Luego de
que su mamá, una anciana de casi noventa años, le interrumpió una de sus
transmisiones en Kick, toc, toc, toc, Groover, Groover, ¿todavía sigues
despierto y gritando? ¿A qué hora te vas a dormir?, el mencionado Groover
la depositó en un asilo, castigándola y, de paso, apropiándose de su modesta
casa. Quedó profundamente resentido con ella porque debido a esa maternal
intervención, sus seguidores, pero sobre todo sus enemigos, le perdieron el
respeto y el temor, empezándolo a tratar como un meme.
Su
resentimiento se extendió hacia toda aquella madre autoritaria, entrometida y
huelepedos que le recordara a la suya; como la madre de Eva, la camarada.
***
¿Ya te
compraste tu vino?, dijo Groover, el productor del programa de Eva.
Sí, viejo
lesbiano, ¿aquí no ve?, dijo Eva, mostrando una botella a medio consumir.
¿O sea que
recién vamos a empezar el programa y ya te has tomado media botella?, sospechó
Groover. No me quieras ver la cara de huevón, conchatumadre.
Oye, viejo
maricón, usted a mí me respeta, ah. Y no; esta botella recién la he abierto.
Solo que me he tomado un par de vasos mientras prendía mi computadora para
hacer el programa. Llegué con sed de haber caminado tanto buscando trabajo. ¿Me
cree o no?, se defendió Eva.
Bueno, ya, concedió
Groover, te creo. Ojalá nomás no me estes viendo la cara de huevón. No
quiero creer que yo, don cojudo, te esté mandando veinte soles para que te
compres un vino nuevo para el programa y tú me estés estafando, quedándote con
los veinte soles para que mantengas al gordo vago de tu enamorado y muestres en
pantalla la botella que dejaste a medias el programa pasado.
Si quiere,
me cree, Viejo. Yo no voy a decir nada más, dijo Eva, rendida de
discutir con Groover.
Ya, mamita,
pasemos a otro tema mejor. Cuenta. ¿Qué fue de tu belleza esta semana? ¿Qué has
estado haciendo? Sabes que tienes tus seguidores, ¿no? Desde que te vieron el chonchón
por nuestras pantallas (yo, por supuesto, tuve que hacer el zoom respectivo
para el regocijo de tus fanáticos), hay una larga lista de pajeros que me piden
tu presencia a través de nuestras ondas.
Qué
palabrero eres, Viejo. Bueno, les puedo contar a todos esos pajeros que me
siguen que, para dejar de decir huevadas cuando hable de política, he empezado
a estudiar por mi cuenta. Estoy leyendo todo sobre cómo y cuándo surgió la
derecha y la izquierda en el Perú.
Putamadre,
ya era hora de que leyeras un poquito para que des tus opiniones con una basatura
sólida. Porque te diré que yo me declaro maoísta en un punto muy concreto, pontificó
Groover; y es en el siguiente. Los televidentes podían oír las hojas de un
libro que Groover manipulaba detrás de su cámara siempre apagada. Tengo aquí un
libro de la edición de Pekín del año 72, Citas del presidente Mao Zedong. Este
libro ha circulado mucho aquí, de modo que te cito esta edición, página 244.
¿Qué dice Mao? Dice: ‘Quien no ha investigado no tiene derecho a hablar. Aunque
esta afirmación mía ha sido ridiculizada como empirismo estrecho, hasta la
fecha no me arrepiento de haberla hecho; al contrario, sigo insistiendo en que,
sin haber investigado, nadie puede pretender el derecho a hablar. Hay muchos
que apenas descienden de la carroza comienzan a vociferar, a lanzar opiniones,
criticando esto y censurando aquello, pero de hecho todos ellos fracasan sin
excepción porque sus comentarios o críticas, que no están fundamentados en una
investigación minuciosa, no son más que charlatanería’. Eso decía Mao. Amén.
¿Quién? ¿Meao?
¿Quién será ese huevón, viejo lesbiano? Usted siempre me saca nombres raros
para apantallarme, dijo Eva y se secó otro vaso de vino. ¡Ay, qué
rico! Así me gusta mi vino, heladito.
Así, chupa,
chupa, tienes que darnos chow, ah, exigió Groover. ¿Y qué sabes hasta ahora de la
derecha y la izquierda?
Ah, ya,
bueno, como le decía, dijo Eva, entusiasmada, he aprendido que la
derecha nació en la guerra de independencia contra los realistas. Ellos eran de
derecha, Viejo.
¿Quiénes?, se
sorprendió Groover.
Los
realistas, pues, los realistas. Ellos fundaron el partido de la derecha bruta y
achorada en el Perú. Eva coronó su comentario llenándose el vasito de
vino.
Mira la
huevada que hablas, se carcajeó Groover. O sea que la derecha nació
con los realistas. ¿Y la izquierda?
La
izquierda ya existía, Viejo. La izquierda nació con los incas. ¿No ve que ellos
eran colectivistas? ¿O sea comunistas? Vivían en comunidad. Los incas fundaron
el partido comunista antes de que vinieran los realistas brutos y achorados, expuso
Eva con determinación. Y todavía sigo leyendo más. Quiero hacerme una
experta en el tema político para que nadie me refute mis opiniones.
¡Ahhhh,
ahhhh! Groover estaba a punto de colapsar. No podía comprender que una sola
persona pudiera decir tantas huevadas de un tirón y dándoselas de culta para
concha. Puta, Eva, si hablas cojudeces leyendo, ¿cómo sería si estuvieras en
un estado de pura brutalidad?
Ay, usted
solo me critica, viejo lesbiano. A propósito, ¿ya se cambió de pañal? Jus jus
jus, rio Eva.
Ya, chupa, nomás, cojuda, danos más
brutalidad, más cojudeces.
***
Toc, toc,
toc. Era la puerta del cuarto de Eva.
Eva, Eva,
estás gritando, baja la voz, carajo. Era la exigente y rigurosa voz de la veterana madre
de Eva.
Mamá, no
jodas; estoy trabajando, putamadre, gritó Eva. Iba ya en las postrimerías de su segunda
botella de vino.
¿Trabajando?, insistió
la señora, estás gritando, cojuda. Tu papá necesita descansar. Mañana tiene
que levantarse temprano para ir a trabajar.
¿Trabajar?, dijo Eva,
sarcástica. Sus padres eran muy mayores; hacía tiempo que habían pasado los ocho
cheques. Apenas si podían moverse. Ya está viejo; qué va a trabajar ese huevón.
No jodas, pues, mamá.
Tiene que
trabajar, pues, cojuda, ¿cómo crees que pagamos las cuentas? ¿Crees que el
internet que usas para emborracharte se paga solo? Tu papá, con sus ochenta y
tantos años, todavía tiene que ir a la oficina.
Ay, mamá,
yo también estoy trabajando. Me están pagando por emborracharme en vivo. Deberías
estar orgullosa de mí, y lo único que haces es quejarte y venir a interrumpirme.
No me dejas crecer profesionalmente. Cierren bien la puerta de su cuarto y no
me jodan.
Los
televidentes del programa de Groover, mejor conocidos en el mundo de las redes
sociales como Los Dibujitos, disfrutaban de la discusión entre Eva y su mamá ya
que el productor, Groover, en lugar de haber silenciado el micrófono de Eva, le
subió todo el volumen. Quiso registrar hasta el más mínimo susurro. Esta
situación fue similar a la vez en que Groover maximizó la imagen de la cámara
de Eva, cuando esta, en un programa anterior, por lo borracha que estaba, defecó
en una esquina de su cuarto, sin haber tomado la precaución de apagar la
cámara. Groover se solazó maximizándole el culo y la panocha.
¿A
emborracharte le llamas trabajar? ¿Quién es el maldito que te paga para que
hagas esa clase de trabajo? Eres una ladina, eres una caradura.
Ya cállate,
mamá. Viejo, ¿en qué estábamos?
Putamadre, ¿dónde
está tu profesionalismo, carajo, Eva?, dijo Groover, sardónico. Yo te pago para que des
un buen chow y te vienen a interrumpir. ¿Dónde estamos? ¿Qué se habrá creído tu
vieja para interrumpir así el programa? ¿Que acaso no ve que tienes miles de
seguidores impacientes por verte y oírte?
Sí, pues,
mi vieja es una mierda, gritó Eva, quien creía estar hablando con un tono de
voz neutral cuando en realidad su borrachera le impedía darse cuenta de que
todo el vecindario, en especial sus ancianos padres, martirizaban sus oídos con
sus destemplados desafueros.
Ya me cansé,
muchachita de miércoles, dijo la madre, tratando de tumbarse la puerta del
cuarto de Eva.
No hagas
fuerza que te vas a morir de un infarto, mamá. Con todos los kilos que tienes
encima, se te va a parar el corazón. Y luego yo no me voy a estar haciendo
cargo, ah.
Te voy a
sacar la mierda, hija de puta, dijo la señora. Ábreme la puerta. A mí me vas a respetar,
carajo. Abre, abre. La desvencijada mujer golpeaba la madera con toda la
indignación que le causaba tener una hija tan desconsiderada como la legendaria
musa de la Brutalidad: Eva.
Cojuda, se
me acaba de ocurrir una idea de la putamadre, en la que saldremos ganando los
tres: mi canal de Kick, tu mamá y tú, dijo Groover.
Eva, que estaba
apoyando su peso contra la puerta de su cuarto para evitar que su madre se la
tumbara y le sacara la mierda, contestó: Métete al culo tu idea, viejo
lesbiano, ¿no ves que mi vieja se ha vuelto loca?
Uno de los
dibujitos del programa comentó: Oye, terruca, ¿por qué tratas así a tu
madre? Respeta a tu viejito que todavía trabaja para darte todo.
¿Qué
hablas, huevón?, se indignó Eva. ¿Crees que porque mi papá, con
sus ochenta años, sigue trabajando para mantenerme yo le debo algo? Nada que
ver. Estás mal de la cabeza. ¿Para qué me tuvo, pues? Que se joda. Si traes una
hija al mundo, tienes que ver por ella hasta el fin de tus días.
Qué bonita
manera de pensar, Evita. No esperaba menos de ti, dijo
Groover. Pero te cuento…
La madera
de la puerta de Eva empezó a gemir como si se la estuvieran culeando: la mamá se
había recostado sobre su superficie, y su inmenso peso le estaba ganando la
batalla a las esmirriadas fuerzas de su hija.
Hable
rápido, pues, viejo lesbiano, ¿no ve que la pesada de mi mama está a punto de sacarme
la mierda?
Vamos a
cortar ahorita la transmisión y el próximo fin de semana, en un ring de box, tu
señora madre y tú se van a agarrar a guantazos. Vamos a transmitir por mi canal
de Kick esa pelea. En el cuadrilátero, se van a decir sus verdades a puño
limpio, y la ganadora se llevará un rico premio en dinero.
Los
dibujitos celebraron el anuncio. El ciudadano de estos tiempos, como los
romanos de la antigüedad, caían rendidos ante un buen espectáculo de sangre.
***
Gracias al
apoyo de su socio PelHambre, exitoso empresario de las apuestas del bitcoin,
Groover pudo levantar un colosal ring de box, iluminado por unos rocambolescos juegos
de luces controlados desde un centro inteligente que estaba listo para transmitir
para sus seguidores la gran pelea entre Eva y su principal saboteadora, su mamá.
Para el
evento, se había alquilado el viejo Coliseo Amauta, en Lima, y Groover se había
forrado con las entradas. Si uno quería ver cómo se volaban las muelas y se
tironeaban las mechas madre e hija, debía pagar entre cuarenta y cien dólares.
Bienvenidos
al evento central de esta Noche Morada, anunció Groover cuando llegó la hora de la pelea
estelar: Eva contra su madre. Con esta contienda, le estaremos poniendo
punto final a una noche que sé que ha sido muy grata para ustedes, una noche
que me recuerda a aquella noche en que mi líder Alan García regresó de su
exilio dorado parisino para volver a tomar las riendas de nuestro convulso país,
recitando para ello las inolvidables líneas de Calderón de la Barca que decía…
Se
escucharon unas pifias. La gente no quería más floro. Antes de cada una de las
peleas preliminares, Groover se había mandado con unos largos soliloquios que
disminuían el esperado rating. La gente quería ver el desenlace de una historia
de amor y desamor, quería ver un fin sangriento.
Millones de
adolescentes vivaban por Eva, por alguien que les sacara la mierda a esas
madres castrantes y castigadoras, a esas señoras que les decían todo el tiempo
que eran unos inútiles de mierda, unos buenos para nada, madres que se negaban
a jugarles un centrito para salir con sus flaquitas o sus flaquitos.
Y, del otro
lado, estaban los millones de madres que apoyaban a la mamá de Eva. Por
intermedio de ella, querían vengarse de esos hijos sangrones que se aparecían
en los eventos familiares solo para picar comida, de esos hijos que pasados los
cuarenta todavía seguían succionándoles plata y cariño sin siquiera darles un
mínimo agradecimiento, de esos hijos que querían el desayuno en la cama servido
a la hora.
Que se
saquen la mugre de una vez, gritaban desde la tribuna las gentes sedientas de
violencia y sana justicia.
Vamos, Eva, vivaban
los jóvenes.
Vamos, mamá
de Eva, vociferaban, como diría la misma Eva, las madres cacheras del Perú.
Eva y su
madre, cada una por su lado, hicieron un ingreso estrambótico y enloquecedor.
Eva vestía una trusa azul; su madre, una
señora de más de ochenta años, un pañal rojo. Ambas llevaban guantes que lucían
inmensos en sus esmirriadas manos, guantes forrados con lija de construcción para
propinar severos raspones al rozar la piel.
***
El referí
estaba a punto de dar la señal del inicio de la pelea y Groover, el
maquiavélico organizador del evento, se lo sabroseaba en su asiento. Ateo como
era, rezaba para que el combate terminase en un cruento empate: muerta la
madre, muerta la hija, con harto sangregorio, y mucho chow del bueno dejado
como muestra de su desprecio para la posteridad de la humanidad.
Sin que el
propio Groover lo viese venir, con la agilidad de una rata que esquivaba los
certeros escobazos que pretendían eclipsarle la vida, se trepó en el ring el
streamer KristoRata. Llevaba puesto el mismo short con el que había sido
vencido por su rival Kañita de Pescar en la primera edición de la Mecha de
Streamers, organizada a su vez por un conocido streamer que se injertó pelo de
la zona púbica en la cabeza para no quedarse calvo.
KristoRata
quería ganar algo en su vida, como si no hubiera sido suficiente que ya haya
ganado notoriedad y mucho dinero en un Perú que premiaba a sus más conspicuos
huevones antes que a sus vástagos más ilustrados.
No voy a
permitir que una señora de esta edad pelee, mucho menos con esta persona que no
merece llamarse su hija. Hazte a un lado mamita, le pidió
KristoRata a la mamá de Eva, yo me voy a encargar de poner en su sitio a
esta vaga que te ha estado chupando la sangre desde que nació.
La madre de
Eva, que era una mujer que cuando se comprometía con una causa iba hasta el
final, miró directamente a los ojos del famoso streamer y le dijo: Fuera
chuchetumare; esa vaga es mi hija y la única que puede sacarle su mierda soy
yo, su madre, así que vete a la mierda. Y de un furibundo izquierdazo logró
lo que Kañita de Pescar no pudo: noquear a KristoRata.
La multitud
se enardeció. Volaron muchas botellas de cerveza en señal de respeto por el
coraje de la anciana. Ya quisiera que así fuera mi madre, decían muchos.
Esta señora no se anda con huevadas,
murmuraban otros.
Gracias a semejante
despliegue de poder y contundencia, varios de los adeptos de Eva se pasaron a
las filas de su señora madre. Ahora era ensordecedor el aliento dedicado a la
octogenaria.
***
Entonces el
referí no demoró más el comienzo. Eva y su madre chocaron los puños en honor al
juego limpio. Empezaron a medirse lanzando fintas. Tanteaban el terreno. Se estudiaban.
Buscaban el vacío en la defensa opuesta por el cual pudieran conectar un deleterio
izquierdazo o un fulminante derechazo.
Un poderoso
remezón musical resonó por todo el auditorio y las gladiadoras volvieron a
desconcentrarse. Era la fanfarria que anunciaba el ingreso en la lona del
presidente de Colombia, Gustavo Petro. Su visita se debía a las virales
declaraciones que había vertido Eva sobre el gobierno peruano y su desidia para
con la limítrofe isla Santa Rosa.
Si el Perú
tiene olvidada a esa isla, si no la usa para nada y la mantiene en la pobreza, que
se la dé a Colombia, pues. Si yo viviera ahí, y veo que las zonas cercanas que
le pertenecen a Colombia viven mejor, me hago colombiana. Que me den oro y me
hago colombiana. Ni cagando me quedaría donde me tratan mal.
Eso dijo
esta pensante muchacha, dijo Petro, abriéndose paso entre las dos mujeres,
luego de haber reproducido el clip viral con las declaraciones que Eva vertió
en uno de los programas de Groover.
Gracias a
esas declaraciones, los peruanos de esa isla recapacitaron sobre el olvido en
que los tienen y han elevado su voz al gobierno de la presidenta Boluarte para
pasar a ser colombianos. He venido a agradecerle a esta influencer peruana,
Eva, que haya expresado de corazón su sentir, el cual se puede resumir muy bien
en: si no utilizas algo, cédelo, regálalo.
Petro le
pasó el micrófono a Eva para que ratificara sus palabras.
Sí, dijo Eva,
yo apoyo que esa isla sea de Colombia, ya que la cachera de la presidenta la
tiene abandonada y sin usarla. No la usa, carajo.
Ahí quédese, dijo
Petro, ahí quédese.
Eva detuvo
sus palabras ahí. Con el rostro sorprendido, miró al presidente colombiano,
quien apenas le llevaba una cabeza de ventaja. Eva, desubicada como siempre, no
sabía que estaba ante el mismísimo presidente colombiano. Se figuró que era un
advenedizo más, un perdido, un inopinado, un espontáneo a lo Augusto Ferrando, alguien
que quería chow.
En Colombia,
necesitamos más propuestas como la tuya, Eva. Por eso hemos venido a
colombianizar tu cerebro, ya que es algo que no usas. Tu cerebro es como la
isla Santa Rosa y tú como el gobierno peruano. Lo tienes descuidado, no lo
irrigas, no lo cultivas, ni siquiera sabes hablar inglés y te consideras
profesora. Entonces, como ese cerebro está limpiecito, sin mantenimiento, yo,
Petro, lo pido para Colombia. Aquí está tu oro.
Eva recibió
con la boca abierta un pequeño saquito de monedas.
Y, ahora,
por favor, acompaña a nuestro médico a la sala de operaciones. Desde hoy,
nuestra querida Colombia se hará de un cerebro nuevo que sí será cultivado en
las ciencias y en las artes como es debido.
Eva fue
sacada del ring y llevada a una sala de operaciones.
Groover se
había quedado sin chow.
La
putamadre, este terrorista de mierda me ha cagado mi pelea. Esto no se queda así.
Síganme las cámaras, carajo, ordenó Groover, llevándose sus cámaras a la sala de
operaciones. El unboxing del cerebro de Eva le daría las vistas que necesitaba
porque, como dijo Woody Allen, el cerebro era su segundo órgano favorito
después de su pichulita.