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jueves, 28 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 29: Hijo extorsiona a su padre para que le pague la universidad

 

José Eulogio acababa de ingresar a una prestigiosa, aunque costosísima, universidad peruana. Estaba muy feliz. Se trataba de uno de los centros educativos particulares de más difícil acceso no solo por la cuestión económica sino también por la dificultad que presentaba su examen de ingreso. Solo aquel que se preparaba a conciencia ingresaba.

Contentísimo por su logro y confiadísimo por la seguridad que le daba la firme convicción de que él, como hijo, había cumplido con creces su deber académico -pues había ocupado nada más y nada menos el segundo lugar en el examen de admisión-, llamó a su padre para comunicarle la grata noticia y, por supuesto, solicitarle el debido apoyo para el pago de la matrícula y las pensiones.

José Eulogio se había privado de fiestas, de salidas al cine, de paseos campestres los fines de semana, para convertirse en un flamante universitario, futuro profesional de provecho. Estaba seguro de que su padre, allá en los Estados Unidos, en uno de los barrios más miserables de Newark, hincharía el pecho al enterarse de la buena nueva.   

Aló, papá, dijo José Eulogio.

Aló, ¿sí?, tartamudeó Groover. Eran las nueve de la noche en Lima, las diez en Newark. José Eulogio notó, por el tono de la voz de su progenitor, que algo no andaba bien con él.

¿Estás bien?, dijo el muchacho, tanteando el terreno, temeroso de toparse con algún exabrupto de su padre, pues, a pesar de haber crecido lejos de él, sabía que era un loco de cuidado.

¿Quién chucha habla? ¿Marly? ¿Eres tú, chuchetumare? ¿Otra vez vas a cantarme tu huevada de “eso, eso, eso, eso, eso, oh, solo el amor, eso, eso, eso, eso, eso, oh, siempre el amor”? ¿Otra vez vas a venir a joderme con que viva el sida y la puta de tu madre?, se exaltó Groover.

No, papá. Te habla José Eulogio, tu hijo. Llamaba para compartirte una gran noticia, dijo el joven. Hablaba despacio y con calma para brindarle cierta paz a la atribulada mente de su padre.

¿José? ¿José Eulogio? ¿Quieres chupar conmigo, José Eulogio? Putamadre, hijo, quiero contarte que estoy destruido. Las caza maridones cada día son más, son una plaga, y me están clavando puñales en la espalda. Por eso estoy tomando, hijo, para que les duela. Mientras más licor me meta al hígado, más les dolerá a esas caza maridones en su orgullo; caza maridones que se aúpan en despojos humanos como Marly, Montes o Cambrito -Cambrito por la conchasumadre, hasta dónde hemos caído-, solo para tener alguien que las peche, que las defienda. ¡Salud, José Eulogio! Mi hijo me dijiste que eras, ¿no?

Sí, papá; soy tu hijo.

Chucha, no sabía que tenía hijos.

Solo uno, papá, yo.

¿Y por qué no estas acá a mi lado, huevón? ¿Dónde estás? Vente a mi jato. Vivo aquí, nomás, en la calle Berger seis cuatro seis. Vente al toque. Todavía me quedan dos pavas y tres sick pack de Cuzqueñas importadas desde el Perú, cuñao.

Papá, se aclaró la garganta José Eulogio, yo vivo en Lima. Estoy estudiando aquí. Te quería contar que acabo de ingresar.

¿Ingresar? ¿Adónde? ¿Adónde has ingresado?

A la universidad, papá, respondió José Eulogio, procurando darles a sus palabras la nota justa de alegría que estaba conteniendo desde que hubo detectado que su padre estaba ahogado en alcohol y colocadísimo en marihuana.

Un silencio preocupante se tendió como una gruesa y mugre alfombra entre ambos celulares. El teléfono que Groover usaba estaba encriptado. Desde que se hubo refugiado en los Estados Unidos, protegía sus llamadas para que sus persecutores en el Perú no tuvieran idea de dónde o cómo localizarlo.

¿Papá? ¿Estás ahí?, palpó José Eulogio.

Putamadre, huevón, ¿tú crees que es fácil prender una pava y hablar al mismo tiempo? Deja que me prenda un toque, cuñao.

Se oyó una fuerte aspiración y una exhalación de disfrute y relajación.

José Eulogio creyó que ese era el momento de retomar la conversación sobre su ingreso.

Como te decía, papá, he ingresado a la universidad.

Ah, ya, bostezó Groover, demostrando así que le importaba un pincho la noticia de su hijo. Oe, puta, la huevona de Eva me ha pedido trescientos soles para pagar su internet, su luz, su agua. Jajaja, como si me la estuviera cachando. Y, encima, tengo que pagarle por dos vinos para que chupe en mi transmisión. Oe, cuñao, ¿cómo es tu nombre? ¿Javier? ¿Marly? ¿Montes?

José Eulogio, papá, me pusiste ese nombre en honor de uno de los mejores amigos de César Vallejo en el Grupo Norte, José Eulogio Garrido Espinoza, aquel a quien Vallejo le dedicó ‘Bajo los álamos’ de su poemario ‘Los heraldos negros’. Si hasta hiciste que me memorizase ese poema cuando tenía tres años, rememoró el joven. 

Ah, ya; oe, José Eulogio, ¿ya te suscribiste a mi canal de YouTube? ¿Ya te caíste con tres suscripciones en mi canal de Kick? Putamadre, cuñao, mi audiencia va subiendo como la espuma y con esa crecida también la plata que YouTube y Kick me dejan mes a mes. ¿Sabes cuanto saqué entre ambas plataformas?

Eh, no, papá, hace años que no me llamas para conversar, así que no sé cuánto dinero te dejan esas plataformas. Pero, vamos, cuéntame, ¿cuánto ganas transmitiendo?

Pero para qué quieres que te llame si yo hablo todos los días a través de mis multiplataformas. Basta con que entres cualquier día, a cualquier hora, para que me escuches y te enteres de mi vida. Putamadre, o sea que encima te tengo que llamar; qué tal concha.

Tienes razón, pa. Mala mía. Ahorita mismo me suscribo a tu canal. ¿Cómo se llama?, dijo José Eulogio.

Se llama Cuchillos Largos, y salimos por YouTube, Kick, Facebook y X de Elion Mask. Pero aguanta tu coche. ¿Qué dijiste?, interpeló Groover, destapando una botella de cerveza y soplándosela de un solo sorbo hasta casi más de la mitad.

Que cómo se llamaba tu canal.

No, cojudo, eso no. Lo otro. Eso de ‘mala mía’.

Ah, sí, es una expresión que se usa para reconocer un error.

¡Fuera, chuchetumare! Esa es una expresión que usan los alucinados para dárselas de pituquitos cuando no son otra cosa que patacalatas, cholos arribistas, como estoy seguro que eres. Otra frase que usan es ‘literal’; ‘literal esto’, ‘literal aquello’. Puta que me llegan al pincho cuando los oigo. La vez pasada escuché a esta huevona cachera de la Lobatón, en el programa del cabrilla de la Beto, hablando de la perra cachera de su vieja, diciendo que ella, ‘literal’, tenía la fuerza de un hombre. Putamadre, cojudo, yo casi agarro mi celular a patadas. Si esa puta dice que su madre ‘literal’ tiene la fuerza de un hombre entonces es porque de verdad su madre es un hombre. Por la conchasuabuela, ‘literal’ o ‘literalmente’ no se usa para exagerar, carajo. Se usa para indicar que lo que ocurrió, sucedió tal cual. Por ejemplo, la vez pasada escuché a una divorciada víctima de afecto de mierda, que a pesar de que ha pasado por los claustros universitarios, decir: ‘literal’ me morí de la risa. Entonces, te hubieras muerto, pues, cojuda. Ya no estarías con vida. ¡Por la conchasumadre, cómo me destruyen el idioma español que es tan bello! Groover había lanzado un furibundo puño contra la pared.

Tranquilo, papá; te prometo que no volveré a decir ‘mala mía’. Aceptaré mansamente mi condición de cholo desposeído, de joven patacalata.

Haces bien, cojudo. No hay nada que me joda más que la gente falsa, inhaló Groover.

Está bien, papá. Y volviendo al tema, me alegra mucho que te esté yendo bien en tu faceta de comunicador, dijo José Eulogio con desinteresada franqueza.

Claro, huevón, me está yendo de la putamadre. Solo para ti, que eres mi hijo, te voy a soltar este dato. Estoy facturando tres mil dólares mensuales. Entre YouTube y Kick, me estoy haciendo esa friolera. ¿Cómo la ves?

Estupendo, papá. Es una buena cantidad de dinero que te estas ganando con estar solamente sent… José Eulogio se detuvo a tiempo. Reformuló su frase para evitar que Groover creyera que menospreciaba su actividad, que solamente se ganaba la vida sentado frente a una computadora, con un rollo de papel higiénico en la diestra y una papaya que usaba para masturbarse en la siniestra. Es una buena cantidad de plata para hacerla desplegando tus conocimientos truncos de comunicación en la universidad y muy cómodamente desde tu casa.

Claro, pues, huevón, no me hizo falta terminar la carrera. Yo llevo la comunicación en la sangre. Soy un comunicador nato. No sé si has ido a la escuela de oratoria en la Casa del Pueblo. Si no lo has hecho, te exhorto a que lo hagas. Ningún hijo mío va a hablar como un Cambrito descamisado.

Sin tener idea de quién diablos era Cambrito, José Eulogio, que no era, como su padre, un orador de fuste, dijo: Sí, papá, lo haré. Creo que me caerá muy bien reforzar mis habilidades oratorias ahora que voy a empezar la universidad. José Eulogio había estado esperando esa precisa entrada para volver a inocular el tema de la universidad.

La universidad, la universidad, la universidad, remedó Groover. ¿No sabes decir otra cosa? Putamadre, yo conozco a varios huevones que han terminado la universidad y ahora dan pena. Ahí tienes a esa divorciada víctima de afecto, cuyo nombre no viene al caso, pero a quien llamaré Teresa, que estudió comunicaciones interplanetarias en una prestigiosa universidad y cuando le digo que entretenga a los descamisados mientras achico la bomba dos minutos, se queda callada, muda, se maridonea, me busca, me dice no sé qué decir. Puta, hasta las huevas, pues. Y mírame a mí, que no estudie ni pincho, y puedo entretener a miles durante horas con mi solo verbo, que puede ser flamígero por momentos o melifluo según las circunstancias, como cuando hablo con mi musa y amor imposible, la Caza Maridones Bafi. Y es que no se necesita ir a la universidad para lograr tus metas. Bukowski decía que lo que se necesita en la vida era beber, escribir y cachar. Yo, Groover, me cago en él y digo: se necesita vivir, leer y comunicar. A propósito, ¿qué libro estas leyendo?

José Eulogio no leía. Consideraba que los libros y la lectura eran algo obsoleto, en desacuerdo con la modernidad. Para qué iba a leer, digamos, La Riqueza De Las Naciones de Adam Smith, si se les podía preguntar a Chat GPT, DeepSeek, Perplexity, Copilot, que le dieran un resumen de diez líneas de ese libro de modo tal que luciera como todo un experto en la materia. Leer un mastodonte de mil páginas era una manera muy cojuda de perder el tiempo, era vivir decimonónicamente.

Últimamente no he leído nada, pá, porque me he estado preparando para el ingreso a la universidad. He estado trabajando con textos preuniversitarios. Y justamente por eso te llamaba, pá, porque he ingresado y para pedirte que…, dijo José Eulogio, dándole a sus últimas palabras el suficiente peso jubiloso para que su padre se contagiase también de la buena noticia.

Putamadre, ya me tienes huevón con tu universidad, lo interrumpió Groover. Mira, hasta has hecho que se me pase la borrachera, carajo. Ya, ladra, qué quieres decirme. Qué quieres pedirme, demandó Groover, hartándose de la llamada de su hijo.

Papá, aprovechando la buenísima noticia de que te está yendo bien con tu emprendimiento virtual, quiero pedirte que me ayudes con la matrícula y la primera pensión de la Universidad Católica, que es donde he ingresado. Son más o menos en total unos ocho mil soles. Y eso que he postulado a la primera escala y me la han aceptado, ya que dije que mi papá me abandonó cuando era niño. Así que, papi, solo pagarás ocho mil soles y ya los meses siguientes solo serán cuatro mil soles mensuales.

¡Fuera, chuchetumare! Seguro eres uno de los esbirros del pelao cabeza de pinga de Marly que me quiere ver cagao y hasta las huevas como él, ¿no? Habla, dime, cuánto te está pagando Marly para extorsionarme.

¿Extorsionarte? Solo te estoy pidiendo un apoyo para la universidad, papi.

¿Papi? Claro, como has escuchado que me va muy bien en las redes sociales, y como te has enterado, qué te digo, de que me han contratado para liderar el programa Zero A La Izquierda en otro canal de YouTube muy importante como Alter Negro, uno de cuyos fundadores es el negro Puti, me quieres picar; por eso me dices papi, papicarme. ¡Fuera, cojudo! No voy a caer en las trampas del tarado de Marly ni del serrano de Montes, borbotó Groover, desahogándose, expulsando todo el odio que le habían incubado en el alma sus enemigos.

Papá, escúchame, yo no te estoy extorsionando.

¡Fuera, extorsionador! Vete. Chau. Número equivocado. ¡Policía, policía!, cortó Groover, agitado, el corazón tratando de romperle las costillas para huir directamente al tazoncito donde se acumulaba su coquita del fin de semana.

***

Ayer, queridos Cuchilleros Largos, recibí un atentado sin precedentes en este submundo de la Brutalidad, un ataque que ya ha sobrepasado cualquier límite imaginable. Los enviados y esbirros del serrano dientes de sable Montes y del pelao cabeza de mi nepe de Marly empezaron secuestrando a mis caballitos Boloña y Pandolfi, cercenándoles la cabeza, amputándoles la pinga, vejándolos, pero lo de ayer ya fue el colmo de los colmos. Y yo voy a tomar medidas, ojo. Voy a demandarlos, par de descamisados y la conchasumare. No crean que van a pasar piola.

El Mano Santa, fiel seguidor de Groover, comentó: ¿Qué te hicieron, viejito? Cuenta.

Me extorsionaron, dijo Groover. Un huevón, que se había investigado los buenos números que estoy haciendo en redes, me llamó para pedirme plata, para extorsionarme de la manera más vil.

¿Y qué hiciste, viejito lindo?, comentó Jorge Jarra, otro seguidor del Viejo.

Lo mandé a la chuchesumare, pues, huevón. Con esos indeseables no se tranza. Es como la cojuda de Dina con el pastrulo del presidente de Colombia. ¿Cómo se llama este conchasumare?

Gustavo Petro, comentó Háblame de Groover, otro seguidor fanático del Viejo.

Petro, ese conchasumare. ¿O sea que un descamisado, un pastrulo, propone una huevada y Dina cojuda le va a hacer caso? Ni cagando. Muy bien que Dina no le haya hecho caso y que no le haya dado la mano a ese terrorista. Con terroristas no se negocia. Y eso mismo hice con ese extorsionador que ahorita está bien mandado a la mierda.

Una llamada telefónica turbó su airado discurso. Era el número de su hijo.

Miren, nuevamente el conchasumare que se está haciendo pasar por mi hijo está insistiendo con la extorsión. Pero aquí somos dialécticos. Aquí, en Cuchillos Largos, nos encanta desenmascarar a estos malvivientes en vivo y en directo.

¡Aló! ¡Qué quieres, conchatumadre! Estás al aire. ¡Habla!

Papá, por favor, no me insultes. Soy yo, tu hijo.

Groover, ya lúcido, ya sin las toxinas y los efectos del alcohol y las drogas encima, reconoció con sorpresa la voz de su hijo.

¿José Eulogio?

Sí, papá, dijo el muchacho. Te acordaste de mi nombre.

Claro, claro, cómo no me voy a acordar si eres mi hijo unigénito.

Es que ayer te olvidabas.

Groover recordó vagamente el festival de tragos y drogas que le habían abotargado el entendimiento el día anterior. Entonces, cayó en la cuenta de que había sido una mierda de padre.

Chucha, eras tú, dijo Groover con no poca vergüenza. Rápida e intempestivamente apagó el directo. Le iba a caer una tonelada de bullying si continuaba ventilando en su programa esa conversación con su hijo. Perdóname, pucha, seguramente dije muchas tonterías, Jose Eulogio.

No te preocupes, papá; yo entiendo, dijo el muchacho en un acto de generosidad que causó en Groover un sentimiento que le arrugó el corazón. Se sintió hasta las huevas por ser un padre dedicado al vicio y a la masturbación. Más bien, te llamaba para decirte que ya no es necesario que me envíes dinero. Justo ayer te llamé para pedirte plata para mi matrícula y mi pensión, pero ya no es necesario, papá.

Groover sintió un alivio, porque gastar cinco mil soles al mes, estando borracho o sobrio, no era nada bonito.  

Solo voy a necesitar una firmita tuya, papá. Ahí a tu Telegram te estoy enviando la hojita que me tienes que firmar. Con una sola firmita, quedan pagados mi matrícula y mi primer semestre.

Macanudo, mi cachorro. Pásame al toque el documento antes de que me vuelva a terrajear el cerebro con coca, hijo mío. Esta versión es tu verdadero padre, mi mejor versión, la que solía gustarle al pelao hijo de puta de Marly, la que me mantuvo sosteniendo amables chácharas con el serrano de Montes.

Ya, papá, ya te pasé el documento.

Pasu, tiene como quinientas. ¿Tan largo?

Sí, papá, no te preocupes. Tú firma, nomás. Yo ya lo leí por ti. Apenas presente el documento firmado, la matrícula y el primer semestre quedan totalmente pagados. Mira que son como treinta mil soles.

Ni bien Groover oyó la descomunal cifra, rubricó rápidamente el documento. Hizo clic con el dedo en donde decía ‘firma’ y automáticamente su rúbrica selló el acuerdo.

Ya te lo envié firmado. Fíjate si lo has recibido, dijo Groover.

Sí, papá. Genial. Mil gracias por todo, dijo José Eulogio.

No, gracias a ti, hijo mío, por haber confiado en mí a pesar de que conversaste con esa otra versión mía que aparece cada que me inflo de cerveza y me saturo de cocaína. Por favor, no le digas a nadie que tu padre suele caer en la tempestad de sus ricos vicios de vez en cuando, pidió Groover.

No, papi, no hará falta, dijo José Eulogio. Te quiero, pá. Fue un honor que me hayas ayudado al menos una vez en tu vida. Y colgó.

Estas últimas palabras quedaron resonando en la cabeza de Groover y le dieron una muy mala espina. Sin embargo, volvió a prender directo.  Conversó con sus suscriptores tres horas más, hasta muy entrado el amanecer de ese día. Concluyó la última hora de su programa haciendo un karaoke.

Pero las postreras palabras de su hijo volvieron a inflamarle las amígdalas. Decidió llamarlo para liquidar el prurito que le carcomía el cerebro. Una voz femenina le respondió: el número que usted ha marcado no existe. Esto le rompió la cabeza. Lo intentó cuatro veces más con el mismo resultado. Claramente el ser humano era el único animal que tropezaba cinco veces con la misma piedra. Groover era la prueba patente de ello.

Iba a llamar a su hijo una sexta vez cuando recibió en el Telegram un mensaje misterioso. Lo enviaba un usuario identificado como El Cartel de la Muela.

El mensaje decía: Conchatumadre, somos del Cartel de la Muela. Si no pagas los treinta mil soles, que te hemos depositado, en los tres meses acordados, te vamos a hacer una cordial visita a tu casa sita en la calle Berger seis cuatro seis. Ya sabes. El tiempo es un cangrejo que camina para atrás y le quedan pocos pasos.

Firmaba: El Chimuelo.

¡Mierda!, comprendió Groover: su hijo acababa de devolverle el golpe; lo había centrado con el Cartel de la Muela, al parecer, un cartel criminal de reciente formación, pero de certera peligrosidad, pues lo tenían muy bien estudiado.

Groover tendría que contar con la misma popularidad del negro Speed para juntar treinta mil soles en tres meses.

Sosteniendo el celular en su mano, parado en medio de su habitación, conmocionado, imaginándose con las muelas arrancadas una a una con un oxidado alicate accionado por el líder criminal Chimuelo, Groover se meó. Sabía muy bien que el único camino que le esperaba era el que hacía mucho tiempo había señalado el gran dramaturgo William Shakespeare en su obra la Tempestad, en la escena II del acto III, cuando Esteban le dice a Caliban: Solo el que se muere paga todas sus deudas.   


miércoles, 6 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 27: Hulk Hogan y los caballos de Don Groover

 


Cambrito se impresionó al ver la corpulencia y el tamaño colosales de Hulk Hogan. Era imposible cerrarle la boca para detenerle los filamentos de saliva que se le desprendían e iban a dar contra el suelo, creando en torno de él una laguna de pura babosería.

El reconocido catchascanista vestía su acostumbrado traje de licra que le resaltaba el enrollado de calcetines que se había colocado en la zona genital para fingir la posesión de una chala de temer, un cañón digno de la pesada artillería naval chilena que derrotó a los peruanos en el combate de Angamos en 1879. Lo cierto era que la gampi original del peleador norteamericano se había encogido estrepitosamente producto del uso abusivo de los químicos que le mantenían los músculos vistosamente inflados.

Muy bien, vamos a empezar tu entrenamiento haciendo flexiones, dijo Hogan.

¿Es de verdad?, dijo Cambrito, señalándole la pieza.

Sí, carajo, es de verdad. Pero ahorita no estamos para que me veas la chula. Dame cien flexiones, ordenó el pugilista.

¿Flexiones? ¿Cómo se hacen?

El peleador no supo qué contestar. Después de unos segundos de desconcierto, reconoció: Puta, huevón, la verdad no sé qué son flexiones. Había caído en la cuenta de que toda su carrera de luchador no era más que una farsa, como el rollo de calcetines que tenía encima de su pichulita.

Vamos a hacer algo mejor, propuso luego. Vamos al grano, vamos de frente a la mechadera. Eso es lo que mejor hago, sobre todo cuando alguien se jala mi coca. Puta, ahí sí que me pongo como fiera, eh.

¿Cómo que cuando se jalan tu coca?, dijo Cambrito.

Coca, pues, hermano; vaina, merca, chamo, detalló el peleador.

Ah, ya, pero yo pensé que me enseñarías a pelear como cuando sales al cuadrilátero y te mechas con grandes rivales, dijo Cambrito.

¿Eres sano, no, cojudo? Esas peleas son armadas. ¿No ves que ni rasguños nos hacemos?

Pero yo he visto que han sangrado y hasta se han quebrado un hueso una vez.

Eso pasaba cuando el cojudo que se rompía el hueso no ensayaba ni mierda y, ¡ploc!, se sacaba la conchasumare. O, a veces, cuando queríamos subir el rating, usábamos témpera roja Pelikan para fingir el derramamiento de sangregorio, explicó Hogan. Pero donde sí me he mechado de verdad es en las discotecas cuando se han querido pelar mi trago, mi coca o mis mujeres. Puta, ahí sí que he sacado a relucir mis verdaderos puños.

Chicos, ¿todo bien?, intervino de pronto el tío de Cambrito, el señor Román Clavijo, experto coiffure del barrio Los Adefesios, en Chorrillos.

Sí, todo bien, tío; el señor Hogan me va a enseñar los movimientos más letales para abollar al Sonsei Simio Violencia, quien hace unos días se atrevió a denostar infundadamente a mi socio PelHambre, boyante empresario del bitcoin que se ha propuesto levantar un imperio televisivo en YouTube, dando trabajo a humildes y correctas personas que se mueren de hambre, como tu seguro servidor.

Román asomó la cabeza dentro de la habitación de su sobrino. El cuarto era estrecho. Calculó al vuelo que los chicos no tendrían suficiente espacio para maniobrar cómodamente.

Señor Hogan, aquí no podrá enseñarle a mi sobrino sus movimientos. Es muy chiquito este cuarto. El tío de Cambrito no podía disimular el gusto superlativo que le despertaba la visión de la cuantiosa pieza del luchador. Mas que haga la prueba, señor Hogan.

El peleador alargó los brazos hacia sus costados y no pudo extenderlos a cabalidad; las paredes se lo impedían.

Vives de arrimado en este hueco, cojudo, le increpó a Cambrito. A tu edad, yo ya tenía tres mansiones.

Venga a mi cuarto, míster Hogan; probemos que sí hay más espacio ahí antes de que continúe con las clases a mi sobrino.

Señora, se lo agradezco, pero no, dijo Hogan, renuente. Le vio la piel marrón al señor Clavijo, la misma piel oscura de aquellos latinoamericanos que lastraban su pujante tierra gringa con sus bártulos y su atraso, muy diferente a la piel blanca de un übermensch hincha fanático de Donald Trump. Él únicamente quería cumplir con los cien soles que había recibido por darle dos horas de clase al adefesio ese.

Mire lo que tengo, profesor, dijo Román, blandiendo un paquetito transparente en cuyo interior bailoteaban partículas blancas de un brillo invitador.

En una, Hogan siguió los pasos de Román.

Ve haciendo flexiones, volvió a ordenar Hulk. Voy a ver si el cuarto de tu tío tiene el espacio suficiente para mover mis miembros, y me refiero a todos, todos, mis miembros.

***

Transcurrió una hora y Cambrito se preocupó por Hogan. Para matar el tiempo, se había enganchado con una de las transmisiones en directo del viejo Groover. Se desconectó y fue a golpear la puerta del cuarto de su tío. Pegó la oreja para oír qué pasaba y, en ese momento, se abrió la puerta. Era su tío: Sobrino, vamos, yo sí te voy a enseñar cómo mechar. Ese Sonsei no va a quedar vivo después de los movimientos que vas a aprender, dijo, cerrando la puerta.

¿Pero y el profe?, dijo Cambrito.

No te preocupes, sobrino, ese huevón era pura pantalla. Tenía un manicito el fintoso ese. Y sus músculos eran puro biribiri, reveló Román, decepcionada, molesta, caminando sin mirar atrás, derechito al cuarto de su sobrino.

¿Pero dónde está? ¿Está todavía en tu cuarto?

Sí, ahí está el muy mentiroso. Se ha quedado dormido. No me aguantó ni medio round, dijo Román. Yo, más bien, le saqué locro y todo el aire que tenía en sus dizque músculos. Vamos, sobrino, olvida a ese cojudo. Ahora te voy a enseñar cómo derrotar a ese Sonsei. Vas a ver que con mi técnica no vas a derramar ni una gota de sangre de tu nariz como te pasa siempre que te peleas.

Está bien, tío; vamos, dijo Cambrito. Dejó que su tío avanzara y entrara en su cuarto para ojear rápidamente el interior de su habitación. Al abrir la puerta, vio a alguien parecido al peleador Hogan, solo que sumamente delgado, como desinflado, y con el poto hacia arriba y como horadado por un potente taladro.

¡Sobrino! ¿Ya?

Cambrito cerró despavoridamente la puerta del cuarto de su tío y corrió hacia el suyo.

***

Simio caminaba con desesperación, el celular pegado a la oreja. Trataba de comunicarse con alguno de sus seguidores radicados en Newark, Estados Unidos. Se hallaba en la imperiosa necesidad de picarles unas monedas. Nadie le contestaba. Putamadre, enfureció, estos imbéciles deberían contestarme; tienen el honor de que los esté llamando el fundador de la Brutalidad en el Perú, el periodista meme número uno de la televisión humorística.

Tampoco le contestó las más de cien llamadas el empresario auto denominado PelHambre, quien lo había contratado para estelarizar su programa deportivo Los Brutos de la Pelota Cuadrada y levantar las alicaídas vistas. Una buena cantidad de dinero por programa iría a las cuentas del Sonsei, a cambio, eso sí, de que derramara Brutalidad de la buena; o sea, que invectivara fuertemente a sus co-panelistas, que botara baba, que perdiera los papeles.

Pero, Sonsei, derrame brutalidad, por favor, dijo PelHambre al teléfono. Si no, por las huevas va a ser. Yo necesito a alguien que se meche en los debates.

Ya, ya, no hay problema. Ahí lo vemos, PelHambre, replicó el Sonsei, ya no tan entusiasmado, una vez que vio el primer depósito de dinero efectuado en su cuenta por adelantado.

El viejo Groover, de haber podido intervenir en esa conversación, y sobre la base de su experiencia con la camarada Eva, le habría aconsejado a PelHambre que nunca diera adelas, que, si le pagabas por adelantado a tus perros, mejor era regalarles la plata, porque plata adelantada, chamba quemada.

El Sonsei jamás dio Brutalidad en ninguno de los episodios de los Brutos de la Pelota Cuadrada. Se la pasaba dormido, roncando, disimulado por los lentes oscuros que también tenían la misión de suavizar alguito su fealdad. El programa transcurría sin ningún tipo de sobresalto. Y el moderador tampoco sabía cómo fogonear a los panelistas para que Simio pudiese enconarse con alguno de ellos. Estos, para empeorar las cosas, opinaban al mismo tiempo, eclipsándose las voces, y el televidente quedaba desconcertado y sin haber recibido el respectivo picotazo de Brutalidad. El resultado de las vistas no era el que esperaba PelHambre, el dueño del chongo.

Para fortuna de Simio, los enemigos del viejo Groover estaban dispuestos a jugarle un sencillo a cambio de que les hiciera una pequeña transmisión desde, nada más y nada menos que, el mismísimo domicilio de Groover, ubicado en una de las zonas más arrabaleras de los Estados Unidos, Newark.

Mi presupuesto es de quince dólares, Sonsei; tómalo o déjalo, enunció Quinta Columna, uno de los enemigos más cizañeros de Groover en los Estados Unidos.

¿Y crees que el Sonsei atraque hacer un vídeo y un raid a la casa de Groover en Newark?, dijo Coleguita Informado, otro de los enemigos de Groover en los Yunaites.

Claro que sí, ese pata, por quince dólares, hace eso y más, dijo Quinta Columna.

No te creo, ah, dijo Coleguita.

Es que yo voy a aplicar la técnica del anclaje. Le voy a decir al Simio que le voy a pagar 5 dólares.

¿Cinco dólares? Muy poco. No, dijo Simio.

Ya, Simio, diez dólares, pero también le haces unos cuantos destrozos a su casa. ¿Qué dices? Es mi última oferta, dijo Quinta Columna.

Simio la pensó. Pucha, sube un poco más y hasta me robo cosas de su casa si quieres.

Ya, quince dólares, cerrao. Pucha, pero me vas a dejar sin comer toda la semana. Todo sea por darle un merecido a mi enemigo Groover, dijo Quinta Columna.

¿Pero qué te ha hecho ese tal Groover como para que lo odies tanto y le mandes un mostro como yo a su respetable domicilio?, dijo Groover.

Me contagió de sida, dijo Quinta Columna con cara de piedra.

Simio se quedó en una pieza.

No seas sapo, pes, Simio. Mira que los sapos siempre mueren reventados.

***

¿Está en Estados Unidos?, dijo Cambrito, desilusionado. Estaba listo para mecharse con Simio empleando las técnicas pugilísticas que le había enseñado su tío, el señor Román Clavijo. ¿Y cuándo vuelve? Quiero sacarle la mierda.

Va a volver cuando uno de sus seguidores allá se deje picar para el pasaje de regreso.

Con las ganas que tenía de sacarle la mierda por haber ninguneado a mi amo y señor PelHambre y también por haber tratado de ridiculizar en vivo a mi madurita favorita Cécica Berninzone, preguntándole que cuál era el peso oficial de una pelota de fútbol. Se pasó de misógino el Sonsei, dijo Cambrito, sacándose conejos de los nudillos, haciendo sombras boxísticas, imaginando que tenía delante de él a ese despojo de periodista.

Un mensaje en el celular interrumpió sus ágiles fintas. Era un vídeo que le acababa de llegar a su cuenta de Discord. Cambrito recibía material fílmico de todo jaez que luego distribuía en sus círculos sociales virtuales para sembrar la concienzuda cizaña entre los personajes de la Brutalidad con los que mantenía contacto.

***

Hola, te saluda Simio Violencia. Groover Miura, aquí está tu casa: seis cuarenta y seis, anunció el Sonsei ante una cámara de celular que no perdía ningún detalle de su fealdad. Muchos decían que era el doble idéntico de Reptilio, entrañable personaje de los Thundercats.

El Quinta Columna, quien grababa, le ondeaba el prometido billete de veinte dólares al Sonsei, para estimularlo, como quien le blande un huesecillo a una obediente mascota. El Sonsei, por ese monto, había aceptado tocarle la puerta a Groover. Toca, toca la puerta, Sonsei, susurraba y animaba el Quinta Columna.

A ver, vamos a tocarle la puerta a este sidoso que está esparciendo el virus por todo Newark. Que me sigan las cámaras.

El Quinta Columna, residente en los Estados Unidos desde hacía una buena cantidad de años, estaba muy enterado de la ley conocida como la “Doctrina del Castillo”, que autorizaba a los propietarios de una casa a balear, acuchillar o empalar a todo aquel intruso que osara inmiscuirse en ella sin ningún tipo de autorización.  

Sabía que, si Groover los sorprendía en plena grabación, dentro de su propiedad, estaría en todo el derecho de dispararles a quemarropa. En varias de las transmisiones de su programa de YouTube y Kick, Cuchillos Largos, Groover había asegurado poseer un par de armas de fuego y un contingente de no pocas balas.

En la entrada de la casita, una humilde vivienda de madera de dos pisos que apenas se sostenían uno encima del otro, había un pequeño jardincito, o lo que había sido un jardincito, ya que ahora se hallaba sin plantas, sin flores, sin vida, a no ser por la vida de las ratas que jugueteaban dentro de los tres cubos metálicos colocados detrás de unas verjas en las que Groover había ensartado un par de caballos.

Los equinos eran usados por Groover para hacer Uber, movilidad. A falta de automóvil, llevaba a sus pasajeros en el lomo de sus corceles. Uno se llamaba Pandolfi y el otro Boloña, ladinos ministros del gobierno fujimorista a quienes Groover admiraba en secreto. Y cuando terminaba la agotadora jornada, dejaba colgados a sus caballos en la ya mencionada verja. En las briosas pingas, les había instalado sendas cámaras de videovigilancia que registrasen las marrullerías de aquellos intrusos enviados por sus enemigos, intrusos que le dejaban pizzas explosivas, hamburguesas con heces o six pack de chelas rellenas de pichi.

Groover maricón, mira lo que tienes, pendejo, mira en lo que has terminado, basura, por qué has puesto estos caballos en tu verja, exclamó el Sonsei, estirándoles la pata a los equinos, siempre mirando a la cámara de Quinta Columna, como si le estuviera hablando al mismísimo Groover.

El Sonsei, al haber manipulado los caballos, activó la silenciosa alarma de intrusión. Groover recibió la señal y chequeó en su celular las imágenes. Vio al famoso Simio Violencia, periodista peruano trajinado, que laboró diez años de su carrera sin haber cobrado un centavo y que ahora se había convertido en una figura muy mediática en la televisión peruana, invadiendo su propiedad. El famoso Violencia estaba en su territorio, haciendo mofas de su penosa enfermedad y mentándole la madre con fruición.

Groover conchatumadre, el Sonsei estuvo en tu casa. Tu territorio es mío. Lo acabo de poseer. Me he cachado a tu casa, maricón. No te vuelvas a meter con mis seguidores de los Estados Unidos. Te tienen vigilado, se descocía Simio, dándolo todo de sí, entregándose al show perpetuo de la Brutalidad, que exigía de sus víctimas hasta el último gramo de decencia.

Al Sonsei le llamó la atención que el dibujito Quinta Columna se quedase grabando desde el otro lado de la verja.

Acércate más para que enfoques bien cómo me meo en la puerta de Groover, dijo Simio en un vano intento por hacer que Quinta Columna también lo acompañase a desacralizar el terreno de Groover. Se conocía que Quinta Columna estaba en sus cabales muy bien puestos como para ser una cojuda víctima de la “Doctrina del Castillo”.

Entra, pe, carajo, reclamó Simio, la paciencia colmada. Grábame bien.

En ese momento, Simio y Quinta Columna (y también las ratas dentro de los botes de basura) oyeron un clic-clic. Era Groover que acababa de rastrillar su arma. Simio vio hacia los altos de la casa, pues de ahí provinieron esos sonidos metálicos. Vio a un hombre cachetón, apuntándolo con una Remington 700, uno de los ojos cerrados y el otro muy abierto, tratando de centrar la futura bala en medio de su cráneo. A esa arma, Groover la llamaba su Frejolera. Cuánto había esperado por frejolearse a alguien, por estrenar esa arma. Claro que le hubiera gustado matar a tiros a cualquiera de sus enemigos más encarnizados, pero el Sonsei, por prestarse a juegos cojudos, iba a tener que ser esa primera y tan ansiada víctima.

No, amiguito, no dispares, dijo el Sonsei, arrodillándose, del mismo modo en que se había hincado ante Cécica, suplicándole el respectivo perdón por haber querido humillarla en plena transmisión en vivo.

Hipócrita de mierda, dijo Groover, con que te gusta prestarte a huevaditas por unos pesos, ¿no?

¿Eres Groover?

Sí, cojudo.

Amigo Groover, yo no quise hacerte nada. Fue este huevón quien…, pero ya no había nadie; Quinta Columna, con el vídeo ya hecho, se había quitado a difundir su grabación para escarnio de Groover. Además, apenas vio al francotirador, puso pies en polvorosa para que no le salpicase la frejoleada ni la sangre del Sonsei.

Ah, ¿ya ves? Te dejaron solo, Sonsei. Bueno, alguien la tiene que pagar y ese alguien serás tú. Así son las cosas, Simio.

Si quieres te la mamo, pero no me mates, suplicó Simio.

¡Fuera, chuchetumare!, lanzó Groover, listo para iniciar la frejoleada.

***

Con los huevos todavía de corbata, Simio Violencia abandonó el recién estrenado nuevo aeropuerto Jorge Chávez. Había regresado sin valijas, solo con una mochila. Tuvo que vender sus maletas para comprarse el pasaje de regreso desde los Estados Unidos. Su gira americana había sido un fracaso ruidoso. Para colmo, no cumplió con la mentada entrevista al escurridizo Messi. Tampoco hizo ninguna entrevista relevante, salvo por balbucearle una pregunta en alemán a un jugador de esa nacionalidad, quien al no entender qué carajos había querido indagarle debido a su pésima pronunciación, le contestó que sí le gustaba el ceviche con papa a la huancaína y tallarines rojos, el famoso Combinoche, pero en inglés, para que Simio no entendiese un picho y desistiese de repreguntar.

Los taxistas del aeropuerto, que a menudo acosaban a los recién llegados, se abstuvieron de ofrecerles sus servicios a Simio, ya que lo vieron con las fachas más misias posibles. Había que señalar que aquellos taxistas eras unos clasistas de cuidado. Si veían a alguien de apariencia lastrada, ni cagando se le acercaban.

Simio Violencia se encontró con Cambrito cuando se disponía a detener una combi, ya en las afueras del aeropuerto.

Por fin te encuentro, Sonsei. He estado acampando aquí afuera, esperándote. Sabía que arribarías tarde o temprano, lo recibió Cambrito. Mientras hablaba, se había ido despojando de la camiseta mugrosa que lo cubría, dejando ver un torso huesudo y espeluznante. Prepárate porque te voy a sacar la mierda por haber hablado pestes de mi socio PelHambre.

Cambrito había colocado su celular contra una pared para que registrara todos los incidentes de la golpiza que pensaba propinarle al Sonsei. Al acabar con él, le enviaría el vídeo a PelHambre con la esperanza de que lo contratara en su canal, pagándole por concretar su tan ansiado proyecto de streaming: Envidiando con Cambrito, en donde hablaría pestes de todos aquellos que tuvieron una mejor fortuna en la vida que él. Si PelHambre le regalaba mil pesos a Cocavel por hablar huevadas, por qué no a mí, pensaba Cambrito.

Te vas a ir al suelo, Sonsei, advirtió Cambrito, colocándose en la posición de ataque que le había enseñado su tocador, el señor Román Clavijo.

Oe, chibolo, no le he tenido miedo a un pistolón de este tamaño y ¿crees que te voy a tener miedo a ti?

Ven, pe, Simio, ven para sacarte la entreputa, se agrandó Cambrito.

No, tengo algo mejor para ti.

No me rehúyas, cobarde. Ven para sacarte la mierda. Claro, como estás viendo mis movimientos elásticos y perentorios quieres sacar la cola. Vivo eres, ¿no?, dijo Cambrito.

Claro que soy vivo, pe, imbécil, si no, no estaría aquí hablando contigo. Mira, antes de que me pegues, quiero darte un regalito que uno de mis seguidores en los Estados me encargó para ti especialmente.

El esquelético Cambrito siempre se emocionaba cada que oía la palabra regalo. Le encantaban las cosas regaladas. Eran su pasión y su debilidad. A ver, qué será, dijo, deponiendo su actitud hostil.

Simio sacó de su mochila descocida un caballo plateado con la pinga erecta. El falo terminaba en una cabeza espectacular, redonda y enorme. A mi tío, le encantará este caballo, pensó Cambrito, recibiendo el objeto equino. Lo guardó en su mochila y luego se volvió a poner el polo con la intención de marcharse.

Tenía razón el huevón de Groover; este Cambrito por un regalo se baja los pantalones, pensó Simio. ¿Ya te vas?, le dijo a Cambrito.

Sí, huevón, ya me voy, tengo que ir a una orgía entre travestis y streamers a la que me invitaron. Te salvaste de la golpiza que te iba a dar. Solo te voy a decir una cosa: No te vuelvas a meter con mi amo, señor y socio PelHambre.

Ya, dale nomás,… Cambrito te llamas, ¿no?, dijo Simio.

Sí, Sonsei, ¿por qué?

No, nada, quería asegurarme de que fueras tú, porque mi seguidor quería estar seguro de que ese regalito llegue a tus manos. Gracias a este favor que le estoy haciendo salvé la vida.

A nadie le importaba lo que Simio dijera, mucho menos a Cambrito, por ello hacía rato que ya se había ido a su orgía, dejando al Simio hablando solo.

***

Era una gran habitación cerrada, repleta de humo, de risas torcidas por el alcohol y de piel, mucha piel. La fiesta estaba ya muy avanzada a pesar de ser las cinco de la tarde. Todo se transmitía por el canal de Kick de un streamer conocido por meterse zanahorias en el culo para luego echarles sal y comérselas muy rico.

Cambrito había entrado con su caballo pingón sin saber que en el glande estaba camuflada una camarita fisgona por la cual Groover miraba todo atentamente. Él tenía calculado que Cambrito llevase el caballito hasta su casa, con su tío, y una vez ahí, detonarlos a ambos, ya que dentro del caballo había instalado un detonante indetectable por cualquier autoridad aeroportuaria.

Groover se sorprendía al ver el contenido del lugar donde estaba Cambrito. Los streamers punteaban a los travestis y estos, al término de una canción, volteaban a los streamers para puntearlos a su vez.

Cambrito tomó una botella de whisky, la destapó y se sentó en una silla para alicorarse como era debido, observar el paisaje y ver a qué trava podía empezar a toquetear para luego pasar al cuarto oscuro.

Los toqueteos eran transmitidos por Kick y las vistas ya sobrepasaban las veinte mil puntas; todo un éxito. En un canalito pequeño, un profesor imbécil, que se hacía llamar Zepita, enseñaba inglés, pero solo era visto por él mismo. Fracaso estrepitoso que bien merecido se lo tenía por brindar educación al público peruano. Cambrito había sentado al caballo plateado de Groover en su regazo, de modo que la pinga cabezona apuntaba hacia los invitados de la orgía.

Cambrito chuchetumare, se suponía que debías ir a tu cuartucho de mierda, calatearte con tu tío para que él te zampe la pinga del caballo por el orto y luego yo pueda detonarlos a los dos, par de miserables, pensaba Groover.

A pesar de la penumbra lúbrica del lugar, Groover podía columbrar el desfile y desenvolvimiento de una serie de travestis, todas contratadas por el streamer organizador del evento para elevar las vistas de su canal de Kick con las consecuentes copulaciones contra natura. Entonces, cuando estuvo a punto de presionar el detonador, porque pensó bueno, la idea era bajarme a Cambrito y a su tío, pero ahora estos trabucos y estos streamers pagarán pato, se detuvo al ver por el ojo de la cámara a un travesti vestido de monja. Groover la reconoció al instante: era la persona que lo había contagiado de esa maldita enfermedad que le estaba carcomiendo los huevos con más ferocidad cada día. Era la Sister Hong.

Groover revivió en su mente aquella vez en que la conoció, en que le brindó el servicio de taxi, en que entraron a un cuartucho de hotel de cinco soles en la avenida Uruguay, en el Centro de Lima, en que prefirió no comprar un poncho para sentir el pelancho pelancho. Con lágrimas de venganza en los ojos, presionó el detonador con todas sus fuerzas, no tanto porque la Sister Hong le hubiera contagiado aquella enfermedad, sino porque tenía la misma cara de Simio Violencia. La realidad era así de triste: Groover se había contagiado, por lo borracho y coqueado que estaba, con un trabuco que parecía Simio Violencia con peluca.

No quedó nada de Cambrito, ni de ninguno de los invitados a esa fiesta desenfrenada del sexo. Se había hecho justicia desde los Estados Unidos. A contrapelo de lo que cantó Walt Whitman en sus Hojas de Hierba, Groover exclamó: Nadie me ha hecho justicia. Entonces, yo mismo me la tuve que hacer, carajo.

sábado, 28 de junio de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 22: Cambrito le vigila el depa a PAI Enchalado

 


El Tío Marly estaba calatito, ya que así gustaba de disfrutar de las intervenciones de PAI Enchalado en el programa de Rigoberto El Cabro Viejo Viajero. PAI, joven y culturoso ciudadano mexicano, era uno de los principales habitúes del programa de Rigoberto. Solía compartir con sapiencia y elegancia sus conocimientos sobre variados temas.

 México tuvo dos monarquías post independencia, decía PAI. La primera de 1822 a 1823, y la segunda, que duró apenas tres años, fue desde 1864 a 1867.

Nadie en el panel tenía una puta idea de lo que PAI hablaba; sin embargo, se dejaban cautivar por la contundencia y donaire de sus palabras.

Pero los que compusieron el primer reinado, los Iturbide, sí eran mexicanos mexicanos, o, bueno, si queremos ser más precisos, criollos. El primer monarca, Agustín de Iturbide, nació en lo que hoy es Morelia, continuaba PAI.

Cambrito, que también se hallaba entre los panelistas, con la cámara apagada, empezó a tocarse. La sangre se le romantizaba cuando oía la voz atildada y sabionda de PAI.

El Tío Marly estaba a punto de eyacular. También participaba como panelista en el programa y había silenciado su micrófono para que nadie se ganase con sus gemidos. Hoy me le declaro a este cabro, pensaba, escupiéndose el glande para que la ebullición seminal fuese máxima. Hoy me le declaro a este conchasumadre. Tiene que ser mío. Marly sudaba. Con la lengua, arrasaba con los gotones que le escurrían por la frente. Amo la sabiduría de este maricón.

En numerosas ocasiones, Marly, medio en broma, medio en serio -con él nunca se sabía- había declarado en el mismísimo programa de Rigoberto que estaba enamorado de PAI, y que lo abriría de piernas para rellenarlo como pavo en navidad, así de bárbaro era para expresarse. PAI tomaba las declaraciones del Pelao Marly con la importancia que se les reservaba a los vuelos de las moscas.

Y les cuento algo en calidad de primicia e infidencia, chicos, chicas y chiques, seguía PAI, yo soy uno de los poquísimos descendientes de ese monarca criollo. Por eso me hago llamar PAI.

¿Por qué, PAI? ¿Por qué? Cuéntanos, por favor, suplicó un emocionado Rigoberto. Definitivamente, PAI Enchalado era uno de sus mejores panelistas, además de dilecto amigo.

Por supuesto, Rigoberto. Pero no les voy a decir mucho, eh, porque alguno de los que nos ve me puede secuestrar y pedir un gran rescate. Solo les diré que la I de PAI es la I de los Iturbide. No solamente me apellido Iturbide, sino que también poseo una cuantiosa parte de la fortuna del patriarca. Tengo tanto dinero que puedo permitirme vivir sin que asome en mi cabeza, ni siquiera por casualidad, la idea de partirme el lomo como uno de los tantos mortales que ahora mismo nos está viendo en lugar de ponerse a trabajar.

Cambrito dejó de masturbarse cuando oyó esas declaraciones. PAI se cagaba en plata. Ahora, sentía que el deslumbramiento que PAI le generaba no solo era intelectual, ahora también era material. PAI lo podía sacar de su canallesco trabajo en el Bembos del Parque Kennedy, donde era constantemente hostigado por los pituquitos borrachosos que acudían a dicho local en busca de una reparadora hamburguesa.

Me le tengo que declarar a PAI. Debo confesarle mi amor efébico, decía Cambrito, siempre añadiendo, incluso a sus pensamientos, neologismos de corte culturoso. Por algo no lo llamaban, en los circuitos pestíferos de la Brutalidad, el sucesor del gran orador atrabiliario Groover. Ni bien termine el programa le dejaré un mensaje cargado de mis más acrisolados sentimientos.

***

También me gustas, dijo PAI. Estaba al teléfono con el Tío Marly. Y tú a mí más, cojudo, dijo este.

Aunque te parezca, raro, me encanta la forma zafia en la que te expresas, porque en tu vulgaridad radica tu belleza. O sea, eres vulgar, pero de una forma fresa, casi enternecedora, explicó PAI.

¿Entonces, estamos?, consultó Marly ávidamente.

Pues, yo creo que sí, dijo PAI tímidamente. El sentimiento del amor solía despojarlo de aquel talante de infalibilidad con el que solía versar sobre los temas que dominaba.

Puta, qué rico, y cómo hacemos para cachar. Quiero tirarte cuanto antes, aulló Marly, el sexo al palo, los pensamientos enturbiados por el deseo.

Espérame que vaya a Australia. Estoy viajando a inicios del próximo mes, anunció PAI.

¿En serio? ¿Vendrías solo por mí? Te puedes quedar en mi combi, ofreció Marly.

¿En tu combi?, dijo PAI, haciendo un esfuerzo descomunal por no desenamorarse de un pobretón que moraba en una carcacha. ¿Es cierto que cagas en bolsa, como dicen por ahí, querido?

Claro, pero donde caga uno, cagan dos, dijo con entusiasmo Marly. Ya vas a ver que vamos a cagar juntitos y tomados de la mano.  

Tontito, no va a ser necesario que caguemos en bolsa o durmamos en tu combi, ¿acaso no te acuerdas de la exposición que hice sobre la monarquía en México?

Claro que me acuerdo, dijo Marly. Estuvo de la putamadre.

Entonces recordarás que dije que soy descendiente del monarca Iturbide.

Marly lo recordaba muy bien: Claro, PAI, puta, nos dejaste a muchos con la boca abierta. No sabíamos nada de lo que hablabas, y mucho menos que eras de la realeza mexicana.

Sí, aunque esos títulos nunca fueron reconocidos. Entonces, también recordarás que casi al final de mi alocución dije que los descendientes de Iturbide se hallaban en Australia.

Ah, mira, dijo Marly, eso no lo recuerdo bien. Esto era mentira. Marly no recordaba aquello ni bien ni mal; simplemente, nunca lo supo porque no llegó a oírlo, ya que luego de haber eyaculado, se quedó dormido sobre su propio semen. Despertó varias horas después, con el papel higiénico de semen pegado a la cara.

Entonces, tengo casa allá en Sídney. Así que, cariño, el próximo mes nos vemos o, como diría ese autor peruano que seguro has leído, el próximo mes nos nivelamos.

***

No, qué te pasa, Cambrito. O sea, todo bien contigo, pero jamás sería tu pareja. Así fueras el último hombre en la Tierra, jamás te penetraría. No eres mi tipo, dijo PAI luego de haber recibido la telefónica declaración de amor de Cambrito.

Pero si nunca me has visto. Cómo sabes que no soy tu tipo, porfió Cambrito.

Para empezar, sí te he visto. Te he visto en un vídeo en el que hablabas sin autoridad, con si fueras un niño perdido, sobre un tema jurídico. Y de ese mismo modo, temeroso y dubitativo, son tus intervenciones en el programa de Rigoberto. Sí, te empeñas por parecer culto hablando con términos que ni tú mismo entiendes, pero te falta la valentía y gallardía de un hombre de verdad. Todo eso hace que me parezcas un bicho insignificante.

Yo cambiaría por ti, PAI; estoy supremamente enamorado de ti, continuaba Cambrito con los últimos estertores de su amor.

Te lo agradezco, pero no eres mi tipo, y punto. Ahí queda, zanjó PAI. ¿Crees que podamos cortar esta llamada? Ya me está incomodando.

Está bien, PAI; discúlpame. Quizá te pueda llamar mañana. Solo para conversar. Como amigos, intentó Cambrito.

No, no me vuelvas a llamar, ni siquiera para decirme si ha salido el sol en Júpiter. Simplemente, dejemos las cosas así. Los tipos tercos y tóxicos como tú se entusiasman fácilmente con cualquier gesto. Ustedes creen que un simple ‘buenos días’ ya es un ‘te amo’. Quiero ser claro. Tú y yo no somos amigos. No somos iguales, Cambrito. No seas igualado. Adiós. PAI no sintió remordimiento alguno al cortar la llamada. Ya había lidiado en el pasado con tipos como Cambrito. Era mejor mantenerlos bien a raya.

***

Putamadre, Paddington, me van a meter preso. El juez ya dictó sentencia. Tengo diez días para entregarme. De lo contrario, vendrán por mí a la fuerza, lloró el Tío Marly.

No seas maricón, cabrón, dijo Paddington, un oso de felpa que Marly compró por un precio inflado solo para dárselas de pituco. Siempre hablaba de tener dinero. Y olvidaba que Cervantes o Quevedo habían expresado en sus textos: Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Reponte, maricón, le ordenó Paddington.

Pero es que no quiero ir a la cárcel, pipipi, se deshacía Marly. Estaba desconsolado. En la cárcel, violan. A mí me contó, en privado, el serrano de Montes, que en la cárcel le metieron más pinga que los aviones gringos B2 a los iraníes. Y por eso tomaba en los parques de Milano, para olvidar el dolor de poto que los taitas de la prisión le clavaron.

Oye, huevón, ¿y acaso ya te han metido preso?, dijo Paddington, samaqueando a Marly.

No, pero…

Pero nada, cojudo. ¿Cuándo tienes que entregarte?

En diez días, creo, musitó Marly, los mocos saliéndole a borbotones.

Ya, pes, imbécil, diez días, cagón de mierda; hay tiempo para planear una fuga, como la que hice en mi película “En Busca de la Chucha Pérdida de los Incas”.

Pero, pero, ¿cómo haría?, balbuceó Marly.

Tenemos que largarnos de aquí y…

¿Tenemos?, observó Marly.

Claro, pes, imbécil, o crees que me voy a quedar abandonado para terminar en el tacho de basura o servir de almohada de algún vago fumón de por acá. ¡Ni cagando! Además, el plan de nuestra fuga lo estoy preparando yo, cojudo. También estoy pedigrí. Dejé en bola a la Olivia que tienes en la repisa de tu combi. Ahora el cachudo de Popeye me está buscando para sacarme el relleno.

Marly descubría con asombro que detrás de esa dulce figura de peluche se encontraba un oso revejido.

Mañana mismo saca los pasajes para Perú, ordenó Paddington. Supongo que luego de tanto tiempo por aquí tus delitos en el Perú ya habrán prescrito, ¿no? Sacó un cigarrillo de marihuana de su saquito y lo prendió con el encendedor de Marly.

Sí, pero en Perú ya no tengo a donde ir. Mi familia no me quiere ver ni en pintura, sollozó Marly.

Míralo al huevón, se lamentó Paddington. ¿O sea que yo soy tu único amigo de carne y hueso, imbécil?

, lloró Marly. Porque en el mundo de la Brutalidad soy la Maldad, pero cuando terminan las transmisiones en el canal de Montes nadie me empelota. Todos me tienen bloqueado. No tengo un solo amigo. Tengo que pagarles el streamyard para que me den tribuna. Perdóname por ser tan cojudo, Paddington.

Ya no llores, hijo de puta, y presta atención. La vez pasada te oí que hablabas con tu marido, con un tal PAI, dijo Paddington, la mirada dura.

Sí, es mi mujer. Bueno, a veces cambiamos posiciones y yo soy su mujer, dijo Marly, haciendo pucheritos.

Yo que el juez Cocodrilo Dundee te meto a la reja con cinco hermanos del Profe Puti, conchatumadre, por llorón, perdió los papeles Paddington. Ya, imbécil, escucha. Te oí que ese huevón de PAI es platudo. Ya, pes, le vas a decir que te compre un depa en Lima y que te lo tenga listo en cinco días. También, que te compre los pasajes de avión porque seguro que, así como vives, dependiendo siempre de lo que te da tu hermano, que sí es exitoso, no tienes un peso, maricón.

Qué buena idea, Paddington, por eso te amo tanto, dijo Marly, y apachurró al muñeco entre sus brazos.

Ya suéltame, oe, maricón; luego me vas a pasar tu mariconería y voy a terminar clavado por el zapatero de Popeye.

***

¿Cambrito?

El esquelético trabajador de Bembos no podía creer que estaba recibiendo una llamada del mismísimo PAI Enchalado.

¿PAI? ¿Eres tú?

Sí, Cambrito, fíjate que estuve recapacitando sobre las cosas tan feas que te dije y, …

No sigas, PAI, no tienes necesidad de decir más. Las cosas malas están olvidadas. Es más, nunca ocurrieron.

Qué bueno que lo hayas superado, Cambrito. Bueno, te quiero pedir un gran favor.

Cambrito, que hubiera sido un experto filólogo si la vagancia no se hubiese apoderado de él en el colegio, se fijó en la seguridad al hablar de PAI. No dijo ‘quería pedirte un favor’, como se hubiera expresado cualquier peruano pusilánime, dijo más bien ‘quiero’, con seguridad, con firmeza.

¿Cuál será, PAI? Estoy a tus órdenes.

Quiero que compres un departamento en la mejor zona de Lima. Yo te voy a dar el dinero. Recurro a ti porque eres mi único contacto en el Perú.

Esto era mentira. PAI sí tenía otro contacto en el Perú: Rigoberto El Cabro Viejo Viajero, pero sabía que se pondría supremamente celosa al momento que descubriera que el departamento era un regalo de amor para Marly.

Por supuesto, PAI, te paso mi número de cuenta y ahorita mismo me pongo a buscar el depa.

A los pocos minutos, la cuenta de Cambrito albergó una cifra para cuya acumulación él hubiera tenido que trabajar doscientos treinta cuatro años seguidos, ahorrándolos y sin gastar un mango.

¿Puedo confiar en ti, no, Cambrito?, le escribió PAI al cabo de unos minutos.

Claro que sí, respondió inmediatamente Cambrito. Más bien, te quería pedir un favorcito. Acompañó el texto con un emoticón de penita.

PAI sospechó lo peor. Sin embargo, no le quedó más remedio que escucharlo: Sí, dime, Cambrito, ¿qué favor será?

¿Crees que pueda quedare a vivir en tu departamento como vigilante hasta que lo ocupes?

Esto le pareció a PAI muy exagerado y aprovechado, pero no le vio mayor problema.

Claro, Cambrito.

Cambrito volvió a usar el emoticón de penita. Lo colocó cinco veces luego de escribir: Y otro favorcito más, por favor.

Sí, dime, Cambrito, escribió PAI, deseando de que la tortura terminase ya.

Mientras te vigilo el departamento, ¿crees que puedas pagarme el mantenimiento del depa, la luz, el gas, el agua, y los arbitrios?

Claro, claro, Cambrito; de todas maneras lo tengo que hacer porque finalmente viviré ahí. Así que, si no quiero atrasarme con esos pagos, los irás haciendo tú por mí con lo que yo te vaya enviando. Aunque no tendrás que pagar mucho porque ni bien esté comprado el depa me mudaré inmediatamente.

No hay problema, PAI, tómate tu tiempo. Las cosas deben hacerse con calma, sobre todo las mudanzas, así que tómate si quieres un mes, un año o cinco años, yo siempre estaré ahí para cuidarte el depa y tenértelo siempre bien limpiecito y con todos los pagos hechos puntualmente, con tu pecunio por supuesto.

Qué regio contar con tan buena persona como tú, Cambrito. Entonces, espero tus noticias. Ni bien encuentres el mejor departamento en la mejor zona de Lima, me avisas.

Cambrito asentía mientras leía los mensajes de PAI. Se veía ya amo y señor de un departamento A1 en San Isidro, San Miguel, Magdalena, La Perla, Chacarilla del Estanque o Rinconada del Lago. En eso, recibió un mensaje de Santos Camarón, huidizo periodista deportivo y amigo de Cambrito: Oye, loquito, aquí, desde mi casa, acabo de oler que tu situación financiera ha cambiado. Santos tenía un poderoso olfato para detectar a cuál de sus amigos le estaba yendo económicamente bien.

Sí, Santos. Bueno, la verdad que no. Tengo el dinero de un amigo para una inversión. Sí, mi cuenta ha crecido, pero con la plata de mi amigo.

No, hermanito, no te preocupes, más bien, ese dinerito lo vas a multiplicar conmigo. Ya sabes que prestarme a mí es invertir a lo grande.

¿Cuánto necesitarás, Santitos?

Mira, hermano, dame todo lo que te haya depositado tu amigo y yo te lo duplico.

Cambrito se imaginó comprándose su propio departamento con las ganancias que le devolviera Santos.

Ya, Santitos, pásame tu número de cuenta y te deposito.

Listo, hermano, dijo Santos. Muchísimas gracias. No te vas a arrepentir.

***

Tiene que pagar, pues, caballero, dijo Locho, El Candelero Mayor y conductor, mediador o facilitador del programa deportivo La Mentada de Media Cancha.

Págame, pues, mierda, ladró Bola Ocho, fogoso panelista del mencionado programa cuya característica principal era ajustar verbalmente a sus contertulios.

Santos Camarón sacó de su bolsillo mil dólares. Los camarógrafos, los panelistas y el propio Locho quedaron boquiabiertos. Sabían que Santos Camarón jamás había tenido en sus manos o en sus cuentas esa cantidad de dinero.

Pero voy a pagar cuando el señor Bola Ocho también le pague a Nariz de Pito, que ya sé que le tiene una arruga de más de diez años.

Oigan, oigan, caballeros, medió Locho, cómo van a estar exponiendo así sus asuntos privados, qué irán a pensar los televidentes en sus casas, que los periodistas deportivos somos unos sinvergüenzas que no honramos nuestras deudas. Por eso, les aconsejo a los abonados que no vayan a estudiar periodismo deportivo, porque van a terminar siendo picadores de cuidado como algunos de nuestros panelistas.

Oiga, exigió Bola Ocho, a mí no me meta en el mismo saco que este malparido de Santos Camarón.

Usted a quién le debe, señor Santos, aparte de al señor Bola Ocho, dijo Locho.

A nadie más, Lochito. Aquí lo del señor Bola Ocho ha sido producto de una apuesta ridícula y sin valor. O sea, una broma. Pero yo jamás le he pedido plata prestada a nadie. Escúchenme, amigos abonados, Santos Camarón nunca le ha pedido plata a nadie, ni la pedirá y si la pide, entonces paga. Pero no Lochito, en estos momentos, no le debo plata a nadie.

Cambrito veía el programa entre lágrimas: Santos negaba en señal abierta el préstamo que le había hecho. Además, su celular aparecía como desconectado. Ya no respondía ninguna llamada y los mensajes que le enviaba le eran devueltos con una alerta que decía ‘el usuario se ha ido o ha fugado, no vuelva a escribir a este número’.

Mientras tanto, en Australia, el juez Cocodrilo Dundee mandó enchironar al señor Marly por haber mostrado la chala en un bar de Sídney. PAI lamentaba haber confiado en Cambrito y Marly se preparaba mentalmente para soportar los vejámenes de los que su culo sería principal víctima. Por otro lado, en Newark, don Groover se sabroseaba con la noticia del encarcelamiento. Como diría el poeta de Jesús María, Luchito Hernández, ‘qué tal viejo, che’su madre’.