viernes, 6 de enero de 2023

REVISTA CARETAS: "La reunión de los cínicos"

 Aquí el enlace de la nota completa: 

https://caretas.pe/cultura/presentacion-de-la-reunion-de-los-cinicos-de-daniel-gutierrez-hijar/



La reunión de los cínicos

 


Presentación de "La reunión de los cínicos", de Daniel Gutiérrez Híjar

Ayer, 5 de enero del 2023, en interesante conversación con un connotado y juicioso crítico literario, se presentó en el bar Zela (Centro de Lima, en uno de los portales de la Plaza San Martín), el nuevo libro de nuestro escritor Daniel Gutiérrez Híjar “La reunión de los cínicos”. La conversación estuvo amenizada con un par de botellas de Pilsen y la presencia de los estribillos musicales de grupos tan parejos en el estilo, como Maná, RBD y Aviador Dro.

Terminada la conversación, el evento de presentación continuó en la galería de arte Martín Yépez (Centro de Lima, en uno de los portales de la Plaza San Martín, en el restaurado edificio Hidalgo). Desde el balcón del segundo piso de la galería, el libro de nuestro autor fue lanzado como se acostumbra en estos saraos literarios. 


Abajo, en la plaza, un grupo de performers, contratado por esta vuestra casa editorial (Ediciones DGH), recreó una multitudinaria y encendida marcha contra la eliminación de nuestro glorioso Congreso de la República. La instalación plástica fue tan convincente que la policía, alarmada por lo que creía una furiosa revuelta, cercó la plaza para evitar que los performes orinen en las faldas del caballo del nacido en Yapeyú.

La presentación del libro de Daniel Gutiérrez Híjar concluyó con un ameno brindis de refrescante Sprite servida en vasitos de plástico ecológicos.

Pueden encontrar “La reunión de los cínicos” en las principales librerías del jirón Quilca (cuadra 2, Centro de Lima); a saber:

·        La Librería del Centro, de Mabel Cueva

·        Miscelánea Librería

·        La librería del señor Ricardo Tuya

·        La Librería Sakura

·        La librería del señor Jesús Luna

Sírvanse también preguntar por otros libros de nuestro autor, como la novela “El solitario de Zepita” o el cuentario "Latidos del asfalto".


miércoles, 21 de diciembre de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 17 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)


Me cubriré del agua

De la mar y ya no he

Más de morir

 

Y ya no he más

 

Luchito Hernández Camarero – Dicen que soy…

 

Tengo solo diez minutos para salir y aún estoy sin ropa. Mi manía por tenerlo todo controlado me ha obligado a coger una tijera filuda para podarme los pendejos. No puedo ponerme un bóxer limpio encima de estos pelos que ya, sin darme cuenta, han ganado volumen y longitud. 



Corto arriba del pene y alrededor de su base. Los restos caen y forman un entrevero de caracteres chinos en el piso blanco del baño. Corto rápido; y la claridad de la piel, que le va ganando terreno al enmarañado boscaje, me es tremendamente satisfactoria.

¡Perfecto! Los pelos quedan reducidos al mínimo. La tijera ya no puede hacer más. Sin embargo, la tarea aún no ha terminado: los pelos de los huevos están intactos. Los oigo reírse de mí: Ya no te queda tiempo para cortarnos. Seguiremos creciendo así, retorcidamente, como alambres rebeldes, pegándonos a tus huevos, haciéndolos sudar, reteniendo la humedad, propiciando aquel hedor que tanto te gusta oler cuando zambulles la mano debajo del pantalón; no lo niegues.

Impelido por tales burlas, reafirmo las tijeras en los dedos, cojo un sector del escroto y, ¡zas!, de un plumazo, les extingo la vida a decenas de pendejos largos, horribles, asquerosamente ondulados. ¡Zas! Otro tijeretazo y más pelos caen al suelo con rotundidad. Son filamentos duros, pesados. No se dejan hamacar por el aire. Caen como bolas de plomo, como cachetada de esposa engañada.

¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Aaaaaauuuuuuuuu, mieeeeerdaaaaa!

Espesos y diminutos círculos de sangre se mezclan con los nigérrimos jeroglíficos del suelo. Me acabo de abrir la bolsa escrotal. Hasta creo que me he cortado un huevo. No sé qué hacer. Desespero. Corro hacia cualquier lado. Aparezco en la cocina. Veo la hora en la pared y una botella de pisco encima del refrigerador. Tomo la botella y la pongo cerca del lavabo. Me empino para que los huevos cuelguen sobre este. Abro el caño y vierto manotazos de agua sobre los testículos. El agua se lleva la sangre que me continúa saliendo y me deja ver la herida. Veo las glándulas y las venas que recorren mis huevos. Destapo la botella de pisco y me echo todo su contenido, que es alrededor de la mitad, sobre la boca que le hecho al escroto.

¡Aaaauuuuuuuuuuu, mieeeeeeeeeeeerdaaaaaaaa!

***

Lo primero que veo al despertar es un gran pedazo de vidrio. Giro la cabeza y veo más pedazos, pero pequeños. Poco a poco, recupero la memoria. Y las fuerzas. Me levanto, cuidando de no cortarme con los vidrios. El cuarto huele fuerte; a pisco. Estoy con los huevos colgando, manchados de sangre. Miro la hora. Entonces, recuerdo. La cita. Ya fue la cita. Ahora sí no me salvo de esta. Ya deben de estar buscándome. Lo primero que harán será venir aquí. Este lugar ya no es seguro. Voy al cuarto y me visto con lo primero que encuentro. Aunque el corte ya no duele, me pongo el calzoncillo con cuidado. Cojo la billetera. Es lo más importante. Siempre es lo más importante. Abro la puerta y… Muy tarde. Me doy de frente con El Salsero. Ahí está. Me mira con insana satisfacción, seguramente imaginando las torturas físicas que me aplicará. Lleva en la mano su clásico maletín. El Salsero dice que mira qué casualidad, justo iba a tocarte la puerta. ¿Qué pasó? ¿Cómo estás? ¿Puedo entrar?

Claro, pasa, pasa, le digo con plena tranquilidad, aunque en mi cabeza se entrechocan distintos planes para salir con vida de esta situación. 

¡Upa! ¿Qué pasó? ¿Quién se peleó aquí?, nota socarronamente al ver el estropicio sangriento y vidriado que el suelo le muestra con doméstica resignación. ¿Te pusiste nervioso o qué? ¿Dónde está Carmela? ¿Carmelita? ¡¿Carmelita?! No me digas que te reventó una botella cuando se enteró de tu milagrito.

Ella no está acá, digo secamente, al tiempo que, con disimulo, estudio sus movimientos. ¿Entrará a la sala? ¿Irá al cuarto? Parece que va a la sala. Lo sigo. No hay nada a mi alcance. Si hubiera algo, ya se lo habría tirado por la cabeza. Él, muy confiado, me da la espalda. No teme que pueda hacerle algo. No me teme. No me respeta. Nunca me ha respetado El Salsero.

Se sienta en el sofá. Extiende sus brazos en la cima del respaldo y cruza las piernas. El maletín lo ha puesto a su lado.

Bueno, hablemos.

Quedo de pie delante de él; a unos tres metros. No hay nada cerca que yo pueda usar como arma. Desde su cómoda ubicación, tiene el perfecto control de mis movimientos y posibilidades.

Te estuvimos esperando, compadre. Siempre te ha gustado que la gente te espere, ¿no? Disfrutas con esa huevada.

Permanezco en silencio. Sus preguntas son retóricas. Puro chamullo antes de la tortura. Él, como yo, me estudia, aquilata donde clavarme el primer golpe. Yo también estudio cómo dejarlo fuera de combate antes de que se me venga con todo. Sé que lo que me tiene preparado es grande y devastador. Si no me apuro, no habrá marcha atrás y desapareceré de este mundo sin haber plantado un árbol, escrito un libro o formado una familia. Tengo el reloj en cuenta regresiva.

Bueno, basta de huevadas, entremos en materia: ¿Qué pasó? ¿Tienes mi encargo?

Lo tuviera o no, mi fin estaba próximo. El Salsero no iba a tu casa a pedirte las cosas a la buena; no, señor, pues luego de arrancarte lo que le pertenecía, te torturaba. Además de hincharse de dinero, otra de sus pasiones era desaparecer gente por las tuberías de la ciudad. 

Vamos, huevón, dame lo que es mío y deja de mirarme como cojudo.

Entonces, me bajo el cierre y me desabrocho el botón del pantalón.

¿Qué estás haciendo?

Me bajo el pantalón y quedo en calzoncillo.

Oe, ¿qué tienes, huevón? ¿Qué haces?

Me bajo el calzoncillo y dejo al descubierto el pene y los huevos.

¡Pala mierda! ¡Qué es eso, huevón!, dice, fijándose en la sangre que me chorrea por entre las piernas.  

Me corté los huevos, le digo.

¿Por qué, huevón?, dice, conteniendo las náuseas. La herida se me ha abierto y supura. Se te están pudriendo los huevos, cojudo. ¡Aghh! Tápate esa mierda.

Dentro de mis huevos tengo lo que buscas, le digo.

¿Cómo? ¿Dónde?

Aquí, dentro de mis huevos, le repito, con una calma que me sorprende.

¡Conchatumadre, tápate esa huevada! ¡Voy a vomitar!

Y vomita. Deja el piso regado de todo lo que había tragado ese día.

¿Cómo chucha tienes mi huevada ahí? ¿Cómo llegó ahí, huevón?

El Salsero no para de vomitar. Es mi oportunidad. Decido abrirme la bolsa escrotal y terminar con su sufrimiento. Meto un índice en la herida y luego el otro. Con ambos, estiro la abertura. Al contrario de lo que puede sospecharse, la acción me provoca un dolor muy tenue. ¿Será el pisco que aún recorre mi cuerpo?

El Salsero está ahora en cuatro patas. Empieza a vomitar sangre. A pesar de su posición y del tremendo asco que lo ataca, no quita los ojos de mis huevos. No quiere perderse un detalle de lo que estoy haciendo. Tremendo masoquista. Entonces, decido ofrecerle un verdadero espectáculo.

Meto más dedos en la abertura y atrapo el primer cordón que siento. Lo jalo. Es el epidídimo que emerge a la atmósfera de esa habitación acompañado del conducto deferente. Vuelvo a mirar al Salsero. Tiene los ojos en blanco. La cabeza se le despeña y cae como plomo sobre el desastre orgánico que él mismo ha desparramado en el suelo.

¿Está muerto?

Caigo de rodillas y me ovillo sobre el suelo. Poco a poco, voy perdiendo la conciencia. Mientras me desvanezco, con una especie de sonrisa en los ojos, empiezo a decir, cada vez más débilmente: Y no he más de morir, y no he más

jueves, 20 de octubre de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 16 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

El rey le dijo a la joven:

“Pídeme lo que quieras, que te lo daré”.

Y le juró:

“Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella salió a preguntarle a su madre:

“¿Qué le pido?”.

La madre le contestó:

“La cabeza de Juan el Bautista”.

Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:

“Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”.

 

Evangelio según San Marcos 6, 22-25

 

Le veo el bulto antes de que se vaya. ¡Qué bien llena esos pantalones! Cuando la tiene dura, que ocurre cuando predica, no puedo quitarle la mirada de encima. Una vez mi esposo se dio cuenta. O no sé. Seguro fue idea mía, porque nunca me dijo nada. Eso sí, cuando él no está cerca, le lanzo unas miradas llenas de deseo. Yo sé que el predicador no es tonto; sabe cuáles son mis intenciones. Sabe que lo quiero predicando en mi cama.

Pero ya basta de jueguitos, voy a tomar acción. Daré el golpe en la verbena de San Juditas. El predicador es uno de los invitados especiales de mi esposo. A ver si el santo me hace el milagro. A ver si para algo sirven los santos. A ver si me concede el deseo en el día de mi cumpleaños.

Con un par de cervezas, mi marido se apaga. No se emborracha, no pierde los papeles, no llora, no baila, no cacha, nada. Solo se apaga. ¡Plum! Chau. Hasta mañana. Cuando eso ocurra, será mi momento. Por fin, conquistaré tu bulto, predicador pingón.

***

No permitiremos que el gobierno nos ordene cuántos hijos tener. Eso va en contra de los principios de Dios, hermanos. El hombre y la mujer fueron creados libres para engendrar vida las veces que sean necesarias. Denunciemos este orden perverso que nos quieren imponer, hermanos. Salgamos a las calles a protestar. La pobreza de este país no se debe a la cantidad de hijos que traigamos al mundo, hermanos. No, definitivamente no.

La pobreza, los vicios y la podredumbre moral se deben a que nuestros hijos crecen en una sociedad torcida, alejada de Dios. Cuando nuestros hijos crecen desconociendo a Dios, el futuro se pudre. Es la falta de Dios en nuestra sociedad la que genera pobreza y perversión, hermanos. Así que no me vengan con el cuento de la sobrepoblación. Siempre recordemos que donde comen uno, comen dos y donde comen dos, comen tres, y donde comen tres, comen cincuenta millones de peruanos. Si aceptamos a Dios en nuestras vidas, la abundancia material y espiritual caerá sobre nosotros por su propio peso. Entiéndanlo bien. Levantémonos contra este gobierno castrador, hermanos. Levantémonos y encomendemos nuestras almas a Dios Nuestro Señor para que nos conceda la victoria en esta lucha contra el gobierno.

Justamente acá, a un ladito, me acompañan los siete, ocho, diez, trece hermanos que hoy tendré el honor de bautizar en la fe. Los bautizaré en nombre de Nuestro Señor para que, desde este momento, sean siervos fieles de la bondad, la disciplina, el respeto y el amor. Y, solo de esta manera, la pobreza y tantos otros males quedarán desterrados de sus vidas y, por ende, de las vidas de los que los rodean.

Que las parejas sigan unidas en Dios y se reproduzcan infinitamente. Si Dios vive en sus corazones, los hijos de sus hijos serán hombres de bien que generarán riqueza de modo natural, multiplicarán las monedas y no estarán contaminados por el capitalismo ocioso y desvergonzado.

Vengan por aquí, hermanos. Vengan, acomódense por aquí. Iré llamando a cada uno para bautizarlos tal cual Juan bautizó a Nuestro Señor.

***

Señora, ¿qué está haciendo? Esto es inadmisible. Por favor, le pido con todo respeto que se retire.

La mujer se había hincado en el suelo y descorrido el cierre del pantalón del hombre de fe. Con voracidad licántropa, había metido la mano en el agujero descubierto y se había apoderado de la bestia que aún dormía, gruesa y cabezona, abrigada por unos calzoncillos de algodón de primera calidad.

Esto no es correcto, señora. Su esposo… ¡Ah! ¡Uh!

El religioso descubre que la lengua de la mujer no trabaja nada mal. Lo hace muy bien. Decide disfrutar de esa lengua un ratito. Eso sí, sobre la frente de la mujer, pone una mano que finge oponer una fuerza de repulsión. Ella no debe dudar, en ningún momento, de que él no está de acuerdo con ese acto de oprobiosa concupiscencia. ¡Pasu, pero qué rico la chupa esta mujer! La chupa casi casi tan rico como la chupa mi Stéfano. Entonces, sus pensamientos los va ocupando Stéfano y la forma en que fricciona su piel con la suya, la manera en que lo besa con la lengua hasta que siente que la pinga se le va a reventar de lo dura que se pone. Ya está bueno, piensa. Este pene es de Stéfano y de nadie más.

Señora, esto no debió ocurrir, dice el santo, apartando, esta vez sí con determinación, la cabeza de la mujer, escondiendo al muñeco, subiéndose el cierre y alisándose el pantalón de fino lino. 

No me digas que no te ha gustado. He sentido cómo lo has disfrutado, Nazaret.

Por supuesto que no. Para nada. Todo esto ha sido un error. Espero no volver a verla más en mi vida. Y si tenemos que cruzarnos en lo que resta de esta jornada de caridad, por favor, espero que no me vuelva a dirigir la palabra. El pecado debe ser cortado de raíz. El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los abandona hallará misericordia. Proverbios veintiocho, trece. Ya sabe. Adiós.

***

Mi amor, tú sabes que todo este cuento de la actividad caritativa ha sido una simple fachada. Lo de fondo ha sido celebrar tu cumpleaños como se debe, y con plata de la Municipalidad, que para eso está esta vaina, para satisfacer y cumplir nuestros deseos. Dime, por favor, además de este diamante que cuelgo en tu hermoso y delicado cuello, qué otro regalo quieres. Yo te lo concedo. Sea lo que sea. Yo te lo cumplo, yo te lo compro. Lo que desees lo tendrás a tus pies. Dime, ¿cuál es tu deseo, mi amor?

La mujer finge meditar su respuesta. En realidad, la tiene preparada desde el instante mismo en que sufrió el mayor desaire de su vida. Afuera, los fuegos artificiales alardean su poderío y estruendo. Las luces multicolores de nitrático olor festejan decenas de años de vida de la municipalidad de Los Olivos.

Quiero la cabeza de Nazaret.

¿Qué? ¿Por qué? Nazaret es como mi hermano. Es un ángel en la Tierra. ¿O te refieres a otro Nazaret?

No, estoy hablando de tu gran amigo Nazaret.

¿Y por qué quieres su cabeza?

Porque, desde que lo conociste, me pretende. Me coquetea cuando te das la vuelta. En varias oportunidades, ha querido besarme. Ayer no ha sido la excepción. Ha querido abusar de mí. Me ha tocado, me ha besado y casi casi me ha metido su cosa. Yo no me dejé.

La mujer se deshace en sollozos. El pecho le detona en palpitantes convulsiones. Su pulso es agitado; su respirar, dificultoso. Recuerda todas las vejaciones y humillaciones de Nazaret.

Amor mío, discúlpame, pero no creo que Nazaret sea capaz de todo lo que dices.

Con los ojos trastornados de indignación, la mujer vomita tremendo vitriolo: que cómo vas a desconfiar de la mujer que te adora, que te la chupa, que se te entrega toda. No me mereces. No mereces todas mis atenciones.

Basta, mi amor. Discúlpame. Olvida lo que dije. Para mañana en la noche, a más tardar, tendrás la cabeza de ese desgraciado ante ti, besándote los pies.

***

Tú serás el salvador de este país.

Los besos caen y demoran, reptan. Las pieles se recorren, se reconocen, se mezclan. Al muchacho le gusta sentir la barba rasposa de su mentor.

Está clarísimo: has nacido con el don del líder. Nunca te desperdicies.

El muchacho se desliza por entre las sábanas y con sensual salvajismo se apodera del tremendo garrote que tiene el hombre entre las piernas. Este comienza a delirar. Ya no concurren pensamientos en su cabeza. La locura misma lo invade y se retuerce debajo de las sábanas. No pone las manos en la cabeza del muchacho porque sabe que eso le disgusta. Eso es de cabros, le dijo una vez. Así que lo deja hacer y no interfiere con el desarrollo del trabajo bucal del muchacho. Solo lo disfruta.

Luego de una hora, ya descansados, bebiendo algo de vino, el hombre le dice: Tú debes ser mi guía, no yo el tuyo. Estoy seguro de que te esperan cosas grandes.

***

¿Qué es eso, amor?, dice la mujer. Le intriga la elegante caja puesta sobre el piso, al lado del lecho marital.

Es un presente, mi amor.

¿Puedo abrirlo?

Por supuesto, mi amor. Solo lamento haberme tardado un par de días en presentártelo.

¿Un par de días? No me digas que es lo que creo que es.

Se miran. Se entienden.

¿Adentro está la cabeza de ese miserable?, dice ella, un tanto incrédula.

Compruébalo por ti misma, amor. No te preocupes que no te mancharás con sangre o algo así. Mandé que escurrieran bien esa cabeza y le den una buena limpiada. Hasta perfume tiene. No te iba a presentar un pedazo de carne putrefacta. 

La mujer se acerca a la caja. Una tarjeta acorazonada dice: A mi reina, lo que pida.

Ábrela, mi amor. Sin miedo. Además, apenas la veas, llamo a Johnny para que la bote a la basura y se la coman las ratas.

Las uñas largas y coloridas de la mujer se desprenden de la tarjeta y en su rostro se van alternando gestos de difícil interpretación.

Vamos, amor; sin miedo.

Tras un momento, por fin, dice: No, amor. No quiero arruinar mi día con una imagen tan desagradable. Sé que la cabeza de ese desgraciado está ahí adentro. Te creo. Sé que eres capaz de hacer lo que yo te pida, mi amor. Llama a Johnny y que se asegure que las ratas se la coman toda. Que le echen mayonesa y kétchup. Las ratas adoran esas cremas.

***

No sabemos quién lo hizo.

¿Lo dejaron tirado así? ¿Sin más?

Sí. Así lo encontramos. Pero, dime, sí o no que esto lo han planeado. Alguien que te quiere robar, te mata y listo; no se da el trabajo de cortarte la cabeza. Para mí que ha sido el gobierno. Hace rato lo tenía en la mira. El maestro era uno de los más grandes obstáculos para su objetivo de eliminar todos los cultos religiosos del país. Así que lo mandaron matar a oscuras, como matan los criminales, por la espalda y en la oscuridad.

Hay un silencio inflamado por los pensamientos que surgen de la contemplación rabiosa del cuerpo desnudo, sangrante y decapitado.

¿Vamos a hacer algo?

Las lágrimas del muchacho se unen al silencio en su rodar. El llanto es quedo, de macho, del discípulo que ve en el cuerpo de maestro la respuesta definitiva a la pregunta.

Ya veremos. Ya veremos.

viernes, 26 de agosto de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 15 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.

 

Franz Kafka – La metamorfosis

 

Luz roja. Detengo la moto. 60, 59, 58…

Una señora, parada sobre la acera próxima a mi ubicación, teclea en su celular. Al siguiente segundo, nota mi presencia y se sobresalta, esconde el aparato dentro de su bolso y lo aferra contra su cuerpo. Clásico: el cholo siempre es un delincuente. Si va en moto, de todas maneras, es ratero, y muy peligroso.

Vieja cojuda, pienso.

De soslayo, la veo dando pasos disimulados y cortos en dirección opuesta a la mía. Quiere escapar de mi radio de acción, del área dentro de la cual podría yo, con un simple y rápido movimiento del brazo, arrebatarle el bolso con celular, joyas y dineros incluidos.

Lo logra. Se ha alejado un par de metros. Ya no puedo verla con el rabillo del ojo, aunque sí por el espejo retrovisor. Le veo algo del perfil del rostro. Se le nota distendido. De tremendo ratero me he salvado, habrá pensado. Eso soy. Soy un ratero; de ninguna manera el joven de excelentes notas universitarias que en los pocos ratos libres de que dispone, como este, va en moto hacia las casas de otros jóvenes, también universitarios, que necesitan recibir clases de Química, Física o Cálculo para no ser reprobados y que, a cambio de dichas lecciones, es recompensado con un dinero que, puntillosamente ahorrado, emplea para pagarse la universidad.

Soy un raquetero porque a la señorona le parezco uno. Quizá nunca más se acuerde de mí luego de que la luz roja, 34, 33, 32…, cambie a verde; pero cuando lo haga, si es que lo hace, será cuando diga ante sus amigas: Ay, sí, las calles están peligrosas, cada día hay más rateros en moto. Te cuento, la vez pasada me salvé de que uno se fuera con mi celular, a Dios gracias que lo vi antes de que me robara, no solo el celular, también la cartera.

Vieja de mierda.

29, 28, 27…

Me siento un ratero; esa mirada cargada de desprecio con la que me vistió esa señora me ha metido en personaje.

20, 19, 18…

Desciendo de la moto. Con el pie, le bajo la pata de apoyo. Aún encendida, ronca silente sobre la pista. Camino hacia la señora quien, sin darse cuenta de mi accionar, ha vuelto a hablar por teléfono, totalmente imbuida en su papel de vieja cojuda. El grifero de la esquina se ha dado cuenta de mis intenciones. Alcanza a gritar: ¡Señora, cuidado! Tal exclamación atiza mi furia, la exacerba, me mete mucho más en mi papel de choro. Ese grito me ha puesto en la piel de todos los discriminados del mundo. Con todo el furor justiciero acopiado en mí, le arrancho el celular a la vieja, regreso a la moto y, justo en el momento en que la luz se hace verde, arranco.

***

Puedo sentir sangre nueva recorriendo mis venas; un líquido caliente que me quema las manos, la cara. Acelero a setenta kilómetros por hora. Si muero, este es el momento perfecto, pienso. Pero no muero. Ningún auto se cruza en mi camino. Varias cuadras más allá, con franca sonrisa reivindicativa en el alma, arrojo el celular hacia solo Dios sabe dónde.

***

Vieja de mierda; si pensabas que era un choro; ahí está; lo soy.  Ahora, pues, cuenta con ganas cómo te robé. Cuéntales a los tombos, a tus hijos, a tus amigas turulecas, al perdedor de tu marido que te es infiel con chibolas que alquila a cien soles la hora.

***

Al día siguiente, recibo una llamada. Es Claudia. ¿Qué pasó?, le contesto medio adormilado aún. Son las siete de la mañana. Hoy no tengo que ir a la universidad, pero al mediodía debo enseñarle Cálculo a un tipo en Miraflores. ¿Anoche le robaste el celular a una señora?

¿Qué? ¿Cómo se enteró? Yo ya me había olvidado del asunto, hecho que tomé como un pequeño gesto reivindicativo, y hasta juguetón, en nombre de tanto serrano discriminado en la historia del Perú.

La policía está buscando la placa de tu moto: 4872-HA. Es la tuya, ¿no?

Entonces, empezaron a chancar la puerta de mi departamento. ¡Abran, carajo! ¡Toda la casa está rodeada!

Termino la llamada, salto de la cama y empiezo a vivir.

lunes, 8 de agosto de 2022

Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 14 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)

 

It is a waste of time to be angry about my disability. One has to get on with life and I haven’t done badly. People won’t have time for you if you are always angry or complaining.

 

Stephen Hawking – En una entrevista

 

El primer cague fue difícil; por poco y me hundo en el wáter. Me había quedado solo, sin la ayuda de Clotilde, mi enfermera. El accidente no solo me arrancó las piernas; también se devoró mis ahorros. 

Desde hacía algunos años, los libros se habían convertido en los objetos más solicitados del país. Las librerías se habían transformado en negocios muy rentables y, en ese contexto, mis novelas se vendieron con frenesí. Llegué a ser un autor bastante reconocido. Se me consideró entre lo mejorcito del último quinquenio.

Sin embargo, luego del accidente que me arrebató las piernas, mis intereses literarios se desvanecieron. Quería morirme. Después de unos meses de entender que la vida continuaba, alineé mis energías en torno a mi adorada y respetada antigua actividad: la literatura. Fue tremendamente duro volver a parir un texto, producir líneas que sobrecojan, que estimulen. No fue fácil acostumbrarse a la idea de haberse quedado sin piernas.

Porfié y porfié hasta recuperar el enhebrado romántico característico de las historias que me habían forjado un lugar preponderante en los escaparates librescos del país. Así, tras un hercúleo esfuerzo, publiqué “Esto no es amor”. Poquísima gente compró el libro. La novela fue incapaz de soliviantar a las plumas de los críticos y hombres de prensa. Ni lo blogueros, youtuberos o tiktokeros la comentaron.

La gente, me dijo el editor, el tipo que apostó por mis novelas desde el inicio, gracias a cuyas ganancias se había comprado dos casas, quiere que hables de tu accidente. La gente es enferma; quiere saber cómo haces para ir al baño, si te hundes en el wáter o no. ¿Te llega hasta el suelo la pichula cuando estás “parado”? Ese tipo de detalles son los que causarían furor en los lectores. Todo lo que se vende por estos días trata del “yo”, del “yo” y sus miserias. Mientras más cagada esté tu vida, más lectoría te asegurarás. Son las nuevas reglas del juego. Ya nadie quiere leer historias cursis. Lo que está de moda es refocilarse en las desgracias del otro.

Pero no podría…, me defendí, sin ninguna convicción.

¿Quieres plata? ¿Quieres recuperar lo que el accidente te quitó? Escribe sobre ti, sobre tu nuevo yo. ¿Cómo es vivir sin piernas luego de que lo tuviste todo? La gente ama las historias de los infelices; los hace sentirse mejores, incluso si en la realidad son unos fracasados comprobados. ¡Vamos! Ponte a trabajar. Tú eres el único que conoce minuciosamente el basural en que se ha convertido tu vida. ¡Vamos! Toma un lápiz y un papel y a escribir. El talento lo tienes. Confía en ti mismo. Tente fe.   

Apesadumbradamente convencido, me puse a trabajar. Mi obra sería el marcial reflejo de las vicisitudes diarias de un hombre sin piernas: el ir al baño, desplazarse por la ciudad, conseguir una erección cuando desfilan ante tus ojos unas caderas impresionantes. Fue así como, tras infinitas y esforzadas gotas de sudor, derribando el férreo corsette de mi pudor, entregué “Las miserias de un hombre sin piernas”.

“Las miserias…” fue mi segunda derrota. Mi editor, que no estaba dispuesto a perder más dinero, me abandonó: dio por concluido nuestro contrato. Entonces, mis ahorros iniciaron un vertiginoso viaje cuesta abajo. Me deprimí como no lo había estado cuando perdí las piernas. Era cierto eso de que uno nunca toca fondo del todo: siempre se puede estar peor. 

A partir de mañana, haremos dieta, me dije. Tenía que ajustarme las tripas si quería alargar los pocos soles que aún se aferraban a mis faltriqueras.

Urgía hacer algo más. Debía buscar un trabajo. El problema era que todos los oficios prácticos me eran desconocidos. Únicamente la escritura me era familiar. Aunque luego de mis dos fracasos, ya no estaba tan seguro de ser un buen escritor. Era un bueno para nada.  

¿Qué podía hacer un cojo como yo para ganarse la vida?

¿Cojo? Estrictamente hablando, no soy cojo. A quien ha perdido las dos piernas no se le puede llamar cojo. Cojo es aquel que ha perdido una sola pierna o tiene una más corta que la otra. Yo no tengo piernas. No hay calificativos para personas como yo. ¿Mocho? No, mocho es el que tiene alguna extremidad trunca, generalmente el brazo. ¿Qué soy yo? Hay un apelativo cruel para gente como yo: culebra, porque no tenemos patas.

Cierto día, montado sobre la silla de ruedas, fui al centro comercial. No entré en ninguna tienda. No tenía dinero para comprar nada. Tampoco quería hacerlo. Solo permanecí en el patio del lugar, despejando la mente, dejando de pensar en mi futuro, observando a la gente, al cielo, a los pocos árboles que emergían enclenques por sobre el grueso manto de cemento, como trasnochados sobrevivientes. Aquí, me ocurrieron dos cosas.

Primero, escuché la conversación de un par de jóvenes lectores. Uno de ellos tiró a la basura el libro que dijo que había empezado a leer hacía unas horas. Era la historia de un sordo. ¿A mí qué me importa lo que le pase a un sordo?, dijo al tirarlo al tacho. Luego, se alejaron, y la conversación, que se hacía tenue, moró en el tema de la novela que leía su compañero. Imaginé que la misma suerte hubiera corrido mi última novela de haber caído en las manos de ese lector. ¿A mí que me importa cómo caga un huevón sin piernas?, hubiera dicho al lanzarla por los aires.

Esto me confirmó que la autoficción, sobre todo la que narra las miserias de un autor minusválido y patético, ya no asombraba ni espantaba a nadie. Esta epifanía fue dura, pero reveladora. 

Entonces, ocurrió la segunda cosa: Stéfano Pajoy.

***

Stéfano Pajoy tiene veinte años y no va a leer un solo libro. Vive al margen de la ley. Se ha escapado de que lo fusilen y el gobierno elimine así a otro analfabeto funcional más. Esta condición de renegado lo ha obligado a dedicarse a negocios extraoficiales. Es sicario. Y cobra caro. Él dice que eso está plenamente justificado por la limpieza y eficiencia de sus trabajos.

¿Cómo supe todo eso? Porque se lo pregunté. Me acerqué y le pregunté a qué se dedicaba para ganarse la vida. Me le acerqué porque su rostro adusto -la nariz entre afilada y ganchuda, el mentón enérgico- me recordó al de mi papá cuando joven. No conocí a mis viejos. Y cuando te pasa lo que a mí, y conservas algunas de sus fotos, llegas a asumirlas como si ellas fuesen tus mismísimos padres; entonces, les hablas, les pides consejos, les rindes cuentas.

Mato gente, me dijo. ¿Me conoces de algún lado? ¿Te mato a alguien?

Mejor te invito un café, le dije.

¿Café?

¿Cerveza, entonces?

Bueno.

Tomamos cerca de dos horas. No tengo piernas, pero sí buena cabeza para el trago. Stéfano también. Es más, podría decir que, dentro de nuestra ecuanimidad, yo andaba algo más picado que él. Este parecía como si no hubiese probado una sola gota de alcohol. El asesino tiene que estar atento hasta cuando duerme, mucho más cuando se está divirtiendo.

Entonces, ¿a quién voy a matarte? Cobro caro, pero soy efectivo.

Le dije que no se apure, que ya llegaríamos a ese punto.

No puedo perder más mi tiempo. Si no me dices nada ahorita, me voy. Gracias por las cervezas.

No, no te vayas. Si te quedas una hora más, te prometo que te cuento mi proyecto.

No me interesa. Gracias.

No vas a matar a una sola persona. Vas a matar a diez. Te voy a pagar por matar a diez. Cueste lo que me cueste.

No sé cómo me atreví a proponerle eso. No contaba con mucho dinero. A las justas tenía el suficiente para subsistir unos seis meses más. Definitivamente, le tuve mucha confianza al proyecto literario que se me ocurrió en el transcurso de nuestra conversación. Estaba consciente de que, si no le pagaba, me mataría. Recuerdo que, durante la plática, me comentó que le molestaba tremendamente deshacerse de aquellos que incumplían el acuerdo de palabra (en el negocio del sicariato, no hay facturas ni contratos escritos que hagan valedero el pacto), ya que tenía que liquidarlos tomando las mismas precauciones que adoptaba cuando ejecutaba un trabajo bien pagado. Me ha pasado pocas veces. Pero con el correr del tiempo, he aprendido a reconocer a los estafadores. Por eso, no creo que tú me vayas a pagar tanto. Adiós.

Te doy mi palabra y un adelanto por el primer muerto. ¿Qué te parece?

¿Seguro? Mira que, si no cumples tu palabra, el muerto serás tú.

Totalmente seguro. Terminamos esta cerveza y te llevo a mi casa. Ahí te pago por el primer muerto.

Está bien.

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Los periódicos no se ahorraron detalles. Sus páginas goteaban sangre. El crimen había sido laureado como obra de arte por los cultores del perfeccionismo. El asesino, afirmaban los cronistas, había ejecutado al escritor con una limpieza impresionante. No había huella o rastro que lo delatara. Por algún motivo, al escritor se le habían extirpado dos incisivos. ¿Sería una marca de la obra del asesino? ¿Quería ser descubierto el criminal? Se elucubraron toda clase de hipótesis. Hacía tiempo que no sucedían asesinatos en el país, excepto los ordenados por el gobierno para eliminar a los analfabetos funcionales.

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Al cabo de dos meses del limpio asesinato del escritor Yack Mamani, cuya estela narrativa había impactado no solo en el país sino también en Norteamérica y Europa, se publicó la novela “YM”, que relataba la muerte de Yack Mamani. Los datos eran de una verdad escalofriante. Solo el asesino podía haber escrito ese libro. Los mil ejemplares iniciales se vendieron en la primera semana de su lanzamiento. Se tiraron nuevas ediciones, que fueron consumidas como caramelos por una bandada de niños famélicos.

La crudeza y precisión de los detalles vertidos en la novela colocaron al editor en el centro de las investigaciones. Al parecer, el autor, que firmaba como M. Lenoir, era un fantasma. No existía registro alguno de esa persona. El editor era el único que podía conocerlo.

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Luego de que se halló el cuerpo sin pene y sin los dos incisivos centrales del tremebundo y fantástico escritor Yohn Pooll, se publicó, a los pocos meses, “Salida de emergencia”, novela del mismísimo M. Lenoir, en donde se describía pormenorizadamente el asesinato de Yohn Pooll. Incluso, en el capítulo seis, se indicaba el lugar en el que el lector podía hallar el pene y los dientes de la víctima. 

Las autoridades le encajaron un ultimátum al editor del libro: si no revelaba a quién le giraba el dinero de las exorbitantes ventas de la novela -se suponía que el recipiente era el asesino-, su cabeza rodaría por los suelos.

El editor no se dio por aludido y, en dos días, un pelotón de fusilamiento irrumpió en las instalaciones de su empresa editora, cita en avenida Benavides cuadra cincuenta y dos, Surco. Sin mediar saludo alguno, ni bien detectaron al editor, le descargaron letales ráfagas de proyectiles. El Gobierno no era tonto: el editor tenía que saber quién era el autor de las novelas. Entonces, resultaba siendo cómplice de los asesinatos. La muerte fue su castigo. Sin embargo, aún pervivía el misterio: ¿quién era el autor de esas novelas? ¿Quién era el asesino?

Muerto el editor, las ventas explotaron todavía más. Mediante un canal bancario de depósito automático, el poseedor de la cuenta -presumiblemente el autor- seguía haciéndose rico. El gobierno decidió adoptar otra medida: amenazar directamente al dueño del banco. Pero el banco era un banco suizo, entonces, el nombre del dueño de la cuenta era inviolable. Los investigadores gubernamentales tendrían que buscar por otro lado, jalar otros hilos, atar otros cabos.

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No se hallaba al culpable (o a los culpables) de las muertes de los diez escritores peruanos más importantes de la última década. Todos los cuerpos estaban desmuelados (excepto por uno que quedó sin pene): A uno le habían quitado dos dientes, a otro tres, a otro solo uno, y así. La policía estaba segura de que los dientes perdidos representaban alguna simbología para el asesino. Los investigadores oficiales se rompían la cabeza tratando de hallar un patrón entre la cantidad y las posiciones de los dientes extraídos. Mientras tanto, la saga novelística que daba cuenta exacta de los asesinatos continuaba publicándose en diversas editoriales. El gobierno se dio cuenta de que perseguir a los editores no conduciría a la captura del asesino. Admitió, eso sí, haberse equivocado al eliminar al primer editor. Esto generó caos en el país. Se había matado a un inocente. Se busca siempre la justicia, pero sin cometer injusticias en el intento.

La gente había leído lo suficiente. Había adquirido un juicio más maduro. No podía tolerar la dictadura imperante, por más que ella hubiese sido la causa de su renovado espíritu crítico. El gobierno había liquidado a un inocente y eso descalificaba por completo al presidente transexual.

La penúltima novela de la saga añadía un epílogo en el cual el narrador o el autor de los crímenes -ya a estas alturas no se les diferenciaba- perfilaba la muerte del presidente transexual. La última entrega de la novela tendría como tema central la desaparición del régimen a causa del anunciado magnicidio. El país entero fue sumido en una vorágine de especulaciones. ¿Podrían matar a la presidente?

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Yo me retiro. Ese trabajo no estaba pactado en nuestro trato inicial.

Bueno, pues, te renuevo el trato. Ya hemos anunciado ese trabajo para la próxima novela. El público está a la expectativa. La plata que vas a cobrar te va a permitir vivir sin preocuparte más por el dinero.

Con lo hecho hasta ahora, tengo para vivir tranquilo sin volver a matar a nadie.

No hagas que te amenace. No te conviene. Sabes que si lo hago pierdes en grande.

No me importa. Haz lo que quieras. Con la plata que he ganado puedo perderme en cualquier parte del mundo. Descansar. Así que haz lo que te parezca. Yo me voy. El joven dio media vuelta y empezó a alejarse.

Está bien. Respeto tu decisión. Me saludas a Claudia. Adiós, alcanzó a gritarle el hombre.

Como si la mención del nombre de esa mujer le hubiera significado un machetazo en plena frente, el joven se volvió y gritó: Espera.

El hombre giró lentamente sobre sus ruedas y, ya de cara al joven, lentamente, delectando cada sílaba, dijo: Entonces, ¿cuento contigo?

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El país entero amaneció con una noticia que lo remeció: La presidente del país acababa de ser asesinada.

Al mes de lo que parecía ser el magnicidio perfecto, apareció el último tomo de la saga del escritor desconocido -ese que firmaba como M. Lenoir-, en donde se narraba con precisión la espeluznante muerte de la presidente. Entonces, las ventas enloquecieron como nunca se había visto, y a la cabeza del autor se le puso un precio que también quebró marcas históricas.