Aquí el enlace de la nota completa:
https://caretas.pe/cultura/presentacion-de-la-reunion-de-los-cinicos-de-daniel-gutierrez-hijar/
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Ayer, 5 de enero del 2023, en interesante conversación con un connotado y juicioso crítico literario, se presentó en el bar Zela (Centro de Lima, en uno de los portales de la Plaza San Martín), el nuevo libro de nuestro escritor Daniel Gutiérrez Híjar “La reunión de los cínicos”. La conversación estuvo amenizada con un par de botellas de Pilsen y la presencia de los estribillos musicales de grupos tan parejos en el estilo, como Maná, RBD y Aviador Dro.
Terminada la conversación, el evento de presentación
continuó en la galería de arte Martín Yépez (Centro de Lima, en uno de los portales
de la Plaza San Martín, en el restaurado edificio Hidalgo). Desde el balcón del
segundo piso de la galería, el libro de nuestro autor fue lanzado como se
acostumbra en estos saraos literarios.
Abajo, en la plaza, un grupo de performers, contratado
por esta vuestra casa editorial (Ediciones DGH), recreó una multitudinaria y encendida
marcha contra la eliminación de nuestro glorioso Congreso de la República. La
instalación plástica fue tan convincente que la policía, alarmada por lo que
creía una furiosa revuelta, cercó la plaza para evitar que los performes orinen
en las faldas del caballo del nacido en Yapeyú.
La presentación del libro de Daniel Gutiérrez Híjar concluyó
con un ameno brindis de refrescante Sprite servida en vasitos de plástico
ecológicos.
Pueden encontrar “La reunión de los cínicos” en las
principales librerías del jirón Quilca (cuadra 2, Centro de Lima); a saber:
· La Librería del Centro, de Mabel Cueva
·
Miscelánea Librería
·
La librería del señor Ricardo Tuya
·
La Librería Sakura
·
La librería del señor Jesús Luna
Sírvanse también preguntar por otros libros de nuestro
autor, como la novela “El solitario de Zepita” o el cuentario "Latidos del asfalto".
Me
cubriré del agua
De
la mar y ya no he
Más
de morir
Y ya no he más
Luchito Hernández Camarero – Dicen que soy…
Tengo
solo diez minutos para salir y aún estoy sin ropa. Mi manía por tenerlo todo
controlado me ha obligado a coger una tijera filuda para podarme los pendejos.
No puedo ponerme un bóxer limpio encima de estos pelos que ya, sin darme
cuenta, han ganado volumen y longitud.
Corto
arriba del pene y alrededor de su base. Los restos caen y forman un entrevero
de caracteres chinos en el piso blanco del baño. Corto rápido; y la claridad de
la piel, que le va ganando terreno al enmarañado boscaje, me es tremendamente
satisfactoria.
¡Perfecto!
Los pelos quedan reducidos al mínimo. La tijera ya no puede hacer más. Sin
embargo, la tarea aún no ha terminado: los pelos de los huevos están intactos.
Los oigo reírse de mí: Ya no te queda tiempo para cortarnos. Seguiremos
creciendo así, retorcidamente, como alambres rebeldes, pegándonos a tus huevos,
haciéndolos sudar, reteniendo la humedad, propiciando aquel hedor que tanto te
gusta oler cuando zambulles la mano debajo del pantalón; no lo niegues.
Impelido
por tales burlas, reafirmo las tijeras en los dedos, cojo un sector del escroto
y, ¡zas!, de un plumazo, les extingo la vida a decenas de pendejos largos,
horribles, asquerosamente ondulados. ¡Zas! Otro tijeretazo y más pelos caen al
suelo con rotundidad. Son filamentos duros, pesados. No se dejan hamacar por el
aire. Caen como bolas de plomo, como cachetada de esposa engañada.
¡Zas!
¡Zas! ¡Zas! ¡Aaaaaauuuuuuuuu, mieeeeerdaaaaa!
Espesos
y diminutos círculos de sangre se mezclan con los nigérrimos jeroglíficos del
suelo. Me acabo de abrir la bolsa escrotal. Hasta creo que me he cortado un
huevo. No sé qué hacer. Desespero. Corro hacia cualquier lado. Aparezco en la
cocina. Veo la hora en la pared y una botella de pisco encima del refrigerador.
Tomo la botella y la pongo cerca del lavabo. Me empino para que los huevos
cuelguen sobre este. Abro el caño y vierto manotazos de agua sobre los
testículos. El agua se lleva la sangre que me continúa saliendo y me deja ver
la herida. Veo las glándulas y las venas que recorren mis huevos. Destapo la
botella de pisco y me echo todo su contenido, que es alrededor de la mitad,
sobre la boca que le hecho al escroto.
¡Aaaauuuuuuuuuuu,
mieeeeeeeeeeeerdaaaaaaaa!
***
Lo
primero que veo al despertar es un gran pedazo de vidrio. Giro la cabeza y veo
más pedazos, pero pequeños. Poco a poco, recupero la memoria. Y las fuerzas. Me
levanto, cuidando de no cortarme con los vidrios. El cuarto huele fuerte; a
pisco. Estoy con los huevos colgando, manchados de sangre. Miro la hora.
Entonces, recuerdo. La cita. Ya fue la cita. Ahora sí no me salvo de esta. Ya
deben de estar buscándome. Lo primero que harán será venir aquí. Este lugar ya
no es seguro. Voy al cuarto y me visto con lo primero que encuentro. Aunque el
corte ya no duele, me pongo el calzoncillo con cuidado. Cojo la billetera. Es
lo más importante. Siempre es lo más importante. Abro la puerta y… Muy tarde.
Me doy de frente con El Salsero. Ahí está. Me mira con insana satisfacción,
seguramente imaginando las torturas físicas que me aplicará. Lleva en la mano
su clásico maletín. El Salsero dice que mira qué casualidad, justo iba a
tocarte la puerta. ¿Qué pasó? ¿Cómo estás? ¿Puedo entrar?
Claro,
pasa, pasa, le digo con plena tranquilidad, aunque en mi cabeza se
entrechocan distintos planes para salir con vida de esta situación.
¡Upa!
¿Qué pasó? ¿Quién se peleó aquí?, nota socarronamente al ver
el estropicio sangriento y vidriado que el suelo le muestra con doméstica
resignación. ¿Te pusiste nervioso o qué? ¿Dónde está Carmela? ¿Carmelita? ¡¿Carmelita?!
No me digas que te reventó una botella cuando se enteró de tu milagrito.
Ella
no está acá, digo secamente, al tiempo que, con disimulo,
estudio sus movimientos. ¿Entrará a la sala? ¿Irá al cuarto? Parece que va a la
sala. Lo sigo. No hay nada a mi alcance. Si hubiera algo, ya se lo habría
tirado por la cabeza. Él, muy confiado, me da la espalda. No teme que pueda
hacerle algo. No me teme. No me respeta. Nunca me ha respetado El Salsero.
Se
sienta en el sofá. Extiende sus brazos en la cima del respaldo y cruza las
piernas. El maletín lo ha puesto a su lado.
Bueno,
hablemos.
Quedo
de pie delante de él; a unos tres metros. No hay nada cerca que yo pueda usar
como arma. Desde su cómoda ubicación, tiene el perfecto control de mis
movimientos y posibilidades.
Te
estuvimos esperando, compadre. Siempre te ha gustado que la gente te espere,
¿no? Disfrutas con esa huevada.
Permanezco
en silencio. Sus preguntas son retóricas. Puro chamullo antes de la tortura.
Él, como yo, me estudia, aquilata donde clavarme el primer golpe. Yo también
estudio cómo dejarlo fuera de combate antes de que se me venga con todo. Sé que
lo que me tiene preparado es grande y devastador. Si no me apuro, no habrá
marcha atrás y desapareceré de este mundo sin haber plantado un árbol, escrito
un libro o formado una familia. Tengo el reloj en cuenta regresiva.
Bueno,
basta de huevadas, entremos en materia: ¿Qué pasó? ¿Tienes mi encargo?
Lo
tuviera o no, mi fin estaba próximo. El Salsero no iba a tu casa a pedirte las
cosas a la buena; no, señor, pues luego de arrancarte lo que le pertenecía, te
torturaba. Además de hincharse de dinero, otra de sus pasiones era desaparecer
gente por las tuberías de la ciudad.
Vamos,
huevón, dame lo que es mío y deja de mirarme como cojudo.
Entonces,
me bajo el cierre y me desabrocho el botón del pantalón.
¿Qué
estás haciendo?
Me
bajo el pantalón y quedo en calzoncillo.
Oe, ¿qué
tienes, huevón? ¿Qué haces?
Me
bajo el calzoncillo y dejo al descubierto el pene y los huevos.
¡Pala
mierda! ¡Qué es eso, huevón!, dice, fijándose en la sangre
que me chorrea por entre las piernas.
Me
corté los huevos, le digo.
¿Por
qué, huevón?, dice, conteniendo las náuseas. La herida se
me ha abierto y supura. Se te están pudriendo los huevos, cojudo. ¡Aghh!
Tápate esa mierda.
Dentro
de mis huevos tengo lo que buscas, le digo.
¿Cómo?
¿Dónde?
Aquí,
dentro de mis huevos, le repito, con una calma que me sorprende.
¡Conchatumadre,
tápate esa huevada! ¡Voy a vomitar!
Y
vomita. Deja el piso regado de todo lo que había tragado ese día.
¿Cómo
chucha tienes mi huevada ahí? ¿Cómo llegó ahí, huevón?
El
Salsero no para de vomitar. Es mi oportunidad. Decido abrirme la bolsa escrotal
y terminar con su sufrimiento. Meto un índice en la herida y luego el otro. Con
ambos, estiro la abertura. Al contrario de lo que puede sospecharse, la acción
me provoca un dolor muy tenue. ¿Será el pisco que aún recorre mi cuerpo?
El
Salsero está ahora en cuatro patas. Empieza a vomitar sangre. A pesar de su
posición y del tremendo asco que lo ataca, no quita los ojos de mis huevos. No
quiere perderse un detalle de lo que estoy haciendo. Tremendo masoquista.
Entonces, decido ofrecerle un verdadero espectáculo.
Meto
más dedos en la abertura y atrapo el primer cordón que siento. Lo jalo. Es el
epidídimo que emerge a la atmósfera de esa habitación acompañado del conducto deferente.
Vuelvo a mirar al Salsero. Tiene los ojos en blanco. La cabeza se le despeña y
cae como plomo sobre el desastre orgánico que él mismo ha desparramado en el
suelo.
¿Está
muerto?
El
rey le dijo a la joven:
“Pídeme
lo que quieras, que te lo daré”.
Y
le juró:
“Te
daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.
Ella
salió a preguntarle a su madre:
“¿Qué
le pido?”.
La
madre le contestó:
“La
cabeza de Juan el Bautista”.
Entró
ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
“Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la
cabeza de Juan el Bautista”.
Evangelio según San Marcos 6, 22-25
Le veo
el bulto antes de que se vaya. ¡Qué bien llena esos pantalones! Cuando la tiene
dura, que ocurre cuando predica, no puedo quitarle la mirada de encima. Una vez
mi esposo se dio cuenta. O no sé. Seguro fue idea mía, porque nunca me dijo
nada. Eso sí, cuando él no está cerca, le lanzo unas miradas llenas de deseo.
Yo sé que el predicador no es tonto; sabe cuáles son mis intenciones. Sabe que
lo quiero predicando en mi cama.
Pero
ya basta de jueguitos, voy a tomar acción. Daré el golpe en la verbena de San
Juditas. El predicador es uno de los invitados especiales de mi esposo. A ver
si el santo me hace el milagro. A ver si para algo sirven los santos. A ver si
me concede el deseo en el día de mi cumpleaños.
Con un
par de cervezas, mi marido se apaga. No se emborracha, no pierde los papeles,
no llora, no baila, no cacha, nada. Solo se apaga. ¡Plum! Chau. Hasta mañana.
Cuando eso ocurra, será mi momento. Por fin, conquistaré tu bulto, predicador
pingón.
***
No
permitiremos que el gobierno nos ordene cuántos hijos tener. Eso va en contra
de los principios de Dios, hermanos. El hombre y la mujer fueron creados libres
para engendrar vida las veces que sean necesarias. Denunciemos este orden
perverso que nos quieren imponer, hermanos. Salgamos a las calles a protestar.
La pobreza de este país no se debe a la cantidad de hijos que traigamos al
mundo, hermanos. No, definitivamente no.
La
pobreza, los vicios y la podredumbre moral se deben a que nuestros hijos crecen
en una sociedad torcida, alejada de Dios. Cuando nuestros hijos crecen
desconociendo a Dios, el futuro se pudre. Es la falta de Dios en nuestra
sociedad la que genera pobreza y perversión, hermanos. Así que no me vengan con
el cuento de la sobrepoblación. Siempre recordemos que donde comen uno, comen
dos y donde comen dos, comen tres, y donde comen tres, comen cincuenta millones
de peruanos. Si aceptamos a Dios en nuestras vidas, la abundancia material y
espiritual caerá sobre nosotros por su propio peso. Entiéndanlo bien.
Levantémonos contra este gobierno castrador, hermanos. Levantémonos y
encomendemos nuestras almas a Dios Nuestro Señor para que nos conceda la
victoria en esta lucha contra el gobierno.
Justamente
acá, a un ladito, me acompañan los siete, ocho, diez, trece hermanos que hoy
tendré el honor de bautizar en la fe. Los bautizaré en nombre de Nuestro Señor
para que, desde este momento, sean siervos fieles de la bondad, la disciplina,
el respeto y el amor. Y, solo de esta manera, la pobreza y tantos otros males
quedarán desterrados de sus vidas y, por ende, de las vidas de los que los
rodean.
Que
las parejas sigan unidas en Dios y se reproduzcan infinitamente. Si Dios vive
en sus corazones, los hijos de sus hijos serán hombres de bien que generarán
riqueza de modo natural, multiplicarán las monedas y no estarán contaminados
por el capitalismo ocioso y desvergonzado.
Vengan
por aquí, hermanos. Vengan, acomódense por aquí. Iré llamando a cada uno para
bautizarlos tal cual Juan bautizó a Nuestro Señor.
***
Señora,
¿qué está haciendo? Esto es inadmisible. Por favor, le pido con todo respeto
que se retire.
La
mujer se había hincado en el suelo y descorrido el cierre del pantalón del
hombre de fe. Con voracidad licántropa, había metido la mano en el agujero
descubierto y se había apoderado de la bestia que aún dormía, gruesa y
cabezona, abrigada por unos calzoncillos de algodón de primera calidad.
Esto
no es correcto, señora. Su esposo… ¡Ah! ¡Uh!
El
religioso descubre que la lengua de la mujer no trabaja nada mal. Lo hace muy
bien. Decide disfrutar de esa lengua un ratito. Eso sí, sobre la frente de la
mujer, pone una mano que finge oponer una fuerza de repulsión. Ella no debe
dudar, en ningún momento, de que él no está de acuerdo con ese acto de
oprobiosa concupiscencia. ¡Pasu, pero qué rico la chupa esta mujer! La chupa
casi casi tan rico como la chupa mi Stéfano. Entonces, sus pensamientos los
va ocupando Stéfano y la forma en que fricciona su piel con la suya, la manera
en que lo besa con la lengua hasta que siente que la pinga se le va a reventar
de lo dura que se pone. Ya está bueno, piensa. Este pene es de
Stéfano y de nadie más.
Señora,
esto no debió ocurrir, dice el santo, apartando, esta vez sí con
determinación, la cabeza de la mujer, escondiendo al muñeco, subiéndose el
cierre y alisándose el pantalón de fino lino.
No me
digas que no te ha gustado. He sentido cómo lo has disfrutado, Nazaret.
Por
supuesto que no. Para nada. Todo esto ha sido un error. Espero no volver a
verla más en mi vida. Y si tenemos que cruzarnos en lo que resta de esta
jornada de caridad, por favor, espero que no me vuelva a dirigir la palabra. El
pecado debe ser cortado de raíz. El que oculta sus pecados no prosperará, pero
el que los abandona hallará misericordia. Proverbios veintiocho, trece. Ya
sabe. Adiós.
***
Mi
amor, tú sabes que todo este cuento de la actividad caritativa ha sido una
simple fachada. Lo de fondo ha sido celebrar tu cumpleaños como se debe, y con
plata de la Municipalidad, que para eso está esta vaina, para satisfacer y
cumplir nuestros deseos. Dime, por favor, además de este diamante que cuelgo en
tu hermoso y delicado cuello, qué otro regalo quieres. Yo te lo concedo. Sea lo
que sea. Yo te lo cumplo, yo te lo compro. Lo que desees lo tendrás a tus pies.
Dime, ¿cuál es tu deseo, mi amor?
La
mujer finge meditar su respuesta. En realidad, la tiene preparada desde el
instante mismo en que sufrió el mayor desaire de su vida. Afuera, los fuegos
artificiales alardean su poderío y estruendo. Las luces multicolores de
nitrático olor festejan decenas de años de vida de la municipalidad de Los
Olivos.
Quiero
la cabeza de Nazaret.
¿Qué?
¿Por qué? Nazaret es como mi hermano. Es un ángel en la Tierra. ¿O te refieres
a otro Nazaret?
No,
estoy hablando de tu gran amigo Nazaret.
¿Y por
qué quieres su cabeza?
Porque,
desde que lo conociste, me pretende. Me coquetea cuando te das la vuelta. En
varias oportunidades, ha querido besarme. Ayer no ha sido la excepción. Ha
querido abusar de mí. Me ha tocado, me ha besado y casi casi me ha metido su
cosa. Yo no me dejé.
La
mujer se deshace en sollozos. El pecho le detona en palpitantes convulsiones.
Su pulso es agitado; su respirar, dificultoso. Recuerda todas las vejaciones y
humillaciones de Nazaret.
Amor
mío, discúlpame, pero no creo que Nazaret sea capaz de todo lo que dices.
Con
los ojos trastornados de indignación, la mujer vomita tremendo vitriolo: que
cómo vas a desconfiar de la mujer que te adora, que te la chupa, que se te
entrega toda. No me mereces. No mereces todas mis atenciones.
Basta,
mi amor. Discúlpame. Olvida lo que dije. Para mañana en la noche, a más tardar,
tendrás la cabeza de ese desgraciado ante ti, besándote los pies.
***
Tú
serás el salvador de este país.
Los
besos caen y demoran, reptan. Las pieles se recorren, se reconocen, se mezclan.
Al muchacho le gusta sentir la barba rasposa de su mentor.
Está
clarísimo: has nacido con el don del líder. Nunca te desperdicies.
El
muchacho se desliza por entre las sábanas y con sensual salvajismo se apodera
del tremendo garrote que tiene el hombre entre las piernas. Este comienza a
delirar. Ya no concurren pensamientos en su cabeza. La locura misma lo invade y
se retuerce debajo de las sábanas. No pone las manos en la cabeza del muchacho
porque sabe que eso le disgusta. Eso es de cabros, le dijo una vez. Así
que lo deja hacer y no interfiere con el desarrollo del trabajo bucal del
muchacho. Solo lo disfruta.
Luego
de una hora, ya descansados, bebiendo algo de vino, el hombre le dice: Tú
debes ser mi guía, no yo el tuyo. Estoy seguro de que te esperan cosas grandes.
***
¿Qué
es eso, amor?, dice la mujer. Le intriga la elegante caja
puesta sobre el piso, al lado del lecho marital.
Es un
presente, mi amor.
¿Puedo
abrirlo?
Por
supuesto, mi amor. Solo lamento haberme tardado un par de días en presentártelo.
¿Un
par de días? No me digas que es lo que creo que es.
Se
miran. Se entienden.
¿Adentro
está la cabeza de ese miserable?, dice ella, un tanto
incrédula.
Compruébalo
por ti misma, amor. No te preocupes que no te mancharás con sangre o algo así.
Mandé que escurrieran bien esa cabeza y le den una buena limpiada. Hasta
perfume tiene. No te iba a presentar un pedazo de carne putrefacta.
La
mujer se acerca a la caja. Una tarjeta acorazonada dice: A mi reina, lo que
pida.
Ábrela,
mi amor. Sin miedo. Además, apenas la veas, llamo a Johnny para que la bote a
la basura y se la coman las ratas.
Las
uñas largas y coloridas de la mujer se desprenden de la tarjeta y en su rostro
se van alternando gestos de difícil interpretación.
Vamos,
amor; sin miedo.
Tras
un momento, por fin, dice: No, amor. No quiero arruinar mi día con una
imagen tan desagradable. Sé que la cabeza de ese desgraciado está ahí adentro.
Te creo. Sé que eres capaz de hacer lo que yo te pida, mi amor. Llama a Johnny
y que se asegure que las ratas se la coman toda. Que le echen mayonesa y
kétchup. Las ratas adoran esas cremas.
***
No
sabemos quién lo hizo.
¿Lo
dejaron tirado así? ¿Sin más?
Sí.
Así lo encontramos. Pero, dime, sí o no que esto lo han planeado. Alguien que
te quiere robar, te mata y listo; no se da el trabajo de cortarte la cabeza.
Para mí que ha sido el gobierno. Hace rato lo tenía en la mira. El maestro era
uno de los más grandes obstáculos para su objetivo de eliminar todos los cultos
religiosos del país. Así que lo mandaron matar a oscuras, como matan los
criminales, por la espalda y en la oscuridad.
Hay un
silencio inflamado por los pensamientos que surgen de la contemplación rabiosa
del cuerpo desnudo, sangrante y decapitado.
¿Vamos
a hacer algo?
Las
lágrimas del muchacho se unen al silencio en su rodar. El llanto es quedo, de
macho, del discípulo que ve en el cuerpo de maestro la respuesta definitiva a
la pregunta.
Ya veremos.
Ya veremos.
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después
de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso
insecto.
Franz Kafka – La metamorfosis
Luz
roja. Detengo la moto. 60, 59, 58…
Una
señora, parada sobre la acera próxima a mi ubicación, teclea en su celular. Al
siguiente segundo, nota mi presencia y se sobresalta, esconde el aparato dentro
de su bolso y lo aferra contra su cuerpo. Clásico: el cholo siempre es un
delincuente. Si va en moto, de todas maneras, es ratero, y muy peligroso.
Vieja
cojuda, pienso.
De
soslayo, la veo dando pasos disimulados y cortos en dirección opuesta a la mía.
Quiere escapar de mi radio de acción, del área dentro de la cual podría yo, con
un simple y rápido movimiento del brazo, arrebatarle el bolso con celular,
joyas y dineros incluidos.
Lo
logra. Se ha alejado un par de metros. Ya no puedo verla con el rabillo del
ojo, aunque sí por el espejo retrovisor. Le veo algo del perfil del rostro. Se
le nota distendido. De tremendo ratero me he salvado, habrá pensado. Eso
soy. Soy un ratero; de ninguna manera el joven de excelentes notas
universitarias que en los pocos ratos libres de que dispone, como este, va en
moto hacia las casas de otros jóvenes, también universitarios, que necesitan
recibir clases de Química, Física o Cálculo para no ser reprobados y que, a
cambio de dichas lecciones, es recompensado con un dinero que, puntillosamente
ahorrado, emplea para pagarse la universidad.
Soy un
raquetero porque a la señorona le parezco uno. Quizá nunca más se acuerde de mí
luego de que la luz roja, 34, 33, 32…, cambie a verde; pero cuando lo haga, si
es que lo hace, será cuando diga ante sus amigas: Ay, sí, las calles están
peligrosas, cada día hay más rateros en moto. Te cuento, la vez pasada me salvé
de que uno se fuera con mi celular, a Dios gracias que lo vi antes de que me
robara, no solo el celular, también la cartera.
Vieja
de mierda.
29,
28, 27…
Me
siento un ratero; esa mirada cargada de desprecio con la que me vistió esa
señora me ha metido en personaje.
20,
19, 18…
Desciendo
de la moto. Con el pie, le bajo la pata de apoyo. Aún encendida, ronca silente
sobre la pista. Camino hacia la señora quien, sin darse cuenta de mi accionar,
ha vuelto a hablar por teléfono, totalmente imbuida en su papel de vieja
cojuda. El grifero de la esquina se ha dado cuenta de mis intenciones. Alcanza
a gritar: ¡Señora, cuidado! Tal exclamación atiza mi furia, la exacerba,
me mete mucho más en mi papel de choro. Ese grito me ha puesto en la piel de
todos los discriminados del mundo. Con todo el furor justiciero acopiado en mí,
le arrancho el celular a la vieja, regreso a la moto y, justo en el momento en
que la luz se hace verde, arranco.
***
Puedo
sentir sangre nueva recorriendo mis venas; un líquido caliente que me quema las
manos, la cara. Acelero a setenta kilómetros por hora. Si muero, este es el
momento perfecto, pienso. Pero no muero. Ningún auto se cruza en mi camino.
Varias cuadras más allá, con franca sonrisa reivindicativa en el alma, arrojo
el celular hacia solo Dios sabe dónde.
***
Vieja
de mierda; si pensabas que era un choro; ahí está; lo soy. Ahora, pues, cuenta con ganas cómo te robé.
Cuéntales a los tombos, a tus hijos, a tus amigas turulecas, al perdedor de tu
marido que te es infiel con chibolas que alquila a cien soles la hora.
***
Al día
siguiente, recibo una llamada. Es Claudia. ¿Qué pasó?, le contesto medio
adormilado aún. Son las siete de la mañana. Hoy no tengo que ir a la
universidad, pero al mediodía debo enseñarle Cálculo a un tipo en Miraflores. ¿Anoche
le robaste el celular a una señora?
¿Qué?
¿Cómo se enteró? Yo ya me había olvidado del asunto, hecho que tomé como un
pequeño gesto reivindicativo, y hasta juguetón, en nombre de tanto serrano
discriminado en la historia del Perú.
La
policía está buscando la placa de tu moto: 4872-HA. Es la tuya, ¿no?
Entonces,
empezaron a chancar la puerta de mi departamento. ¡Abran, carajo! ¡Toda la
casa está rodeada!
Termino
la llamada, salto de la cama y empiezo a vivir.
It is a waste of time to be angry about my disability.
One has to get on with life and I haven’t done badly. People won’t have time
for you if you are always angry or complaining.
Stephen Hawking – En una entrevista
El
primer cague fue difícil; por poco y me hundo en el wáter. Me había quedado
solo, sin la ayuda de Clotilde, mi enfermera. El accidente no solo me arrancó
las piernas; también se devoró mis ahorros.
Desde
hacía algunos años, los libros se habían convertido en los objetos más
solicitados del país. Las librerías se habían transformado en negocios muy
rentables y, en ese contexto, mis novelas se vendieron con frenesí. Llegué a
ser un autor bastante reconocido. Se me consideró entre lo mejorcito del último
quinquenio.
Sin
embargo, luego del accidente que me arrebató las piernas, mis intereses
literarios se desvanecieron. Quería morirme. Después de unos meses de entender
que la vida continuaba, alineé mis energías en torno a mi adorada y respetada
antigua actividad: la literatura. Fue tremendamente duro volver a parir un
texto, producir líneas que sobrecojan, que estimulen. No fue fácil
acostumbrarse a la idea de haberse quedado sin piernas.
Porfié
y porfié hasta recuperar el enhebrado romántico característico de las historias
que me habían forjado un lugar preponderante en los escaparates librescos del
país. Así, tras un hercúleo esfuerzo, publiqué “Esto no es amor”. Poquísima
gente compró el libro. La novela fue incapaz de soliviantar a las plumas de los
críticos y hombres de prensa. Ni lo blogueros, youtuberos o tiktokeros la
comentaron.
La
gente, me dijo el editor, el tipo que apostó por mis novelas
desde el inicio, gracias a cuyas ganancias se había comprado dos casas,
quiere que hables de tu accidente. La gente es enferma; quiere saber cómo haces
para ir al baño, si te hundes en el wáter o no. ¿Te llega hasta el suelo la
pichula cuando estás “parado”? Ese tipo de detalles son los que causarían furor
en los lectores. Todo lo que se vende por estos días trata del “yo”, del “yo” y
sus miserias. Mientras más cagada esté tu vida, más lectoría te asegurarás. Son
las nuevas reglas del juego. Ya nadie quiere leer historias cursis. Lo que está
de moda es refocilarse en las desgracias del otro.
Pero
no podría…, me defendí, sin ninguna convicción.
¿Quieres
plata? ¿Quieres recuperar lo que el accidente te quitó? Escribe sobre ti, sobre
tu nuevo yo. ¿Cómo es vivir sin piernas luego de que lo tuviste todo? La gente
ama las historias de los infelices; los hace sentirse mejores, incluso si en la
realidad son unos fracasados comprobados. ¡Vamos! Ponte a trabajar. Tú eres el
único que conoce minuciosamente el basural en que se ha convertido tu vida.
¡Vamos! Toma un lápiz y un papel y a escribir. El talento lo tienes. Confía en
ti mismo. Tente fe.
Apesadumbradamente
convencido, me puse a trabajar. Mi obra sería el marcial reflejo de las
vicisitudes diarias de un hombre sin piernas: el ir al baño, desplazarse por la
ciudad, conseguir una erección cuando desfilan ante tus ojos unas caderas
impresionantes. Fue así como, tras infinitas y esforzadas gotas de sudor,
derribando el férreo corsette de mi pudor, entregué “Las miserias de un hombre
sin piernas”.
“Las
miserias…” fue mi segunda derrota. Mi editor, que no estaba dispuesto a perder
más dinero, me abandonó: dio por concluido nuestro contrato. Entonces, mis
ahorros iniciaron un vertiginoso viaje cuesta abajo. Me deprimí como no lo
había estado cuando perdí las piernas. Era cierto eso de que uno nunca toca
fondo del todo: siempre se puede estar peor.
A
partir de mañana, haremos dieta, me dije. Tenía que ajustarme
las tripas si quería alargar los pocos soles que aún se aferraban a mis
faltriqueras.
Urgía
hacer algo más. Debía buscar un trabajo. El problema era que todos los oficios
prácticos me eran desconocidos. Únicamente la escritura me era familiar. Aunque
luego de mis dos fracasos, ya no estaba tan seguro de ser un buen escritor. Era
un bueno para nada.
¿Qué
podía hacer un cojo como yo para ganarse la vida?
¿Cojo?
Estrictamente hablando, no soy cojo. A quien ha perdido las dos piernas no se
le puede llamar cojo. Cojo es aquel que ha perdido una sola pierna o tiene una
más corta que la otra. Yo no tengo piernas. No hay calificativos para personas
como yo. ¿Mocho? No, mocho es el que tiene alguna extremidad trunca,
generalmente el brazo. ¿Qué soy yo? Hay un apelativo cruel para gente como yo:
culebra, porque no tenemos patas.
Cierto
día, montado sobre la silla de ruedas, fui al centro comercial. No entré en
ninguna tienda. No tenía dinero para comprar nada. Tampoco quería hacerlo. Solo
permanecí en el patio del lugar, despejando la mente, dejando de pensar en mi
futuro, observando a la gente, al cielo, a los pocos árboles que emergían
enclenques por sobre el grueso manto de cemento, como trasnochados
sobrevivientes. Aquí, me ocurrieron dos cosas.
Primero,
escuché la conversación de un par de jóvenes lectores. Uno de ellos tiró a la
basura el libro que dijo que había empezado a leer hacía unas horas. Era la
historia de un sordo. ¿A mí qué me importa lo que le pase a un sordo?,
dijo al tirarlo al tacho. Luego, se alejaron, y la conversación, que se hacía tenue,
moró en el tema de la novela que leía su compañero. Imaginé que la misma suerte
hubiera corrido mi última novela de haber caído en las manos de ese lector. ¿A
mí que me importa cómo caga un huevón sin piernas?, hubiera dicho al
lanzarla por los aires.
Esto
me confirmó que la autoficción, sobre todo la que narra las miserias de un
autor minusválido y patético, ya no asombraba ni espantaba a nadie. Esta
epifanía fue dura, pero reveladora.
Entonces,
ocurrió la segunda cosa: Stéfano Pajoy.
***
Stéfano
Pajoy tiene veinte años y no va a leer un solo libro. Vive al margen de la ley.
Se ha escapado de que lo fusilen y el gobierno elimine así a otro analfabeto
funcional más. Esta condición de renegado lo ha obligado a dedicarse a negocios
extraoficiales. Es sicario. Y cobra caro. Él dice que eso está plenamente
justificado por la limpieza y eficiencia de sus trabajos.
¿Cómo
supe todo eso? Porque se lo pregunté. Me acerqué y le pregunté a qué se
dedicaba para ganarse la vida. Me le acerqué porque su rostro adusto -la nariz
entre afilada y ganchuda, el mentón enérgico- me recordó al de mi papá cuando
joven. No conocí a mis viejos. Y cuando te pasa lo que a mí, y conservas algunas
de sus fotos, llegas a asumirlas como si ellas fuesen tus mismísimos padres;
entonces, les hablas, les pides consejos, les rindes cuentas.
Mato
gente, me dijo. ¿Me conoces de algún lado? ¿Te mato a
alguien?
Mejor
te invito un café, le dije.
¿Café?
¿Cerveza,
entonces?
Bueno.
Tomamos
cerca de dos horas. No tengo piernas, pero sí buena cabeza para el trago.
Stéfano también. Es más, podría decir que, dentro de nuestra ecuanimidad, yo
andaba algo más picado que él. Este parecía como si no hubiese probado una sola
gota de alcohol. El asesino tiene que estar atento hasta cuando duerme,
mucho más cuando se está divirtiendo.
Entonces,
¿a quién voy a matarte? Cobro caro, pero soy efectivo.
Le dije
que no se apure, que ya llegaríamos a ese punto.
No
puedo perder más mi tiempo. Si no me dices nada ahorita, me voy. Gracias por
las cervezas.
No, no
te vayas. Si te quedas una hora más, te prometo que te cuento mi proyecto.
No me
interesa. Gracias.
No vas
a matar a una sola persona. Vas a matar a diez. Te voy a pagar por matar a
diez. Cueste lo que me cueste.
No sé
cómo me atreví a proponerle eso. No contaba con mucho dinero. A las justas
tenía el suficiente para subsistir unos seis meses más. Definitivamente, le
tuve mucha confianza al proyecto literario que se me ocurrió en el transcurso
de nuestra conversación. Estaba consciente de que, si no le pagaba, me mataría.
Recuerdo que, durante la plática, me comentó que le molestaba tremendamente
deshacerse de aquellos que incumplían el acuerdo de palabra (en el negocio del
sicariato, no hay facturas ni contratos escritos que hagan valedero el pacto),
ya que tenía que liquidarlos tomando las mismas precauciones que adoptaba
cuando ejecutaba un trabajo bien pagado. Me ha pasado pocas veces. Pero con
el correr del tiempo, he aprendido a reconocer a los estafadores. Por eso, no
creo que tú me vayas a pagar tanto. Adiós.
Te doy
mi palabra y un adelanto por el primer muerto. ¿Qué te parece?
¿Seguro?
Mira que, si no cumples tu palabra, el muerto serás tú.
Totalmente
seguro. Terminamos esta cerveza y te llevo a mi casa. Ahí te pago por el primer
muerto.
Está
bien.
***
Los
periódicos no se ahorraron detalles. Sus páginas goteaban sangre. El crimen había
sido laureado como obra de arte por los cultores del perfeccionismo. El
asesino, afirmaban los cronistas, había ejecutado al escritor con una limpieza
impresionante. No había huella o rastro que lo delatara. Por algún motivo, al
escritor se le habían extirpado dos incisivos. ¿Sería una marca de la obra del
asesino? ¿Quería ser descubierto el criminal? Se elucubraron toda clase de
hipótesis. Hacía tiempo que no sucedían asesinatos en el país, excepto los
ordenados por el gobierno para eliminar a los analfabetos funcionales.
***
Al
cabo de dos meses del limpio asesinato del escritor Yack Mamani, cuya estela
narrativa había impactado no solo en el país sino también en Norteamérica y
Europa, se publicó la novela “YM”, que relataba la muerte de Yack Mamani. Los
datos eran de una verdad escalofriante. Solo el asesino podía haber escrito ese
libro. Los mil ejemplares iniciales se vendieron en la primera semana de su
lanzamiento. Se tiraron nuevas ediciones, que fueron consumidas como caramelos
por una bandada de niños famélicos.
La crudeza
y precisión de los detalles vertidos en la novela colocaron al editor en el
centro de las investigaciones. Al parecer, el autor, que firmaba como M.
Lenoir, era un fantasma. No existía registro alguno de esa persona. El editor
era el único que podía conocerlo.
***
Luego
de que se halló el cuerpo sin pene y sin los dos incisivos centrales del
tremebundo y fantástico escritor Yohn Pooll, se publicó, a los pocos meses, “Salida
de emergencia”, novela del mismísimo M. Lenoir, en donde se describía pormenorizadamente
el asesinato de Yohn Pooll. Incluso, en el capítulo seis, se indicaba el lugar
en el que el lector podía hallar el pene y los dientes de la víctima.
Las
autoridades le encajaron un ultimátum al editor del libro: si no revelaba a
quién le giraba el dinero de las exorbitantes ventas de la novela -se suponía
que el recipiente era el asesino-, su cabeza rodaría por los suelos.
El
editor no se dio por aludido y, en dos días, un pelotón de fusilamiento
irrumpió en las instalaciones de su empresa editora, cita en avenida Benavides
cuadra cincuenta y dos, Surco. Sin mediar saludo alguno, ni bien detectaron al
editor, le descargaron letales ráfagas de proyectiles. El Gobierno no era
tonto: el editor tenía que saber quién era el autor de las novelas. Entonces,
resultaba siendo cómplice de los asesinatos. La muerte fue su castigo. Sin
embargo, aún pervivía el misterio: ¿quién era el autor de esas novelas? ¿Quién
era el asesino?
Muerto
el editor, las ventas explotaron todavía más. Mediante un canal bancario de
depósito automático, el poseedor de la cuenta -presumiblemente el autor- seguía
haciéndose rico. El gobierno decidió adoptar otra medida: amenazar directamente
al dueño del banco. Pero el banco era un banco suizo, entonces, el nombre del
dueño de la cuenta era inviolable. Los investigadores gubernamentales tendrían
que buscar por otro lado, jalar otros hilos, atar otros cabos.
***
No se
hallaba al culpable (o a los culpables) de las muertes de los diez escritores
peruanos más importantes de la última década. Todos los cuerpos estaban
desmuelados (excepto por uno que quedó sin pene): A uno le habían quitado dos
dientes, a otro tres, a otro solo uno, y así. La policía estaba segura de que los
dientes perdidos representaban alguna simbología para el asesino. Los
investigadores oficiales se rompían la cabeza tratando de hallar un patrón
entre la cantidad y las posiciones de los dientes extraídos. Mientras tanto, la
saga novelística que daba cuenta exacta de los asesinatos continuaba
publicándose en diversas editoriales. El gobierno se dio cuenta de que
perseguir a los editores no conduciría a la captura del asesino. Admitió, eso
sí, haberse equivocado al eliminar al primer editor. Esto generó caos en el
país. Se había matado a un inocente. Se busca siempre la justicia, pero sin
cometer injusticias en el intento.
La
gente había leído lo suficiente. Había adquirido un juicio más maduro. No podía
tolerar la dictadura imperante, por más que ella hubiese sido la causa de su
renovado espíritu crítico. El gobierno había liquidado a un inocente y eso
descalificaba por completo al presidente transexual.
La
penúltima novela de la saga añadía un epílogo en el cual el narrador o el autor
de los crímenes -ya a estas alturas no se les diferenciaba- perfilaba la muerte
del presidente transexual. La última entrega de la novela tendría como tema
central la desaparición del régimen a causa del anunciado magnicidio. El país
entero fue sumido en una vorágine de especulaciones. ¿Podrían matar a la presidente?
***
Yo me
retiro. Ese trabajo no estaba pactado en nuestro trato inicial.
Bueno,
pues, te renuevo el trato. Ya hemos anunciado ese trabajo para la próxima
novela. El público está a la expectativa. La plata que vas a cobrar te va a
permitir vivir sin preocuparte más por el dinero.
Con lo
hecho hasta ahora, tengo para vivir tranquilo sin volver a matar a nadie.
No
hagas que te amenace. No te conviene. Sabes que si lo hago pierdes en grande.
No me
importa. Haz lo que quieras. Con la plata que he ganado puedo perderme en
cualquier parte del mundo. Descansar. Así que haz lo que te parezca. Yo me voy. El
joven dio media vuelta y empezó a alejarse.
Está
bien. Respeto tu decisión. Me saludas a Claudia. Adiós,
alcanzó a gritarle el hombre.
Como
si la mención del nombre de esa mujer le hubiera significado un machetazo en
plena frente, el joven se volvió y gritó: Espera.
El
hombre giró lentamente sobre sus ruedas y, ya de cara al joven, lentamente,
delectando cada sílaba, dijo: Entonces, ¿cuento contigo?
***
El
país entero amaneció con una noticia que lo remeció: La presidente del país
acababa de ser asesinada.
Al mes
de lo que parecía ser el magnicidio perfecto, apareció el último tomo de la
saga del escritor desconocido -ese que firmaba como M. Lenoir-, en donde se
narraba con precisión la espeluznante muerte de la presidente. Entonces, las
ventas enloquecieron como nunca se había visto, y a la cabeza del autor se le
puso un precio que también quebró marcas históricas.