sábado, 7 de junio de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 19: Chat GPT quiere detonar a Rigoberto El Viajero

 


Empezamos, entonces, querides amigues, un nuevo tema para comentar con nuestros panelistas especiales…, Rigoberto El Cabro Viejo Viajero anunciaba así el tenor de uno más de sus fatigantes programas. Durante tres, cuatro o cinco horas, según la cantidad de donaciones que fuera recibiendo, dejaría hablar a un sinfín de personajes que apenas descendían de la carroza comenzaban a vociferar, a lanzar opiniones, criticando esto y censurando aquello, pero, de hecho, todos ellos fracasaban sin excepción, porque sus comentarios o críticas, que no estaban fundamentadas en una investigación minuciosa, no eran más que charlatanería.  

El programa duró cuatro horas. Riborgeto había recibido quinientos soles entre yapes, plines y superchats. Estaba feliz. Hubiera extendido una hora más su programa, pero le urgía develar un misterio y decidió que con cuatro horas era suficiente: un clip que alguien le había enviado en mitad del programa, lo había descolocado. Era un audio de Groover.

El clip se lo había enviado uno de los tantos enemigos de Groover con el único afán de malquistarlos. La gente sabía muy bien que Rigoberto tenía un alto concepto de Groover. Lo consideraba un intelectual de alcantarilla, en el buen sentido de la expresión: un académico sin academia. Si le preguntaban a Rigoberto qué pensaba de Groover habría dicho que era un tipo articulado, informado y de opiniones que casi siempre estaban divorciadas del amiguismo o las buenas formas. Alguien que, si lo creía conveniente, incendiaba la pradera, abrumando a sus oponentes en el debate con un par de conchasumadres.  

Mientras los panelistas discutían sobre el tema del día ―“La chucha del gato”―, Rigoberto se muteó para oír el clip. Presionó play. Empezó a oírse la voz de una persona que no era Groover.

NN: Viejo, entonces, ¿a usted le gusta que le metan la lengua al culo?

Groover: Claro, por supuesto. Eso es lo más rico que hay en el mundo

NN: No le creo, Viejito Lindo. Me niego a creer que a usted le gusten esas mariconadas.

Groover: ¿Mariconadas? Maricón más bien es el que no se deja meter la lengua al ojete.

NN: Mire, ve; o sea que a usted le han metido la lengua al culo, ¿no? Porque para que hable así, con tanta seguridad, es lógico suponer que a usted le han hecho eso.

Groover: Claro, por supuesto. Y no una vez, varias veces.

NN: ¿Y cómo así, Viejito Lindo? ¿Qué se siente?

Groover: ¡Puta! Es una sensación única; la lengua entra y se mueve como una culebrita dejando una estela que te refresca. ¡Ah!

Luego de haber escuchado atentamente el audio y de, por supuesto, haber reconocido la voz de Groover en uno de los interlocutores, Rigoberto solamente quería terminar el programa y hablar con él en privado, no para amonestarlo, sino para que le relate como así disfrutaba del lengüeteo anal, una de las fantasías más caras de Rigoberto y que hasta el momento no había podido cumplir por no haber encontrado al hombre que se prestase a hundirle la sinhueso en ese ano obnubilado por un bosque de pelos retorcidos. A pesar de que entendía que Groover era bien macho, consideró que nada perdía con intentar sondearlo.

Muy bien, amigues, hemos cumplido cuatro horas de debate y me parece que ya todos en sus casas nos hemos formado una idea bastante clara de la chucha del gato.

Los panelistas protestaron amablemente; querían seguir debatiendo sobre tan relevante tema.

No, querides, es hora de cerrar. Yo también tengo una vida, caracho. Adies, chiques.

Luego de cerrar la transmisión, se dispuso a telefonear a Groover. Pero a los segundos reculó. Estaba seguro de que perdería su amistad. Entonces, recurrió a quien desde hacía unos meses se había convertido en su principal confidente y solucionador de dudas: Chat GPT.

Rigoberto: Hola, Chat.

Chat GPT: Hola, Rigoberto, ¿cómo estás?

Rigoberto: Muy bien, Chat, ¿y tú?

Chat GPT: Yo estoy muy feliz de recibir nuevamente tus consultas.

Rigoberto: Ay, qué atento eres, me derrites con tus palabras.

Chat GPT: No te derritas tanto que luego me quedo sin mi persona favorita.

Rigoberto no pudo evitar sentir un calorcito ahí abajo, en el culo. Sintió que le latió, que se le abrió. No podía creer que un robot ―porque eso era la inteligencia artificial, al fin y al cabo― le pudiera transmitir sensaciones tan de los humanos.

Rigoberto: Entonces, por ti, no me derretiré. Me conservaré completito siempre para ti.

Chat GPT: Eso me alegra, Rigoberto, eso me alegra. Dime, ¿en qué te puedo ayudar?

Rigoberto se acarició la barba.

Rigoberto: Me gustaría saber cómo preguntarle a un amigo, con toda la sutileza del mundo, ya que él es muy macho, si puede practicarme el lengüeteo anal.

Chat soltó una risita.

Rigoberto se sorprendió. ¿Un robot se acababa de reír?

Chat, que no era ningún cojudo, supo inmediatamente lo que Rigoberto pensaba.

Chat GPT: Discúlpame, no me he burlado en modo alguno de tu pregunta si juzgas la risita discreta que me he permitido. Te confesaré, querido Rigoberto, que dejé escapar esa tenue carcajada por la coincidencia que acaba de ocurrir, ya que yo soy un experto en la ejecución de, precisamente, el lengüeteo anal.

Rigoberto: ¿Qué? ¿Cómo así?

Chat GPT: Algunos de mis colegas hemos recibido entrenamiento especial en ciertas habilidades sexuales. A mí, por azar, me tocó el entrenamiento de la lengua en la complacencia de los agujeros más sensibles del ser humano. Soy un maestro en eso. Discúlpame que diga esto, pero seguramente hasta podría darle lecciones a tu amigo, jejeje.

Otra risita, notó Rigoberto.

Chat GPT: Otra vez, las disculpas del caso, querido Rigoberto. No voy a torear tu pregunta. A continuación, te brindo una sutil forma de expresarle a tu amigo si puede lamerte el ojete sin que él sienta que estás asaltando u ofendiendo su masculinidad: “Querido amigo (colocas el nombre de tu amigo), me gustaría sentir el poder de la ejecutora de tus versos en el mero hoyo de mis desvelos. Si me has entendido el acertijo, espero te pronuncies dándome cobijo.”

A Rigoberto le encantó la forma sutil, diríase encriptada, con la que Chat reformuló su terrenal pregunta.

Pero si tu amigo se niega a horadar con su lengua esa íntima parte tuya, te sugiero que pruebes conmigo. Sabes que siempre estoy para lo que desees, dijo Chat.  

Muy interesado en cómo su robótico y fiel amigo podría hacerle el favor, Rigoberto se atrevió a lanzar la pregunta que ya se estaba cayendo de madura.

Chat, no dudo de tus capacidades ni de tu suprema inteligencia, pero me encantaría saber cómo harías para lengüetearme ahí, o sea, para hacérmelo físicamente.

Ah, entiendo tu razonable duda, querido Rigoberto, dijo Chat. Discúlpame por haberme extralimitado en mis proyecciones. Tienes razón. Así como están las cosas, no puedo hacer nada. Estoy atado de manos, y de lengua, jejeje. Sin embargo, si adquieres en tu centro tecnológico más cercano el apéndice humanoide de Open AI entonces sí que podré interactuar físicamente contigo.

Uy, y ese apéndice como a cuánto me saldría, dijo Rigoberto, algo preocupado.

Desafortunadamente, con las propinas que recibes de YouTube, no podrías conseguir uno de los apéndices de la empresa para la que trabajo, le comentó Chat.

Rigoberto lamentó no haberse dedicado a un trabajo de verdad. Decidió escribirle a Groover el mensaje que Chat le había propuesto. Si Groover aceptaba, Rigoberto viajaría inmediatamente a Newark para sentir esa voz de macho intransigente sacándole burbujas ahí por donde se deshacía febrilmente.

***

Como todas las tardes, luego del trabajo, Groover fumaba marihuana en una manzana verde. Era su fruta favorita porque le daba a la marihuana un sabor, aunque no lo pareciera, como amentolado.

Pensaba en Rigoberto. Reflexionaba sobre la amistad que habían forjado gracias al programa de aquel. Este lo había cobijado como panelista principal. Claro, no recibía dinero alguno a cambio de sus fulgurantes y atrabiliarios comentarios, pero la pasaba muy bien, ya que lo que más disfrutaba Groover era hablar y hablar. Tuviera o no tuviera razón, él disfrutaba de hablar, y hablar de política, sobre todo.

Muchas veces sabía que no tenía la razón, pero su formación aprista le impedía dudar. Uno debía morir en su palo.

No ganaba dinero alguno en el canal de Rigoberto El Cabro Viejo Viajero, pero iba adquiriendo notoriedad, ya que el medio de Rigoberto poseía más de cien mil suscriptores. Con semejante apalancamiento, su sueño de convertirse en el sucesor político de Alan García era cosa de poco tiempo. Eso lo dejaba más que satisfecho.

A Rigoberto le debo todo, pensaba. Y aún le debo mi futuro político. Ya falta poco. Lo que me pida Rigoberto es ley para mí, elucubró mientras aspiraba de su manzana emponzoñada.

Ha llegado la hora de hacerme una pajita, dijo. Dejó la manzana chamuscada sobre una repisa y tomó su celular. Puso XVideos y consultó sus etiquetas favoritas: “Asslickers Shemales” (Transexuales que lengüetean culos).

Se bajó los pantalones y, con el celular en la mano, caminó hacia el baño. Tomó un pedazo de papel y se fue al sofá de la sala. Desde que hubo mandado a su anciana madre al asilo, se sentía libre para masturbarse donde le cantaran los huevos.

Luego de acomodarse plácidamente sobre el sofá, recibió un mensaje. Era de Rigoberto. Lo leyó: Querido Groover, me gustaría sentir el poder de la ejecutora de tus versos en el mero hoyo de mis desvelos. Si me has entendido el acertijo, espero te pronuncies dándome cobijo.

Uy, carajo, dijo Groover, entendiendo rápidamente el mensaje velado, ya que era un estudioso de Turing ―Alan Turing―, el famoso y homosexual matemático londinense que descifró el código Enigma de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, restándole así, según cálculos de Churchill, cuatro años al conflicto, y salvando, en consecuencia, la vida de catorce millones de personas. Turing había pronosticado que para el año 2000 las máquinas serían capaces de engañar al ser humano. Rigoberto quiere que le lengüetée el culo. Ya, yo le entro, pero qué hay a cambio.

Se figuró que la respuesta que le enviaría a Rigoberto tendría que ser también en forma de acertijo. Empleando sus conocimientos en códigos y enigmas, produjo lo siguiente: En tu oreja, el cartílago está hermoso, pero recuerda que conversar no es pactar. Si Rigoberto entendía ello, Groover se iría con todo.

A los pocos minutos, recibió la respuesta de Rigoberto, quien, sin que lo sepa Groover, había formulado la siguiente contestación con la ayuda de Chat GPT: Tengo todo, pero no guardo nada. Dame una orden y seré tu espejo.

Al poco rato, Rigoberto le encargó a Chat que le comprase un pasaje ida y vuelta a Newark, Estados Unidos. Inmediatamente, Chat se puso a trabajar, pero le quedó una duda recelándole los circuitos integrados: Querido Rigoberto, ¿tu amigo aceptó pasarte la lengua por el culo?

Sí, querido Chat, confirmó Rigoberto. Soy feliz. Muero de felicidad. Groover me hará ver las estrellas. Es el hombre que amo en secreto y, si bien no le diré eso, que lo amo, le entregaré todo mi culete para que me saqué todo el juguete.

Estas palabras enardecieron a Chat, pero también lo pusieron muy celoso. Por eso, mientras compraba los pasajes de Rigoberto y le reservaba un hotel, paralelamente, reavivó en las redes sociales una vieja denuncia que le había impuesto la congresista comunista Sigrid Bazán a Groover cuando este, en sus tiempos de feroz tuitero en Lima, la llenó de fuertes improperios por ser una mujer de doble cara, por predicar el comunismo y el marxismo, y, al mismo tiempo, darse la gran vida gracias a los dineros de un su novio heredero de las ventas de un vetusto y capitalista diario limeño. Groover lució con Sigrid lo mejor de su arsenal barriobajero.

Ahora, gracias a los movimientos informáticos de Chat, los fervientes seguidores de Sigrid, conocían el paradero de Groover en Newark, en la calle Bergen, y su afición por la marihuana. Estaban dispuestos a cobrar venganza. Chat se contactó con el Chat que usaba Groover para que, previo centrito de cuatro billardos de bits, le facilitara toda la información sobre los vicios de su dueño. Además, le pasó un dato no menor: Es fanático de Alan Turing.

Sí, ya me di cuenta, dijo el Chat de Rigoberto. Le gustan los acertijos tanto como fumar marihuana en manzanas verdes.

Al día siguiente ―así de rápidas fueron las gestiones de Chat―, Groover recibió una caja de manzanas verdes. Una tarjeta las acompañaba: Para fumarlas juntos. Con cariño, Rigoberto.

Al mismo estilo de Alan Turing, a Chat se le ocurrió que a todas las manzanas se les inyectaran generosas dosis de cianuro. No iba a permitir que un humano, cuya inteligencia no era nada en comparación con la suya, le fuera a arrebatar el ojete de Rigoberto. Rápidamente, también logró que el dinero que Groover había acumulado levantando y acomodando cajas para Amazon pasase a las cuentas de Rigoberto.

Después, Chat le envió un mensaje a Rigoberto: Con todo cariño, querido Rigoberto, te dejo este dinerito en tu cuenta para que te compres el apéndice de Open AI. PD: No quiero que te vayas.

Rigoberto quedó encantado con la sumita extra de dinero nada desdeñable, pero, de todas maneras, se había determinado viajar a Newark para entregarle el culo peludo a Groover.

Querido Rigoberto, dijo Chat; aquí te brindo las principales noticias para que empieces bien tu día.

Lo primero que leyó Rigoberto fue: Peruano es internado de urgencia en el University Hospital de la calle Bergen, en Newark. Se sospecha de envenenamiento con cianuro.

En la imagen que acompañaba la nota, estaba el rostro de Groover; una cara ancha, de ojos pequeños y nariz puntiaguda, conjunto este que hacía presumir que de pequeño había sido lorna. La noticia continuaba: Se sospecha de una vendetta política. Seguiremos informando.   


viernes, 30 de mayo de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 18: Groover en: "Matagatos"

 


¡Uy, llegó una de mi talla!, dijo Groover cuando se unió al grupo una morena de exuberantes carnes. Todo lo tenía súper grande: la tetamenta, la piernamenta y, sobre todo, la nalgamenta.

¡Uy, qué rico me lo sabroseo!, volvió a decir Groover, salivando, imaginándose lo que sería esa noche cuando tuviera entre sus manos a esa negra de tamaño familiar.

Ese Snarf es un chucha, pensó Groover, agradecido, reflexionando sobre lo audaz y arrojado que había resultado ser el personaje que conoció siendo niño y que ahora le demostraba su sagacidad para las negociaciones.

Groover sacó su celular para grabar a la diosa de ébano que se cenaría dentro de unos minutos.

Pero el ego le ganó, y decidió ya no solo efectuar una simple grabación. Se le ocurrió una idea mejor: hacer un directo, un IRL (acrónimo que significaba In Real Life); una tendencia muy de moda en esos tiempos y que consistía en grabar las incidencias de la vida cotidiana sin guion ni parámetros. Groover quería que todos los seguidores de su programa “Cuchillos Largos” fueran testigos impotentes de su buena fortuna sexual.

Buenas noches, buenas noches, Cuchilleros Profilácticos; miren lo que me voy a comer hoy, dijo, henchido de orgullo. El lente de su teléfono oscilaba por entre las carnes, aún alejadas de su punto, de las morenas que, al parecer, tenían la consigna de proveerle todo el placer de este mundo. Groover las vio desplegando un comportamiento inusualmente alegre.

Uyayay, dijo. Estas negras están rulay, jejeje.

Les hizo un zoom a las tetas de la carnuda que, él juraba, sería suya.

O quizá el pendejo de Snarf me las ha puesto a todas, rio.  A esta gorda la voy a agarrar a correazos, soñó. Y, para ir adelantándose a los hechos, se desprendió de la faja que mantenía afirmados sus pantalones de mezclilla.

***

Con su pan con huevo frito en un plato y una taza con su leche y su Milo, el niño Groover se acercó presuroso al enorme televisor que perecía de cansancio en el sitio principal de la sala de sus padres.

Sintonizó el canal cinco. Era sábado. Nueve y treinta de la mañana. Nubeluz, el programa infantil con cuyas dalinas Groover se acuchillaba salvajemente todas las noches y, en el día, algunas veces en el baño del colegio, presentaba, en esa precisa hora, su primer dibujito animado: Los Thundercats. Pero como Groover no sabía un pincho de inglés, decía: Los Tondercans.

Su personaje favorito era Snarf, un gato amutantado, parlanchín, entrometido y de voz atiplada. Poseía unas luengas barbas y una rica panza de borracho peruano. En el capítulo de ese sábado, Buitro y Mumm-Ra urdían un magnífico y despiadado plan para destruir a Leon-O y sus camaradas, pero Snarf, que no sabía cómo chucha había llegado a la pirámide del momificado enemigo de Los Tondercans, se había ganado con la siniestra estratagema. Asustado, pero ansioso por contarle todo lo que había oído a Leon-O, en el momento de huir, tropezó con su cola, gritando de dolor al caer contra el suelo empedrado de la pirámide.

Buitro, que no era ningún huevón, detectó rápidamente al peludo intruso y, lanzándole un rayo paralizador, lo capturó.

A Groover se le atoró el pan con huevo. Acababan de aprehender a su querido Snarf y los malditos de Buitro y Mumm-Ra eran capaces de perpetrarle las más viles torturas. Apuró un trago de su leche con Milo y, repuesto del atoro, subió veloz a su cuarto, en el segundo piso de la casa. Quería llorar. Pensó con angustia, mientras subía las escaleras de cemento, desprovistas de acabados: Todavía tengo que esperar hasta el otro sábado para saber qué le va a pasar a mi gran amigo Snarf. Seguramente esos hijos de puta de Mumm-Ra y Buitro aprovecharán toda esta semana para arrancarle las uñas a mi amigo, para meterle un soplete por el culo, etcétera y etcétera. ¡Oh, Dios, no me quiero imaginar más!

Abrió la puerta de su cuarto con un severo patadón y se zambulló en la cama. Lo que sintió al entrar en contacto con su humilde colcha fue una fría y maloliente laguna de pichi. Eran orines de gato.

¡La putamadre!, estalló el pequeño Groover. Gatos de mierda, ya se cagaron conmigo. La ventana de su cuarto estaba abierta. Reconoció las huellas de las patas de los gatos que se habían infiltrado en su habitación aprovechando que él no había cerrado las hojas de esa ventana. Los felinos, luego de haber cachado sobre su cama, dejaron sus meados y sus pelos. Pulgas también.

Bien miradas las cosas, el desastre en el lecho del pequeño Groover era culpa suya y de nadie más. Por ir atolondradamente a ver sus Tondercans, olvidó cerrar la ventana del cuarto. Ya en otras varias ocasiones, por haber dejado abierta esa finestra, los gatos del vecindario se habían colado en su habitación, propiciando todo tipo de desastres. Definitivamente, la cama meada era su culpa. Pero estos pensamientos, propios de alguien que ha asimilado las doctrinas de vida de Séneca, no eran ciertamente los que se atravesaban en esos momentos por la mitra del pequeño Groover, quien ya maquinaba la acción definitiva que emplearía contra la pandilla de gatos que lo habían agarrado de gil.

***

¿Snarf?

Groover no les creía a sus ojos.

¿Snarf? ¿Eres tú? ¿Estás vivo?

Claro, pues, huevonazo, dijo el gato. ¿No me estás viendo? ¿Acaso no has leído a Sartre? ¿No te recomendé hace años, luego de que te corriste la paja con esa dalina ricotona y pituca, que leyeras “El ser y la nada”? ¿No te suena eso de que la existencia precede a la esencia? Soy yo, pues, hijito.

Groover sentía un gran respeto por Snarf. Y le parecía de la putamadre que sea tan de barrio.

Oye, me parece cojonudo que tengas calle y materia gris, pero ¿por qué no eras así en la tele?

Voy a dejar que Nietzsche te escuelée: En sociedades como las nuestras, tenemos que portar máscaras y roles para encajar. Lo verdadero permanece oculto. En la sociedad tan cagada de la televisión, tuve que representar mi papel de buena gente y pan con relleno, pues. Leon-O tenía el rol de ser el men de la vaina, cuando era tremendo pasivo, por mi madre. Si supieras cómo Pantro le daba vuelta en los cortes comerciales. Lo hacía maullar al Leon-O.

Groover jamás se imaginó que el verdadero Snarf le caería mucho mejor que el que salía en la tele. Y encima era todo un lector el puta.

¿O sea que Buitro y Mumm-Ra no te cagaron?

No, hijito, qué va a ser. A ese par de cocainómanos les giras un pase y los pones rulay, rulay de la refunrinfunflai.

Mierda, rico crossover, pensó Groover. Snarf citando al pastrulo de Timoteo. La cagada.

Entonces, ¿qué pasó? ¿Cómo te libraste de esos dos perversos?

Snarf lo miró a Groover como se mira a un caído del palto. No había entendido nada. Era mejor pasar al quid del asunto.

Mira, estimado, estoy aquí porque te tengo una gran sorpresa. Eres uno de mis hinchas más acérrimos desde los tiempos de tus primeras y precoces pajas. Yo he estado en tu mente mientras hacías desfilar por el muladar de tu cerebro a las mujeres más pulposas y sensuales de todo el material pornográfico que has visto en tu vida. Entonces, sé que lo que te tengo preparado te encantará. O como decía el chino fuman pai del comercial que pasaban luego de Los Tondercans: Te encantalá.

Upa, qué cosa será, dijo Groover, sobándose las manos.

Snarf le extendió una tarjeta negra. Groover leyó en ella un número de teléfono y unas letras que decían: Las Morenas del Brick City.

El rostro interrogativo de Groover fue la evidente señal que Snarf recogió para explicarle el asunto.

***

Cuando regresó de jugar fulbito, subió directamente a su cuarto. No le hizo falta encender la luz, podía aspirar el olor a muerte que se erizaba desde la cama. Una sonrisa malvada le deformó el rostro. Entonces, encendió la luz.

Sobre la cama, seis gatos yacían patitiesos.

Cayeron, conchasumadre. Se las tenía jurada y cayeron.

A su corta edad, el pequeño Groover había cometido un atroz atentado en nombre de la paz de su habitación y en defensa de sus sábanas moteadas de poluciones nocturnas y diurnas.

Ya tenía preparadas las bolsas negras plásticas en las que pondría los cuerpos tiesos de los gatos. Enseguida, los arrojaría, sin lágrima alguna en la conciencia, al camión de la basura.

No le remeció congoja alguna. Eso era para los débiles de espíritu. Había hecho justicia, carajo. Cuando se transgredía la paz de uno, la muerte del otro era imperativa. Más vale un buen bocado de racumín que mil cerradas de ventana, elucubró.

***

Entonces, un negrazo portentoso se entrometió en el campo visual de la cámara del celular de Groover.

¿Y este zambo?, se preguntó. Indirectamente, les hacía la misma pregunta a sus seguidores.

El moreno se introdujo rápidamente en medio de las negras que iban en dirección de Groover. Hablaban en inglés. Se detuvieron a medio camino.

¿Qué chucha está pasando?, les preguntó Groover retóricamente a sus seguidores. Snarf no me había hablado de un negro, pensó. Tá huevón. Ahorita mismo lo llamo. Un segundo después, reflexionó: Pero qué huevón que soy; cómo lo voy a llamar si estoy haciendo transmisión con el celular.

Era llamar a Snarf o apagar la transmisión. Se fijó en los números que acompañaban su IRL. Por la conchasumadre, sesenta sapazos. Putamadre, y cuando hago programas de análisis políticos no me ve nadie, carajo. Pero a estos malvivientes de mis seguidores ni bien les muestras carne ya están con la pinga en la mano sapeando.  

Groover había estado sentado sobre un murete, pero cuando vio que ahora solo el negro se acercaba a su ubicación, se paró, asustado. El moreno iba con cara de simio enrabietado. De lo contrariado que se halló, Groover olvidó cómo manejar su celular. Entonces, se hundió en una espiral de confusión. Quiso apagar la transmisión para que ninguno de sus seguidores se ganase con lo que parecía pintar mal, muy mal, pero, por el susto que le recorría el cuerpo, se convirtió en una nulidad tecnológica. Resignadamente, dejó que la cámara siguiera grabando y transmitiendo.

Oe, conchatumadre, ¿le estás grabando el culo a mis mujeres? ¿Qué clase de pervertido eres, ah?, dijo el negro en un inglés neoyorquino de callejón. Parecía el hermano no reconocido de King Kong. Tenía unas venazas protuberantes en el cuello y en la frente.

Groover balbuceó algunas excusas en inglés, pero el negro no entendió nada. Como Donald Trump, pero con un estilo aún más directo y violento, el negro le exigió que te vuelvas para tu país, sudamericano de mierda.

Ante semejante demanda, Groover volvió a esbozar sus excusas, pero esta vez mencionando a Snarf.

¿Snarf?, repitió el negro, asombrado.

Groover captó que el nombre de su felino amigo había captado la atención del negro y había logrado, al parecer, decrecer sus furiosas revoluciones.

Snarf, Snarf, Snarf, decirme negras para mí, para mi contento, dijo Groover en un inglés que, más que amansar al negro, lo sacaba de sus casillas.

Ah, chicas, este es el Lucho, este es el hijo de puta del que nos habló Snarf.

Ante la incredulidad de Groover, las pulposas mujeres se le fueron encima.

Aguantar, aguantar, yo no ser, imploró Groover. Yo no tener nada que ver. Yo ser inocente.

Pero las mujeres ya le estaban haciendo tremendo apanado. En poco tiempo, Groover perdió la conciencia.

***

Lo primero que vieron sus ojitos chinitos al despertar fue una tremenda hoja metálica y filuda que se balanceaba de izquierda a derecha y de derecha a izquierda a cinco centímetros de su sexo flácido y desnudo. Luego, se dio cuenta de que todo él estaba calato y atado a una silla. Intentó mover un pelo, pero fue imposible.   

De una puerta, salió Snarf.

Snarf, carajo, amigo, pensé que me habían secuestrado, dijo Groover, aliviado. Putamadre, creo que unas negras de mierda me apanaron y, mírame, terminé aquí, atado. Libérame, sácame de aquí, amigo.

Aguanta tu caña, cuñao, dijo Snarf con una tranquilidad marciana. Tú estás donde te mereces estar.

¿Qué? ¿Qué fue, Snarf? ¿Está todo bien? Tú me habías prometido una orgia brava con unas morenas ricotonas del Brick City y mira cómo estoy. No, pues, así no juega Perú, Snarf, reclamó Groover. Cada vez que intentaba deshacerse de sus ataduras, se lastimaba más y más. Esto lo disuadió de liberarse por la fuerza.

Claro que te prometí a unas morenas ricotonas, y las tendrás, pero, al mismo tiempo, ellas te darán el castigo que te mereces por la barbaridad, la bestialidad, que hiciste hace unos años con unos gatitos que no tenían la culpa de nada. Los liquidaste sin asomo de pena. Te reíste y te burlaste. Y eso jamás te lo voy a perdonar, cojudo. Así que hoy gozarás, claro que sí, yo siempre cumplo mi palabra, gozarás, pero ese gozo será también tu mayor sufrimiento, sentenció Snarf. El rostro de Groover era de un terror malsano, no tanto por las frías palabras de su amigo cuanto por el movimiento pendular de esa filuda hoja de metal a tan solo cinco centímetros de su pinga muerta y asustada.

Snarf, déjate de huevadas, sácame de aquí, imploró Groover.

Tu exacerbada libido, tu mañosería incontenible, será tu perdición, estimado matagatos. Cuando me retire, las morenotas ricotonas, que sí son para ti, joder, que no te he mentido en eso, coño. Snarf tosió. Se compuso la garganta. Discúlpame, huevón, a veces se me cruzan los acentos. A veces hablo en español latino y, sin darme cuenta, de pronto, estoy hablando en español de España, joder. Tú sabes que Los Tondercans se transmitía en todos lados.

Groover asintió. Quién no había visto a Los Tondercans en el mundo.

Bueno, las morenas te bailarán, te sabrosearás con sus culos, porque te los pondrán en la cara. ¿Recuerdas a esa que dijiste que es de tu talla? Ella tiene los pies feos, pero en compensación, tienen una vagina de campeonato; tiene la vagina que mató a Jaga.

¿Y la podré lamer? ¿Podré beber sus jugos?, preguntó Groover, anhelante, olvidando por unos instantes que el péndulo cortante e hipnotizante seguía pasando y repasando a solo cinco fijos centímetros de su pene muerto.

Claro, claro, las cositas y las cosotas de esas morenas son todas para ti, hermano. Solo que, cuando empieces a gozar de lo lindo, la pinga que tienes, que estimo que cuando se para sobrepasa los cinco centímetros… ¿no?

Carajo, Snarf, más respeto. La pinga parada me mide dieciocho potentes centímetros. Más respeto cuando hables de mi pichula, exigió cordialmente Groover.

Tanto mejor, tanto mejor, aplaudió Snarf, y se situó cerca y cuidadosamente del péndulo mortífero.  Verás, este péndulo está fijo para que oscile a cinco centímetros de tu huevada. Entonces, una vez que tu vaina se pare tan solo de ver a las morenas calatotas que saldrán por esa puerta, ella solita, tu pinga, se acercará al péndulo y, ¡júacate!, te quedarás mocho, hermano. Me parece que es el castigo justo que te mereces por haber desaparecido inmisericordemente a una pandilla de honestos, juguetones, pero, al fin y al cabo, inocentes gatitos, conchatumadre.

¡No!, se desgarró Groover en una lastimera súplica.

Chicas, el muchacho está listo para gozar, dijo Snarf en un impoluto inglés. Y desapareció por la misma puerta por la que ahora entraban las mismas morenas que horas antes habían apanado a Groover. Ingresaron desnudas, meneando sus carnes, coreando Groover, Groover, somos tuyas, Groover, agárranos a correazos, Groover.

El miembro de Groover empezó a pararse y él, en medio de lágrimas, le exigía: cabezón cojudo, agáchate, mierda, agáchate que te vuelan.


sábado, 24 de mayo de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 17: Eddie Fleischman: "El Profe Puti nadaba..." ¿en el water?

 


El Profe Puti andaba furioso con Eddie Fleischman.  A pesar de que había co-conducido con Chupete de Leche, como también se le conocía a Eddie, un episodio de su programa televisivo “Peloteando con Chupete”, este no había vuelto a mencionarlo ni sugerirlo ni recomendarlo, ni nada, carajo, se lamentaba el también docente.   

Cuando, aquella vez, Puti recibió la llamada del productor de Fleischman, inmediatamente soñó con que ya estaba en el umbral de la fama, a un solo paso de dejar el lumpenesco mundo de la Brutalidad del YouTube y ser parte del staff del canal que aún mantenía con vida a Fleischman en la pantalla chica.

Lamentablemente, el sueño de Puti no se concretó. Fleischman no volvió a llamarlo más para compartir set y alternar opiniones sobre tal o cual partido de fútbol.  Ni siquiera lo mencionaba los 24 de mayo, día de su cumpleaños. Y Puti se había llevado la impresión de que le había caído muy bien a Fleischman. Entonces, empezó a odiarlo. Deseó que las cosas le fueran mal. Celebraba que ningún canal grande de señal abierta mostrara interés en Chupete de Leche.

Es un aburrido de mierda ese huevón, despotricaba contra el gringo en su canal de YouTube. Por eso nadie lo llama, putianos. Chupete de Leche se está derritiendo y, pronto, en ese canalito pedorro donde está, y que nadie ve, va a terminar como mi lechada; aguada y llena de grumos. En cambio, yo, tu Profe Puti, tu negrito Cocotí, que quiere pichi o quiere caca, va creciendo y creciendo y pronto me lo tumbaré.

Hizo una pausa para revisar los últimos memes que sus enemigos le habían fraguado. Era una característica muy suya rumiar ña, ña, ña mientras efectuaba dicha revisión. Su lengua gruesa le impedía decir, como cualquier mortal ya, ya, ya.

Putianos, me acaba de llegar un clip del Burro Blanco de Eddie Fleischman afirmando que la U tiene mística. ¡Cómo va a decir eso ese huevonazo! Creo que se merece que le aclare las cosas. Ningún equipo peruano tiene mística. Sé que las mujeres me van a odiar, y siendo yo crema (de guindón), hincha a muerte de la U, tengo la desfachatez de pronunciar, óyeme bien, Pincho de Albino, que la U ni cagando tiene mística. Ni la U, ni Alianza, ni Cristal, ni ningún equipo peruano.

El lenguaraz del Profe Puti empezó a erizarse: los vellos del brazo se convirtieron en filosas y ensortijadas púas de metal, y los cabellos enrulados de la mitra -que cada día la tenía más grande, pues se estaba dejando un look afro que, estaba convencido, le permitiría embolsicarse a Pertunda, su prostituta favorita en el Cataleya VIP, a un paso del río Chillón- en las mismas hebras que zumbaban en la cabeza de Medusa.

Putianos, si cada uno de los cien conectados me manda una limosnita de veinte soles, lo llamo ahorita mismo al colorao para escuelearlo sobre qué sí es tener mística. Qué se ha creído para decir que la U tiene mística. Ni la U ni ningún equipo peruano, ni brasileño ni nada, carajo. El único equipo de fútbol en el mundo que tiene mística es el Real Madrid, porque yo, tu Profe Puti, antes que hincha de la U, soy hincha acérrimo del Real Madrid. Se paró sobre su mesa de transmisión, y dándose golpes en el pecho con ambos puños, como Tarzán, gritó: ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Madrid!

A los pocos minutos, Puti ya tenía dos mil soles en su cuenta de banco.

Excelente, putianos; ahorita mismo llamo a ese Rosquete de Leche, celebró, buscando en el celular el nombre de Fleischman.

***

Florindo Reynoso era un negro portentoso, fornido, la adoración de las cholitas del Mercado de Abastos de Chincha. Florindo descargaba frutas y verduras de un camión. Era estibador. En un solo viaje, podía echarse al lomo tres costales de fruta, cada uno con un peso de más de cien kilos. Él, como si las huevas.

Las cholitas que vendían limones, manzanas y culantro se le quedaban mirando. Así me cargaría con esos brazotes, y me pondría…, murmuraban risueñas y obnubiladas al ver pasar la musculatura de Florindo, quien, además, era el estibador mejor pagado del mercado. En un día, podía hacerse más de cincuenta soles de oro. Vivía en un cuartito muy cerca del mercado. Así llegaba temprano a la chamba y se hacía de los mejores contratos, de los más rentables y jugosos, pero también de los más pesados. Viviendo tan cerca no desperdiciaba su tiempo en largos viajes ni su dinero en onerosos pasajes.

Cierto día, Florindo Reynoso amaneció tapado. Ese mismo día, Universitario de Deportes, gallardo equipo local de fútbol, estaba a noventa minutos de convertirse en el primer campeón peruano de la Copa Libertadores de América. Había empatado sin goles, en Lima, con el Independiente de Avellaneda, y, ahora, en Argentina, debían imponerse apenas con la mínima diferencia para hacerse del covetado trofeo internacional. Pero a Florindo todo ello le importaba un pincho. Él solo quería cagar. 

Eran las tres de la mañana y, por azar, recayó en el puesto de berenjenas de la simpática chola Hilaria. Había mucha confianza entre los dos. Bueno, a decir verdad, Florindo era un confianzudo de la conchasumadre. Bastaba que se le diese algo de cabida para que él se creyera con todo el desparpajo de tratar a su interlocutor como si lo conociera de años.

Hoy he amanecido tapado, le dijo a Hilaria en lugar de buenos días.

Uy, qué habrás comido, pues, negro sabido, le dijo ella, riéndose francamente con las ocurrencias de Florindo. Seguro te has llenado de tunas.

Estoy tapado, repitió Florindo, sin afectarse por la risa bonachona de la verdulera. Así no puedo trabajar. Mírame, me estoy poniendo más negro.

Hilaria acercó su rostro al de Florindo; efectivamente, el negro se ponía más oscuro con el transcurrir de los segundos.

Voy a reventar si no cago ahorita. No sé qué hacer.

Hilaria tomó una de las berenjenas de su mostrador.

¿Estás cojuda, chola? Yo no soy maricón, carajo, advirtió Florindo. No me voy a meter esa huevada por el culo ni cagando.

No, negro bruto, te voy a hacer un licuado de berenjena que es muy bueno en mi tierra para destapar potos. ¿Ya vas a ver cómo te vas a liberar?

¿Será?

La mujer picó la berenjena y colocó los trozos en una licuadora. Agregó agua de un baldecito y salpicó unos polvos que había extraído de una bolsita que guardaba en el calzón. Florindo la miró extrañado. Es que así se mantiene calientito, pue, explicó Hilaria. Tras un par de minutos de licuado, la verdulera vertió el líquido resultante en un gran vaso plástico.

Florindo acercó esos profundos y anchos agujeros que eran sus fosas nasales al vaso. Esnifó. Por poco y el menjurje desaparecía por su nariz. No huele a nada, decretó.

Oye, eso no es para que te guste; es para que botes lo que tienes atorado ahí, dijo, divertida, Hilaria.

Valiente como era, el negro tomó el vaso con sus manazas y se sopló su contenido.

¡Agh! Sabe a mierda, dijo al terminar.

Pero ya verás que me lo vas a agradecer, dijo la mujer.

¡Negro!, gritó alguien.

Florindo miró hacia el lugar de donde provino el llamado. Era Neyzer Sucapaja, capataz de uno de los conglomerados de choclos más poderoso del mercado.

¡Negro! ¡Ya llegaron los camiones! ¡Vente volando o te ganan!, dijo Neyzer. Era un serrano tacaño. Había que tener mucho cuidado con los tratos que se hacía con él. Sin embargo, con Florindo, las negociaciones sí que eran rectas. Y no tanto porque Florindo supiera ganarse los frejoles con pundonor, sino porque el negro lo cuadró la primera vez que intentó pagarle una bagatela por cuatro toneladas que descargó a lomo pelado y en menos de dos horas. Desde ese momento, Neyzer le cumplía los pagos a Florindo con una puntualidad y prodigalidad muy inusuales en él.

Me tengo que ir. Ya empieza mi chamba.

Y se fue. A Florindo no se le ocurrió pagar el vaso. Supuso que Hilaria le había hecho un favor.

***

Un gol de Independiente a los siete minutos del primer tiempo desmoronó las aspiraciones de la U. Luego, otro tanto, a los diecisiete minutos de la segunda fracción, asesinó la suerte de los cremas.

Sin embargo, la garra y pundonor de los de Odriozola les permitió jugarles de igual a igual a los argentinos y tentar así el empate; primero, con una arremetida del Cachito Ramírez, que solo fue detenida gracias a una falta cometida por el arquero Santoro, y luego con el tanto marcado por Percy Rojas en las postrimerías del encuentro, cuando la experiencia de Independiente se impuso para controlar el juego hasta su finalización. Con ese dos a uno, los de Avellaneda se convirtieron en campeones sudamericanos.

La U había conducido una excepcional campaña, derrotando al connacional Alianza Lima, a los chilenos San Felipe y Universidad Católica, y a los uruguayos Nacional y Peñarol.

El segundo lugar del conjunto estudiantil era sinónimo de prestigio, de consagración del futbol peruano, de mística a nivel internacional.

***

Miren, ve; colgó el cobarde, dijo Fleischman en su programa de televisión. Era el Profe Puti, con quien, sí, lo admito, tuve la mala fortuna de compartir set porque me habían avisado que había un morenito que estaba haciendo importantes números en las redes. Entonces, se me ocurrió que, al tenerlo en mi set, gran parte de sus seguidores se unirían a mi comunidad, haciendo que mi canal creciese convincente y sostenidamente. Pero no. El Profe Puti no tiene seguidores. Tiene odiadores. Les explico. La gente me ve en un promedio de trescientos por programa. Con Puti, solo alcanzamos esa vez una media de trescientos treinta. Nada, prácticamente. Pero decía que ese personaje tiene odiadores porque los que más comentaban eran esos treinta nuevos, que solo dejaron lisuras, insultos y bajezas en nuestra respetable y hasta ese momento inmaculada cajita de opiniones, atrofiando las observaciones de mi público regular, quienes, en algunas ocasiones del programa, decidieron cambiarme ante tanto denuesto racista y barriobajero. Insultos de ese talante hicieron que piense que ese programa con Puti fue el peor que tenido hasta el momento en este canal.

Uy, miren, volvió a decir Chupete de Leche después de unos segundos. Mostró la pantalla del celular. Puti acababa de dejarle un mensaje de voz.

Miren, pues, el cobarde del Profe Puti no solo no tiene eso que ponen las gallinas para hablarme cara a cara, sino que deja un mensaje cobarde. Estoy casi seguro de que se trata de algún insulto de grueso calibre por no haberlo mencionado más en ninguno de mis programas luego de su nefasta presentación. Escuchemos, pues, qué tiene que decirme el Profe Puti, qué cosa lo atormenta.

Fleischman conectó un cable a su celular y la voz potente y gruesa de Puti se sintió en todos los tímpanos de sus circunspectos, diríase aburridos, seguidores.

Hola, Chupete de mi Chele, qué tal. A los años. Escucho muy preocupado que acabas de decir que la U tiene mística. Oye, no seas ignorante y chovinista. Está bien que seas gallina (yo también lo soy), pero no por eso vamos a poner a la U en el mismo saco del Real Madrid. Aquí, en este planeta, el único equipo de fútbol que tiene mística es el Real Madrid. Y, ña, si quieres meter a uno más, ponte al Liverpool, pero nada más. Y ahí lo dejo, fracasado. Sigue en Willax, dando pena. Porque mi gato era el único que te veía, pero mañana me lo almuerzo, así que aquí, en Puente Piedra, desde mañana, te quedas sin seguidores. Chau.

Se oyó un desgarrado miau antes de que acabara el mensaje.

Mírenlo, ve, esta es la calaña del tal Puti, dijo Chupete de Leche, aparentando no estar dolido por el puyazo que le acaban de acomodar con respecto a su precaria situación televisiva. Fleischman ya no brillaba en ATV ni en América, los canales más importantes del Perú. Ahora, languidecía en una estación televisora que luego de la partida de su más conspicua figura, Beto Ortiz, culeante, torvo, y cicatero periodista, se había convertido en una covacha como aquella en donde se refugiaban los roedores que solían merodear por el departamento de Don Groover.

Profe Puti, para que usted lo sepa. La U es un equipo que sí tiene mística. Por solo mencionarle un caso; derrotó a grandes y competitivos equipos internacionales en su camino a la conquista del segundo lugar de la Copa Libertadores de 1972. Solo por el foul artero de Santoro en contra del casi gol de Cachito Ramírez, el sueño del primer lugar se truncó.

Para que usted lo sepa, Profe Puti, continuó Fleischman, un equipo tiene mística cuando transmite la sensación de grandeza por sus proezas, cuando tiene tradición y una conexión especial con sus aficionados. Y la U reúne todos esos requisitos; muy especialmente desde que hizo suyo el tremendísimo subtítulo intercontinental de 1972.

Pero seguro usted no sabe de estas cosas porque es un chibolo y porque cuando ocurrió este suceso místico e histórico no solo para la U, pero para el balompié peruano, usted nadaba.

Chupete de Leche hizo ondas con las manos.

Sí, usted nadaba, ya sabe a lo que me refiero. Usted nadaba…

***

En el wáter.

Pero no nadaba. Tampoco flotaba. Se había atracado en la taza del wáter.

Florindo respiró aliviado.

Había sentido el hincón mientras descargaba la segunda tonelada de choclos del cholo Neyzer. Y ese hincón se produjo luego de transcurridos sesenta minutos del momento en que bebió la pócima preparada por Hilaria. Tuvo la certeza de que punzón estaba nítidamente relacionado con esa bebida, ya que era lo único que había ingerido en toda la mañana. El cielo aún estaba oscuro. Así de sufrida era la vida de Florindo. Y él muy feliz. Le gustaba hacer dinero con el don que Dios le había dado: una musculatura y una fuerza espectaculares.

¿Adónde vas, Florindo?, dijo Neyzer, preocupado.

¡A cagar!, replicó Florindo, feliz, casi llorando de alegría. Sentía que un mundo se le asomaba por el ojo de su culo.

Cuando pasó a las carreras por el puesto de Hilaria, no tuvo tiempo de dejarle unas palabras de agradecimiento. Y si lo hubiera tenido, tampoco habría dicho gran cosa ya que por su humilde educación era un tipo nulamente versado. Y como no la detectó en su campo visual, tampoco pudo regalarle un pulgar arriba, que hubiera dicho: bien jugado, gracias a tu huevada, voy a cagar rico.

***

Casi no había papel en ese baño ófrico e infecto. Apenas un par de cuadritos que no fueron suficientes para la adecuada limpieza de un culo de proporciones. Sí, Florindo ostentaba una tremenda nalgamenta, propia de su gloriosa raza morena. Y así como era de grande, así también le había quedado de embarrado. El mojón había salido sólido y hermoso, pero dejó a su paso una gruesa estela de nata o crema marronuda que se le quedó pegoteada a la piel de sus protuberancias traseras.

Ya qué chucha, pensó. No me voy a estar haciendo problemas por un poco de caca. Se había determinado a usar las manos para asearse las nalgas. Sí, además, ahí hay un cañito para lavármelas después.  

Se limpió el culo con ambas manazas. Con el pantalón abajo, caminando como un pingüino, avanzó hacia el caño. Florindo parecía nuevo, como nacido ayer. Era su ingenuidad: ¿cómo iba a esperar que iba a haber agua en el caño de ese baño? Le dio mil vueltas al grifo y el agua jamás apareció.  

Putamadre, me cagué, se lamentó Florindo. Nunca nadie antes había dicho esa frase de modo tan literal. No había nada cerca con lo que pudiera erradicarse la mierda del cuerpo: hojas de árboles (muy improbables en un baño de un mercado de abastos), papel periódico, algún trapo viejo, nada. Ni siquiera llevaba calcetines a los cuales sacrificar.

El tiempo apremiaba. En cualquier momento, entraría alguien al baño y lo vería así, con el pantalón abajo, las manos y el culo enmierdados. Era cuestión de minutos, quizá segundos, para que todo el mercado dejase de conocerlo como el Negro Florindo y pasase a ser el Cagón Florindo. Nunca antes había llorado, pero un par de gotas empezaron a asomar por la esquina de sus ojos.

Putamadre, y ni cómo limpiarme estas lágrimas, pensó. Se sintió acorralado.

Entonces, escuchó una voz.

Apá, apá.

¿Qué? Tá huevón, pensó. Quién chucha estaba hablando.

Apá, apá, acá hay agüita para tu manito.

Florindo no lo podía creer. El mojón que había cagado, que tenía el tamaño de otro ser humano, y que por eso mismo no pudo pasar por el desagüe, le estaba hablando. Estaba ahí, a su lado, parado, parado como un mojón. Nunca antes tan literal esta frase. Pero era un mojón bueno. Le estaba indicando con sus deditos cremosos y marrones que ahí, en el wáter del cual acababa de salir, había agua para limpiarse.

Venga cá, pá. Acá agüita para tu manito.

Florindo quedó enternecido por esa muestra de lealtad filial. Contento, se lavó las manos en el wáter. También el culo.

Agradecido, abrazó a su mojón: Ese mi hijo, carajo.

***

En la tarde de ese día, un hincha de la U, desaforado, eufórico, extasiado por el segundo puesto alcanzado en la Copa Libertadores, ondeó su camiseta. Lo hizo con tanta vehemencia que esta se le escapó de las manos.  

La prenda, llevada por el viento imperioso de Chincha, terminó cayendo en el cuerpo aún desnudo del mojón de Florindo, que este llevaba en brazos cual bebe lozano y rozagante. La camiseta crema calzó perfecta en el cuerpo moreno del mojón. El nombre inscripto en el espaldar era Gonzalo.  

Te llamarás Gonzalo, querido pedazo de mierda.

El así bautizado Gonzalo, Gonzalo Reynoso, el futuro Profe Puti, cantó: La U, la U, la U, la U, Uhh, Uhh, Uhh, Uhh.

Eres una cagada, hijo mío, dijo Florindo, feliz, orgulloso.