sábado, 24 de mayo de 2014

Crónica de una muerte anunciada - Gabriel García Márquez



«El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.»

Un comienzo kafkiano como aquel desentumece la impasividad de cualquier lector y lo encarrila en el sendero de un relato emocionante, plagado de personajes cuyos espíritus resonarán en su cabeza por un buen tiempo.

Novela breve, pero trepidante, Crónica de una muerte anunciada es el exitoso intento de García Márquez por llevar a la ficción un hecho real que ocurrió en Sucre, lugar en el que vivió una corta temporada con su familia y donde la violencia hacia metástasis aceleradamente.
Todo el pueblo estaba enterado de que los hermanos Vicario asesinarían a Santiago cual si fuera un toro en el camal. Los propios gemelos Vicario se encargaban de anunciárselo a cualquiera que se cruzara en su camino. Todos, excepto el propio Santiago, sabían sobre el sangriento acto que estaba a punto de suceder, aunque consideraban que las bravuconadas verbales de los Vicario eran producto de la borrachera del día anterior, borrachera que se habían pegado en honor de la boda de su hermana, Ángela, con un advenedizo y acaudalado empresario llamado Bayardo San Román.



Que don Bayardo descubra, en el lecho nupcial, que Ángela no era lo virgen que se suponía debía ser, desencadenará una serie de confusiones, magistralmente narradas por García Márquez, que terminarán con dos hermanos ansiosos por ver discurrir la sangre de un despreocupado Santiago Nasar.

Santiago se enteraría del peligro que corría únicamente cuando estuviera en frente de los hermanos Pedro y Pablo Vicario, éstos últimos blandiendo sendos y enormes cuchillos para destazar vacunos.


Aquellas personas que tomaron en serio las amenazas de los gemelos estuvieron dispuestas a alertar a Nasar, pero jamás dieron con él. Como dice acertadamente uno de los personajes de esta corta pero magnífica novela: «La fatalidad nos hace invisibles.»

lunes, 10 de marzo de 2014

300: El nacimiento de un imperio

Es domingo. Estoy enfrente de la laptop. La página del procesador está en blanco. No sé sobre qué escribir. Sería estupendo si no escribieras nada, piensan mis amigos de la oficina. Sería formidable que nos cayeran más y más planes de minado para desarrollar, piensan mis amigos de la oficina. Trabajaríamos en ellos día y noche, 24/7.

Daniel, ¿tienes algo qué hacer más tarde?, me dice mi mamá. Sí, tengo 30 años y todavía vivo con mi mamá. Seguramente no soy un buen ejemplo para las jóvenes promesas de la oficina. No, mami, ¿por qué? Para que lleves a Cesitar a ver la segunda parte de “300”. Estoy a punto de decirle que no tengo dinero para comprar entradas para el cine porque los gastos del colegio de mi Morgana me tienen apescuezado. Pero ella continúa: Aquí están las entradas. Es en el Cineplanet de Plaza San Miguel. A las 7 y 15. Cuando tomo las entradas, me percato: ajá, y en 3D.


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Cesitar es uno de mis hermanos menores. Su parte favorita de la Historia es “Grecia antigua”. Desde que vio “300”, quedó totalmente encandilado por las hazañas de aquel puñado de espartanos liderados por Leónidas. Aquellos tenaces guerreros, acorralados en las Termópilas, fueron aplastados por las cuantiosas huestes de Jerjes. Prefirieron morir de pie a vivir genuflexos.

Otro de los tópicos favoritos de lectura de Cesitar es Alejandro Magno, el macedonio redentor de la cultura griega.

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Llegamos con diez minutos de antelación. Hacemos la consabida cola. Mi hermano está emocionado. Me comenta los trailers que ha visto de la película. Está ansioso por armar el rompecabezas que tiene en la cabeza.

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La primera película que vi en 3D fue “Viaje al centro de la Tierra”. La vi con Cesitar en un cine de Larcomar, allá por aquellos días en los que empezaba a tener más dinero del que jamás hube tenido antes, aquellos días en los cuales ese dinero me hacía sentir poderoso, días en los que mi mente alucinaba que era mejor quien tenía más dinero, quien tenía un iPod o veía una película en 3D.

Ahora las cosas han cambiado. He leído a Hesse. Estoy loco, no tengo dinero (ni quiero tenerlo) y disfruto mucho más de la vida.

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Educo a mi hermano en las mañas del buen cinéfilo: una vez que pasemos la revisión de los tickets, corremos y empujamos a todo el mundo para agarrar los mejores asientos (los del medio de la sala hacia arriba). La cola se acaba luego de que nos revisen los tickets, luego todo se convierte en tierra de nadie. ¿Entendiste, Cesitar?
Pero mi consejo no se pone en práctica porque luego del control de tickets sigue la entrega de los lentes 3D. Ergo, la cola continúa.

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No hubo necesidad de atropellar a nadie. Encontramos buenos asientos. Nos damos el lujo de escoger. Bueno, mi hermano se da el lujo de escoger. Yo ya estoy viejo para estar escogiendo algo. La vida me ha enseñado a apreciar y acoger todo lo que ella me dé, sea eso malo o malo.

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“300, El nacimiento de un imperio” está basada en los hechos ocurridos en la batalla de Salamina, enfrentamiento que protagonizaron griegos y persas (los primeros, defendiéndose de la invasión; los segundos, tratando de expandir sus territorios). Temístocles, héroe heleno, logra unificar a los estados griegos y, ensalzando la memoria de Leónidas y los 300 mártires, crea un ejército feroz y pundonoroso, que obliga a Jerjes a poner pies en polvorosa. Si bien la película se toma algunas licencias históricas (nos presenta a una Artemisia algo alejada de lo que el gran historiador Herodoto nos ha contado), cumple su cometido: transmitirnos la crueldad con la que se libraban esas batallas a espada limpia.

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Hay sangre, materia, decapitaciones, brazos que vuelan, piernas que ruedan, cabezas que rebotan, intestinos que serpentean, huesos que se quiebran y flechas que convierten a los cuerpos en dignas copias de quesos suizos. Los efectos son reales, lentos, minuciosos. Sospecho que en unos años no solamente se nos entregarán los consabidos lentes 3D sino también cubiertas o forros para evitar que nos salpique la sangre de las pantallas. No falta nada. Cada día nos insensibilizan más. Los noticieros mañaneros hacen su parte del trabajo cuando nos muestran a los cadáveres atrapados debajo de una llanta o a los cuerpos agujereados por un nutrido grupo de balas asicariadas (si me permiten el neologismo).     

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Garúa. Estamos en el paradero esperando el bus. Mi hermano está fascinado por la película. Todavía no comprende cómo Temístocles y Artemisia pudieron intimar con tal violencia (los que han visto la película saben a qué me refiero). Yo me alucino Temístocles. Un Temístocles cholo, pero Temístocles al fin y al cabo. Y veo el bus que se acerca a toda velocidad, rompiendo la fina garúa que cubre las pistas de la calle Dintilhac. Y alucino que ese bus es un barco persa que viene a por nosotros, y le digo a mi hermano: Agárrate fuerte, Cesitar. Vamos a embestir al enemigo. ¡Ah-hum, ah-hum!


miércoles, 5 de marzo de 2014

Integración 1.0


Llegamos tarde. Era poco más de la una. Hacía calor, pero el día estaba nublado. Teníamos hambre.
Estuvimos esperando medio día en la oficina. A pocas cuadras de ella, sabíamos que los chicos de Minas, Geología y Laboratorio la estaban pasando bien. También queríamos pasarla bien. Cuando mi hermano me dijo que faltaban diez minutos para la una, decidí que ya era tiempo de que nos uniésemos al grupo. Choripanes, anticuchos, papas sancochadas, picarones,…, y cerveza (50 litros). Demasiada tentación para un par de chicos hambrientos y sedientos.

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Unas manos gigantes y coloridas se precipitan sobre unos carteles regados aleatoriamente sobre el suelo poco poblado de pasto. Eso pasa cuando arribamos al Lawn Tennis. Risas, algarabía, zambra. Confirmado: los muchachos de Minas, Geología y Laboratorio la están pasando bien. Me siento sobre unas gradas y empiezo a cambiarme de ropa. También quiero jugar. Oigo por ahí que es el último juego de la tarde. Luego pasaremos a degustar del rico almuerzo, dice alguien con micrófono. Lástima: habían culminado los juegos. Igual me cambio. La ropa de la oficina no combina con este clima de divertimento.

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Luego de un rato, me encuentro con Ernesto, joven trabajador del área de “Gestión de Personas”. No lo conocía. Alguna vez lo había visto, pero jamás habíamos tenido la oportunidad de conversar. Al menos, podía reconocerlo vagamente por la foto del correo corporativo. A mí nadie me reconocería por la fotografía que circula de mi cara en la intranet de la empresa: salgo feo. En persona, soy más feo todavía.

-¿Ernesto? Hola, ¡qué tal! Muchas gracias por el comentario del post sobre don Alberto-le digo. Los ojos de Ernesto están cubiertos por unas gafas de lunas azules. Me veo reflejado en esos espejuelos. Mi reflejo me traba las ideas. Desbarro.

-Ah, eras tú. No, no tienes por qué darlas, D. Estuvo interesante. ¿Y por qué no publicas algunos de los cuentos de tu libro?

-No, ni hablar. Esos cuentos son demasiado malogrados como para colgarlos en la página de la empresa. Además, ustedes (Patty y él) ya se pasaron de generosos al permitirme colaborar con artículos que seguramente no son del agrado del grueso de la gente de la empresa. Tú sabes, yo imagino que la gente quiere que se posteen artículos sobre gerencia, ingeniería, no sé, cosas que sirvan-. Era cierto, me sentía terriblemente agradecido porque Patty me permitiera publicar mis desvaríos, pero también sentía que era una gran frescura de mi parte endilgarles mis fantasiosos textos al esforzado staff de ingenieros de la empresa, ingenieros que jamás perdían el tiempo en el Facebook o en el Twitter.

-No, no te preocupes. Pero, a mí me gustaría leer tus cuentos.

-Claro, Ernesto. En estos días te paso un ejemplar.

-¿Sabes? Yo también escribo. Escribo poesía. También, tenía un blog, pero lo dejé por falta de tiempo.

-¡Qué bacán!-exclamo (en un lugar habitado principalmente por ingenieros es algo difícil encontrarse con gente que escriba cosas que no sean solo informes)-. Para ser poeta uno debe tener cierta…-y, demonios, no encuentro la palabra. Las lunas de sus gafas, que me devuelven mi reflejo de muchacho feo, me desconciertan. El reflejo me obnubila-. Deben tener cierta…-y no se me viene ninguna palabra. Ernesto espera que termine mi comentario. La espera sobrepasa los dos minutos. Se le nota impaciente. Pensaría: ahora cómo salgo de esta conversación-. Bueno –digo, al fin-, a ver si un día de estos te paso mi libro-concluyo. ¿Y así me considero un lector? ¿Dónde se ha visto que un lector se quede sin palabras, sin vocabulario?

-Claro. No hay problema-dice Ernesto y se despide, se mezcla con el grupo de muchachos que acaba de concluir las actividades de esparcimiento, las cuales habían empezado aproximadamente a las 10 de la mañana.

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Hay mesas y sillas que se guarecen del sol (que hace pocos minutos se acaba de apoderar del cielo de Jesús María -¿o estamos en el Centro de Lima?-) gracias a un extenso toldo. A un lado están las viandas y, al costado, el lugar más concurrido en esos pocos metros cuadrados: el shop de cerveza; una caja metálica por uno de cuyos lados emerge un grifo controlado por una palanca negra. Un shop de cerveza cuyos cincuenta litros tendrían que cumplir la función de manumitir la espontaneidad y jovialidad de las almas allí reunidas.

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Geólogos con geólogos, mineros con mineros, laboratoristas con laboratoristas. Los juegos parecen no haber derribado las barreras profesionales, digámoslo así, las barreras creadas ya por una afinidad pretérita, conocida. 

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Empieza la comilona. Algunos pocos (muy pocos), bien porque tienen que conducir o bien porque cumplen una arcana promesa, beben únicamente gaseosas, desdeñando la cerveza que otros (los más) consumen con avidez y no poco entusiasmo. Hay alegría (y quién no se sentiría alegre, alborozado, comiendo y bebiendo en horas en las que correspondería trabajar) en las mesas, pero seguimos con los geólogos y geólogos, mineros y mineros, laboratoristas y laboratoristas.

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No sé de dónde sale la idea, pero una manada de gente se dirige hacia el campo de juego ubicado en un extremo del Lawn Tennis. Una pelota de fútbol es conducida por un quimboso jugador hacia dicho campo. OK, vamos a jugarnos una pichanguita, ¿pero con mujeres? Perfecto, me digo y corro hacia el campo. Llegó la hora de la integración, pienso.  

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Hay una veintena de personas corriendo tras un balón (yo estoy muy pesado, fuera de forma, fuera de combate y elijo ubicarme debajo de uno de los arcos de la cancha. Los arqueros de pichangas generalmente son los jugadores que hemos caído en la obsolescencia, pichangueros venidos a menos), todas tostándose bajo el sol que ahora brilla furioso y hace que muchos sudemos copiosamente. Se me vienen a las mientes (Marco Aurelio Denegri suele emplear esa locución verbal cuando quiere expresar que acaba de recordar algo) las palabras de mi abuelita Bertha: Sudas como un caballo. Sí, sudo como un caballo, y ahí estoy, debajo del arco, pasándome innumerables papeles toalla por la testa, el cuello y la cara.
Sin embargo, interrumpo el restañamiento de mi sudor porque se ha armado, enfrente de mí, un poderoso grupo de cuatro agradables damas cuyo objetivo es vulnerar mi desguarnecido arco. Son unas fieras. Juegan al fútbol mejor que nadie. A duras penas (con mucha suerte) detengo sus furibundos disparos. Luego, mi resistencia eclipsa y el arco es de ellas. Ganan el partido. Pierdo (como siempre), pero siento que me he integrado con aquellas cuatro damas, pues conversábamos mientras los defensas y volantes de su equipo armaban meticulosamente las jugadas maestras que terminarían en centros envenenados y dirigidos al corazón del área, que yo vagamente defendía, para que las goleadoras damas aumentasen el score.

Siento que el partido ha logrado aquello que los juegos tempraneros no. Este improvisado match ha conseguido que, al menos en mi caso, conozca el nombre de las cuatro damas que casi me perforan el cuerpo con sus furibundos y certeros disparos.

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Estamos en las mesas, sentados. Los incorregibles seguimos exprimiendo de la cajita plateada mililitros y mililitros de cerveza. No toleramos ver nuestros vasos plásticos vacíos. Ahora, el ánimo es distinto, los integrantes de Minas, Geología y Laboratorio se muestran ávidos de integración. Cada grupo todavía permanece en sus respectivas mesas, pero ahora la gente voltea la cabeza buscando al compañero con el que congenió muy bien durante la pichanga.

Cuando el reloj se acerca a las 4, Minas, Geología y Laboratorio (bueno, los pocos que aún quedábamos en el terreno) nos unimos en una sola gran mesa. Alguien dice foto, foto. La gente (un solo grupo ya) se acomoda ante la cámara, lista para perennizar aquel momento.



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Camino a casa. Recorro con mis gastadas suelas las entrañables y siempre atosigadas veredas de la avenida Wilson. Se me ocurre que si nos daban dos horas más, la integración hubiera sido completa y no hubiéramos dejado ni una gota de cerveza en aquella bienhechora cajita de metal.

Fue una tarde memorable. Mis brazos están rojos. Con toda seguridad se me descascará la piel el domingo. Ojalá se acuerden de mí aquellas simpáticas damas productoras de infinitos goles. Quiero continuar con la integración. Y no estoy dispuesto a esperar dos meses para ser parte del próximo evento. Caray, si al menos hubiera anotado el número celular de alguna de las damas, me lamento mientras paso cerca de la fachada de un vetusto edificio.

martes, 25 de febrero de 2014

Tras las huellas de don Alberto (Crónica de una búsqueda)

Lo recuerdo claramente, porque el mismo día en que le envíe el correo a P, el entonces gerente general de la empresa en la que trabajo, casi suplicándole para que me conceda una entrevista con su suegro, el patriarca de la minería peruana, don Alberto Benavides de la Quintana, partía yo hacia la clínica en la que pocas horas después nacería Morgana, mi hija.

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Por aquellos días, vivía bajo la influencia del contenido del libro “Steve Jobs”, de Walter Isaacson. Luego de esa lectura, busqué más información sobre Jobs, el audaz entrepreneur americano quien, con su obra, cambió varios paradigmas de esta época. En Youtube, vi casi todas las entrevistas que Jobs concedió, las convincentes y amenas (aunque creo que el adjetivo ameno no describe cabalmente la clase de espectáculos verbales y gestuales que Jobs solía desplegar sobre los escenarios de las MacWorld) presentaciones que hacía de los revolucionarios productos de Apple, el memorable discurso de Stanford y alguno que otro documental biográfico.

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Lo tenía más o menos planeado. Mi estrategia era: tirar la bomba, huir y regresar luego de un tiempo para ver los efectos de la explosión. Una estrategia un poco cobarde, pero estrategia al fin y al cabo. Supongo que es normal. Nuestra cultura nos ha formado así: guardarle cierto temor a tu superior (claro, a menos que ese superior sea tu pariente o tu conocido). Le escribí un extenso correo al entonces gerente de la empresa en la que trabajo (tan extenso que seguramente aburría). En resumen, en el correo, me presentaba brevemente (estaba seguro de que P ignoraba que un tal D trabajaba en su compañía), le contaba que hacía dos años había publicado un librillo de cuentos (librito que nadie compró  ni leyó) y que había indagado minuciosamente sobre el recorrido de don Alberto. Sin embargo, deseaba, ingeniero, que me conceda, o haga posible, una entrevista con su respetable suegro para reunir material de primera mano que me permita escribir una biografía novelada sobre tan descollante personaje. Un libro sobre un don Alberto desmitificado sería una importante contribución para la literatura empresarial y motivacional (quizá exageraba, pues no me siento, ni me sentía aquella vez, capaz de escribir del modo en que lo hacen los grandes novelistas. No obstante, tenía que parecerle convincente a P). Era una suerte que un personaje del calibre de don Alberto todavía estuviese vivo; no cualquiera cumplía noventa y dos años y disfrutaba de una envidiable lucidez. La carta, mi propósito, todo me parecía muy arriesgado, pero, ¿los emprendedores no hacían cosas arriesgadas? ¿No telefoneó Steve Jobs, a los doce años de edad, al mismísimo gerente y cofundador de Hewlett & Packard, Bill Hewlett, para que le vendiera directamente unas piezas electrónicas que necesitaba para darle vida a un proyecto personal (un contador de frecuencias)? Está bien, pensé. A veces uno tiene que arriesgarse; de lo contrario, la conciencia nos repetirá incesantemente: por qué no lo hiciste, por qué no te atreviste.

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¿Y en el Perú? ¿En mi país hay emprendedores? Sí los había. Los hay. Consumí literatura sobre emprendedores peruanos. Compré algunos de los libros de Nano Guerra García: “¿Dónde está la riqueza?”, “La historia de María” y  “Los secretos del carajo”. Quería saber cuántos y quiénes eran los “Steve Jobs” peruanos, quería leer  las historias de los peruanos que supieron plasmar exitosamente su visión, a pesar de los medios adversos en los que les tocó vivir. Si mal no recuerdo, en el último libro mencionado, Nano sostiene una entrevista con don Alberto. Esa lectura fue el chispazo que desencadenó mi admiración por el joven don Alberto, quien con conocimientos, habilidad y tozudez convirtió una humilde y casi obliterada mina, la mina Julcani, en el próspero germen de lo que años más tarde sería uno de los grupos económicos más solidos de nuestro país. ¡Y don Alberto todavía vivía! ¡Y yo trabajaba en una de sus empresas! Bajo esas condiciones, debía existir algún modo de contactarme con él. Estaba decidido a dejar de pergeñar historias intrascendentes para concentrar mis esfuerzos en novelar la vida de un emprendedor nato, construir, párrafo a párrafo, un libro que motivara a las futuras generaciones peruanas.

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Esa mañana fui a la oficina para participarle a M, mi jefe, que mi hija iba a nacer en pocas horas, que, por favor, me concediera el permiso para disfrutar de aquella única e indeleble experiencia. Luego de obtener el permiso, entré en mi computadora. Releí el correo que ya tenía preparado y, click, lo envié a la bandeja de P, el gerente general de la empresa y yerno del patriarca de la minería. Apagué la computadora y raudamente me dirigí al otro local de la empresa, ubicado a una cuadra del edificio en el que trabajo. Ese local era conocido como “La casona”. Resulta que esa mismísima casona fue la primera oficina de Compañía de Minas Buenaventura, la primera oficina de don Alberto. Caminé sobre los crujientes tablones del piso de la casona en busca de la oficina de la secretaria de P para pedirle que, por favor, le entregara este paquete al ingeniero. No estaban ella ni él. ¿Y ahora? Mi plan parecía desmoronarse en el último minuto. Vi una puerta abierta. Entré. Era la oficina del hermano de P, un tipo cordial, de espontánea amabilidad. Buenos días, ingeniero, le dije, ¿podría entregarle este paquete al ingeniero P? Con todo gusto, me respondió. En aquel paquete estaba la evidencia de mis pruritos literarios, el librillo que había publicado hacía dos años. El armazón de la bomba estaba dispuesto: el correo y el libro. La bomba explotaría en algún momento. P rechazaría o aceptaría mi descabellada propuesta. Dejaría que el mecanismo explosivo trabajara silenciosamente durante los cuatro días de licencia que se me otorgarían por paternidad. Al quinto día, de nuevo en la oficina, sabría la respuesta de P. Hui de la casona. El nacimiento de mi Morgana me esperaba. Estaba exultante. Conocería en pocas horas a mi bebé y, quizá, con algo de suerte y un poco más de tiempo, al patriarca de la minería peruana.

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Ver el nacimiento de tu hija y disfrutar a su lado de cada día de su vida son experiencias gozosísimas e imborrables. Durante cuatro días, conocí al milímetro los gustos y disgustos de ese ser tan lindo que Dios, inmerecidamente por cierto, me había regalado. Quinto día. Regreso a la oficina. Llego temprano (como nunca). Reviso la bandeja de mi “correo corporativo”. Nada. P no me había escrito. ¿Será que no llegué a enviarle mi mensaje correctamente? Reviso la bandeja de correos emitidos. Sí, sí lo había enviado. Y supongo que P lo había recibido. Conjeturé miles de ideas: P había estado muy ocupado, P accidentalmente borró mi correo, el hermano de P olvidó entregarle mi paquetito, etc. No insistí más. Ahí murió la empresa de la novela sobre don Alberto, ahí feneció la oportunidad de conocerlo.

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Pero don Alberto jamás se dio por vencido. Únicamente la muerte podía detenerlo, pero ella tuvo que esperar noventa y tres años para llevar a cabo su injusto cometido. En noventa y tres años, don Alberto dio cátedra humana y empresarial. Benavides de la Quintana fue ejemplo de emprendimiento. Según he leído, existen los introemprendedores y los emprendedores. Los primeros suelen ser profesionales proactivos que pulen sus conocimientos y generan propuestas innovadoras para lograr el bienestar de la empresa para la que trabajan. Los segundos son las personas determinadas a ser sus propios jefes. Consiguen asegurar el crecimiento de sus negocios o empresas mediante la innovación y la constancia. Don Alberto fue ambas cosas. Como estudiante en la Escuela de Ingenieros y en Harvard y como trabajador de la Cerro de Pasco Mining Corporation consiguió importantes logros que le valieron la consideración de sus colegas y superiores. Como empresario después, a sus cortos treinta y dos años, fue capaz de hallar la buenaventura en aquella minita (Julcani) por la que nadie daba un sol (el sol de oro era la moneda de aquella época). Don Alberto dejó la comodidad de sus pesquisas geológicas (la geología fue siempre su pasión) para dedicarse a manejar completamente todos los aspectos involucrados en una operación minera, la cual, si bien era pequeña, no dejaba de constituir un gran reto. Sesenta años después, aquel reto ha sido superado largamente: Buenaventura, el legado de don Alberto para el mundo, posee hoy más de una decena de importantes operaciones mineras, tanto subterráneas cuanto superficiales. Como él mismo lo señaló, Buenaventura se encuentra hoy en una posición boyante que no imaginó alcanzar cuando tomó las riendas de Julcani.


    
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Fue mi hermano quien me comunicó el deceso de don Alberto. Puede parecer cursi, manido, falso e hipócrita lo que a continuación expresaré, pero es cierto, sentí que la noticia me trastocó. Un hombre de gran valía abandonaba físicamente este mundo. Luego de conocer sobre la proeza empresarial de don Alberto en los albores de la década de 1950 a través del libro de Guerra García, busqué literatura, videos, noticias, ensayos, que me permitieran conocer precisamente las tribulaciones o las dudas que asaltaron al treintañero don Alberto mientras se jugaba el todo o nada en aquella osada aventura de Julcani. No encontré mucho al respecto; únicamente datos concretos, objetivos. Yo quería saber qué es lo que sentía don Alberto, el ser humano, no el mito, en los momentos en que, sin saberlo aún, cambiaría no solo su destino sino también el de miles y miles de peruanos. Solo el mismísimo patriarca de la minería peruana podía relatar qué sintió en esos momentos. Decidí entonces que haría lo posible para conversar con don Alberto al respecto. Solo si humanizábamos al mito, podríamos generar empatía en los jóvenes lectores de su biografía (la biografía novelada que yo pretendía escribir). Gracias a la ausencia de tenacidad y perseverancia que me caracteriza, no logré sostener la entrevista con don Alberto. Me faltó aquel rasgo que hermana a los emprendedores: el don de jugarse hasta la camisa para construir aquello que se soñó.


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Es realmente una vergüenza que la muerte de don Alberto haya pasado desapercibida para la mayoría de peruanos. Igual suerte corrieron las noticias de los decesos de Mario Brescia y Johnny Lindley. Aparecieron en los medios únicamente notas discretas, minúsculas. Estoy casi seguro de que si uno de aquellos muchachos plásticos que aparecen hasta en la sopa en los programas de televisión, tan idolatrados por estas volátiles juventudes, hubiera perecido (por supuesto, nadie desea la muerte de nadie; es una mera suposición), los medios ya habrían agotado todas sus páginas y calentado sus ondas electromagnéticas dando cuenta del terrible e “importante” suceso. No estamos, lamentablemente, en los tiempos de Valdelomar (fallecido un año antes del nacimiento de Benavides), cuyo funeral remeció a gran parte del Perú.

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Concluyo: Los emprendedores de este país debieran ser considerados genuinos héroes de la patria, recordados y estudiados, pues su ejemplo de esfuerzo, firmeza y determinación serviría para encauzar, en el sentido correcto, las apetencias y metas de las generaciones venideras. 

martes, 21 de enero de 2014

Hollywood - Charles Bukowski

Otro día, jodido. Con fiebre otro día más.

No tengo ganas de hacer nada. Solo quiero dormir. Para dormir profundamente debo leer. Los ojos se cansan y se consiguen formidables horas de sueño.

A diferencia de otras ocasiones, no necesito escoger delante de la pila de libros desordenados que he ido acumulando en estos últimos años de mi vida como un desquiciado. Sé qué libro quiero leer. Me lo acaba de regalar una persona que me quiere a pesar del desastre que sabe que soy. Me quiere a pesar de que no tengo un puto centavo. Alguien que te regala un libro como ese debe amarte u odiarte. No hay otra alternativa. Lo abro y no paro.

Cuatro de la tarde. No he dormido nada aún. El libro me tiene dentro de su historia. Bukowski es un maestro de la ironía. Es un viejo sabio. No es un sabelotodo. Es un tipo que se toma las cosas con calma, con sabia resignación.

Me voy a la cama con el libro. Estoy solamente en calzoncillos. Leo un capítulo más y decido dormir. Empiezo a soñar con lo que he leído. Al cabo de diez minutos abro los ojos y retomo la lectura. No puedo dormir. No es por la fiebre, que sigue ahí; es por el jodido libro: está condenadamente bueno. Voy a la sala y me tumbo en el sofá para continuar con la lectura.



Me he reído sonoramente un par de veces con el libro. Bukowski narra la historia de la realización de la película cuyo guión escribió: “Barfly”. Directores, actores, empresarios del cine, críticos, todos son examinados con aquel ojo recorrido y sensato del gran Bukowski, quien emplea a su alter ego Henri Chinaski para mostrarnos que el mundo no es más que un lugar habitado por idiotas, en el que hay idiotas ganadores e idiotas perdedores.  



¿Hace cuánto no leía un libro de más de 300 páginas en un día? No lo recuerdo. Tampoco importa.

He quedado convencido de que leer a Bukowski es como conversar con un tipo que tiene la respuesta justa para todo, el mejor consejo, la mejor enseñanza. Si no has tenido un papá, Bukowski podría suplirlo sin ningún problema. That's why I got the old barfly in my arm.

Estos son algunos de los personajes que pude identificar a pesar de sus nombres postizos:

Tom Pell: Sean Penn
Ramona: Madonna
Jack Bledsoe: Mickey Rourke
Francine Bowers: Faye Dunaway
Jon Pinchot: Barbet Schroeder
Jon-Luc Modard: Jean-Luc Godard
Lenny Fidelo: Frank Stallone
Lido Mamin: Idi Amin
Mack Derouac: Jack Kerouac
Francis Ford Lopalla: Francis Ford Coppola.

Aquí las frases que posiblemente repita cuando esté borracho en una próxima ocasión. Ojalá pueda recordarlas:

23
«El dinero es como el sexo-dije-, parece mucho más importante cuando no se tiene…»

39
«-Amor y Genio son dos de las palabras de las que más se abusa en la lengua-dije.»

40
«Jon-Luc no paraba de hablar. Hablaba de un modo enrevesado y dándoselas de Genio. Quizá fuera un Genio. No quería cabrearme por eso. Pero había tenido que aguantar Genios durante todos mis años de colegio: Sahkespeare, Tolstoi, Ibsen, G. B. Shaw, Chejov, todos esos lelos. Y peor aún, Mark Twain, Hawthorne, las hermanas Brontë, Dreiser, Sinclair Lewis, todos te caían encima como un bloque  de cemento y uno quería salir y huir, eran como padres tontos de remate, empeñados en seguir reglas y modales que acojonarían a un muerto.»

57
«Así que allí estaba yo, con más de 65 años, en busca de mi primera casa. Recordaba cómo mi padre había hipotecado prácticamente toda su vida para comprar una casa. Él me había dicho: -Mira, yo pagaré una casa durante toda mi vida y cuando me muera tú te quedarás con esa casa y entonces durante toda tu vida tú pagarás otra casa y cuando tú te mueras dejarás esas casas a tu hijo. Entonces serán dos casas. Luego tu hijo…
Todo el proceso me parecía terriblemente lento: casa a casa, muerte a muerte. Diez generaciones, diez casas. Luego bastaría una sola persona para perder todas esas casas en el juego, o para incendiarlas con una cerilla y echar a correr calle abajo con sus huevos en una cesta.»

82
«-Quizá escriba un guión malísimo.
-No lo harás. He leído todo lo que has escrito.
-Eso pertenece al pasado. En la profesión de escritor, hay más tíos acabados que cualquier otra cosa.»

93
«Mi idea acerca de todo este asunto era que la mayoría de la gente no era alcohólica, lo que pasa es que ellos creían que lo eran. Eso es algo que no puede hacerse tan deprisa. Le lleva a uno por lo menos veinte años convertirse en un auténtico alcohólico. Yo llevaba cuarenta y cinco y no me arrepentía de ninguno.»

111
«El guión iba bien. Escribir nunca me ha costado trabajo. Que yo recuerde, siempre ha sido así: buscar una emisora de música clásica en la radio, encender  un cigarrillo o un puro, abrir la botella. La máquina de escribir hacía el resto. Lo único que yo tenía que hacer era estar allí. Todo el proceso me permitía continuar cuando la vida en sí misma ofrecía muy poco, cuando la vida en sí misma era un espectáculo terrorífico. Siempre estaba la máquina de escribir para calmarme, para hablarme, para entretenerme, para salvarme el culo. Esencialmente era por eso por lo que escribía: para salvarme el culo, para salvarme del manicomio, de las calles, de mí mismo.
Una de mis antiguas novias me gritó:
-¡Bebes para escapar de la realidad!
-Por supuesto, querida-le contesté.»

117
«-Esa es tu respuesta a todo: beber.
-No, esa es mi respuesta a la nada.»


136
«-¿Sabes lo que dijo Lippy Leo Durocher?
-¿Quién ese ése?
-Un antiguo jugador de baloncesto. Dijo: “Prefiero tener suerte que ser bueno.”»

138
«Víctor volvió con una botella de vino en la mano.
-Tengo vino pero no abridor…
-Oh, Dios…-suspiré. Un bebedor aficionado.»

149
«Los abogados, los médicos y los fontaneros, ellos eran los que ganaban todo el dinero. ¿Los escritores? Los escritores se morían de hambre. Los escritores se suicidaban. Los escritores se volvían locos.»

177
«Cuando había carreras de caballos nunca recibía malas noticias porque no estaba en casa y nadie podía encontrarme.»

206
«Dios, pensé, ¿y qué pasa con el escritor? El escritor era la sangre y los huesos y el cerebro (o ausencia del mismo) en estas criaturas. El escritor hacía latir sus corazones, les daba palabras para hablar, los hacía vivir o morir, lo que quisiera. ¿Y dónde estaba el escritor? ¿Quién fotografiaba alguna vez al escritor? ¿Quién aplaudía? Aunque menos mal, ¡joder!, claro que menos mal: el escritor estaba donde debía estar: en algún rincón oscuro, observando.»

218
«Mi mejor libro es siempre el último que he escrito.»

222
«Musso’s llevaba allí desde 1919 y para él todo era un coñazo: nosotros y todos los demás que estábamos allí. Yo estaba de acuerdo.»

230
«La mejor parte de un escritor está sobre el papel. La otra parte es, normalmente, una idiotez.»

268
«El secreto reside siempre en la sencillez: para una verdad profunda, para hacer las cosas, para escribir, para pintar. La vida es profunda en su sencillez.»

294
«-¿Beber no es una enfermedad?
-Respirar es una enfermedad.
-¿No le parecen repugnantes los borrachos?
-Sí, la mayoría lo son. Al igual que la mayoría de los abstemios.»

310

«En cuanto a mí, mi mayor sueño en la vida era evitar el mayor número de gente posible. Cuanta menos gente veía, mejor me sentía.»

lunes, 20 de enero de 2014

Cinco para las nueve y otros cuentos - Alonso Cueto

Estoy mal.

Estoy pésimo. No tengo ánimos para nada. Solo puedo leer inconteniblemente y dormir.  No me provoca hacer nada más.

El sol de mierda solo atiza mi desasosiego.

Tengo todos los síntomas de la fiebre. He tomado unas pastillas para erradicarme ese mal. Pero éste vuelve y se apodera de mi cabeza. La siento como si estuviera en las alturas, cuando por trabajo me mandan a una mina a más de cuatro mil metros de altura.

No sé por qué estoy así. El dolor se concentra en mis ojos y en mi cabeza. Las manos se calienten. Sudo copiosamente. «Putamare, me voy a morir y todavía no he terminado ninguna de las dos novelas que estoy escribiendo», pienso y me atormento más.

Escribo esto con un dolor tremendo en los ojos o detrás de ellos, en mi cerebro. Escribo esto hirviendo por dentro.

Así, jodido, hace unos días cogí “Cinco para las nueve y otros cuentos”. Quería leer algo ligero, suave. Generalmente, leo cosas suaves. No es novedad. “Cinco para las nueve y otros cuentos” fue una buena elección. Sus historias están dirigidas a adolescentes. Me atrevería a precisar “a chicas adolescentes”. Alonso Cueto se mete en la piel de chicos y chicas, y lo hace bien. Los cuentos de este libro (once en 143 páginas) no pretenden revolucionar la cuentística peruana, sino mostrar situaciones quizá muy comunes para los chicos que viven su edad colegial.





No es un libro revolucionario, como dije, pero este malestar que me aqueja ha hecho que le coja cierta estima. Sus historias me acompañaron en los momentos en los que la fiebre me atacó virulentamente hace unos días. Ahora la enfermedad ha amainado, pero sigue ahí, jodiéndome los ojos, golpeándome la cabeza, amenazando con darme cualquier día la estocada final.  

Poemas y antipoemas - Nicanor Parra

No soy un tipo que lee poesía. Casi no leo poesía. No he leído un poemario completo. Apenas mordisqueé “Los heraldos negros” de Vallejo. Pero siento simpatía por la vida de ese gran poeta. Siempre que se puede, leo su biografía.

Admiro a Bolaño por la vida que le tocó vivir y la manera en que la vivió. Lo admiro porque leía en la puerta de los cines. Leía cuando y donde la gente normal no suele leer. No paraba de leer. Leí sus “Detectives salvajes”. Estoy leyendo su libro de cuentos “Putas asesinas”. No me gustan los cuentos de Bolaño; al menos, no me gustan los cuentos de “Putas asesinas”. No me emocionan, no me enfurecen, son largos, no hay giros inesperados, parecen inacabados. No creo que termine de leer “Putas asesinas”.



Porque admiro a Bolaño y veo en Youtube las pocas entrevistas que dio en vida, decidí leer algo de Nicanor Parra, uno de los poetas chilenos que Bolaño admiró más.




Leí “Poemas y antipoemas”. No soy nadie para decidir la bondad o maldad de los trabajos de un escritor. Bostecé mucho mientras leía los poemas durante las horas en las que se suponía debía trabajar. Solo un poema llamó mi atención: “Advertencia al lector”. Me gustó mucho. Me rescató del sopor en el que me hallaba sumido. Es el poema más antipoema de todo el libro, una clara protesta contra la poesía de flores y rosas.