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jueves, 28 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 29: Hijo extorsiona a su padre para que le pague la universidad

 

José Eulogio acababa de ingresar a una prestigiosa, aunque costosísima, universidad peruana. Estaba muy feliz. Se trataba de uno de los centros educativos particulares de más difícil acceso no solo por la cuestión económica sino también por la dificultad que presentaba su examen de ingreso. Solo aquel que se preparaba a conciencia ingresaba.

Contentísimo por su logro y confiadísimo por la seguridad que le daba la firme convicción de que él, como hijo, había cumplido con creces su deber académico -pues había ocupado nada más y nada menos el segundo lugar en el examen de admisión-, llamó a su padre para comunicarle la grata noticia y, por supuesto, solicitarle el debido apoyo para el pago de la matrícula y las pensiones.

José Eulogio se había privado de fiestas, de salidas al cine, de paseos campestres los fines de semana, para convertirse en un flamante universitario, futuro profesional de provecho. Estaba seguro de que su padre, allá en los Estados Unidos, en uno de los barrios más miserables de Newark, hincharía el pecho al enterarse de la buena nueva.   

Aló, papá, dijo José Eulogio.

Aló, ¿sí?, tartamudeó Groover. Eran las nueve de la noche en Lima, las diez en Newark. José Eulogio notó, por el tono de la voz de su progenitor, que algo no andaba bien con él.

¿Estás bien?, dijo el muchacho, tanteando el terreno, temeroso de toparse con algún exabrupto de su padre, pues, a pesar de haber crecido lejos de él, sabía que era un loco de cuidado.

¿Quién chucha habla? ¿Marly? ¿Eres tú, chuchetumare? ¿Otra vez vas a cantarme tu huevada de “eso, eso, eso, eso, eso, oh, solo el amor, eso, eso, eso, eso, eso, oh, siempre el amor”? ¿Otra vez vas a venir a joderme con que viva el sida y la puta de tu madre?, se exaltó Groover.

No, papá. Te habla José Eulogio, tu hijo. Llamaba para compartirte una gran noticia, dijo el joven. Hablaba despacio y con calma para brindarle cierta paz a la atribulada mente de su padre.

¿José? ¿José Eulogio? ¿Quieres chupar conmigo, José Eulogio? Putamadre, hijo, quiero contarte que estoy destruido. Las caza maridones cada día son más, son una plaga, y me están clavando puñales en la espalda. Por eso estoy tomando, hijo, para que les duela. Mientras más licor me meta al hígado, más les dolerá a esas caza maridones en su orgullo; caza maridones que se aúpan en despojos humanos como Marly, Montes o Cambrito -Cambrito por la conchasumadre, hasta dónde hemos caído-, solo para tener alguien que las peche, que las defienda. ¡Salud, José Eulogio! Mi hijo me dijiste que eras, ¿no?

Sí, papá; soy tu hijo.

Chucha, no sabía que tenía hijos.

Solo uno, papá, yo.

¿Y por qué no estas acá a mi lado, huevón? ¿Dónde estás? Vente a mi jato. Vivo aquí, nomás, en la calle Berger seis cuatro seis. Vente al toque. Todavía me quedan dos pavas y tres sick pack de Cuzqueñas importadas desde el Perú, cuñao.

Papá, se aclaró la garganta José Eulogio, yo vivo en Lima. Estoy estudiando aquí. Te quería contar que acabo de ingresar.

¿Ingresar? ¿Adónde? ¿Adónde has ingresado?

A la universidad, papá, respondió José Eulogio, procurando darles a sus palabras la nota justa de alegría que estaba conteniendo desde que hubo detectado que su padre estaba ahogado en alcohol y colocadísimo en marihuana.

Un silencio preocupante se tendió como una gruesa y mugre alfombra entre ambos celulares. El teléfono que Groover usaba estaba encriptado. Desde que se hubo refugiado en los Estados Unidos, protegía sus llamadas para que sus persecutores en el Perú no tuvieran idea de dónde o cómo localizarlo.

¿Papá? ¿Estás ahí?, palpó José Eulogio.

Putamadre, huevón, ¿tú crees que es fácil prender una pava y hablar al mismo tiempo? Deja que me prenda un toque, cuñao.

Se oyó una fuerte aspiración y una exhalación de disfrute y relajación.

José Eulogio creyó que ese era el momento de retomar la conversación sobre su ingreso.

Como te decía, papá, he ingresado a la universidad.

Ah, ya, bostezó Groover, demostrando así que le importaba un pincho la noticia de su hijo. Oe, puta, la huevona de Eva me ha pedido trescientos soles para pagar su internet, su luz, su agua. Jajaja, como si me la estuviera cachando. Y, encima, tengo que pagarle por dos vinos para que chupe en mi transmisión. Oe, cuñao, ¿cómo es tu nombre? ¿Javier? ¿Marly? ¿Montes?

José Eulogio, papá, me pusiste ese nombre en honor de uno de los mejores amigos de César Vallejo en el Grupo Norte, José Eulogio Garrido Espinoza, aquel a quien Vallejo le dedicó ‘Bajo los álamos’ de su poemario ‘Los heraldos negros’. Si hasta hiciste que me memorizase ese poema cuando tenía tres años, rememoró el joven. 

Ah, ya; oe, José Eulogio, ¿ya te suscribiste a mi canal de YouTube? ¿Ya te caíste con tres suscripciones en mi canal de Kick? Putamadre, cuñao, mi audiencia va subiendo como la espuma y con esa crecida también la plata que YouTube y Kick me dejan mes a mes. ¿Sabes cuanto saqué entre ambas plataformas?

Eh, no, papá, hace años que no me llamas para conversar, así que no sé cuánto dinero te dejan esas plataformas. Pero, vamos, cuéntame, ¿cuánto ganas transmitiendo?

Pero para qué quieres que te llame si yo hablo todos los días a través de mis multiplataformas. Basta con que entres cualquier día, a cualquier hora, para que me escuches y te enteres de mi vida. Putamadre, o sea que encima te tengo que llamar; qué tal concha.

Tienes razón, pa. Mala mía. Ahorita mismo me suscribo a tu canal. ¿Cómo se llama?, dijo José Eulogio.

Se llama Cuchillos Largos, y salimos por YouTube, Kick, Facebook y X de Elion Mask. Pero aguanta tu coche. ¿Qué dijiste?, interpeló Groover, destapando una botella de cerveza y soplándosela de un solo sorbo hasta casi más de la mitad.

Que cómo se llamaba tu canal.

No, cojudo, eso no. Lo otro. Eso de ‘mala mía’.

Ah, sí, es una expresión que se usa para reconocer un error.

¡Fuera, chuchetumare! Esa es una expresión que usan los alucinados para dárselas de pituquitos cuando no son otra cosa que patacalatas, cholos arribistas, como estoy seguro que eres. Otra frase que usan es ‘literal’; ‘literal esto’, ‘literal aquello’. Puta que me llegan al pincho cuando los oigo. La vez pasada escuché a esta huevona cachera de la Lobatón, en el programa del cabrilla de la Beto, hablando de la perra cachera de su vieja, diciendo que ella, ‘literal’, tenía la fuerza de un hombre. Putamadre, cojudo, yo casi agarro mi celular a patadas. Si esa puta dice que su madre ‘literal’ tiene la fuerza de un hombre entonces es porque de verdad su madre es un hombre. Por la conchasuabuela, ‘literal’ o ‘literalmente’ no se usa para exagerar, carajo. Se usa para indicar que lo que ocurrió, sucedió tal cual. Por ejemplo, la vez pasada escuché a una divorciada víctima de afecto de mierda, que a pesar de que ha pasado por los claustros universitarios, decir: ‘literal’ me morí de la risa. Entonces, te hubieras muerto, pues, cojuda. Ya no estarías con vida. ¡Por la conchasumadre, cómo me destruyen el idioma español que es tan bello! Groover había lanzado un furibundo puño contra la pared.

Tranquilo, papá; te prometo que no volveré a decir ‘mala mía’. Aceptaré mansamente mi condición de cholo desposeído, de joven patacalata.

Haces bien, cojudo. No hay nada que me joda más que la gente falsa, inhaló Groover.

Está bien, papá. Y volviendo al tema, me alegra mucho que te esté yendo bien en tu faceta de comunicador, dijo José Eulogio con desinteresada franqueza.

Claro, huevón, me está yendo de la putamadre. Solo para ti, que eres mi hijo, te voy a soltar este dato. Estoy facturando tres mil dólares mensuales. Entre YouTube y Kick, me estoy haciendo esa friolera. ¿Cómo la ves?

Estupendo, papá. Es una buena cantidad de dinero que te estas ganando con estar solamente sent… José Eulogio se detuvo a tiempo. Reformuló su frase para evitar que Groover creyera que menospreciaba su actividad, que solamente se ganaba la vida sentado frente a una computadora, con un rollo de papel higiénico en la diestra y una papaya que usaba para masturbarse en la siniestra. Es una buena cantidad de plata para hacerla desplegando tus conocimientos truncos de comunicación en la universidad y muy cómodamente desde tu casa.

Claro, pues, huevón, no me hizo falta terminar la carrera. Yo llevo la comunicación en la sangre. Soy un comunicador nato. No sé si has ido a la escuela de oratoria en la Casa del Pueblo. Si no lo has hecho, te exhorto a que lo hagas. Ningún hijo mío va a hablar como un Cambrito descamisado.

Sin tener idea de quién diablos era Cambrito, José Eulogio, que no era, como su padre, un orador de fuste, dijo: Sí, papá, lo haré. Creo que me caerá muy bien reforzar mis habilidades oratorias ahora que voy a empezar la universidad. José Eulogio había estado esperando esa precisa entrada para volver a inocular el tema de la universidad.

La universidad, la universidad, la universidad, remedó Groover. ¿No sabes decir otra cosa? Putamadre, yo conozco a varios huevones que han terminado la universidad y ahora dan pena. Ahí tienes a esa divorciada víctima de afecto, cuyo nombre no viene al caso, pero a quien llamaré Teresa, que estudió comunicaciones interplanetarias en una prestigiosa universidad y cuando le digo que entretenga a los descamisados mientras achico la bomba dos minutos, se queda callada, muda, se maridonea, me busca, me dice no sé qué decir. Puta, hasta las huevas, pues. Y mírame a mí, que no estudie ni pincho, y puedo entretener a miles durante horas con mi solo verbo, que puede ser flamígero por momentos o melifluo según las circunstancias, como cuando hablo con mi musa y amor imposible, la Caza Maridones Bafi. Y es que no se necesita ir a la universidad para lograr tus metas. Bukowski decía que lo que se necesita en la vida era beber, escribir y cachar. Yo, Groover, me cago en él y digo: se necesita vivir, leer y comunicar. A propósito, ¿qué libro estas leyendo?

José Eulogio no leía. Consideraba que los libros y la lectura eran algo obsoleto, en desacuerdo con la modernidad. Para qué iba a leer, digamos, La Riqueza De Las Naciones de Adam Smith, si se les podía preguntar a Chat GPT, DeepSeek, Perplexity, Copilot, que le dieran un resumen de diez líneas de ese libro de modo tal que luciera como todo un experto en la materia. Leer un mastodonte de mil páginas era una manera muy cojuda de perder el tiempo, era vivir decimonónicamente.

Últimamente no he leído nada, pá, porque me he estado preparando para el ingreso a la universidad. He estado trabajando con textos preuniversitarios. Y justamente por eso te llamaba, pá, porque he ingresado y para pedirte que…, dijo José Eulogio, dándole a sus últimas palabras el suficiente peso jubiloso para que su padre se contagiase también de la buena noticia.

Putamadre, ya me tienes huevón con tu universidad, lo interrumpió Groover. Mira, hasta has hecho que se me pase la borrachera, carajo. Ya, ladra, qué quieres decirme. Qué quieres pedirme, demandó Groover, hartándose de la llamada de su hijo.

Papá, aprovechando la buenísima noticia de que te está yendo bien con tu emprendimiento virtual, quiero pedirte que me ayudes con la matrícula y la primera pensión de la Universidad Católica, que es donde he ingresado. Son más o menos en total unos ocho mil soles. Y eso que he postulado a la primera escala y me la han aceptado, ya que dije que mi papá me abandonó cuando era niño. Así que, papi, solo pagarás ocho mil soles y ya los meses siguientes solo serán cuatro mil soles mensuales.

¡Fuera, chuchetumare! Seguro eres uno de los esbirros del pelao cabeza de pinga de Marly que me quiere ver cagao y hasta las huevas como él, ¿no? Habla, dime, cuánto te está pagando Marly para extorsionarme.

¿Extorsionarte? Solo te estoy pidiendo un apoyo para la universidad, papi.

¿Papi? Claro, como has escuchado que me va muy bien en las redes sociales, y como te has enterado, qué te digo, de que me han contratado para liderar el programa Zero A La Izquierda en otro canal de YouTube muy importante como Alter Negro, uno de cuyos fundadores es el negro Puti, me quieres picar; por eso me dices papi, papicarme. ¡Fuera, cojudo! No voy a caer en las trampas del tarado de Marly ni del serrano de Montes, borbotó Groover, desahogándose, expulsando todo el odio que le habían incubado en el alma sus enemigos.

Papá, escúchame, yo no te estoy extorsionando.

¡Fuera, extorsionador! Vete. Chau. Número equivocado. ¡Policía, policía!, cortó Groover, agitado, el corazón tratando de romperle las costillas para huir directamente al tazoncito donde se acumulaba su coquita del fin de semana.

***

Ayer, queridos Cuchilleros Largos, recibí un atentado sin precedentes en este submundo de la Brutalidad, un ataque que ya ha sobrepasado cualquier límite imaginable. Los enviados y esbirros del serrano dientes de sable Montes y del pelao cabeza de mi nepe de Marly empezaron secuestrando a mis caballitos Boloña y Pandolfi, cercenándoles la cabeza, amputándoles la pinga, vejándolos, pero lo de ayer ya fue el colmo de los colmos. Y yo voy a tomar medidas, ojo. Voy a demandarlos, par de descamisados y la conchasumare. No crean que van a pasar piola.

El Mano Santa, fiel seguidor de Groover, comentó: ¿Qué te hicieron, viejito? Cuenta.

Me extorsionaron, dijo Groover. Un huevón, que se había investigado los buenos números que estoy haciendo en redes, me llamó para pedirme plata, para extorsionarme de la manera más vil.

¿Y qué hiciste, viejito lindo?, comentó Jorge Jarra, otro seguidor del Viejo.

Lo mandé a la chuchesumare, pues, huevón. Con esos indeseables no se tranza. Es como la cojuda de Dina con el pastrulo del presidente de Colombia. ¿Cómo se llama este conchasumare?

Gustavo Petro, comentó Háblame de Groover, otro seguidor fanático del Viejo.

Petro, ese conchasumare. ¿O sea que un descamisado, un pastrulo, propone una huevada y Dina cojuda le va a hacer caso? Ni cagando. Muy bien que Dina no le haya hecho caso y que no le haya dado la mano a ese terrorista. Con terroristas no se negocia. Y eso mismo hice con ese extorsionador que ahorita está bien mandado a la mierda.

Una llamada telefónica turbó su airado discurso. Era el número de su hijo.

Miren, nuevamente el conchasumare que se está haciendo pasar por mi hijo está insistiendo con la extorsión. Pero aquí somos dialécticos. Aquí, en Cuchillos Largos, nos encanta desenmascarar a estos malvivientes en vivo y en directo.

¡Aló! ¡Qué quieres, conchatumadre! Estás al aire. ¡Habla!

Papá, por favor, no me insultes. Soy yo, tu hijo.

Groover, ya lúcido, ya sin las toxinas y los efectos del alcohol y las drogas encima, reconoció con sorpresa la voz de su hijo.

¿José Eulogio?

Sí, papá, dijo el muchacho. Te acordaste de mi nombre.

Claro, claro, cómo no me voy a acordar si eres mi hijo unigénito.

Es que ayer te olvidabas.

Groover recordó vagamente el festival de tragos y drogas que le habían abotargado el entendimiento el día anterior. Entonces, cayó en la cuenta de que había sido una mierda de padre.

Chucha, eras tú, dijo Groover con no poca vergüenza. Rápida e intempestivamente apagó el directo. Le iba a caer una tonelada de bullying si continuaba ventilando en su programa esa conversación con su hijo. Perdóname, pucha, seguramente dije muchas tonterías, Jose Eulogio.

No te preocupes, papá; yo entiendo, dijo el muchacho en un acto de generosidad que causó en Groover un sentimiento que le arrugó el corazón. Se sintió hasta las huevas por ser un padre dedicado al vicio y a la masturbación. Más bien, te llamaba para decirte que ya no es necesario que me envíes dinero. Justo ayer te llamé para pedirte plata para mi matrícula y mi pensión, pero ya no es necesario, papá.

Groover sintió un alivio, porque gastar cinco mil soles al mes, estando borracho o sobrio, no era nada bonito.  

Solo voy a necesitar una firmita tuya, papá. Ahí a tu Telegram te estoy enviando la hojita que me tienes que firmar. Con una sola firmita, quedan pagados mi matrícula y mi primer semestre.

Macanudo, mi cachorro. Pásame al toque el documento antes de que me vuelva a terrajear el cerebro con coca, hijo mío. Esta versión es tu verdadero padre, mi mejor versión, la que solía gustarle al pelao hijo de puta de Marly, la que me mantuvo sosteniendo amables chácharas con el serrano de Montes.

Ya, papá, ya te pasé el documento.

Pasu, tiene como quinientas. ¿Tan largo?

Sí, papá, no te preocupes. Tú firma, nomás. Yo ya lo leí por ti. Apenas presente el documento firmado, la matrícula y el primer semestre quedan totalmente pagados. Mira que son como treinta mil soles.

Ni bien Groover oyó la descomunal cifra, rubricó rápidamente el documento. Hizo clic con el dedo en donde decía ‘firma’ y automáticamente su rúbrica selló el acuerdo.

Ya te lo envié firmado. Fíjate si lo has recibido, dijo Groover.

Sí, papá. Genial. Mil gracias por todo, dijo José Eulogio.

No, gracias a ti, hijo mío, por haber confiado en mí a pesar de que conversaste con esa otra versión mía que aparece cada que me inflo de cerveza y me saturo de cocaína. Por favor, no le digas a nadie que tu padre suele caer en la tempestad de sus ricos vicios de vez en cuando, pidió Groover.

No, papi, no hará falta, dijo José Eulogio. Te quiero, pá. Fue un honor que me hayas ayudado al menos una vez en tu vida. Y colgó.

Estas últimas palabras quedaron resonando en la cabeza de Groover y le dieron una muy mala espina. Sin embargo, volvió a prender directo.  Conversó con sus suscriptores tres horas más, hasta muy entrado el amanecer de ese día. Concluyó la última hora de su programa haciendo un karaoke.

Pero las postreras palabras de su hijo volvieron a inflamarle las amígdalas. Decidió llamarlo para liquidar el prurito que le carcomía el cerebro. Una voz femenina le respondió: el número que usted ha marcado no existe. Esto le rompió la cabeza. Lo intentó cuatro veces más con el mismo resultado. Claramente el ser humano era el único animal que tropezaba cinco veces con la misma piedra. Groover era la prueba patente de ello.

Iba a llamar a su hijo una sexta vez cuando recibió en el Telegram un mensaje misterioso. Lo enviaba un usuario identificado como El Cartel de la Muela.

El mensaje decía: Conchatumadre, somos del Cartel de la Muela. Si no pagas los treinta mil soles, que te hemos depositado, en los tres meses acordados, te vamos a hacer una cordial visita a tu casa sita en la calle Berger seis cuatro seis. Ya sabes. El tiempo es un cangrejo que camina para atrás y le quedan pocos pasos.

Firmaba: El Chimuelo.

¡Mierda!, comprendió Groover: su hijo acababa de devolverle el golpe; lo había centrado con el Cartel de la Muela, al parecer, un cartel criminal de reciente formación, pero de certera peligrosidad, pues lo tenían muy bien estudiado.

Groover tendría que contar con la misma popularidad del negro Speed para juntar treinta mil soles en tres meses.

Sosteniendo el celular en su mano, parado en medio de su habitación, conmocionado, imaginándose con las muelas arrancadas una a una con un oxidado alicate accionado por el líder criminal Chimuelo, Groover se meó. Sabía muy bien que el único camino que le esperaba era el que hacía mucho tiempo había señalado el gran dramaturgo William Shakespeare en su obra la Tempestad, en la escena II del acto III, cuando Esteban le dice a Caliban: Solo el que se muere paga todas sus deudas.   


lunes, 18 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 28: La Camarada Eva pelea con su madre en la Noche Morada

 


Luego de que su mamá, una anciana de casi noventa años, le interrumpió una de sus transmisiones en Kick, toc, toc, toc, Groover, Groover, ¿todavía sigues despierto y gritando? ¿A qué hora te vas a dormir?, el mencionado Groover la depositó en un asilo, castigándola y, de paso, apropiándose de su modesta casa. Quedó profundamente resentido con ella porque debido a esa maternal intervención, sus seguidores, pero sobre todo sus enemigos, le perdieron el respeto y el temor, empezándolo a tratar como un meme.

Su resentimiento se extendió hacia toda aquella madre autoritaria, entrometida y huelepedos que le recordara a la suya; como la madre de Eva, la camarada.

***

¿Ya te compraste tu vino?, dijo Groover, el productor del programa de Eva.

Sí, viejo lesbiano, ¿aquí no ve?, dijo Eva, mostrando una botella a medio consumir.

¿O sea que recién vamos a empezar el programa y ya te has tomado media botella?, sospechó Groover. No me quieras ver la cara de huevón, conchatumadre.

Oye, viejo maricón, usted a mí me respeta, ah. Y no; esta botella recién la he abierto. Solo que me he tomado un par de vasos mientras prendía mi computadora para hacer el programa. Llegué con sed de haber caminado tanto buscando trabajo. ¿Me cree o no?, se defendió Eva.

Bueno, ya, concedió Groover, te creo. Ojalá nomás no me estes viendo la cara de huevón. No quiero creer que yo, don cojudo, te esté mandando veinte soles para que te compres un vino nuevo para el programa y tú me estés estafando, quedándote con los veinte soles para que mantengas al gordo vago de tu enamorado y muestres en pantalla la botella que dejaste a medias el programa pasado.

Si quiere, me cree, Viejo. Yo no voy a decir nada más, dijo Eva, rendida de discutir con Groover.

Ya, mamita, pasemos a otro tema mejor. Cuenta. ¿Qué fue de tu belleza esta semana? ¿Qué has estado haciendo? Sabes que tienes tus seguidores, ¿no? Desde que te vieron el chonchón por nuestras pantallas (yo, por supuesto, tuve que hacer el zoom respectivo para el regocijo de tus fanáticos), hay una larga lista de pajeros que me piden tu presencia a través de nuestras ondas.

Qué palabrero eres, Viejo. Bueno, les puedo contar a todos esos pajeros que me siguen que, para dejar de decir huevadas cuando hable de política, he empezado a estudiar por mi cuenta. Estoy leyendo todo sobre cómo y cuándo surgió la derecha y la izquierda en el Perú.

Putamadre, ya era hora de que leyeras un poquito para que des tus opiniones con una basatura sólida. Porque te diré que yo me declaro maoísta en un punto muy concreto, pontificó Groover; y es en el siguiente. Los televidentes podían oír las hojas de un libro que Groover manipulaba detrás de su cámara siempre apagada. Tengo aquí un libro de la edición de Pekín del año 72, Citas del presidente Mao Zedong. Este libro ha circulado mucho aquí, de modo que te cito esta edición, página 244. ¿Qué dice Mao? Dice: ‘Quien no ha investigado no tiene derecho a hablar. Aunque esta afirmación mía ha sido ridiculizada como empirismo estrecho, hasta la fecha no me arrepiento de haberla hecho; al contrario, sigo insistiendo en que, sin haber investigado, nadie puede pretender el derecho a hablar. Hay muchos que apenas descienden de la carroza comienzan a vociferar, a lanzar opiniones, criticando esto y censurando aquello, pero de hecho todos ellos fracasan sin excepción porque sus comentarios o críticas, que no están fundamentados en una investigación minuciosa, no son más que charlatanería’. Eso decía Mao. Amén.

¿Quién? ¿Meao? ¿Quién será ese huevón, viejo lesbiano? Usted siempre me saca nombres raros para apantallarme, dijo Eva y se secó otro vaso de vino. ¡Ay, qué rico! Así me gusta mi vino, heladito.

Así, chupa, chupa, tienes que darnos chow, ah, exigió Groover. ¿Y qué sabes hasta ahora de la derecha y la izquierda?

Ah, ya, bueno, como le decía, dijo Eva, entusiasmada, he aprendido que la derecha nació en la guerra de independencia contra los realistas. Ellos eran de derecha, Viejo.

¿Quiénes?, se sorprendió Groover.

Los realistas, pues, los realistas. Ellos fundaron el partido de la derecha bruta y achorada en el Perú. Eva coronó su comentario llenándose el vasito de vino.

Mira la huevada que hablas, se carcajeó Groover. O sea que la derecha nació con los realistas. ¿Y la izquierda?

La izquierda ya existía, Viejo. La izquierda nació con los incas. ¿No ve que ellos eran colectivistas? ¿O sea comunistas? Vivían en comunidad. Los incas fundaron el partido comunista antes de que vinieran los realistas brutos y achorados, expuso Eva con determinación. Y todavía sigo leyendo más. Quiero hacerme una experta en el tema político para que nadie me refute mis opiniones.

¡Ahhhh, ahhhh! Groover estaba a punto de colapsar. No podía comprender que una sola persona pudiera decir tantas huevadas de un tirón y dándoselas de culta para concha. Puta, Eva, si hablas cojudeces leyendo, ¿cómo sería si estuvieras en un estado de pura brutalidad?

Ay, usted solo me critica, viejo lesbiano. A propósito, ¿ya se cambió de pañal? Jus jus jus, rio Eva.

 Ya, chupa, nomás, cojuda, danos más brutalidad, más cojudeces.

***

Toc, toc, toc. Era la puerta del cuarto de Eva.

Eva, Eva, estás gritando, baja la voz, carajo. Era la exigente y rigurosa voz de la veterana madre de Eva.

Mamá, no jodas; estoy trabajando, putamadre, gritó Eva. Iba ya en las postrimerías de su segunda botella de vino.

¿Trabajando?, insistió la señora, estás gritando, cojuda. Tu papá necesita descansar. Mañana tiene que levantarse temprano para ir a trabajar.

¿Trabajar?, dijo Eva, sarcástica. Sus padres eran muy mayores; hacía tiempo que habían pasado los ocho cheques. Apenas si podían moverse. Ya está viejo; qué va a trabajar ese huevón. No jodas, pues, mamá.

Tiene que trabajar, pues, cojuda, ¿cómo crees que pagamos las cuentas? ¿Crees que el internet que usas para emborracharte se paga solo? Tu papá, con sus ochenta y tantos años, todavía tiene que ir a la oficina.

Ay, mamá, yo también estoy trabajando. Me están pagando por emborracharme en vivo. Deberías estar orgullosa de mí, y lo único que haces es quejarte y venir a interrumpirme. No me dejas crecer profesionalmente. Cierren bien la puerta de su cuarto y no me jodan.

Los televidentes del programa de Groover, mejor conocidos en el mundo de las redes sociales como Los Dibujitos, disfrutaban de la discusión entre Eva y su mamá ya que el productor, Groover, en lugar de haber silenciado el micrófono de Eva, le subió todo el volumen. Quiso registrar hasta el más mínimo susurro. Esta situación fue similar a la vez en que Groover maximizó la imagen de la cámara de Eva, cuando esta, en un programa anterior, por lo borracha que estaba, defecó en una esquina de su cuarto, sin haber tomado la precaución de apagar la cámara. Groover se solazó maximizándole el culo y la panocha.

¿A emborracharte le llamas trabajar? ¿Quién es el maldito que te paga para que hagas esa clase de trabajo? Eres una ladina, eres una caradura.

Ya cállate, mamá. Viejo, ¿en qué estábamos?

Putamadre, ¿dónde está tu profesionalismo, carajo, Eva?, dijo Groover, sardónico. Yo te pago para que des un buen chow y te vienen a interrumpir. ¿Dónde estamos? ¿Qué se habrá creído tu vieja para interrumpir así el programa? ¿Que acaso no ve que tienes miles de seguidores impacientes por verte y oírte?

Sí, pues, mi vieja es una mierda, gritó Eva, quien creía estar hablando con un tono de voz neutral cuando en realidad su borrachera le impedía darse cuenta de que todo el vecindario, en especial sus ancianos padres, martirizaban sus oídos con sus destemplados desafueros.

Ya me cansé, muchachita de miércoles, dijo la madre, tratando de tumbarse la puerta del cuarto de Eva.

No hagas fuerza que te vas a morir de un infarto, mamá. Con todos los kilos que tienes encima, se te va a parar el corazón. Y luego yo no me voy a estar haciendo cargo, ah.

Te voy a sacar la mierda, hija de puta, dijo la señora. Ábreme la puerta. A mí me vas a respetar, carajo. Abre, abre. La desvencijada mujer golpeaba la madera con toda la indignación que le causaba tener una hija tan desconsiderada como la legendaria musa de la Brutalidad: Eva.

Cojuda, se me acaba de ocurrir una idea de la putamadre, en la que saldremos ganando los tres: mi canal de Kick, tu mamá y tú, dijo Groover.

Eva, que estaba apoyando su peso contra la puerta de su cuarto para evitar que su madre se la tumbara y le sacara la mierda, contestó: Métete al culo tu idea, viejo lesbiano, ¿no ves que mi vieja se ha vuelto loca?

Uno de los dibujitos del programa comentó: Oye, terruca, ¿por qué tratas así a tu madre? Respeta a tu viejito que todavía trabaja para darte todo.

¿Qué hablas, huevón?, se indignó Eva. ¿Crees que porque mi papá, con sus ochenta años, sigue trabajando para mantenerme yo le debo algo? Nada que ver. Estás mal de la cabeza. ¿Para qué me tuvo, pues? Que se joda. Si traes una hija al mundo, tienes que ver por ella hasta el fin de tus días.

Qué bonita manera de pensar, Evita. No esperaba menos de ti, dijo Groover. Pero te cuento…

La madera de la puerta de Eva empezó a gemir como si se la estuvieran culeando: la mamá se había recostado sobre su superficie, y su inmenso peso le estaba ganando la batalla a las esmirriadas fuerzas de su hija.

Hable rápido, pues, viejo lesbiano, ¿no ve que la pesada de mi mama está a punto de sacarme la mierda?

Vamos a cortar ahorita la transmisión y el próximo fin de semana, en un ring de box, tu señora madre y tú se van a agarrar a guantazos. Vamos a transmitir por mi canal de Kick esa pelea. En el cuadrilátero, se van a decir sus verdades a puño limpio, y la ganadora se llevará un rico premio en dinero.

Los dibujitos celebraron el anuncio. El ciudadano de estos tiempos, como los romanos de la antigüedad, caían rendidos ante un buen espectáculo de sangre.

***

Gracias al apoyo de su socio PelHambre, exitoso empresario de las apuestas del bitcoin, Groover pudo levantar un colosal ring de box, iluminado por unos rocambolescos juegos de luces controlados desde un centro inteligente que estaba listo para transmitir para sus seguidores la gran pelea entre Eva y su principal saboteadora, su mamá.

Para el evento, se había alquilado el viejo Coliseo Amauta, en Lima, y Groover se había forrado con las entradas. Si uno quería ver cómo se volaban las muelas y se tironeaban las mechas madre e hija, debía pagar entre cuarenta y cien dólares.

Bienvenidos al evento central de esta Noche Morada, anunció Groover cuando llegó la hora de la pelea estelar: Eva contra su madre. Con esta contienda, le estaremos poniendo punto final a una noche que sé que ha sido muy grata para ustedes, una noche que me recuerda a aquella noche en que mi líder Alan García regresó de su exilio dorado parisino para volver a tomar las riendas de nuestro convulso país, recitando para ello las inolvidables líneas de Calderón de la Barca que decía…

Se escucharon unas pifias. La gente no quería más floro. Antes de cada una de las peleas preliminares, Groover se había mandado con unos largos soliloquios que disminuían el esperado rating. La gente quería ver el desenlace de una historia de amor y desamor, quería ver un fin sangriento.

Millones de adolescentes vivaban por Eva, por alguien que les sacara la mierda a esas madres castrantes y castigadoras, a esas señoras que les decían todo el tiempo que eran unos inútiles de mierda, unos buenos para nada, madres que se negaban a jugarles un centrito para salir con sus flaquitas o sus flaquitos.

Y, del otro lado, estaban los millones de madres que apoyaban a la mamá de Eva. Por intermedio de ella, querían vengarse de esos hijos sangrones que se aparecían en los eventos familiares solo para picar comida, de esos hijos que pasados los cuarenta todavía seguían succionándoles plata y cariño sin siquiera darles un mínimo agradecimiento, de esos hijos que querían el desayuno en la cama servido a la hora.

Que se saquen la mugre de una vez, gritaban desde la tribuna las gentes sedientas de violencia y sana justicia.

Vamos, Eva, vivaban los jóvenes.

Vamos, mamá de Eva, vociferaban, como diría la misma Eva, las madres cacheras del Perú.

Eva y su madre, cada una por su lado, hicieron un ingreso estrambótico y enloquecedor. Eva vestía una trusa azul; su madre, una señora de más de ochenta años, un pañal rojo. Ambas llevaban guantes que lucían inmensos en sus esmirriadas manos, guantes forrados con lija de construcción para propinar severos raspones al rozar la piel.

***

El referí estaba a punto de dar la señal del inicio de la pelea y Groover, el maquiavélico organizador del evento, se lo sabroseaba en su asiento. Ateo como era, rezaba para que el combate terminase en un cruento empate: muerta la madre, muerta la hija, con harto sangregorio, y mucho chow del bueno dejado como muestra de su desprecio para la posteridad de la humanidad.  

Sin que el propio Groover lo viese venir, con la agilidad de una rata que esquivaba los certeros escobazos que pretendían eclipsarle la vida, se trepó en el ring el streamer KristoRata. Llevaba puesto el mismo short con el que había sido vencido por su rival Kañita de Pescar en la primera edición de la Mecha de Streamers, organizada a su vez por un conocido streamer que se injertó pelo de la zona púbica en la cabeza para no quedarse calvo.

KristoRata quería ganar algo en su vida, como si no hubiera sido suficiente que ya haya ganado notoriedad y mucho dinero en un Perú que premiaba a sus más conspicuos huevones antes que a sus vástagos más ilustrados.

No voy a permitir que una señora de esta edad pelee, mucho menos con esta persona que no merece llamarse su hija. Hazte a un lado mamita, le pidió KristoRata a la mamá de Eva, yo me voy a encargar de poner en su sitio a esta vaga que te ha estado chupando la sangre desde que nació.

La madre de Eva, que era una mujer que cuando se comprometía con una causa iba hasta el final, miró directamente a los ojos del famoso streamer y le dijo: Fuera chuchetumare; esa vaga es mi hija y la única que puede sacarle su mierda soy yo, su madre, así que vete a la mierda. Y de un furibundo izquierdazo logró lo que Kañita de Pescar no pudo: noquear a KristoRata.

La multitud se enardeció. Volaron muchas botellas de cerveza en señal de respeto por el coraje de la anciana. Ya quisiera que así fuera mi madre, decían muchos.  Esta señora no se anda con huevadas, murmuraban otros.

Gracias a semejante despliegue de poder y contundencia, varios de los adeptos de Eva se pasaron a las filas de su señora madre. Ahora era ensordecedor el aliento dedicado a la octogenaria.

***

Entonces el referí no demoró más el comienzo. Eva y su madre chocaron los puños en honor al juego limpio. Empezaron a medirse lanzando fintas. Tanteaban el terreno. Se estudiaban. Buscaban el vacío en la defensa opuesta por el cual pudieran conectar un deleterio izquierdazo o un fulminante derechazo.

Un poderoso remezón musical resonó por todo el auditorio y las gladiadoras volvieron a desconcentrarse. Era la fanfarria que anunciaba el ingreso en la lona del presidente de Colombia, Gustavo Petro. Su visita se debía a las virales declaraciones que había vertido Eva sobre el gobierno peruano y su desidia para con la limítrofe isla Santa Rosa.

Si el Perú tiene olvidada a esa isla, si no la usa para nada y la mantiene en la pobreza, que se la dé a Colombia, pues. Si yo viviera ahí, y veo que las zonas cercanas que le pertenecen a Colombia viven mejor, me hago colombiana. Que me den oro y me hago colombiana. Ni cagando me quedaría donde me tratan mal.

Eso dijo esta pensante muchacha, dijo Petro, abriéndose paso entre las dos mujeres, luego de haber reproducido el clip viral con las declaraciones que Eva vertió en uno de los programas de Groover.

Gracias a esas declaraciones, los peruanos de esa isla recapacitaron sobre el olvido en que los tienen y han elevado su voz al gobierno de la presidenta Boluarte para pasar a ser colombianos. He venido a agradecerle a esta influencer peruana, Eva, que haya expresado de corazón su sentir, el cual se puede resumir muy bien en: si no utilizas algo, cédelo, regálalo.

Petro le pasó el micrófono a Eva para que ratificara sus palabras.

, dijo Eva, yo apoyo que esa isla sea de Colombia, ya que la cachera de la presidenta la tiene abandonada y sin usarla. No la usa, carajo.

Ahí quédese, dijo Petro, ahí quédese.

Eva detuvo sus palabras ahí. Con el rostro sorprendido, miró al presidente colombiano, quien apenas le llevaba una cabeza de ventaja. Eva, desubicada como siempre, no sabía que estaba ante el mismísimo presidente colombiano. Se figuró que era un advenedizo más, un perdido, un inopinado, un espontáneo a lo Augusto Ferrando, alguien que quería chow.

En Colombia, necesitamos más propuestas como la tuya, Eva. Por eso hemos venido a colombianizar tu cerebro, ya que es algo que no usas. Tu cerebro es como la isla Santa Rosa y tú como el gobierno peruano. Lo tienes descuidado, no lo irrigas, no lo cultivas, ni siquiera sabes hablar inglés y te consideras profesora. Entonces, como ese cerebro está limpiecito, sin mantenimiento, yo, Petro, lo pido para Colombia. Aquí está tu oro.

Eva recibió con la boca abierta un pequeño saquito de monedas.

Y, ahora, por favor, acompaña a nuestro médico a la sala de operaciones. Desde hoy, nuestra querida Colombia se hará de un cerebro nuevo que sí será cultivado en las ciencias y en las artes como es debido.

Eva fue sacada del ring y llevada a una sala de operaciones.

Groover se había quedado sin chow.

La putamadre, este terrorista de mierda me ha cagado mi pelea. Esto no se queda así. Síganme las cámaras, carajo, ordenó Groover, llevándose sus cámaras a la sala de operaciones. El unboxing del cerebro de Eva le daría las vistas que necesitaba porque, como dijo Woody Allen, el cerebro era su segundo órgano favorito después de su pichulita.


domingo, 22 de abril de 2012

Morirás mañana 3: Escupirán sobre mi tumba

Lo que Jaime Bayly se ha propuesto con su trilogía: Morirás mañana (El escritor sale a matar, El misterio de Alma Rossi y Escupirán sobre mi tumba) es, creo, ridiculizar cualquier patriotismo, desenmascarar a la gente afectada de puritanismo y moralina, desestabilizar las instituciones religiosas y gubernamentales, decirle al mundo que nadie es perfecto. Lo que Bayly propone a través de sus novelas, sobre todo en esta trilogía, es Acabo de leer la tercera entrega de su trilogía: “Morirás mañana 3
: Escupirán sobre mi tumba” y, si uno ha leído las anteriores entregas, intuye más o menos el final de esta última, por lo que aquello que dice el fajín con que la venden (El sorprendente final de una trilogía marcada por el odio y la venganza) resulta no muy cierto. Cierto es, en cambio, que Bayly es un maestro cuando maneja la ironía y el sarcasmo, lo cual hace que hace de sus historias verdaderas fuentes de sonoras carcajadas. En esta última entrega, Javier Garcés, afamado escritor peruano, se encuentra en Argentina, país que siente suyo y al cual piensa efectuarle una urgente desratización cuando elimine a cinco seres que, en el pasado, le infligieron no pocos desaires: Lola Repeto (mujer fea, malvada, traidora e intelectualmente vanidosa. Dueña de la librería Esplendor. Desde que Javier Garcés rechazó sus ofrecimientos amorosos, ella decidió quemar todos sus libros de sus escaparates), Carlos Cacho Legrand (Truculento y famosos periodista de la televisión. Enano, calvo, de nariz puntiaguda. Le preguntó a Garcés, durante una de las emisiones de su programa televisivo, si fue él quien mató a Anita Casán, una presentadora de televisión y cocainómana de cuidado), Agustín Burdisso (Dandy, heredero de una cuantiosa fortuna, dedicado a reunir a la crema y nata de la sociedad bonaerense en su restaurante. Cuando ofreció una cena en honor a un escritor recientemente premiado, propició que Garcés corriese con todos los gastos, los cuales ascendieron a 1,500 dólares), Nico Oyarbide (Famoso actor y marica conocido que estafó a Garcés pidiéndole 50,000 dólares para hacer un documental sobre la vida del escritor. Nunca se los devolvió y nunca hizo el documental) y un viejo notario flatulento (vecino de Gárces en el edificio en el que vive que lo atormenta con sus ruidos pedorros, con sus meadas y eructos). La narración del capítulo 15, sobre el incidente que protagonizó Conchita, la abuela de Lola Repeto, cuando llevó su prenda íntima cagada envuelta entre los suplementos de espectáculos y bienes raíces del diario La Nación, no reviste mayor trascendencia para el conjunto de la historia. No es más que una historia que añade una dosis de comicidad al libro. Esta novela está repleta de historias que siempre incluyen al sexo, al igual que la vida misma. Todos os personajes están ligados al sexo o son adictos al sexo (Burdisso es un afamado dandy que, con parte de la plata que heredó fundó un restaurante para llamar la atención dentro de la sociedad y hacer un casting de los 40 mozos más apuestos cuyas funciones, una vez contratados, consistirán en tirarse a Burdisso). Bayly viste a sus personajes con los defectos y actitudes que consiguen irritar a cualquier persona mínimamente educada. El autor propicia el ambiente necesario para convertir al lector en entusiasta cómplice de los homicidios que Garcés se ha propuesto llevar a cabo. En el capítulo 21. Garcés da cuenta de los tres amoríos más o menos memorables que sostuvo en Argentina. Valentina, menciona, fue la mujer que más lo atrajo después de Alma Rossi. Al margen de la cuidad y divertida prosa de Bayly, uno percibe que él arma la trama de su historia a medida que la va narrando –lo cual es perfectamente válido- , que no estructura previamente el argumento en sus detalles. Lo digo porque en el capítulo 6 relata que Garcés tuvo un encuentro casual con Nico Oyarbide en un restaurante alemán, en la esquina de Libertador con Alem. En el capítulo 21, cuenta que en ese mismo restaurante se citó con su ex amante Valentina. El autor no hace referencia, en ninguno de esos dos capítulos, a esta coincidencia de lugares, sabiendo que Garcés posee una memoria poderosa para recordar episodios relacionados a sus enemigos. En el capítulo 28, Garcés relata el encuentro accidental que tuvo con Borges y su entonces asistenta María Kodama en Buenos Aires. Si bien el relato es encantador y noticioso, e inspira a profundizar en la lectura de los libros de Borges, no aporta nada a la historia en sí. Esta grata anécdota, por otro lado, ya la había publicado Bayly en una de sus columnas en el diario Peru 21. En esta novela, existe una manía de Bayly con los perros, quienes merecen el desprecio de Garcés: Lola Repetto tiene su perra Benita, la conocida de la abuela de Lola también tenía una perrita de tamaño ratonil, Nico Oyarbide tiene un labrador enorme y baboso llamado Calígula. En la página 131, Bayly escribe “…antes o después de matarlo…”. Esta construcción está mal hecha pues lo correcto debiera ser “antes de matarlo o después de esto”. Equivocada también es aquella construcción muy recurrente en casos de posibles fenómenos telúricos: ”antes, durante y después de un sismo”. Los relatos de Bayly son siempre entretenidos. En el capítulo 33, a la vez que Garcés da noticia sobre sus hábitos alimenticios en un restaurante regentado por una madre e hija alemanas, refiere un hecho histórico acaecido en las vecindades de ese establecimiento: la captura del nazi Adolf Eichmann, quien fuera deportado a Israel para ser ahorcado, luego de un juicio, por delitos de lesa humanidad. El capítulo 35 es, al menos para mí, el más desternillante. Bayly retrató, con la fidelidad con la que podría hacerlo el lente de una cámara moderna, el cinismo más logrado y la desfachatez en su más puro estado. A pesar de algunas escenas que no aportan mucho a la trama de la historia, pero que están bien narradas y son, por sí solas, interesantes, Bayly logra capturar la atención del lector, lo cual provoca que el libro se escriba de un tirón. El que a Garcés se le escurra constantemente Cacho Legrand, propicia que el lector se convierta en su secreto aliado quien, al lado de Garcés, disfruta con sus arriesgadas ideas para llevar a cabo sus matanzas.

viernes, 20 de abril de 2012

Crónica de San Gabriel

Según confiesa el propio Julio Ramón Ribeyro en el proemio de su libro “Crónica de San Gabriel”, ésta -su primer trabajo novelístico- lo escribió durante los primeros meses del año 1956, en su estadía en la gélida Munich, Alemania. Cuenta que, a causa del excesivo frío del ambiente y de que desconocía el idioma alemán, se encerró en su minúscula habitación en donde, aburrido, decidió dar rienda suelta a su imaginación, creando lo que sería su primera novela, echando mano para este propósito de sus recuerdos de un viaje a las serranías que efectuó en su adolescencia. En el transcurso del tiempo que le tomó escribirla, solamente tuvo sentidos para la historia que plasmaba, seguramente volviéndose insensible al malévolo frío que pugnaba por envolver su magro cuerpo. El escritor fue presa de un “etat second” (segundo estado), el cual se refiere al momento de abstracción de la realidad que experimenta un artista para enfocarse, única y exclusivamente, en un determinado trabajo. Julio Cortazar confesó, en algunas ocasiones, escribir sus novelas solamente cuando se encontraba en este “etat second”. Al cabo de tres meses, “Crónica de San Gabriel” estaba terminada, al igual que la temporada gélida. En ese tiempo, Ribeyro escribiría 20 de los 24 capítulos con los que cuenta la novela. Los 4 restantes los culminó dos años después. Luego de publicada, “Crónica de San Gabriel” le permitiría a su autor ganar el Premio Nacional de Novela. Bastante alentador y promisorio para ser la primera novela de un escritor, ¿no? Claro, Ribeyro era escritor de cuentos, y había obtenido cierta notoriedad con sus primeros cuentos, pero un experto cuentista no necesariamente es un avezado novelista. Sinceramente, no he encontrado los elementos necesarios en “Crónica de San Gabriel” que me hayan hecho decir: “¡Qué tal novela! Merecía ganar un premio”. Quizá, el maestro Ribeyro tuvo, en el jurado, algunos amigos generosos. La primera novela de Julio Ramón narra las pequeñas historias que cuenta, en primera personas, el personaje principal del libro: Lucho, un adolescente limeño que es enviado, por su tío Felipe, un mujeriego de polendas, a pasar sus vacaciones en una hacienda de las serranías trujillanas: San Gabriel. Sin ser injusto, confieso que la historia me atrapaba por momentos, creaba ciertos momentos en los que esperaba desenlaces que conllevaran a otros más decisivos e interesantes. Sin embargo, las intrigas y atómicos misterios, pobremente construidos, que van destruyendo la otrora próspera hacienda San Gabriel, no llegan a tener el efecto cataclísmico y demoledor de una verdadera novela. No intento decir con esto que esperaba que “Crónica de San Gabriel” fuese una novela de suspenso. No. Simplemente, creo que una buena novela, al menos para mí, debe capturar al lector y llevarlo al éxtasis de un final que sea muy similar a una venida luego de una buena faena sexual. Repito: la historia es simpática e interesante, pero no me pareció merecedora de un premio. La historia cuenta las impresiones del muchachito limeño, Lucho, en un ambiente totalmente nuevo y diferente para él como es la sierra del Perú. La hacienda San Gabriel es propiedad de Leonardo, hermano de Felipe, quien difuminará, con su codicia y desidia, la buena reputación y prosperidad de su hacienda. En ella, Lucho encontrará una forma de amor a través de la escurridiza Leticia, único personaje que encuentro bien construido aunque bastante errático. En este retrato de la vida de una hacienda de la década de 1930. Los patrones, blancos en su mayoría, mandan sobre el resto: los yanaconas o sirvientes. Leonardo, además, posee una mina de tungsteno, la cual va perdiendo valor pues el mineral que extrae va en picada en el mercado. Lucho, para olvidar momentos agrios y tensos que tuvo con Leticia, decide pasar una temporada en la mina como trabajador. Leonardo le advierte que no vaya, que no es una buena idea, que ni siquiera él mismo que es el propietario de la mina se atreve a pasar largas temporadas. Lucho va a la mina en calidad de aprendiz de capataz. Allí conocerá de cerca las condiciones misérrimas en que viven los trabajadores mineros y la apatía y dureza con que los dirige un capataz, tan indio como los trabajadores. Como el título bien lo dice, esta novela es una colección de crónicas que se juntaron, a través del hilo conductor llamado Lucho, para tratar de contar una historia más o menos interesante. No me aburrí leyendo el libro, por el contrario, quedaron en mi mente imágenes imborrables de las que fui testigo a medida que Lucho se internaba en los contubernios que destripan la bonanza y alegría de la hacienda. Cuando se disponga a recorrer las líneas que componen este libro, se topará con una variedad de personajes y encontrará que aquello que tienen en común estos tipos es una locura que se ha incubado en cada uno de ellos y que irá medrando con el correr del texto. Quizá, como el propio Lucho lo reconoce, el único personaje cuerdo en la hacienda es Jacinto, hermano menor de Leonardo y Felipe, que vive recluido en su habitación, saliendo de cuando en cuando a cumplir algunas faenas propias del campo, y que toca la mandolina y lee –o destruye, según su estado de ánimo- libros de electricidad. Con su autoimpuesta reclusión, Jacinto parece haber erigido una muralla de concreto, notas melódicas y números de física contra aquella locura que se va apoderando de San Gabriel. Lucho, quien se convierte en el único compañero de charlas de Jacinto, percibe en las declaraciones de éste toda la cordura y sensatez que son exiguas en la hacienda y, por qué no, en todo aquello que lo rodea. Otro personaje confinado al olvido y que, según propia descripción de Lucho, se asemeja más a un muerto que a un vivo es la antiquísima señora Marica quien, a pesar de sus pocas apariciones en la novela, dejan una huella de tristeza, espanto y conmiseración en el lector. En “Crónica de San Gabriel” podrá encontrar historias de infidelidades, de los primeros escarceos o roces amorosos entre la muchachada adolescente que está emergiendo de la niñez en un ambiente tan pintoresco como San Gabriel, historias de muerte y perfidias. En fin, un conjunto de pequeñas situaciones explosivas que no llegan a generar la gran detonación que yo esperaba.

sábado, 14 de abril de 2012

El monstruo sagrado - Edgardo de Habich


La editorial Populibros Peruanos publicó, hace ya mucho tiempo –no coloco el año de publicación porque éste no figura en el ejemplar que poseo- el libro «El monstruo sagrado» del autor nacional Edgardo de Habich, quien es descendiente de aquel Habich que tuvo a su cargo la dirección de la Escuela de Ingenieros allá por los años de 1870.

«El monstruo sagrado» relata la historia de un joven de 14 años, Carlos Gómez, alumno mediocre pero feliz en lo tocante a su vida amical, pues disfruta de la libertad que proporcionan la compañía de los amigos, en especial, la de su amigo Juan, el Grande, el Fuerte, con quien, a pesar de su edad, todavía disfrutan de jugar a las canicas.

Carlos Gómez era un chico trigueño, de clase media, cuya madre no contaba con un trabajo fijo. Cierto día, para regocijo de su madre, aparece en el modesto hogar su maestro de Historia, el señor Augusto Peter, hombre de encarecido linaje, cuya ascendencia y él mismo hervían de títulos nobiliarios. Su vida laboral no solamente se limitaba a impartir clases de Historia en el colegio de Carlos sino que, además, poseía una vasta carrera diplomática. Pertenecía, por tanto, a la clase dominante del país. Era miembro del selecto círculo compuesto por todos aquellos que poseen dinero y poder, lo cual le confería el exclusivo privilegio de hacer lo que le viniese en gana.

Carlos quedó muy admirado e intrigado de que semejante personalidad se hubiese atrevido a posar las diplomáticas suelas de sus zapatos en el piso de su rústico hogar. Pensó que el propósito de la visita de ese excelso maestro era contarle a su madre acerca de sus pellejerías, travesuras y arrestos en la escuela. Estaba equivocado. El egregio profesor había visitado su hogar para ofrecerse como su tutor particular, ofrecimiento que tuvo gran y agradecida acogida por parte de la madre de Carlos. El también ministro de algunos gobiernos le ofrecía a Carlos la carrera de secretario: «-¡Vamos, señora, vamos; no es tanto!... Apenas la posibilidad de que, aprendiendo un poco, de aquí a unos años el muchacho llegue a ser mi secretario… ¿Te gustará eso, Carlos?»

Las clases particulares se desarrollarían en el «palacete» del maestro durante una hora, los cinco días de la semana.

Don Augusto Peter era un descendiente de los Peterson, hombres de noble linaje, de cuna extranjera, que se afincaron en el Perú luego de haber cercenado su apellido a Peter. Don Augusto era un hombre que poseía un sinfín de influencias, vivía en un boato digno de las familias más poderosas del país. Sus conocimientos eran verdaderamente oceánicos. Profesaba una profunda admiración por la cultura helénica.
En más de una ocasión le dijo a Carlos que la gente de hoy en día no entiende ciertas formas de amor y querencia que en otros tiempos y en otras culturas eran bien vistas, al menos, no juzgadas. Entre líneas, el obeso y pingüe erudito se refería al amor homosexual. Esto Carlos fue descubriéndolo durante los diez años que permaneció al servicio del doctor, el cual lo trataba casi como a un esclavo. No se menciona en el libro, pero se puede interpretar que, durante aquellos largos años, que convirtieron al púber Carlos en un hombre de 24, el maestro Peter sostenía relaciones sexuales con su prohijado, algo que tenía sumido a Carlos en la más profunda depresión.

Uno de los primeros trabajos que Carlos desempeñara como secretario de Peter era firmar los cientos de documentos e infolios que éste tenía que revisar y leer como parte de su labor en los consulados. La falsificación de la rúbrica era consentida por el maestro. Carlos pudo conocer de cerca las turbiedades dentro de las cuales las vidas profesionales e íntimas de los más poderosos personajes del país discurría. Nadie se daba cuenta de los «pecados» del ilustre pedagogo; solamente Carlos guardaba para su ser los vejámenes a los que era sometido. Y, por si acaso, no quiero decir que el ser homosexual sea un pecado, sino más bien el hecho de coaccionar al prójimo para hacer algo que éste no desea hacer.

Durante los diez años de pertenencia exclusiva de Carlos a Peter, éste le ha comprado los mejores trajes y le ha provisto de libros y conocimientos a los que un chico de su condición social jamás hubiera accedido. Además, gracias a sus influyentes contactos, le consiguió un buen trabajo a la madre de Carlos, lo cual provocaba que ella abriese la boca solamente para desparramar elogios y encomios hacia la imponente e importante figura de don Augusto Peter.

Muy bien cogido de las bolas tenía el excelso don Augusto, diplomático de fulgurante carrera, a su secretario Carlitos para evitar que éste, cansado de los abusos y humillaciones, lo denunciase ante las autoridades. Tarea imposible porque, en primer lugar, su maestro tenía compradas a las autoridades, quienes jamás actúan en contra de los ricos, sino a favor de ellos y su dinero. En segundo lugar, porque nadie le creería a Carlitos que el magnífico don Augusto era un «maricón». Tercero, porque don Augusto contaba con irrefutables pruebas de que su secretario era un usurpador de identidad y falsificador de firmas que, aprovechándose de la nobleza de su benévolo instructor, cobró dinero y autorizó infinidad de documentos. Todo lo tenía muy bien planeado, don Augusto. Al pobre Carlos no le quedaba más alternativa que resignarse a ser poseído por su maestro por un tiempo indefinido.

En cierto momento, don Augusto es nombrado embajador del Perú en Portugal. Carlos es llevado con él. En una recepción, Carlitos conoce a una bella mujer, compatriota suya, con la que se imagina casado y alejado para siempre de su pérfido maestro. Éste, enterado de las intenciones de su alumno y «esclavo», propicia un acto humillante frente a la chica que corteja.

De regreso en el Perú, Carlos se ve obligado a hacer justicia por su propia cuenta. Nadie estará de su lado. La justicia, la prensa y el orbe en general están siempre del lado de personas semejantes a don Augusto, a quien, luego de haber desempeñado funciones diplomáticas en Portugal, es destacado a Bolivia. El señor Peter le comunica de este viaje a Carlos quien se niega a seguir bajo sus órdenes, lo cual no constituía motivo suficiente para que don Augusto lo soltase. Por el contrario, de no seguirlo, lo amenazó con denunciarlo de homosexual y, además, falsificador de firmas y desfalcador. Todo jugaba a favor del ilustre maestro.

La atribulada historia de Carlos llegará a su fin cuando, en un paseo en el automóvil de su maestro, con él como copiloto, decide desviarse del camino y estacionarse en un descampado. Un disparo y un pedrón acabarían con la vida de su oscuro torturador. A los pocos días, Carlos es capturado –no hizo nada para huir-, iniciándose un proceso judicial que, a pesar de la vehemente defensa que realizara su abogado, es condenado a 20 años de prisión. Carlos se siente feliz pues al fin es libre. Ha estado realmente encarcelado durante 10 años, fue un verdadero prisionero durante ese tiempo y la cárcel que ahora le será impuesta la considera mucho menos tortuosa que la asquerosa historia que ha vivido.

Dos frases en el libro parecen justificar, o explicar, el acto criminal –quién podría juzgarlo menos o más criminal que aquellos que le fueron perpetrados por su dizque maestro- cometido por Carlos. La primera: «Ya un escritor ha dicho que “es difícil saber en esencia quién es criminal y quién no”, ya que “para saberse incompatible con el crimen hay que haber sufrido lo peor, la más terrible afrenta, la más baja ignominia, del ser al cual se odia”…» (página 151). La segunda: «“Todos somos asesinos”, enunció André Cayatte, a más director cinematográfico, jurista galo. Para quien la existencia corre de forma ordenada y jamás lo ha colocado frente a la circunstancia adversa, es fácil negarlo.» (página 152).

El relato hecho por Edgardo de Habich es de una buena calidad y provoca que la historia se lea de un tirón. Es amena y la prosa muy bien cuidada. Resaltan muchas palabras cultas y arcanas que el lector agradece pues le ayudarán a enriquecer su léxico. Este relato podría muy adaptarse muy bien a un guión de cine o a una puesta teatral. Por algo, esta novela le mereció a de Habich la categoría de mejor novelista diplomático. Hay que considerar que esta historia de sangre y formas prohibidas de amar fue publicada en la década del 60, cuando en Lima no era muy frecuente leer este tipo de novelas.

Ha sido un grato hallazgo este librito, el cual compré en la librería a la que suele concurrir con enfermiza periodicidad en el jirón Quilca, lugar que me queda a un tiro de piedra de mi hogar.