José
Eulogio acababa de ingresar a una prestigiosa, aunque costosísima, universidad
peruana. Estaba muy feliz. Se trataba de uno de los centros educativos particulares
de más difícil acceso no solo por la cuestión económica sino también por la
dificultad que presentaba su examen de ingreso. Solo aquel que se preparaba a
conciencia ingresaba.
Contentísimo
por su logro y confiadísimo por la seguridad que le daba la firme convicción de
que él, como hijo, había cumplido con creces su deber académico -pues había
ocupado nada más y nada menos el segundo lugar en el examen de admisión-, llamó
a su padre para comunicarle la grata noticia y, por supuesto, solicitarle el
debido apoyo para el pago de la matrícula y las pensiones.
José
Eulogio se había privado de fiestas, de salidas al cine, de paseos campestres
los fines de semana, para convertirse en un flamante universitario, futuro
profesional de provecho. Estaba seguro de que su padre, allá en los Estados
Unidos, en uno de los barrios más miserables de Newark, hincharía el pecho al
enterarse de la buena nueva.
Aló, papá, dijo José
Eulogio.
Aló, ¿sí?,
tartamudeó Groover. Eran las nueve de la noche en Lima, las diez en Newark.
José Eulogio notó, por el tono de la voz de su progenitor, que algo no andaba
bien con él.
¿Estás
bien?, dijo el muchacho, tanteando el terreno, temeroso de toparse con algún
exabrupto de su padre, pues, a pesar de haber crecido lejos de él, sabía que
era un loco de cuidado.
¿Quién
chucha habla? ¿Marly? ¿Eres tú, chuchetumare? ¿Otra vez vas a cantarme tu
huevada de “eso, eso, eso, eso, eso, oh, solo el amor, eso, eso, eso, eso, eso,
oh, siempre el amor”? ¿Otra vez vas a venir a joderme con que viva el sida y la
puta de tu madre?, se exaltó Groover.
No, papá.
Te habla José Eulogio, tu hijo. Llamaba para compartirte una gran noticia, dijo el
joven. Hablaba despacio y con calma para brindarle cierta paz a la atribulada
mente de su padre.
¿José? ¿José
Eulogio? ¿Quieres chupar conmigo, José Eulogio? Putamadre, hijo, quiero
contarte que estoy destruido. Las caza maridones cada día son más, son una
plaga, y me están clavando puñales en la espalda. Por eso estoy tomando, hijo,
para que les duela. Mientras más licor me meta al hígado, más les dolerá a esas
caza maridones en su orgullo; caza maridones que se aúpan en despojos humanos
como Marly, Montes o Cambrito -Cambrito por la conchasumadre, hasta dónde hemos
caído-, solo para tener alguien que las peche, que las defienda. ¡Salud, José
Eulogio! Mi hijo me dijiste que eras, ¿no?
Sí, papá;
soy tu hijo.
Chucha, no
sabía que tenía hijos.
Solo uno,
papá, yo.
¿Y por qué
no estas acá a mi lado, huevón? ¿Dónde estás? Vente a mi jato. Vivo aquí, nomás,
en la calle Berger seis cuatro seis. Vente al toque. Todavía me quedan dos
pavas y tres sick pack de Cuzqueñas importadas desde el Perú, cuñao.
Papá, se aclaró
la garganta José Eulogio, yo vivo en Lima. Estoy estudiando aquí. Te quería
contar que acabo de ingresar.
¿Ingresar?
¿Adónde? ¿Adónde has ingresado?
A la
universidad, papá, respondió José Eulogio, procurando darles a sus
palabras la nota justa de alegría que estaba conteniendo desde que hubo detectado
que su padre estaba ahogado en alcohol y colocadísimo en marihuana.
Un silencio
preocupante se tendió como una gruesa y mugre alfombra entre ambos celulares.
El teléfono que Groover usaba estaba encriptado. Desde que se hubo refugiado en
los Estados Unidos, protegía sus llamadas para que sus persecutores en el Perú
no tuvieran idea de dónde o cómo localizarlo.
¿Papá? ¿Estás
ahí?, palpó José Eulogio.
Putamadre,
huevón, ¿tú crees que es fácil prender una pava y hablar al mismo tiempo? Deja
que me prenda un toque, cuñao.
Se oyó una fuerte
aspiración y una exhalación de disfrute y relajación.
José
Eulogio creyó que ese era el momento de retomar la conversación sobre su
ingreso.
Como te
decía, papá, he ingresado a la universidad.
Ah, ya, bostezó
Groover, demostrando así que le importaba un pincho la noticia de su hijo. Oe,
puta, la huevona de Eva me ha pedido trescientos soles para pagar su internet,
su luz, su agua. Jajaja, como si me la estuviera cachando. Y, encima, tengo que
pagarle por dos vinos para que chupe en mi transmisión. Oe, cuñao, ¿cómo es tu
nombre? ¿Javier? ¿Marly? ¿Montes?
José
Eulogio, papá, me pusiste ese nombre en honor de uno de los mejores amigos de César
Vallejo en el Grupo Norte, José Eulogio Garrido Espinoza, aquel a quien Vallejo
le dedicó ‘Bajo los álamos’ de su poemario ‘Los heraldos negros’. Si hasta
hiciste que me memorizase ese poema cuando tenía tres años, rememoró
el joven.
Ah, ya; oe,
José Eulogio, ¿ya te suscribiste a mi canal de YouTube? ¿Ya te caíste con tres
suscripciones en mi canal de Kick? Putamadre, cuñao, mi audiencia va subiendo
como la espuma y con esa crecida también la plata que YouTube y Kick me dejan
mes a mes. ¿Sabes cuanto saqué entre ambas plataformas?
Eh, no, papá,
hace años que no me llamas para conversar, así que no sé cuánto dinero te dejan
esas plataformas. Pero, vamos, cuéntame, ¿cuánto ganas transmitiendo?
Pero para
qué quieres que te llame si yo hablo todos los días a través de mis
multiplataformas. Basta con que entres cualquier día, a cualquier hora, para
que me escuches y te enteres de mi vida. Putamadre, o sea que encima te tengo
que llamar; qué tal concha.
Tienes
razón, pa. Mala mía. Ahorita mismo me suscribo a tu canal. ¿Cómo se llama?, dijo José Eulogio.
Se llama
Cuchillos Largos, y salimos por YouTube, Kick, Facebook y X de Elion Mask. Pero
aguanta tu coche. ¿Qué dijiste?, interpeló Groover, destapando una botella de cerveza
y soplándosela de un solo sorbo hasta casi más de la mitad.
Que cómo se
llamaba tu canal.
No, cojudo,
eso no. Lo otro. Eso de ‘mala mía’.
Ah, sí, es
una expresión que se usa para reconocer un error.
¡Fuera,
chuchetumare! Esa es una expresión que usan los alucinados para dárselas de
pituquitos cuando no son otra cosa que patacalatas, cholos arribistas, como
estoy seguro que eres. Otra frase que usan es ‘literal’; ‘literal esto’,
‘literal aquello’. Puta que me llegan al pincho cuando los oigo. La vez pasada
escuché a esta huevona cachera de la Lobatón, en el programa del cabrilla de la
Beto, hablando de la perra cachera de su vieja, diciendo que ella, ‘literal’, tenía
la fuerza de un hombre. Putamadre, cojudo, yo casi agarro mi celular a patadas.
Si esa puta dice que su madre ‘literal’ tiene la fuerza de un hombre entonces
es porque de verdad su madre es un hombre. Por la conchasuabuela, ‘literal’ o ‘literalmente’
no se usa para exagerar, carajo. Se usa para indicar que lo que ocurrió,
sucedió tal cual. Por ejemplo, la vez pasada escuché a una divorciada víctima
de afecto de mierda, que a pesar de que ha pasado por los claustros
universitarios, decir: ‘literal’ me morí de la risa. Entonces, te hubieras muerto,
pues, cojuda. Ya no estarías con vida. ¡Por la conchasumadre, cómo me destruyen
el idioma español que es tan bello! Groover había lanzado un furibundo puño contra la
pared.
Tranquilo,
papá; te prometo que no volveré a decir ‘mala mía’. Aceptaré mansamente mi
condición de cholo desposeído, de joven patacalata.
Haces bien,
cojudo. No hay nada que me joda más que la gente falsa, inhaló
Groover.
Está bien,
papá. Y volviendo al tema, me alegra mucho que te esté yendo bien en tu faceta
de comunicador, dijo José Eulogio con desinteresada franqueza.
Claro, huevón,
me está yendo de la putamadre. Solo para ti, que eres mi hijo, te voy a soltar
este dato. Estoy facturando tres mil dólares mensuales. Entre YouTube y Kick,
me estoy haciendo esa friolera. ¿Cómo la ves?
Estupendo,
papá. Es una buena cantidad de dinero que te estas ganando con estar solamente
sent… José Eulogio se detuvo a tiempo. Reformuló su frase para evitar que
Groover creyera que menospreciaba su actividad, que solamente se ganaba la vida
sentado frente a una computadora, con un rollo de papel higiénico en la diestra
y una papaya que usaba para masturbarse en la siniestra. Es una buena
cantidad de plata para hacerla desplegando tus conocimientos truncos de comunicación
en la universidad y muy cómodamente desde tu casa.
Claro,
pues, huevón, no me hizo falta terminar la carrera. Yo llevo la comunicación en
la sangre. Soy un comunicador nato. No sé si has ido a la escuela de oratoria
en la Casa del Pueblo. Si no lo has hecho, te exhorto a que lo hagas. Ningún
hijo mío va a hablar como un Cambrito descamisado.
Sin tener
idea de quién diablos era Cambrito, José Eulogio, que no era, como su padre, un
orador de fuste, dijo: Sí, papá, lo haré. Creo que me caerá muy bien reforzar
mis habilidades oratorias ahora que voy a empezar la universidad. José
Eulogio había estado esperando esa precisa entrada para volver a inocular el
tema de la universidad.
La
universidad, la universidad, la universidad, remedó Groover. ¿No sabes
decir otra cosa? Putamadre, yo conozco a varios huevones que han terminado la
universidad y ahora dan pena. Ahí tienes a esa divorciada víctima de afecto,
cuyo nombre no viene al caso, pero a quien llamaré Teresa, que estudió comunicaciones
interplanetarias en una prestigiosa universidad y cuando le digo que entretenga
a los descamisados mientras achico la bomba dos minutos, se queda callada, muda,
se maridonea, me busca, me dice no sé qué decir. Puta, hasta las huevas, pues.
Y mírame a mí, que no estudie ni pincho, y puedo entretener a miles durante
horas con mi solo verbo, que puede ser flamígero por momentos o melifluo según
las circunstancias, como cuando hablo con mi musa y amor imposible, la Caza
Maridones Bafi. Y es que no se necesita ir a la universidad para lograr tus metas.
Bukowski decía que lo que se necesita en la vida era beber, escribir y cachar.
Yo, Groover, me cago en él y digo: se necesita vivir, leer y comunicar. A
propósito, ¿qué libro estas leyendo?
José
Eulogio no leía. Consideraba que los libros y la lectura eran algo obsoleto, en
desacuerdo con la modernidad. Para qué iba a leer, digamos, La Riqueza De Las Naciones
de Adam Smith, si se les podía preguntar a Chat GPT, DeepSeek, Perplexity, Copilot,
que le dieran un resumen de diez líneas de ese libro de modo tal que luciera
como todo un experto en la materia. Leer un mastodonte de mil páginas era una manera
muy cojuda de perder el tiempo, era vivir decimonónicamente.
Últimamente
no he leído nada, pá, porque me he estado preparando para el ingreso a la
universidad. He estado trabajando con textos preuniversitarios. Y justamente
por eso te llamaba, pá, porque he ingresado y para pedirte que…, dijo José
Eulogio, dándole a sus últimas palabras el suficiente peso jubiloso para que su
padre se contagiase también de la buena noticia.
Putamadre,
ya me tienes huevón con tu universidad, lo interrumpió Groover. Mira, hasta has hecho que
se me pase la borrachera, carajo. Ya, ladra, qué quieres decirme. Qué quieres
pedirme, demandó Groover, hartándose de la llamada de su hijo.
Papá,
aprovechando la buenísima noticia de que te está yendo bien con tu
emprendimiento virtual, quiero pedirte que me ayudes con la matrícula y la
primera pensión de la Universidad Católica, que es donde he ingresado. Son más
o menos en total unos ocho mil soles. Y eso que he postulado a la primera
escala y me la han aceptado, ya que dije que mi papá me abandonó cuando era
niño. Así que, papi, solo pagarás ocho mil soles y ya los meses siguientes solo
serán cuatro mil soles mensuales.
¡Fuera,
chuchetumare! Seguro eres uno de los esbirros del pelao cabeza de pinga de
Marly que me quiere ver cagao y hasta las huevas como él, ¿no? Habla, dime, cuánto
te está pagando Marly para extorsionarme.
¿Extorsionarte?
Solo te estoy pidiendo un apoyo para la universidad, papi.
¿Papi?
Claro, como has escuchado que me va muy bien en las redes sociales, y como te
has enterado, qué te digo, de que me han contratado para liderar el programa
Zero A La Izquierda en otro canal de YouTube muy importante como Alter Negro,
uno de cuyos fundadores es el negro Puti, me quieres picar; por eso me dices
papi, papicarme. ¡Fuera, cojudo! No voy a caer en las trampas del tarado de Marly
ni del serrano de Montes, borbotó Groover, desahogándose, expulsando todo el odio
que le habían incubado en el alma sus enemigos.
Papá,
escúchame, yo no te estoy extorsionando.
¡Fuera,
extorsionador! Vete. Chau. Número equivocado. ¡Policía, policía!, cortó
Groover, agitado, el corazón tratando de romperle las costillas para huir
directamente al tazoncito donde se acumulaba su coquita del fin de semana.
***
Ayer,
queridos Cuchilleros Largos, recibí un atentado sin precedentes en este
submundo de la Brutalidad, un ataque que ya ha sobrepasado cualquier límite
imaginable. Los enviados y esbirros del serrano dientes de sable Montes y del
pelao cabeza de mi nepe de Marly empezaron secuestrando a mis caballitos Boloña
y Pandolfi, cercenándoles la cabeza, amputándoles la pinga, vejándolos, pero lo
de ayer ya fue el colmo de los colmos. Y yo voy a tomar medidas, ojo. Voy a
demandarlos, par de descamisados y la conchasumare. No crean que van a pasar
piola.
El Mano
Santa, fiel seguidor de Groover, comentó: ¿Qué te hicieron, viejito? Cuenta.
Me
extorsionaron, dijo Groover. Un huevón, que se había investigado
los buenos números que estoy haciendo en redes, me llamó para pedirme plata,
para extorsionarme de la manera más vil.
¿Y qué
hiciste, viejito lindo?, comentó Jorge Jarra, otro seguidor del Viejo.
Lo mandé a
la chuchesumare, pues, huevón. Con esos indeseables no se tranza. Es como la
cojuda de Dina con el pastrulo del presidente de Colombia. ¿Cómo se llama este
conchasumare?
Gustavo
Petro, comentó Háblame de Groover, otro seguidor fanático del Viejo.
Petro, ese
conchasumare. ¿O sea que un descamisado, un pastrulo, propone una huevada y
Dina cojuda le va a hacer caso? Ni cagando. Muy bien que Dina no le haya hecho
caso y que no le haya dado la mano a ese terrorista. Con terroristas no se negocia.
Y eso mismo hice con ese extorsionador que ahorita está bien mandado a la
mierda.
Una llamada
telefónica turbó su airado discurso. Era el número de su hijo.
Miren,
nuevamente el conchasumare que se está haciendo pasar por mi hijo está insistiendo
con la extorsión. Pero aquí somos dialécticos. Aquí, en Cuchillos Largos, nos
encanta desenmascarar a estos malvivientes en vivo y en directo.
¡Aló! ¡Qué
quieres, conchatumadre! Estás al aire. ¡Habla!
Papá, por
favor, no me insultes. Soy yo, tu hijo.
Groover, ya
lúcido, ya sin las toxinas y los efectos del alcohol y las drogas encima,
reconoció con sorpresa la voz de su hijo.
¿José
Eulogio?
Sí, papá, dijo el
muchacho. Te acordaste de mi nombre.
Claro,
claro, cómo no me voy a acordar si eres mi hijo unigénito.
Es que ayer
te olvidabas.
Groover
recordó vagamente el festival de tragos y drogas que le habían abotargado el
entendimiento el día anterior. Entonces, cayó en la cuenta de que había sido
una mierda de padre.
Chucha,
eras tú, dijo Groover con no poca vergüenza. Rápida e intempestivamente apagó
el directo. Le iba a caer una tonelada de bullying si continuaba ventilando en
su programa esa conversación con su hijo. Perdóname, pucha, seguramente dije
muchas tonterías, Jose Eulogio.
No te
preocupes, papá; yo entiendo, dijo el muchacho en un acto de generosidad que causó
en Groover un sentimiento que le arrugó el corazón. Se sintió hasta las huevas
por ser un padre dedicado al vicio y a la masturbación. Más bien, te llamaba
para decirte que ya no es necesario que me envíes dinero. Justo ayer te llamé
para pedirte plata para mi matrícula y mi pensión, pero ya no es necesario,
papá.
Groover
sintió un alivio, porque gastar cinco mil soles al mes, estando borracho o
sobrio, no era nada bonito.
Solo voy a
necesitar una firmita tuya, papá. Ahí a tu Telegram te estoy enviando la hojita
que me tienes que firmar. Con una sola firmita, quedan pagados mi matrícula y
mi primer semestre.
Macanudo,
mi cachorro. Pásame al toque el documento antes de que me vuelva a terrajear el
cerebro con coca, hijo mío. Esta versión es tu verdadero padre, mi mejor
versión, la que solía gustarle al pelao hijo de puta de Marly, la que me
mantuvo sosteniendo amables chácharas con el serrano de Montes.
Ya, papá,
ya te pasé el documento.
Pasu, tiene
como quinientas. ¿Tan largo?
Sí, papá,
no te preocupes. Tú firma, nomás. Yo ya lo leí por ti. Apenas presente el
documento firmado, la matrícula y el primer semestre quedan totalmente pagados.
Mira que son como treinta mil soles.
Ni bien
Groover oyó la descomunal cifra, rubricó rápidamente el documento. Hizo clic
con el dedo en donde decía ‘firma’ y automáticamente su rúbrica selló el acuerdo.
Ya te lo envié
firmado. Fíjate si lo has recibido, dijo Groover.
Sí, papá.
Genial. Mil gracias por todo, dijo José Eulogio.
No, gracias
a ti, hijo mío, por haber confiado en mí a pesar de que conversaste con esa otra
versión mía que aparece cada que me inflo de cerveza y me saturo de cocaína.
Por favor, no le digas a nadie que tu padre suele caer en la tempestad de sus
ricos vicios de vez en cuando, pidió Groover.
No, papi,
no hará falta, dijo José Eulogio. Te quiero, pá. Fue un honor
que me hayas ayudado al menos una vez en tu vida. Y colgó.
Estas últimas
palabras quedaron resonando en la cabeza de Groover y le dieron una muy mala
espina. Sin embargo, volvió a prender directo. Conversó con sus suscriptores tres horas más,
hasta muy entrado el amanecer de ese día. Concluyó la última hora de su
programa haciendo un karaoke.
Pero las postreras
palabras de su hijo volvieron a inflamarle las amígdalas. Decidió llamarlo para
liquidar el prurito que le carcomía el cerebro. Una voz femenina le respondió: el
número que usted ha marcado no existe. Esto le rompió la cabeza. Lo intentó
cuatro veces más con el mismo resultado. Claramente el ser humano era el único
animal que tropezaba cinco veces con la misma piedra. Groover era la prueba patente
de ello.
Iba a
llamar a su hijo una sexta vez cuando recibió en el Telegram un mensaje
misterioso. Lo enviaba un usuario identificado como El Cartel de la Muela.
El mensaje
decía: Conchatumadre, somos del Cartel de la Muela. Si no pagas los treinta
mil soles, que te hemos depositado, en los tres meses acordados, te vamos a
hacer una cordial visita a tu casa sita en la calle Berger seis cuatro seis. Ya
sabes. El tiempo es un cangrejo que camina para atrás y le quedan pocos pasos.
Firmaba: El
Chimuelo.
¡Mierda!, comprendió
Groover: su hijo acababa de devolverle el golpe; lo había centrado con el
Cartel de la Muela, al parecer, un cartel criminal de reciente formación, pero
de certera peligrosidad, pues lo tenían muy bien estudiado.
Groover
tendría que contar con la misma popularidad del negro Speed para juntar treinta
mil soles en tres meses.
Sosteniendo
el celular en su mano, parado en medio de su habitación, conmocionado,
imaginándose con las muelas arrancadas una a una con un oxidado alicate
accionado por el líder criminal Chimuelo, Groover se meó. Sabía muy bien que el
único camino que le esperaba era el que hacía mucho tiempo había señalado el
gran dramaturgo William Shakespeare en su obra la Tempestad, en la escena II
del acto III, cuando Esteban le dice a Caliban: Solo el que se muere paga
todas sus deudas.
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