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viernes, 18 de abril de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 13: La historia del adobazo que trastornó al Profe Puty

 


Se llamaba Charlie y no le gustaba inmiscuirse con los gatos del pampón.

Encontraba repulsivas sus costumbres, espantosos sus olores, y muy cojudos sus juegos. Verlos devorar a los ratones mugrosos que pululaban en el lugar era un espectáculo vomitivo: empezaban triturando las cabecitas, moliendo cada uno de sus huesitos hasta llegar al estómago; tragando las vísceras con plena delectación. Finalmente, comminuían la cola vértebra por vértebra. Era una odisea avistar aquella barbárica exhibición. Afortunadamente, él, Charlie, no era un ser incivilizado. Él había nacido y crecido en otro ambiente, en un lugar en los que la finura, la decencia y el glamour eran el pan cotidiano.

Sin embargo, había que venir de vez en cuando al pampón, acompañando a la mamá Bobby.

Algo, no obstante, le llamaba la atención en aquel paraje. No era uno de sus congéneres, sino uno de los tantos negritos, uno muy curioso y de amplia e inmaculada frente, que se acercaba mansamente para proveerle caricias en el lomo y unos pedazos ahumados de carne de corazón de res que llamaba anticuchos.

¡Increíble! En casa, las personas, todas blancas, por cierto, jamás habían probado esos pedazos de corazón. Este negrito, qué ternura, se los prodigaba en el hociquito, con un amor que le indicaba a Charlie que debajo de esa piel chamuscada por el inclemente sol habitaba un alma de blancura deslumbrante. Por otro lado, estos anticuchos sí que sabían deliciosamente.

En esta visita, sin embargo, no se ha concretado el habitual ritual. Algo andaba mal. Charlie no solía alejarse de su amo Bobby más de diez metros. Gonzalo, entonces, siempre con la anuencia tácita -aunque no del todo gratuita- del gran caballero vestido siempre de blanco, Bobby, solía acercarse a Charlie para darle esos pedacitos de anticucho y acariciarle el mullido lomo.

El día que encuentre muerto a mi gato te cuelgo de las bolas, solía advertirle Bobby a Gonzalo mientras este se relacionaba con su portentosa mascota, a quien Bobby ciertamente no llamaba mascota sino hijo. Eres el único negro al que mi hijo le ha agarrado cariño. No vayas a traicionar su confianza, ladino. Solo contigo mi Charlie come esas porquerías, porque en casa definitivamente se alimenta mejor que tú, negrito futbolero.

Desde la altura del anda desde donde Bobby miraba a sus negros esclavos arar sus tierras, recolectar sus algodones y recoger sus uvas, y que era sostenida firmemente en el aire por cuatro indios, continuaba diciendo: Tienes el privilegio de que un ser, que de lejos vale más que tú, se deje acariciar por tus manos pobretonas.  

¿Dónde estará el negrito?, pensaba Charlie, quien había sido bautizado así por su mamá Bobby en honor a la admiración que sostenía por el rey Charles II, su Charles favorito de entre los cuatro que rigieron Inglaterra, por haber restaurado la monarquía luego del periodo dictatorial presidido por el pezuñento de Cromwell.

Ya habían pasado diez minutos desde que Bobby hubo llegado en el anda a supervisar los trabajos en sus viñedos y algodonales, y Charlie, enroscado a su lado, se desesperaba al no oír los movimientos vitales característicos del negrito Gonzalo, tampoco ese olor recio que, como castigo del cielo, lo seguiría a todas partes y derrotaría por siempre a cualquier aroma bienhechor exhalado por el perfume más caro del mundo.

Entonces, decidió salir a investigar. Sí, tendría que pisar aquel suelo terroso, casi siempre enmierdado, pero debía confesar que se había hecho adicto a esos llamados anticuchos y también, valía la pena admitirlo, a las caricias de esa mano negra, así como a la voz bronca e inculta de Gonzalo. Encontraba, además, curioso el parecido que sostenía con Mandela, el orangután que mamá Bobby tenía en el zoológico de la casa. Charlie era consciente de que Mandela no le guardaba el mismo cariño que Gonzalo sí. Es más, siempre que pasaba cerca de su jaula, el gorila lo miraba con aviesa intención, como diciéndole si te descuidas, te parto el cuello y te como, gato maricón.

Con cada pisada en esa tierra baldía, sentía un poderoso asco. Mamá Bobby no se dio cuenta de su ausencia, ya que se había quedado dormida a expensas del tibio sol que a esa hora adormecía cabezas y vientres. Los indios permanecían de pie y firmemente enquistados en el suelo para que el anda sobre la que descansaba mamá Bobby no se moviera un ápice so pena de cien latigazos en la espalda. A Bobby le encantaba disfrutar de sus siestas en la más absoluta quietud.

Charlie se aventuró en uno de los galpones en los que, había atestiguado en alguna ocasión, los negritos del pampón prorrumpían en alaridos ensordecedores que muchas veces lo obligaron a tensar las orejas hacia atrás. Ahora, no provenía ningún ruido de ahí. Ingresó por la ligera abertura de una puerta apenas cerrada. Una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra del recinto pudo ver a su negrito, sí, a su estimado Gonzalo, arrodillado y con la cabeza gacha. Delante de él, un tipo de tez clara, le decía algunas cosas. El sujeto, probablemente de la misma edad de Gonzalo, hablaba con cierta dificultad, como seseando, como gagueando. Charlie se dispuso a escuchar la conversación.

Te tengo que castigar de algún modo, negro, dijo el gago. Te he chapado comiéndote una de las uvas de la cosecha.

Gonzalo no se atrevía a mirar a su amonestador. Mantenía los ojos cerrados y la actitud suplicante de quien anhela que la situación termine pronto.

Pero, si me permite, joven Coco, dijo Gonzalo, el amo Bobby no tiene por qué enterarse de mi delito, sugirió.

¿Estás insinuando que te encubra, negro? Tás bien huevón, ¿no? ¿Quieres que mi Tío Bobby me pierda la confianza? Además, yo ya le conté, mintió Coco. El huevón quiere ver sangre, tu sangre. Precisamente me advirtió que la ibas a cagar y dicho y hecho. Así que tengo que darte un castigo que todo el mundo vea y sobre todo que vea mi padrino Bobby. No quiero fallarle.

Un par de lágrimas se desprendieron de los ojos de Gonzalo. Charlie encontró la escena desgarradoramente triste. Dedujo que la víctima de esa situación era precisamente su amigo Gonzalo. Algunas veces había visto a los empleados de su mamá Bobby secretar agua por los ojos como lo estaba haciendo Gonzalo, generalmente luego de que Bobby les decía cosas tremendamente duras o luego de que les acomodaba fuetazos que les improntaba la piel. Charlie decidió correr hacia Gonzalo, ayudarlo de algún modo, defenderlo.

Coco frunció el ceño ante el avistamiento del gato que se aventaba a los brazos de Gonzalo.

¡Oye, guarda ahí!, exclamó Coco. Cuidado te lo vayas a tragar, negro cojudo. Ese es el gato de mi padrino Bobby. Coco se acercó para apartar al gato de las mugrosas manos de Gonzalo. Charlie, quien tomó ello como un primer avance de agresión, saltó a la cara de Coco y se agarró de sus tremendas orejas.

Coco empleó todas sus fuerzas para sacarse al gato, pero le fue imposible; el animal había perforado con una de sus uñas el cartílago de una de las descomunales orejas del gago.

A mi negro no lo vas a molestar, maullaba Charlie con fiereza.

En pleno forcejeo, el gato se dio cuenta de que el negro aún permanecía arrodillado, en el mismo lugar donde el gago lo tenía verbalmente sometido. Le gritó, entonces, a todo pulmón: Sal de aquí, estúpido, ¿qué no ves que no le voy a durar mucho a este gago? Pero el negro no entendió una sola palabra de Charlie. Lo único que oyó fueron maullidos descontrolados.

Finalmente, Coco logró quitarse al gato, pero tuvo que desprenderse de algo: de una de sus orejas, de aquella que había sido traspasada por una uña de Charlie.  

Gato hijo de puta, me cagaste la oreja, exclamó Coco tras arrojar a Charlie contra una de las paredes del galpón. El animal, luego de chocar contra el muro, cayó en sus cuatro patas y salió corriendo del lugar con la idea de solicitar la ayuda de su mamá Bobby, el único ser humano que era capaz de descifrar sus maullidos.

Negro de mierda, me has dejado sin oreja, conchatumadre, lloriqueaba Coco. ¿Por qué me aventaste al gato de mi padrino? Ahora sí te voy a sacar la reconchatumadre. Tomó un cañazo de azúcar que reposaba cerca. Con esto te voy a marcar el poto, conchatumadre.

Gonzalo, que había sido aleccionado muchas veces por su tío con ese mismo material y sabía perfectamente cómo a uno le quedaba el culo tras una serie de cañazos, huyó. Cruzó la misma puerta por la que segundos antes había salido Charlie.

Ah, cojudo, no te me vas a escapar, gritó Coco y salió tras él, pero al llegar al umbral, vio que Gonzalo le había sacado una ventaja que le impediría alcanzarlo y agarrarlo a cañazos. Rápidamente, con los ojos extraviados que poseía, miró en derredor y descubrió un pedazo de adobe macizo, resto de alguna casita que se acababa de derrumbar. En esos parajes, las casas se caían prácticamente solas. Bastaba un viento mediano, el zapateo de algunos morenos o el rumor de las ruedas de los camiones algodoneros para que las casitas de aquel poblado sojuzgado por la blancura del patrón Bobby se desintegraran, llevándose consigo la vida de sus ocupantes.

Tomó el adobe y chifló: Negro, espera, detente. Te voy a perdonar.

Gonzalo se detuvo. Acezaba. Sacaba la lengua. Tantas emociones juntas en un solo día lo tenían exhausto. Su lengua era grande, roja y venosa; salivaba como lengua de mastín cazador.

¿Me vas a perdonar, joven?, preguntó a la distancia, no muy confiado en la respuesta que obtendría.

Sí, conchatumadre, te voy a perdonar con una sola condición.

Cuál será, joven Coco.

Que te quedes quitecito donde estás.

Ya, dijo Gonzalo, tratando de entender en qué consistiría el perverso pedido del gago sin oreja.

Te voy a lanzar este adobe. Y desde esta distancia, ah. Si no te cae, te perdono y me olvido de que mi oreja se la está tragando en estos momentos el gato de mi padrino Bobby, dijo Coco, sopesando a sus espaldas el bloque de adobe que arrojaría, tratando de encontrarle la mediatriz para que el lanzamiento sea consistente y certero.

¿Y si me cae?, se aventuró Gonzalo.

Si te cae, te lo mereces, pues, huevón, se carcajeó el gago. Porque igual no vas a poder escaparte, cojudo. El pueblo se termina ahícito nomás y te van a chapar los mastines de la hacienda y te van a dejar sin huevos. Te conviene más el trato que te estoy ofreciendo.

El negro sopló por las narices, cual toro, resignado: Está bien. Lance su piedra.

Cuál piedra, huevonazo. Te voy a zampar este adobazo. Es lo menos que te mereces. Quédate quieto, negro. No te vayas a mover.

Un trecho de quince metros los separaba.

El negro no creía que el gago fuese a acertar el tiro. Claramente se le veía las trazas de pastelero, de fumón, de alguien que con las justas si sabía manipular un palo de escoba.

Malgrado, lo que desconocía el negro era que el gago era un experto paquetero y microcomercializador de drogas en los distritos apitucados de Lima, en donde los pacos, de tamaños similares a los del adobe que sostenía el gago, eran lanzados desde distancias de hasta veinte metros. Coco era especialista en ejecutar esos pases. La diferencia, claro estaba, radicaba en que esos lanzamientos tenían la característica de poseer un aterrizaje suave, de modo que el paco pudiera ser atrapado cómodamente por el consumidor. A contrapelo de ello, el lanzamiento del adobe debía tener un alunizaje duro, uno que procurase el mayor desastre posible en la humanidad de Gonzalo.

Ajusta el ojete, negro. Aquí te voy con todo, dijo Coco y lanzó el adobe apuntando a la cabeza de su objetivo, una cabeza que ofrecía una frente amplia y lozana, libre de imperfecciones; una maravilla de piel, la envidia de las negras del lugar por su tersura y delicadeza.

El adobe término fracturado y fracturando la frente de Gonzalo. , exclamó Coco, ferviente, extasiado. Te di, conchatumadre.

Al moreno, que cayó al suelo como lo hacían las casas de ese misérrimo lugar, se le apagaron todas las luces de la azotea.

***

Cuando el Profe Puty oyó que Samir Galiaga dijo que no le gustaban los negros guapos, mucho menos los feos como ese tal Profe Puty, se descontroló y gritó: ¡Conchatumaaaaaaa!

Los seguidores de su transmisión se asustaron. El Profe había llevado sus niveles de brutalidad hasta la pared de enfrente. Rompió el televisor de su cuarto a punta de cabezazos. Todo ese zafarrancho era captado obscenamente por su camarita.

La esposa del Profe, harta de esos brotes de bestialidad pura, se había separado hacía unos meses de él. Ahora Puty vivía en un cuartito ubicado en un miserable distrito de los extramuros de la capital en donde compartía baño con cinco venezolanos que no iban a tener la misma paciencia que tuvo su mujer para aguantarle por tanto tiempo sus majaderías.

Samir, Samir, conchatumaaa, tú tienes que ser mía para que te ponga en mi pata al hombro, conchatumaaaa, se desgañitaba Puty.

Oe, mamahuevo, cálmate, se oyó una gruesa voz.

El Profe Puty, a pesar de intuir el peligro que se le cernía, era incapaz de detener su brutalidad, una especie de instinto bestial que, lo sabía muy bien, tenía sus orígenes en el adobazo que le zampó cierto gago desorejado que conoció cuando era un adolescente algodonero y uvero en Chincha.

Mamahuevo, reconvino nuevamente el venezolano que vivía en el cuarto adjunto al de Puty, si no te callas el hocico, te meto bala, ¿oíste?

Cuando el bruto Puty era amenazado, más terco se ponía.

Ah, ¿sí? Ven a buscarme, pe, veneco de mierda. Acá te espero.

Ya te cagaste, mamahuevo. Ahí te voy con todo, sentenció el venezolano.

Ahora le van a meter huevo al Profe por bruto, escribió uno de los suscriptores de su canal en la cajita de los comentarios de la transmisión.

***

Pero ¿qué te pasó?, le dijo Charlie a Gonzalo en su siguiente visita al corralón. ¿Quién te partió así la frente? Te la han desgraciado.

Gonzalo solamente oía los maullidos de Charlie. Obviamente, por razones etológicas, el negro era incapaz de entender lo que el gato expresaba. Se limitaba a acariciarlo. Esta vez, no obstante, Charlie detectó que las caricias de Gonzalo ya no eran como las de antaño, como cuando pasaba su rugosa palma por sobre su lomo. Ahora, esas mismas manazas le palpaban las carnes. Le oía sopesar: Ña, ña, ña, estás gordo, gatito.

¿Y por qué pones los ojos en blanco?, continuaba maullando Charlie, esperando una respuesta.

Miau, miau, miau, dijo Gonzalo, como aprobando los buenos kilos de músculos que le sentía al gato. Miau, miau, seguía maullando el negro, y Charlie, a pesar de ser gato, sonrió, porque miau, miau, miau, en la forma en la que el negro pronunciaba esos vocablos propios de su idioma significaba soy cabro y me gusta la pinga con púas.

Charlie se permitió una carcajada: Si supieras lo que estás diciendo, negro.

Ña, ña, tranquilo, gatito, tranquilo, ven pacá, dijo Gonzalo y enroscó al animal en sus brazos.

Oye, negro, déjame en el suelo, protestó Charlie. Tengo que irme, mintió, porque recién acababa de llegar de visita con Bobby. Pero presentía que algo no andaba bien. La frente partida del negro y los ojos que se le ponían en blanco cual maleficio diabólico eran claras señales de que algo había cambiado en ese ser. Y definitivamente el cambio no era para bien.

Suéltame, negro, volvió a pugnar Charlie y trató de zafarse. Gonzalo dijo: Ña, ña, ña, tranquilo, michifuz.

Oye, qué me dices michifuz; ese es un nombre para maricones, arguyó bravíamente Charlie.

Tranquilo, michifuz, decía Gonzalo, los ojos en blanco, internándose en lo más desolado del poblado, alejándose de la vista de todos. Caminaba como un homínido de los primeros tiempos, medio encorvado y vistiendo un taparrabos. Se había pintado una U en el pecho. Soy hincha de la U, soy hincha de la U, no como ustedes, negros aliancistas mugrosos. Yo soy diferente, proclamaba; a mí la U me ha escogido, me ha marcado. Y es que la frente le había quedado quebrada y el adobazo le había impreso en ella una especie de letra U. Esto hizo que se identificará ferozmente con el equipo de futbol peruano Universitario de Deportes, el equipo de la gente blanca y decente como Bobby, por ejemplo, a contra pelo de sus familiares más cercanos y más alejados, todos hermanados por la piel morena que eran, como debía ser por naturaleza, hinchas del equipo rival, el Alianza Lima.

Claramente, esos no eran los parajes habituales a los que sus ojos de gato se habían acostumbrado a ver. Algo andaba mal, elucubró el gato, ahora sí muy alarmado. Sus bigotes no paraban de agitarse. Estaban a punto de explotar. Lanzaban su alarma más extrema. Entonces, le clavó las garras a Gonzalo. Las uñas llegaron a tocar el hueso, tan desesperado estaba Charlie por librarse de la situación. Gonzalo gritó desde lo más hondo de su gorilezco ser.

¡Ruuuaaaaaaarhhhhhhhh!

¡Conchatumaaaaaaaa!

Y le torció la cabeza a Charlie.

***

Se había curado el brazo con unas hierbas. Tenía a su lado un mazo. Daba la impresión de que Gonzalo había vuelto al mundo cavernario. El enojo que le produjo la herida propinada por el gato se había diluido. Ahora estaba tranquilo y descansando junto al fogón que construyó para convertir a Charlie en un riquísimo estofado.

Solo le faltó un poco de sal, dijo Gonzalo. Pero sí que estuvo bueno este gato, tenía buena carne, y un buen potable. Qué rico potable, se solazó, sacándose las hilachas de carne con los huesitos de la cola. Bobby iba a volar cuando se enterase del final de su hijo unigénito.


viernes, 22 de diciembre de 2023

NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 17 de 17

 


¿Sabes cocinar?

 

El gusto está hecho de mil repulsiones.

Paul Valéry

 

Tania llevaba encima solamente un largo polo viejo. Iba a cocinar. Dejó entrar a Luis y le ofreció asiento en el sofá de espera. Eran las once de la mañana. Sus chicas llegarían en cuatro horas más. 

Voy a hacer un lomito de pollo, dijo Tania. ¿Te gustaría almorzar conmigo? En media hora, lo tengo listo.

A Luis le sorprendió verla tan tranquila, como si no le hubieran matado al marido que tanto decía amar.

Una tiene que pasar la página, pues. En este negocio, no conviene estar asustada o apenada; primero, porque te cagas y no haces nada y, segundo, porque te vas a la mierda. En un ratito, te ganan la plaza, te roban las chicas, o ellas te pierden el respeto, y terminas quebrada. He visto muchos casos, créeme.

Luis la ayudaba como podía; le pasaba el ajo, la sal, el cucharón con el que revolvía el pollo en la sartén.

Cocinar me distrae. Aunque varias veces salía a comer con el gordo. ¿Sabes cocinar?

No, nada, dijo Luis.

Tania mezclaba la cebolla con el pollo, en tanto que el arroz se hacía en una olla aparte.

En pocos minutos, hubo dos platos calentitos sobre el tablero de la cocina. En la sartén, aún quedaba lomo para una persona más. El aroma del arroz era insuperable.  

A veces, alguna de mis chicas viene sin almorzar y le dejo tomar lo que haya sobrado de mi almuerzo, dijo Tania sin que Luis le hubiese preguntado nada.

Claro, claro, dijo él.

Se sentaron a la mesa.

Hay chela, Coca. ¿Qué quieres?

Coca.

Tania fue a la refri. Luis le miró el culo; Tania no llevaba calzón debajo del polo.

¿Cómo sabes que Sánchez está muerto?, le dijo cuando dejó la Coca Cola encima de la mesa.  

Tania permaneció en silencio. Se concentró en su plato de comida. Apuró un largo sorbo de agua. Lo suyo no era la Coca.

Tania, ¿me vas a responder? ¿Cómo sabes que Sánchez está muerto?

Ella continuó con los ojos sobrevolando los pedazos de pollo y papas fritas.

¡Tania!, gritó Luis, Le cogió fuerte el brazo. ¡Carajo, mi vida depende de lo que me digas! ¡No puedo hacer nada si no sé qué le pasó a Sánchez! Mi familia depende de lo que me digas. Dime, vamos, dime; ¿qué le pasó a Sánchez? ¿De verdad está muerto? ¿Has visto el cuerpo? ¿Cómo sabes que está muerto?

No está muerto, huevón, ¿ya? ¿Contento? El imbécil se ha fugado y se ha largado con su puta; con Fátima. ¿Estás feliz?

Luis quedó perplejo. Varias preguntas le acribillaron la cabeza: ¿Qué? ¿Así de fácil quedaba yo al frente de un muy buen negocio? ¿Sánchez, con tanta experiencia, renunciaba de buenas a primeras a tanta plata?

¿Cómo sabes que se ha escapado con Fátima y no está muerto?, dijo Luis, dudando ya hasta de su propio nombre.

A ti qué chucha te importa, cojudo, zanjó Tania.

La paciencia de Luis se diluyó; tiró su plato al suelo. La botella de la gaseosa cayó sobre la mesa y rodó al piso, haciéndose añicos. Ya te dije que necesito saber la verdad por mi tranquilidad, carajo. Si mataron a Sánchez, yo puedo ser el siguiente; mi puta familia puede ser la siguiente.

Tocaron dos veces el timbre. El segundo toque fue más largo y brutal que el primero. Luis sintió miedo. Tania, también. A pesar de ello, ella se encaminó hacia la puerta no sin ciertos escrúpulos. Puso el ojo en la mirilla. Putamadre, exclamó tras ver de quién se trataba.

Vete, le dijo a Luis, vete rápido.

¿Adónde me voy a ir si estoy aquí? ¿Qué pasa?

Después te digo. Ven sígueme, le ordenó Tania y lo tomó del brazo. Lo condujo a uno de los cuartos donde atendían sus chicas. No salgas de aquí, por favor. Si sales, la cagas. Y no respondo por lo que te pase, ¿ok?

Cagado de miedo, la piel fría como la de un lagarto, Luis asintió. Desde ese lugar, oyó abrirse la puerta del departamento, una voz diciendo ¿dónde está?, unos pasos apurados acercándose al cuarto donde temblaba de pavor, el rastrillar de un arma, la misma voz, esta vez más fuerte, diciendo: ahorita te mueres, maricón.

 

 

Fin


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 16 de 17

 


El hermano de Fátima

 

Una casa será fuerte e indestructible cuando esté sostenida por estos cuatro pilares: un padre valiente, una madre prudente, un hijo obediente y un hermano complaciente.

Confucio

 

Hola, buenas tardes. Soy Luis Fuentes. ¿Está Fátima?

Le abrió la puerta un joven trigueño. Llevaba un par de tatuajes en el brazo derecho. Vestía un bividí negro, sucio, o manchado con algo que parecía haber sido yogurt.

¿Quién la busca?, dijo el joven. Tendría unos quince años. A Luis le sorprendió que alguien tan joven tuviera ya dos tatuajes.

Luis Fuentes, un amigo.

Amigo de qué, contrarrestó el joven, seco, contundente. Esta insolencia asombró a Luis; pero qué esperaba encontrar en esa parte de Lima donde el paisaje era agreste; las paredes de las casas, derruidas; los caminos, polvorientos; y los perros callejeros mordían ferozmente a quien se cruzara en sus caminos.

Luis no se esperó esa repregunta. Tuvo que decir parte de la verdad: Soy su jefe. No está viniendo a trabajar y no se ha comunicado conmigo. ¿Quiero saber qué le pasó?

Al muchacho se le transformó el semblante. Habrá pensado: chucha, estoy hablando con alguien de respeto, alguien de plata. Mejor me porto bien, se figuró Luis, tan claro había sido el cambio en el rostro del chiquillo.

Mucho gusto, señor, dijo el joven. Ah, educado era este conchasumadre, pensó Luis. Se le fue todita su malcriadez cuando escucho la palabra “jefe”. Cree que tengo plata, que le puedo chorrear un poco. Y, sin que Luis se lo esperara, vio que el mocoso se le abalanzaba, las manos dirigidas a su cuello.

Como todo fue muy sorpresivo, Luis no estuvo muy bien aferrado al suelo, por lo que el joven y él fueron a parar al piso terroso del lugar. El muchacho empezó a descargarle una serie de puñetes. Algunos le magullaban la cara, otros le combaban el pecho. Eran dolorosos; el condenado sabía golpear. ¡Dime dónde está mi tía, conchatumadre! ¡Dime o te mato!, amenazaba con cada arremetida.

Y ya lo estaba matando. Luis estaba a dos puñetes de perder el conocimiento cuando sintió, la vista ya medio nublada, que el joven se alejaba de su cuerpo, se quitaba de encima. O lo quitaban de encima. Sí, lo quitaban de encima. ¡Sal de ahí, huevón! ¡Qué estás haciendo!, oyó que tronaba alguien.

Una mano lo ayudaba a levantarse del suelo. Una boca rodeada de pelos le preguntaba si está bien. Unos ojos pequeños le suplicaban que perdonase a ese mocoso impulsivo de mierda. Una cabeza redonda le consultaba por qué ese atrevido le había descargado tanto puñete.

Fue ingresado a la casa de cuya puerta había sido tiroteado a golpes. Lo sentaron y le dieron de tomar un vaso de agua que apestaba a cebollas y ajos. 

Ese sabor rancio lo despertó un poco.

Dígame, qué le pasó. Cómo así terminó agarrándose a las piñas con ese mocoso del diablo, dijo el tipo que tenía enfrente.

Luis, tomándose la cabeza, sobándose la cara por aquí y por allá, empezó a contarle la historia: solo quería saber el paradero de Fátima.

Como le acabo de decir, soy su jefe en la textilera donde trabaja y, desde hace tres días, Fátima no se presenta. Tampoco contesta el celular.

Soy el hermano de Fátima, dijo el hombre, un tipo gordo, de candado cafichero y aspecto no muy cuidado. Y sí, tal cual dices, hace tres o cuatro días que no sabemos nada de ella. Pero no es la primera vez que se desaparece. Acá viene cuando le da la gana. Además, no te hagas el gil, yo sé muy bien que eres su caficho.

A Luis se le agarrotaron los sentidos: temió que lo volvieran a agarrar a puñetazos.

Este, este…, balbució Luis, yo, yo…, se ha equivocado, maestro. Yo… yo soy un empresario textilero.

Déjate de huevadas, comparito, yo sé que Fátima es una puta. ¿Quién crees que la ha llevado algunas veces al puterío que tienes ahí en Lince? Yo, pues, huevón. Yo la he llevado. Y el huevón de mi hijo te iba a matar a golpes porque él se la cachaba rico. Se cachaba rico a su tía puta. ¿Entiendes? Un adolescente que pierde a su mujer es peor que leona sin hijos. Mira cómo te puso la cara. Mañana vas a parecer un camote, huevón. Déjame que te pongo estas carnes.

Luis ya no podía continuar con su farsa; el tipo sabía de lo que hablaba.

Sí, ella trabaja para mí, confesó. Hace tres días que está desaparecida. Nunca se había ausentado. Hasta ahora no me llama y, cuando la llamo, no contesta.

Solo te diré algo, huevón. A mi hermana, la han matado y yo no voy a ponerme a averiguar quién lo hizo. No quiero que me maten también. Cuando ella empezó a juntarse con venezolanos, supe que todo se iría a la mierda. Y, mira, no me equivoqué, dijo el hombre.

¿Qué me recomienda hacer? Yo sí quiero saber qué le pasó a Fátima, intentó Luis.

Yo te recomendaría que sigas chambeando como si nada hubiese pasado. Mujeres como Fátima hay un culo. Además, para muestra un botón: mi hijo, que sé que no ha matado nadie, bueno, hasta donde yo sé, estaba a punto de matarte. Imagínate qué no te hará un huevón que sí quiera matar al soploncito que esté andando de chismoso. Yo te recomendaría que, en asuntos de mafiosos, no te metas. Una cosa es ser caficho y otra muy distinta ser mafioso. Si hay sangre de por medio, ya te convertiste en mafioso, muchacho.

Comprendo, dijo Luis. Lo tendré en cuenta. Gracias por el aviso.

De nada, muchacho, dijo el hombre.

Luis quiso saber el nombre del tipo. Aunque segundos después, consideró que saber aquello no tendría importancia alguna. Era mejor así. El hombre, a pesar de su seguridad, dejaba traslucir cierto miedo a romper su anonimato.

Se dieron la mano en la puerta.

Oye, una cosita, dijo el tipo. Antes de que te vayas, quiero hacerte una consulta.

Sí, dígame, dijo Luis.

¿Cuánto hacía mi hermana?

¿Cómo?

Sí, ¿cuánto billete te generaba mi hermana? Ella me daba semanal quinientos soles, pero creo que me robaba. Dime, ¿cuánto hacía?

Nos vemos, señor, dijo Luis, cortante y con la mejor cara de pocos amigos que pudo poner.

Lo primero que hizo Luis, luego de abandonar ese arenal que se autoproclamaba como distrito limeño, fue pensar adónde iba a ir. Qué hacer. A quién más recurrir. No se le ocurrió nada. Tuvo una nostalgia inmensa por ver a sus hijos. Sentía que su vida corría peligro. Quienquiera que hubiera matado a Sánchez, también lo tendría en la mira a él. Entonces, a medida que esa corazonada se hacía más plúmbea, quiso ver a sus hijos, abrazarlos, sacarlos a pasear a algún lugar bonito, verlos sonreír antes de que algún conchasumadre le metiera dos tiros en la cabeza.

Putamadre, pensó, si visito a mis hijos, me van a ver todo golpeado. Mi mujer me va a cagar a preguntas. Un bus se detuvo a sus pies. ¡Todo Faucett! ¡Todo Faucett!

Mierda, se alegró, hay un carro que pasa por estos descampados y me deja en San Miguel. Desde ese distrito, a la casa de sus hijos, o al departamento prostibulario que también era su hogar, solo había escasos minutos. Tenía para pensar cuidadosamente su siguiente destino.

Se vio en una encrucijada. Resolvió que debía averiguar a fondo lo de Sánchez: ¿Dónde estaba? ¿Lo habían matado de verdad? Porque mientras no resolviera esos cuestionamientos, no podría ver a sus hijos. El asesino o los asesinos de Sánchez y Fátima (si daba por cierta la noticia de Tania) estarían siguiéndolo y, si es que aún no habían registrado que tenía hijos, lo harían ni bien él se acercase a la casa de su mujer o, mejor dicho, a la casa que él aún pagaba para que viviera allí su mujer y sus hijos, mientras la muy puta metía allí a su nuevo cachero. El ánimo se le avinagró. Dejó de pensar y se dedicó a mirar el turbio paisaje de la ciudad nocturna. Claro, pensó, tengo que ver a Tania; esa puta es la que dice que han matado a Sánchez. Y si lo dice, algo debe saber. Tengo que sacarle bien toda la información posible. Eso haría, volvería a hablar con Tania.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 15 de 17

 


No te metas

 

Pero donde hay peligro,

crece también lo que nos salva.

Friedrich Hölderlin

 

Fue Tania quien me lo dijo: Sánchez estaba muerto. Le habían dado vuelta. La noticia me descolocó. ¿Y Fátima?, se me escapó.  ¿Sabes algo de ella? Tania interrumpió el llanto: ¿Por qué lo preguntas? Sin saber qué inventar, solo me quedó decirle la verdad, la tardía verdad: Anteayer Carlos la llevó a su casa.  Y desde eso, ni ella ni él han vuelto a aparecer. La reacción de Tania fue mayor que la que me esperaba. Se levantó y, pequeña como era, se dio maña para tomarme del cuello y empujarme contra la pared: ¡Huevón, debiste haberme dicho eso cuando te conté que el gordo no me había escrito como lo hacía siempre! ¡Esa perra lo ha centrado! ¡Esa perra lo ha centrado! Descargada la ira, me liberó y volvió a hundirse en el sofá.

Le dije al gordo cojudo que, si alguna vez me sacaba la vuelta, no lo hiciera con las venezolanas nunca. Los Horna sembraron a Fátima para cagar a mi gordo, carajo. ¡Venezolanos y la reconchasumadre!

Sin dejar de sobarme el cuello para aliviar la presión que me habían dejado los dedos de Tania, bajé la cabeza. Sentí que tenía gran parte de la culpa en la desaparición de Sánchez. Me quedé pensando también en lo que acababa de decir Tania, en eso de que el gordo estaba advertido de no sacarle la vuelta.

Sus sollozos eran sinceros: He perdido a mi marido, carajo. Quedé en shock, un shock más fuerte que el que me había producido la noticia de la muerte del gordo. ¿Sánchez era el marido de Tania? ¿Y por qué no vivían juntos? Sánchez y Tania siempre se comportaron como socios delante de todo el mundo; nunca como amantes. ¿Era tu marido?, pensé en voz alta. Tania se aleonó: Sí, cojudo, era mi marido, mi socio, mi todo. Volvió a sentarse en el sofá.  No estábamos casados, pero era como si lo estuviéramos, siguió llorando.

Luego de que Tania se fue, les dejé un mensaje hablado a las chicas: No vengan hoy. Día libre. Y apagué el celular. Sabía que ellas protestarían. ¿Día libre? En la kinería, no había día libre. Un día no trabajado era un día no comido. Aunque mis putas, si estaban administrando bien su dinero, podían darse el lujo de huevear un mes si así lo deseaban. No podían quejarse: ganaban las más altas comisiones de la industria gracias a la estrategia de ventas y atracción del mejor talento que desarrollamos con Sánchez. Nuestro chongo había ganado prestigio entre los kineros más serios de Lima. Así que, volviendo al tema del día libre, bien podían permitirse un día sin trabajar.

Aseguré la puerta del departamento y reflexioné sobre mis próximos movimientos. Si mataron a Sánchez, ¿sus enemigos estarían también detrás de mí? ¿Qué mierda había hecho Sánchez? A ver, a ver, para empezar ¿era verdad que estaba muerto? Eso era lo que había dicho Tania, pero ¿había visto el cadáver con sus propios ojos? Y si no lo vio, ¿cómo se enteró? ¿Quién le fue con la noticia?  Debía volver a conversar con Tania. Debía resolver esas dudas que recién, en la soledad de mi departamento, se me presentaron contundentes. Le toqué la puerta. Ella misma salió a recibirme.

¿Qué quieres, huevonazo? Si me hubieras avisado a tiempo, mi gordo no estaría muerto, me ladró.

¿Y cómo sabes que está muerto? ¿Quién te lo dijo? De repente, es mentira, la animé.

¿Cuál mentira, idiota? ¿Crees que mentiría con algo tan delicado? ¿Crees que voy a estar llorando por las huevas? Yo había escuchado, cuando era parroquiano, que Tania se loqueaba luego de beber con desafuero. También, se decía que se volvía más cachera. A veces, les buscaba la bronca a la gente con la que chupaba. Al verla así de airada, confirmaba alguno de esos dichos.

Tania, de repente, el gordo no está muerto. ¿Acaso lo has visto?, intenté que entrara en razón.

Ella, medio vencida por mi tozudez, cejó: No lo he visto. Me lo han contado. Lo encontraron baleado en su auto.

¿Te mandaron fotos?, me apresuré.

No, idiota. No quise. Eres bien frío ¿no, mierda? ¿Si matan a tu papá a balazos, te gustaría ver las fotos de la masacre? No seas insensible.

Permanecí en silencio. No quería exacerbar todavía más sus ánimos revueltos. Tras unos segundos de calma, le comuniqué mi decisión: Voy a averiguar qué pasó con el gordo.

¿Qué?, saltó Tania. ¿Qué vas a hacer?

Voy a averiguar.

¿Y qué? ¿A quién le vas a preguntar? ¿Vas a ir por la calle preguntándole a todo el mundo quién mató a Sánchez?

No, pero voy a averiguar. Es más, ya sé por dónde empezar, dije.

Yo te sugeriría que no te metas. Ni yo que soy su mujer quiero meterme. Cuando matan a alguien en este negocio, es por algo. Seguro el gordo cagó a alguien o se pasó de la raya en algo. Es mejor no meterse, huevón. En mi caso, seguiré con mis cosas sin joder a nadie.

¿Estás segura? ¿Es en serio lo que me dices?, no podía creer que no quisiera mover un dedo por, al menos, averiguar quién mató a su gordo.

Tómalo como quieras, Luis.

Luego de botarme de su departamento, fui a donde creía que hallaría una pista.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 14 de 17

 


Padre suplente

 

Los niños comienzan por amar a sus padres.

Cuando crecen, les juzgan.

A veces, les perdonan.

Oscar Wilde

 

¿Se puede saber cuándo vas a ver a tus hijos?

Era mi esposa. Aunque no era un mensaje de voz, podía entender nítidamente el tono con el que lo había compuesto, el mismo tono amenazador y quejumbroso de siempre. ¿Quién podía entenderla? Primero me decía que me largara para siempre de su vida y de la de los chicos, y ahora me demandaba estar presente. Bueno, por otro lado, tenía razón. Desde que me fui de la casa, no volví a visitarlos. Se suponía que andaba chambeando en provincia. Eso sí, a fin de mes yo cumplía puntualmente con el envío de la pensión.

Fátima y Sánchez no habían dado señales de vida. Que ni venga Fátima, pensé cuando recibí a Silvia, que siempre llegaba a las dos de la tarde y tenía ya a dos arrechos, fanáticos de sus chupadas de pinga, esperando por ella. Puede considerarse despedida.

A las cinco, llegó Linda. A las diez, bebiendo una Coca helada, cuadré las cuentas del día. Fue durante esos cálculos cuando me cayó el mensaje de mi esposa. Termino esto y le contesto, pensé. No quiero avinagrarme la vida mientras cuento el dinero que he ganado.

Media hora después, tomé el celular y le respondí: Qué casualidad que me escribas al respecto. Hace unos días pedí un permiso para visitar a los chicos y me lo dieron. Dentro de una hora, estaré llegando a Lima. Te aviso ni bien me encuentre camino de tu casa.

Eran las once y media de la noche cuando terminé las cuentas. Volví a revisar el celular. Mi esposa había leído el mensaje, pero no me respondía nada. Putamadre, me lamenté. ¿Y si voy y no están los chicos? ¿Para qué mierda me pide que visite a los chicos si luego no me va a confirmar si puedo ir? Decidí que igual iría a verlos. El tema de Sánchez y Fátima me tenía preocupado. En todo el día, ni el uno ni la otra se habían comunicado conmigo. Si no visitaba a mis hijos hoy, no lo podría hacer después. No tenía tiempo ni cabeza para hacerme cargo de mi chongo y del huevón de mi socio.

Cogí mis llaves y tomé un taxi. Dormiría un día más en la casa de Sánchez. Al día siguiente, sí o sí me mudaría a Lince. Además, la casa de Sánchez me quedaba a tiro de piedra de la de mis hijos. Ya estoy en el taxi camino a tu casa. Que los chicos no se duerman todavía, por favor, le escribí a mi esposa.  

En quince minutos, ya estaba tocando el timbre de la casa de mis hijos. Nadie respondía. La oscuridad detrás de la cortina de la ventana era indicio de que no había nadie o de que estaban durmiendo.

Si ya están durmiendo y sigo tocando y los despierto, mi esposa va a salir y me va a hacer un escándalo de la putamadre, pensé. Ya fue, me dije, ya fue; luego de resolver el asunto del gordo, veré en qué momento regreso.    

Ya estaba a punto de alcanzar la esquina cuando veo llegar a mi esposa, tomada de la mano de un huevón, y a mis dos hijos. Ellos iban muy sonrientes, felices, llevando unas gordas hamburguesas en sus manos. Pedrito, el más apegado a mí, mi hincha, también cogía una de las manos del huevón, un tipo que llevaba el pelo largo, negro, algo ondulado. No tuvo que pasar más de un segundo para que me vieran, para que nos viéramos por fin. Yo hubiera querido desaparecer. Necesitaba procesar lo que estaba viendo. Pero no tuve tiempo. Yo no soy de los que hacen escándalos. Yo soluciono las cosas en silencio, entre cuatro paredes. Papi, papi, corrieron hacia mí los niños. Con un bracito me abrazaban y con el otro sostenían sus hamburguesas.  

Hola, amores. ¿Qué hacen? ¿Salieron con mamá?, les pregunté, fingiendo que yo la estaba pasando de maravilla y que no me importaba un carajo que mi esposa saliera con otro huevón, aún casada conmigo, y tuviera a mis hijos, tan tarde en la noche, deambulando por las calles, en lugar de tenerlos acostados para que estuvieran listos para el colegio.

Sí, hemos salido, se adelantó el pelucón. Entonces, lo reconocí, ya mejor iluminado por uno de los postes de la calle. Era el exenamorado de mi esposa; su amor de toda la vida antes de que me casara con ella y, por lo visto, después también. Al parecer, no habían perdido el contacto; apenas me largué, retomaron y reforzaron su relación. Ahora, salía con mis hijos y hacía las veces de papá, de papá de mis putos hijos, carajo. ¿Qué se habrá creído este huevón? Y ahora tenía la conchudez de contestar una pregunta que no le había hecho.

Lo miré a los ojos, sin achicarme: No te pregunté nada, huevón. Estoy hablando con mi hijo.

El pata bajó la mirada y la escondió detrás de sus greñas. Se me ha bajado, pensé. Me sentí eufórico por esa pequeña victoria. Yo jamás hubiera reaccionado así; sin embargo, el trabajo en el chongo me había forjado una auténtica personalidad de macho. Sin necesidad de irnos a las piñas, con mi sola voz segura y confiada, había logrado disminuirlo. Esta pequeña victoria me soliviantó el ego y, al mismo tiempo, hizo que se me disolviera un poco el escozor de haber visto a mis hijos salir con un huevón que no era su padre.

¿Qué haces acá?, saltó mi mujer. Ella sí tenía los huevos que no poseía el pelucón.

¿No me dijiste que venga a ver los chicos?, me defendí, sin levantar la voz, tranquilo, relajado. Acá estoy, pues.

¿Y a estas horas llegas? Mi mujer nunca se quedaba callada. ¿Qué horas son estas de venir?

¿Y qué horas son estas de salir? ¿A estas horas sacas a mis hijos a la calle? ¿Mañana no tienen que ir al colegio? Quedé gratamente sorprendido por mi reacción; nunca le había respondido los insultos a mi mujer con tanto aplomo y prontitud. El negocio del puterío había fortalecido mi espíritu. Las cosas malas también podían traer cosas buenas. Era ahora un tipo con resolución.

Oe, no le hables así. ¿Qué te pasa?, interfirió el huevón que, sabía yo, se llamaba José.

No te metas, huevón. ¡Uy, mierda! Me volví a arrebatar. Más le valía no meterse en mis asuntos porque estaba con todas las ganas de sacarle la mierda hasta a un león. La mirada era fundamental. Cuando miraba grueso, me ponía aún más feo. Ese era un recurso del cual recién tenía conciencia. Si lo hubiera aprovechado en el colegio, otro hubiera sido mi destino.

Respeta a mi mujer, serrano de mierda, me respondió el huevón. Lo dijo bajito, como para que no lo oyeran los chicos, que comían sus hamburguesas a unos pocos metros de nosotros, pero lo suficientemente claro y contundente como para que lo escuchásemos mi mujer y yo.

Pedrito, Juancito, entren en la casa, por favor. Yo ya me voy, les dije; luego, mirando a su mamá: Llévatelos, por favor.

¿Qué vas a hacer?, me preguntó ella.

Déjalo, dijo el pelucón, déjalo; cree que me va a pegar. Déjamelo, va a ver la sorpresa que se va a llevar.

José, le increpó mi mujer amortiguadamente, pero con fiereza, no quiero escándalos aquí, enfrente de mi casa. ¿Quieres que me boten a mí y a mis hijos? Luego, mirándome con sorna, continuó diciéndole: Y tampoco quiero que mates al papá de mis hijos. Yo sé que él no te aguantaría ni dos segundos.  

Así que me vas a matar, ¿no? Me gustaría ver eso, cachudo, le dije.

José reaccionó: ¿Cachudo? ¿Yo cachudo? Cachudo tú, huevonazo. ¿No ves que acá sales sobrando? ¿No ves que estoy con tu mujer?

Se me calentó la sangre, ella tenía razón: no valía la pena hacer un escándalo en frente de la casa de mis hijos. No quería que se quedaran sin hogar. Ya habría un momento para zanjar esa disputa.

Mejor vengo a ver a los niños otro día, le dije a mi esposa.

La mirada que me ofreció reveló su completo desinterés en lo que le dije. Di media vuelta y me alejé unos pasos. A pesar de ello, pude advertir que José quiso avanzarme, pero fue contenido por mi esposa. Seguramente le dijo que no valía la pena.

Las luces del segundo piso de la casa de Sánchez estaban apagadas. ¿Estaría durmiendo luego de tanto cache? Entré. Esperaba encontrarlo jateando de lo lindo, roncando despreocupadamente. Entré sigilosamente, pero al cabo de unos segundos de reconocimiento supe que no había nadie en esa casa. Ahora sí la cosa era preocupante: a Sánchez le había pasado algo, algo nada bueno.


NOVELA PERUANA - EL CONQUISTADOR DE RISSO de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 13 de 17

 


No te esperaba

 

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay, Dios!

Rubén Blades

 

Al día siguiente, se despertó muy temprano. Eran las cinco de la mañana. En puntillas, sin hacer ruido, fue a inspeccionar el cuarto de Sánchez. No había nadie. Recorrió la casa. No había nadie, excepto Blackie tirado en su sofá. Sánchez no había regresado a dormir. Había pasado la noche con Fátima. Y la muy perra me contaba que tenía enamorado, que era un tipo con el que la relación pintaba seria. Pero, miren, pues, a la gran perra.  

Mejor dejo de pensar en estas huevadas y me dedico a lo mío, se dijo Luis.

Decidió caminar hasta Lince. En el trayecto, el aire le refrescaría las ideas. El clima estaba agradable, ni frío ni calor. Hoy mismo me largo de la casa de este gordo pendejo. Las calles de Breña eran estrechas, olían a antiguo. Pero ¿adónde me voy a vivir? Se le ocurrió que podría instalarse muy bien en el departamento que utilizaba como chongo, su negocio. Que se vaya a la mierda el gordo con sus advertencias. Sánchez nunca le explicó muy bien por qué un dueño de chongo no podía vivir en su propio local. Si un enemigo quería desaparecerte, no lo haría en la casa donde vives, sería muy estúpido de su parte; siempre te podía matar en cualquier esquina de la calle. Esto era más fácil. Por el bien de la relación comercial, debo independizarme ya mismo, carajo.

El departamento donde había instalado su chongo estaba dividido por paredes de tripley pintadas de tal modo que parecían parte de la estructura original. Así, pudieron generarse un pequeño recibidor y tres habitaciones. En esos cuartos, trabajaban las tres chicas. Un cuarto para cada una. Luis decidió que dormiría en uno de ellos, luego de terminadas las horas de trabajo.

Al llegar al departamento, tomó una siesta tempranera. La caminata lo había agotado. Las chicas todavía aparecerían a partir de las dos de la tarde. Solo Linda, como era usual, concurriría a las cinco.

Un par de horas después, unos golpes en la puerta terminaron con su siesta. Aún eran las diez de la mañana. ¿Quién podría ser? ¿Sánchez? Ni cagando; él tenía llave. La puerta no tenía mirilla. Craso error. Una batida policial podría ponerlo en jaque si no se fijaba a quién le abría la puerta del chongo. En todos esos meses, gracias a Dios, nada de eso había pasado. También, había que agradecer aquello a que Sánchez, por medio de un contacto clave, mantenía jugosamente aceitadas a las fuerzas del orden. Debo instalar la mirilla cuanto antes, pensó Luis, acercando la oreja a la puerta. Recordó, mientras trataba de registrar algún sonido al otro lado, que estaba pendiente que Sánchez le presentara al contacto clave encargado de transferir las cuotas a la policía.

Aguardó con paciencia felina a que el irruptor revelase su identidad con algún tipo de ruido.  

Volvieron a tocar. Luis se sobresaltó. Los golpes lo cogieron frío.

Luis, soy yo: Tania. Abre. No te paltees.

El alma le volvió al cuerpo. Era Tania. Conocía muy bien el timbre de su voz. ¿Cuántas veces se había acostado con ella cuando solamente era un cliente más y no el empresario sexual en el que se había convertido?

Mientras abría la puerta, se preguntó qué podía querer la chata poderosa.

La vio vestida con un polo más o menos ancho que fracasaba en ocultar las enormes tetas de su propietaria. No llevaba sostén, así que los pezones se hacían notar sin mayor problema. Un shortcito jean, deshilachado en las bastas, completaba su tenida.

¿Puedo pasar?

Claro, claro, dijo Luis. ¿Iba a cumplirse casi un año desde la última vez que estuvo dentro de ella? Qué rico sería cachar con Tania ahorita mismo, pensó. Qué rico cuerpo tiene esta mujer. Ahora eran colegas; casi, casi, compañeros de trabajo, pero ¿quién decía que entre colegas no estaba permitido un breve choque y fuga?

¿Sabes algo del gordo?, dijo Tania ni bien se sentó en el sofá del recibidor.

Esta pregunta lo tomó por sorpresa. Tartamudeó: N-n-no, no sé dónde está. ¿Por qué lo preguntas?

Ah, porque él siempre me llama a las seis de la mañana. Y si no puede llamarme, me escribe. Siempre lo hace. Desde que somos socios, siempre ha hecho eso. Ahora, como lleva tiempo asociado a ti, pensaba que, no sé, se había distraído, se había olvidado. Pero ahora que me dices que no sabes nada, ya no sé qué pensar. Había genuina preocupación en sus palabras.

¿Has intentado llamarlo?, dijo Luis.

Claro, lo he llamado, pero suena ocupado. Le he dejado varios mensajes también, pero nada; no responde. Parece que estuviera con el celular apagado.

La tribulación de Tania ahuyentó la incipiente arrechura de Luis. Además, lo que contó era realmente grave; el gordo había desaparecido sin reportarse con su socia de años. ¿Pero por qué Sánchez no llamaría a Tania? El hecho que cachara con Fátima no impedía que la llamase. A menos que…

¿No has dormido en su casa?, dijo Tania.

No, mintió Luis con aplomo, desde hace unas semanas estoy durmiendo aquí en el depa.

Ah, no sabía. Tras alargar unos segundos el silencio, añadió: Por fa, si te llama, me avisas. Yo igual abriré el chongo a las dos. ¿Tú?

¿Yo?, reaccionó Luis; tenía el cerebro ocupado en armar alguna teoría que respondiera lúcidamente a la cuestión del mutismo de Sánchez hacia Tania.

Que si vas a abrir tu chongo, aclaró.

Ah, sí, sí, claro, a las dos también, como siempre, confirmó Luis, todavía redondeando su teoría cuando, de pronto, la concluyó: Sánchez y Tania no solamente eran socios; también cachaban y tenían una relación. El gordo no se había reportado con Tania como todas las mañanas porque aún tenía a Fátima chupándole las bolas. Tania no le perdonaría el desliz. En el tiempo que tenía a Tania de colega, Luis había podido descubrirle algunos aspectos que solamente la larga convivencia revelaba: era una mujer de armas tomar. Por algo no llevaba triunfando en el negocio del puterío más de diez años, cuando se separó del staff de la también famosa Tía Katty.

Tania regresó al departamento de al lado, a su chongo. Ella no vivía allí, pero por la preocupación que le causaba la desaparición de Sánchez seguramente había optado por adelantar unas horas su llegada.

Luis tomó su celular e intentó llamar al gordo, pero al siguiente segundo abortó la idea. Seguro sigue cachándose a Fátima. Solo espero que ella esté aquí a las dos en punto para la chamba, o la pongo de patitas en la calle, carajo.