sábado, 31 de enero de 2026

Feliz Día de Australia - Cuento 08 - "AUSSIE FLASH STORIES" Book by Daniel Gutiérrez Híjar

 

Inauguré mi restaurante un veintiséis de enero de hace cinco años y hoy, también veintiséis de enero, Día de Australia, lo cerraré. Ya no hay nada que pueda hacer para salvarlo.

Este negocio me ha propiciado varios dolores de cabeza, superados cada uno gracias a la ingenua esperanza de que, en algún momento, conseguiría la prosperidad económica tantas veces deseada. Sin embargo, este último dolor, el de hoy, es aplacado solamente porque sé que es el último. Hoy se acaban todos.

Llego al local y ya están ahí Janice, Erika y Sandra, mi personal, trabajando como de costumbre. Ellas no me acompañan desde el inicio, por supuesto. He visto desfilar a varios jóvenes; algunos deseosos de aprender el oficio, otros solo interesados en el salario que no les permita morir de hambre en un país tan lejano como este. Janice, Erika y Sandra son las empleadas que más me han durado.

Feliz Día de Australia, las saludo, y ellas me devuelven un Feliz Día para ti también. No han nacido aquí, pero intuyo que se sienten un poquito australianas, pues sé que llevan un buen tiempo viviendo en este país.

A pesar de que las estimo y considero mucho, es el sueldo que debo pagarles lo que hará que este día, financieramente hablando, sea todavía más rojo que los anteriores.

Sé que la cantidad de clientes que venga hoy no compensará las gigantescas pérdidas en gastos fijos. El Día de Australia es más un día de temor que de fiesta. Por eso la gente prefiere permanecer en sus casas y disfrutar de un feriado tranquilo, sin sobresaltos.

Sí, se eligió como el Día de Australia la fecha en que el capitán Phillip arribó a las costas de Sydney con un cargamento de presidiarios que, hay que reconocerlo, también fueron arrancados de su tierra y enviados a un lugar desconocido y muy lejano.

Todos hemos perdido algo o sufrido un mucho para llegar hasta aquí y hallar oportunidades que nos permitan ayudar a los nuestros. Y seguir vivos; quizá, esforzando una sonrisa cada mañana. Y eso es lo que debemos celebrar en este Día.

Pero la economía no perdona. Todo lo que entre hoy se irá en pagar los sueldos de mi personal. Y, por lo que estoy viendo, poca gente está llegando a mi restaurante. La mayoría guarda una distancia prudente de las posibles manifestaciones de quienes consideran que este veintiséis es un día de luto para la población australiana aborigen, que fue diezmada por los europeos recién llegados en los tiempos de Phillip. Veo, con mucha angustia, que la poca plata que ingrese a mis arcas no alcanzará para pagarle a mi personal la doble tarifa horaria que la ley estipula.

Pasan las horas y yo imploro por que este día concluya pronto; ya que cada minuto transcurrido es un poco más de tintura roja en las finanzas de mi local.

Termina el día, cuadro la caja, y me doy cuenta, con alivio, de que, al menos, sí les podré pagar los altos salarios a mi personal. Cierro todo y me marcho, pero no a casa, porque ya la perdí, sino a la esquina de la calle, a esa esquina que tantas veces doblé y en la que jamás (a no ser por estos recientes días) creí que establecería mi morada.

Llevo conmigo un letrerito: Feliz Día de Australia. Ayude con su voluntad a un paisano.


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