¿Quién no ha recibido en su vida un apelativo? Hay los apelativos cariñosos y aquellos ofensivos. Estos últimos pueden acarrear efectos devastadores en sus víctimas que aquellos que colocan esos epítetos no podrán ver ni mensurar.
Los calificativos malvados y colocados con saña generalmente sirven para hacer de la víctima el punto de chiste y risa en el ambiente donde estudia, trabaja o habita. Las denominaciones nocivas minan la autoestima del calificado pudiendo afectarle su futura vida profesional, amical, estudiantil, etc.
El caso del joven poeta peruano Javier Heraud nos prueba lo perniciosa que puede ser la práctica de colocar apodos insultantes para exacerbar las carcajadas de la “audiencia”.
En el artículo del último número de la revista Caretas de título “Javier Heraud: El burgués guerrillero”, Rodolfo Hinostroza, que conoció a Heraud, nos relata la conversación que sostuvo con el eximio poeta cuando se encontraban en Chile, a donde habían llegado gracias a una beca que a fin de cuentas había resultado un vil engaño del dictador Fidel Castro para reclutar jóvenes brillantes de toda Latinoamérica y convertirlos en líderes revolucionarios en sus lugares de origen.
Luego de algunos entrenamientos físicos con armamento e impedimenta militar, en los que Javier debido a sus condiciones físicas –era alto, flaco y desgarbado- muchas veces terminaba haciendo el ridículo, Hinostroza inicia un diálogo con el poeta sobre las verdaderas intenciones castristas de enrolarlos en la guerrilla revolucionaria.
“Yo le dije, básicamente, que el Perú no era Cuba, y en nuestro enorme territorio, con el triple de su población, y con un gobierno no dictatorial, era imposible que una guerrilla de unas pocas docenas de personas tomase el poder en 6 meses, como nos había profetizado Castro, y continué en la misma línea de razonamiento, que Javier no objetó. ‘Entonces ¿por qué vas a la guerra?’, le dije, y él repuso muy emocionado: ‘¿Sabes cuánto mido yo? Un metro ochenta y cinco, y siempre he sido el punto en el colegio, el gringo cojudo, el Grandazo por las Huevas. Siempre todo el mundo me ha pegado porque yo no sabía defenderme, siempre me han tomado de punto, desde la primaria. ¿Entiendes? Seguro que a ti no te ha pasado eso... Pero ahora yo no me corro y quiero demostrarles, a ti y a todos del grupo, que soy tan hombre como cualquiera’, me dijo mirándome a la cara, y yo le comprendí, hondamente”.
Debido a esos pueriles estigmas que le habían acechado desde el pasado es que Heraud había decidido hacerse guerrillero.
Si aquella gente, que tuvo el privilegio de convivir con Javier cuando éste era niño, no hubiera incurrido en la crueldad de rebajar o eliminar su autoestima por medio de aquellos impíos denuestos, seguramente Heraud hubiera vivido muchos años más y los amantes de su poesía hubieran tenido muchas obras más que disfrutar y estudiar.
Luego de leer este artículo, hice un mea culpa y decidí, en lo que a mí concierne, no usar apodos para referirme a las personas. Para eso las personas cuentan con nombres que las identifican plenamente.
Hasta pronto.
Mostrando entradas con la etiqueta Caretas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caretas. Mostrar todas las entradas
jueves, 3 de junio de 2010
Las chicas de la última página
Siempre que vengo a Chimbote a visitar a mi papá, lo primero que hago es recolectar, de los diferentes ambientes que componen su naciente clínica, todos los números de Caretas que no leía desde mi última visita.
Reúno un buen número de revistas y, con cierta fruición, me dispongo a recorrer sus páginas en busca de los artículos dedicados a la literatura. A veces, y dependiendo de lo impactante de las fotografías, me avengo a leer una que otra nota sobre actualidad política.
Me gusta recorrer la revista Caretas, hoja por hoja, de principio a fin. La recompensa de mi recorrido se encuentra siempre al final de la edición: la mujer desnuda que posa en las más diversas posturas.
Lo que todas tienen en común es que solamente se dejan avistar las tetas; rara vez el perfil de sus tafanarios, pero nunca la vagina.
A través de Caretas he podido aumentar mis conocimientos acerca de las mujeres. Claro, no de las mujeres peruanas –porque las chicas de las páginas ulteriores no son peruanas ni poseen nuestros autóctonos rasgos- sino de féminas de extranjeras procedencias.
A mis años, ver las mujeres de la página final de Caretas sólo me produce una sana alegría y una promisoria esperanza de algún día follar con una chica de semejantes atributos.
Cuando tenía trece o catorce años, y venía a Chimbote, cumplía el mismo rito que de lectura que he descrito líneas arriba; con el agregado de que, al caer la noche, y acompañado por la soledad de la habitación que mi padre me procuraba para pasar mis noches, distribuía a la calatas de las revistas en una especie de abanico.
Al centro de ese abanico estaba yo, con mi pequeño miembro en ristre y la lujuria a borbotones, mirando a la más tetona, a la más culona o la que tuviera la cara más libidinosa y provocadora. Así, con un papelito al costado, que usaba para envolver mis adolescentes efluvios, daba por terminado mi ritual de lectura de Caretas.
Cuando el momento de retornar a Lima se acercaba, devolvía las revistas a sus lugares de origen. Mi papá las colocaba en las mesitas de su, en aquella época, sala de espera. Ahora él cuenta con dos salas de espera en vista del aumento de sus siempre fervorosos pacientes.
Los pacientes se daban con la sorpresa de encontrar pegadas las últimas hojas, como si les hubiera caído encima algún pegamento potente. Tengo que aclarar que yo jamás he pegado esas hojas con mis líquidos seminales. Yo siempre procuraba envolver a mis potenciales hijos en un papel de cuaderno. Seguro mi hermano tenía que ver con aquel entuerto.
Espero que la revista Caretas nunca proscriba a la calata de la página final.
Hasta pronto.
Reúno un buen número de revistas y, con cierta fruición, me dispongo a recorrer sus páginas en busca de los artículos dedicados a la literatura. A veces, y dependiendo de lo impactante de las fotografías, me avengo a leer una que otra nota sobre actualidad política.
Me gusta recorrer la revista Caretas, hoja por hoja, de principio a fin. La recompensa de mi recorrido se encuentra siempre al final de la edición: la mujer desnuda que posa en las más diversas posturas.
Lo que todas tienen en común es que solamente se dejan avistar las tetas; rara vez el perfil de sus tafanarios, pero nunca la vagina.
A través de Caretas he podido aumentar mis conocimientos acerca de las mujeres. Claro, no de las mujeres peruanas –porque las chicas de las páginas ulteriores no son peruanas ni poseen nuestros autóctonos rasgos- sino de féminas de extranjeras procedencias.
A mis años, ver las mujeres de la página final de Caretas sólo me produce una sana alegría y una promisoria esperanza de algún día follar con una chica de semejantes atributos.
Cuando tenía trece o catorce años, y venía a Chimbote, cumplía el mismo rito que de lectura que he descrito líneas arriba; con el agregado de que, al caer la noche, y acompañado por la soledad de la habitación que mi padre me procuraba para pasar mis noches, distribuía a la calatas de las revistas en una especie de abanico.
Al centro de ese abanico estaba yo, con mi pequeño miembro en ristre y la lujuria a borbotones, mirando a la más tetona, a la más culona o la que tuviera la cara más libidinosa y provocadora. Así, con un papelito al costado, que usaba para envolver mis adolescentes efluvios, daba por terminado mi ritual de lectura de Caretas.
Cuando el momento de retornar a Lima se acercaba, devolvía las revistas a sus lugares de origen. Mi papá las colocaba en las mesitas de su, en aquella época, sala de espera. Ahora él cuenta con dos salas de espera en vista del aumento de sus siempre fervorosos pacientes.
Los pacientes se daban con la sorpresa de encontrar pegadas las últimas hojas, como si les hubiera caído encima algún pegamento potente. Tengo que aclarar que yo jamás he pegado esas hojas con mis líquidos seminales. Yo siempre procuraba envolver a mis potenciales hijos en un papel de cuaderno. Seguro mi hermano tenía que ver con aquel entuerto.
Espero que la revista Caretas nunca proscriba a la calata de la página final.
Hasta pronto.
Etiquetas:
Caretas,
Confrontador,
Daniel Gutiérrez Híjar
Suscribirse a:
Entradas (Atom)