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lunes, 18 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 28: La Camarada Eva pelea con su madre en la Noche Morada

 


Luego de que su mamá, una anciana de casi noventa años, le interrumpió una de sus transmisiones en Kick, toc, toc, toc, Groover, Groover, ¿todavía sigues despierto y gritando? ¿A qué hora te vas a dormir?, el mencionado Groover la depositó en un asilo, castigándola y, de paso, apropiándose de su modesta casa. Quedó profundamente resentido con ella porque debido a esa maternal intervención, sus seguidores, pero sobre todo sus enemigos, le perdieron el respeto y el temor, empezándolo a tratar como un meme.

Su resentimiento se extendió hacia toda aquella madre autoritaria, entrometida y huelepedos que le recordara a la suya; como la madre de Eva, la camarada.

***

¿Ya te compraste tu vino?, dijo Groover, el productor del programa de Eva.

Sí, viejo lesbiano, ¿aquí no ve?, dijo Eva, mostrando una botella a medio consumir.

¿O sea que recién vamos a empezar el programa y ya te has tomado media botella?, sospechó Groover. No me quieras ver la cara de huevón, conchatumadre.

Oye, viejo maricón, usted a mí me respeta, ah. Y no; esta botella recién la he abierto. Solo que me he tomado un par de vasos mientras prendía mi computadora para hacer el programa. Llegué con sed de haber caminado tanto buscando trabajo. ¿Me cree o no?, se defendió Eva.

Bueno, ya, concedió Groover, te creo. Ojalá nomás no me estes viendo la cara de huevón. No quiero creer que yo, don cojudo, te esté mandando veinte soles para que te compres un vino nuevo para el programa y tú me estés estafando, quedándote con los veinte soles para que mantengas al gordo vago de tu enamorado y muestres en pantalla la botella que dejaste a medias el programa pasado.

Si quiere, me cree, Viejo. Yo no voy a decir nada más, dijo Eva, rendida de discutir con Groover.

Ya, mamita, pasemos a otro tema mejor. Cuenta. ¿Qué fue de tu belleza esta semana? ¿Qué has estado haciendo? Sabes que tienes tus seguidores, ¿no? Desde que te vieron el chonchón por nuestras pantallas (yo, por supuesto, tuve que hacer el zoom respectivo para el regocijo de tus fanáticos), hay una larga lista de pajeros que me piden tu presencia a través de nuestras ondas.

Qué palabrero eres, Viejo. Bueno, les puedo contar a todos esos pajeros que me siguen que, para dejar de decir huevadas cuando hable de política, he empezado a estudiar por mi cuenta. Estoy leyendo todo sobre cómo y cuándo surgió la derecha y la izquierda en el Perú.

Putamadre, ya era hora de que leyeras un poquito para que des tus opiniones con una basatura sólida. Porque te diré que yo me declaro maoísta en un punto muy concreto, pontificó Groover; y es en el siguiente. Los televidentes podían oír las hojas de un libro que Groover manipulaba detrás de su cámara siempre apagada. Tengo aquí un libro de la edición de Pekín del año 72, Citas del presidente Mao Zedong. Este libro ha circulado mucho aquí, de modo que te cito esta edición, página 244. ¿Qué dice Mao? Dice: ‘Quien no ha investigado no tiene derecho a hablar. Aunque esta afirmación mía ha sido ridiculizada como empirismo estrecho, hasta la fecha no me arrepiento de haberla hecho; al contrario, sigo insistiendo en que, sin haber investigado, nadie puede pretender el derecho a hablar. Hay muchos que apenas descienden de la carroza comienzan a vociferar, a lanzar opiniones, criticando esto y censurando aquello, pero de hecho todos ellos fracasan sin excepción porque sus comentarios o críticas, que no están fundamentados en una investigación minuciosa, no son más que charlatanería’. Eso decía Mao. Amén.

¿Quién? ¿Meao? ¿Quién será ese huevón, viejo lesbiano? Usted siempre me saca nombres raros para apantallarme, dijo Eva y se secó otro vaso de vino. ¡Ay, qué rico! Así me gusta mi vino, heladito.

Así, chupa, chupa, tienes que darnos chow, ah, exigió Groover. ¿Y qué sabes hasta ahora de la derecha y la izquierda?

Ah, ya, bueno, como le decía, dijo Eva, entusiasmada, he aprendido que la derecha nació en la guerra de independencia contra los realistas. Ellos eran de derecha, Viejo.

¿Quiénes?, se sorprendió Groover.

Los realistas, pues, los realistas. Ellos fundaron el partido de la derecha bruta y achorada en el Perú. Eva coronó su comentario llenándose el vasito de vino.

Mira la huevada que hablas, se carcajeó Groover. O sea que la derecha nació con los realistas. ¿Y la izquierda?

La izquierda ya existía, Viejo. La izquierda nació con los incas. ¿No ve que ellos eran colectivistas? ¿O sea comunistas? Vivían en comunidad. Los incas fundaron el partido comunista antes de que vinieran los realistas brutos y achorados, expuso Eva con determinación. Y todavía sigo leyendo más. Quiero hacerme una experta en el tema político para que nadie me refute mis opiniones.

¡Ahhhh, ahhhh! Groover estaba a punto de colapsar. No podía comprender que una sola persona pudiera decir tantas huevadas de un tirón y dándoselas de culta para concha. Puta, Eva, si hablas cojudeces leyendo, ¿cómo sería si estuvieras en un estado de pura brutalidad?

Ay, usted solo me critica, viejo lesbiano. A propósito, ¿ya se cambió de pañal? Jus jus jus, rio Eva.

 Ya, chupa, nomás, cojuda, danos más brutalidad, más cojudeces.

***

Toc, toc, toc. Era la puerta del cuarto de Eva.

Eva, Eva, estás gritando, baja la voz, carajo. Era la exigente y rigurosa voz de la veterana madre de Eva.

Mamá, no jodas; estoy trabajando, putamadre, gritó Eva. Iba ya en las postrimerías de su segunda botella de vino.

¿Trabajando?, insistió la señora, estás gritando, cojuda. Tu papá necesita descansar. Mañana tiene que levantarse temprano para ir a trabajar.

¿Trabajar?, dijo Eva, sarcástica. Sus padres eran muy mayores; hacía tiempo que habían pasado los ocho cheques. Apenas si podían moverse. Ya está viejo; qué va a trabajar ese huevón. No jodas, pues, mamá.

Tiene que trabajar, pues, cojuda, ¿cómo crees que pagamos las cuentas? ¿Crees que el internet que usas para emborracharte se paga solo? Tu papá, con sus ochenta y tantos años, todavía tiene que ir a la oficina.

Ay, mamá, yo también estoy trabajando. Me están pagando por emborracharme en vivo. Deberías estar orgullosa de mí, y lo único que haces es quejarte y venir a interrumpirme. No me dejas crecer profesionalmente. Cierren bien la puerta de su cuarto y no me jodan.

Los televidentes del programa de Groover, mejor conocidos en el mundo de las redes sociales como Los Dibujitos, disfrutaban de la discusión entre Eva y su mamá ya que el productor, Groover, en lugar de haber silenciado el micrófono de Eva, le subió todo el volumen. Quiso registrar hasta el más mínimo susurro. Esta situación fue similar a la vez en que Groover maximizó la imagen de la cámara de Eva, cuando esta, en un programa anterior, por lo borracha que estaba, defecó en una esquina de su cuarto, sin haber tomado la precaución de apagar la cámara. Groover se solazó maximizándole el culo y la panocha.

¿A emborracharte le llamas trabajar? ¿Quién es el maldito que te paga para que hagas esa clase de trabajo? Eres una ladina, eres una caradura.

Ya cállate, mamá. Viejo, ¿en qué estábamos?

Putamadre, ¿dónde está tu profesionalismo, carajo, Eva?, dijo Groover, sardónico. Yo te pago para que des un buen chow y te vienen a interrumpir. ¿Dónde estamos? ¿Qué se habrá creído tu vieja para interrumpir así el programa? ¿Que acaso no ve que tienes miles de seguidores impacientes por verte y oírte?

Sí, pues, mi vieja es una mierda, gritó Eva, quien creía estar hablando con un tono de voz neutral cuando en realidad su borrachera le impedía darse cuenta de que todo el vecindario, en especial sus ancianos padres, martirizaban sus oídos con sus destemplados desafueros.

Ya me cansé, muchachita de miércoles, dijo la madre, tratando de tumbarse la puerta del cuarto de Eva.

No hagas fuerza que te vas a morir de un infarto, mamá. Con todos los kilos que tienes encima, se te va a parar el corazón. Y luego yo no me voy a estar haciendo cargo, ah.

Te voy a sacar la mierda, hija de puta, dijo la señora. Ábreme la puerta. A mí me vas a respetar, carajo. Abre, abre. La desvencijada mujer golpeaba la madera con toda la indignación que le causaba tener una hija tan desconsiderada como la legendaria musa de la Brutalidad: Eva.

Cojuda, se me acaba de ocurrir una idea de la putamadre, en la que saldremos ganando los tres: mi canal de Kick, tu mamá y tú, dijo Groover.

Eva, que estaba apoyando su peso contra la puerta de su cuarto para evitar que su madre se la tumbara y le sacara la mierda, contestó: Métete al culo tu idea, viejo lesbiano, ¿no ves que mi vieja se ha vuelto loca?

Uno de los dibujitos del programa comentó: Oye, terruca, ¿por qué tratas así a tu madre? Respeta a tu viejito que todavía trabaja para darte todo.

¿Qué hablas, huevón?, se indignó Eva. ¿Crees que porque mi papá, con sus ochenta años, sigue trabajando para mantenerme yo le debo algo? Nada que ver. Estás mal de la cabeza. ¿Para qué me tuvo, pues? Que se joda. Si traes una hija al mundo, tienes que ver por ella hasta el fin de tus días.

Qué bonita manera de pensar, Evita. No esperaba menos de ti, dijo Groover. Pero te cuento…

La madera de la puerta de Eva empezó a gemir como si se la estuvieran culeando: la mamá se había recostado sobre su superficie, y su inmenso peso le estaba ganando la batalla a las esmirriadas fuerzas de su hija.

Hable rápido, pues, viejo lesbiano, ¿no ve que la pesada de mi mama está a punto de sacarme la mierda?

Vamos a cortar ahorita la transmisión y el próximo fin de semana, en un ring de box, tu señora madre y tú se van a agarrar a guantazos. Vamos a transmitir por mi canal de Kick esa pelea. En el cuadrilátero, se van a decir sus verdades a puño limpio, y la ganadora se llevará un rico premio en dinero.

Los dibujitos celebraron el anuncio. El ciudadano de estos tiempos, como los romanos de la antigüedad, caían rendidos ante un buen espectáculo de sangre.

***

Gracias al apoyo de su socio PelHambre, exitoso empresario de las apuestas del bitcoin, Groover pudo levantar un colosal ring de box, iluminado por unos rocambolescos juegos de luces controlados desde un centro inteligente que estaba listo para transmitir para sus seguidores la gran pelea entre Eva y su principal saboteadora, su mamá.

Para el evento, se había alquilado el viejo Coliseo Amauta, en Lima, y Groover se había forrado con las entradas. Si uno quería ver cómo se volaban las muelas y se tironeaban las mechas madre e hija, debía pagar entre cuarenta y cien dólares.

Bienvenidos al evento central de esta Noche Morada, anunció Groover cuando llegó la hora de la pelea estelar: Eva contra su madre. Con esta contienda, le estaremos poniendo punto final a una noche que sé que ha sido muy grata para ustedes, una noche que me recuerda a aquella noche en que mi líder Alan García regresó de su exilio dorado parisino para volver a tomar las riendas de nuestro convulso país, recitando para ello las inolvidables líneas de Calderón de la Barca que decía…

Se escucharon unas pifias. La gente no quería más floro. Antes de cada una de las peleas preliminares, Groover se había mandado con unos largos soliloquios que disminuían el esperado rating. La gente quería ver el desenlace de una historia de amor y desamor, quería ver un fin sangriento.

Millones de adolescentes vivaban por Eva, por alguien que les sacara la mierda a esas madres castrantes y castigadoras, a esas señoras que les decían todo el tiempo que eran unos inútiles de mierda, unos buenos para nada, madres que se negaban a jugarles un centrito para salir con sus flaquitas o sus flaquitos.

Y, del otro lado, estaban los millones de madres que apoyaban a la mamá de Eva. Por intermedio de ella, querían vengarse de esos hijos sangrones que se aparecían en los eventos familiares solo para picar comida, de esos hijos que pasados los cuarenta todavía seguían succionándoles plata y cariño sin siquiera darles un mínimo agradecimiento, de esos hijos que querían el desayuno en la cama servido a la hora.

Que se saquen la mugre de una vez, gritaban desde la tribuna las gentes sedientas de violencia y sana justicia.

Vamos, Eva, vivaban los jóvenes.

Vamos, mamá de Eva, vociferaban, como diría la misma Eva, las madres cacheras del Perú.

Eva y su madre, cada una por su lado, hicieron un ingreso estrambótico y enloquecedor. Eva vestía una trusa azul; su madre, una señora de más de ochenta años, un pañal rojo. Ambas llevaban guantes que lucían inmensos en sus esmirriadas manos, guantes forrados con lija de construcción para propinar severos raspones al rozar la piel.

***

El referí estaba a punto de dar la señal del inicio de la pelea y Groover, el maquiavélico organizador del evento, se lo sabroseaba en su asiento. Ateo como era, rezaba para que el combate terminase en un cruento empate: muerta la madre, muerta la hija, con harto sangregorio, y mucho chow del bueno dejado como muestra de su desprecio para la posteridad de la humanidad.  

Sin que el propio Groover lo viese venir, con la agilidad de una rata que esquivaba los certeros escobazos que pretendían eclipsarle la vida, se trepó en el ring el streamer KristoRata. Llevaba puesto el mismo short con el que había sido vencido por su rival Kañita de Pescar en la primera edición de la Mecha de Streamers, organizada a su vez por un conocido streamer que se injertó pelo de la zona púbica en la cabeza para no quedarse calvo.

KristoRata quería ganar algo en su vida, como si no hubiera sido suficiente que ya haya ganado notoriedad y mucho dinero en un Perú que premiaba a sus más conspicuos huevones antes que a sus vástagos más ilustrados.

No voy a permitir que una señora de esta edad pelee, mucho menos con esta persona que no merece llamarse su hija. Hazte a un lado mamita, le pidió KristoRata a la mamá de Eva, yo me voy a encargar de poner en su sitio a esta vaga que te ha estado chupando la sangre desde que nació.

La madre de Eva, que era una mujer que cuando se comprometía con una causa iba hasta el final, miró directamente a los ojos del famoso streamer y le dijo: Fuera chuchetumare; esa vaga es mi hija y la única que puede sacarle su mierda soy yo, su madre, así que vete a la mierda. Y de un furibundo izquierdazo logró lo que Kañita de Pescar no pudo: noquear a KristoRata.

La multitud se enardeció. Volaron muchas botellas de cerveza en señal de respeto por el coraje de la anciana. Ya quisiera que así fuera mi madre, decían muchos.  Esta señora no se anda con huevadas, murmuraban otros.

Gracias a semejante despliegue de poder y contundencia, varios de los adeptos de Eva se pasaron a las filas de su señora madre. Ahora era ensordecedor el aliento dedicado a la octogenaria.

***

Entonces el referí no demoró más el comienzo. Eva y su madre chocaron los puños en honor al juego limpio. Empezaron a medirse lanzando fintas. Tanteaban el terreno. Se estudiaban. Buscaban el vacío en la defensa opuesta por el cual pudieran conectar un deleterio izquierdazo o un fulminante derechazo.

Un poderoso remezón musical resonó por todo el auditorio y las gladiadoras volvieron a desconcentrarse. Era la fanfarria que anunciaba el ingreso en la lona del presidente de Colombia, Gustavo Petro. Su visita se debía a las virales declaraciones que había vertido Eva sobre el gobierno peruano y su desidia para con la limítrofe isla Santa Rosa.

Si el Perú tiene olvidada a esa isla, si no la usa para nada y la mantiene en la pobreza, que se la dé a Colombia, pues. Si yo viviera ahí, y veo que las zonas cercanas que le pertenecen a Colombia viven mejor, me hago colombiana. Que me den oro y me hago colombiana. Ni cagando me quedaría donde me tratan mal.

Eso dijo esta pensante muchacha, dijo Petro, abriéndose paso entre las dos mujeres, luego de haber reproducido el clip viral con las declaraciones que Eva vertió en uno de los programas de Groover.

Gracias a esas declaraciones, los peruanos de esa isla recapacitaron sobre el olvido en que los tienen y han elevado su voz al gobierno de la presidenta Boluarte para pasar a ser colombianos. He venido a agradecerle a esta influencer peruana, Eva, que haya expresado de corazón su sentir, el cual se puede resumir muy bien en: si no utilizas algo, cédelo, regálalo.

Petro le pasó el micrófono a Eva para que ratificara sus palabras.

, dijo Eva, yo apoyo que esa isla sea de Colombia, ya que la cachera de la presidenta la tiene abandonada y sin usarla. No la usa, carajo.

Ahí quédese, dijo Petro, ahí quédese.

Eva detuvo sus palabras ahí. Con el rostro sorprendido, miró al presidente colombiano, quien apenas le llevaba una cabeza de ventaja. Eva, desubicada como siempre, no sabía que estaba ante el mismísimo presidente colombiano. Se figuró que era un advenedizo más, un perdido, un inopinado, un espontáneo a lo Augusto Ferrando, alguien que quería chow.

En Colombia, necesitamos más propuestas como la tuya, Eva. Por eso hemos venido a colombianizar tu cerebro, ya que es algo que no usas. Tu cerebro es como la isla Santa Rosa y tú como el gobierno peruano. Lo tienes descuidado, no lo irrigas, no lo cultivas, ni siquiera sabes hablar inglés y te consideras profesora. Entonces, como ese cerebro está limpiecito, sin mantenimiento, yo, Petro, lo pido para Colombia. Aquí está tu oro.

Eva recibió con la boca abierta un pequeño saquito de monedas.

Y, ahora, por favor, acompaña a nuestro médico a la sala de operaciones. Desde hoy, nuestra querida Colombia se hará de un cerebro nuevo que sí será cultivado en las ciencias y en las artes como es debido.

Eva fue sacada del ring y llevada a una sala de operaciones.

Groover se había quedado sin chow.

La putamadre, este terrorista de mierda me ha cagado mi pelea. Esto no se queda así. Síganme las cámaras, carajo, ordenó Groover, llevándose sus cámaras a la sala de operaciones. El unboxing del cerebro de Eva le daría las vistas que necesitaba porque, como dijo Woody Allen, el cerebro era su segundo órgano favorito después de su pichulita.


miércoles, 6 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 27: Hulk Hogan y los caballos de Don Groover

 


Cambrito se impresionó al ver la corpulencia y el tamaño colosales de Hulk Hogan. Era imposible cerrarle la boca para detenerle los filamentos de saliva que se le desprendían e iban a dar contra el suelo, creando en torno de él una laguna de pura babosería.

El reconocido catchascanista vestía su acostumbrado traje de licra que le resaltaba el enrollado de calcetines que se había colocado en la zona genital para fingir la posesión de una chala de temer, un cañón digno de la pesada artillería naval chilena que derrotó a los peruanos en el combate de Angamos en 1879. Lo cierto era que la gampi original del peleador norteamericano se había encogido estrepitosamente producto del uso abusivo de los químicos que le mantenían los músculos vistosamente inflados.

Muy bien, vamos a empezar tu entrenamiento haciendo flexiones, dijo Hogan.

¿Es de verdad?, dijo Cambrito, señalándole la pieza.

Sí, carajo, es de verdad. Pero ahorita no estamos para que me veas la chula. Dame cien flexiones, ordenó el pugilista.

¿Flexiones? ¿Cómo se hacen?

El peleador no supo qué contestar. Después de unos segundos de desconcierto, reconoció: Puta, huevón, la verdad no sé qué son flexiones. Había caído en la cuenta de que toda su carrera de luchador no era más que una farsa, como el rollo de calcetines que tenía encima de su pichulita.

Vamos a hacer algo mejor, propuso luego. Vamos al grano, vamos de frente a la mechadera. Eso es lo que mejor hago, sobre todo cuando alguien se jala mi coca. Puta, ahí sí que me pongo como fiera, eh.

¿Cómo que cuando se jalan tu coca?, dijo Cambrito.

Coca, pues, hermano; vaina, merca, chamo, detalló el peleador.

Ah, ya, pero yo pensé que me enseñarías a pelear como cuando sales al cuadrilátero y te mechas con grandes rivales, dijo Cambrito.

¿Eres sano, no, cojudo? Esas peleas son armadas. ¿No ves que ni rasguños nos hacemos?

Pero yo he visto que han sangrado y hasta se han quebrado un hueso una vez.

Eso pasaba cuando el cojudo que se rompía el hueso no ensayaba ni mierda y, ¡ploc!, se sacaba la conchasumare. O, a veces, cuando queríamos subir el rating, usábamos témpera roja Pelikan para fingir el derramamiento de sangregorio, explicó Hogan. Pero donde sí me he mechado de verdad es en las discotecas cuando se han querido pelar mi trago, mi coca o mis mujeres. Puta, ahí sí que he sacado a relucir mis verdaderos puños.

Chicos, ¿todo bien?, intervino de pronto el tío de Cambrito, el señor Román Clavijo, experto coiffure del barrio Los Adefesios, en Chorrillos.

Sí, todo bien, tío; el señor Hogan me va a enseñar los movimientos más letales para abollar al Sonsei Simio Violencia, quien hace unos días se atrevió a denostar infundadamente a mi socio PelHambre, boyante empresario del bitcoin que se ha propuesto levantar un imperio televisivo en YouTube, dando trabajo a humildes y correctas personas que se mueren de hambre, como tu seguro servidor.

Román asomó la cabeza dentro de la habitación de su sobrino. El cuarto era estrecho. Calculó al vuelo que los chicos no tendrían suficiente espacio para maniobrar cómodamente.

Señor Hogan, aquí no podrá enseñarle a mi sobrino sus movimientos. Es muy chiquito este cuarto. El tío de Cambrito no podía disimular el gusto superlativo que le despertaba la visión de la cuantiosa pieza del luchador. Mas que haga la prueba, señor Hogan.

El peleador alargó los brazos hacia sus costados y no pudo extenderlos a cabalidad; las paredes se lo impedían.

Vives de arrimado en este hueco, cojudo, le increpó a Cambrito. A tu edad, yo ya tenía tres mansiones.

Venga a mi cuarto, míster Hogan; probemos que sí hay más espacio ahí antes de que continúe con las clases a mi sobrino.

Señora, se lo agradezco, pero no, dijo Hogan, renuente. Le vio la piel marrón al señor Clavijo, la misma piel oscura de aquellos latinoamericanos que lastraban su pujante tierra gringa con sus bártulos y su atraso, muy diferente a la piel blanca de un übermensch hincha fanático de Donald Trump. Él únicamente quería cumplir con los cien soles que había recibido por darle dos horas de clase al adefesio ese.

Mire lo que tengo, profesor, dijo Román, blandiendo un paquetito transparente en cuyo interior bailoteaban partículas blancas de un brillo invitador.

En una, Hogan siguió los pasos de Román.

Ve haciendo flexiones, volvió a ordenar Hulk. Voy a ver si el cuarto de tu tío tiene el espacio suficiente para mover mis miembros, y me refiero a todos, todos, mis miembros.

***

Transcurrió una hora y Cambrito se preocupó por Hogan. Para matar el tiempo, se había enganchado con una de las transmisiones en directo del viejo Groover. Se desconectó y fue a golpear la puerta del cuarto de su tío. Pegó la oreja para oír qué pasaba y, en ese momento, se abrió la puerta. Era su tío: Sobrino, vamos, yo sí te voy a enseñar cómo mechar. Ese Sonsei no va a quedar vivo después de los movimientos que vas a aprender, dijo, cerrando la puerta.

¿Pero y el profe?, dijo Cambrito.

No te preocupes, sobrino, ese huevón era pura pantalla. Tenía un manicito el fintoso ese. Y sus músculos eran puro biribiri, reveló Román, decepcionada, molesta, caminando sin mirar atrás, derechito al cuarto de su sobrino.

¿Pero dónde está? ¿Está todavía en tu cuarto?

Sí, ahí está el muy mentiroso. Se ha quedado dormido. No me aguantó ni medio round, dijo Román. Yo, más bien, le saqué locro y todo el aire que tenía en sus dizque músculos. Vamos, sobrino, olvida a ese cojudo. Ahora te voy a enseñar cómo derrotar a ese Sonsei. Vas a ver que con mi técnica no vas a derramar ni una gota de sangre de tu nariz como te pasa siempre que te peleas.

Está bien, tío; vamos, dijo Cambrito. Dejó que su tío avanzara y entrara en su cuarto para ojear rápidamente el interior de su habitación. Al abrir la puerta, vio a alguien parecido al peleador Hogan, solo que sumamente delgado, como desinflado, y con el poto hacia arriba y como horadado por un potente taladro.

¡Sobrino! ¿Ya?

Cambrito cerró despavoridamente la puerta del cuarto de su tío y corrió hacia el suyo.

***

Simio caminaba con desesperación, el celular pegado a la oreja. Trataba de comunicarse con alguno de sus seguidores radicados en Newark, Estados Unidos. Se hallaba en la imperiosa necesidad de picarles unas monedas. Nadie le contestaba. Putamadre, enfureció, estos imbéciles deberían contestarme; tienen el honor de que los esté llamando el fundador de la Brutalidad en el Perú, el periodista meme número uno de la televisión humorística.

Tampoco le contestó las más de cien llamadas el empresario auto denominado PelHambre, quien lo había contratado para estelarizar su programa deportivo Los Brutos de la Pelota Cuadrada y levantar las alicaídas vistas. Una buena cantidad de dinero por programa iría a las cuentas del Sonsei, a cambio, eso sí, de que derramara Brutalidad de la buena; o sea, que invectivara fuertemente a sus co-panelistas, que botara baba, que perdiera los papeles.

Pero, Sonsei, derrame brutalidad, por favor, dijo PelHambre al teléfono. Si no, por las huevas va a ser. Yo necesito a alguien que se meche en los debates.

Ya, ya, no hay problema. Ahí lo vemos, PelHambre, replicó el Sonsei, ya no tan entusiasmado, una vez que vio el primer depósito de dinero efectuado en su cuenta por adelantado.

El viejo Groover, de haber podido intervenir en esa conversación, y sobre la base de su experiencia con la camarada Eva, le habría aconsejado a PelHambre que nunca diera adelas, que, si le pagabas por adelantado a tus perros, mejor era regalarles la plata, porque plata adelantada, chamba quemada.

El Sonsei jamás dio Brutalidad en ninguno de los episodios de los Brutos de la Pelota Cuadrada. Se la pasaba dormido, roncando, disimulado por los lentes oscuros que también tenían la misión de suavizar alguito su fealdad. El programa transcurría sin ningún tipo de sobresalto. Y el moderador tampoco sabía cómo fogonear a los panelistas para que Simio pudiese enconarse con alguno de ellos. Estos, para empeorar las cosas, opinaban al mismo tiempo, eclipsándose las voces, y el televidente quedaba desconcertado y sin haber recibido el respectivo picotazo de Brutalidad. El resultado de las vistas no era el que esperaba PelHambre, el dueño del chongo.

Para fortuna de Simio, los enemigos del viejo Groover estaban dispuestos a jugarle un sencillo a cambio de que les hiciera una pequeña transmisión desde, nada más y nada menos que, el mismísimo domicilio de Groover, ubicado en una de las zonas más arrabaleras de los Estados Unidos, Newark.

Mi presupuesto es de quince dólares, Sonsei; tómalo o déjalo, enunció Quinta Columna, uno de los enemigos más cizañeros de Groover en los Estados Unidos.

¿Y crees que el Sonsei atraque hacer un vídeo y un raid a la casa de Groover en Newark?, dijo Coleguita Informado, otro de los enemigos de Groover en los Yunaites.

Claro que sí, ese pata, por quince dólares, hace eso y más, dijo Quinta Columna.

No te creo, ah, dijo Coleguita.

Es que yo voy a aplicar la técnica del anclaje. Le voy a decir al Simio que le voy a pagar 5 dólares.

¿Cinco dólares? Muy poco. No, dijo Simio.

Ya, Simio, diez dólares, pero también le haces unos cuantos destrozos a su casa. ¿Qué dices? Es mi última oferta, dijo Quinta Columna.

Simio la pensó. Pucha, sube un poco más y hasta me robo cosas de su casa si quieres.

Ya, quince dólares, cerrao. Pucha, pero me vas a dejar sin comer toda la semana. Todo sea por darle un merecido a mi enemigo Groover, dijo Quinta Columna.

¿Pero qué te ha hecho ese tal Groover como para que lo odies tanto y le mandes un mostro como yo a su respetable domicilio?, dijo Groover.

Me contagió de sida, dijo Quinta Columna con cara de piedra.

Simio se quedó en una pieza.

No seas sapo, pes, Simio. Mira que los sapos siempre mueren reventados.

***

¿Está en Estados Unidos?, dijo Cambrito, desilusionado. Estaba listo para mecharse con Simio empleando las técnicas pugilísticas que le había enseñado su tío, el señor Román Clavijo. ¿Y cuándo vuelve? Quiero sacarle la mierda.

Va a volver cuando uno de sus seguidores allá se deje picar para el pasaje de regreso.

Con las ganas que tenía de sacarle la mierda por haber ninguneado a mi amo y señor PelHambre y también por haber tratado de ridiculizar en vivo a mi madurita favorita Cécica Berninzone, preguntándole que cuál era el peso oficial de una pelota de fútbol. Se pasó de misógino el Sonsei, dijo Cambrito, sacándose conejos de los nudillos, haciendo sombras boxísticas, imaginando que tenía delante de él a ese despojo de periodista.

Un mensaje en el celular interrumpió sus ágiles fintas. Era un vídeo que le acababa de llegar a su cuenta de Discord. Cambrito recibía material fílmico de todo jaez que luego distribuía en sus círculos sociales virtuales para sembrar la concienzuda cizaña entre los personajes de la Brutalidad con los que mantenía contacto.

***

Hola, te saluda Simio Violencia. Groover Miura, aquí está tu casa: seis cuarenta y seis, anunció el Sonsei ante una cámara de celular que no perdía ningún detalle de su fealdad. Muchos decían que era el doble idéntico de Reptilio, entrañable personaje de los Thundercats.

El Quinta Columna, quien grababa, le ondeaba el prometido billete de veinte dólares al Sonsei, para estimularlo, como quien le blande un huesecillo a una obediente mascota. El Sonsei, por ese monto, había aceptado tocarle la puerta a Groover. Toca, toca la puerta, Sonsei, susurraba y animaba el Quinta Columna.

A ver, vamos a tocarle la puerta a este sidoso que está esparciendo el virus por todo Newark. Que me sigan las cámaras.

El Quinta Columna, residente en los Estados Unidos desde hacía una buena cantidad de años, estaba muy enterado de la ley conocida como la “Doctrina del Castillo”, que autorizaba a los propietarios de una casa a balear, acuchillar o empalar a todo aquel intruso que osara inmiscuirse en ella sin ningún tipo de autorización.  

Sabía que, si Groover los sorprendía en plena grabación, dentro de su propiedad, estaría en todo el derecho de dispararles a quemarropa. En varias de las transmisiones de su programa de YouTube y Kick, Cuchillos Largos, Groover había asegurado poseer un par de armas de fuego y un contingente de no pocas balas.

En la entrada de la casita, una humilde vivienda de madera de dos pisos que apenas se sostenían uno encima del otro, había un pequeño jardincito, o lo que había sido un jardincito, ya que ahora se hallaba sin plantas, sin flores, sin vida, a no ser por la vida de las ratas que jugueteaban dentro de los tres cubos metálicos colocados detrás de unas verjas en las que Groover había ensartado un par de caballos.

Los equinos eran usados por Groover para hacer Uber, movilidad. A falta de automóvil, llevaba a sus pasajeros en el lomo de sus corceles. Uno se llamaba Pandolfi y el otro Boloña, ladinos ministros del gobierno fujimorista a quienes Groover admiraba en secreto. Y cuando terminaba la agotadora jornada, dejaba colgados a sus caballos en la ya mencionada verja. En las briosas pingas, les había instalado sendas cámaras de videovigilancia que registrasen las marrullerías de aquellos intrusos enviados por sus enemigos, intrusos que le dejaban pizzas explosivas, hamburguesas con heces o six pack de chelas rellenas de pichi.

Groover maricón, mira lo que tienes, pendejo, mira en lo que has terminado, basura, por qué has puesto estos caballos en tu verja, exclamó el Sonsei, estirándoles la pata a los equinos, siempre mirando a la cámara de Quinta Columna, como si le estuviera hablando al mismísimo Groover.

El Sonsei, al haber manipulado los caballos, activó la silenciosa alarma de intrusión. Groover recibió la señal y chequeó en su celular las imágenes. Vio al famoso Simio Violencia, periodista peruano trajinado, que laboró diez años de su carrera sin haber cobrado un centavo y que ahora se había convertido en una figura muy mediática en la televisión peruana, invadiendo su propiedad. El famoso Violencia estaba en su territorio, haciendo mofas de su penosa enfermedad y mentándole la madre con fruición.

Groover conchatumadre, el Sonsei estuvo en tu casa. Tu territorio es mío. Lo acabo de poseer. Me he cachado a tu casa, maricón. No te vuelvas a meter con mis seguidores de los Estados Unidos. Te tienen vigilado, se descocía Simio, dándolo todo de sí, entregándose al show perpetuo de la Brutalidad, que exigía de sus víctimas hasta el último gramo de decencia.

Al Sonsei le llamó la atención que el dibujito Quinta Columna se quedase grabando desde el otro lado de la verja.

Acércate más para que enfoques bien cómo me meo en la puerta de Groover, dijo Simio en un vano intento por hacer que Quinta Columna también lo acompañase a desacralizar el terreno de Groover. Se conocía que Quinta Columna estaba en sus cabales muy bien puestos como para ser una cojuda víctima de la “Doctrina del Castillo”.

Entra, pe, carajo, reclamó Simio, la paciencia colmada. Grábame bien.

En ese momento, Simio y Quinta Columna (y también las ratas dentro de los botes de basura) oyeron un clic-clic. Era Groover que acababa de rastrillar su arma. Simio vio hacia los altos de la casa, pues de ahí provinieron esos sonidos metálicos. Vio a un hombre cachetón, apuntándolo con una Remington 700, uno de los ojos cerrados y el otro muy abierto, tratando de centrar la futura bala en medio de su cráneo. A esa arma, Groover la llamaba su Frejolera. Cuánto había esperado por frejolearse a alguien, por estrenar esa arma. Claro que le hubiera gustado matar a tiros a cualquiera de sus enemigos más encarnizados, pero el Sonsei, por prestarse a juegos cojudos, iba a tener que ser esa primera y tan ansiada víctima.

No, amiguito, no dispares, dijo el Sonsei, arrodillándose, del mismo modo en que se había hincado ante Cécica, suplicándole el respectivo perdón por haber querido humillarla en plena transmisión en vivo.

Hipócrita de mierda, dijo Groover, con que te gusta prestarte a huevaditas por unos pesos, ¿no?

¿Eres Groover?

Sí, cojudo.

Amigo Groover, yo no quise hacerte nada. Fue este huevón quien…, pero ya no había nadie; Quinta Columna, con el vídeo ya hecho, se había quitado a difundir su grabación para escarnio de Groover. Además, apenas vio al francotirador, puso pies en polvorosa para que no le salpicase la frejoleada ni la sangre del Sonsei.

Ah, ¿ya ves? Te dejaron solo, Sonsei. Bueno, alguien la tiene que pagar y ese alguien serás tú. Así son las cosas, Simio.

Si quieres te la mamo, pero no me mates, suplicó Simio.

¡Fuera, chuchetumare!, lanzó Groover, listo para iniciar la frejoleada.

***

Con los huevos todavía de corbata, Simio Violencia abandonó el recién estrenado nuevo aeropuerto Jorge Chávez. Había regresado sin valijas, solo con una mochila. Tuvo que vender sus maletas para comprarse el pasaje de regreso desde los Estados Unidos. Su gira americana había sido un fracaso ruidoso. Para colmo, no cumplió con la mentada entrevista al escurridizo Messi. Tampoco hizo ninguna entrevista relevante, salvo por balbucearle una pregunta en alemán a un jugador de esa nacionalidad, quien al no entender qué carajos había querido indagarle debido a su pésima pronunciación, le contestó que sí le gustaba el ceviche con papa a la huancaína y tallarines rojos, el famoso Combinoche, pero en inglés, para que Simio no entendiese un picho y desistiese de repreguntar.

Los taxistas del aeropuerto, que a menudo acosaban a los recién llegados, se abstuvieron de ofrecerles sus servicios a Simio, ya que lo vieron con las fachas más misias posibles. Había que señalar que aquellos taxistas eras unos clasistas de cuidado. Si veían a alguien de apariencia lastrada, ni cagando se le acercaban.

Simio Violencia se encontró con Cambrito cuando se disponía a detener una combi, ya en las afueras del aeropuerto.

Por fin te encuentro, Sonsei. He estado acampando aquí afuera, esperándote. Sabía que arribarías tarde o temprano, lo recibió Cambrito. Mientras hablaba, se había ido despojando de la camiseta mugrosa que lo cubría, dejando ver un torso huesudo y espeluznante. Prepárate porque te voy a sacar la mierda por haber hablado pestes de mi socio PelHambre.

Cambrito había colocado su celular contra una pared para que registrara todos los incidentes de la golpiza que pensaba propinarle al Sonsei. Al acabar con él, le enviaría el vídeo a PelHambre con la esperanza de que lo contratara en su canal, pagándole por concretar su tan ansiado proyecto de streaming: Envidiando con Cambrito, en donde hablaría pestes de todos aquellos que tuvieron una mejor fortuna en la vida que él. Si PelHambre le regalaba mil pesos a Cocavel por hablar huevadas, por qué no a mí, pensaba Cambrito.

Te vas a ir al suelo, Sonsei, advirtió Cambrito, colocándose en la posición de ataque que le había enseñado su tocador, el señor Román Clavijo.

Oe, chibolo, no le he tenido miedo a un pistolón de este tamaño y ¿crees que te voy a tener miedo a ti?

Ven, pe, Simio, ven para sacarte la entreputa, se agrandó Cambrito.

No, tengo algo mejor para ti.

No me rehúyas, cobarde. Ven para sacarte la mierda. Claro, como estás viendo mis movimientos elásticos y perentorios quieres sacar la cola. Vivo eres, ¿no?, dijo Cambrito.

Claro que soy vivo, pe, imbécil, si no, no estaría aquí hablando contigo. Mira, antes de que me pegues, quiero darte un regalito que uno de mis seguidores en los Estados me encargó para ti especialmente.

El esquelético Cambrito siempre se emocionaba cada que oía la palabra regalo. Le encantaban las cosas regaladas. Eran su pasión y su debilidad. A ver, qué será, dijo, deponiendo su actitud hostil.

Simio sacó de su mochila descocida un caballo plateado con la pinga erecta. El falo terminaba en una cabeza espectacular, redonda y enorme. A mi tío, le encantará este caballo, pensó Cambrito, recibiendo el objeto equino. Lo guardó en su mochila y luego se volvió a poner el polo con la intención de marcharse.

Tenía razón el huevón de Groover; este Cambrito por un regalo se baja los pantalones, pensó Simio. ¿Ya te vas?, le dijo a Cambrito.

Sí, huevón, ya me voy, tengo que ir a una orgía entre travestis y streamers a la que me invitaron. Te salvaste de la golpiza que te iba a dar. Solo te voy a decir una cosa: No te vuelvas a meter con mi amo, señor y socio PelHambre.

Ya, dale nomás,… Cambrito te llamas, ¿no?, dijo Simio.

Sí, Sonsei, ¿por qué?

No, nada, quería asegurarme de que fueras tú, porque mi seguidor quería estar seguro de que ese regalito llegue a tus manos. Gracias a este favor que le estoy haciendo salvé la vida.

A nadie le importaba lo que Simio dijera, mucho menos a Cambrito, por ello hacía rato que ya se había ido a su orgía, dejando al Simio hablando solo.

***

Era una gran habitación cerrada, repleta de humo, de risas torcidas por el alcohol y de piel, mucha piel. La fiesta estaba ya muy avanzada a pesar de ser las cinco de la tarde. Todo se transmitía por el canal de Kick de un streamer conocido por meterse zanahorias en el culo para luego echarles sal y comérselas muy rico.

Cambrito había entrado con su caballo pingón sin saber que en el glande estaba camuflada una camarita fisgona por la cual Groover miraba todo atentamente. Él tenía calculado que Cambrito llevase el caballito hasta su casa, con su tío, y una vez ahí, detonarlos a ambos, ya que dentro del caballo había instalado un detonante indetectable por cualquier autoridad aeroportuaria.

Groover se sorprendía al ver el contenido del lugar donde estaba Cambrito. Los streamers punteaban a los travestis y estos, al término de una canción, volteaban a los streamers para puntearlos a su vez.

Cambrito tomó una botella de whisky, la destapó y se sentó en una silla para alicorarse como era debido, observar el paisaje y ver a qué trava podía empezar a toquetear para luego pasar al cuarto oscuro.

Los toqueteos eran transmitidos por Kick y las vistas ya sobrepasaban las veinte mil puntas; todo un éxito. En un canalito pequeño, un profesor imbécil, que se hacía llamar Zepita, enseñaba inglés, pero solo era visto por él mismo. Fracaso estrepitoso que bien merecido se lo tenía por brindar educación al público peruano. Cambrito había sentado al caballo plateado de Groover en su regazo, de modo que la pinga cabezona apuntaba hacia los invitados de la orgía.

Cambrito chuchetumare, se suponía que debías ir a tu cuartucho de mierda, calatearte con tu tío para que él te zampe la pinga del caballo por el orto y luego yo pueda detonarlos a los dos, par de miserables, pensaba Groover.

A pesar de la penumbra lúbrica del lugar, Groover podía columbrar el desfile y desenvolvimiento de una serie de travestis, todas contratadas por el streamer organizador del evento para elevar las vistas de su canal de Kick con las consecuentes copulaciones contra natura. Entonces, cuando estuvo a punto de presionar el detonador, porque pensó bueno, la idea era bajarme a Cambrito y a su tío, pero ahora estos trabucos y estos streamers pagarán pato, se detuvo al ver por el ojo de la cámara a un travesti vestido de monja. Groover la reconoció al instante: era la persona que lo había contagiado de esa maldita enfermedad que le estaba carcomiendo los huevos con más ferocidad cada día. Era la Sister Hong.

Groover revivió en su mente aquella vez en que la conoció, en que le brindó el servicio de taxi, en que entraron a un cuartucho de hotel de cinco soles en la avenida Uruguay, en el Centro de Lima, en que prefirió no comprar un poncho para sentir el pelancho pelancho. Con lágrimas de venganza en los ojos, presionó el detonador con todas sus fuerzas, no tanto porque la Sister Hong le hubiera contagiado aquella enfermedad, sino porque tenía la misma cara de Simio Violencia. La realidad era así de triste: Groover se había contagiado, por lo borracho y coqueado que estaba, con un trabuco que parecía Simio Violencia con peluca.

No quedó nada de Cambrito, ni de ninguno de los invitados a esa fiesta desenfrenada del sexo. Se había hecho justicia desde los Estados Unidos. A contrapelo de lo que cantó Walt Whitman en sus Hojas de Hierba, Groover exclamó: Nadie me ha hecho justicia. Entonces, yo mismo me la tuve que hacer, carajo.

viernes, 25 de julio de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 26: Filetean al serrano Drácula en Italia

 


A Esteban, cuyo nombre de dibujito era Pan Con Frejol, le encantaba disparar cholos; especialmente a los que malvivían en Italia, erosionando la reputación de los peruanos en el extranjero.

Habría que aclarar que Pan Con Frejol jamás le había disparado a un cholo desde que hubo arribado a Milán hacía ya un par de años, pero sí que le fascinaba la idea de posar su rifle en el alféizar de su ventana, apuntar a la piscina municipal, y, ¡poc!, ir reventando las cabecitas de esos peruchos subversivos que solían colarse en ese pedazo de propiedad pública a elevadas horas de la noche, no dejándole descansar como se merecía un ciudadano probo como él.

Mientras veía su programa favorito en YouTube, Cuchillos Largos, conducido por el explosivo Groover Miura, tomaba desayuno y contemplaba de tanto en tanto, con fe, el rifle Remington 700 que le había comprado al Cholo Puno, orondo dueño del Mini Market El Serrano, de la via d’Agrate.

Luego de haber visto más de estas lamentables imágenes de estos peruanos zarrapastrosos, descamisados, lumpen proletariado, irrumpiendo en esta piscina municipal de Milán, a las once de la noche, con música de delincuentes a todo volumen, no puedo más que pedirle a algún patriota de bien, que también esté radicando en Italia, que nos haga el favor -y aquí me pongo como vocero de todo el Perú decente y trabajador- de eliminar a estos indeseables. Yo les aseguro, queridos cuchilleros largos, que cuando un vago, un delincuente es borrado de la faz de la tierra, el PBI del Perú sube a razón de 0.1% por descamisado eliminado. Eso es así, ah, sano estalinismo, dialéctica pura. ¡A menos delincuentes, más PBI, más inversión, más trenes de Porky, chuchesumare!

Pan Con Frejol asentía. Remojaba sus galletas integrales en la taza de café todavía humeante. No te preocupes, Viejo, yo me voy a encargar de eso.

Se fijó la hora en el celular, faltaba poco para las ocho de la mañana. Esteban nunca se perdía la misa dominical, siempre en el primer horario. Él afirmaba que Dios premiaba el sacrificio que hacía uno al despertarse temprano para ir a la misa. Esteban se consideraba la prueba viviente de ello. Siempre le iba muy bien en todo lo que se proponía hacer.

A cuatro cuadras de tranquila caminata, se hallaba la Parrocchia Sacra Famiglia, lugar al que acudía disciplinadamente todos los domingos, incluso si estaba supremamente enfermo. Si tú no hacías el esfuerzo de visitar al Padre Celestial a primera hora del domingo, aun estando enfermo, ¿cómo querías luego que Dios hiciera algo por ti? Pensaba Estaban que decía Dios para sus adentros: Estebancito fue a mi casa con los mocos chorreándole por la cara, la fiebre quemándole la frente, el cuerpo tronado por mil y un espasmos. Claramente se merece toda mi bendición.

Entonces, vio a Drácula. Lo acompañaban una collera de peruanos, todos varones. Estaban hechos mierda por la borrachera de un sábado desenfrenado. Brindaban haciendo chocar botellas de cerveza en lo alto de sus cabezas. Reían malévolamente. Soltaban escupitajos en las veredas mientras avanzaban en zigzag por la acera opuesta a la de Esteban y en dirección contraria a la de él. Iban vestidos en calzoncillos largos, como de abuelo, húmedos, chorreando lascivia y descontrol, completamente ignorantes del mínimo respeto al sagrado domingo de oración. Habían estado bebiendo y chapaleando en la piscina municipal toda la madrugada.  

Esteban no se detuvo a mirarlos. Se persignó e imaginó a su Remington tartamudeándoles sus efectivos perdigones mortales en la chimba. Uno por uno, Viejo Groover. Se lo prometo. 

***

Drácula era un serrano que vivía en el barrio milanés de Corvetto, en Italia. No chupaba sangre, pero sí chela, trago o cualquier bebida que tuviera más de cinco por ciento de alcohol. Sin embargo, su stokeriano mote no nacía de esa cualidad etílica suya tan característica, sino de la dentadura que ostentaba, compuesta por unos dientes aserruchados, amarillentos, y un par de colmillos que sobresalían y asustaban la primera vez que se los veía.   

El poco tiempo que llevaba viviendo en Italia le fue suficiente para llegar a sentirse a sus anchas, tal y como si estuviese aún jaraneándose en la esquina de su barrio en Huancayo, ciudad peruana ubicada por encima de los tres mil metros sobre el nivel del rico mar de Grau.

Llegó a Italia huyendo de la justicia peruana y de una manada de gente indignada y dispuesta a pararlo de cabeza para después rompérsela. Dicha gente había sido estafada por Drácula con el manido, pero infalible cuento de la pirámide. Ustedes me depositan mil dólares y, al cabo de dos meses, tendrán ingresos mensuales por el doble de esa cantidad, siempre y cuando jalen a más personas que también me depositen sus mil dolarillos y así nos hagamos todos ricos en poco tiempo. Las primeras doscientas personas que me depositen a mi cuenta ahorita, al toque, sus mil dolaritos, entrarán, no solo a ser parte de mi organización, sino también al sorteo de un pasaje a Dubái, con los gastos del hotel incluidos y un tour por las pirámides y momias de esa tierra linda, dijo Drácula, haciendo un sancochado entre Egipto y los Emiratos Árabes, vestido con el terno que le había pelado a un tío suyo, y encaramado en un estrado levantado en el centro de una losa de fulbito. 

   En Italia, halló la complicidad que un delincuente como él requería en varios paisanos suyos dedicados al oficio de ganar dinero de modos bastante directos, aunque no exentos de cierta violencia.

Pero él ya no estaba para seguir robando, mucho menos cogoteando o amenazando transeúntes con un pistolón. Él ya había juntado lo suficiente con su estafa piramidal para permitirse una vida descansada en Milán. Así que, si bien era considerado parte de las bandas criminales de sus compañeros, y conocía al dedillo los detalles de sus próximos golpes, solo se les unía para la parte final del plan: la celebración desenfrenada.

Muy fácil hubiese sido comprarse un gran departamento e invitar a su collera a juerguear interminablemente. Sin embargo, ello lo hubiese convertido en el blanco de las envidias de sus amigos cacos y en la próxima víctima de sus golpes. Por ello, prefería mantener un perfil casi subterráneo. Ante la curiosidad de sus coterráneos sobre el motivo por el cual no se les unía en las operaciones, él les decía que ya había cumplido sus buenos años en las cárceles del Perú, y no quería repetir ese agrio sabor en Italia. Y si vivía sin trabajar, era porque, gracias a Dios, hermanos, me compré un departamentito en mi tierra y vivo de alquilarlo. Ahorren lo que roben. No se lo tiren todo, les aconsejaba en medio de las espectaculares borracheras que se permitían luego de finalizar un atraco exitoso.

 El calor en Milán, en esa época, les ponía a sudar los huevos de manera tal que se sentían meados, la entrepierna húmeda, babosa, pegajosa. El robo de un banco, las cabezas cubiertas por gruesas máscaras de látex que representaban a los presidentes peruanos más rateros del presente siglo, Castillo, Toledo, García, Fujimori, los dejaba, al concluir el golpe, al borde de un desmayo. Urgía zambullirse en una piscina de frescas aguas en donde pudieran deshacerse de aquel sudor que los remontaba a sus épocas de pobreza en varios arenales del Perú, tierra añorada, cuando apenas si soportaban las miserables y emotivas vidas que Dios les asignó.  

Si te ganabas la vida violando las leyes, apropiándote de lo ajeno, era consecuente disfrutarla bajo ese mismo concepto, por eso, a Drácula se le ocurrió la genial idea de adueñarse brevemente de la piscina municipal Solari del barrio de Sant’Agostino. Así, empezaron a irrumpir en aquel lugar, entre las once y las doce de la noche, trepando por las rejas enmohecidas con la misma facilidad con la que les arranchaban las carteras a las japonesas que llegaban a turistear con la boca abierta.

En las aguas de esa alberca, se permitían, sin que ninguno lo confesara abierta ni veladamente, soltar largos y calientes meados que le daban al líquido que los albergaba con sus juguetonas masas una temperatura no tan fría que les arrugara el escroto. Y es que, en medio de tan sabrosa juerga, en donde tanto las botellas de cerveza por consumir cuanto las que ya habían sido completamente absorbidas flotaban en el agua y eran parte del vaivén liberador de las ondas, ¿quién chucha iba a tener el tiempo, mucho menos las ganas, de salir de esa ricura de piscina y caminar, con el consecuente peligro de resbalarse en las mayólicas y reventarse la cabeza, hasta el baño para orinar o cagar?

Había que ser muy cojudo para hacer eso. Y ninguno de los amigos de Drácula, ni él mismo, por supuesto, tenía nada de imbécil. Solo tipos audaces, vivísimos, escurridizos y paradores como ellos podían mantener a Milán sojuzgada con la solidez y desfachatez de sus criminales golpes.

Afortunadamente, la piscina Solari era inmensa. Drácula le calculaba el área de un campo de futbol. Entonces, la solución del asunto higiénico se tornaba simple. Si deseabas mear, sin dejar de hablar o bailar o chupar, ahí, en tu mismo sitio, pishhhh, te chorreabas. Las aguas amarillentas que afloraban desde abajo eran difíciles de detectar en plena madrugada milanesa. Y si lo que querías era soltar un buen mojón, esperabas a que todos estuvieran lo suficientemente borrachos y drogados para bucear hasta la esquina más alejada de la piscina y una vez ahí, bajarte el short, y hacer lo tuyo. Al terminar, con la misma mano te restregabas el ano y ya el agua se encargaba de limpiarte la mano y el culo. Qué delicia era la piscina Solari. Lo mejor era que la piscina siempre estaba lista para ser disfrutada tan limpia como cuando la asaltaban cada fin de semana. Los señores de mantenimiento -qué esforzados y puntillosos caballeros- solían hacer un trabajo fenomenal.

Pero les faltaba mujeres.

Los amigos de Drácula no se juntaban con peruanas. Si estaban en Italia, ¿cómo diablos se iban a cachar cholas? No hay forma, decían, repitiendo la cojuda tendencia apitucada para negar la ocurrencia de algo. O se tiraban europeas o nada. Mientras tanto, seguían organizando y disfrutando las juergas entre ellos mismos.

Mas esa madrugada de aquel sábado, Drácula y sus compañeros hallaron en la piscina a unas cinco rubias, delgadas, de senos pequeños, cónicos, pero de pezones gruesos como gomitas de ositos, la espalda huesuda y algo de pulpa en los muslos; el prototipo cadavérico de la belleza europea.

Al verlas, Drácula se puso fierro. Sin tratar de disimular la enhiesta pichula que apuntaba hacia arriba por debajo del short, se acercó a las mujeres y, en su mejor italiano, les propuso compartirles sus bebidas. Las muchachas aceptaron de buena gana, aunque sin demostrar ningún tipo de angurria. Drácula supo que esa noche no solo excretaría las consabidas dosis de pichi y caca, sino que también dejaría en la piscina generosas porciones de semen.

Lo que Drácula no se imaginaba ni remotamente era que un tipo, quien en las redes sociales se hacía llamar Pan Con Frejol, apuntaba el colérico ojo de su Remington 700 hacia sus amigos, indeciso sobre a quien darle primero, como diría Rubén Blades.

***

Más que el hecho de descubrir a su novia italiana copulando fieramente con un congolés, lo sorprendió la longitud y el grosor portentosos del arma del moreno.

El africano, que se llamaba Claude, volvió a meterle la pinga a la mujer luego de ver que el marido de esta no representaba amenaza alguna para nadie. La mujer, muy confiada en la autoridad que imponía el moreno, reanudo la cabalgata con más fruición con la que había iniciado sus movimientos pélvicos hacía menos de una hora.

De una ligera patada, el congolés cerró la puerta del cuarto en las narices del traicionado, quien era peruano, de nombre Alan, y apelativo Robotín, con el cual participaba ocasionalmente en el programa Cuchillos Largos, transmitido en simultaneo por Kick y YouTube, y dirigido muy atinadamente por el veterano y desaforado streamer Don Groover.

 ¿Y la perdonaste, huevón?, se indignó Groover, mientras se rascaba los testículos. La penosa enfermedad que le iba descontando los días se había ensañado con sus colgajos de una manera ponzoñosa. Desde hacía un tiempo ya no podía vivir sin rascuñarse las bolas. Por ese motivo, lo despidieron de su trabajo en una cafetería de Newark, en los Estados Unidos. Fue sorprendido preparando un triple con la mano con la que acababa de apretarse un grano de pus en el huevo derecho. Afortunadamente, las ganancias que le reportaban sus picantes transmisiones le permitían vivir dedicado al noble oficio del streaming.

Claro, Viejo, dijo Robotín, quien había huido a Italia hacía un par de años, desmarcándose de una constelación de iracundos acreedores en el Perú. Es rubia, pes. ¿Cuándo chucha un peruano feo como yo ha estado con una rubia? Y no es cualquier rubia, Viejo. Es europea, flaquita, misma modelo de Victoria’s Secret; rubia firme, pe, Viejo.

Pero te había hecho cachudo, pues, huevón. Te agarró de Torito de Pucará. Esas deslealtades nunca se perdonan, tío, vengan de donde vengan. ¿Te estás dando cuenta de las baboserías que estás hablando?, enfatizó Groover, chupando furibundamente su cigarrillo electrónico de cannabis. La fumadera de esa hierba le aplacaba contundentemente la picazón testicular.

Me llega al pincho, Viejo. Además, me sacó la vuelta con un extranjero. Y eso se lo puedo perdonar. Por último, no es que haya tantos congoleses en Italia. Por eso, sé que no volverá a pasar. Ya se dio el gusto. Solo me queda trabajar el doble de turnos en la fábrica para tenerla contenta comprándole sus vestidos, mandándola a la manicura y a la pedicura o manteniéndola a la moda con los peinados que son tendencia en TikTok.

Sí, para que se la cache otro negro después, carboneó Groover.

Mira lo que hablas, Viejo. ¿Ya ves?

Claro, pe, huevón. Yo solo estoy sumando dos más dos. El que monta, manda. Oye, y ¿qué pasaría si a tu mujer no se la cacha un extranjero sino un peruano? ¿Qué harías si la encuentras cachando, digamos, con… Drácula, el honorable huancaíno que está dejando el nombre de nuestro Perú por todo lo alto allá en Milán, chupando en los parques, rompiendo botellas en las cabezas de quienes como él han ido a robar a Europa, meando y defecando en las familiares piscinas públicas italianas?

No, pues, Viejo, no te pases. Cómo vas a decir esa huevada.

Pero estás enterado de que a ese señor le encanta mear y cagar en las piscinas mientras chupa con su collera de descamisados, ¿no? Acá, en el canal, hemos pasado un par de videos del señor convirtiendo una piscina municipal en su mingitorio particular. Puta, tío, esas imágenes se podían oler.

Sí, sí he visto, Viejo. Qué asco, la verdad. No, pues, mi hembrita jamás se fijaría en ese serrano motoso.

Puta, pero ponte en el escenario de que te los encuentras cachando. Sígueme el juego, pe, chuchetumare. Tienes que darnos chow. ¿Qué chucha harías si sorprendes al serrano de Drácula clavándole su olluquito a tu gringa?

En ese caso, Viejo, te juro que yo lo macheteo al serrano ese. En casa, tengo un machete que compré como medida de protección, ya que hay mucho peruano que te entra a robar en cualquier momento de la madrugada. Puta, yo agarro mi machete y lo fileteo a Drácula en una; sin pensarlo. Lo dejo como carpaccio de charqui.

Entonces, voy a rezar para que te lo encuentres cachándose a tu mujer, Robotín, porque nada me agradaría más que saber que ese serrano inmundo ha abandonado este plano terrenal. Esa sería una noticia formidable.

Días después de esa premonitoria transmisión, Alan, o Robotín para las redes sociales, encontraría a su mujer sentada a horcajadas sobre el olluco más o menos cumplidor de Drácula, ambos balanceándose como las aguas de la piscina que tenían al lado, enceguecidos por una paleozoica pasión fogoneada por el irrestricto consumo de alcohol.

Mientras Robotín corría a casa en busca de su machete, su mente solo podía concentrarse en el momento en que le encajaría el primer machetazo a Drácula. ¿Dónde darle primero? ¿En la cabeza, en la espalda, en un brazo, en una pierna? Corría y corría y no veía las horas de estar de regreso en la escena del engaño, con el machete empuñado, presto a hacerse respetar, tal cual lo hicieron los cubanos en la batalla de Tienda de Pino de Baire, en 1868, contra una columna española compuesta por más de setecientos hombres dispuestos a aguarles el sentimiento independentista y de rebelión. Los cubanos lograrían la victoria gracias al diestro uso de sus machetes. A esa batalla también se la llegaría a conocer como La Primera Carga al Machete.

***

El primer machetazo prácticamente rebotó en su espalda, una espalda forrada con una piel dura, piel de indio, de indio peruano del Perú en Italia, perdonen la tristeza.

El segundo le hizo un surco largo y espeluznante que rápidamente se tiñó de un rojo oscuro y brillante, un rojo que salía de las profundidades de esa piel que más parecía la frazada de un preso.

El tercero se alojó, con la presencia contundente de un galán de telenovela peruana, en la mitad de su espalda, sin haberle pedido el permiso respectivo a la columna vertebral, partiéndola más bien, drenándole todo el zumo vital.

La mujer reconoció en los ojos del marido el furor de una venganza ancestral y Drácula no tuvo más opción que desfallecer lentamente, cayendo al suelo con los ojos abiertos por la desesperación y la curiosidad de saber quién chucha lo acababa de madrugar de esa manera y por qué, por qué a él, que solo vivía para gozar sin hacerle daño a nadie.

El furibundo cachudo de Robotín todavía quería continuar dándole al machete. No se había tomado en broma aquello de filetear a la escoria de Drácula, con mayor razón al comprobar que era efectivamente él quien le había inoculado el virus del amor a su italiana. Y muy bien le hubiera partido el cráneo con su arma montaraz de no haber sido por el indubitable y elegante proyectil que le entró por uno de los parietales y le salió por el otro. 

La figura desconcertada y ya ida de Robotín cayó pesadamente en la piscina, que lo recibió con todos sus orines y heces peruvianos, en tanto que el cuerpo tasajeado de su rival, Drácula, se deshacía, sobre el borde de la alberca, en malcriados hilos de sangre que iban a parar a las aguas en las que hasta hace pocos minutos había estado orinando, cagando y copulando, en ese orden.

Entonces, llovió en Milán. Llovió bala. Desde la ventana desconocida de un edificio inubicable, decenas de proyectiles viajaron veloz y desesperadamente hacia alguna de las cabecitas peruvianas que corrían en círculos, despavoridas, o que se lanzaban a las aguas mierdosas de la piscina para no ser encontrados jamás.

Las europeas no tuvieron problema alguno en abandonar aquella sacramental escena, ya que las balas tenían una altísima consideración por su alba estirpe.

***

Fuera de bromas, dijo Groover en una emisión de su canal Cuchillos Largos, en su sintonizadísimo programa Peruanos Notables en el Mundo, espero que no le pase nada al serrano de Drácula. Hace unos días, lo reconozco, me extralimité deseándole una muerte lenta, dolorosa y llena de mucha sangre, pero, luego de haber parlamentado con mi musa, la cincuentona arrecha de Penélope Mamaranta, y luego de haber cantado con ella huaynos huancaínos en el programa de su canal de YouTube, Desafinando con la Maridona, reflexioné y recojo ahora mis pasos verbales, camaradas.

Groover le pegó una deliciosa inhalada a su cigarrillo de marihuana y continuó elaborando grandilocuentemente sus disculpas.

Serrano, te mando hasta Italia mis más sinceras disculpas. Y, como para no contradecirme del todo, te deseo una buena muerte, pero no ahorita, serrano, no te preocupes, porque como decía el buen Vallejo: siempre nos gustará vivir para siempre, así sea de barriga, ¡tanta vida y tantos años! Es cuanto.