jueves, 19 de enero de 2023

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 18 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan.

 

San Lucas 1, 13 – La Biblia

 

Estoy embarazada, idiota.

¿Estás segura? ¿Ya lo confirmaste?

Claro que ya lo confirmé, tarado. Tan segura como que me llamo Isabel Masías

El hombre se sienta en el sofá. Se toma la cabeza. El pelo largo se le filtra por los dedos, como hilos de mercurio.



Me salvé de hasta dos pelotones de fusilamiento y ahora vengo a caer del modo más cojudo, dice entre dientes, pero la mujer alcanza a escucharlo y le zampa un carterazo.

¡Cobarde de mierda! Sabía que te esconderías como una rata. En eso, debo reconocer que el cornudo de mi marido sí es un hombre de verdad. A su lado, eres un insecto. Mi marido sí asume sus divinas cagadas, el muy santurrón.

El hombre, como picado en el culo por un resorte rebelde en el sofá, se levanta entusiasmado: ¿Sus divinas cagadas, dices?

Sí, sus divinas cagadas, sus cagadas, al fin y al cabo. Aunque pocas veces la ha cagado. Soy yo más bien la que lo para fregando. Y, a pesar de eso, me aguanta con una paciencia admirable. El pobre ya no sabe qué más hacer para no molerme a golpes. Porque, míralo, de un manazo puede matar a un toro. Aun así, nunca me grita, mucho menos me golpea. Pero no sé cómo vaya a reaccionar ahora que se entere o se dé cuenta de que otro estúpido me ha embarazado. Ahora sí me va a matar. Y si no me mata a mí, te mata a ti. O nos mata a los dos, huevón. Es un fanático religioso. Mucho más que tú. Ya lo conoces. Él buscará la venganza divina.

No estás entendiendo. Con eso de “divinas”, recordé lo santo que se cree tu marido. En el culto, es insoportable, dice él, los ojos refulgiendo de maldad.

Ahorita no tengo cabeza para entender nada, idiota.

Cálmate, entonces, para que me entiendas un ratito, dice él, haciendo un gesto para que la mujer se tranquilice y se siente a su lado.

No me voy a sentar, mañoso. Lo único que quieres es tirar. Si me siento, terminaremos en la cama. Lo sé. A ti solo te importa eso. Es increíble la poca capacidad de entendimiento que tienes. La poca empatía. No sé cómo has hecho para escaparte de la muerte cuando saliste sorteado hasta dos veces para que te fusilen en televisión. Porque si hubieras ido, y te hubieran hecho las preguntas del libro, de hecho, te fusilaban. ¿Llegaste a leer algo?

No, nunca. Nunca leí un libro y ya ves; yo estoy muy vivo aquí y el maricón de la presidenta, bien muerto. Gracias al magnicida desconocido, esos tiempos ya quedaron en el pasado.

Ya no hay tanto pobre como antes. Le reconozco eso, dice la mujer.

Ya no hay mucho, sí, reconoce él. Pero, ven, te voy a contar qué vamos a hacer. Y luego, cuando veas que mi plan está de la putamadre, querrás terminar conmigo en la cama un buen rato. Ya verás.

***

Zacarías camina hacia el altar para colocar la ofrenda al Supremo. Su cuerpo hierve de nervios y exultación al mismo tiempo. Esa última semana ha sido la mejor de su vida. No solo fue ingresado en la Orden Restauradora de la Fe y la Abundancia Espiritual -la ORFAE-, logro, ya de por sí, dificilísimo de conseguir, sino que, al día siguiente de su inclusión, fue designado obispo, cargo cúspide en la organización. Ello le otorgaba el exclusivo privilegio de realizar el ritual de la ofrenda en la misma casa del Supremo -un ambiente hermético y fieramente resguardado en el interior del templo-, en donde, se afirmaba, moraba el espíritu del dios. Se sabe que el exobispo Urbina, en cierta ocasión en que, como Zacarías ahora, presentaba la ofrenda en esa misma casa, el Supremo le habló y profetizó que el presidente maricón sería asesinado y su legado de oscuro racionalismo empezaría a sucumbir. Desde esa vez, el Supremo no había vuelto a hablar con ningún otro mortal. El exobispo Urbina había sido comparado con un Abraham, un Moisés o un Daniel.

Luego de colocar la ofrenda en el altar, Zacarías se postra ante la imagen del Supremo, quien parece recibirlo con los brazos abiertos. El obispo inclina la cabeza y ora en silencio. Agradece el privilegio que se le ha concedido y el retorno de la fe al país, luego de una época de libérrima y sangrienta racionalidad. 

Entonces, oye una voz: ¿Hola?

Zacarías da un respingo. Se supone que es la única persona en la casa del Supremo. El acceso a ese espacio está prohibido para cualquiera, excepto para él. ¿Quién pudo haber cometido el sacrilegio de hollar suelo sagrado? No se apena en lo más mínimo por la futura suerte del intruso: una vez capturado, perderá la cabeza física e indefectiblemente.

¿Quién anda ahí?, dice con energía.

No temas, Zacarías. Soy el Supremo. Te anuncio que tus ruegos han sido escuchados.

¿El Supremo? ¿Mis ruegos? ¿Cuáles ruegos?, pregunta Zacarías, desconfiado, indagando con sus ojos caídos la procedencia de la voz.

Soy el Supremo, el dios a quien ahora mismo acabas de ofrecer ese delicioso cordero ahumado. Me presento ante ti para exponerte que te he elegido el padre putativo de mi Hijo el Salvador, porque reconozco y encomio el empeño que has puesto en lograr que mi nombre y mi legado sobrevivan en esta sociedad de racionalismo y sangre.



¿De dónde me hablas?, dice Zacarías, continuando con la búsqueda del origen de la voz. Mira hacia todos lados, sin disimular sus esfuerzos, pero la búsqueda es inútil. No da con el parlante o dispositivo transmisor de la voz. Parece como si ella surgiese de un punto en el espacio y de ninguno a la vez.

¡Zacarías, déjate de huevadas, y escucha!

El obispo se sorprende. La contundencia de esas palabras es inequívoca. Solo puede provenir de alguien tan puro y directo como el Supremo. Cero paseos, cero hipocresías. Se arrodilla y abre los brazos, las palmas de las manos hacia arriba. Te escucho, Supremo, implora, la cabeza gacha y los ojos concentradísimos en hundirse en la oscuridad de sus adentros.

Zacarías, tu mujer está preñada. Te dará un varón a quién pondrás por nombre Elías. Él es el mesías que todo el mundo ha estado esperando.

Supremo, perdona mi incredulidad, pero cómo será posible que mi mujer quede embarazada si hace tiempo que el pene ya no me funciona. Solo una vez se me paró, y fue cuando, desventurado de mí, accidentalmente vi a mi vecina desnuda. Creo que el problema es que el cuerpo de mi mujer ha dejado de interesarme, Supremo.

¡Silencio, sátiro! Olvídate de esas huevadas y préstame atención. Tu mujer está embarazada. Punto. Así que cuidadito con dudar de la procedencia de ese niño, ¿ok? No querrás verme enfadado y mandando plagas mortíferas a todo el mundo.

Entiendo, Supremo; mi mujer está embarazada y yo seré el padre adoptivo de tu hijo, oh, gran señor, el padre adoptivo del mesías del mundo.

Zacarías, arrebatado por la emoción de tan magno suceso, salta y se desplaza alocadamente de un lado a otro del recinto, dando vivas y murmurando salmodias.

¡Arrodíllate, huevonazo! ¡Quién dijo que te pares! Cuando se oye mi palabra, se permanece arrodillado.

Ese día, Zacarías perdió el habla.


sábado, 7 de enero de 2023

"La reunión de los cínicos" en el programa de Silvio Valencia

 Tras un gran análisis de "La reunión de los cínicos", Silvio Valencia y sus panelistas recomiendan comprar el libro en las principales librerías del Perú.


Link del video: https://youtu.be/q8pGujnST6M


viernes, 6 de enero de 2023

REVISTA CARETAS: "La reunión de los cínicos"

 Aquí el enlace de la nota completa: 

https://caretas.pe/cultura/presentacion-de-la-reunion-de-los-cinicos-de-daniel-gutierrez-hijar/



La reunión de los cínicos

 


Presentación de "La reunión de los cínicos", de Daniel Gutiérrez Híjar

Ayer, 5 de enero del 2023, en interesante conversación con un connotado y juicioso crítico literario, se presentó en el bar Zela (Centro de Lima, en uno de los portales de la Plaza San Martín), el nuevo libro de nuestro escritor Daniel Gutiérrez Híjar “La reunión de los cínicos”. La conversación estuvo amenizada con un par de botellas de Pilsen y la presencia de los estribillos musicales de grupos tan parejos en el estilo, como Maná, RBD y Aviador Dro.

Terminada la conversación, el evento de presentación continuó en la galería de arte Martín Yépez (Centro de Lima, en uno de los portales de la Plaza San Martín, en el restaurado edificio Hidalgo). Desde el balcón del segundo piso de la galería, el libro de nuestro autor fue lanzado como se acostumbra en estos saraos literarios. 


Abajo, en la plaza, un grupo de performers, contratado por esta vuestra casa editorial (Ediciones DGH), recreó una multitudinaria y encendida marcha contra la eliminación de nuestro glorioso Congreso de la República. La instalación plástica fue tan convincente que la policía, alarmada por lo que creía una furiosa revuelta, cercó la plaza para evitar que los performes orinen en las faldas del caballo del nacido en Yapeyú.

La presentación del libro de Daniel Gutiérrez Híjar concluyó con un ameno brindis de refrescante Sprite servida en vasitos de plástico ecológicos.

Pueden encontrar “La reunión de los cínicos” en las principales librerías del jirón Quilca (cuadra 2, Centro de Lima); a saber:

·        La Librería del Centro, de Mabel Cueva

·        Miscelánea Librería

·        La librería del señor Ricardo Tuya

·        La Librería Sakura

·        La librería del señor Jesús Luna

Sírvanse también preguntar por otros libros de nuestro autor, como la novela “El solitario de Zepita” o el cuentario "Latidos del asfalto".


miércoles, 21 de diciembre de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 17 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)


Me cubriré del agua

De la mar y ya no he

Más de morir

 

Y ya no he más

 

Luchito Hernández Camarero – Dicen que soy…

 

Tengo solo diez minutos para salir y aún estoy sin ropa. Mi manía por tenerlo todo controlado me ha obligado a coger una tijera filuda para podarme los pendejos. No puedo ponerme un bóxer limpio encima de estos pelos que ya, sin darme cuenta, han ganado volumen y longitud. 



Corto arriba del pene y alrededor de su base. Los restos caen y forman un entrevero de caracteres chinos en el piso blanco del baño. Corto rápido; y la claridad de la piel, que le va ganando terreno al enmarañado boscaje, me es tremendamente satisfactoria.

¡Perfecto! Los pelos quedan reducidos al mínimo. La tijera ya no puede hacer más. Sin embargo, la tarea aún no ha terminado: los pelos de los huevos están intactos. Los oigo reírse de mí: Ya no te queda tiempo para cortarnos. Seguiremos creciendo así, retorcidamente, como alambres rebeldes, pegándonos a tus huevos, haciéndolos sudar, reteniendo la humedad, propiciando aquel hedor que tanto te gusta oler cuando zambulles la mano debajo del pantalón; no lo niegues.

Impelido por tales burlas, reafirmo las tijeras en los dedos, cojo un sector del escroto y, ¡zas!, de un plumazo, les extingo la vida a decenas de pendejos largos, horribles, asquerosamente ondulados. ¡Zas! Otro tijeretazo y más pelos caen al suelo con rotundidad. Son filamentos duros, pesados. No se dejan hamacar por el aire. Caen como bolas de plomo, como cachetada de esposa engañada.

¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Aaaaaauuuuuuuuu, mieeeeerdaaaaa!

Espesos y diminutos círculos de sangre se mezclan con los nigérrimos jeroglíficos del suelo. Me acabo de abrir la bolsa escrotal. Hasta creo que me he cortado un huevo. No sé qué hacer. Desespero. Corro hacia cualquier lado. Aparezco en la cocina. Veo la hora en la pared y una botella de pisco encima del refrigerador. Tomo la botella y la pongo cerca del lavabo. Me empino para que los huevos cuelguen sobre este. Abro el caño y vierto manotazos de agua sobre los testículos. El agua se lleva la sangre que me continúa saliendo y me deja ver la herida. Veo las glándulas y las venas que recorren mis huevos. Destapo la botella de pisco y me echo todo su contenido, que es alrededor de la mitad, sobre la boca que le hecho al escroto.

¡Aaaauuuuuuuuuuu, mieeeeeeeeeeeerdaaaaaaaa!

***

Lo primero que veo al despertar es un gran pedazo de vidrio. Giro la cabeza y veo más pedazos, pero pequeños. Poco a poco, recupero la memoria. Y las fuerzas. Me levanto, cuidando de no cortarme con los vidrios. El cuarto huele fuerte; a pisco. Estoy con los huevos colgando, manchados de sangre. Miro la hora. Entonces, recuerdo. La cita. Ya fue la cita. Ahora sí no me salvo de esta. Ya deben de estar buscándome. Lo primero que harán será venir aquí. Este lugar ya no es seguro. Voy al cuarto y me visto con lo primero que encuentro. Aunque el corte ya no duele, me pongo el calzoncillo con cuidado. Cojo la billetera. Es lo más importante. Siempre es lo más importante. Abro la puerta y… Muy tarde. Me doy de frente con El Salsero. Ahí está. Me mira con insana satisfacción, seguramente imaginando las torturas físicas que me aplicará. Lleva en la mano su clásico maletín. El Salsero dice que mira qué casualidad, justo iba a tocarte la puerta. ¿Qué pasó? ¿Cómo estás? ¿Puedo entrar?

Claro, pasa, pasa, le digo con plena tranquilidad, aunque en mi cabeza se entrechocan distintos planes para salir con vida de esta situación. 

¡Upa! ¿Qué pasó? ¿Quién se peleó aquí?, nota socarronamente al ver el estropicio sangriento y vidriado que el suelo le muestra con doméstica resignación. ¿Te pusiste nervioso o qué? ¿Dónde está Carmela? ¿Carmelita? ¡¿Carmelita?! No me digas que te reventó una botella cuando se enteró de tu milagrito.

Ella no está acá, digo secamente, al tiempo que, con disimulo, estudio sus movimientos. ¿Entrará a la sala? ¿Irá al cuarto? Parece que va a la sala. Lo sigo. No hay nada a mi alcance. Si hubiera algo, ya se lo habría tirado por la cabeza. Él, muy confiado, me da la espalda. No teme que pueda hacerle algo. No me teme. No me respeta. Nunca me ha respetado El Salsero.

Se sienta en el sofá. Extiende sus brazos en la cima del respaldo y cruza las piernas. El maletín lo ha puesto a su lado.

Bueno, hablemos.

Quedo de pie delante de él; a unos tres metros. No hay nada cerca que yo pueda usar como arma. Desde su cómoda ubicación, tiene el perfecto control de mis movimientos y posibilidades.

Te estuvimos esperando, compadre. Siempre te ha gustado que la gente te espere, ¿no? Disfrutas con esa huevada.

Permanezco en silencio. Sus preguntas son retóricas. Puro chamullo antes de la tortura. Él, como yo, me estudia, aquilata donde clavarme el primer golpe. Yo también estudio cómo dejarlo fuera de combate antes de que se me venga con todo. Sé que lo que me tiene preparado es grande y devastador. Si no me apuro, no habrá marcha atrás y desapareceré de este mundo sin haber plantado un árbol, escrito un libro o formado una familia. Tengo el reloj en cuenta regresiva.

Bueno, basta de huevadas, entremos en materia: ¿Qué pasó? ¿Tienes mi encargo?

Lo tuviera o no, mi fin estaba próximo. El Salsero no iba a tu casa a pedirte las cosas a la buena; no, señor, pues luego de arrancarte lo que le pertenecía, te torturaba. Además de hincharse de dinero, otra de sus pasiones era desaparecer gente por las tuberías de la ciudad. 

Vamos, huevón, dame lo que es mío y deja de mirarme como cojudo.

Entonces, me bajo el cierre y me desabrocho el botón del pantalón.

¿Qué estás haciendo?

Me bajo el pantalón y quedo en calzoncillo.

Oe, ¿qué tienes, huevón? ¿Qué haces?

Me bajo el calzoncillo y dejo al descubierto el pene y los huevos.

¡Pala mierda! ¡Qué es eso, huevón!, dice, fijándose en la sangre que me chorrea por entre las piernas.  

Me corté los huevos, le digo.

¿Por qué, huevón?, dice, conteniendo las náuseas. La herida se me ha abierto y supura. Se te están pudriendo los huevos, cojudo. ¡Aghh! Tápate esa mierda.

Dentro de mis huevos tengo lo que buscas, le digo.

¿Cómo? ¿Dónde?

Aquí, dentro de mis huevos, le repito, con una calma que me sorprende.

¡Conchatumadre, tápate esa huevada! ¡Voy a vomitar!

Y vomita. Deja el piso regado de todo lo que había tragado ese día.

¿Cómo chucha tienes mi huevada ahí? ¿Cómo llegó ahí, huevón?

El Salsero no para de vomitar. Es mi oportunidad. Decido abrirme la bolsa escrotal y terminar con su sufrimiento. Meto un índice en la herida y luego el otro. Con ambos, estiro la abertura. Al contrario de lo que puede sospecharse, la acción me provoca un dolor muy tenue. ¿Será el pisco que aún recorre mi cuerpo?

El Salsero está ahora en cuatro patas. Empieza a vomitar sangre. A pesar de su posición y del tremendo asco que lo ataca, no quita los ojos de mis huevos. No quiere perderse un detalle de lo que estoy haciendo. Tremendo masoquista. Entonces, decido ofrecerle un verdadero espectáculo.

Meto más dedos en la abertura y atrapo el primer cordón que siento. Lo jalo. Es el epidídimo que emerge a la atmósfera de esa habitación acompañado del conducto deferente. Vuelvo a mirar al Salsero. Tiene los ojos en blanco. La cabeza se le despeña y cae como plomo sobre el desastre orgánico que él mismo ha desparramado en el suelo.

¿Está muerto?

Caigo de rodillas y me ovillo sobre el suelo. Poco a poco, voy perdiendo la conciencia. Mientras me desvanezco, con una especie de sonrisa en los ojos, empiezo a decir, cada vez más débilmente: Y no he más de morir, y no he más

jueves, 20 de octubre de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 16 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

El rey le dijo a la joven:

“Pídeme lo que quieras, que te lo daré”.

Y le juró:

“Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella salió a preguntarle a su madre:

“¿Qué le pido?”.

La madre le contestó:

“La cabeza de Juan el Bautista”.

Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:

“Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”.

 

Evangelio según San Marcos 6, 22-25

 

Le veo el bulto antes de que se vaya. ¡Qué bien llena esos pantalones! Cuando la tiene dura, que ocurre cuando predica, no puedo quitarle la mirada de encima. Una vez mi esposo se dio cuenta. O no sé. Seguro fue idea mía, porque nunca me dijo nada. Eso sí, cuando él no está cerca, le lanzo unas miradas llenas de deseo. Yo sé que el predicador no es tonto; sabe cuáles son mis intenciones. Sabe que lo quiero predicando en mi cama.

Pero ya basta de jueguitos, voy a tomar acción. Daré el golpe en la verbena de San Juditas. El predicador es uno de los invitados especiales de mi esposo. A ver si el santo me hace el milagro. A ver si para algo sirven los santos. A ver si me concede el deseo en el día de mi cumpleaños.

Con un par de cervezas, mi marido se apaga. No se emborracha, no pierde los papeles, no llora, no baila, no cacha, nada. Solo se apaga. ¡Plum! Chau. Hasta mañana. Cuando eso ocurra, será mi momento. Por fin, conquistaré tu bulto, predicador pingón.

***

No permitiremos que el gobierno nos ordene cuántos hijos tener. Eso va en contra de los principios de Dios, hermanos. El hombre y la mujer fueron creados libres para engendrar vida las veces que sean necesarias. Denunciemos este orden perverso que nos quieren imponer, hermanos. Salgamos a las calles a protestar. La pobreza de este país no se debe a la cantidad de hijos que traigamos al mundo, hermanos. No, definitivamente no.

La pobreza, los vicios y la podredumbre moral se deben a que nuestros hijos crecen en una sociedad torcida, alejada de Dios. Cuando nuestros hijos crecen desconociendo a Dios, el futuro se pudre. Es la falta de Dios en nuestra sociedad la que genera pobreza y perversión, hermanos. Así que no me vengan con el cuento de la sobrepoblación. Siempre recordemos que donde comen uno, comen dos y donde comen dos, comen tres, y donde comen tres, comen cincuenta millones de peruanos. Si aceptamos a Dios en nuestras vidas, la abundancia material y espiritual caerá sobre nosotros por su propio peso. Entiéndanlo bien. Levantémonos contra este gobierno castrador, hermanos. Levantémonos y encomendemos nuestras almas a Dios Nuestro Señor para que nos conceda la victoria en esta lucha contra el gobierno.

Justamente acá, a un ladito, me acompañan los siete, ocho, diez, trece hermanos que hoy tendré el honor de bautizar en la fe. Los bautizaré en nombre de Nuestro Señor para que, desde este momento, sean siervos fieles de la bondad, la disciplina, el respeto y el amor. Y, solo de esta manera, la pobreza y tantos otros males quedarán desterrados de sus vidas y, por ende, de las vidas de los que los rodean.

Que las parejas sigan unidas en Dios y se reproduzcan infinitamente. Si Dios vive en sus corazones, los hijos de sus hijos serán hombres de bien que generarán riqueza de modo natural, multiplicarán las monedas y no estarán contaminados por el capitalismo ocioso y desvergonzado.

Vengan por aquí, hermanos. Vengan, acomódense por aquí. Iré llamando a cada uno para bautizarlos tal cual Juan bautizó a Nuestro Señor.

***

Señora, ¿qué está haciendo? Esto es inadmisible. Por favor, le pido con todo respeto que se retire.

La mujer se había hincado en el suelo y descorrido el cierre del pantalón del hombre de fe. Con voracidad licántropa, había metido la mano en el agujero descubierto y se había apoderado de la bestia que aún dormía, gruesa y cabezona, abrigada por unos calzoncillos de algodón de primera calidad.

Esto no es correcto, señora. Su esposo… ¡Ah! ¡Uh!

El religioso descubre que la lengua de la mujer no trabaja nada mal. Lo hace muy bien. Decide disfrutar de esa lengua un ratito. Eso sí, sobre la frente de la mujer, pone una mano que finge oponer una fuerza de repulsión. Ella no debe dudar, en ningún momento, de que él no está de acuerdo con ese acto de oprobiosa concupiscencia. ¡Pasu, pero qué rico la chupa esta mujer! La chupa casi casi tan rico como la chupa mi Stéfano. Entonces, sus pensamientos los va ocupando Stéfano y la forma en que fricciona su piel con la suya, la manera en que lo besa con la lengua hasta que siente que la pinga se le va a reventar de lo dura que se pone. Ya está bueno, piensa. Este pene es de Stéfano y de nadie más.

Señora, esto no debió ocurrir, dice el santo, apartando, esta vez sí con determinación, la cabeza de la mujer, escondiendo al muñeco, subiéndose el cierre y alisándose el pantalón de fino lino. 

No me digas que no te ha gustado. He sentido cómo lo has disfrutado, Nazaret.

Por supuesto que no. Para nada. Todo esto ha sido un error. Espero no volver a verla más en mi vida. Y si tenemos que cruzarnos en lo que resta de esta jornada de caridad, por favor, espero que no me vuelva a dirigir la palabra. El pecado debe ser cortado de raíz. El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los abandona hallará misericordia. Proverbios veintiocho, trece. Ya sabe. Adiós.

***

Mi amor, tú sabes que todo este cuento de la actividad caritativa ha sido una simple fachada. Lo de fondo ha sido celebrar tu cumpleaños como se debe, y con plata de la Municipalidad, que para eso está esta vaina, para satisfacer y cumplir nuestros deseos. Dime, por favor, además de este diamante que cuelgo en tu hermoso y delicado cuello, qué otro regalo quieres. Yo te lo concedo. Sea lo que sea. Yo te lo cumplo, yo te lo compro. Lo que desees lo tendrás a tus pies. Dime, ¿cuál es tu deseo, mi amor?

La mujer finge meditar su respuesta. En realidad, la tiene preparada desde el instante mismo en que sufrió el mayor desaire de su vida. Afuera, los fuegos artificiales alardean su poderío y estruendo. Las luces multicolores de nitrático olor festejan decenas de años de vida de la municipalidad de Los Olivos.

Quiero la cabeza de Nazaret.

¿Qué? ¿Por qué? Nazaret es como mi hermano. Es un ángel en la Tierra. ¿O te refieres a otro Nazaret?

No, estoy hablando de tu gran amigo Nazaret.

¿Y por qué quieres su cabeza?

Porque, desde que lo conociste, me pretende. Me coquetea cuando te das la vuelta. En varias oportunidades, ha querido besarme. Ayer no ha sido la excepción. Ha querido abusar de mí. Me ha tocado, me ha besado y casi casi me ha metido su cosa. Yo no me dejé.

La mujer se deshace en sollozos. El pecho le detona en palpitantes convulsiones. Su pulso es agitado; su respirar, dificultoso. Recuerda todas las vejaciones y humillaciones de Nazaret.

Amor mío, discúlpame, pero no creo que Nazaret sea capaz de todo lo que dices.

Con los ojos trastornados de indignación, la mujer vomita tremendo vitriolo: que cómo vas a desconfiar de la mujer que te adora, que te la chupa, que se te entrega toda. No me mereces. No mereces todas mis atenciones.

Basta, mi amor. Discúlpame. Olvida lo que dije. Para mañana en la noche, a más tardar, tendrás la cabeza de ese desgraciado ante ti, besándote los pies.

***

Tú serás el salvador de este país.

Los besos caen y demoran, reptan. Las pieles se recorren, se reconocen, se mezclan. Al muchacho le gusta sentir la barba rasposa de su mentor.

Está clarísimo: has nacido con el don del líder. Nunca te desperdicies.

El muchacho se desliza por entre las sábanas y con sensual salvajismo se apodera del tremendo garrote que tiene el hombre entre las piernas. Este comienza a delirar. Ya no concurren pensamientos en su cabeza. La locura misma lo invade y se retuerce debajo de las sábanas. No pone las manos en la cabeza del muchacho porque sabe que eso le disgusta. Eso es de cabros, le dijo una vez. Así que lo deja hacer y no interfiere con el desarrollo del trabajo bucal del muchacho. Solo lo disfruta.

Luego de una hora, ya descansados, bebiendo algo de vino, el hombre le dice: Tú debes ser mi guía, no yo el tuyo. Estoy seguro de que te esperan cosas grandes.

***

¿Qué es eso, amor?, dice la mujer. Le intriga la elegante caja puesta sobre el piso, al lado del lecho marital.

Es un presente, mi amor.

¿Puedo abrirlo?

Por supuesto, mi amor. Solo lamento haberme tardado un par de días en presentártelo.

¿Un par de días? No me digas que es lo que creo que es.

Se miran. Se entienden.

¿Adentro está la cabeza de ese miserable?, dice ella, un tanto incrédula.

Compruébalo por ti misma, amor. No te preocupes que no te mancharás con sangre o algo así. Mandé que escurrieran bien esa cabeza y le den una buena limpiada. Hasta perfume tiene. No te iba a presentar un pedazo de carne putrefacta. 

La mujer se acerca a la caja. Una tarjeta acorazonada dice: A mi reina, lo que pida.

Ábrela, mi amor. Sin miedo. Además, apenas la veas, llamo a Johnny para que la bote a la basura y se la coman las ratas.

Las uñas largas y coloridas de la mujer se desprenden de la tarjeta y en su rostro se van alternando gestos de difícil interpretación.

Vamos, amor; sin miedo.

Tras un momento, por fin, dice: No, amor. No quiero arruinar mi día con una imagen tan desagradable. Sé que la cabeza de ese desgraciado está ahí adentro. Te creo. Sé que eres capaz de hacer lo que yo te pida, mi amor. Llama a Johnny y que se asegure que las ratas se la coman toda. Que le echen mayonesa y kétchup. Las ratas adoran esas cremas.

***

No sabemos quién lo hizo.

¿Lo dejaron tirado así? ¿Sin más?

Sí. Así lo encontramos. Pero, dime, sí o no que esto lo han planeado. Alguien que te quiere robar, te mata y listo; no se da el trabajo de cortarte la cabeza. Para mí que ha sido el gobierno. Hace rato lo tenía en la mira. El maestro era uno de los más grandes obstáculos para su objetivo de eliminar todos los cultos religiosos del país. Así que lo mandaron matar a oscuras, como matan los criminales, por la espalda y en la oscuridad.

Hay un silencio inflamado por los pensamientos que surgen de la contemplación rabiosa del cuerpo desnudo, sangrante y decapitado.

¿Vamos a hacer algo?

Las lágrimas del muchacho se unen al silencio en su rodar. El llanto es quedo, de macho, del discípulo que ve en el cuerpo de maestro la respuesta definitiva a la pregunta.

Ya veremos. Ya veremos.