martes, 10 de noviembre de 2015

Sucedió entre dos párpados - Fernando Ampuero

 
 
Ha bajado mi ritmo de lectura. La mina me deja poco tiempo para llevar a cabo esa ociosa actividad. Llego a la cama del cuarto con fuerzas que destino solo para escribir una novela que no sé si concluiré o que no sé si alguien leerá cuando la concluya.
 
Trato de mantenerme informado de las movidas literarias en la ciudad. Me entero de la reciente publicación de "Sucedió entre dos párpados", de Fernando Ampuero.
 
Estoy en Lima desde hace cinco días. El jueves regreso a la mina. Es así. Prisión, libertad, prisión, libertad.
 
Compré el libro. Lo leí. Su brevedad, más que su contenido o el interés de la historia o la pericia que inyecto el autor en desarrollarla, me motivó a terminarla.
 
Supongo que estoy acostumbrado al Ampuero de prosa directa y barrial. Después de "Loreto", parece que "Sucedió entre dos párpados" es otro pasito más en esa pendiente negativa por la que parece resbalar el escritor.

viernes, 2 de octubre de 2015

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina - Stieg Larsson



Segunda parte de la trilogía “Millenium”. La terminé hace unos días. Desde las primeras páginas, Larsson captura la atención del lector y nos hace seguidores de una historia que no deja indiferente a nadie. Imposible olvidarse de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist, además de algunos villanos que aparecían de refilón en la primera parte pero que en esta adquieren dimensiones muy reales. 

Magallanes - Stefan Zweig



Con “Magallanes”, me quedó claro que Stefan Zweig fue un escritor genial. El libro no solo es la biografía de un tipo valiente y visionario, sino la de una época en la que vivir era una actividad bastante arriesgada. Si bien hoy “el estrecho de Magallanes” es un paso olvidado e inútil, su descubrimiento fue la prueba de lo que el ser humano es capaz de lograr a pesar de las adversidades. 

La distancia que nos separa - Renato Cisneros



De todos los libros de Renato Cisneros, “Nunca confíes en mí” continuará siendo mi preferido, no solo por la historia de traiciones y desencuentros que narra, sino por la desenvoltura con que es contada.

Luego del fiasco de “Raro”, Cisneros regresó con “La distancia que nos separa”, novela basada en la relación del escritor con su padre, militar y político peruano apodado “El gaucho” Cisneros.


Me dormía en el recuento que hacía Cisneros sobre sus relaciones sentimentales o afectivas. Cabeceaba cuando relataba el proceso de investigación que lo acercó más a aquel padre con el cual interactuó poco durante su vida. Fueron muchísimo más interesantes, sin embargo, las anécdotas políticas de “El gaucho”, un tipo que se caracterizó por ofrecer sus opiniones frontalmente, sin reparar en la impopularidad o popularidad de sus declaraciones.

Don Manuel - Luis Alberto Sánchez



“Don Manuel” de Luis Alberto Sánchez fue un viaje a la Lima fines del XIX y principios del XX. Muchas de sus páginas las leí en el mismo Centro de Lima, escenario de la mayoría de situaciones que protagonizó uno de los peruanos más celebrados y odiados de su tiempo. A pesar de provenir de una familia aristocrática, don Manuel González Prada tuvo la lucidez necesaria para despercudirse las taras que separaban a los individuos de todo un país.

“Don Manuel” es un repaso por la historia política y social de una Lima que, a pesar del tiempo transcurrido, aún sufre de las mismas injusticias y desigualdades de hace varios siglos.


Si hubiera escrito este brevísimo recuento apenas hube terminado de leer el libro (o sea, hace siete meses), los detalles, que fueron reveladores y noticiantes, hubieran aparecido por doquier. Ahora, casi los he olvidado.    

miércoles, 2 de septiembre de 2015

En el bus


El bus sale a las 4:38 am. Yo había llegado al paradero a las 4:30 am, bañado, en mangas de camisa. La temperatura del lugar apenas alcanzaba un grado centígrado. El resto de los viajantes estaba bien abrigado. Éramos cinco varones y dos mujeres. Una de ellas era ella.

Hacía dos días, ella, en un acto de inopinada confesión voluntaria, me había contado algunas cosas sobre la relación no formal que sostuvo con uno de mis buenos amigos de la mina. Este amigo jamás me había contado una sola palabra al respecto en las muchas veces que tomamos unas chelas en su cuarto del hotel de la mina.

Mientras ella me relataba cómo se inició el idilio, cómo llegaron a elaborar una química que, para cualquiera en la mina, pasaba inadvertida, mi alma se enturbiaba con algo que podía llamarse celos.

¿Por qué se enganchó con el feo de mi amigo? Yo sabía por qué. Ambos éramos o somos feos, pero el tipo tenía o tiene una personalidad y encanto innatos, demoledores. Yo, feo desde siempre, no tenía o no tengo personalidad y ni una pizca de carisma.

Puede ser feo y caminar como achorado, me decía ella, pero su personalidad lo hace guapísimo. Para mí, es un churro. Me derrito a su lado.

La escuché unos minutos más, hasta que el frío, que arreciaba, nos mandó a nuestras casas.

Hoy viajamos juntos. Nos sentamos en uno de los últimos asientos del bus. El resto de viajantes estaban desperdigados en los sitios de adelante. Escuchamos Papa Roach, Blind Melon, Bullet For My Valentine. Cantábamos algunos temas que nos eran conocidos. Juntaba mi cabeza a la de ella para poder escuchar las melodías que salían de mis audífonos que ella, arrebatándomelos, se había colocado. Entre canciones, hablamos de él, de mi amigo. En cierto momento, nos besamos. Nos besamos algunas veces más.

Acompáñame el viernes a un evento, me dijo. Le dije que ya, que normal.

Bajé en Metro de Alfonso Ugarte. Nos despedimos con otro beso, un beso, como los demás, furtivo. Nadie debía enterarse.   

Así es la mina, uno nunca sabe qué puede pasar.

Mientras escribo esto, bebo el Anís Najar, seco especial, etiqueta verde, que Alan llevó hace cuatro semanas y que ayer bebimos hasta dejarlo casi vacío. Dejamos un poquito, un poquito que ya estoy terminando. Debo estar lo suficientemente adormecido para tatuarme a Vargas Llosa. Sobrio no me tatúo ni cagando.

jueves, 30 de julio de 2015

Primer día de encierro

Primer día de trabajo. Primer día de encierro. En esta mina, teóricamente, trabajas catorce días y descansas siete. Pero, en la práctica, esos catorce días generalmente se convierten en veinte o veintitrés. Nunca depende de ti sino de fuerzas mucho más poderosas. Los días de descanso siempre son los mismos. A algunos, se los acortan. Les dicen que los necesitan urgentemente, que suban rápido, carajo. Hasta el momento, no me han acortado los días (felizmente). Será porque no me necesitan (felizmente).

El primer día llamo a mi esposa. Le digo que me cuente cosas de Morgana, nuestra hija: ¿qué está haciendo? ¿ya comió? Estamos dejando la casa de la calle López Albújar para mudarnos a una un poco más grande en la calle Ernest Malinowski. En realidad, mi esposa es quien se está encargando de transportar nuestros pocos pero muy pesados enseres al nuevo hogar.

Por el Whatsapp, le pido que me mande fotos de la bebe en la nueva casa. A sus tres añitos, por fin, este irresponsable padre le dará a su bebe un cuarto propio.

Así son los primeros días de trabajo en la mina, desesperado pidiéndole fotos de la bebe a mi esposa. La sonrisa de mi hija es mi cura. Sin sus fotos, me dejaría abrumar por la soledad y reciedumbre de este lugar.


Al menos, tienes trabajo, me dice mi esposa.