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viernes, 26 de agosto de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 15 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.

 

Franz Kafka – La metamorfosis

 

Luz roja. Detengo la moto. 60, 59, 58…

Una señora, parada sobre la acera próxima a mi ubicación, teclea en su celular. Al siguiente segundo, nota mi presencia y se sobresalta, esconde el aparato dentro de su bolso y lo aferra contra su cuerpo. Clásico: el cholo siempre es un delincuente. Si va en moto, de todas maneras, es ratero, y muy peligroso.

Vieja cojuda, pienso.

De soslayo, la veo dando pasos disimulados y cortos en dirección opuesta a la mía. Quiere escapar de mi radio de acción, del área dentro de la cual podría yo, con un simple y rápido movimiento del brazo, arrebatarle el bolso con celular, joyas y dineros incluidos.

Lo logra. Se ha alejado un par de metros. Ya no puedo verla con el rabillo del ojo, aunque sí por el espejo retrovisor. Le veo algo del perfil del rostro. Se le nota distendido. De tremendo ratero me he salvado, habrá pensado. Eso soy. Soy un ratero; de ninguna manera el joven de excelentes notas universitarias que en los pocos ratos libres de que dispone, como este, va en moto hacia las casas de otros jóvenes, también universitarios, que necesitan recibir clases de Química, Física o Cálculo para no ser reprobados y que, a cambio de dichas lecciones, es recompensado con un dinero que, puntillosamente ahorrado, emplea para pagarse la universidad.

Soy un raquetero porque a la señorona le parezco uno. Quizá nunca más se acuerde de mí luego de que la luz roja, 34, 33, 32…, cambie a verde; pero cuando lo haga, si es que lo hace, será cuando diga ante sus amigas: Ay, sí, las calles están peligrosas, cada día hay más rateros en moto. Te cuento, la vez pasada me salvé de que uno se fuera con mi celular, a Dios gracias que lo vi antes de que me robara, no solo el celular, también la cartera.

Vieja de mierda.

29, 28, 27…

Me siento un ratero; esa mirada cargada de desprecio con la que me vistió esa señora me ha metido en personaje.

20, 19, 18…

Desciendo de la moto. Con el pie, le bajo la pata de apoyo. Aún encendida, ronca silente sobre la pista. Camino hacia la señora quien, sin darse cuenta de mi accionar, ha vuelto a hablar por teléfono, totalmente imbuida en su papel de vieja cojuda. El grifero de la esquina se ha dado cuenta de mis intenciones. Alcanza a gritar: ¡Señora, cuidado! Tal exclamación atiza mi furia, la exacerba, me mete mucho más en mi papel de choro. Ese grito me ha puesto en la piel de todos los discriminados del mundo. Con todo el furor justiciero acopiado en mí, le arrancho el celular a la vieja, regreso a la moto y, justo en el momento en que la luz se hace verde, arranco.

***

Puedo sentir sangre nueva recorriendo mis venas; un líquido caliente que me quema las manos, la cara. Acelero a setenta kilómetros por hora. Si muero, este es el momento perfecto, pienso. Pero no muero. Ningún auto se cruza en mi camino. Varias cuadras más allá, con franca sonrisa reivindicativa en el alma, arrojo el celular hacia solo Dios sabe dónde.

***

Vieja de mierda; si pensabas que era un choro; ahí está; lo soy.  Ahora, pues, cuenta con ganas cómo te robé. Cuéntales a los tombos, a tus hijos, a tus amigas turulecas, al perdedor de tu marido que te es infiel con chibolas que alquila a cien soles la hora.

***

Al día siguiente, recibo una llamada. Es Claudia. ¿Qué pasó?, le contesto medio adormilado aún. Son las siete de la mañana. Hoy no tengo que ir a la universidad, pero al mediodía debo enseñarle Cálculo a un tipo en Miraflores. ¿Anoche le robaste el celular a una señora?

¿Qué? ¿Cómo se enteró? Yo ya me había olvidado del asunto, hecho que tomé como un pequeño gesto reivindicativo, y hasta juguetón, en nombre de tanto serrano discriminado en la historia del Perú.

La policía está buscando la placa de tu moto: 4872-HA. Es la tuya, ¿no?

Entonces, empezaron a chancar la puerta de mi departamento. ¡Abran, carajo! ¡Toda la casa está rodeada!

Termino la llamada, salto de la cama y empiezo a vivir.

martes, 4 de septiembre de 2012

Los fines de semana son de Ella

Es mediodía. Sábado. Puede ser domingo. Ambos días son casi iguales. La mujer sale a trabajar. Morgana quedará al cuidado de su padre, el escritor mediocre. La mujer regresará a las diez de la noche si es sábado y a las siete si es domingo.

El escritor pasa el tiempo con su hija, le canta canciones cuya letra inventa mientras las entona, la pasea por el departamento hasta que siente que sus brazos se acalambran, la echa en la cama y le ofrece todo aquello que pueda entretenerla: el iPod, un frasco de desodorante, el envase vacío del quitaesmalte de uñas, algún juguete. Cada objeto es atenazado por los diminutos y finos dedos de su hija, quien los mira con avidez y curiosidad, se diría que los estudia con profusión, antes de metérselos en la boca y tratar de morderlos con los dientes que todavía no tiene. Al cabo de unos instantes, Morgana se desencanta de sus objetos. Se aburre. Se enfada. Tiene cinco meses y ya se enfada. Al escritor le enternece ver a su hija así. Además, se siente orgulloso de verla así: reclamando por diversión. Ojalá que le guste reclamar por lo que siente que es justo, que le sea natural el defender sus derechos, piensa el escritor. Que no sea un ser apocado como yo, ruega el escritor para su coleto.

Es casi la una de la tarde y ha salido el sol. El escritor, a través de la ventana del departamento, ve techos y fachadas iluminadas por ese sol inusitado. Considera darle un paseo a su hija. Recuerda las palabras determinantes de su esposa: “Si vas a sacar a la bebe, sácala bien abrigada: ponle su gorrito, alguna casaquita que la cubra toda y su pantalón jean. Ah, y no te olvides de ponerle sus zapatillas para abrigarle sus piececitos”. El escritor, que es muy tonto, pero si se trata de su hija puede retener algunas recomendaciones en su memoria, sigue las indicaciones a pie juntillas.

Antes de vestirla para el paseo, verifica que su hija no haya defecado. Morgana, replegada en la cama, ve cómo ese hombre pelucón y de bigote ridículo le levanta las dos piernotas y acerca su nariz a la zona en la cual se encontraría la descarga intestinal. El hombre no huele nada que justifique un cambio de pañal.

Morgana llora, pero se calma en los momentos en los cuales su tonto papá trata de ponerle la casaca y el jean. Lo hace con sumo cuidado y delicadeza. Teme fracturarle un hueso en el intento de guiar sus extremidades a través de las mangas de la casaca o las perneras del pantalón. Morgana observa, no sin esbozar cierta sonrisa sarcástica, cómo su papá se deshace en cuidados para vestirla apropiadamente.

Cuando está lista la bebe, la coloca en el coche. Morgana, como esperaba el escritor, se enfada, llora: no le gusta estar ahí. El escritor la calma con palabras suaves: “ya, amor, ya nos vamos, déjame abrir la puerta, espera un poquito, amorcito”. Cuando Morgana siente que las ruedas de su coche se mueven y ve cambiar el paisaje a su alrededor, se tranquiliza: le gustan los paseos.

Su esperpéntico padre está vestido con el consabido jean negro, polo negro y gorra negra. Todo de negro. Si la bebe tuviera uso de razón, se avergonzaría de salir con alguien así. El escritor coloca el celular dentro de un bolsillo del coche de su hija. Al celular están conectados los audífonos que compró por 30 soles en un hueco de la avenida Garcilaso de la Vega, ex Wilson.

Cuando está dando vueltas en la Plaza San Martín, comiendo un helado D’Onofrio, la gente lo mira: “será posible que eso sea el papá de tan linda criatura”. El escritor pasa con su hija cerca de un patrullero apostado en uno de los costados de la plaza. El escritor ve con el rabillo del ojo que el patrullero ha echado a andar muy lentamente: “quizá me está siguiendo porque cree que me he robado a una niña linda”.

Ahora la niña y su padre pasean por el Jirón de la Unión, que a esa hora está muy congestionado de gente. Algunas señoras o señoritas se detienen a contemplar el paso de Morgana quien, con los ojos muy abiertos y la frentecita despejada, observa el paisaje: gente caminando, sonriéndole, tiendas, globos multicolores, pollos a la brasa, discos piratas, ropa, personajes peludos que animan a la gente a comprar calzones o remedios.

Cada tanto, Morgana ve aparecer el horrendo rostro de su padre, quien verifica que esté lo más cómoda posible mientras disfruta de su paseo. Cuando Morgana está a punto de llegar a la Iglesia de La Merced, su padre se asoma a verla nuevamente. Está dormida. Sus ojitos inquisidores se han cerrado para tomar un merecido descanso. El escritor considera que ya es hora de acabar el paseo. Gira el coche ciento ochenta grados y deshace los pasos andados.

Han llegado al departamento y su hija todavía duerme. Con mucho cuidado la saca del coche y la tiende en su cuna. Se conmueve al ver a Morgana. Ciertamente, no merecía una hija tan sana y tan linda. Cierra la puerta de la habitación para evitar que algún ruido molesto le arruine el sueño a su bebé.

Sentado sobre el sillón verde, un libro que ha dejado de leer entre sus manos, recuerda que ha dejado a mucha gente plantada en ese fin de semana. La mirada clavada en algún punto de su biblioteca –la cual hierve de libros piratas-, piensa que esos paseos con su hija han valido la pena. Quiere ver esa carita sonriente de su hija durante los pocos años de vida que le quedan. Como diría Kafka: “El tiempo es breve, las fuerzas exiguas…”