martes, 15 de marzo de 2011

No poetry in here

2:16

I’m a body of anger

My mind flies away into painful and excruciating images

I wish I was alone, alone with my thoughts and my old and beloved habits

4:28

Good music passes by

Anger is gone

Conciliation, peace

Is there still a chance for you and me?

Your comes and goes

Thinking, planning

Will it be just me?

5:04

Later, four eyes seeing each other again

She is roaming somewhere

Does she care? Do I really care?

Questions are above the datum; answers are below

You are well treated; at least that is what is on the table

I am treated like shit above and beneath the table

I feel like shit

6:08

My ears have listened to the other one

The solution: I will let the breeze carry me of its own accord

martes, 8 de marzo de 2011

Fifth floor

I wanted to be big
But I always disregarded the fact I was a pig

My brother wants Morrison’s face tattooed on his strong right arm
I want your face pierced through mi weak, weak heart

I’m afraid I couldn’t walk alone through this concrete sea,
I’m afraid I couldn’t breathe this putrid fishy smelly water if you walked out of my soul

You are my soul
The tiny little gentle part that can still be referred to as soul
My soul is as dark as my sore thoughts
You are the piece that is not sore

As he said: C’mon, c’mon, c’mon, now touch me baby
My writing would be my death; your touching will be my death as well
Touch me, touch me now for I want to die with you in that fifth floor

Cocinando

Mi chica y yo pasamos la noche en mi casa. Era viernes. Antes, le había enviado un mensaje a mi mamá previniéndole de mi llegada con ella. Procuré ser convincente y sincero: confía en mí, mamá. No recibí respuesta alguna, pero asumí que mi mamá había entendido y que aceptaría, de buena gana o a regañadientes, que mi chica y yo pasaríamos la noche en su casa, comportándonos de manera correcta, como corresponde a un chico viejo como yo y a una chica joven y amable como ella.

Abrí la puerta de mi casa e hice pasar a mi chica. Subimos los peldaños de la escalera. Ella lo hacía despacio. Yo iba detrás, mirándole el voluptuoso trasero. A cada peldaño que yo subía, rogaba que mi mamá recibiera de buen modo a mi chica. Rogaba porque no se repitiese el catastrófico problema de hacía unas semanas que fue causado por la estadía de mi chica en la casa. Nada me pareció más injusto y prejuicioso.

Introduje la llave en la cerradura de la puerta de la sala. Con la mirada y mi expresión facial, le inyectaba a mi chica sobradas dosis de confianza, para que dejara de temer lo peor. Por dentro, yo estaba igual de aterrado que ella, o más todavía. Disimulé bien.

La casa se presentaba vacía. Un quedo murmullo con tintes infantiles provenía de mi cuarto: era Cesitar que, echado sobre mi cama, miraba uno de sus dibujos animados favoritos por cable. Mi chica se quedó en la sala. Yo avancé con paso sigiloso hacia el cuarto de mi mamá. La encontré echada sobre la cama. Hacía unos cálculos: cuentas por pagar. La televisión estaba encendida.

-Mami, ¿te llegó mi mensaje?-le dije, bajando la voz para que mi chica no pueda oírnos (la casa de La Perla es tan pequeña que un silente pedo expelido en un extremo de la casa puede olerse y oírse en su extremo más opuesto y alejado).

Mi mamá asintió.

-Ya ves que soy un chico responsable, mamá. No te preocupes, ella y yo ya hemos conversado sobre lo de tener relaciones sexuales sin protección. Tenemos nuestra forma de cuidarnos. No te preocupes, si eres abuela, lo serás de aquí a treinta años.

Mi mamá me dio su autorización para que mi chica pasara la noche conmigo. Las cosas así, el terreno estaba libre para disfrutar de una noche tranquila y sin sobresaltos con mi chica. Le pedí encarecidamente a mi mamá que si se topaba con mi chica, por favor, la saludara con cordialidad. Ella aceptó y yo me dirigí a mi cuarto. Mi chica me esperaba allí, sentada sobre la cama, la vista apoyada sobre el estante de libros, seguramente esperando noticias sobre el estado de ánimo de mi mamá, seguramente preguntándose si he leído aunque sea la cuarta parte de los libros que tengo en mi habitación.

Le dije que no se preocupara: podíamos pasar la noche tranquilos. Vimos televisión. Luego de unos minutos, nos dejamos llevar por la pasión natural que solemos sentir cuando la fricción entre nuestra piel es extraordinaria. Subí ligeramente el volumen del televisor y, encubiertos por esa frazada sonora, hicimos el amor de modo susurrante: no podíamos incomodar a mi mamá con algún gemido, so pena de ser expulsados o fieramente reprendidos.



La ventana de la habitación, abierta totalmente, dejaba pasar la húmeda y refrescante brisa perleña, la cual entibiaba nuestros cuerpos enardecidos a causa de nuestras silentes refriegas amorosas.

A las dos de la madrugada, ambos, congestionados por el sueño y el cansancio, totalmente satisfecho yo y, estoy seguro, parcialmente satisfecha ella, decidimos dormir. Como a ella le gusta estirar sus extremidades a plenitud mientras duerme y, dado que mi cama es apenas de media plaza, me pidió amablemente lo que en otras ocasiones me había pedido y yo dócilmente acatado: “Daniel, por favor, quiero dormir sola”. Como no deseo contrariarla en este aspecto, pues sé que para que ella destile buen humor al día siguiente es necesario que tenga un buen sueño, me retiré a dormir a la cama de mi hermano, quien por estos días se encuentra trabajando fuera de la ciudad. Al retirarme, cerré la puerta poniéndole seguro.

Me levanté muy temprano. Serían las siete de la mañana. Tomé desayuno viendo algunos videos en Youtube. Mi chica dormía profundamente en mi cuarto y no despertaría hasta las diez de la mañana. Yo, por supuesto, no osaría tocarle la puerta hasta después de las diez.

Mi mamá preparó un vaso de jugo de fresa y un pan con torreja para mi chica. Le agradecí el gesto. Se estaba portando como una persona razonable y tolerante.

Antes de las diez, mi mamá tuvo que salir a su trabajo. Un rato después se levantaría mi chica. Se bañó. Luego que ella saliera, entré yo a la ducha. Más frescos, vimos algo de tele. Las horas transcurrían y mi mamá no regresaba del trabajo. La hora del almuerzo se acercaba. Yo tenía pensado invitarle a mi chica lo que mi mamá cocinara, pero sin ella haciendo la comida, era imposible que ello ocurriese. Mi hermanito ya deseaba almorzar. Mi chica y mi hermanito se llevan muy bien. Ella, con su infinita paciencia y ternura, escucha de buen ánimo todo lo que mi hermanito le cuenta: sobre sus caricaturas, sus proyectos, sus quejas.

Mi chica me dijo: “Dani, qué te parece si preparo algo”. Sería estupendo, le dije. Como Cesitar, mi hermanito, no deseaba comer cosas picantes, mi chica desistió de preparar papa a la huancaína (además, las existencias en mi refri no contemplaban los ingredientes necesarios para ejecutar dicho potaje). Se decidió entonces por hacer arroz blanco, hamburguesa de pollo y ensalada.

Yo la ayudé en la cocina. Me ordenó (con todo cariño, por supuesto) a lavar los platos que estaban apilados en el fregadero. Reunió los ingredientes que necesitaba y púsose a cocinar. Me gustó verla dueña de la cocina, picando el ajo, vertiendo arroz sobre la olla, lavando la lechuga, cortando en rodajas los tomates, friendo las hamburguesas.

Mientras mi chica cocinaba, Cesitar, contagiado por la laboriosidad que ella desplegaba, y que me hacía desplegar a mí, le dijo: “Voy a arreglar mi cuarto, Wendy”. Mi chica, mostrando ese cariño único que tiene por los niños en general y por Cesitar en particular, le respondió: “Ya, papito. Limpia tu cuarto. ¿Tienes hambre? Ya, en un ratito va a estar la comida. Uy, qué lindo mi papito, cómo limpia su cuarto”.

Cuando hube acabado con los platos, le ofrecí a mi chica mi ayuda en la preparación del almuerzo. “No, papito, mejor arregla tu cuarto”. Eso hice. No estaba muy desordenada mi habitación, pero una buena barrida y unos cuantos acomodos no le cayeron nada mal. Puse el Soft Parade de The Doors, disco que extraje del cuarto de mi hermano. Toda la casa tomó una atmósfera relajada y liberada mientras Jim Morrison cantaba “Tell all people”, “Touch me”, “Shaman’s blues”, Cesitar ordenaba su cuarto con minuciosidad, yo barría debajo de mi cama y Wendy hacía la ensalada.

“Wendy, ya terminé de ordenar mi cuarto”, dijo mi pequeño y gordito hermano. “Ya, papito, ahora date un baño para que comas”, dijo Wendy. Fue la primera vez que alguien le dice a mi hermanito que se bañe y él lo hace encantado de la vida (bueno, eso lo asevero hasta donde me consta).

Antes de las dos de la tarde, estábamos sentados a la mesa de la sala Cesitar, Wendy y yo. Sobre la mesa estaban los suculentos platos que mi chica, con su sazón inconfundible, nos había preparado. Una Inka Kola de litro y medio, helada, ocupaba el centro de la mesa. Comimos felices. Nos pasábamos la mayonesa, nos servíamos harta gaseosa.

Yo comí como un salvaje (como lo que soy, o sea). Terminé mi plato casi inmediatamente después de que me lo sirvieron. Mi mamá llegó al poco rato. Entró a la sala cargando bolsas que contenían los ingredientes con los que iba a cocinar. Grande fue su sorpresa y alivio al ver que Wendy ya se había ocupado de alimentarnos a sus hijos.

Wendy le había preparado un plato a mamá. Ella nos acompañó a la mesa. Yo dejé mi plato en el fregadero, lo lavé y regresé a la sala para acompañar a Wendy. Si mi madre y ella iban a estar solas, prefería estar allí yo para dosificar la conversación.

Mi madre quedó, a mi entender, aliviada de que se le haya quitado una labor de encima. Sospecho, también, que le gustó ese lado de Wendy que, estoy seguro, ella desconocía.

Por mi parte, ese sábado me encantó. Me enamoré más de mi chica. Sin embargo, temo que todo esto se acabe un buen día en que ella, mi chica, lea las barbaridades que en este espacio publico, porque no entenderá que hay fuerzas que me superan en poder que me conminan a escribir las historias que me son asignadas por la vida.

jueves, 3 de marzo de 2011

Un pésimo amante

Soy un mal amante. Soy malo en la cama. Provoco que mi enamorada se enoje conmigo sin yo saber el verdadero motivo. De pronto, yo satisfice mis urgencias y ella se da la vuelta, cubriéndose toda con la frazada. Ya no sonríe, su mirada guarda cierta amargura e impotencia. Se pregunta sobre si será feliz a mi lado. Totalmente feliz, o sea. Ya se sabe que el sexo es parte importante de una vida de pareja.

He notado que a ella le pasa algo. Intento averiguar qué es. Se lo pregunto: ¿Pasa algo, amor? Ella no me contesta. Me mira y ya no habita en sus ojos la alegría que los llenaban cuando tocamos el timbre de ese hotel de La Perla, mientras una espesa neblina se iba ciñendo sobre la ciudad.

Insisto. ¿Qué tienes, amor? ¿Qué pasa? Ella no me mira. Prefiere mirar lo que sucede en la televisión. En “La noche es mía” de Carlos Carlín están pasando un reportaje sobre los despechados. El risueño informe logra arrancarle algunas carcajadas. Pero cuando le hablo, frunce el ceño y permanece en silencio. Es un silencio que me duele, que me hace saber que algo no anda bien, que mi chica está dejando de quererme de a poquitos, en cómodas y dolorosas cuotas. Mi escasa sensibilidad no me permite leer lo que agobia a mi enamorada.

Los ojos se me cierran. He eyaculado. Siempre que hago eso, quedo sin fuerzas, comienzo a hablar incoherencias y sólo quiero dormir. Sin embargo, me sobrepongo. No puedo abandonarme al sueño sabiendo que a mi chica le jode algo con respecto a mí. Veo el programa y me quedo enganchado con él. El sueño ha retrocedido. Abrazo a mi chica. Pego mi sexo contra su cuerpo por debajo de la frazada y le doy besos en la boca. Ella mira la pantalla, ajena a mis intentos. No mueve sus labios como los movía antes de que yo eyaculara. No quiere tocarme como me tocaba antes de que yo “soltara mis demonios”.

Pasan unos minutos. El pene ha recuperado su forma gruesa. Está caliente y enhiesto. Me enardecen los labios de mi chica cuando los beso, cuando los miro. Ella ha comenzado a corresponderme. Nos besamos con pasión. Me agarra de los brazos y me invita a encaramarme sobre ella. Desea volver a hacerlo, y yo también lo deseo.

La penetro. El sueño se me ha ido totalmente. La arrechura me ha invadido nuevamente. Pero algo de cansancio, una dosis minúscula, todavía queda en mí. Ella comienza a excitarse. Me dice que no pare, que siga. El hecho de haber eyaculado no pone en peligro el que yo continúe penetrándola. El producir una segunda eyaculación me tomará muchísimo más tiempo que el que me tomó producir la primera. Esto asegura que esta vez pueda complacer a mi chica sin que aparezca de modo súbito la urgencia de “arrojar el quaker”, de “lanzar shotcrete”. Su excitación crece. Sigue creciendo. Yo sigo horadándola, instigado, impelido por su continuo pedido de no parar. Va a llegar al éxtasis. Me lo dice (o, mejor dicho, me lo gime). Continúa suplicándome que no pare y yo pienso que hacer feliz a una mujer es jodidamente más difícil que jugar un partido de futbol de 90 minutos. La pelvis se me agota, pero tengo que continuar. Algunas gotitas de sudor asoman por los poros de mi frente. La cama rechina con violencia, parece a punto de desbaratarse. De pronto, siento que algo me “moja” allí abajo. Ella se estremece. Se alegra y me abraza. Está satisfecha.

Estamos desnudos, cubiertos por la frazada. Ella está feliz. Me besa en la boca. Ahora sí quiere hablarme. Me dice que se vino. Me pregunta si lo sentí. Le digo que sentí que algo me humedecía allí abajo. Eso es mío, me dice, es como agua, no como el de ustedes que parece mazamorra. Hace un gesto de asco.

Ya más tranquila conmigo y con el mundo, me dice que todavía no he aprendido a conocerla. Me dice que soy un egoísta que sólo piensa en sí mismo. Te vienes tú y a mí me dejas a medias, me reprende. ¿Ya sabes cómo hacer para que yo me venga? Dándote duro y sin parar, amor, le digo. No, me dice, y me explica lo que hice para que ella se viniera sin tener yo conciencia exacta de lo que yo había hecho. Capto la lección. ¿Ya ves, Daniel? Todavía no me conoces bien, me dice. Estoy aprendiendo, amor, le digo a mi chica. ¿Por eso te habías molestado, amor? ¿Porque no te hice venir? Le pregunto, dándole un besito en la boca. Sí, por eso me molesté. Porque te viniste y encima me preguntaste si estaba feliz, me reprende. La beso nuevamente para bajarle el prurito de cólera que parece nacer otra vez. En cambio ahora sí lo hiciste bien, me dice y sonríe. Pero aún te falta hacerme llorar de la emoción. Ahora sólo me hiciste temblar. Ya, amor, a la próxima trataré de hacerte llorar, le digo. Soy un mal amante, lo sé, pero si tú me ayudas a conocerte más, si hablamos más, estoy seguro de que te voy a hacer llorar, amor, le prometo.

Espero tener fuerzas suficientes para bregar amorosamente con mi chica. Me siento débil ya para estos trotes. Me gustaría alcanzar mi orgasmo y desconectarme del mundo. Pero el amor (el sexo) es cosa de dos, y los dos tenemos que quedar satisfechos. Mi chica me importa mucho y porque me importa, estoy dispuesto a extraer fuerzas de donde no tengo para provocarle temblores y arrancarle lágrimas.

Aunque, dejando de lado todo optimismo cursilón, sospecho que siempre seré un pésimo amante.

Las preguntas estúpidas

1. Estás en la combi con ella. En la radio suena una canción que ella, en un acto de confianza, te ha contado que era la que su ex le enseñó, la que la hace recordarlo. Ves que su cara cambia. Su mirada se torna más bien melancólica y se desenfoca. Tú sospechas poderosamente que ella está pensando en él, en los tiempos pasados. Tú, que siempre quieres saberlo todo, que quieres hacerla sentir una basura por pensar en otro hombre y que quieres demostrarle que a ti nadie te engaña, le preguntas: ¿estás pensando en él? Obviamente no te va a decir: “Sí, estoy pensando en él”. Se quedará callada y se sentirá presionada y asfixiada a tu lado. No se sentirá libre de acongojarse o alegrarse por lo que sea. ¿Acaso, a pesar de que la ames, no has recordado a tus ex con canciones, lugares, comidas o libros? ¿No has sentido cierta nostalgia por esos tiempos idos de felicidad? Pues bien, ella también tiene derecho a sentir nostalgia. A la próxima que te vuelva a ocurrir ese fenómeno, dale cierto espacio para sentir según mejor le parezca. Verás que comenzará a tenerte más confianza de la que solía tenerte.
2. Apenas llevas un mes saliendo con ella. Ya se besaron. Ya tuvieron relaciones sexuales, inclusive. Tú le dices que la amas y, a cambio, le exiges que te diga lo mismo preguntándole si ella te ama a ti. Ella ha salido de una relación de largo tiempo y todavía está encontrándose a sí misma para poder empezar a amarte. Te ha dicho miles de veces que te quiere y que gusta de estar contigo. La pasa bien. Pero le es imposible decirte que te ama, por el momento, porque no siente eso. Esto te lo ha dicho muchas veces. Sin embargo, tú vuelves a la carga con la misma pregunta estúpida: ¿me amas? Ella te puede decir sí, por compromiso, y lo único que vas a lograr es que se sienta presionada y agobiada cuando está a tu lado, arrojándola, sin que esa fuese tu intención, a los brazos del ex o de cualquier otro que la esté rondando. Deja que las cosas se den de manera natural. Si la tratas bien y le concedes sus tiempos, el “te quiero” mudará en un “te amo” (claro, si es que entre ustedes dos hay de verdad ese sentimiento que llaman amor)
3. Ella está triste. Lo has notado mientras caminaban con dirección a su casa. De pronto, ha cambiado su semblante, está grave, ceñudo y melancólico a la vez. Tiene problemas en casa, y lo sabes porque te lo ha contado muchas veces. Necesita estar sola. Pero tú, que siempre quieres estar jodiendo, le preguntas: ¿por qué estás así? ¿Ya no me amas? ¿no te hace feliz estar a mi lado? Preguntas estúpidas. Lo único que vas a lograr es hacer su enojo más profundo, su tristeza más honda y su repulsión hacia ti, todavía mayor. Ella, como tú algunas veces, necesita de su soledad. Todos la necesitamos.
4. Sales del trabajo. La llamas al celular. Está apagado. Maldices. La maldices. Comienzas a tejer una novela en tu mente; un melodrama en el que ella está tirando con otro hombre mientras que a ti te están creciendo semejantes cuernos en la frente. Luego de breves minutos, tu celular suena. Es un número de cabina telefónica. Contestas. Es ella. No la dejas hablar y le preguntas con una marcada dosis de desesperación y enojo: ¿por qué estaba apagado tu celular? ¿qué estabas haciendo? Estas preguntas, lejos de unirlos, terminará separándolos. Son una clara evidencia de que no confías en ella (y de que tienes serios problemas de inseguridad), a pesar de que su comportamiento y su franqueza hacia ti han sido impecables. Al margen de lo que ella te pueda contestar, jamás escucharás confirmarte tus desquiciadas sospechas: “Apagué el celular porque no quería que entrara tu llamada mientras tiraba rico con Julio”. Así ella te hubiera engañado con una docena de hombres, jamás te lo diría. Deja de elucubrar hiperbólicas versiones de culebrones mexicanos y trata de vivir tranquilo.

Así que ya no le hagas más preguntas estúpidas, a menos que quieras perderla pronto.

No pensé enamorarme otra vez

Lunes 28

Día de pago. Veo el Boucher que el cajero automático escupe por su rendija y me sorprendo al ver que los roñosos del BCP no perdieron tiempo en cobrarse la onerosa cantidad que comprende mi deuda. Al menos me hubieran dejado ver por unos instantes mi sueldo en su integridad.

Mi sueldo en efectivo es considerablemente menor al que figuraba en el contrato. ¿Tanto me han descontado? Esperaré impacientemente por mi boleta de pago para ver en qué rubros se ha evaporado una buena quinta parte de mis emolumentos.

Llamo a Wendy para avisarle que podremos llevar a cabo nuestra escapada. Su celular está apagado. Me recibe la odiosa contestadora. Cuelgo y vuelvo a llamar. Obtengo el mismo resultado. Habíamos quedado en que yo la llamaría y su celular está apagado. ¡Putamadre!, maldigo, y decido caminar hacia Quilca; pienso que Wendy de repente está ahí.

Veinte pasos después, suena mi celular. Es un número público, de la calle. Contesto. Es Wendy. Se me pasa toda la cólera al escucharla. Me dice que está en su casa. Yo le digo para vernos: ¿voy para allá, amor, o dónde quieres que nos veamos? Quedamos en que ella tomaba un taxi y nos encontrábamos en la primera cuadra de la Arequipa.

-No te vengas en taxi, amor. Vas a gastar. Vente tranquila en un bus-le digo a Wendy, preocupado porque gaste dinero en un taxi.
-Tengo ganas de verte ya, Dani. Voy a tomar un taxi. Espérame ahí donde me dijiste-me dice Wendy y cuelga.

Llegó lindísima. Siempre con sus Caterpillar negras elevándola cinco centímetros por sobre el nivel de suelo. Yo llevaba alrededor de una hora aguantando las ganas de ir al baño y evacuar una gran cantidad de materia fecal. En la oficina, habían bloqueado el acceso al baño unos hombres que estaban instalando un nuevo equipo de aire acondicionado.

-Weny, vamos primero a un hotel, me meto un “caquetá” y salimos a tomar. Por favor, ya no aguanto las ganas. Literalmente, me estoy cagando por ti. Demoraste mucho para venir.
-Ay Dani, no molestes. Vamos a un bar y cagas en el baño del lugar, pues. Además, no me he demorado nada, ¿ya? He llegado rápido.

Caminamos por los alrededores de mi trabajo. No teníamos idea de dónde poder tomarnos unas chelas. Se me ocurrió ir al Taska bar en Miraflores. Wendy aceptó inmediatamente. Era el único lugar al que ella podría asistir dentro del conjunto de bares o discotecas de las cercanías al parque Kennedy. “Sólo en el Taska bar ponen buena música, Dani. En los otros lugares ponen cochinadas como los perreos”.

Ajusté de modo más firme mis esfínteres y enrumbamos hacia la avenida Arequipa para tomar un bus con destino al Parque Kennedy. Antes, pasamos por una tienda en donde compré un rollo de papel. Weny me había dicho: “Dani, yo tengo papel aquí en mi morral”. Le respondí: “Weny, yo necesito todo un rollo por sesión. Soy un gran cagón”. Ella me dijo: “Qué barbaridad, Dani ¿Cómo puedes gastar tanto papel en ese culito que tienes?”. Dije: “Mi culo será pequeño, pero no has visto las dimensiones de mi asterisco”. Nos matamos de la risa. Así es con Wendy. Siempre estamos riéndonos. Armamos conversaciones picantes sabiendo de antemano que terminaremos muertos de risa.

Nos sentamos en las dos últimas sillas disponibles, al fondo, en el Taska bar. Yo me fui al baño y Weny quedose en uno de los asientos de la barra. Mientras yo evacuaba con fiera pujanza aquello que hacía dos horas quería salir, Weny pedía un par de chopps de cerveza. Me tomó cerca de veinte minutos cumplir con mis deberes fisiológicos. Salí aliviado de ese estrecho baño. Wendy tenía un vaso de chopp a medio llenar enfrente de ella. “Es mi segundo chopp, Dani. El primero ya me lo tomé. Te demoraste mucho en el baño. ¿Tanto cagas?”, me dijo. “Uff, no sabes”, le dije.

-¿Y cuánto está eso?-digo
-Siete soles-dice Wendy. Noto que algo le jode. No sé qué es. Quizá sólo es una percepción equivocada mía.
-¡¿Siete soles?!-exclamo. Reviso la carta para corroborar las palabras de Wendy-. ¿Tanto por ese vasito de mierda? Mejor hay que pedir esta oferta de seis Francas por 32 soles-digo. Llamo al encargado de la barra y le pregunto por esa oferta.
-Ya se acabaron las Francas-me dice. Es un tipo que siempre tiene una sonrisa en la cara y contadas marcas de alguna varicela despiadada.
-No, Wendy, yo no pienso hacer ricos a estos huevones. Me parece un abuso. Tú me has enseñado a ser más comedido con el dinero. Y consumir esos vasitos de siete soles me parece una cachetada a la pobreza.
-Ya, Daniel, tranquilo. Estos chopps los he pedido yo y yo los voy a pagar-dijo Wendy, bebiendo con parsimonia de su vaso de cerveza.

Insistí en que yo pagaría por los chopps que ella había consumido. Sin cejar un momento, ella rechazó mi ofrecimiento y pagó por sus dos vasos.

Salimos del Taska bar, lugar que ahora encuentro ofensivamente caro luego de haber yo pasado estas últimas semanas por momentos de áspera y aleccionadora cortedad económica.

-Wendy, vamos a otro bar-le dije.
-No, Daniel, el Taska es el único bar que me gusta por acá. En los demás ponen música pacharaquienta-decía Wendy.
-Pero es que ese lugar es caro, amor.
-Y qué esperabas, Daniel. Estamos en Miraflores. Todos los lugares son así por acá. Mejor llévame a mi casa.

Otra vez Wendy se ponía en ese plan atorrante de ser excesivamente orgullosa. Discutimos un poco. Nos serenamos luego. Le pregunté si deseaba comer algo. Rústica se ofrecía como una posibilidad económica. Wendy se negó a ir.

-Las meseras de ese Rústica son unas perras. Mira cómo se mueven y se visten. No quiero enfermarme, Daniel.
-¿Enfermarte por qué?
-Porque tú no sabes disimular cuando ves a una chica casi calata. Eso me enferma. Y allí van a estar pasando a cada rato. El día que aprendas a disimular, ese día vamos a ese Rústica.

Wendy se equivocaba. Yo solamente tengo ojos para ella (cuando estoy con ella, ojo). Pero esa era su percepción de las cosas.

Finalmente, recalamos en el Stragos Bar. Wendy había sugerido bajar a ese sótano. El ambiente era agradable. Apenas dos mesas estaban ocupadas (era lunes), aparte de un par de señores acodados en la barra. Uno de ellos sostenía un micrófono y cantaba una balada. Su canto era deplorable, penoso. Estábamos en un bar-karaoke.

Wendy ya estaba nuevamente de buen humor. Escogimos un lugar cercano al cuarto del dj que colocaba las pistas que los comensales cantarían.

Ordenamos un par de cervezas. Con las cervezas, nos alcanzaron un par de libros con todas las canciones, en español o inglés, que podíamos elegir para cantar. Wendy cogió uno de los papelitos en los que se podía consignar el nombre de la canción, el código de ella y el número de mesa que la solicita. Anotó estos datos de una canción que vio del libro y entregó el papelito al dj.

Antes de que le llegase el turno de cantar, Wendy me dijo que la canción que iban a tocar me la dedicaba.

En uno de los televisores plasma apareció el título de la canción y el nombre del cantante: No pensé enamorarme otra vez – Gilberto Santa Rosa.

Wendy comenzó a cantar y todos los presentes, incluyéndome, nos quedamos enamorados de su voz. Era una voz preciosa, cargada de sentimiento; una voz que se paseaba con soltura por los tonos más agudos que la canción exigía.

Leí la letra en la pantalla. Me conmovió en extremo. Toda ella se aplicaba perfectamente a nuestro caso. Wendy cantaba mirándome, anulando el embarazo que podía sentir de que los circunstantes la mirasen. Me tembló de emoción hasta la última célula del cuerpo: sus ojos y su voz me dedicaban esa canción.

Al terminar, el (escaso) público le dedicó una sentida salva de aplausos. Wendy había deslumbrado a todos los contertulios.

Minutos después, Wendy me dedicó “Una canción de amor” de Gianmarco. En esa ocasión, de lo muy conmovido que estaba, a punto estuve de arrojar un par de lágrimas.

Chapuceramente, momentos después, canté “Whiskey in the jar” de Metallica, recibiendo, al final de la canción, un corro de aplausos, más por el acto histriónico que protagonicé que por las bondades de mi voz (porque, ya se sabe, canto mal).

Wendy recuperó el papel en el que solicitaba la primera canción que me dedicó, la de Gilberto Santa Rosa. Efectivamente, en el papelito ella había escrito: “de Wendy para Daniel”. Me pidió que conservara ese papel. Ahora lo llevo en mi billetera de un sol adonde vaya.

Aquella noche la pasamos juntos en un hotel cercano a mi trabajo. Fue una de las noches más lindas que he pasado con Wendy desde que la conocí en octubre del año pasado.

Domingo 27 de febrero

Domingo 27

Fui a ver a Wendy a su tienda en Quilca. Para causarle la misma impresión que le provoqué el sábado, me vestí con el mismo jean azul oscuro y el mismo polo negro del día anterior, pero cambié mis Caterpillar por unos botines negros de punta de acero marca “Runner” que me dieron en el trabajo (marca de inferior calidad que mis Caterpillar) y mi estupenda casaca azul (casaca que a más de una chica ha impresionado, porque se sabe que ellas quedan más impresionadas por algunas cositas que me echo encima que por la galanura de mi rostro, pues carezco indefectiblemente de dicho atributo físico).

Obtuve lo que quería: Wendy me vio altamente deseable y comestible. Concluyo pues que le gusta mi look casi metalero. La encontré sentada, conversando con su vecina comercial. Me miró con esos ojitos que sólo ella sabe poner. Luego del beso, me senté a su lado. Noté que la ropa que había llevado para el desfile todavía seguía guardada en la maleta. La tienda estaba casi desprovista de ropa. Estaba semi desnuda.

-Amor, ¿no piensas acomodar todo esto?-le dije.
-Tengo flojera, Dani-me dijo-. Tengo ganas de seguir durmiendo, amor. Recién acabo de abrir la tienda-dijo, estirando sus bracitos y dando un ligero bostezo. Eran las tres de la tarde.
-Vamos a mi casa, amor-le dije.
-No-me dijo, poniendo esa vocecita ronquita y engreída que a mí me derrite mortalmente (Supongo que similar efecto causaba esa impostación de voz de Wendy en algunos de sus ex). Cuando hace esa vocecita, soy capaz de hacer muchas cosas por ella.

Finalmente la convencí. Fuimos a mi casa. Antes, compramos una película: El maestro del aire. Película que no vimos o vimos a medias y de modo intermitente pues más rico fue besarnos sobre mi cama, mordernos los labios, decirnos que nos amábamos, tocarnos frenéticamente, mordernos la piel; todo ello, sabiendo que no podríamos hacerlo puesto que ella estaba con su período, y a pesar de que a mí no me importaba mancharme con su sangre, ella se negó rotundamente a consumar nuestros flamígeros escarceos.

-Me muero de ganas de hacerlo, Dani-me decía.
-Yo también-le respondía, muy adolorido por la compresión que mi pantalón jean ejercía sobre mi pene totalmente erecto (erecto pero tirado hacia la derecha).

Cuando sentimos, en alguna pausa que nos tomábamos para respirar más calmadamente, que el televisor ya no emitía diálogos de ninguna película, decidimos poner algún canal para atenuar nuestros ruidos extáticos.

Al pasar del modo video 1 al modo TV, apareció en la pantalla un capítulo más del Chapulín Colorado en Cartoon Network. El capítulo era aquel en que Ramón Valdez hace de un paisano perezoso y haragán (pero buena gente) a quien se le ha ordenado subir unos costales al segundo piso de una casa. Carlos Villagrán representa al jefe de Ramón Valdez y Edgar Vivar caracteriza estupendamente a un gringo que, a cada momento, le está tomando fotos al “Chapulin Coloradou”.

Al ver ese capítulo con Wendy corroboré una vez más que no quiero separarme de ella. Nos reímos a mandíbula batiente de las ocurrencias de los disparatados personajes de Chespirito, pero, más que de las ocurrencias de dichos personajes, nos reímos de los comentarios que lanzábamos al respecto de los actos perpetrados por esos genios del humor. Éramos como dos grandes amigos que se reúnen a ver su serie favorita. Quizá por eso estoy tan unido a Wendy, porque más que alguna atracción sexual (la cual existe y es muy fuerte), nos une una poderosa complicidad, un compartir diario, una mutua comprensión.

Al finalizar el capítulo, decidimos que era hora de que Wendy se fuera a su casa. Me ofrecí a acompañarla hasta la puerta de su domicilio.

-Amor, ¿quieres chaufita?-me preguntó, haciendo sonreír esos ojitos preciosos que tiene.
Yo no suelo comer en las noches, pero por ella puedo comer hasta en las madrugadas inclusive.
-Pero Wendy, no deberías invitarme muy seguido, te vas a quedar corta de plata-le dije, preocupándome por su economía. Ya venía invitándome chaufa desde hacía una semana y quizá más.
-Amor, vamos nomás, yo te invito, mi cholito-me dijo.

No sólo me invito un suculento plato de arroz chaufa en el local de Judith, sino que me invitó un flan. Acompañamos las atiborradas cucharadas de arroz con una gaseosa extremadamente helada, tal cual nos gusta.

-Wendycita, mañana me pagan, mañana salgo de misio-le cuento.
-Para celebrarlo perdámonos mañana, amor. Quiero dormir contigo. Pasar la noche juntos y hacer “eso”. Mañana ya me quito mi parchecito-dijo, refiriéndose a su toalla higiénica-. Yo pongo la habitación del hotel y tú pon unas cervezas heladas.
-¿Unas cervezas? Amor, mañana tengo que trabajar.
-Hay que perdernos, Dani. Esto lo vamos a hacer una vez, para celebrar tu primer sueldo.
Accedí. Pensándolo bien, no debo desaprovechar los momentos desenfrenados que el destino me pone en el camino. Sólo se vive una vez, estamos de paso por este mundo, y más vale extraer el néctar de cada momento. Además, un escritor siempre tiene que estar dispuesto a experimentar.

Mañana (hoy Lunes), experimentaré con Wendy el tomar unas cervezas, hacer el amor embriagados de alcohol y de pasión y despertarme lo más temprano posible para ir al trabajo con la misma ropa del día de ayer.