jueves, 15 de marzo de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 29


Del sábado 15 al martes 18 de octubre del 2016

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

Horacio Quiroga – Decálogo Del Perfecto Cuentista

El hombre elefante, sentado en una de las camas, el rostro impasible, lo vio llevarse el vaso con cianuro al borde de la boca. Lo vio dudar. No había suicida que no hubiera experimentado ese segundo de vacilación antes del paso definitivo. Lo imaginó recordando aquellos episodios que lo habían orillado hasta ese punto, hasta ese hospital, hasta esa cama, hasta ese vaso.

Desembolsé los quinientos dólares. Me dolió. Me esperaba otro golpe más tarde. La dependienta del banco me indicó que, para finalizar el trámite, aún debía presentar una copia legalizada del acta de fundación de la empresa. Apenas la tengas, regresas. Más papeleos. No les bastaba el dinero. Regresé al cuarto de Zepita. Estaba muerto de calor. Me ardía la piel. El agua fría de la ducha fue una bendición. Pensé en Rosario. Le era imposible entender que vivía una etapa de exploración: necesitaba conocerme a mí mismo y volcar ese conocimiento en la novela. El mundo de las tracas me invitaba a penetrar en él. Mientras durasen mis pesquisas, no podía prometerle fidelidad a nadie. Solo podía serle fiel a mis instintos y a mis ideas.  

Con el derecho, su único ojo bueno, veía el vaso de cianuro tambaleándose en la boca de su amigo. Era imposible que supiera que el suicida anhelaba escuchar unas notas de La Cabalgata De Las Valquirias para apurar el contenido del vaso, para matarse de una buena vez.

En lugar de seguir por Wilson, tomé Quilca. La tarde estaba algo fresca. En una de las librerías, vi el tomo de los cuentos completos de Horacio Quiroga. De él, había leído Cuentos De Locura De Amor Y De Muerte, su cuentario más popular, más impreso, más pirateado. El tomo era original. Editado por Alfaguara. ¿Tiene copias, maestro? No, a nadie le interesaba leer la obra completa de Quiroga. Los piratas se volcaban sobre lo popular; no necesariamente lo mejor. A cuánto me lo deja, maestro. Sesenta soles, joven. Mucho. Regateé. Lo dejamos en cuarenta y cinco. Pagué. Valió la pena. El tomo no solo contenía los cuentos; también ofrecía una biografía del autor y un análisis de su obra. Salí de Quilca leyendo el libro. Retomé Wilson. Fui a la tienda de la gordita machona. Me mostró la laptop. En la foto, lucía menos aparatosa. No me quedaba más alternativa. A cambio de mi laptop malograda, y cuatrocientos cincuenta soles, recibiría esa máquina de apariencia anticuada, aunque, según la gordita, muy moderna por dentro.

Tenía dos meses de nacido cuando vi morir a mi papá. Obviamente, me era imposible recordar el incidente. Mi madre me lo revelaría tiempo después. Papá ejercía un importante cargo diplomático. Era un tipo justo, divertido y bonachón. Sus vicios eran su familia, su trabajo y la cacería. Debido a una inopinada diligencia diplomática, no pudo estar al lado de mamá durante el parto. Esto le dolió tremendamente. Dos meses después, tras la conclusión exitosa del asunto que lo había mantenido en ajetreos, solicitó veinte días de descanso. El ministro, su jefe, se los concedió. Los tenía bien merecidos. Alquiló una cabaña en uno de los parajes más boscosos de la provincia en que residíamos. La idea era alejarnos del ruido de la ciudad, que el mundo se redujese a nosotros tres en llano contacto con la naturaleza. A los cuatro días de instalados, papá anunció que saldría a cazar. Se internaría en el río que corría cerca de la cabaña. Estaba ansioso por descubrir la fauna que derribaría con su escopeta. A la mañana del quinto día, zarpó en el botecito que flotaba con quietud a un lado del pequeño muelle. Regresó con el crepúsculo. Abarloó el bote y se aprestó a salir de él. Mamá, tras divisarlo por una de las ventanas de la cabaña, y conmigo en brazos, fue a su encuentro. Quería que los tres nos fundiésemos en un largo abrazo. Mamá y yo estábamos ya en el muelle, acercándonos a papá. Él, de un salto, abandonó la embarcación y aterrizó sobre los tablones del muelle. En ese preciso instante, la escopeta, que tenía colgada del hombro, se disparó. La bala le ingresó por la barbilla y le salió por la coronilla, volándole la tapa de los sesos. Su cuerpo cayó pesadamente sobre los húmedos tablones del muelle. Únicamente la cabeza quedó fuera, colgando por encima de las aguas del río. Parte del cerebro terminó como alimento para los peces. Mamá quedó paralizada por varios minutos antes de reaccionar. No dejó de sujetarme con fuerza. Tampoco dejó de temblar.

Pero, amigo, la laptop va a estar lista todavía el martes. Te rogaría que vuelvas ese día. Me falta añadirle unos detallitos. Contaba los billetes que le acababa de entregar. Billetes nuevos, recién salidos del cajero automático. Hija de puta. Me habías dicho que ya estaba lista, que dependía de mí aceptar o no el trueque. No le dije nada. Acepté mansamente, sin emitir queja alguna. Caminando al cuarto, leyendo a Quiroga, no dejé de farfullar mi mal humor. Cómo era posible que jugara con un cliente como yo, que pagaba por adelantado. Así, no más, un peruano no pagaba nada por adelantado. Los peruanos eran desconfiados, jodidos. Yo no. Yo prefería confiar en las personas, aunque ellas terminaran atorándome el culo, como lo acababa de hacer esa gorda machona.  

Aquel día sí fui testigo de cómo una bala destrozaba un cráneo humano. Ya no era un bebé. Tenía diecisiete años. Regresaba de manejar bicicleta. Había estado con unos amigos con quienes compartíamos la afición por el ciclismo, a tal punto que pensábamos formar un grupo al que denominaríamos La Sociedad Del Ciclismo. La inauguraríamos recorriendo un tramo de ciento veinte kilómetros de un camino agreste, desde Salto hasta Paysandú. Aficionado a la mecánica, le había efectuado innovadoras modificaciones a mi bicicleta, haciéndola más veloz y resistente. Abrí la puerta de la casa. Mamá no estaba en la cocina, lugar donde solía pasar la mayor parte del día. Pensé que habría salido con Ascencio, mi padrastro. Llevaba cinco años de casado con mamá. Ascencio no era el típico padrastro malvado. Era el padre que no llegué a conocer. Por desgracia, hacía tres meses, un derrame cerebral le había paralizado medio cuerpo y arrebatado el habla. Quedó notoriamente reducido. Me dolía verlo así. Yo lo quería mucho. Había sido un tipo jovial, pletórico de vida. Fui a su cuarto. La puerta estaba junta. La abrí por completo. Ascencio tenía los ojos arrasados por el miedo y las lágrimas. Nuestras miradas llegaron a encontrarse, pero el contacto no evitó que frustrase lo que tenía planeado hacer desde que hubo tomado conciencia de que su cuerpo, de que él, se había convertido en un guiñapo, en una carga. Estaba parado en medio de la habitación. El cañón de su escopeta le apuntaba a la barbilla. Un rudimentario mecanismo le unía el dedo gordo del pie derecho, el único lado que aún podía mover, al gatillo del arma. Una fracción de segundo después, un ramalazo retumbó por toda la casa, estremeciendo las paredes y mis tímpanos. Su cuerpo, tirado sobre el suelo, había quedado prácticamente decapitado. La bala era de aquellas que detonaban y destrozaban todo lo que se cruzara en su camino.

Recibí un mensaje de Rosario: Te voy a prestar los quinientos dólares. No te preocupes. No podía creer lo que leía. ¿Por qué se animaba a prestarme semejante cantidad de plata luego de haber descubierto las perversiones que anotaba en mi diario? La respuesta me saltaba en la cara: porque me amaba. Su mensaje y la intención arrebujada entre sus líneas eran una razón más para amar a esa mujer. Te lo agradezco un montón, le respondí. Cogí el libro de Quiroga y seguí leyendo. Hacia las diez de la noche, tenía los ojos reventados, lagrimeando. Salí. Caminé hasta Alfonso Ugarte y tomé el bus a casa de mamá.

Federico Ferrando fue mi mejor amigo y un tremendo poeta. Junto con otros compañeros, fundamos un grupo literario. Federico prestaba su casa para las reuniones. Discutíamos textos y leíamos nuestras creaciones. La mayoría escribía poemas; yo no. Lo mío era la narración. Supongo que no tenía la sensibilidad que exigía la poesía. Algunos poemas conseguían ser publicados en revistas y en diarios. Cada publicación era un logro en la expansión de nuestro afán de renovación poética. Amenizábamos las tertulias con vino y harta marihuana. Los experimentos poéticos del grupo no siempre cayeron bien. Los críticos más conservadores nos saltaron encima. Uno de ellos, de curioso y onomatopéyico apellido, volcó su virulencia contra Federico; no contra la calidad de sus escritos, ojo, sino contra la persona de Federico. En una columna periodística, lo llamó espantapájaros. Era evidente que no había leído una palabra de la obra, hasta ese momento desperdigada, de Federico. No le interesaba hacer crítica. El cerebro no le daba para tanto. Lo suyo era la pelea de callejón, apelar al facilismo, al insulto elemental. Federico no era cuidadoso con su imagen. Efectivamente, parecía un espantapájaros. Yo diría más: un loco de la calle. Enfocaba toda su atención en la poesía. Escribir una sola línea le demandaba días, incluso semanas. La perfilaba, la tallaba, le entresacaba las impurezas. Volcaba la vida en el papel, descuidando, entre otras cosas, su aspecto personal. Federico no toleró la ofensa pública. El diario en cuyas páginas fue insultado le concedió una columna para que ejerciera la justa réplica. Tras apabullar al crítico con fundamentadas razones, lo retó a duelo. Propuso hora y lugar. Luego de dejar el artículo en la imprenta, regresó a su casa. Nos encontramos ahí. Conversamos en su cuarto. Me mostró el revólver que usaría para el duelo. Era un viejo Lefaucheux de mediados del siglo diecinueve. Lo examiné. Como entendía de armas, quise asegurarme de que el revólver estuviese operativo. Lo peor que le podía suceder a un duelista, y había ocurrido en varias ocasiones, era que su arma no disparase en el momento deseado. Muchas vidas habían terminado prematuramente por semejante imprevisto. El arma era vieja, una reliquia, pero parecía hallarse en buen estado. Revisé el resorte del seguro. Estaba duro. Cogí un alicate e intenté moverlo. Jalé, sin medir la fuerza, y el resorte cedió. La habitación tronó. Los vidrios se estremecieron y el vacío se llenó de un humo denso y asfixiante. Un pitido agudo me taladró los tímpanos. El tiempo se detuvo. Volví a la realidad cuando sentí que un bulto caía a mi lado, sobre la cama. Me espanté. Aún cegado por las tinieblas, palpé el bulto. Era un cuerpo. No podía ser otro que el de Federico. Éramos los únicos ocupantes del cuarto. Aterrado, abrí las puertas y ventanas. Con el humo disipado, pude ver la escena completa: el disparo le había destrozado toda la mandíbula. Un pozo de sangre empezaba a circundarle la cabeza. Mi amigo no se movía. Tenía los ojos en blanco. Corrí a buscar ayuda. Acudieron su hermano y el jardinero de la casa. No había nadie más. Lo trasladamos al hospital, aunque sabíamos lo inútil de la empresa: llevábamos un cadáver. Algunas horas después, me entregué a la policía. Maté a una persona, les dije. Me aprehendieron. Me recluyeron en una celda maloliente y húmeda. Estuve preso cuatro días hasta que se comprobó que todo se trató de un estúpido accidente.    

De tanto en tanto, a pedido de la bebe, corría al baño: Papi, ya terminé, límpiame. Volvía a tenderme en el sofá, una Pilsen helada al costado, y continuaba con los cuentos de Quiroga. Había empezado a leer desde las seis de la mañana de ese domingo. Hacia las ocho de la noche, terminé el libro: cuatrocientas páginas de los mejores relatos del cuentista uruguayo. Estaba agotado; los ojos destrozados. Dejé a la bebe en casa de su mamá. Llegué a mi cuarto con el único deseo de tirarme en el colchón. Antes de desconectarme, le dejé un mensaje a Jean Carlo: que me disculpara, pero iría a la oficina luego de la hora del almuerzo. La razón: debía reunirme con unos clientes de mi empresa, de cuya existencia Jean Carlo estaba debidamente enterado. Cuando le hablé de ella, luego de felicitarme, me aseguró que, si alguno de sus clientes pedía un estudio de ventilación complejo, me los mandaría. Envié el mensaje y apagué el celular. Era cierto: FAMIC quería reunirse con nosotros; conmigo y con mi hermano, para entregarnos los datos que necesitábamos del proyecto de la mina Ranra. Dormí hasta las ocho de la mañana del lunes. A las nueve, estaba con mi hermano en una notaría de Lince. Legalizamos la copia del acta de fundación de la empresa. Tres horas para que un abogado firmase el papel. En la tarde, debía dejar la copia en la agencia del banco en Chorrillos. Con eso finalizaría el trámite de la apertura de la cuenta en dólares de la empresa. Tomamos un taxi a San Isidro. Llegamos puntuales a la cita en FAMIC. Uno de sus ingenieros nos entregó los datos luego de cuatro horas. El huevón se había puesto a trabajarlos recién cuando nos vio llegar. Consecuentemente, almorzamos tarde. Fuimos a un chifa. Eran casi las cinco cuando salimos del restaurante. No tenía sentido aparecerse en la oficina de Jean Carlo a esa hora. Le mandé otro mensaje: la reunión se había prolongado, que me volviera a disculpar, nos veíamos mañana. Apagué el celular. Me despedí de mi hermano. En el bus al Centro, recibí un mensaje de Rosario. ¿Cómo te fue en tu reunión? Ella siempre pendiente de mis asuntos. Bien, le respondí. Continuamos la conversa. Terminamos citándonos para vernos en la noche. Sí, tal cual, como si nunca hubiese visto el diario donde anotaba mis desafueros e infidelidades. Nos encontramos en la esquina de Wilson con Quilca. Me provocó una salchipapa en El Kachito. Entramos. Ella tenía una botella de té helado en su bolso, bebida que se había popularizado rápidamente. Prueba, me dijo. No, le dije, no me gusta. Prefiero mi Inka Kola helada. Me acercó la botella. Cómo vas a decir que no te gusta si nunca lo has probado. Probé. Me gustó. Desde ese día, empecé a consumir los té helados siempre que estuviesen bien helados. Nos sirvieron las salchipapas. Eran inmensas. Las mesas estaban grasientas. Eran la marca distintiva de El Kachito. En el televisor del lugar, empezaba una película de Marvel. Relataba los orígenes del irascible Wolverine. Me enganché con el inicio, a pesar de que el bullicio de la avenida Wilson ahogaba los diálogos de los personajes. Rosario también se había enganchado con la película. Vamos a mi cuarto, le propuse. Buscamos la pela en internet y la vemos. Nos habíamos citado para conversar y compartir una cena; de pronto, le proponía ir a la cama. Era evidente que solo podíamos ver la película echados en mi colchón. De ahí a lo otro, solo había un paso; sobre todo si sabíamos que éramos un par de arrechos.

Cierto día, Ana María, mi primera esposa, determinó que había sido suficiente. No toleraría un segundo más la vida de reclusión que llevábamos en la selva de Misiones. La euforia de sus veinticinco años era incompatible con el sosiego de mis treinta y siete. Una tarde, mientras los chicos jugaban en la sala de nuestra cabaña, bebió el pomito del ácido acético que usaba para revelar mis fotografías. No logró terminarse el contenido porque una potente quemazón le corroyó el tracto digestivo. Los niños, alarmados por los desgarradores alaridos, corrieron hacia nuestra habitación. Hallaron a su madre retorciéndose en el suelo. No atinaron a nada. Eran muy pequeños para hacer algo. Eglé tenía cuatro años y Darío tres. Volví a casa varias horas después. Traía la leña para la semana. Papi, mami está mal, me recibió Eglé. No estaba mal; estaba muerta.  

Veíamos la película echados sobre el colchón. Era obvio que no la terminaríamos. Nos ganaría la arrechura que palpitaba en nuestros genitales. Empezamos en la misma posición: boca abajo, con los codos hincando el colchón. Nos separaba una cierta distancia. Para la mitad de la película, quedamos hombro con hombro. La trama dejó de interesarme. Alucinaba con el sexo que se avecinaba. Le pregunté si no tenía problemas con que me desnudara para dormir. Ella sabía perfectamente que yo dormía calato. No, me dijo. Agregó que también haría lo mismo, pero conservando el sostén y el hilo. Se me escapó una gotita al oír aquello. Sonó su celular. Contestó. Una sombra le cubrió el rostro. Qué pasó, le pregunté. Su abuelita acababa de sufrir un derrame cerebral. Varias veces me había hablado de ella. La quería muchísimo. Tenía una edad incalculable; posiblemente pasase los noventa años. Nadie sabía la fecha exacta de su nacimiento, ni siquiera la propia abuela. Debía irse. Habían internado a la abuelita en una clínica. Era casi medianoche. La acompañé al paradero. Caminamos hasta Wilson. Paramos un taxi. La tarifa fue razonable.

Se había convertido en uno de los cuentistas más importantes en Uruguay y Argentina. El Edgar Allan Poe latinoamericano. Sin embargo, ya nada de eso le importaba. El doctor se lo había dicho sin rodeos: el cáncer que tienes es incurable. Tomó la noticia con inesperada calma, pero le solicitó un permiso de salida. Hacía un mes que estaba internado en ese hospital de Buenos Aires. De pronto, he sentido que necesito abrazar a mi esposa y a mi hija. El doctor entendió. Le concedió la salida. Volvería antes de la medianoche, doc. No tenías por qué venir; nosotras te íbamos a visitar mañana, le dijo tiernamente Ana María, su segunda esposa, luego de haber recibido el abrazo de ese hombre espigado, barbudo, en extremo delgado. Le hubiera gustado ver a Darío y a Eglé, sus hijos ahora veinteañeros. Deseo imposible. Se habían alejado de él jurándole un odio eterno por la muerte de su madre. ¿Cómo así te dejaron salir del hospital? Les dijo que había sentido unas ganas enormes de verlas. Solo eso. El doctor había sido muy comprensivo. Mañana vamos a estar contigo todo el día, amor. Les dijo que las esperaría con ansias. De camino al hospital, se detuvo en una droguería. Compró uno gramos de cianuro. Para matar unas ratas, le dijo al dependiente. Éste reconoció al gran escritor uruguayo. No le cobró; por el honor de haberlo conocido.
   
Rosario prometió mensajearme para confirmarme que llegó bien a la clínica. Eran las doce y media de la madrugada. Crucé Wilson. En la esquina con Piérola, entre los pocos autos detenidos por el rojo del semáforo, una joven -entre quince y dieciocho años- paseaba una bolsa de caramelos. Las ventanillas cerradas le ofrecían demoledora indiferencia. Era una muchacha delgada, el rostro marcado por una larga resignación. El tiempo y la pobreza habían envejecido sus ropas. La escena que protagonizaba me conmovió hasta las lágrimas. ¿Qué hacía esa niña vendiendo caramelos hasta esas horas de la madrugada? Traté de imaginarme la tremenda necesidad que la obligaba a conducirse de esa manera: una madre desahuciada, unos hermanitos hambrientos peleándose por un pedazo de pan. No era justo que esa niña tuviese que sobre esforzarse a cambio de unas cuantas monedas. Ella debería estar durmiendo, descansando, reponiendo fuerzas para estudiar, no para desgastarse trabajando a cambio de un pago miserable. ¿Dónde estaba el papá que permitía esa situación? Lloré, parado en esa vereda de la esquina de Wilson y Piérola. Lloré porque si me moría, mi bebe podía convertirse en aquella infortunada muchacha. Me la imaginé con una bolsa de caramelos, con frío y con hambre, paseándose entre la indolencia de los autos. Esa muchacha era mi hija. Metí las manos en los bolsillos. Hallé un billete de veinte soles. No lo dudé. Era mi hija a quien nadie le compraba los caramelos. Me sequé las lágrimas y respiré hondo. Me acercaría a ella. Estaba sentada en la berma del islote que separaba los dos carriles de la pista. Crucé Piérola con facilidad. Ya casi no había autos. En pocos minutos, la muchacha dejaría de tener clientes. Se le esfumaría la esperanza de convertir sus caramelos en panes. Hacía algo de frío y la niña estaba en sandalias. Una vez delante de ella, me traspasaron sus ojos dóciles. Hola. ¿Cuánto por un caramelo?, le dije, tratando de controlar las emociones que me traicionaban. Diez céntimos la unidad. ¿De qué sabor lo quiere?, preguntó. Hay de limón, naranja y manzana. Su entusiasmo me desconcertó. ¿Quién podía alegrarse por diez céntimos? La gente en extrema pobreza. Uno de manzana, por favor. Examinó la bolsa. La alegría se le salía por los ojos. Era un pan más para la casa. Encontró un caramelo de manzana. Me lo alcanzó con una sonrisa. Cuando le entregué el billete, la frustración y la pena nublaron la chispa de sus ojos. No tengo vuelto, dijo, apenada. No te preocupes, le dije. Quédate con el vuelto. La sorpresa la dejó sin palabras. Se quedó sujetando el billete, dudando de la veracidad de lo que acababa de ocurrirle. Gracias, le dije, y me fui. Caminé por Piérola. Volví a llorar. Esos veinte soles no serían suficientes para recuperar un futuro ahogado por la insensibilidad y la injusticia. Aquella noche determiné que no viviría demasiado en este mundo. Había que tener un alma despiadada para “ser feliz” cuando se sabía que más de la mitad de la población se iba a dormir sin haberse llevado nada a la boca. Había que ser una mierda para presumir en Facebook todo lo que uno tragaba en medio de tanta miseria. Yo era adicto al sexo, a las mujeres de pechos y culos descomunales. Luego de pagarles y llenarlas de semen -pagando era la única manera en que podía llevarme a la cama a una mujer tetona y culona-, me asaltaba una culpa sin fondo. El dinero gastado pude habérselo donado a alguna de las tantas personas hambrientas que había en la ciudad. Ese pensamiento no me dejaba vivir. No me dejaría vivir. Estaba seguro de que terminaría suicidándome. Había que ir pensando en la forma de hacerlo. 

Finalmente, bebió el cianuro. A los pocos minutos, se convirtió en una máquina de aullidos. Su estómago era una bola de fuego. El cuerpo le ardía desde adentro. Se le hacía difícil respirar. Había planeado matarse de un modo discreto; no gritando ni retorciéndose, echando sangre por la boca. Unos enfermeros acudieron a los gritos. El hombre elefante permanecía sentado sobre una de las camas. No le dolió ver al amigo en semejante estado. El suplicio que experimentaba no era nada con respecto al que le hubiera aguardado de continuar viviendo con ese cáncer. En todo caso, era un pago necesario antes de alcanzar la paz total. Nada pudieron hacer los enfermeros. El afamado escritor uruguayo, Horacio Quiroga, falleció a los pocos minutos. Eran las primeras horas del diecinueve de febrero de mil novecientos treinta y siete. Meses más tarde, se suicidó Eglé, su primera hija. Quince años después, Darío, el segundo hijo, siguió el mismo destino.  

miércoles, 21 de febrero de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 28


Del martes 11 al sábado 15 de octubre del 2016

He releído un poco mi diario. Hay en él diez páginas bien escritas que justifican tal vez la locura de haberlo comenzado. Todo el resto es una colección de hechos nimios, pésimamente redactados, donde la insipidez de mi vida está pintada con la elocuencia de un picapedrero.

Julio Ramón Ribeyro – La Tentación Del Fracaso

Yo no me prostituyo. Hace una pausa. Sus ojos lanzan un chispazo. Añade, el índice colgando de sus labios: Bueno, no siempre. Es viernes. Tengo una idea rondándome la cabeza: deshacerme de la sanguijuela de mi esposa. Azul está hermosa. Verla me relaja. Son casi las diez. Debo estar en el cuarto en dos horas. Rosario pasará la noche conmigo ¿No te hizo efecto el whiskicito de la vez pasada?

Hubo trabajo en la oficina. Un proyecto en Ecuador: ventilar un par de túneles mineros. Los clientes, además de comprar los ventiladores, querían saber cómo emplearlos eficientemente cuando los túneles fueran extendiéndose. Me pasé el día hundido en la computadora, los mocos cayendo sin control, el sudor apelmazándome el cuerpo. La fiebre se me había complicado con un fuerte resfrío. El whisky de Azul no me había ayudado; si lo hizo, el efecto debió de esfumarse con el susto de esa vez. A pesar de mi lamentable condición, la nariz roja de tanto restregármela, los ojos adoloridos, los mocos desparramados en las teclas y en mis manos, el sudor empapándome la camisa, terminé el trabajo. Hecho una mierda, pedaleé hasta Zepita. Empezaba el Perú-Chile; allá. Partido complicado. El último empate con Argentina esperanzaba al hincha. La prensa había dictaminado: si perdíamos, a pensar en Catar 2022. Perdimos.

Ay, fue horrible. Había sacado la botella de whisky. Me sirvió un poquito. Me acompañó. Menos mal que te fuiste. No sé qué hubiera pasado si te encontraba aquí. Quiero bombardearla de preguntas. Me contengo. Es mejor que la historia le fluya sin presiones. No hay ruido en las calles.   

La prensa dedicó sus titulares a la derrota: la selección quedaba fuera del mundial. Chile volvía a ser nuestro verdugo. Llevaba en la mochila un buen de pastillas. Tragaba dos cada cuatro horas. Una no era suficiente. Había toneladas de trabajo en la oficina. Terminé los cálculos del proyecto tunelero aún con el acoso de los mocos y la fiebre. Envié el reporte a los clientes. Para la noche, luego de la manejada a casa, me sentí algo mejor. La transpiración me había expurgado. Se me antojó un sánguche y una Coca helada. Fui al Chinito. Las lonjas de cerdo tenían más grasa que carne. Tomé dos pastillas más. Me urgió tirar con una de las tracas. Eyacular me restablecería por completo la salud, me purificaría. Salí discretamente de la sanguchería y me di una vuelta por Chancay y Peñaloza. No hallé ninguna puta que fuera tetona, culona y bonita al mismo tiempo.

No te voy a decir su nombre. Es mejor así. Está echada en la cama y yo sentado en la única silla del cuarto. De vez en cuando, se oye el bocinazo de algún furibundo conductor. No me pegó. Me habló fuerte. Gritaba. Me pregunto qué pasaría si se apareciese por aquí otra vez. No esperaba que viniera. Me sorprendió. Se para. Abre uno de los cajones de su ropero. Viste un short y un polito. Las zapatillas son Adidas. Saca un paquete y un par de cigarros. El paquete lo deja sobre la cama. Me ofrece uno de los cigarros. Lo rechazo. No fumo. ¿Me creerías si te digo que me cago en plata? Coge un encendedor del tope del armario. Prende el cigarro. Abre la ventana y, como aquella vez, saca medio cuerpo hacia la noche. Todavía me parece increíble la manera en que la conocí. Quería contar la historia de un transexual en mi novela; sus costumbres, su entorno. Por eso, frecuentaba las discotecas de ambiente del Centro. Sin planearlo, en una lavandería, conozco a Azul. Tiene un culo hermoso. Me gustaría tomarla de la cintura, besarle el cuello, la boca. Puede ser muy arriesgado. No conviene. Me puede echar del cuarto, terminando una historia que ni siquiera ha empezado. Te gusta mi trasero, ¿verdad? Me costó harto tenerlo así ¿Qué le harías si te lo diera por unos minutos? Sigue en la ventana. Continúa fumando. ¿Es cierto lo que acabo de escuchar?

Yo no le importaba gran cosa. Le hubiera dado igual si me atropellaba un auto. La noche del jueves fuimos a una de las sangucherías de la Alborada. Ya estaba mucho mejor. Mi propia receta médica había funcionado.

Se retira de la ventana. Tira el pucho a la calle. El polito deja ver el arete en su ombligo. ¿Te gusta mi cuerpo? Claro que me gusta. Me encanta. Se mira las caderas. Se las toca. Se me acerca. No se me para del todo. ¿Si regresa el tipo del lunes? Cuando la pinga se asusta, difícilmente se carga de sangre. Imposible ponerla dura

Necesito trescientos soles, Daniel. No paraba de pedirme plata, muy al margen de la que le entregaba puntualmente cada mes. Nada de por favor ni palabras amables. Sabía que, si me hablaba suave, le negaría sus pedidos. Si me hablaba con fuerza, habría más chances de que accediera a sus demandas. Si esto fracasaba, empleaba su último e infalible recurso: Te metes tu plata al poto y me voy con mi hija a vivir adonde yo pueda, así sea en la punta del cerro. Entonces, no me quedaba más alternativa que ceder. ¿Para qué quieres los trescientos? Le formulaba las preguntas con tino, evitando que explotase. Para inscribirme en el gimnasio. Quiero tomar clases de spinning y, con el tiempo, ser instructora. Quiero trabajar y dejar de pedirte plata. Había declinado la fiereza en la entonación de sus palabras. Vi la oportunidad para sobreponerme y aclararle que no botaría el dinero en tonterías. No puedo darte esa plata. Es mucho dinero. Necesito ahorrar. ¿Cuándo lo vas a entender? Explotó: Nunca me apoyas en nada. Me paso todo el día cuidando a tu hija. ¿Crees que es fácil? No tengo tiempo para mí, para mis cosas. Ya voy a cumplir treinta años y no soy nada. Soy una simple ama de casa. No es justo. Repliqué, sin medir las consecuencias: Pero cuando te conocí no estudiabas nada. ¿Ahora yo tengo la culpa de que seas ama de casa? Los dos tuvimos a la bebe. Me corresponde trabajar para tenerlas con comodidad. ¿Acaso me quejo como tú? Me gustaría pasármela leyendo o escribiendo, pero no, tengo que trabajar. Es mi obligación. No creas que estoy orgulloso de ser ingeniero. Maximizó su bravura: No me vengas con tonterías, Daniel. Igual tú sales a trabajar y te distraes. Yo paro encerrada en la casa. Yo me trago todos los problemas. No es fácil. Siento que me ahogo. La bebe comía sus papitas. Parecía ajena a la discusión, pero estaba atenta. Intentó calmar a su mamá: Mami, toma. Come. Le alargó una papita frita. Ella le respondió con aspereza: No quiero; come y no molestes. No iba a permitir que a mi bebe le salpicaran los odios de esa mujer. Siempre que el asunto era dinero, se convertía en una bruja. Ok, ok, te voy a dar los trescientos. Pero era tarde. Ya se había resentido. ¿Sabes? No soporto verte. Eres un tacaño de mierda. Se levantó de la mesa y se fue. No corrí tras ella. La bebe continuaba comiendo. Le acerqué a la boquita los nuggets de pollo. Sus ojitos se abrían como platos. Gozaba. Por la bebe, valía la pena cualquier sacrificio. Terminó su pollito y caminamos a casa. Toqué el timbre. Bajó mi esposa. Nos abrió la puerta. Intenté calmarla. Debía asegurarme de que su mal humor no afectaría a la bebe. Debía ceder. Mañana, en la mañana, te deposito los trescientos, le dije. Como quieras, dijo y cerró la puerta. ¡Plaaa!, sonó la reja. Desde el rellano de la escalera, la bebe me miró: Papi, no te vayas. Era muy pequeña para entender que su papá había sido expulsado de la casa.

Qué perra. Estamos echados en la cama. Una de sus manos serpentea dentro de mi pantalón. Juega con mis testículos. Los acaricia. ¿Y por qué soportas tanta mierda?, pregunta. Por mi hija. Sin darme cuenta, le estoy contando mis intimidades. ¿Y por qué no te divorcias? Porque no quiero perderla. Me sería fatal que ella creciera viéndome solo unas cuantas veces a la semana. Albergo la esperanza de que volvamos a vivir juntos, sin peleas ni dificultades. ¿Y qué tiene que pasar para que vivan juntos? La respuesta es una gran pendejada, digna de un soñador contumaz como yo. Que me salga la visa de trabajo para los Estados Unidos el próximo año. Me dice que estoy loco. Si te trata mal acá, lo hará en cualquier parte del mundo. Le doy la razón. A veces pienso, le digo, que todo sería más fácil si ella desapareciese, que solo fuésemos mi hija y yo. Permanecemos en silencio. De pronto, me arrepiento de haber confesado tan bajos deseos. Si tú quieres, te puedo ayudar. Solo tienes que estar dispuesto a arriesgarte. Su mano me restriega la pinga. De la punta, salen elásticas gotas que terminan embadurnándole la mano. Se ve que eres un buen padre.

Nadie quería un hijo vendedor. Querían médicos, ingenieros, contadores, abogados. Jamás vendedores. De acuerdo con el contrato, yo era “ingeniero de proyectos”, pero trabajaba en una empresa que vendía ventiladores. Jean Carlo no solamente esperaba simulaciones y cálculos; esperaba que recurriera a mis contactos para generarle nuevas ventas y más ingresos. Yo no tenía contactos en la minería. Nunca fue mi intención tenerlos. Hice amigos que luego perdí porque no había de qué hablar. Sus temas eran mineros; los míos no. Yo prefería estar callado. Ellos vivían orgullosos de ser ingenieros de minas; yo no. No tenía más remedio que conseguirme los contactos si quería conservar el trabajo. Había una familia por mantener. Rosario, experta en conseguir información reservada, me pasó un directorio minero. Debía usar el celular chanchito que Jean Carlo me proveyó y llamar. No me atrevía. No sabía cómo convencer a un huevón para que comprase ventiladores. Me cagaba de miedo. Recordé que había visto miles de veces El Lobo De Wall Street. Volví a ver algunos extractos en YouTube, especialmente aquellos relacionados con cerrar una venta. Leonardo DiCaprio interpretaba portentosamente a Jordan Belfort, el ex corredor de bolsa que levantó un opulento imperio gracias a su habilidad para las ventas. Hallé una serie de videos en los que el mismísimo Belfort, convertido ahora en conferencista, enseñaba su infalible técnica de venta. Había diseñado un guion que sutilmente activaba los gatillos psicológicos que hacían que una persona comprase lo que le ofrecieras. El guion no debía ser leído como cualquier cosa. Había que meterle suspenso, emoción, suavidad, fuerza. La modulación de la voz era clave. Al cabo de un mes, tenía confeccionado mi propio guion, adaptado a la industria minera. Las personas listadas en el directorio no eran simples hijos de vecino; eran los gerentes de las principales y no tan principales minas subterráneas del Perú. Yo, un huevonazo, tratando de hablar con gente que no sabía lo que era viajar en transporte público ni manejar una bicicleta desde el Centro de Lima hasta Chorrillos. Sin embargo, las palabras de Belfort me animaban: Con este guion, cualquiera puede cerrar una venta. Stratton Oakmont la inicié con gente que con las justas había terminado el colegio. Les di este guion y les enseñé cómo utilizarlo. Al cabo de un año, esos fracasados habían hecho su primer millón de dólares. Apliqué el guion. Hacía entre cuatro y cinco llamadas a la semana. Antes de llamar, sentía miedo. Entonces, pensaba en mi hija y acopiaba el valor necesario para continuar. Nadie me colgaba el teléfono. Por el contrario, me escuchaban. Se interesaban. No vendía en la misma llamada, porque comprar ventiladores no era lo mismo que comprar chocolates, pero obtenía citas. Esto ya era un logro. Querían escucharme personalmente. Ese día tenía una cita con el gerente de la mina El Torcal. Fui solo. Llevaba una presentación acorde con las expectativas del cliente. No me interesaba la comisión que Jean Carlo ofrecía por la venta de sus ventiladores. Para mí, era una cuestión de superación, de probarme que podía. El gerente se mostró interesado. Mándame una propuesta comercial y a ver si me puedes ayudar con este problemita que tenemos en la mina. Queremos unir estas dos zonas con una galería enorme y nos gustaría saber… Anoté el pedido. Me retiré contento.  

Sus labios encaran a los míos. Miro sus ojos. Están enfocados en mis labios. Tengo la pinga dura. Ella me la sigue frotando. Quiero quedarme aquí, pero Rosario va a llegar en… Carajo. El celular está en mi bolsillo. Si me muevo para sacarlo, Azul me notará preocupado por la hora, retirará su mano y no haremos el amor. Me seduce la idea de chupársela. Me inspira la confianza que necesito para hacerlo. Se me ocurre algo: saco el celular. ¿Qué pasó? ¿Te están llamando? Veo la hora. Putamadre: falta poco para las doce. Si me quedo más tiempo es seguro que termino tirando con Azul. No, me pareció. Necesito ver a Rosario. Necesito que me preste quinientos dólares. Guardo el celular. Azul no me quita la mirada de los labios. Me gusta lo que tienes abajo. Solo Rosario me dice eso, que le encanta mi pene, que es gruesito. ¿Por eso mismo le gusta a Azul? ¿Quién es Azul? ¿Qué clase de persona es? Es la segunda vez que nos vemos y ya estamos en la cama, dispuestos a estirar los límites de lo permitido. Me gustan tus labios, me dice. ¿Quisiera probarlos? ¿Te gustaría? Le digo que me encantaría, sin mostrarme tan necesitado de afecto. Suena la puerta. Saca la mano de mi pantalón y salta de la cama. Yo no reacciono tan rápido. Permanezco echado, la sangre congelada. ¿Sí?, pregunta. Se ha acercado a la puerta, que está cerrada. Aguardamos la respuesta.

Necesito que abras una cuenta en dólares para depositarte el dinero. ¿Pero no pueden depositármelo en mi cuenta personal? No, porque el servicio lo diste con la razón social de tu empresa. Sí, pero ¿cuánto tiempo me tomará abrir la cuenta? Es fácil, súper rápido: solo anda al banco donde abriste la cuenta en soles y diles que quieres abrir una en dólares. Irma, contadora de Villanueva Ingenieros, creía que era muy sencillo abrirle una cuenta bancaria a una empresa. Luego de la cita con el gerente de El Torcal, fui al Banco de Crédito de Guardia Civil, en Chorrillos, a unos pasos de mi oficina. Hacía calor. Sudaba como bestia dentro de una camisa de manga larga que usaba para cubrirme los tatuajes. Necesitaba quinientos dólares para abrir la mentada cuenta. Los tenía, pero me parecía imprudente desprenderme de ellos. Los recuperaría ni bien VISA me depositase el dinero adeudado en la cuenta. Pero ¿en cuánto tiempo harían el depósito? Teniendo una familia que mantener, una baja de quinientos dólares podía ser mortal si se presentaba alguna emergencia. Tras salir del banco, llamé a Rosario. Estaba acostumbrada a oír mis quejas, mis lloriqueos. Me quejé de los trámites burocráticos. Le conté el asunto de los quinientos dólares. Si deseas, yo te los presto. Rosario era un ángel. Me pasas el número de tu cuenta personal para hacerte el depósito. No merecía mis malos tratos. Solo te pido algo a cambio: que hoy nos veamos en tu cuarto. Apenas llegué a la oficina, me metí al baño, me removí la camisa y hundí la cabeza en el lavabo. Ya no soportaba el calor. Salí al cabo de diez refrescantes minutos. Jean Carlo, que llegaba de algún lado, sin motivo aparente, nos invitó a almorzar a una cevichería cercana. Venancio no había acudido a la oficina. Solo estábamos Patricia y yo. En el trayecto, recibí un mensaje de Rosario. Confirmado: se aparecería en mi cuarto a eso de las doce. Me depositaría el dinero todavía el sábado. El almuerzo transcurrió con mis penosos intentos por generar conversación. Me incomodaba el silencio. Hubiera preferido almorzar solo, pero ya que Jean Carlo había forzado esa situación, procuré estimular los intercambios de opinión, por más cojudos que fuesen. Terminamos hablando, era previsible, de los ventiladores. Jean Carlo encomiaba sus planes de expansión. Se burlaba de la torpeza de sus competidores. Patricia bostezaba.

Oye, maricona, ¿cuándo me vas a pagar?, oímos del otro lado de la puerta. Antes de que nadie dijera nada, el rostro de Azul denotaba cierta preocupación. Eso me aterró. ¿Huye de algo, de alguien? ¿Le teme a algo, a alguien? Tras oír la voz, se le distiende el rostro. Pega el cuerpo a la puerta y la abre un poco. Por la abertura, conversa con la inesperada visitante. Algún gesto le ha hecho, porque la voz de la visitante es ahora un murmullo. Breves segundos dura la conversación. No puedo oír lo que dicen. Veo la hora. Rosario se acerca. Oye, maricona, ya sabes que está prohibido traer clientes al cuarto, dice la visitante, alejándose de la puerta. La voz delata su travestismo. La adivino fea. Su advertencia está teñida de sarcasmo. Sospecho. ¿Por qué solo dijo aquello en voz alta? ¿Y el resto de la conversación? ¿Quieren despistarme estos cabros? ¿Despistarme de qué? ¿Y cómo es eso de que está prohibido putear en esta casa? Azul, sorry, ya me tengo que ir. No se opone. Está bien, dice. Mejor, añade. Me indica que la puerta de abajo está abierta. Salgo del cuarto. Bajo las escaleras. En la salita del segundo piso, un cabro está pintándose las uñas, sentado en uno de los dos sofás del lugar. La ventana está abierta. Las cortinas ondean. El cabro es feo. Parece tener buen cuerpo. Lleva sandalias. Por respeto, la saludo, pero ni me mira. Está concentrada en sus uñas. Bajo el último tramo de las escaleras. Peñaloza está repleta de tracas.

Hicimos el amor. No intentamos nada nuevo. Empezó chupándome la pinga. Sabía que eso me gustaba. Se tomó su tiempo. Eyaculé pronto. Las caricias de Azul me habían dejado bastante arrecho. Veo la hora en el celular. Rosario todavía duerme. Cuando me paro sobre el colchón, me siente. Voy a bañarme para salir, le digo. Quiero ser el primero en ser atendido. No quiero desperdiciar mi sábado haciendo colas. Dice que dormirá un poquito más. Ok, le digo. Me enrosco la toalla a la cintura. El cuarto está en penumbras. Procuro no pisarla. La colcha desordenada deja ver su desnudez. En la ducha, pienso en lo cerca que estuve de tirar con Azul. Me lavo la pinga, la misma que ella acarició y que Rosario chupó. Cuando regreso al cuarto, Rosario está furiosa y llorando. Tiene en sus manos mi diario, el cuaderno donde anoto los sucesos que me ocurren y que uso para la novela. ¿O sea que todo lo que has escrito en la novela es cierto, Daniel? Las palabras le salen con esfuerzo. La luz está prendida. No sé qué decir. Qué asco, Daniel. Has tirado con cabros. Y me has engañado con Karina. Me mentiste: ella sí estuvo aquí, asqueroso. Eres una mierda. Permanezco callado. Intento una defensa. Son solo apuntes. No todo es cierto. Muchas son cosas que me “hubieran” gustado que pasen para hacer más interesante la novela. Eres un cínico. Empieza a vestirse. No quiero saber nada de ti. Me das asco. Procuro no acercarme. No quiero que se me tire encima. No, no te preocupes. No te voy a pegar ni voy a hacerte escándalos. Ya no tiene sentido. Este cuaderno me ha dicho mucho. Me ha dicho que ya no debo confiar en ti. Hace una pausa. Deja el diario sobre la mesa. Respiro aliviado: de ese cuaderno dependen mi novela y mis sueños. Oye, yo me acuesto contigo sin protegerme, y tú tiras con Karina, con putas, con cabros. Carajo, ¿no te das cuenta de que me puedes transmitir alguna enfermedad? Llora más. Ha descubierto mi sordidez. Me voy. No quiero que me llames o me escribas, ¿ok? Tengo que sacarte de mi vida. Sigo con la toalla en la cintura. Se acerca a la puerta. Se detiene cerca de mí. Temo lo peor. No me voy a defender. Merezco una cachetada. Incluso más. Y leí que te besaste con tu esposa. O sea que eso de que estás alejado de ella es puro cuento. Me mentiste, Daniel. No me respetas para nada. Y yo como una tonta me entrego a ti y cedo a todos tus caprichos. Me mira con los ojos anegados de dolor, de decepción. Sale. Me deja solo. Pienso que ni cagando me prestará los quinientos dólares. Tendré que ponerlos de mis incipientes ahorros. Luego de unos minutos, ya vestido, recibo un mensaje al WhatsApp. Me apuro en verlo. No es de Rosario. Es de la gordita que lleva un buen tiempo meciéndome con el arreglo de la laptop que estúpidamente dañé con mi propio sudor. Después de un mes de falsas esperanzas, me dice que mi laptop no tiene solución. A cambio, me ofrece otra por cuatrocientos cincuenta soles. Acompaña el texto con una foto de la laptop. Según ella, es modernísima por dentro, aunque por fuera, por lo aparatosa, parece una máquina de escribir de los ochenta. Usted me dice si acepta. Plata, plata, todo el mundo pide plata.  

martes, 6 de febrero de 2018

El solitario de Zepita - Capítulo 27


Del domingo 09 al lunes 10 de octubre del 2016

Por esa puerta huyó, diciendo: «¡Nunca!»
Por esa puerta ha de volver un día...
Al cerrar esa puerta, dejó trunca
la hebra de oro de la esperanza mía.
Por esa puerta ha de volver un día.

Amado Nervo – La Puerta

Es domingo. Tengo la garganta inflamada. Reviso las noticias en el celular. Hoy debaten Trump y Clinton por la presidencia de los Estados Unidos. Si retomo ahorita la corrección del libro de McPhilips, podré ver el espectáculo con tranquilidad.

Trabajo sin pausas. A las cuatro de la tarde, queda lista la corrección. La envío a los gringos. Me he quitado un enorme peso de encima. Sin embargo, el dolor en la garganta ha empeorado. Busco el debate en internet. Los candidatos se insultan y se lanzan golpes bajos.  

Es lunes. Cuesta abrir los ojos. El dolor en la garganta ha devenido en fiebre. Estoy solo en el cuarto. No tengo a nadie que me ayude. La fiebre se ensaña conmigo. Le envío un mensaje a Jean Carlo: Mil disculpas, Jean Carlo; hoy no podré ir a la oficina. He amanecido con fiebre. Apago el celular. Temo la réplica. Trato de retomar el sueño y pienso que hubiera sido mejor pasar la noche en casa de mamá.

En una bolsa, tengo un montón de ropa sucia. Está ahí, en un rincón, pudriéndose, desde el sábado. 

Estoy sudando. Me había quedado dormido. Prendo el celular para ver la hora. Son las ocho. Jean Carlo no ha respondido. Mejor. Apago el celular. La fiebre ha recrudecido. No tengo nada para combatirla. La infección en la garganta es una pelota que me destruye los nervios cada que paso la saliva. Necesito unas pastillas para desinflarla. Pienso en Balani, la botica de la cuadra siete de Piérola, en donde compraba los remedios que mi esposa y mi hija necesitaban cuando vivíamos en el viejo edificio de Camaná. Ya no hay esposa, tampoco hija. Estoy solo, sin fuerzas y sin ánimos para levantarme. Necesito dormir más. Podría leer, pero me duelen los ojos. Podría masturbarme, pero con el celular apagado, sin internet, será difícil.  Opto por usar la imaginación. Imagino a Rosario a mi lado. A ella le gusta cuidarme. Si supiera que estoy enfermo, vendría a verme. Compraría medicinas, algo de comer, algo de beber. Rosario siempre me trata bien. Y yo le pago mal. No lo hago a propósito. Es mi naturaleza: me gusta seducir a las mujeres, hacerles el amor, apretujar sus tetas, palmear sus culos. Imagino a Rosario junto a mí. La conozco tan bien que podría dibujarla completita. La he visto calata innumerables veces. Hemos conversado sin ropa, echados en la cama de un hotel, brindando con latas de cerveza. Cuando me cuenta una historia, le exijo que me chupe la pinga. Así, entre anécdotas, me la mama con maestría. Ahora mismo me está chupando la pinga. Mi mano es su boca. Me frota el tallo con esos labios blanditos y gruesitos. Frota y frota. Oh, sí, ya me vengo. Ya no es necesario cerrar los ojos. Se me viene el quaker. Es obvio que la boca de Rosario no va a recibir la leche. Busco el rollo de papel higiénico. Ahí está, sobre la mesita blanca, en el extremo más alejado. Carajo. No lo alcanzo. Rosario desaparece. Su boca se deshace. No hay fuerzas para levantarse, estirarse, coger el papel, arrancar tres vueltas de mano y volver a la posición masturbatoria. Imposible retomar la viada. El esfuerzo mental me ha agotado. Cierro los ojos y consigo dormir. Despierto luego de un rato. Tengo el pelo empapado de sudor. Me lo seco con las manos. Las huelo. El olor es narcótico. Sudor de enfermo, de fiebre, de colchón nuevo. Me jode que la ropa siga pudriéndose en una esquina del cuarto. Me incomoda saber que millones de hongos y bacterias proliferan en las entrañas de ese montón de trapos sudados. Sudor de ciclista callejero.

La persistente idea de la ropa pudriéndose a escasa distancia del colchón me hace saltar de la cama, vestirme al toque y salir a la calle, directo a la lavandería. 

Saludo a la gorda que atiende. Una chica se para a mi costado. No soy de los que miran con descaro a una mujer; pero igual le echo una ojeada. Su perfume es atrayente. El short que lleva es muy corto; descubre más de lo que cubre. Subo la mirada. Me topo con las puntas de una cola entintada. Adelante, unos pezones desafiantes hinchan un polito casi transparente.

La muchacha le encarga una bolsa de ropa a la gorda. Esta la pone en una balanza. Le dice el precio que le cobrará por el lavado. Hola, me saluda la chica. Le entrega un billete a la gorda. Hola, le contesto. La chica vuelve la cabeza en señal de que ha recibido mi saludo. Todo lo ha hecho con estudiada coquetería. Me flecha. Es hermosa. Con disimulo, le miro los pies. Son muy importantes los pies. Los de ella llevan unas Nike blancas, limpias, tan limpias que parecen nuevas. ¿Vives por aquí?, me pregunta. Sí, aquí, no más, en la otra cuadra, le digo.  

Es algo más alta que yo. Es tetona, culona y piernona. Su piel es clara. ¿Y tú?, le pregunto. Supongo que vives por acá. Me hace una seña con los dedos, una seña que interpreto como: termino con la gorda y regreso contigo, ¿sí? Tras recibir su vuelto, lo cuenta. ¿Por qué “supones” que vivo por acá? Me resulta peligroso conversar con una traca a plena luz del día. Algún datero de mi esposa podría estar observándome. La gorda nos ve conversar. ¿Pensará que soy homosexual?  Una vez me dijo que las ropas de los homosexuales o no las acepta o las lava aparte. En adelante, ¿lavaría mi ropa con la de los cabros?

Si no vivieras cerca, llevarías tu ropa a otro lado, ¿no? Se ríe con sutileza. ¿Cómo te llamas? Invento un nombre: Andrés. Lo repite en un susurro, como memorizándoselo. Lo vuelve a repetir, pero su voz apenas se deja oír. ¿Y tú?, le pregunto. No me contesta. Le dice a la gorda que regresará mañana. No te preocupes, dice la gordita. Yo pienso: preocúpate; a mí ya me va perdiendo varias medias. En lugar de responderme, examina mi cara. ¿Estás mal? Me sorprende la pregunta. Se supone que debía decirme su nombre. Sí, tengo algo de fiebre. Su rostro planea sobre el mío. Su aliento es suave. Mi boca está a pocos centímetros de la suya. Me palteo. No me arrecho. Si estuviéramos solitos en un cuarto, ya habría intentado besarla. Pero estamos en el pórtico de la lavandería de la gorda pendeja, a merced de cualquier chismoso.

Ven conmigo. Me toma de la mano; pero me suelto con disimulo, para no ofenderla. No sé cómo se llama, ni dónde vive, ni adónde me lleva; sin embargo, el trasero que se mueve delante de mí es lo suficientemente atrayente como para preocuparme por esas cuestiones.

Cruzamos Chancay, pasamos El Chinito, y, por la putamadre, estamos a punto de desfilar ante la tienda del hijo de puta de Jaime. Me va a ver caminando detrás de un cabro y va a pensar lo peor de mí. Demoro mis pasos. Creo una distancia estimable entre ella y yo. Cuando alcanzo el pórtico de la tienda, chequeo de reojo que Jaime no esté. No está. Es un milagro. Lo único que sabe hacer ese huevón es espiar la vida de la gente.   

Al doblar la esquina, en Peñaloza, recupero los metros que me dejé sacar. No hay tracas a esta hora. Nos detenemos ante una puerta de rejas. Ella mete un brazo por entre los barrotes y abre un ala de la puerta de madera que está detrás. Gimen los goznes que sujetan el maderamen. Es una vieja casona, como todas las de la zona. Entramos. Subimos unas escaleras de losetas negras. Llegamos al segundo piso, a una especie de salita de estar. Hay unos muebles viejos, un televisor enorme encima de una mesa antigua. La alfombra del centro también es vieja. La salita se estrecha en un pasillo repleto de puertas cerradas con candados. La escalera continúa hacia el tercer piso. Subimos. Hay dos pasillos a cada lado de la escalera y más puertas con candados. Tomamos el pasillo de la derecha. Llegamos a la puerta del fondo. Entramos. 

Me llamo Azul. Hay una cama, una mesita, una silla y un ropero muy pequeño. Todo muy ordenado. Esto hace que la habitación, tan pequeña como la mía, luzca algo más grande. ¿Sabes qué te puede ayudar con esa fiebre? No. Supongo que una pastilla o un jarabe. Prueba esto. Me acerca una botella rectangular. La luz que viene de la calle crea más espacio en el cuarto. Recibo la botella y, sin desconfianza alguna, tomo un trago. Es whisky, creo. Siento el remezón. Tras unos segundos, desaparecen el malestar de la cabeza y el dolor en los ojos. ¿Ves? Te estás sintiendo mejor. No lo puedo creer; es verdad. ¿En dónde vives exactamente? Me doy cuenta de que está vestida toda de blanco: el shorcito, el polito, las zapatillas. Le digo que aquí, en Zepita, pero no me atrevo a precisarle el lugar exacto. Podría buscarme y encontrarse, así son las casualidades, con Rosario. O Jaime podría echarme del cuarto por maricón. 

Sé que te he visto antes, pero no sé dónde, dice. Está sentada sobre el filo de la cama, las piernas cruzadas, los pezones apuntándome detrás del polo. La cola rubia de su cabello cae en cascada por entre sus tetas. Yo estoy sentado en la única silla del cuarto. ¿Y qué vas a hacer ahora?, le pregunto. Azul mira a su alrededor. Hay un periódico encima de la almohada. Leer, supongo. Se echa. Cruza las piernas. ¿Qué haces? ¿Trabajas?, me pregunta, sin apartar la vista del periódico. No, no trabajo, le digo. ¿Te mantienen? Ya estás algo viejo para eso. No quiero decirle que soy ingeniero. Se supone que un tipo así tiene plata. Y ese no es mi caso. Bueno, me recurseo. Hago cualquier cosa: albañilería, pintura, lo que sea. Ella aparta el periódico y me mira. No tienes pinta de albañil, papito. Vuelve a su periódico. ¿Y tú en qué trabajas? No tiene que decirme en qué. Estoy seguro de que se prostituye como todas las tracas de esa calle. Hago mis cositas, dice. Cambio de tema. ¿Siempre has vivido aquí? El cuarto tiene una ventana que da a la calle. El aire entra con relativa fuerza, fresco. Mi cuarto no tiene ventanas a la calle. Cuando llegue el verano, voy a cocinarme adentro. Azul se levanta. Se acerca a la ventana. Apoya sus manos en el alféizar y empina el culo. El viento le revuelve el cabello. Parece reconocer a alguien afuera. Hace una seña y sale del cuarto. Llevaba una sonrisa en la cara. Alcanza a decirme que ya vuelve. Yo me quedo sentado en la silla, como petrificado. No quiero asomarme por la ventana. No sé qué clase de peligro pueda estar allí afuera. Temo que sea su marido. Espero ¿Y si ella sube con alguien con quien se ha puesto de acuerdo para pepearme, drogarme, robarme y matarme? Me pongo nervioso. Abandonar el lugar es la única solución razonable. La puerta ha quedado abierta de par en par. Tras unos segundos de mucho miedo, me asomo a la puerta. Ni cagando miraré por la ventana. Debo escapar. El pasillo está vacío. Salgo. Camino lo más rápido que puedo, sin hacer ruido. Me apresuro en bajar las escaleras. Cuando llego al segundo piso, me detengo y escucho. ¿Estarán subiendo Azul y su acompañante? Las parejas de estos cabros suelen ser asesinos o asaltantes; vagos, en el mejor de los casos. No oigo nada. Bajo lo más rápido que puedo y llego a la puerta de madera que da a la calle. Está cerrada. Carajo. Me acerco a la puerta. No tiene llave. Solo hay que jalar de la manija para estar afuera. Pero puede que haya alguien al otro lado, puede que Azul y su acompañante estén conversando en el porche de la puerta. Pego la oreja a la madera. No oigo nada. Jalo la manija muy despacio. Estoy helado. Me cago de miedo. Abro la puerta lo justo como para deslizar el cuerpo. Felizmente, la puerta de rejas está junta. Ahora solo es cuestión de salir disparado. Nadie debe verme ahí, mucho menos los inquilinos de esa casona; puede que sean tipos de cuidado.

Pero no corro. No hay nadie cerca. Estoy sudando. Es la fiebre y son los nervios. Curiosa mezcla. Oigo la voz de un cabro. Pero no es la de Azul. La voz proviene de la esquina más alejada de la calle. Hey, grita. Salgo de mi estupor y me doy cuenta de que trata de comunicarse conmigo. Hey, adónde vas. Es un cabro metido en un vestido rojo. Corre hacia mí montado en unas zapatillas celestes, de suela gruesa. Lleva en la mano una botella de cerveza. Oye, quién eres. Se va acercando. Corro en la dirección opuesta. Corro y, en la esquina con Zepita, tuerzo a la derecha, para perderme en Alfonso Ugarte.     

domingo, 17 de diciembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 26


Del jueves 06 al viernes 07 de octubre del 2016

La cuestión está en la rodilla. Baudelaire (lo cuenta Proust) amaba las rodillas femeninas. Amaba, quizás, en la mujer, lo que tiene de menos femenino, esos momentos de su cuerpo en que asoma el hombre que pudo ser, un fantasma varón o un fantasma de varón. No diremos, ingenuamente, que de esto pueda deducirse un trasunto de homosexualidad baudeleriana. Más bien, en la fascinación por el nudo en que se destrenza o se trenza la posible e imposible dualidad sexual de una criatura, descubrimos la inquietud por el enigma mismo de la sexualidad.

Francisco Umbral – Tratado De Perversiones

Les invité un pollo a la brasa. La bebe se divirtió. Era lo único que me importaba. Ahora, rondo Peñaloza en busca de Jazmín, una de las chicas más despampanantes del lugar, con quien ya tiré en un par de ocasiones.   

No es fácil. Una voz me pide terminar el día sanamente; abortar la búsqueda de Jazmín. Pero yo continuo. Quiero estrujarle las tetas, amasarle el culo, meterle la pinga, gozar, chupársela… ¿Me atrevería a esto último? 

Jazmín no está en Peñaloza. Es inútil buscarla en Piérola. Jamás se ofrece por Chancay. Siempre lo hace en Peñaloza. Pero no está. No está en ninguna parte y yo estoy muy arrecho. Tengo su número. Puedo llamarla. Pero no me atrevo. Lo haría si supiera que está en Peñaloza y que ella misma me contestará; ella y no otra persona. La llamaría para reservarla, para que otro no se me adelante mientras salgo del cuarto y camino hasta Peñaloza. De otro modo, prefiero no llamarla. ¿Por qué? Porque puede estar con su marido. Los novios de las tracas generalmente son sicarios o narcotraficantes. No quiero que una llamada mía los sorprenda en pleno acto. Imagino a su marido, furioso, exigiéndole explicaciones. Quién es ese huevón que te llama. Si descubro quién es, le corto los huevos. No quiero que me corten los huevos.

Nunca lo he hecho, pero la idea no me resulta repulsiva. Por el contrario, me atrae y me arrecha. Es una de mis más secretas fantasías. Hablo de chuparle la pinga a una traca; el clítoris del siglo veintiuno.     

En Chancay, veo dos hermosos ejemplares. Me pregunto por qué no se ofrecen en Peñaloza. En Chancay, hay mucha luz, tráfico, gente. No puedo arriesgarme a que alguien me vea transando por sexo; mucho menos con una traca. Así que vuelvo a Peñaloza. No está Jazmín ni nadie que remotamente le iguale los atributos. Me desespero: quiero cachar y no hay con quien. 

Son ya las doce. He caminado hasta el jirón Washington en busca de un reemplazo de Jazmín. Hasta hacía un año, en esta calle, uno podía encontrar dos que tres mamasotas. Hoy, no hay nadie. Las tracas abandonaron estos predios y se mandaron a mudar.

Resurgen los sentimientos de culpa. Veo a mi hija disfrutar de sus papitas; la escena familiar sin peleas y sin gritos; mi esposa desmenuzándome el pollo, sirviéndome la Inka Kola. No puedo terminar el día tirándome a un cabro; no si hace poco he besado y abrazado a mi niña.

Regreso al cuarto. Me echo en el colchón. A pesar de que anoche tiré con Rosario, siento la necesidad de hacerle el amor a un cuerpo prohibido, más desmesurado, peligroso y hechicero. Tengo la pinga dura. Hay una manera de calmarla. Cojo el celular y entro en el blog que Rosario creo exclusivamente para nosotros. Allí, entre algunos poemas suyos, cuelga los videos que nos hicimos tirando. En el celular que me robaron, los vídeos eran mucho más explícitos, como que yo los había dirigido. En los del blog, solo hay chupadas de pinga. Ubico la que me dio en un hotel de Barranco, luego de que acudimos a un concierto en el que terminé con un tajo en la muñeca izquierda. Así, sangrando, hicimos el amor. En el video, no se ven ni el tajo ni la sangre, pero sí la boca de Rosario atragantándose con mi trozo. Me corro la paja. Eyaculo en menos de un minuto. Por fin, se me aquietan los ánimos. Duermo.

Al día siguiente, en la oficina, luego del almuerzo, Patricia se acerca a mi escritorio. ¿Me harías un masaje? Nos sostenemos la mirada. Me gusta. Le haría más que unos masajes.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 25

Del martes 04 al miércoles 05 de octubre del 2016

¿Qué cualidades le exige usted a su colchón?

Georges Perec – Las Cosas. Una Historia De Los Años Sesenta

Publiqué el capítulo siete. Rosario lo leyó. Me llamó. Lloraba. ¿Cómo pudiste estar con otra chica? No le contesté. No tenía nada que decirle. No quiero saber nada de ti, explotó. 

Cuando llegué al cuarto, encontré el colchón desinflado. Lo revisé. Hallé el problema. Un agujero en una de las junturas. Solucioné el inconveniente con capas de gutapercha.

Recibí un mensaje de mi esposa. No podría ver a la bebe sino hasta el jueves. El mensaje me descorazonó. Me había ilusionado con verla al día siguiente.

La bebe no crecía conmigo. Lo hacía al lado de mi esposa y de Melina, su pareja. Me había ganado tal castigo. Mi esposa, meses antes de que me botara de la casa, descubrió unos mensajes en mi cuenta; no los que sostuve con Rosario, que, de por sí, eran incriminantes, sino los que intercambié con Daniela, mi prima, que, aunque pocos, resultaban bastante explícitos.

Los mensajes eran de este tenor: Quiero meterte la pinga. Quiero que me des esa chuchita rica. Dime en qué hotel estás para caerte al toque. En mi defensa, pude haber dicho que esos correos eran de la época en que me separé de mi esposa y salí con Daniela. Puesto que quería tomar las cosas en serio, me fui de la casa y busqué refugio en la de mi madre. Lo de Daniela terminó pronto. Me aburrí, supongo. Regresé con mi esposa, pero nunca borré los mensajes. En fin, era culpable. Si bien no por lo de Daniela, sí por lo de Rosario. No le jugué derecho a ninguna de las tres.

Luego del incidente de los mensajes, mi esposa me desechó sentimentalmente. Conoció a Melina. Se enamoraron. Cuando descubrí sus amoríos, me reclamó, con todo el derecho del mundo, que merecía ser feliz. A los pocos días, Melina se mudó a la casa y yo al cuartito de Zepita.     

Apagué la luz y me eché en el colchón. Lloré por mi hija. Fuera de mis desmanes, me pesaba que la bebe creciera sin mí, que yo creciera sin ella. Si Dios existía, ¿por qué no desaparecía a mi esposa del mapa? Pensamientos así de toscos me surgían del dolor.

La imaginé a mi lado. Espérame hasta el jueves, amor. Iré por ti sin falta. Saldré muy temprano del trabajo. Me escaparé. Manejaré la bicicleta con todas mis fuerzas para verte más tiempo, mi amor. Espérame. El sueño y el llanto me vencieron. Dormí.

Amanezco prácticamente en el piso. El colchón se ha desinflado durante la madrugada. Qué huevada. Tengo dos mensajes en el Whatsapp. Uno es de Rosario. Vuelve a enumerar los sacrificios que hizo por nuestra relación. Me pide que no le escriba ni la llame más. El otro es de Karina. Ha leído el capítulo siete de la novela. Eres un loco, Danny.

Mientras me visto, chateo con ella. ¿Es verdad todo lo que escribes? No quiero desilusionarla. Sí, es verdad. Y vas a salir en los próximos capítulos. Me dice que, cuando salga, le mande el link para publicarlo en su página de Facebook. Rosario me escribe. ¿Con quién estás hablando? Te veo en línea. Le digo que con nadie. Me pongo el casco. Lo aseguro. Estás hablando con la perra de Karina, ¿no? Rosario sí que tiene un sexto sentido. Le digo que sí. Eres un maldito. No te importa que me aleje de tu vida. No te importa perderme. Le digo que Karina ha leído el capítulo siete y lo ha tomado con gracia. Se ha hecho fan de mi novela y me ha dicho que va a venir a mi cuarto en la noche para felicitarme. Rosario se enoja. Me descarga su ira en varios mensajes. No, Daniel, de ninguna manera vas a meter a esa perra en tu cuarto. Yo voy a verte hoy en la noche. Así que ya sabes. Más te vale que Karina ni se aparezca. Le digo que no venga, que no voy a estar. Si vienes, te jodes porque nadie te va a abrir la puerta. ¿Se te ha ocurrido que puedo tirar con Karina en un hotel y no en mi cuarto? Rosario me llama. Contesto. Está llorando. ¿Por qué eres así conmigo, Daniel? Porque eres muy celosa, quiero decirle; pero no lo hago. Además, ¿no se suponía que me había terminado? ¿No me había exigido que no le escribiese ni la llamase?

No hay trabajo en la oficina; mejor dicho, no hay trabajo para mí. Sin embargo, los ventiladores se venden bastante bien. Quien sí tiene chamba es Patricia. Recibe las órdenes de compra, las facturas y las guías de remisión; las archiva y verifica que los pagos se efectúen en los plazos establecidos.

Jean Carlo y Victorio fugan temprano. Yo me quito unos minutos después. Patricia es la única persona que cumple puntillosamente el horario.

Había decidido comprarme un colchón de verdad, con resortes y espuma. Luego de bañarme, voy a Sodimac. Compro el primer colchón de plaza y media que se cruza en mi camino.

El personal de Sodimac no me ayuda a cargar el colchón hasta la avenida Tacna. Lo cargo yo mismo. Paro un taxi. El conductor, diligentemente, trepa el colchón en el lomo de su vehículo y lo asegura con una soga. A pesar de que serán escasas cuadras de viaje, el taxista me cobra quince soles. Ni modo. Acepto. En dos minutos, llegamos al destino. El taxista desmonta el colchón y lo deja sobre la vereda. Yo mismo, sudando como un puerco, me encargo de subirlo al cuarto.

El colchón inflable está cerca de la puerta, hecho mierda. Tiene muchos recuerdos encima. Ha visto correr mi semen y distintas mujeres lo han ungido con sus fluidos vaginales. Quiero conservarlo, pero violaría la consigna de no acumular basura en el cuarto. Cojo una tijera y lo apuñalo. Queda completamente sin aire. Lo enrollo. Lo pongo bajo el brazo y salgo a la calle. Camino un par de cuadras y lo tiro al pie de un poste de alumbrado público, donde la gente acumula su basura. 

Rosario llega a las diez. Me llama. Estoy abajo. Ábreme la puerta. Más te vale que la perra de Karina no esté ahí contigo. Ábreme, Daniel. Corto. Miro a mi alrededor. Tengo un colchón nuevo que espera recibir pronto el cuerpo de una mujer. Rosario vuelve a llamar.

Hace falta cerveza. Cojo algo de dinero, mi mochila, y bajo las escaleras. Abro la puerta. Ahí está Rosario, súper encabronada. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 24

Lunes 03 de octubre del 2016

Es cierto que escribo sobre mí mismo
¿A quién otro conozco mejor?

Allen Ginsberg –Tema Objetivo

Voy a casa de Elena, una ex enamorada a la que no veo hace mucho tiempo. Voy con las esperanzas de tirármela. En el cuento Dinero, del libro que publiqué en el 2010, relaté un episodio de nuestra relación, un episodio bochornoso primero y glorioso después. Bochornoso porque no tuve dinero para pagarle la entrada a una discoteca ni para cancelar el taxi que nos llevó de regreso a Los Olivos. Glorioso porque, en ese taxi, que ella terminó pagando, me chupó la pinga en el asiento de atrás.

Elena vive en el departamento de su primo, un ingeniero de minas acostumbrado a trapear el piso con la gente. En sus descansos en Lima, descarga su malhumor en Elena. Ella debe soportar el vendaval; no tiene opción: vive gratis en el departamento. Elena dejó Huánuco para estudiar Medicina en Lima. Cuando la conocí, en el 2007, estudiaba Obstetricia. Terminó la carrera y no tuvo suerte con los empleos. Con un hijo que sostener, y ante la ausencia del padre, decidió estudiar Medicina, con la esperanza de que el panorama laboral le resultase más auspicioso.

Llegaba al cuarto cuando recibí unos mensajes de Elena. Me pedía que la ayudara con una tarea de la universidad. Es un tema de Física. No lo entiendo por más que trato. ¿Crees que puedas venir a ayudarme? Lo pensé un poco antes de contestarle. Había tenido una mañana larguísima. Nos habían citado, a mi hermano y a mí, para cerrar el contrato de un estudio de ventilación. Nos citaron a las ocho y abandonamos el edificio de la consultora interesada seis horas después, aburridos y con hambre; pero con el botín prácticamente en nuestros bolsillos. Antes de la entrevista, tuve que sacarme los aros del labio.   

¿Y si Elena quiere tirar conmigo? ¿Si lo de enseñarle Física es solo un pretexto para reunirnos? Me había dado la dirección del departamento de su primo; en la cuadra veinticinco de la avenida Salaverry. No estábamos tan lejos. Calculé el tiempo que me tomaría bañarme y quedar listo para verla. Ok. Llego en media hora, le contesté.

El edificio está en una zona tranquila de Jesús María, enfrente de un parque de árboles enormes. Abro una puerta de vidrio y paso a la recepción. Un cholo viejo, de piel extremadamente marrón, ve un programa de televisión sentado detrás de un mostrador. Buenas noches, lo saludo. El tipo ve mis brazos tatuados. Recela. El tono de mi voz y mis maneras educadas le remueven la duda. Asume que soy el hijo de uno de esos ricachones que les complacen a sus vástagos cualquier tipo de extravagancia, como la de tatuarse los brazos. Sí, joven, ¿a quién busca?, me pregunta. Se muestra amable. Sonríe. Es mejor llevarse bien con los niños engreídos de papá. A Elena Rojas. Le doy el número del apartamento. El tipo baja el volumen del televisor y levanta el auricular de un teléfono negro. Marca unos números. Espera. Habla, supongo que con Elena. Un jovencito la está buscando. Me mira. ¿Su nombre? Le doy mi nombre. Correcto, joven, dice, tras colgar. Vaya por el ascensor, a su derecha. Piso ocho.        

Elena me espera en la puerta del 802. Hola, Dani; pasa. Nos saludamos. Besos en la mejilla. ¿Deseas algo de tomar? Hay cerveza, gaseosa, jugos. Hablaba como si el departamento y las bebidas le perteneciesen. Se sentía una diva. El lugar era pequeño. Pocos adornos en la sala. Sillones de cuero, un televisor de pantalla plana, un equipo de sonido. Sobre una mesita de vidrio, rodeada por los sillones, se despliegan unos fragmentos de roca. Unos cartelitos nombran cada pedazo y las minas de su procedencia. Típica huevada del minero fanático: coleccionar piedras.

Me lleva a la habitación en donde le ayudaré con la Física. Ella la llamó “el estudio”. Dani, vamos al estudio, dijo. Quise reírme, pero me contuve. Le miro el culo. Ha desaparecido; no queda ni rastro del que lamí hace mucho tiempo. En el estudio, hay una mesa larga, llena de papeles, pegada a una de las paredes. En un extremo, reposa una computadora de pantalla plana. Arriba de la mesa, hay una repisa, también repleta de papeles. Elena se sienta enfrente de la computadora; yo, a su lado. Reubico algunos papeles para crearme un espacio de trabajo. Dejo mi mochila en el suelo alfombrado. Elena me alcanza unos papeles que tiene cerca. Ayúdame con esto, Dani. No entiendo nada, alucina. Tiene las uñas bien pintadas. Tomo los papeles y analizo el contenido. Ella se desenchufa rápidamente. Asume que resolveré todos sus problemas. Le sonríe a la pantalla. Chatea en el Facebook.

En diez minutos, entiendo lo que ella no. Suspende sus chats y me presta atención. A ti sí te entiendo, Dani. Deberías enseñarnos en la universidad. No seas cojuda, esta huevada la puede enseñar y la puede entender cualquier huevón.

Dejo que ella resuelva los últimos cinco problemas. Le echo un vistazo a mi celular. Hay una llamada perdida de Rosario. No, hoy no tengo ganas de verte; hoy tiraré con Elena. Son casi las diez de la noche. Estoy seguro de que me invitará a pasar la noche en su departamento; beberemos algunas cervezas; cansados, algo ebrios, nos echaremos en el sofá. Una cosa llevará a la otra y, en el momento menos pensado, estaremos cachando a forro, recordando viejos tiempos. 

No sucede nada de lo que he planeado. Terminados los ejercicios, Elena me despacha. Me da las gracias y un beso apurado en el cachete. Hija de puta. Afuera hace frío. Camino hasta Salaverry. Tomo un bus al Centro. Bajo en 28 de Julio. Decido caminar hasta Zepita. Escucho Doble Nueve. La música se interrumpe. Es una llamada. Es Rosario. Contesto. Se disculpa por el incidente del sábado. Te he estado llamando, ¿por qué no me contestabas? Le digo que estoy en el Centro, caminando a mi cuarto. Retoma sus disculpas. Yo no reacciono así. No soy violenta. Su voz me acompaña las decenas de cuadras que atravieso raudamente. Quizá podamos vernos pronto, me dice. Quizá, le digo.    

Llego a Zepita. Jaime está parado en el portal de su tienda. La cagada. Me va a decir algo. El huevón siempre cierra a las once. Ahora, son casi las doce y el idiota aún está ahí, los brazos cruzados, la cara avinagrada. Me ve. Lo miro. Lo saludo. Enseguida, inserto la llave en la puerta de la casa. De reojo, lo veo cruzar la pista. Viene hacia mí. Acelero el proceso. La llave se me traba. Carajo. Es tarde. Ya lo tengo encima. Daniel, me dice, serio como el culo de un obispo. Pongo cara de tonto, de inocente, de yo no fui. Daniel, ¿qué pasó el sábado? Entiendo; los vecinos le fueron con el chisme. Hijos de puta. Me han dicho que te has mechado a tu chica en el baño. ¿Es cierto? Su voz es amenazante. Me quiere asustar. Mira, compare, si le vas a pegar a tu hembra hazlo en otra parte. Acá no. Si van a tomar y luego se van a pelear, mejor no vengas a dormir acá. Todos los vecinos me vinieron a dar las quejas al día siguiente. No me parece pertinente aclararle que fue Rosario quien me pegó; no yo a ella. Le digo que discutimos; sin violencia. No me cree. Los vecinos dicen que escucharon golpes que venían del baño. Dijeron que sonaba una cabeza o un brazo chocando con el wáter. Exagerados de mierda. Que no se vuelva a repetir, me dice y se aleja. Vete a la mierda, huevón. 

Me tiro sobre el colchón y trato de olvidarme de todo. Estiro las piernas. Estoy completamente desnudo. Pienso: obtuve el contrato, no tiro con Elena, y el huevón de Jaime me putea. ¿Así va a terminar mi día?

Pienso en coger un puñado de billetes, bajar a Peñaloza, y contratar los servicios de la mejor puta del lugar. Quiero cachar para olvidar. Son casi la una. Sin darme cuenta, me quedo dormido.