegada de Karina. Antes del incidente con los rateros, había comprado en la Venezuela un USB de reggaetón. Lo insertaría en la esfera de luces psicodélicas que había comprado en El Hueco. Esa esferita, además de emitir luces multicolores, era radio y reproductor de mp3. 



Me cepillé los dientes. Me bañé. Me lavé la pinga con minuciosidad. Me vestí de negro. La ropa me quedaba bien. Había adelgazado. Valía la pena moverse en bicicleta.    

Nos encontramos en las afueras del Metro de Alfonso Ugarte. Nos abrazamos fuerte. Había pasado poco más de un año desde nuestra última vez juntos.

Karina estaba más delgada. Iba en buzo. Venía del gimnasio. En la licorería de Piérola, compramos dos vinos bien helados. Luego de revisar las vitrinas, Karina se animó por unos chifles; yo, por un paquetito de maní salado. Joven, disculpe, ¿podría descorchar las dos botellas, por favor? Luego les vuelve a poner los corchos sin mucha presión. Gracias. Guardé los vinos en mi mochila.

La llevé por Peñaloza. Decenas de travestis ofreciendo sus culos. Karina ató cabos. ¿Entonces todo lo que cuentas en tu novela es cierto? Por supuesto. No tengo imaginación; me limito a contar lo que me pasa. Llegamos a la casona. Abrí las dos pesadas puertas de metal y subimos las escaleras.

Le abrí la puerta del cuarto. La luz estaba apagada. La esferita daba vueltas; lanzaba cuadraditos multicolores. La melodía del reggaetonero de moda. Karina se rio. ¿Dónde conseguiste esa huevada? Juzgó las dimensiones de la habitación. Tu cuarto es bastante chiquito. Para un pata solo como yo, estaba bien. Siéntate, por favor. Le ofrecí la única silla del cuarto. Saqué los vinos de la mochila. Les quité el corcho. Le alcancé una botella. ¿No tienes vasos? No, en este cuarto todo se tomaba del pico.   Me senté en el suelo. Apoyé mi espalda contra una de las paredes. Empezamos a beber.

Cuéntame en qué andas. Tú nunca estás sola. Qué chico está sufriendo por ti.

¿Te acuerdas de Mark? Hablábamos del barrio. Nuestras botellas andaban por la mitad. Nos iban a quedar cortas. Mark, pues; el hermano de Hansel. Hansel fue uno de los veintitantos chicos con los crecí en el barrio; peloteando, principalmente. A Hansel le decíamos El Cojo. Era malo para el fulbito. O nunca lo escogían o lo escogían de último. Mark es su hermano, pues. Cuando te fuiste del barrio, Mark tendría nueve o diez años. Me acordé vagamente de Mark; un chibolo flaquito que correteaba junto a un grupo de chiquillos como él. Andaban hechos mierda, sucios, la cara pegoteada de mocos. Esa generación de chibolos no fue pelotera como la mía; fue más de videojuegos. ¿Qué fue con él? ¿Se murió? Se me acababa el vino. No, tonto; me lo levanté. Chucha, esta Karina de mierda siempre me sorprendía. ¿Te levantaste al chibolito? No jodas, ¿en serio? Le dio un sorbo a su botella. Se tomó su tiempo antes de continuar. No, pues, ya no es chibolito; ahora tiene diecinueve años y está en la universidad. ¿En la universidad? Mierda, cómo volaba el tiempo. Me preguntaba cómo había llegado a pasar algo entre Karina y el hermanito de Hansel. Hasta donde yo sabía, Karina llegó a tener algo con Hansel, pero ¿con su hermanito? ¿Cómo así? ¿Con Hansel? ¿Yo? Nunca. Él siempre ha querido estar conmigo; pero creo que ya aceptó que lo veo solo como amigo. ¿No estaba trabajando en Chile? Sí, pero regresó hace unos meses. Está haciendo sus papeles para irse a Estados Unidos. Quiere vivir al lado de su hijo. Los chifles y el maní se habían terminado. ¿Cómo me metí con Mark? Fue por culpa del idiota de Hansel. Fue en una de las tantas chupetas que organizaba en casa de su mamá. Karina, como siempre, estuvo invitada. También, un chico que la pretendía seriamente desde hacía un tiempo. El pata era lindo y, sí, me gustaba. Pero Hansel la cagó. Cuando se acabó el trago, a eso de las siete de la mañana, salieron a comprar más. Karina esperó en el cuarto de Hansel. Al regreso, el chico estaba diferente. La trataba con distancia. El idiota de Hansel le había dicho que yo era una cualquiera y que no debía enamorarse de mí. Para que le creyera, le dijo que siempre tiraba con él. ¿Y por qué crees que hizo eso? Por celoso. El chico se alejó de Karina. En lugar de lloriquear, ella preparó su venganza. No tuvo que esperar mucho. Fue Mark quien dio el primer paso. Desde hacía un tiempo me había dado cuenta de que el chibolo ya no era tan chibolo. Ya podía llevármelo a la cama. La invitó a salir en el auto que su mamá le regaló cuando ingresó a la universidad. Nos hicimos bien cercanos. Incluso, me llevaba a conocer su universidad, la UPC. Era muy respetuoso. Me hacía acordar a ti. ¿Y Hansel no sabía que salías con él? No, él ni se enteraba. Mark tampoco quería que se enterara. ¿Y cómo así pasaron de ser amiguitos a tirar como salvajes? Bebió más vino. Yo también. Las botellas estaban a punto de terminarse. Un día fuimos a una discoteca. Pagó un box para los dos solitos. Había harto trago, Dani. Yo tomaba más que él. Ese día, no sé qué me pasó, tomé bastante. Cuando ya estuve muy mareada, todo lindo y preocupado por mí, me dijo para ir a un lugar más tranquilo a descansar. Y atracaste, ¿no? Me llevó a un hotel. No estaba tan mareado, así que manejó bien. Tiraron. ¿Sigues saliendo con él? No, todavía no me respondas. Voy a comprar más vino y seguimos la conversa.

Regresé con una sola botella. Debía trabajar al día siguiente. Karina no trabajaba; solo recibía el dinero de las rentas de todas las propiedades que su papá le dejó al morir. Todavía sigo saliendo con Mark. Digamos que somos como que enamorados. Pero se me está poniendo muy controlador. Varias veces le he dicho que no se ilusione mucho porque lo nuestro no puede ser. O sea, imagínate, Dani: él tiene diecinueve y yo…, bueno, ya tú sabes cuánto tengo. Karina me llevaba tres años. A Mark lo veo como a un chiquillo. Cuando salgo con él, trato de disfrutar del momento, pero no me veo llevando una relación formal. Él me dice que me ama y que está enamorado de mí, y que si su familia se opone a nuestra relación, él luchará. Es un chibolo, pues. No tiene idea de las cosas.

Intentamos pararnos. Lo logramos, no sin cierto esfuerzo. Se nos había subido el vino a la cabeza. Hay que bailar, propuso Karina. Pegamos nuestros cuerpos y bailamos. Estás flaco, me dijo. Y tú estás más tetona. Sonrió.

Eran casi las dos de la mañana cuando se terminó el vino. Hora de dormir. Acomodé las botellas debajo de la mesa. Tiré el colchón al suelo. Saqué los cojines y la colcha del armario. Me quedé en bóxer y me cubrí. Karina se quitó el buzo. Se quedó en polo y calzón. Se cubrió con la colcha. Estaba del lado de la pared. El colchón era inmenso; podían caber cómodamente cuatro personas. Nos quedamos privados a los pocos segundos.

El Azumi no me despertó. Karina, sentada en el borde del colchón, se ponía las medias. ¿Qué fue? ¿Qué hora es?, pregunté, alarmado. Cogí el Azumi. Vi la hora. Chucha, las ocho. Ya debería estar en la chamba. ¿Qué fue? ¿Te estás yendo? Sí, ya se iba. Tenía que hacer. Se paró. Cogió el buzo para ponérselo. Sus tetotas querían reventar el polito blanco que las cubría. El calzón no era uno común y corriente; era un hilo. Recién me daba cuenta. Se me paró la pinga. ¿No me la había tirado en toda la madrugada? Ah, no, carajo, ni cagando se iría del cuarto sin antes haber pasado por las armas. Me acerqué a ella y la besé. Me correspondió. La forcé hacia el colchón. Caímos juntos. ¿Qué haces, loco? Continuamos besándonos. Nos chupamos las lenguas. Le quité el polo sin dejar de comerle la boca. Aparecieron esas tetas grandotas y aguadas, riquísimas. Sus pezones eran gruesos y largos. Los mordí. Los chupé. Con solo una mano, me quité el bóxer. Ella, también con una mano, se quitó el hilo. Sin dejar de mamarle las tetas, le metí la pinga. Luego de unos cuantos empujones, se la saqué y se la puse en la boca. Entró en una. Me lengüeteó la cabecita. Me mamó las bolas. Prométeme que mientras chapes con Mark, vas a recordar que con esa misma boca te comiste mi pichula. Me lo prometió. Eres un enfermo, sonrió y siguió chupando.  

Se acomodó en la posición en la que siempre se venía conmigo. Me pidió que no parara, que le diera más fuerte. Juntó las piernas, ahorcándome la pinga. No pares, no pares, Dani. Ya me estaba cansando, iba a parar, pero se vino pronto. Quedó rendida. Era mi turno. Volví a chuparle las tetas. Córremela. Sabía cómo frotarle la pinga a un hombre. Antes de venirme, se la volví a poner en la boca. Se tragó todita la leche. Ya sabes, no te laves la boca al llegar a casa. Quiero que así te lo chapes a Mark, ¿ok? Se carcajeó. Eres un loco.  

Antes de irse, me invitó a su casa. Vivía sola. Tienes que devolverme la visita. Le prometí que lo haría.

Era tarde para ir al trabajo. No se me ocurría ninguna excusa. Pero el cache me había puesto de tan buen humor que decidí manejar hasta la oficina.

Jean Carlo no llegaba. Patricia ordenaba unas facturas. La saludé y me fui al baño. Me lavé y me puse la ropa de oficina. Al salir, me topé con Victorio Marcelo, el gerente de ventas de la empresa. Victorio era igualito al ex presidente Alejandro Toledo y, como este, había sido tremendo borracho en su juventud. Lo saludé. Llevaba una taza de café en la mano. Se encerró en su oficina.

Revisé los mensajes de mi celular. Eran WhatsApps de Rosario. Los envió desde que estuve Karina. Había, también, varias llamadas perdidas. La llamé. Lloraba. ¿Qué has hecho, Daniel? ¿Con quién has estado? Chucha, y esta huevona cómo sabía que había estado con alguien. Con nadie; me desperté tarde, eso es todo. Era la verdad; no toda, pero una parte. Pero te he estado llamando desde temprano, ¿por qué no me contestabas? Por eso mismo, porque estaba durmiendo. Dime la verdad, no me mientas, por favor. ¿Has salido? ¿Has estado con alguien?  Me repitió esas preguntas varias veces. Insistió tanto que finalmente cedí. , le dije, estuve con una mujer. Se le quebró aún más la voz. ¿Quién es, quién es? ¿Por qué me haces esto, Daniel? Yo te amo. No es justo. Nada era justo en esta vida. No puedo contarte. Ya te vas a enterar cuando lo escriba en la novela, le dije. Tú y tu novela de mierda. Tu novela es una mierda. Está escrita con los pies. Te odio, te odio. Siempre me haces sufrir. Tenía razón. ¿Quién es esa mujer? Dime, dime, por favor, si alguna vez me has querido siquiera un poquito, tienes que decirme. No le dije nada. Continuó llorando. No era justo que llorara de ese modo, mucho menos por alguien que valía tan poco como yo, un mujeriego cacha cabros que merecía, no su amor, pero, sí, su desprecio. No merecía todo lo que había hecho por mí: pagarme comidas, comprarme libros, sacarme al cine. Cansada de suplicar, cortó la llamada.

domingo, 23 de octubre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 8


Domingo 18 de setiembre del 2016

Volví a La Jarrita. Quería levantarme gratis a una trava. Era la una de la mañana y el lugar estaba repleto. Había todo tipo de travestis. Ninguna estaba sola; andaban en grupos o acompañadas de amigos y maridos.  

Compré una cerveza y me ubiqué cerca de las travas más ricas. Eran cinco; dos, realmente bellas. Dos tipos, vestidos como reggaetoneros, eran quienes les proveían la cerveza.

Ozuna era el nombre del reggaetonero de moda. Sus canciones se sucedían sin parar.

Tres tetonas recién llegadas se instalaron a un metro de mí. Una de ellas vestía un shorcito diminuto. Mostraba todo el culo. Terminé mi botella y fui por otra. Al regreso, me ubiqué más cerca de ellas. La chica del shortcito se colocó delante de mí. Restregó el culo contra mi pichula, que se puso como piedra. Le gustaba sentírmela. La tomé de la cintura. La pegué del todo a mí. Echó su cabeza sobre mi hombro y me besó. Su lengua se revolvió sin control dentro de mi boca. Bajé las manos y le agarré el culo. Lo tenía durísimo. Delicioso. Metió una mano en mi pantalón. La deslizó bajo el bóxer. Empezó a corrérmela. La mano se le humedeció. Los besos ganaron intensidad. ¿En qué momento iríamos a tirar? ¿Debía proponérselo yo o debía esperar que saliera de ella?

Los temas del reggaetonero de moda cesaron y las luces del escenario les dieron la bienvenida a un par de cabros gordos, que parecían camioneros con peluca.

Hola, hola, chicas y “chicas” de La Jarrita, ¡cómo están! Nadie respondió. La gente quería seguir bailando. Acá estamos sus amigas de toda la vida, La Nena y La Nana, listas para entregarles entretenimiento del bueno.

Hoy vamos a premiar a dos chicos, dijo La Nana. Dos chicos valientes que se atrevan a participar en nuestro concurso de todos los sábados: El Chala De La Jarrita. El Chala, como siempre, se llevará seis chelas bien heladas para que celebre su reinado por todo lo alto. A ver, chicos, ¿quién se atreve?  

Sube tú, me dijo la tetona. ¿Yo? Ni cagando. Tú, pues; vamos, sube, insistió, haciendo pucherito. Tienes una rica pinga, papi. Fijo que ganas y nos llevamos el premio a mi cuarto para disfrutarlo juntitos. ¿Qué dices? Anda. Sube. 

Subí.

Ya tenemos a uno, celebró La Nana. No esperamos mucho para que subiera mi competencia; un chiquillo de gorra, delgado, con aretito en la oreja. Tenía toda la pinta de un futbolista. Se cierra la admisión, chicos, dijo La Nena. Ya tenemos a los dos competidores de la noche.   

¿Nos regalan sus nombres, amores?, preguntó La Nana. Daniel. ¿Y tú, papito? Michael. ¿Sus edades? Treinta y tres. Uy, dijo La Nana, estás viejo, papito. ¿Y tú, corazón? Veinte. El chibolo era guapo, blancón. La Nana y La Nena tenían ya a su favorito. ¿Desde dónde nos visitan?, continuó La Nana. De aquí del Cercado, dije yo. De La Rica Vicky, dijo Michael. ¡Me muero!, gritó La Nena. Varios de mis maridos han sido de La Rica Vicky. Te contaré, hermana, que ahí hay puro pingón. Se oyeron vivas y aplausos. Por eso tienes el poto bien abierto, comadre, replicó La Nana. Risas y aplausos. Envidiosa, dijo, afectada, La Nena.

Chicos, dijo La Nana, lo que tienen que hacer es muy fácil. Solo tienen que enseñarle la pinga a La Nena, nuestra estricta jueza, y ella dirá quién es nuestro Chala de la noche. La Nena se había sentado en medio del escenario. Tenía una toalla en las manos. ¿Quién quiere ser el primero? Michael dio un paso hacia La Nena. Aplausos para nuestro primer concursante, gritó La Nana. El índice de La Nena invitó a Michael a acercarse del todo. Cuando estuvo delante de ella, La Nana se acercó para rodearle la cintura con la toalla. La Nena sostuvo los extremos. Pusieron un reggaetón del cantante de moda. Michael se bajó el pantalón al compás de la canción. Los ojos de La Nena aprobaron lo que veían. Esa boca se desesperó por meterle una buena mamada. Hija, cuéntanos, cómo la tiene nuestro muchachito. Michael, que sostenía el micrófono de La Nena, se lo acercó a la boca. Nos falta ver al otro participante, pero creo que solo un burro arrecho le gana a Michael. Yo siempre lo he dicho; La Victoria es fábrica de pingones.

Fue mi turno. Tenía claro que estaba ahí por la promesa de sexo con la tetona. Pero veía muy difícil que pudiera ganarle a Michael; cuando no estaba excitado, la pinga se me ponía ridículamente pequeña. Y así la tenía mientras me colocaba delante de La Nena. La Nana se apresuró en rodearme la cintura con la toalla. Me pidió sostener el micrófono de su compañera. Pusieron la misma canción de hace un rato. Llevé las manos al botón del pantalón y no pude continuar. La Nena acercó su boca al micrófono y me alentó a seguir. Vamos, papi. A ver, aplausos para nuestro participante. El público aplaudió. Apagué el micrófono y lo guardé en uno de mis bolsillos. Me acerqué al oído de La Nena. La tengo chiquita cuando no estoy excitado. No fue necesario decir más. Me indicó sostener la toalla. Me desabrochó el pantalón. Me lo bajó. Hizo lo mismo con el bóxer. Cogió el micrófono y lo prendió. Amiga, este participante necesita respiración boca a boca para continuar en carrera. La gente celebró. La Nana dio su autorización. La jueza empezó a chupármela. Fue asqueroso. Ninguna de las dos era mínimamente agraciada; parecían dos voluminosos vigilantes de discoteca con peluca y vestido. Saqué la pinga de su boca y me subí el pantalón.

¿Qué pasó?, gritó La Nana. Su voz era la de un papagayo. Amiga, definitivamente gana Michael, dijo La Nena. La Nana corrió a ponerme el micrófono en la boca. ¿Qué pasó, papi? Como no respondí, me agarró los huevos por encima del pantalón. Uy, sí, aquí hay puro manicito. La gente estalló en carcajadas. Me puse rojo y bajé del escenario. Michael le mostró al público su cajón con seis cervezas.

Busqué, pero no encontré a mi tetona. Regresé al cuarto. Mi pinga nunca había estado en boca tan desagradable. Me la lavé varias veces en el baño. Eran casi las cuatro de la mañana. Me calateé y me tiré en el colchón.

Me desperté a las once de la mañana. Anoté en un cuaderno todos los incidentes de La Jarrita. Ese material me serviría para la novela. Regresé a La Perla, a casa de mamá. Pasé el resto del domingo al lado de mi hija. En la noche, la devolví con su mamá. No fue una tarea fácil; la bebe lloraba y había que ponerse fuerte para tranquilizarla. Amaba pasar tiempo en casa de su abuela, donde le permitíamos hacer lo que le diese la gana: comer papitas fritas, ver videos en YouTube. Regresé a Zepita.

Vibró el celular. Un mensaje en el Messenger. Era Karina; una amiga de Los Nogales, mi barrio de infancia y adolescencia. Fuimos enamorados por un par de semanas. Yo tenía diecinueve y ella tres años más. Fue la primera mujer con la que tiré sin pagar. Tras contestarle el saludo, la llamé. Le conté que vivía solo, en un cuartito en el Centro de Lima. ¿Por qué no te vienes?, le pregunté. ¿Ahorita?, dijo, divertida con la idea. Claro, ahorita. Lo pensó unos segundos. Ahorita no puedo, Dani. Créeme que me gustaría verte, pero ahorita es imposible. ¿Qué te parece mañana? Me parecía excelente. Quedamos así. Siempre que nos reencontrábamos, terminábamos tirando. Así eran las cosas con Karina; una chica del siglo XXI.  

Volvió a vibrar el celular. Otro mensaje en el Messenger. Era Daniela. Fuimos enamorados durante una semana en el 2014. Era ocho años más joven que yo. Amaba la poesía tanto como la vida. La Literatura nos unió durante esa semana. La llamé al celular. Le conté que me había separado de mi esposa y vivía en un cuarto en el Centro. Para estimular su curiosidad, le dije que la casona en la que me había instalado fue brevemente habitada por el poeta José María Eguren. Entonces, tendré que visitarte un día de estos, Chato. Había agarrado la costumbre de llamarme así; Chato.
                                              
Busqué un video porno en el celular. Googleé XNXX. Una milf le mamaba la pinga al amigo de su hijo mientras este hacía los deberes escolares en otra habitación de la casa. Eyaculé rápidamente. Me arrechaba con facilidad.