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lunes, 5 de marzo de 2012

Un matrimonio se acaba - Parte Tres

Pero no entró el papá de su esposa; solamente ella y su mamá. El papá, al parecer, aún estaba abajo, en el primer piso. Recordemos que el departamento del escritor está alojado en el cuarto nivel del edificio.
El plato de comida todavía humea, está caliente. La esposa del escritor, también. Su madre luce molesta, apenas si saluda al escritor.
Tu mamá me ha dicho que no le importa mi hija, que lo que no se conoce no se quiere, dice la esposa. Lleva puesto un vestido negro y unas botas del mismo color. Además de molesta, está desesperada, como si hubiera perdido un brazo. Se dirige rápidamente hacia el closet y comienza a sacar una maleta rectangular azul. Del mismo apresurado modo, saca toda su ropa negra y la coloca, sin la prolijidad acostumbrada en ella, en el interior de la maleta. Yo la llamé a tu mamá diciéndole señora que su hijo no me busque más, ya no lo soporto, me he ido del departamento, grita su esposa. Su madre está a un lado del coffee table, los brazos cruzados, un manojo de llaves en la mano izquierda, que deben de ser de su casa.
El escritor trata de calmar a su esposa, pero sin despegar el culo del asiento que ha tomado a la mesa. Le dice, cálmate, amor, tranquila, ¿qué haces? No tienes por qué irte. Me voy, me voy, porque ya no aguanto a tu mamá. Siempre se mete en la relación. Dile que esta separación es por su culpa. Agradécelo a tu mamita, pues.
La esposa coge una bolsa negra grande y mete en ella la ropa que le ha comprado a su bebé. Ve, encima de la cómoda de la cuna de la bebé, la ropita que la mamá del escritor le ha regalado. La ropita reposa, prolijamente doblada, en una cajita plástica transparente muy simpática, decorada con finos trazos que representan flores y animalitos silvestres. La esposa del escritor la coge y la lanza con fuerza contra el piso. No quiero nada de tu mamá, dijo. El escritor siente una punzada en el pecho cuando ve que la cajita se estrella contra el piso y sufre una rasgadura en uno de sus lados.
Así me habló tu vieja, dice la esposa del escritor. Me dijo que nunca quiso que me casara contigo, que ya era hora de que nos separáramos. Me alegro, hijita, me dijo. Mira a su madre y ella asiente. Había sido testigo de todo lo que había dicho la madre del escritor. La esposa había activado el modo altavoz.
La mamá de la esposa mete baza. Yo he escuchado todito lo que le dijo tu mamá. Lo dijo con cierta malicia. A tu mamá la tenía acá –lo piensa un poco y en vez de elevar la mano por encima de su cabeza como suele hacerse, la eleva hasta cierto nivel debajo de su mentón, la señora debe de medir un metro sesenta, o sea, para empezar, no tenía en mucha consideración a la madre del escritor, se conocieron y vieron por última vez en la boda de él-y ahora la tengo por acá –baja su mano hasta el nivel de sus rodillas-. Qué mal, dice.
Al escritor le jode que su suegra y su esposa estén expresándose así de su mamá. El escritor piensa que el único pecado de su madre fue y es querer en exceso a sus hijos.
Tu mamá nunca me vio bien. Siempre quiso para ti una chica popis como tú, que sea alguien en la vida. Como yo no soy nada, me dice esas cosas.
Al escritor le jode que su esposa se exprese así. Él se interesó en ella, sin importarle sin había estudiado en tal o cual lugar. No le importó nada de eso. Quedó cautivado por su nobleza y la alegría que mostraba para hacer las cosas. Además, es una mujer muy guapa. Nadie tiene la culpa de la suerte que le ha tocado vivir. Su esposa creció en un medio carente de recursos económicos, motivo por el cual ella misma tuvo que trabajar, por un salario mínimo, para costear sus estudios de secretariado en un instituto capitalino. Es decir, ella se había esforzado por perseguir sus sueños. También, fue dueña de una tienda de ropa que, debido a cierta desavenencia ocurrida entre ella y su socia, quebró. No obstante, siempre ha sabido conducirse sola, sin caer en exabruptos ni turbiedades.
Tú te has casado conmigo, amor, dice el escritor y emplea su voz más conciliadora. Sí, pero tu mamá parece no entender eso, replica su mujer.
Pero mi mamá no se está metiendo. Simplemente, necesita un préstamo y yo voy a sacarlo, nada más.
Tú sabes que eso no me jode. A mí me molesta que para ella sí saques esa plata y para las células madre de mi hija no.
Oye, pero con qué plata quieres que haga eso. Ya estoy pagando suficientes préstamos. Encima, ya te dije que para mediados del próximo año nos mudaremos a un departamento más grande. ¿cómo quieres que haga todo eso si voy a sacar un préstamo para eso de las células madre? ¿Quién tiene células madre guardadas en una clínica en este país? Ya pues, amor, entiende.
Ya no quiero saber más de ti ni de tu mamá. Eso que me ha dicho de que no le importa mi hija no se lo voy a perdonar jamás. Sé que tú no tienes la culpa de nada, pero ya no quiero volver a verte.
Los lamentos seguían. Un cuarto de hora después entró en la habitación el papá de la esposa del escritor. Tomó asiento en el sillón verde limón y, con cara de pocos amigos, dijo: Explíquenme lo que está pasando aquí, rápido.
Al escritor le desagradó esa actitud casi matonesca. ¿No había siquiera un saludo al momento de ingresar? El escritor dice, en un tono muy bajo, buenas noches, señor, a sabiendas de que no recibiría respuesta. Y no la recibió.
Quiero que alguien me explique qué ha pasado aquí, dijo el papá de la esposa. Su mirada era dura y sus movimientos rápidos y desprovistos de afectación. Tenía un cigarrillo en la mano. No estaba encendido. Ya, tú, dime qué pasó, dijo, dirigiéndose a su hija. El escritor tomó la palabra y relató su versión de los hechos.
Cuando tocaron el punto concerniente a lo que la madre del escritor le había dicho a la esposa de éste por teléfono, madre e hija confirmaron que las palabras que escucharon fueron sarcásticas e hirientes. La esposa recordaba esas palabras y las lágrimas le salían con furia por los ojos. Cerraba sus puños y temblaban. Su mamá la tranquilizaba. El escritor no atinaba a pararse y consolar a su mujer. La conocía y era capaz de mandarlo a la mierda.
El padre de la esposa desveló todo aquello que pensaba del escritor: Compare, todavía eres inmaduro. No veo que tengas pantalones y que mi hija pueda sentirse segura contigo. Que te vea y diga caramba, aquí tengo quien me defienda. Te veo muy mamero todavía. No puedes decirle a tu mamá, mamá, carajo, por favor, deja en paz a mi mujer.
El padre seguía hablando cosas por el estilo. El escritor oía, pero jamás le hablaría así a su mamá. Él conocía a su madre. Ella solamente se preocupaba por él y cuando se dio la ocasión en que él le pidió amablemente que dejara de llamarlo tanto al celular, ella aceptó; con cierta pena, pero aceptó. Su madre no era una persona testaruda en ese aspecto. Todo era conversable y manejable. De ninguna manera le plantearía las cosas a su madre como sugería el padre de su esposa. Y así se lo hizo conocer a éste cuando acabó su perorata.
La mamá de la esposa del escritor vuelve a mencionar que ella oyó cómo la mamá del escritor trató con desprecio a su hija por el teléfono. El padre de la esposa del escritor le dice a éste: Llama a tu mamá y que diga su verdad. A ver, llámala y que nos niegue que no ha maltratado a mi hija. El escritor se niega a hacer eso. De ninguna manera le haría eso a su mamá. Aquello solamente serviría para azuzar el morbo en torno a ese desagradable incidente.
Entonces, a la esposa del escritor se le dio un ultimátum: O te quedas aquí con tu esposo o te vas para la casa (de su papá y su mamá, se entiende) y no me vuelves más por acá. Porque si vuelves, olvídate de nuestro apoyo. Voy afuera a fumarme un cigarro, dijo el papá de la esposa. Cuando regrese, quiero una respuesta. La mamá de la esposa salió detrás de él. En la sala, permaneció el escritor, sentado a la mesa ante un plato de comida frío, y su esposa, parada a un lado de la mesa, llorando, las manos revolviendo sin objetivo la ropa negra de la maleta azul.
El escritor coge su celular y llama a su mamá. Le dice que su esposa ha venido llorando a la casa porque la ha tratado con sarcasmo y le ha dicho cosas como que no quiere no le importará conocer a la bebe. La madre le dice que no le ha dicho tales cosas, que ella la llamó diciéndole que no quería saber nada con su hijo. Ella respondió: está bien, hijita.
Má, pero ella me dice que tú le respondiste con sarcasmo, como burlándote.
La esposa del escritor sale de su silencio e interviene en la conversación: Sí, sí, así me dijo.
La mamá del escritor oye la voz de la esposa de su hijo y se sorprende. Cree que su hijo le ha tendido una emboscada, que la ha confrontado. Dice: Cómo me haces esto, y cuelga.
El escritor intenta llamar nuevamente a su madre para explicarle que no fue su intención confrontarla con nadie. Si la llamó fue debido a un impulso de sana curiosidad. Sí, piensa el escritor, debí haberla llamado sin la presencia de nadie. Había olvidado que su esposa todavía estaba junto a él. Y es que, en reiteradas ocasiones, el escritor resulta demostrando su innata estupidez.
Su mamá ya no contesta. Ha apagado el celular. La esposa del escritor dice: Ya ves, ¿por qué no contesta? El que nada debe, nada teme. Ella sabe que me ha contestado como te lo he contado.
El número del celular de la madre del escritor es marcado nuevamente por él, pero no recibe contestación. Ahora hay otra persona que está detestando al escritor: su propia madre.
El papá de la esposa del escritor regresa. Atrás de él, está su esposa. Y bien, ¿qué has decidido?, le pregunta a su hija. Ella decide abandonar el hogar.
Transcurre el tiempo, la mamá le ha dicho a su hija que la esperará abajo. El papá se ha ido; ya no quiere saber más de ese problema.
La esposa del escritor está afligida. Llora, luego se calma, después su cerebro, involuntariamente, recuerda lo que ella siente que le ha ofendido y rompe en llanto. El escritor atina a decirle que no se vaya. No le implora. Se lo dice con voz amable. Está harto de todo y, por momentos, cree que es mejor acabar con todo y volver a ser soltero. Al siguiente instante, se retracta y cree que estará mejor al lado de su esposa y de su futura bebé.
¿Qué puedo hacer para que no te vayas, amor?, dice el escritor, solamente para demostrarle a su esposa que está interesado en evitar que ella se marche. En realidad, quiere que se marche. Ella le contesta: quiero que dejes de ver a tu mamá. Ya no quiero que vayas a verla los sábados. Quiero que escarmiente por el daño que me está haciendo. Si puedes hacer eso por mí, entonces me quedo.
El escritor le dice no. Si el problema es entre mi mamá y tú, entonces bien, no la veas tú. Pero ella es mi madre y yo la quiero mucho. Bajo ninguna condición puedes prohibirme que la vea. No voy a hacer eso.
La esposa del escritor le dice: ¿O sea que no puedes hacer ese sacrificio por mí? Tu mamá me ha hecho mucho daño.
El escritor permanece firme en su decisión: verá a su mamá las veces que quiera.
Su esposa coge su maleta y sale del departamento.
En Lima, acaba de transcurrir media hora desde la medianoche.
La puerta del departamento se ha cerrado. El solitario habitante de ese lugar no sabe si estar feliz o triste. Bota su comida fría a la basura. Tira el refresco de naranja al fregadero de platos. Que tiña de naranja las tuberías y no mi estómago, piensa.
Coge el libro 3 de Haruki Murakami: 1Q84. Se va a la cama. Tira el libro sobre la cama. Se desviste. Piensa: definitivamente tengo que escribir sobre esto. Siente que es una bendición todo aquello que le acaba de suceder. Si estas cosas no me pasaran, ¿sobre qué escribiría? Recuerda las palabras que William Faulkner dijo alguna vez en cierta entrevista: “Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.”

jueves, 23 de febrero de 2012

Un matrimonio se acaba - Parte Dos

Aquel jueves, el escritor regresó al departamento que ha alquilado en jirón Camaná.

Al entrar, comprobó que, efectivamente y tal cual se lo había prometido en medio de caras agestadas y humores turbios, su esposa se había marchado. Lamentó que su consorte no tuviera la capacidad que sí tiene él de olvidar y perdonar rápidamente cualquier tipo de agravio o denuesto.

El escritor decidió no llamarla al celular. Prefirió dejar correr el tiempo y que este suavizara sus caldeados ánimos. No fue así.

Al poco rato, recibió una llamada a su celular. En la pantalla decía: “Llamando Amor”. Ella misma había colocado ese nombre (Amor) en el celular del escritor. Él contestó. Ahora mismo voy a llamar a tu mamá para decirle sus cuatro verdades. Ya me hartó que se esté entrometiendo en nuestro matrimonio, dice la esposa, furiosa. El escritor atina a explicarle, nuevamente, que él solamente va a sacarle el préstamo a su madre y no va a pagarlo porque lo va a hacer ella misma. Ah, o sea que como mi hija y yo no tenemos plata para devolverte el préstamo, no le vas a sacar lo de las células madre, dice ella. Claro, pues, porque yo no tengo tanta plata para estar pagando tantos préstamos, dice él, o ¿acaso ya te olvidaste que estoy pagando la prima del departamento y los electrodomésticos? Ella cuelga el teléfono, recordándole a su esposo que llamará a su mamá para decirle unas cuantas verdades.

Faltan algunos minutos para que den las ocho de la noche y para que el escritor tenga que abandonar el departamento para dirigirse al gimnasio. Sentado frente al televisor, decide llamar a su madre para advertirle sobre la desagradable llamada que su esposa podría efectuarle en los siguientes minutos. No te preocupes, mamá, tú contéstale, nomás, y no le hagas caso. De todos modos, yo te voy a sacar el préstamo. El escritor no quiere que su madre piense que por ese problema doméstico va a dejar de sacarle el préstamo.

Al dar las ocho, el escritor, que viste un short negro y un bividí, que de viejo se está cayendo a pedazos, parte rumbo al gimnasio ubicado cerca del cruce de las avenidas Tacna y Emancipación. En el camino, el escritor se comprueba todavía gordo y piensa que el gimnasio no le está siendo de mucha ayuda, que bien podría ahorrarse los 75 soles al mes que ese lujo le está costando. Y ahora que se avecina la compra de pañales, con mayor razón, todavía.

Cuando regresa al departamento, lo encuentra tal y como lo había dejado: su esposa aún no vuelve de la calle. Decide llamarla y preguntarle si va a regresar a la casa. Cuando ella contesta el celular, se oyen los ruidos del tráfico vehicular limeño: bocinazos y gritos de cobradores. Estoy yendo a alquilar un cuarto en San Martín (de Porras), dice ella. Ya iré por mis cosas. Ya no te soporto. Ya no quiero vivir contigo. El escritor escucha a su esposa mientras ve televisión.

Antes de irse, ella dejó arroz en la olla arrocera y guiso de atún en una cacerola (una de las comidas favoritas del escritor). En la refri, hay un poco de Zuko de naranja. El escritor, haciendo uso de las escasas facultades culinarias que posee, caliente un poco de arroz y unas cucharadas del guiso que ha dejado su esposa, todo entreverado, en una sartén.

Se siente bien cuando tiene su plato humeante y su vaso de refresco helado servidos en la mesa por él mismo.

De pronto, oye un ruido en la puerta: alguien, usando las llaves del departamento, quiere entrar. Es su mujer, quien luce ofuscada, llorosa y hecha un pichín. La acompaña su mamá y su papá. El escritor se encuentra en aprietos. Ciertamente, han venido a cuadrarlo.

Continuará…

sábado, 18 de febrero de 2012

Un matrimonio se acaba - Parte Uno

Now, night arrives with her purple legion, The Doors

El aspirante a escritor (al que, para ahorrar vocablos y para elevación de su autoestima, solo llamaremos el escritor) acaba de separarse de su esposa. Siendo más exactos, ella lo ha dejado a él, y no porque se haya sucedido alguna infidelidad o porque el uno se haya aburrido de la otra o la otra del otro. No. La esposa del escritor se ha ido de la casa porque odia a la mamá del escritor.
Rastrear los orígenes de esta historia involucraría recordar y remover datos que, por engorrosos y lejanos, conviene no citar, so pena de endilgarle al lector una acuciosa serie de bostezos.
Rastrearemos, sin embargo, el origen de la más reciente discusión, esta que ha dejado al escritor sin esposa y, probablemente, sin la fortuna de conocer a su hija; además, de unos cuantos resentimientos flotando en la atmósfera.
Debe dejarse constancia, antes de relatar el infortunio del escritor, de que la esposa del escritor y la mamá de este nunca se llevaron bien, pero hicieron sus más denodados esfuerzos para disimularlo. La primera siempre le dijo que nunca le caería bien, y la segunda siempre trató de mostrar una sonrisa amable ante la primera, pero cuando su presencia se desvanecía, le dejaba siempre un comentario parcializado a su hijo.
La historia empezó un miércoles 15 de febrero. El escritor llegaba de trabajar. Eran las 7 de la noche. Encontró a su esposa echada en el sofá del departamento –sofá que ella eligió con muy buen gusto, a pesar de que el escritor le decía que ahorrase y no gastara el dinero en muebles que probablemente nunca utilizarían, que había otras prioridades-. Todo bien hasta ahí. De pronto, suena el celular de ella. Es su hermana. Le dice que su mamá se siente mal, con toda seguridad, a causa del disgusto que acaba de provocarle la indeseable familia que vive en el segundo piso de la casa de ella. Le advierte que la está llamando sin el conocimiento de su mamá, quien le ha dicho que no la llamase pues con lo del embarazo ya tiene suficiente. La esposa del escritor cuelga y vocifera procacidades contra aquella indeseable familia que algún día matará a su madre de un disgusto. La esposa se lamenta de no tener dinero para poder darle a su madre un lugar mejor para vivir. Le dice al escritor que va a ir donde su mamá, que irá en taxi. Él le dice que no se apure, que vaya en combi y se ahorre unos centavos. Tú no eres médico, amor, le dice el escritor. Más bien, con los soles que te puedes ahorrar viajando en combi puedes comprarle unas pastillas a tu mamá si es que las llegara a necesitar. Ella le dice que es un insensible y que si se tratara de su madre, él saldría corriendo. Él le dice, con cinismo y con verdad, que no, que él sí tomaría una combi. Ella sale apresurada a ver a su mamá. Él se queda en casa, aguardando a que den las 8 de la noche para enrumbar hacia el gimnasio en el que lleva ejercitando su cuerpo por más de un mes.
Cuando el escritor regresa del gimnasio, se encuentra con su esposa en las afueras del edificio. Son las diez de la noche. El escritor está de mal humor. Habían quedado en que él la acompañaría a la farmacia de avenida La Colmena para que se le administrara la dosis que le subiría el nivel de hierro en la sangre. Desde antes de quedar embarazada, siempre padeció anemia.
La esposa está cariñosa; él, por algún motivo, está con la cara avinagrada. Luego de haber visitado a su madre y comprobar que sí, sufrió un disgusto que la debilitó, pero ahora estaba mejor y totalmente recompuesta, había regresado con un mejor ánimo que con el que se fue. La esposa camina con el escritor sujetada de su brazo. Tiene un mejor semblante. Le recuerda que le consiga un recibo de pago de agua o luz de la casa de la mamá del escritor, quien vive en La Perla, pues la necesita para solucionar el problema del título de propiedad de la casa de la mamá de ella. El escritor le dice que ya, que habló con su hermano y él se la traerá al día siguiente en el trabajo. Mencionaremos que el escritor y su hermano han estudiado lo mismo y trabajan en el mismo lugar, en la misma área de la empresa y bajo la dirección del mismo jefe. En realidad, el escritor no le ha dicho nada a su hermano. No cree que sea necesario conseguirle ese recibo a su esposa. Pero ante la insistencia de ella, piensa pedirle aquel recibo a su hermano en el trabajo.
Aquí es cuando el escritor, molesto por sabe Dios qué motivo, le dice a su esposa: “¿Pero tiene que ser un recibo de La Perla? ¿No puede ser de otro distrito?” La esposa se amosca y le reclama furibunda: “Claro, no te importa lo que le pase a mi madre. No te interesa nada de lo que le pase a mi familia”. Al escritor le importan muy pocas cosas en este mundo, pero prefiere mentirle a su esposa, pues ha visto que ha empezado a sufrir sus comunes y constantes ataques de histeria, y decirle que sí le importa. Ella no le cree y se resiente con él. Él le dice que no debe ponerse en ese plan. Mi familia también tiene problemas, pero yo no me descargo contigo, le dice. ¿Acaso sabes qué problemas tiene mi familia? La esposa se molesta aún más: “O sea que yo sí te cuento lo que le pasa a mi familia y tú a mí no”. Es en momentos como esos en los que el escritor añora su vida de soltero y recuerda lo que alguna vez escribió García Márquez en su novela corta Del Amor y Otros Demonios: “El amor es un era un sentimiento contra natura, que condena a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa”. El escritor piensa que no debió involucrarse jamás con nadie. Debió haber disfrutado de las chicas y no amarrarse con una en particular, fuera quien fuera, porque ellas siempre terminan jodiendo.

Él le suelta el problema que últimamente ha surgido en el seno de su familia. Necesitan tres mil soles para tramitar unos papeles burocráticos para conservar el departamento en donde viven en La Perla. Es urgente conseguir el dinero. La mamá del escritor sabe que su hijo tiene acceso a préstamos rápidos en algunos bancos. Su otro hijo, el hermano menor del escritor, todavía tendría que pasar por algunos días de evaluación para que se le conceda un préstamo. Su mamá le ha dicho que saque el préstamo y que ella y su hermano menor lo pagarán al cabo de un año. Comprende que su hijo tiene otras obligaciones más urgentes como la llegada de su nieta y no podrá ayudar a pagar la deuda.

El escritor ya tiene varias deudas. Está pagando la refrigeradora, la lavadora y la cocina que tiene en el departamento del Centro de Lima. Además, está pagando el préstamo que obtuvo del Banco de Crédito para pagar la prima del alquiler del departamento.

La esposa se pone furiosa. ¿O sea que a tu mamá si le vas a sacar el préstamo y para mi hija, para que conserven sus células madre no vas a sacar nada?
Según dicen algunos médicos, la placenta es una materia rica en células madre. Algunas clínicas ofrecen el servicio de conservar esa placenta para que pueda ser utilizado en el futuro, en caso de algún infortunio que pueda sufrir la recién nacida en cualquier etapa de su vida. Esta información llegó a ser de conocimiento de la esposa del escritor y decidió repetirle y repetirle, día tras día, a su esposo, esto de conservar la placenta. Tal servicio, que el escritor considera una estrategia médica para sacarle dinero a la gente, cuesta alrededor de tres mil soles. Sin embargo, el asunto no termina allí sino que se debe abonar una cantidad anual o mensual, el escritor no lo recuerda con precisión, para que la clínica conserve la placenta. Al carajo con eso.

Luego de un tiempo la esposa del escritor dejó de insistir. Pero seguía insistiendo con el tema de mudarse a un departamento más grande cuanto antes. El escritor le dijo: “Te prometo que para el próximo año nos mudamos. Pero primero déjame pagar lo que le debo al banco. Apenas termine con eso, saco otro préstamo para comprar un departamento grande”.

Cómo jode la esposa del escritor.

El escritor trata de hacer entrar en razón a su enconada esposa: “¿No entiendes, carajo? Yo voy a sacar el préstamo, pero mi mamá lo va a pagar. Yo no”.

“Vete a la mierda”, le dice su esposa.

Esa noche no se hablaron más. Al día siguiente, el escritor se levantó contento y así, animoso, se duchó y dijo cosas bonitas e irreproducibles –irreproducibles por cursis- a su esposa, quien todavía dormía profundamente.

Antes del mediodía, el escritor llama a su esposa y le pregunta si puede ir a la casa a almorzar. Ella, con un tono más bien seco y desprovisto de cualquier tipo de cariño, le dice que sí, que puede ir a almorzar.

A pesar de que fue una espléndida comida la que preparó su esposa para el almuerzo, este no tardó en avinagrarse por la todavía animosidad que sentía ella hacia la determinación de su esposo de sacarle el préstamo a su madre. “Entonces yo voy a hacer lo que me dé la gana ¿okay?”, decía ella. “No me digas nada si hoy no vengo a la casa. Ni me llames. Si tú vas a hacer lo que te da la gana prestando ese dinero, entonces yo voy a hacer lo que quiera”. El escritor se enfurece y le dice que haga lo que quiera. Él se va de la casa, rumbo al trabajo, molesto.

Las cosas se pondrían muy feas en las horas siguientes.

sábado, 4 de febrero de 2012

Cositas para bebés

Me emociona poco, o nada, ver ropitas para bebés, accesorios para bebés, y toda aquella parafernalia creada para el confort de aquellas diminutas criaturas y para la algarabía y descontrol de las mamás.
No es que me emocioné poco la llegada de Morgana a mi vida. Al contrario, presiento que el cambio que experimentaré al verla ante mí será remecedor para mi pobre mundo chato de expectativas. Ver y tocar algo que, obviamente con la ayuda de mi esposa, pude crear, me causará innumerables alegrías. Siento que no me cansaría de quitarle los ojos de encima a mi hija, que no me agotaré de cargarla una y otra vez hasta arrancarle una sonrisa.
Hace tres días, esta poca emoción o interés hacia lo que vestirá y usará Morganita provocó una pelea en el hogar. Mi esposa me había texteado a eso de las tres de la tarde: “Amor, te espero para ver la ropita de la bebe”. Horas antes, había salido de compras con su mamá, mi suegra. Le mentí enseguida: “Ya, mi amor. Estoy ansioso por ver la ropita contigo.” Mentí porque en realidad no estaba ansioso por ver la ropita. Mentí porque no quería crear conflictos innecesarios con mi esposa. Muchas peleas hemos tenido por este tipo de cosas.
Ese día, llegué del trabajo a la hora acostumbrada: siete de la noche. Allí estaba ella, abriéndome la puerta de nuestro minúsculo departamento del Centro de Lima, con su vestido verde limón, descalza, una sonrisa tranquila iluminando su rostro, dispuesta a enseñarme las “cositas de la bebe”.
-¿Cómo te fue en el trabajo, amor?-me preguntó, no creo que interesada en saber si realmente me fue bien o mal en el trabajo, sino más bien para preparar mi humor para que me dejase guiar a través de las compras que había realizado ese día.
Le dije que bien. Siempre digo “bien”. Así me haya ido mal, mi respuesta siempre será “bien”.
Me tomó de la mano y me llevó a nuestro cuarto en donde, al lado de nuestra cama, ella ha colocado la cuna de la bebe. La cuna es de madera y la fabricaron de tal modo que lleva una especie de cómoda adosada en la parte posterior. Sobre nuestra cama, estaban las bolsas de las compras que había hecho.
-Amor, estas son las cositas para la bebe. Mira-me dijo mi esposa, sentándose sobre la cama, tratando de no arrugar un ápice nuestra raída sábana-. Amor, compré casi todo lo que hace falta para completar mi maleta y la de la bebe, pero no alcanzó y…
Entonces, medio que estallé: -Yo te he dado la cantidad que me has pedido ni bien cobré. Tú misma sacaste la cuenta de lo que tenía que darte. No quiero pensar que has agarrado plata de la comida o de otras cosas para comprar las cosas de la bebe. ¿O sea que nos vamos a quedar sin plata para comprar comida?
-Eres un miserable, Daniel. Estas cosas, todo lo que ves aquí, es para tu hija-dijo, señalando con un gesto vehemente las cosas que había comprado que aún estaban guardadas en sus bolsas. Entonces, sacó un paquete de una de las bolsas. Parecía ser una especie de manta-. Todo esto que he comprado es de calidad. Esto-dijo sosteniendo la manta-es de algodón pima. Tú quieres que le compre a mi hija cosas de menor calidad con tal de ahorrar, ¿no?
-Es que no nos sobra la plata, amor-dije, en tono más conciliador. Pero era demasiado tarde, ya mi esposa se había enojado y no estaba dispuesta a perdonar mi tacañería-. Perdóname, por favor. No te enojes.
Ella había empezado a poner todas las cosas que había desplegado sobre la cama para mostrármelas en una gran bolsa negra.
-Tú siempre me quitas las ganas de hacer las cosas, de ser cariñosa. Solo piensas en ti. De no ser por mí, todo esto-dijo, señalando la cuna y otros accesorios que, meses atrás, le había comprado a Morganita-no lo tendríamos. Si te hubiera hecho caso cuando decías “después vamos a comprar, cuando haya más plata” no tendríamos la cuna, no tendríamos hasta ahora un lugar para la bebe.
Después de que hubo guardado todo, y escuchando mis súplicas de perdón, me dijo:-Ahora vete a tu gimnasio. Hoy no te voy a perdonar nada así me ruegues. Vete.
Como ya estoy curtido en esta clase de problemas maritales, decidí coger mi mochila y salir de la casa. Claro, antes me había puesto encima el short y el bividí que uso para sudar en el gimnasio.
Tengo que decir que mi esposa tiene razón. Yo me busqué esto de tener una bebe con ella. Nadie me obligó. Ahora, debo responder por ella –mi bebe- adecuadamente y proveerle de lo mejor. No es que en realidad sea mezquino, sino que procuro que mi magro sueldo rinda un mes completo. Sin embargo, puesto que pienso que mi salario es una “ayuda” que la empresa en la que trabajo me da por “aprender” y que no debo quejarme sino, más bien, agradecerle a ella por la valiosa oportunidad que me brinda de adquirir conocimientos sobre esto que me gusta hacer; debo buscar la manera de diversificarme laboralmente, ofreciendo productos y/o servicios que también disfrute hacer. El inconveniente es el poco tiempo que me deja mi actual empleo. Pero esto último no es más que una excusa. Cuando hay voluntad, todo se puede lograr.
Una canción dice: Lifeitwhathappenswhileyou are busymakingyour excuses.
Así es que no más excusas. Trataré de buscar la manera de hacerles la vida más grata a mi esposa y a mi bebe.
Cuando faltaba un cuarto de hora para finalizar mi sesión de dos horas en el gimnasio, mi esposa me escribe un mensaje de texto: “Por favor, tráeme una botella de agua San Luis grande”.
Supuse que ya se le había pasado en algo la amargura. Entonces le escribí, sudoroso: “Ya, mimimi.”
Media hora después, las cosas se habían solucionado, ella se había calmado y había aceptado mis sinceras disculpas.