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miércoles, 6 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 27: Hulk Hogan y los caballos de Don Groover

 


Cambrito se impresionó al ver la corpulencia y el tamaño colosales de Hulk Hogan. Era imposible cerrarle la boca para detenerle los filamentos de saliva que se le desprendían e iban a dar contra el suelo, creando en torno de él una laguna de pura babosería.

El reconocido catchascanista vestía su acostumbrado traje de licra que le resaltaba el enrollado de calcetines que se había colocado en la zona genital para fingir la posesión de una chala de temer, un cañón digno de la pesada artillería naval chilena que derrotó a los peruanos en el combate de Angamos en 1879. Lo cierto era que la gampi original del peleador norteamericano se había encogido estrepitosamente producto del uso abusivo de los químicos que le mantenían los músculos vistosamente inflados.

Muy bien, vamos a empezar tu entrenamiento haciendo flexiones, dijo Hogan.

¿Es de verdad?, dijo Cambrito, señalándole la pieza.

Sí, carajo, es de verdad. Pero ahorita no estamos para que me veas la chula. Dame cien flexiones, ordenó el pugilista.

¿Flexiones? ¿Cómo se hacen?

El peleador no supo qué contestar. Después de unos segundos de desconcierto, reconoció: Puta, huevón, la verdad no sé qué son flexiones. Había caído en la cuenta de que toda su carrera de luchador no era más que una farsa, como el rollo de calcetines que tenía encima de su pichulita.

Vamos a hacer algo mejor, propuso luego. Vamos al grano, vamos de frente a la mechadera. Eso es lo que mejor hago, sobre todo cuando alguien se jala mi coca. Puta, ahí sí que me pongo como fiera, eh.

¿Cómo que cuando se jalan tu coca?, dijo Cambrito.

Coca, pues, hermano; vaina, merca, chamo, detalló el peleador.

Ah, ya, pero yo pensé que me enseñarías a pelear como cuando sales al cuadrilátero y te mechas con grandes rivales, dijo Cambrito.

¿Eres sano, no, cojudo? Esas peleas son armadas. ¿No ves que ni rasguños nos hacemos?

Pero yo he visto que han sangrado y hasta se han quebrado un hueso una vez.

Eso pasaba cuando el cojudo que se rompía el hueso no ensayaba ni mierda y, ¡ploc!, se sacaba la conchasumare. O, a veces, cuando queríamos subir el rating, usábamos témpera roja Pelikan para fingir el derramamiento de sangregorio, explicó Hogan. Pero donde sí me he mechado de verdad es en las discotecas cuando se han querido pelar mi trago, mi coca o mis mujeres. Puta, ahí sí que he sacado a relucir mis verdaderos puños.

Chicos, ¿todo bien?, intervino de pronto el tío de Cambrito, el señor Román Clavijo, experto coiffure del barrio Los Adefesios, en Chorrillos.

Sí, todo bien, tío; el señor Hogan me va a enseñar los movimientos más letales para abollar al Sonsei Simio Violencia, quien hace unos días se atrevió a denostar infundadamente a mi socio PelHambre, boyante empresario del bitcoin que se ha propuesto levantar un imperio televisivo en YouTube, dando trabajo a humildes y correctas personas que se mueren de hambre, como tu seguro servidor.

Román asomó la cabeza dentro de la habitación de su sobrino. El cuarto era estrecho. Calculó al vuelo que los chicos no tendrían suficiente espacio para maniobrar cómodamente.

Señor Hogan, aquí no podrá enseñarle a mi sobrino sus movimientos. Es muy chiquito este cuarto. El tío de Cambrito no podía disimular el gusto superlativo que le despertaba la visión de la cuantiosa pieza del luchador. Mas que haga la prueba, señor Hogan.

El peleador alargó los brazos hacia sus costados y no pudo extenderlos a cabalidad; las paredes se lo impedían.

Vives de arrimado en este hueco, cojudo, le increpó a Cambrito. A tu edad, yo ya tenía tres mansiones.

Venga a mi cuarto, míster Hogan; probemos que sí hay más espacio ahí antes de que continúe con las clases a mi sobrino.

Señora, se lo agradezco, pero no, dijo Hogan, renuente. Le vio la piel marrón al señor Clavijo, la misma piel oscura de aquellos latinoamericanos que lastraban su pujante tierra gringa con sus bártulos y su atraso, muy diferente a la piel blanca de un übermensch hincha fanático de Donald Trump. Él únicamente quería cumplir con los cien soles que había recibido por darle dos horas de clase al adefesio ese.

Mire lo que tengo, profesor, dijo Román, blandiendo un paquetito transparente en cuyo interior bailoteaban partículas blancas de un brillo invitador.

En una, Hogan siguió los pasos de Román.

Ve haciendo flexiones, volvió a ordenar Hulk. Voy a ver si el cuarto de tu tío tiene el espacio suficiente para mover mis miembros, y me refiero a todos, todos, mis miembros.

***

Transcurrió una hora y Cambrito se preocupó por Hogan. Para matar el tiempo, se había enganchado con una de las transmisiones en directo del viejo Groover. Se desconectó y fue a golpear la puerta del cuarto de su tío. Pegó la oreja para oír qué pasaba y, en ese momento, se abrió la puerta. Era su tío: Sobrino, vamos, yo sí te voy a enseñar cómo mechar. Ese Sonsei no va a quedar vivo después de los movimientos que vas a aprender, dijo, cerrando la puerta.

¿Pero y el profe?, dijo Cambrito.

No te preocupes, sobrino, ese huevón era pura pantalla. Tenía un manicito el fintoso ese. Y sus músculos eran puro biribiri, reveló Román, decepcionada, molesta, caminando sin mirar atrás, derechito al cuarto de su sobrino.

¿Pero dónde está? ¿Está todavía en tu cuarto?

Sí, ahí está el muy mentiroso. Se ha quedado dormido. No me aguantó ni medio round, dijo Román. Yo, más bien, le saqué locro y todo el aire que tenía en sus dizque músculos. Vamos, sobrino, olvida a ese cojudo. Ahora te voy a enseñar cómo derrotar a ese Sonsei. Vas a ver que con mi técnica no vas a derramar ni una gota de sangre de tu nariz como te pasa siempre que te peleas.

Está bien, tío; vamos, dijo Cambrito. Dejó que su tío avanzara y entrara en su cuarto para ojear rápidamente el interior de su habitación. Al abrir la puerta, vio a alguien parecido al peleador Hogan, solo que sumamente delgado, como desinflado, y con el poto hacia arriba y como horadado por un potente taladro.

¡Sobrino! ¿Ya?

Cambrito cerró despavoridamente la puerta del cuarto de su tío y corrió hacia el suyo.

***

Simio caminaba con desesperación, el celular pegado a la oreja. Trataba de comunicarse con alguno de sus seguidores radicados en Newark, Estados Unidos. Se hallaba en la imperiosa necesidad de picarles unas monedas. Nadie le contestaba. Putamadre, enfureció, estos imbéciles deberían contestarme; tienen el honor de que los esté llamando el fundador de la Brutalidad en el Perú, el periodista meme número uno de la televisión humorística.

Tampoco le contestó las más de cien llamadas el empresario auto denominado PelHambre, quien lo había contratado para estelarizar su programa deportivo Los Brutos de la Pelota Cuadrada y levantar las alicaídas vistas. Una buena cantidad de dinero por programa iría a las cuentas del Sonsei, a cambio, eso sí, de que derramara Brutalidad de la buena; o sea, que invectivara fuertemente a sus co-panelistas, que botara baba, que perdiera los papeles.

Pero, Sonsei, derrame brutalidad, por favor, dijo PelHambre al teléfono. Si no, por las huevas va a ser. Yo necesito a alguien que se meche en los debates.

Ya, ya, no hay problema. Ahí lo vemos, PelHambre, replicó el Sonsei, ya no tan entusiasmado, una vez que vio el primer depósito de dinero efectuado en su cuenta por adelantado.

El viejo Groover, de haber podido intervenir en esa conversación, y sobre la base de su experiencia con la camarada Eva, le habría aconsejado a PelHambre que nunca diera adelas, que, si le pagabas por adelantado a tus perros, mejor era regalarles la plata, porque plata adelantada, chamba quemada.

El Sonsei jamás dio Brutalidad en ninguno de los episodios de los Brutos de la Pelota Cuadrada. Se la pasaba dormido, roncando, disimulado por los lentes oscuros que también tenían la misión de suavizar alguito su fealdad. El programa transcurría sin ningún tipo de sobresalto. Y el moderador tampoco sabía cómo fogonear a los panelistas para que Simio pudiese enconarse con alguno de ellos. Estos, para empeorar las cosas, opinaban al mismo tiempo, eclipsándose las voces, y el televidente quedaba desconcertado y sin haber recibido el respectivo picotazo de Brutalidad. El resultado de las vistas no era el que esperaba PelHambre, el dueño del chongo.

Para fortuna de Simio, los enemigos del viejo Groover estaban dispuestos a jugarle un sencillo a cambio de que les hiciera una pequeña transmisión desde, nada más y nada menos que, el mismísimo domicilio de Groover, ubicado en una de las zonas más arrabaleras de los Estados Unidos, Newark.

Mi presupuesto es de quince dólares, Sonsei; tómalo o déjalo, enunció Quinta Columna, uno de los enemigos más cizañeros de Groover en los Estados Unidos.

¿Y crees que el Sonsei atraque hacer un vídeo y un raid a la casa de Groover en Newark?, dijo Coleguita Informado, otro de los enemigos de Groover en los Yunaites.

Claro que sí, ese pata, por quince dólares, hace eso y más, dijo Quinta Columna.

No te creo, ah, dijo Coleguita.

Es que yo voy a aplicar la técnica del anclaje. Le voy a decir al Simio que le voy a pagar 5 dólares.

¿Cinco dólares? Muy poco. No, dijo Simio.

Ya, Simio, diez dólares, pero también le haces unos cuantos destrozos a su casa. ¿Qué dices? Es mi última oferta, dijo Quinta Columna.

Simio la pensó. Pucha, sube un poco más y hasta me robo cosas de su casa si quieres.

Ya, quince dólares, cerrao. Pucha, pero me vas a dejar sin comer toda la semana. Todo sea por darle un merecido a mi enemigo Groover, dijo Quinta Columna.

¿Pero qué te ha hecho ese tal Groover como para que lo odies tanto y le mandes un mostro como yo a su respetable domicilio?, dijo Groover.

Me contagió de sida, dijo Quinta Columna con cara de piedra.

Simio se quedó en una pieza.

No seas sapo, pes, Simio. Mira que los sapos siempre mueren reventados.

***

¿Está en Estados Unidos?, dijo Cambrito, desilusionado. Estaba listo para mecharse con Simio empleando las técnicas pugilísticas que le había enseñado su tío, el señor Román Clavijo. ¿Y cuándo vuelve? Quiero sacarle la mierda.

Va a volver cuando uno de sus seguidores allá se deje picar para el pasaje de regreso.

Con las ganas que tenía de sacarle la mierda por haber ninguneado a mi amo y señor PelHambre y también por haber tratado de ridiculizar en vivo a mi madurita favorita Cécica Berninzone, preguntándole que cuál era el peso oficial de una pelota de fútbol. Se pasó de misógino el Sonsei, dijo Cambrito, sacándose conejos de los nudillos, haciendo sombras boxísticas, imaginando que tenía delante de él a ese despojo de periodista.

Un mensaje en el celular interrumpió sus ágiles fintas. Era un vídeo que le acababa de llegar a su cuenta de Discord. Cambrito recibía material fílmico de todo jaez que luego distribuía en sus círculos sociales virtuales para sembrar la concienzuda cizaña entre los personajes de la Brutalidad con los que mantenía contacto.

***

Hola, te saluda Simio Violencia. Groover Miura, aquí está tu casa: seis cuarenta y seis, anunció el Sonsei ante una cámara de celular que no perdía ningún detalle de su fealdad. Muchos decían que era el doble idéntico de Reptilio, entrañable personaje de los Thundercats.

El Quinta Columna, quien grababa, le ondeaba el prometido billete de veinte dólares al Sonsei, para estimularlo, como quien le blande un huesecillo a una obediente mascota. El Sonsei, por ese monto, había aceptado tocarle la puerta a Groover. Toca, toca la puerta, Sonsei, susurraba y animaba el Quinta Columna.

A ver, vamos a tocarle la puerta a este sidoso que está esparciendo el virus por todo Newark. Que me sigan las cámaras.

El Quinta Columna, residente en los Estados Unidos desde hacía una buena cantidad de años, estaba muy enterado de la ley conocida como la “Doctrina del Castillo”, que autorizaba a los propietarios de una casa a balear, acuchillar o empalar a todo aquel intruso que osara inmiscuirse en ella sin ningún tipo de autorización.  

Sabía que, si Groover los sorprendía en plena grabación, dentro de su propiedad, estaría en todo el derecho de dispararles a quemarropa. En varias de las transmisiones de su programa de YouTube y Kick, Cuchillos Largos, Groover había asegurado poseer un par de armas de fuego y un contingente de no pocas balas.

En la entrada de la casita, una humilde vivienda de madera de dos pisos que apenas se sostenían uno encima del otro, había un pequeño jardincito, o lo que había sido un jardincito, ya que ahora se hallaba sin plantas, sin flores, sin vida, a no ser por la vida de las ratas que jugueteaban dentro de los tres cubos metálicos colocados detrás de unas verjas en las que Groover había ensartado un par de caballos.

Los equinos eran usados por Groover para hacer Uber, movilidad. A falta de automóvil, llevaba a sus pasajeros en el lomo de sus corceles. Uno se llamaba Pandolfi y el otro Boloña, ladinos ministros del gobierno fujimorista a quienes Groover admiraba en secreto. Y cuando terminaba la agotadora jornada, dejaba colgados a sus caballos en la ya mencionada verja. En las briosas pingas, les había instalado sendas cámaras de videovigilancia que registrasen las marrullerías de aquellos intrusos enviados por sus enemigos, intrusos que le dejaban pizzas explosivas, hamburguesas con heces o six pack de chelas rellenas de pichi.

Groover maricón, mira lo que tienes, pendejo, mira en lo que has terminado, basura, por qué has puesto estos caballos en tu verja, exclamó el Sonsei, estirándoles la pata a los equinos, siempre mirando a la cámara de Quinta Columna, como si le estuviera hablando al mismísimo Groover.

El Sonsei, al haber manipulado los caballos, activó la silenciosa alarma de intrusión. Groover recibió la señal y chequeó en su celular las imágenes. Vio al famoso Simio Violencia, periodista peruano trajinado, que laboró diez años de su carrera sin haber cobrado un centavo y que ahora se había convertido en una figura muy mediática en la televisión peruana, invadiendo su propiedad. El famoso Violencia estaba en su territorio, haciendo mofas de su penosa enfermedad y mentándole la madre con fruición.

Groover conchatumadre, el Sonsei estuvo en tu casa. Tu territorio es mío. Lo acabo de poseer. Me he cachado a tu casa, maricón. No te vuelvas a meter con mis seguidores de los Estados Unidos. Te tienen vigilado, se descocía Simio, dándolo todo de sí, entregándose al show perpetuo de la Brutalidad, que exigía de sus víctimas hasta el último gramo de decencia.

Al Sonsei le llamó la atención que el dibujito Quinta Columna se quedase grabando desde el otro lado de la verja.

Acércate más para que enfoques bien cómo me meo en la puerta de Groover, dijo Simio en un vano intento por hacer que Quinta Columna también lo acompañase a desacralizar el terreno de Groover. Se conocía que Quinta Columna estaba en sus cabales muy bien puestos como para ser una cojuda víctima de la “Doctrina del Castillo”.

Entra, pe, carajo, reclamó Simio, la paciencia colmada. Grábame bien.

En ese momento, Simio y Quinta Columna (y también las ratas dentro de los botes de basura) oyeron un clic-clic. Era Groover que acababa de rastrillar su arma. Simio vio hacia los altos de la casa, pues de ahí provinieron esos sonidos metálicos. Vio a un hombre cachetón, apuntándolo con una Remington 700, uno de los ojos cerrados y el otro muy abierto, tratando de centrar la futura bala en medio de su cráneo. A esa arma, Groover la llamaba su Frejolera. Cuánto había esperado por frejolearse a alguien, por estrenar esa arma. Claro que le hubiera gustado matar a tiros a cualquiera de sus enemigos más encarnizados, pero el Sonsei, por prestarse a juegos cojudos, iba a tener que ser esa primera y tan ansiada víctima.

No, amiguito, no dispares, dijo el Sonsei, arrodillándose, del mismo modo en que se había hincado ante Cécica, suplicándole el respectivo perdón por haber querido humillarla en plena transmisión en vivo.

Hipócrita de mierda, dijo Groover, con que te gusta prestarte a huevaditas por unos pesos, ¿no?

¿Eres Groover?

Sí, cojudo.

Amigo Groover, yo no quise hacerte nada. Fue este huevón quien…, pero ya no había nadie; Quinta Columna, con el vídeo ya hecho, se había quitado a difundir su grabación para escarnio de Groover. Además, apenas vio al francotirador, puso pies en polvorosa para que no le salpicase la frejoleada ni la sangre del Sonsei.

Ah, ¿ya ves? Te dejaron solo, Sonsei. Bueno, alguien la tiene que pagar y ese alguien serás tú. Así son las cosas, Simio.

Si quieres te la mamo, pero no me mates, suplicó Simio.

¡Fuera, chuchetumare!, lanzó Groover, listo para iniciar la frejoleada.

***

Con los huevos todavía de corbata, Simio Violencia abandonó el recién estrenado nuevo aeropuerto Jorge Chávez. Había regresado sin valijas, solo con una mochila. Tuvo que vender sus maletas para comprarse el pasaje de regreso desde los Estados Unidos. Su gira americana había sido un fracaso ruidoso. Para colmo, no cumplió con la mentada entrevista al escurridizo Messi. Tampoco hizo ninguna entrevista relevante, salvo por balbucearle una pregunta en alemán a un jugador de esa nacionalidad, quien al no entender qué carajos había querido indagarle debido a su pésima pronunciación, le contestó que sí le gustaba el ceviche con papa a la huancaína y tallarines rojos, el famoso Combinoche, pero en inglés, para que Simio no entendiese un picho y desistiese de repreguntar.

Los taxistas del aeropuerto, que a menudo acosaban a los recién llegados, se abstuvieron de ofrecerles sus servicios a Simio, ya que lo vieron con las fachas más misias posibles. Había que señalar que aquellos taxistas eras unos clasistas de cuidado. Si veían a alguien de apariencia lastrada, ni cagando se le acercaban.

Simio Violencia se encontró con Cambrito cuando se disponía a detener una combi, ya en las afueras del aeropuerto.

Por fin te encuentro, Sonsei. He estado acampando aquí afuera, esperándote. Sabía que arribarías tarde o temprano, lo recibió Cambrito. Mientras hablaba, se había ido despojando de la camiseta mugrosa que lo cubría, dejando ver un torso huesudo y espeluznante. Prepárate porque te voy a sacar la mierda por haber hablado pestes de mi socio PelHambre.

Cambrito había colocado su celular contra una pared para que registrara todos los incidentes de la golpiza que pensaba propinarle al Sonsei. Al acabar con él, le enviaría el vídeo a PelHambre con la esperanza de que lo contratara en su canal, pagándole por concretar su tan ansiado proyecto de streaming: Envidiando con Cambrito, en donde hablaría pestes de todos aquellos que tuvieron una mejor fortuna en la vida que él. Si PelHambre le regalaba mil pesos a Cocavel por hablar huevadas, por qué no a mí, pensaba Cambrito.

Te vas a ir al suelo, Sonsei, advirtió Cambrito, colocándose en la posición de ataque que le había enseñado su tocador, el señor Román Clavijo.

Oe, chibolo, no le he tenido miedo a un pistolón de este tamaño y ¿crees que te voy a tener miedo a ti?

Ven, pe, Simio, ven para sacarte la entreputa, se agrandó Cambrito.

No, tengo algo mejor para ti.

No me rehúyas, cobarde. Ven para sacarte la mierda. Claro, como estás viendo mis movimientos elásticos y perentorios quieres sacar la cola. Vivo eres, ¿no?, dijo Cambrito.

Claro que soy vivo, pe, imbécil, si no, no estaría aquí hablando contigo. Mira, antes de que me pegues, quiero darte un regalito que uno de mis seguidores en los Estados me encargó para ti especialmente.

El esquelético Cambrito siempre se emocionaba cada que oía la palabra regalo. Le encantaban las cosas regaladas. Eran su pasión y su debilidad. A ver, qué será, dijo, deponiendo su actitud hostil.

Simio sacó de su mochila descocida un caballo plateado con la pinga erecta. El falo terminaba en una cabeza espectacular, redonda y enorme. A mi tío, le encantará este caballo, pensó Cambrito, recibiendo el objeto equino. Lo guardó en su mochila y luego se volvió a poner el polo con la intención de marcharse.

Tenía razón el huevón de Groover; este Cambrito por un regalo se baja los pantalones, pensó Simio. ¿Ya te vas?, le dijo a Cambrito.

Sí, huevón, ya me voy, tengo que ir a una orgía entre travestis y streamers a la que me invitaron. Te salvaste de la golpiza que te iba a dar. Solo te voy a decir una cosa: No te vuelvas a meter con mi amo, señor y socio PelHambre.

Ya, dale nomás,… Cambrito te llamas, ¿no?, dijo Simio.

Sí, Sonsei, ¿por qué?

No, nada, quería asegurarme de que fueras tú, porque mi seguidor quería estar seguro de que ese regalito llegue a tus manos. Gracias a este favor que le estoy haciendo salvé la vida.

A nadie le importaba lo que Simio dijera, mucho menos a Cambrito, por ello hacía rato que ya se había ido a su orgía, dejando al Simio hablando solo.

***

Era una gran habitación cerrada, repleta de humo, de risas torcidas por el alcohol y de piel, mucha piel. La fiesta estaba ya muy avanzada a pesar de ser las cinco de la tarde. Todo se transmitía por el canal de Kick de un streamer conocido por meterse zanahorias en el culo para luego echarles sal y comérselas muy rico.

Cambrito había entrado con su caballo pingón sin saber que en el glande estaba camuflada una camarita fisgona por la cual Groover miraba todo atentamente. Él tenía calculado que Cambrito llevase el caballito hasta su casa, con su tío, y una vez ahí, detonarlos a ambos, ya que dentro del caballo había instalado un detonante indetectable por cualquier autoridad aeroportuaria.

Groover se sorprendía al ver el contenido del lugar donde estaba Cambrito. Los streamers punteaban a los travestis y estos, al término de una canción, volteaban a los streamers para puntearlos a su vez.

Cambrito tomó una botella de whisky, la destapó y se sentó en una silla para alicorarse como era debido, observar el paisaje y ver a qué trava podía empezar a toquetear para luego pasar al cuarto oscuro.

Los toqueteos eran transmitidos por Kick y las vistas ya sobrepasaban las veinte mil puntas; todo un éxito. En un canalito pequeño, un profesor imbécil, que se hacía llamar Zepita, enseñaba inglés, pero solo era visto por él mismo. Fracaso estrepitoso que bien merecido se lo tenía por brindar educación al público peruano. Cambrito había sentado al caballo plateado de Groover en su regazo, de modo que la pinga cabezona apuntaba hacia los invitados de la orgía.

Cambrito chuchetumare, se suponía que debías ir a tu cuartucho de mierda, calatearte con tu tío para que él te zampe la pinga del caballo por el orto y luego yo pueda detonarlos a los dos, par de miserables, pensaba Groover.

A pesar de la penumbra lúbrica del lugar, Groover podía columbrar el desfile y desenvolvimiento de una serie de travestis, todas contratadas por el streamer organizador del evento para elevar las vistas de su canal de Kick con las consecuentes copulaciones contra natura. Entonces, cuando estuvo a punto de presionar el detonador, porque pensó bueno, la idea era bajarme a Cambrito y a su tío, pero ahora estos trabucos y estos streamers pagarán pato, se detuvo al ver por el ojo de la cámara a un travesti vestido de monja. Groover la reconoció al instante: era la persona que lo había contagiado de esa maldita enfermedad que le estaba carcomiendo los huevos con más ferocidad cada día. Era la Sister Hong.

Groover revivió en su mente aquella vez en que la conoció, en que le brindó el servicio de taxi, en que entraron a un cuartucho de hotel de cinco soles en la avenida Uruguay, en el Centro de Lima, en que prefirió no comprar un poncho para sentir el pelancho pelancho. Con lágrimas de venganza en los ojos, presionó el detonador con todas sus fuerzas, no tanto porque la Sister Hong le hubiera contagiado aquella enfermedad, sino porque tenía la misma cara de Simio Violencia. La realidad era así de triste: Groover se había contagiado, por lo borracho y coqueado que estaba, con un trabuco que parecía Simio Violencia con peluca.

No quedó nada de Cambrito, ni de ninguno de los invitados a esa fiesta desenfrenada del sexo. Se había hecho justicia desde los Estados Unidos. A contrapelo de lo que cantó Walt Whitman en sus Hojas de Hierba, Groover exclamó: Nadie me ha hecho justicia. Entonces, yo mismo me la tuve que hacer, carajo.

sábado, 19 de julio de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 25: El abuelo de Groover: El Comandante Pirulo Miura

 


El pequeño Groover se acercó llorando a su abuelo.

Abuelito, abuelito, defiéndeme, un negro cochino me ha pegado.  Uno de sus regordetes dedos señalaba la ubicación de su agresor.

El abuelo, que había sido líder sindical de microbuseros, leía un periódico amarillento sentado en el borde de la acera de su casa. Le gustaba repasar las noticias teniendo como fondo el bullicio de los chiquillos.

No le prestó inmediata atención al doliente muchacho. Solo cuando sus berridos se hicieron insufribles, apartó el periódico.

¿Qué pasa, carajo? ¿No te he enseñado que solo lloran las niñas? ¿O has perdido los huevos? A ver; muéstramelos.

Las severas y sardónicas interrogantes del abuelo cortaron en seco el llanto del pequeño Groover, quien ahora se mostraba aterrorizado.

Oye, tú crees que estoy bromeando, ¿no? Muéstrame la trola, carajo. La faz del abuelo era de temer. Seguro se te ha caído. Seguro ese negrito de mierda te ha castrado de un mordisco y por eso estás llorando como hembra. Bájate los pantalones o te los bajo yo. Y me importa un reverendo pirulo si tus amigos te ven el culo. Ya, rápido, muéstrame la trola. Vamos a comprobar si estás mocho y por eso es que estás chillando como cabro.

No, abuelo, yo tengo mi pichula bien puesta, dijo Groover, eliminando los últimos rastros de sus lágrimas.

Ah, ya, dijo el anciano, la voz firme y atronadora. Ya decía yo. Entonces, ¿qué chucha quieres? ¿No ves que estoy leyendo mi periódico?

Ese negro cochino de allá me ha pegado, dijo Groover, más sereno, pero todavía con el enojo carcomiéndole las entrañas.

Ah, te ha pegado. Ya. Vamos, dijo el anciano, levantándose pesadamente de la acera, enrollando su periódico, dándole forma de garrote. ¿Quién es el hijo de puta que te ha pegado? ¿Ese negro de allá? Vamos, llévame.

De la mano, el abuelo fue conducido por su nieto hasta un grupo de muchachos que jugaba fulbito en un parque, destrozando los geranios, aniquilando las magnolias, quebrando los ramales. Al ver al anciano irrumpir en el césped donde bailoteaba la pelotita, los chicos detuvieron el juego.

¿Quién fue el concha de su madre que le pegó a mi nieto?, gritó el abuelo. Los pequeños, que habían estado comentando en susurros la improbable intromisión de aquel vetusto hombre, enmudecieron.

Yo, respondió un negrito quimboso, cubierto con la camiseta del Alianza Lima. Llevaba el número diez en el dorso. Debajo de la nuca se podía leer el nombre de uno de los jugadores más borrachos del equipo blanquiazul: Waldir.

Acércate, mocoso, ordenó el anciano.

El negrito, que caminaba como todo un sabido, se acercó al abuelo sin temor alguno.

Toma, dijo el abuelo, entregándole el mazo de noticias. Para que lo termines de abollar al cabro de mi nieto.

Sin pérdida de tiempo, el negrito tomó el periódico enrollado y aporreó a Groover como si fuera una cucaracha.

Eso, así, dale, dale, que no se te escape esa cucaracha de mierda, negro cojudo. Dale, dale, dale, más duro, por ahí, por ahí, yo te la agarro, que se escapa, se carcajeaba el abuelo.

***

El Chino Miura era conocido en el partido aprista como el Comandante Pirulo, debido a la destreza con la que manipulaba una mortífera arma de su invención denominada así, pirulo, un arma que Miura creó inspirándose en las legendarias y brutales macanas incaicas.

El arma del Chino Miura no tenía, como la macana, una vara para sujetarla sino una cuerda que se enroscaba en la muñeca del brazo. Esto la dotaba de versatilidad y, sobre todo, de furtividad, ya que podía llevársela camuflada en las mangas de la camisa antes de ser lanzada sorpresivamente sobre la cabeza del rival, indistintamente un comunista o un odriísta. Lo que impactaba en el cráneo del enemigo político eran unas bolas de bronce con pespuntes romos que asemejaban las púas de los erizos de mar. Un pirulazo en la mitra o dejaba en coma al rival o lo convertía en un enceguecido aprista.

Haya de la Torre, el Viejo, le encomió, en una reunión solemne, la innovación en ataque y resguardo dentro de los mítines que significaba el pirulo en el arsenal aprista.

Compañero, Miura, yérgase, dijo Haya. Y venga a acompañarme acá al podio.

El recinto era un coro de silencio. Cuando el Viejo hablaba, nadie debía respirar siquiera.

Miura, henchido el pecho, se irguió por sobre sus compañeros y caminó hacia el estrado.

Gracias al temple indoamericano del compañero Miura, he podido llevar la palabra redentora al pueblo, a ese pueblo que es la savia de nuestra causa. Mientras yo elevo la voz de la justicia social, protestando contra la entrega inconsciente de nuestros recursos a las transnacionales imperiales, con el rabillo del ojo veo al compañero Miura, siempre vigilante, conteniendo con coraje a los provocadores odriístas, respaldado por esa vanguardia de varones recios y fornidos, nuestros búfalos apristas, guardianes de la disciplina y el orden. El Viejo Haya no pudo contener un movimiento serpenteante de la lengua entre sus labios descarnados cuando rememoró la corpulencia de los jóvenes búfalos, fuerza de choque de su partido político. ¿Cuántas cabezas rompió hoy, compañero Miura? ¿A cuántos de esos odriístas ha convertido usted en apristas a punta de pirulazos? No se me quede callado, porque en el aprismo no hay cabida para los mudos: aquí todos somos heraldos de la palabra, porque solo quien sabe hablarle al corazón del populacho puede conducirlo por la senda de la emancipación y los altos destinos de nuestra América Indoamericana.

El Chino Miura dejó de ver al Viejo y se encontró con una masa de ojos ansiosa por beber sus palabras. Había elaborado un pequeño discursito mientras esperaba sentando la llamada del líder del partido, pero, ahora, en frente de tantas miradas, particularmente, bajo el severo escrutinio de Haya, cuya nariz curvada le daba la apariencia de una lechuza de piedra, no tenía nada que decir.

Vamos, hombre, apure, hable, la patria le exige prontitud, instó Haya, las manos blancas y regordetas, salpicadas de manchas café.

Miura seguía sin poder articular palabra. No eran los nervios. Imposible. El Chino aceptó para sus adentros que la razón de su repentina mudez era el tardío reconocimiento de que... ¡no tenía vocabulario! Tras haber escuchado un discurso completo del Jefe (como también se le llamaba a Haya) sin estar ya enfocado en efectuar céleres lobotomías pirúlicas en las cabezas de sus enemigos, se dio cuenta de que no merecía considerarse aprista. No poseía ni un milésimo del léxico del Viejo. Y si abría la boca y empezaba a balbucear, el Jefe, en persona, comprobaría que su querido Chino Miura no era más que un simple matón, un búfalo que solo era capaz de bramar. Tremenda decepción se llevaría su amado líder.

Hable, hombre, que la paciencia se me está agotando, demandó Haya.

El inventor del pirulo se aclaró la garganta, se acercó al micrófono de gran cabeza prismática y empezó a hablar.

Muchas gracias, Jefe. Estaba preparando en un papelito cochino un pequeño discursito, pero se me cayó por ahí. Creo que fue mejor que se perdiera, porque hablaba cada babosería ahí. Se hubieran quedado con sus caritas de imbéciles, compañeros, luego de escuchar mis baboserías. Yo no llegué a terminar el colegio porque no les tomaba importancia a los libros; los libros me los metía al poto.

Yo, yo, yo me engolisinaba con otras cosas, pero no con la cultura. De todos modos, me llegó a gustar la política gracias a los compañeros apristas que conocí, y decidí que me convertiría en defensor de la verdad. Y esto de aquí, mi pirulo, fue el arma querida para que la verdad se imponga siempre, como la que siempre nos habla el Jefe. Jefe, dijo de pronto, mirando a Víctor Raúl, eso háblelo. Eso háblelo.

El despedazamiento del idioma era ya intolerable. Haya hizo un gesto y dos búfalos se encargaron de bajar del estrado al Chino Miura. Como si nada hubiera pasado, Víctor Raúl volvió a dirigirse a su público, enumerándoles las acciones que debían tomar en el próximo mitin.

Con los brazos detrás de la espalda, el Chino Miura fue conducido a la Mazmorra del Verbo, un húmedo lugar en el que dos o tres cuerpos magros trataban de aferrarse a la vida.

Por favor, ya, sáquennos de aquí. ¡Piedad!

Callen, mierdas. Van a salir de aquí cuando se aprendan las trescientas palabras cultas que les ha encargado el Jefe. Ya se las habrán aprendido, ¿no?, bramó uno de los que conducía al Chino. Mañana es su última oportunidad, cojudos. Ya lo saben.

Oiga, ¿qué es este lugar?, dijo Miura. Devuélvanme a la sala, carajo. ¿No ven que soy el Comandante Pirulo, el búfalo número uno del partido?

Sí, pero también eres un mulo. No sabes hablar ni pincho. Tienes el mismo paupérrimo vocabulario de estos muertos de hambre. Solo si pones de tu parte, saldrás de aquí con el pico digno de un aprista de verdad. Ya depende de ti, dijo el otro que lo conducía a su celda, los brazos dolorosamente doblados a la espalda. Al llegar a su mugrosa prisión, lo arrojaron al suelo como caca de perro.

Sobre la mesita de la esquina, hallarás en unos folios las trescientas palabras cultas que todo aprista debe dominar para engañar solventemente al pueblo. Tienes dos días para aprendértelas como si hubieras nacido con ellas. El politburó vendrá al tercer día para tomarte La Prueba que decidirá si vuelves al rebaño o si permaneces aquí, ad infinitum, el culo quemado por la cera caliente de mil y un velas. Estás advertido.

***

No fui hijo del privilegio, ni la senda fue alfombrada, relataba el abuelo. Los nietos lo escuchaban con terror, entre ellos, el pequeño Groover, los ojos morados por la golpiza que le había acomodado el negrito mazamorrero del Alianza Lima.

Alcanzar la estatura de líder intelectual de una tropa de mugrosos microbuseros no fue don gratuito: fue conquista labrada al calor del entrenamiento dialéctico en mis queridas filas apristas. Recuerden esto siempre: para no perecer de hambre y en la miseria, es menester poseer el don de la palabra, ese verbo encendido utilísimo para mentir con la verdad, para seducir al populacho, a los débiles mentales. No crean que nací con este verbo en los labios. Mi latido era rudo, bronco, inferior al de un microbusero analfabeto, hombres que el sistema ha condenado a la ignorancia y que ríen fácilmente oyendo las barbaridades de esos cómicos ambulantes de la calle. ¿No saben quiénes son esos? Mejor. Espero que nunca lo sepan por vuestro propio bien. Ahora, ha llegado el momento de que me demuestren qué han aprendido durante la semana, con qué vocablos cultos van a descolocar a su abuelo, el Comandante Pirulo. ¡Atzó!, concluyó el hombre, llevándose la mano recta a la frente.

Los niños se miraron entre sí, temerosos de ser los elegidos para la temida Prueba. El abuelo únicamente escogía a dos. Así, se aseguraba de que por el miedo a ser quemados en el culo con la cera de una vela encendida todos estudiaran. Y, también, se ahorraba algo de tiempo que luego empleaba para ver los culos femeninos que desfilaban ante la ventana de su casa.

Miguel, señaló el abuelo. Empiezas tú. Hoy quiero aprender nuevos términos. ¿Qué palabra culta me tienes para hoy?

Miguel le ofreció la espalda enhiesta a sus hermanos y primos, y el pecho inflado como el de un gorrión a su abuelo. Así se paraba el viejo Víctor Raúl, así se posiciona todo orador de fuste, carajo.

La palabra que tengo para hoy es “inmarcesible”, dijo Miguel con parsimonia.

Me gusta, me gusta, aprobó el abuelo. Dame el significado.

Inmarcesible, abuelo…

Cuál abuelo, carajo. Soy el Comandante Pirulo. No se vayan a huevear que me los cacho, ah. Ya, prosigue.

“Inmarcesible” es un adjetivo que se refiere a algo que no se marchita.

Muy bien, mierda. Ahora dame un ejemplo de su uso, ordenó el Comandante. Siempre que les realizaba la Prueba a sus nietos, el abuelo ornaba el torso con un saco plagado de chapitas de cerveza en la pechera. Él solía afirmar que eran sus galones, sus condecoraciones. Cada chapita representaba un cráneo roto.  

Su amor por la música era inmarcesible; ni el tiempo ni la adversidad lograron apagar su pasión, pronunció Miguel.

El Comandante cerró los ojos, saboreando cada término de aquella construcción.

Celebro la arquitectura de tu respuesta, Miguel. Has perseverado en la senda correcta, y por hoy quedas eximido del castigo. Mas ahora, la rueda del destino señala al siguiente llamado a la tribuna: el postrer contendiente que enfrentará La Prueba. No olviden, niños, este rito sabatino que compartimos no es vano pasatiempo: es la fragua en la que se templa el carácter y el verbo del hombre nuevo. Más tarde, cuando la vida les demande esfuerzo y dinero, habrán de recordar este humilde escenario, y entonces —lo sé— me lo agradecerán.

Groover, es tu turno de dar un paso al frente. Quiero sorprenderme una vez más contigo. Hoy me has mostrado cómo un negrito de mierda ha trapeado el piso, sin dificultad alguna, con el apellido de los Miura. No has podido elevar el estandarte de nuestro nombre, sino que un negrito cocotí cualquiera te ha hecho mierda. Veremos ahora si en las lides del pensamiento demuestras mayor gallardía y dignidad. Adelante, demuéstranos de qué madera estás hecho.

El pequeño Groover salió al frente, adoptó la postura de orador y habló. Su rostro no reflejaba expresión alguna, diríase que era una típica cara de póker.

Hoy he traído el adjetivo “vejatorio”.

Aguarda ahí, dijo el Comandante. ¿Esa palabra no la dijo ya Arturo hace unas semanas?

Arturo había usado esa palabra, pero no quiso quemar a su primo Groover. No, Comandante Pirulo, no la he usado, dijo el aludido.

Bueno, te la paso, todo porque la memoria ya no es la de antaño. A ver, desarróllate.

“Vejatorio” hace referencia al acto que humilla y provoca sufrimiento moral a una persona, continuó Groover.

El ejemplo, demandó el Comandante.

El líder del partido aprista cometía el acto vejatorio de quemarles el culo con una vela a sus búfalos para que aprendieran a rebuznar como él.

El ambiente, de pronto, se tornó helado. Los nietos eran conscientes de que Groover, en un arranque de rebeldía sin igual, acababa de mancillar la memoria del Viejo Cara de Lechuza. La reacción del Comandante Pirulo sería cruenta.

¡Hijo de mil putas! ¿Sabes cómo aprendí a hablar como un Churchill o un Demóstenes? ¿Cómo me convertí en líder sindical? Gracias al Viejo Víctor Raúl, so pedazo de cojudo. Y, sí, me quemaron el culo, pero eso me sirvió para memorizarme trescientos vocablos cultos que automáticamente transformaban cualquier huevada que decía en una frase que atraía a las idiotizadas masas. Ahora, por majadero, te voy a quemar el poto, Groover. Pásame la vela, Miguel. Ustedes agárrenlo a ese conchasumadre y bájenle el longplay. Voy a hacer que te arda el culo por tres semanas, carajo.

***

Cuando Groover despertó vio que la botella de cerveza que sostenía en sus manos había caído al suelo. El contenido, que no era mucho, se había secado hacía rato, pero el olor a borrachera, a resaca, era ensordecedor.

Luego de unos momentos en los que su mente porfió por hallar algo de estabilidad, decidió buscar el soporte sentimental de su chica, una peruana de ubérrimas carnes y mejor movimiento pélvico, pero recordó que sería imposible. En la última pelea que sostuvieron el día anterior, ella lo había mandado a rodar por misio: no pudo comprarle las bombachas que ella necesitaba para dizque lucirlas con él, aunque él le había dicho varias veces que las mejores bombachas eran las que no se ponía. A mí me gusta que te quites la ropa delante de mí, mami, solo eso. No soy como otros que se fascinan con ver a las mujeres en ropa interior. Yo te quiero ver calatita y de frente darte curso, amor.

Pero yo quiero mi bombacha, viejo sidoso. ¿No te parece que sufro ya un tremendo castigo al cachar contigo con condón para que no me pegues tu bicho? Cuando hacía el amor con mis anteriores hombres, estaba acostumbrada a sentirles la pielcita de sus pingas. En cambio, contigo solo siento un jebe que me raspa. Lo mínimo que puedes hacer por mí es comprarme mis bombachas.

Pero, mi amor, compréndeme que en el trabajo no gano mucho y que falta poco para despegar en todas mis plataformas: Kick, YouTube y X. Ya en YouTube, con las transmisiones que hago de la Operación Canguro llego a las sesenta vistas. En unos tres o cuatro años, estaré ganando más de mil dólares en YouTube si las cosas siguen creciendo así. El único programa que tengo bajetón en mi parrilla televisiva es el de un huevón que se alucina escritor, pero solo es un relleno más. Y, además, es un misógino de mierda. Cuando consiga un buen proyecto, plin, al toque lo reemplazo. De repente un día de estos el Profe Puti, que sí da chow, me acepta un horario en mi parrilla, amor, ya verás.

Oye, qué parrilla, qué Profe Puti ni qué Operación Canguro ni qué mierda; si no me compras las bombachas que quiero, me largo, y te olvidas de cómo te sacudo la pinga plastificada en mi concha demoledora.

Toda esa escena fue presenciada por los cientos de personas que paseaban y compraban en el centro comercial de la avenida Bloomfield, en Newark.

Luego de aquel papelón, Groover se guardó, derrotado. Empinó el codo hasta quedarse dormido. Y ahora despertaba, borracho, apestando a culo y sin un centavo. Solo había una forma de conseguir dinero rápido. Recordó a su abuelo el Chino Miura. Fue él quien le enseñó a blandir la palabra como arma potente para no morirse de hambre (o comprarles bombachas a las mujeres). Impulsado de valor y entusiasmo por aquel recuerdo generoso del abuelo, abrió programa. Lo intituló: “Dambre No Estafó A Simio Violencia”.

Ustedes saben que Dambre es un tipo respetable y que honra su palabra, empezó a comentarles a sus seguidores. El problema es Simio Violencia, que viajó a Estados Unidos a mendigarle plata a sus pipos. Y esos fanfarrones -porque eso es lo que son, fanfarrones que presumen tener dinero, a diferencia del señor Dambre- terminaron dándole la espalda porque descubrieron que solamente era un pedigüeño más, como el mismísimo y execrable Profe Puti.

La sintonía aumentaba. Si bien algunos comentarios lo tildaban de sobón y chupapingas de Dambre, otros encomiaban su poder oratorio, la variedad de su léxico y la contundencia de su entonación.

Por eso siempre diré: Oh, Dambre, empresario honrado y consciente, eres una luz disruptiva y clarificante, creadora de nuevos senderos en el YouTube peruano, que arranca a la Brutalidad de su nicho de ignominia para colocarla en los más alto del mainstream mundial.

Al finalizar su ditirambo, Groover se aplaudió a sí mismo. Unas lágrimas humedecían su rostro. Era un showman.

Casi hasta he llorado, queridos cuchilleros largos, defendiendo el buen nombre de Dambre. Jamás permitiré que injurien la honra de mi socio, sí, porque él y yo somos iguales, somos socios, somos cabezas, somos los que montan, los que mandan.

***

El teléfono sonó. No era su chica, pero era Dambre; o sea, plata.

Prestamente contestó el celular.

Aló, Dambre, dijo guardando la compostura.

Hola, Viejo. Escuché tu programa. Muchas gracias por haber hablado tan bonito de mí. Me sentí corto, porque desinteresadamente me has defendido. Pero siento que debo darte algo; dinero para ser más exactos, a cambio de tu buena obra. ¿Cuánto quieres por ese discurso, por esa defensa que me has hecho desinteresadamente?

Groover no perdió tiempo. Sabía que cuando alguien montaba, mandaba, entonces, calculando el costo de las bombachas y de una cena de reconciliación, dijo: Sin abusar mucho de tu confianza, unos quinientos dolarillos estarían bien, querido Dambre. Igual, tú sabes que no hace falta que me pagues, pero ya que insistes, no te voy a decir que no me des. No hay que hacernos los cojudos. Y siempre que alguien hable mal de ti, mi intelecto y mis cultas palabras estarán al servicio de tu protección.

A los pocos minutos, con los quinientos cocachos en su cuenta, Groover llamó a su chica. Ella, luego de que le hubo mandado una captura del dinero, lo perdonó.

Gracias, querido abuelo, sin tu entrenamiento no hubiese sido capaz de conseguir ese dinero para satisfacer mis caches. Gracias por haberme entrenado en ese verbo tan florido que tengo.

Desde el infierno, el Comandante Pirulo exclamó: ¡Fueeera, conchatumadre!


domingo, 6 de octubre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 13 (Final)

 


Cristo Jesús no se compra

Con mandas ni con dinero

Y no se llega a sus pies

Con dichos de marinero.

Nicanor Parra

 

El rostro de la presidente del Perú recibía pinchazo tras pinchazo, como una tormenta de agujas diminutas.

Ay, carajo, me haces doler, hombre, le reprochaba de cuando en cuando al médico esteta que le inyectaba bótox en las arrugas.

El asesor se aclaró la garganta: Como le decía, presidenta, el tema del profesor moreno pinta muy bien para tapar el escándalo de Cedrón.

Lenin Cedrón era el fundador del partido político que había llevado a la mujer hasta la presidencia y, desde que fue sentenciado por la comisión del delito de colusión cuando fue gobernador de una provincia del Perú, prófugo de la justicia. La presidente y su aparato político, por simple instinto de supervivencia -cae él y caemos todos-, estaban obligados a protegerlo a toda costa, aunque de manera velada, mientras repetían -en alguno que otro acto público- que harían todo lo posible para capturarlo a como diera lugar, o juro por mis hijos que dejo de ser la presidenta del Perú si no chapo a ese sinvergüenza que le ha hecho tanto daño a nuestro país.

Pucha, Ramírez, no sé. ¿Ese negro no es el lisuriento que me mostrastes la vez pasada?

Ese mismo, doctora, dijo presto el asesor. El médico esteta sudaba inquieto, temeroso de que la presidente le achacara otro reproche. Sabía muy bien que una queja más significaría ser sustituido sin miramientos, perdiendo los jugosos honorarios -cuánta falta me hacen- que obtenía a cambio de unos cuantos pinchazos.

Muévete para acá, hombre. No me dejas verle la cara al huevón de Ramírez, ordenó la presidente, los ojos cerrados, aguantando el dolor del bótox que se infiltraba en ella para remozarle el semblante. Ramírez, mientras tanto, evocó los tiempos en que esa mujer, ahora emperatriz en su propio reino, no era más que la apocada y turbia tesorera del partido político de Cedrón, una especie de secta improvisada al galope con la única misión de hacer mucha plata en nombre de los pobres.

Ya, consideró la presidente, ya veo por donde vas, Ramírez.

Yo sé que sí, presidenta, afirmó Ramírez. Recordó los tiempos en los que él estaba por encima de ella. Pero ahora -cómo era el destino de macabro y jodido, ¿no?- había terminado como el chupe de la mujer, como el asesor maltratado por su ego inflamado de bótox.

¿Cómo se te ha ocurrido limpiarlo, darle una imagen más decente?, dijo ella. Ya se imaginaba viéndose en las pantallas de la tele rejuvenecida y luciendo el atuendo que el Chivo -un personaje cómico de la televisión peruana devenido en facilitador judicial gracias a la aduladora personalidad que desarrolló para comprarse, con viajecitos al Caribe, endodoncias indoloras y encomiásticas presentaciones en su programa sabatino, a todo el poder judicial del país- le había regalado; un traje de diseñador, de color mostaza, glamoroso y ejecutivo al mismo tiempo, perfecto para ser estrenado en el desfile por Fiestas Patrias.  

Está muerto, dijo Ramírez, con tono triunfal.

La presidente, que sabía muy bien de complots y argucias, exclamó: ¡Diosito está de nuestro lado! Nada como la muerte para hacerte un santo.

Ramírez anotó unas líneas en su libreta.

¿Ya te contactaste…?

Ahorita mismo lo hago, presidenta, dijo el asesor, solícito. Solo necesitaba que usted me apruebe el tema. Mañana empezamos en los periódicos y noticieros con la novela del profesor negro, jodido y discriminado, que es lanzado al estrellato en las redes sociales y luego asesinado por manos racistas e inescrupulosas…

Aguanta ahí, pendejo, lo interrumpió la presidente. ¿Lo mataron al negro? Porque yo recuerdo haber leído un informe que decía que el huevón se había resbalado o algo así.

La verdad, la verdad, presidenta, no sabemos muy bien cómo se murió. Lo encontraron al pie de las escaleras de un asentamiento humano partido en mil partes. Pero los medios van a decir que al negro lo mataron. Porque si contamos lo que dijo el perito, que el negro se resbaló por cojudo, entonces nuestra historia del mártir del racismo se va a la mierda. Por eso, ya tenemos capturados a unos sospechosos. Toditos van a cantar en el momento preciso. Primero, durante dos semanas, se van a negar. Van a decir que ni lo conocían. Eso nos da el tiempo valioso para que el señor Cedrón llegue a Cuba tranquilo. Luego, a partir de la tercera semana, comenzarán a cantar. Y la historia que cuente uno va a ser más alucinante que la que cuente el otro. Así tendremos novela para llenar un mes y unas semanitas más, presidenta.

Claro, claro, repitió la presidente.

Ya, señora presidenta. Terminamos, dijo el doctor esteta mirando científicamente el rostro de su paciente, apreciando la calidad de su trabajo. Ahora, repose y…

¿Más?, dijo la presidente. Si sigo reposando más, se me van a volver a levantar estos indios. Y se rio como una urraca desaforada. Ya he descansado mucho, doctor. Tengo que salir a decir que estamos trabajando y esas huevadas necesarias para mantener las formas.

Claro, claro, pero no se agite mucho, nomás, convino el doctor.

No, si yo no me voy a agitar nadita. El que se va a agitar como huevo de cojo va a ser el cojudo del Cedrón que va a tener que viajar en la maletera del auto presidencial hasta Ecuador, se volvió a carcajear la presidente.

Ramírez volvió a anotar unas cosas en su libreta: Listo, presidenta. Mañana empezamos con el novelón del profesor negro y su duro combate contra el racismo en redes sociales.

Claro, claro, aceptó la presidente. Ahora, dime ¿a qué hora me reúno con el Gato-K-Ch-Ro y el RompeCulos? 

Ramírez comprobó la hora en el Rolex femenino que destellaba desde su muñeca izquierda: Están agendados para dentro de cuarenta minutos, presidenta.

La presidente miró con nostalgia el reloj de Ramírez. No te vayas a encariñar mucho con mi reloj, cojudo. Cuando termine toda esta payasada, me lo vas a devolver. No te olvides, maricón. Apunta eso en tu agenda.