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viernes, 21 de febrero de 2025

NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 07: El éxito de una pollada

 


¿Y tú quién eres?, dijo Bobby, impío empresario minero y tío del conocido presentador televisivo Jaime Babies.

Coco. Me llamo Coco, dijo Marly, estirando una mano cuya piel le gritaba al mundo que jamás hubo conocido los rigores del trabajo físico.

La suavidad de esa mano desanimó a Bobby. Para marica bastaba él. Lo que necesitaba era un muchacho bandido, de piel bronca como la corteza de un roble.  

Te me haces conocido chibolo, dijo el minero. Llevaba una bufanda enroscada en ese cuello que parecía hecho de fino papel crepé.

Es que soy pata de Arturo y casi siempre caigo en este lugar.

Bobby comprendió todo. Le hizo una seña a Baltazar, el moreno que le guardaba las espaldas y cuyo miembro viril había sofocado alguna de sus más urgentes necesidades. Baltazar abrió una puerta maravillosamente camuflada detrás de Bobby.

Pasa, Coco. Conversemos adentro, dijo el empresario. Una mano tan blanca como la cocaína que había estado disfrutando le señaló cordialmente la entrada.

***

  Groover, con temor, los recuerdos inflexibles de Sergio Castro rompiéndole el culo a punta de palmetazos en una de las aulas polvorientas de la universidad Federico Villarreal por ser incapaz de resolverle una simple derivada, tomó un lápiz e hizo cálculos. El resultado no le agradó. Volvió a llamar a Eva. Hizo bilis con ella, pero comprendió que la pollada no tenía un norte. No había meta, no había capital, no había proyección, no había nada.

Sergio Castro bajó del podio y Montes ocupó su lugar. Mientras Groover se mesaba el poco pelo que le iba quedando, veía al serrano burlándose de la tragedia publica que sería la pollada. Aquellos que habían expresado un sincero deseo de arrasar con los pollos disponibles eran todos seguidores del Habla Montesito. Cuchillos Largos, programa de Groover, apenas contaba con una decena de incólumes prosélitos, gentes que jamás habían dado prueba alguna de sólida interacción con el mundo real. Es decir, no podía esperarse ningún dinero proveniente de esa irrisoria decena de personas afantasmadas. Y desde que Eva hubo reafirmado que solamente por el canal de Groover se transmitirían las incidencias de su pollada, los partidarios de Montes se desafectaron de su causa. Que Eva se meta su pollada al culo, propugnaron al unísono. Así, el peso de las ventas recaía sobre los fantasmagóricos adeptos de Groover. Es decir, el fracaso era un hecho.

Solo había una solución para evitar las burlas del serrano; una solución para que la pollada, si bien no un éxito, al menos no llegase a ser un fracaso bullicioso. Groover tomó el teléfono.

¿Aló?, dijo Groover, y aspiró una bocanada de su cigarrillo electrónico.

¿Qué pasa, Viejo?

A Groover le encantaba que lo llamasen Viejo, ya que era el mismo apelativo con el que se solía designar a su ídolo, el pensador político Haya de la Torre.

La pollada de Eva va a ser un fracaso. La cojuda no sabe ni cuánto quiere ganar. Por otro lado, los únicos maricones que habían prometido comprar ahora se han echado para atrás.

¿Y tus seguidores, Viejo?

¿Cuáles seguidores? A mí nadie me sigue. Necesitamos implementar una estrategia infalible para salvaguardar el honor de nuestros canales.

No entiendo, Viejo ¿Qué quieres hacer?

Como buen partidario aprista cuando se trataba de pedir plata, Groover arremetió sin rodeos: Ábreme la billetera. Suéltame el caño. Compra todas las polladas de Eva. Ya luego yo me encargo de decir que entre todos los miembros de mi canal y tu canal se llegó a la meta.

El silencio al otro lado de la línea fue interpretado por Groover como que había que insuflarle a su interlocutor más argumentos de peso.

Eva alucina que la gente irá en masa a su huevada, que la música que va a poner va a atraer a los comensales. Putamadre, ni las polladas de mi extinta tía Lucila Camposantos, que era la reina del asunto, congregaban a más veinte gatos. Y te lo digo con concha porque yo he sido partícipe de alguna de ellas. Si te contara que lo que más se consumía ahí era coca y no pollos.  

El silencio que hubo por respuesta era distinto del primero. Groover sabía interpretar las líneas en blanco. En la escuela de las juventudes apristas le habían enseñado cómo persuadir al adversario. Este silencio era sinónimo de que estaba a punto de lograr su objetivo. Solo había que meter la puntita un centímetro más.

El nombre de nuestra corporación está en juego. Ya sabes lo que tienes que hacer. Ahí te paso mi cuenta. Es cuanto.

***

El Ciego, a causa de su ceguera, no podía ver los paisajes que se sucedían por la ventana del taxi que Bafi le había pagado para acudir a la pollada de Eva. Si hubiera podido, habría visto las casas derruidas, a medio construir, como bombardeadas, que pululaban en su humilde distrito y, con el correr de los kilómetros, habría columbrado el cambio en esas estructuras, casas con jardines, con veredas, con poncianos en las entradas, edificios modernos que abarrotaban los predios de los acomodados distritos de San Miguel, Magdalena y, finalmente, La Perla Alta, zona esta última de pacífica prestancia.  

Azorado por el tinglado de voces y bocinazos, el Ciego recordó las reconfortantes palabras de Eva: Sí, graba nomás, Cieguito, pero ten cuidado. Yo te voy a proteger. O al menos te voy a avisar si los secuaces del Viaje te quieren meter bala.

***

Solo acudieron tres personas a la pollada. Se dejaron entrevistar por un monigote que contrató el Viejo para armar algo de jarana. El monigote, que obedecía al apelativo de Faloperito, además de embolsicarse treinta dólares por un show de quince minutos, logró besar en los labios a la única mujer que asistió al evento.

Esas tres personas eran seguidoras del canal de Montes. Sin embargo, una vez detectadas por la horda de fanáticos montesistas, fueron expectorados de la comunidad. El que está con Groover está contra nosotros, dijeron en coro. Si quieren volver a nuestra comunidad, tendrán que chuparle la pinga a nuestro líder en público.

***

Pero, Viejo, es que a mí me daban pena que los pollitos estuviesen congelándose en la refrigeradora y por eso los puse afuera un rato para que tomen sol.

Groover no podía creer lo que escuchaba. ¿Qué has dicho, cojuda?

Sí, pues, Viejito, y luego cuando empezaron a sudar por el calor, los metí un ratito en mi cuarto para ya, más calientitos, pasarlos otra vez a la refrigeradora. Usted sabe que soy una defensora acémila de los animales. No me gusta verlos sufrir.

Oye, burra, se dice ‘acérrima’, no ‘acémila’. ‘Acémila’ significa mula, pero, claro, eso es más bien lo que eres, una mula. Cómo se te ocurre hacer lo que me estás contando. ¡Esos pollos ya están muertos!, se desesperó Groover. Están muertos, carajo. Entiende. Desde que los compraste estaban muertos, por la reparimpamputa. Y ¿por qué dijiste que los volviste a meter en la refrigeradora?

Porque estaban oliendo un poco feo, dijo Eva, temerosa de que el Viejo le volviese a enyucar otra feroz puteada.

No mucha gente estaba viendo esa emisión de Cuchillos Largos, entonces, Groover pensó en cortar la transmisión para evitar que el respetable dedujese que la pollada se prepararía con pollos malogrados.  

Ya, Eva, no quiero renegar, mejor conversamos por interno. Voy a cortar. Chau, chau.

***

Cuando el Viejo se enteró de que el Ciego no solo no recibió sus diez pollos malogrados, sino que por algún sortilegio del destino la línea de su celular, pieza fundamental para su ubicación y desenvolvimiento en la ciudad, se hubo deshabilitado, soltó potentes carcajadas. ¿Alguien sabe si ese infeliz terminó desbarrancado en los acantilados del Callao?, preguntó en su programa Cuchillos Largos, en donde, con fruición, proclamaba que se habían vendido todos los pollos del evento. Eva está feliz, declaró.

Groover se hallaba borracho de satisfacción. Había que estar también borracho de verdad. Destapó una Coronita helada y se repantigó en la silla sobre la que locutaba Cuchillos Largos. Tengo que complementar esta felicidad con una masturbadita, pensó. Buscó en la computadora vídeos de mujeres de cien kilos copulando con enanos aventajados.

La noche en Newark cayó con plena satisfacción sobre las amoratadas cabezas de sus ciudadanos y Groover durmió nuevamente, tras haberse extraído una gruesa dosis de energía. Roncó estentóreamente para beneplácito de su público que, gracias al éxito de la pollada, había aumentado en tres seguidores: los públicamente expectorados del canal de Montes.

***

Súbete el pantalón, dijo Bobby tras verle el ridículo pene a Coco. No me provoca nada tu cochinadita.

Coco obedeció mansamente.

Más bien, creo que me puedes ser útil en uno de mis fundos de pisaúvas en Chincha, dijo Bobby tras encargarle a uno de sus ingenieros que le acercara la bandeja de coca. Me dijiste que vives por ahí, ¿no?

Sí, claro, dijo Coco.

Llámame mañana, dijo Bobby y lo invitó a largarse del lugar.  


viernes, 7 de febrero de 2025

NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 05: Como dijo Quevedo, por menos de 180 soles el Profe Puti no mueve un dedo

 


Era la primera vez que poseía, en su puta vida, unos lentes Ray-Ban, modelo aviador, de cuatro mil dólares. Lo he logrado, pensó Gonzalo. Ahora soy alguien.

¿Adónde vas?, le dijo a su mujer, viéndola lista para salir a la calle.

A la tienda de la vuelta. Se me olvidaron comprar unas cositas en el mercado. Pero regreso rápido, dijo, con temor. Gonzalo podía reaccionar violenta e intempestivamente ante cualquier falta u omisión. Él sí podía equivocarse y siempre tenía la excusa perfecta para perdonar -o incluso no reconocer- sus propias cagadas; pero era intolerante en cuanto a los errores ajenos, especialmente, en cuanto a los dislates de su mujer. Parecía no tolerar su presencia en casa. Muy frecuentemente y, sin motivo alguno, Gonzalo la atormentaba con gestos gruesos, miradas duras y la bemba torcida por el resentimiento, como si ella fuese la culpable de alguna desgracia en su vida.  

Déjalo. Yo voy, dijo Gonzalo.

La mujer no podía creer que su esposo, remolón para efectuar cualquier tipo de labor doméstica, por muy liviana que fuera, se ofreciese a ir a la tienda. Pero, como le había dicho su madre alguna vez aprovéchate gaviota que no volverás a ver otra, la mujer tomó de buen grado el ofrecimiento.

Entonces, tomó una hoja de papel y garabateó rápidamente el listado de las cosas que debía comprar.

No sin cierto miedo, le entregó la hojita a Gonzalo. Este tenía la cara de culo, como siempre que interactuaba con ella. Parecía un australopitecus furioso por no haber recibido la pierna prometida del mamut cazado y cocinado luego en el fogón de piedra de la tribu. 

¿Y la plata para comprar esto?, dijo Gonzalo tras leer la nota.

La mujer había pensado que el repentino e inusitado favor iría acompañado del ahorrito del dinero del mes que Gonzalo le proveía y que tampoco era la gran cosa.

No; se había equivocado. Gonzalo le exigió el dinero que ella tenía destinado para la compra. Le tendió su inconfundible palma anaranjada demandando que colocase sobre ella el billete de diez soles calculado para comprar las minucias detalladas en el papel.

Pero, pero, yo pensé que…, balbuceó la mujer.

¿Qué pensaste?, tronó Gonzalo, dirigiéndole a la pobre una ácida mirada, como si tuviera delante de él, no a la mujer que le dedicaba sus mejores días, sino a uno de sus más feroces jodedores, el Tío Marly. Pensaste que yo iba a gastar de mi propia plata, ¿no? Tas tú bien cojuda. Para eso te doy treinta soles para la comida al mes.

La mujer bajó la cabeza. No se atrevió a mirar a su marido. Le temía. Ya había existido un par de conatos de violencia en el pasado.

Ya, dame, dame los diez soles, oe. Apura, le exigió Gonzalo. El billete terminó envuelto en esa grotesca palma de homínido salvaje.  

Gonzalo sonrió y caminó hacia la puerta, una puerta de barras negras metálicas cuyas contorsiones imitaban a ciertas flores y hierbas lanceoladas. Los vacíos de dichas formas iban cubiertos por láminas de vidrio amozaicado. Una de ellas había sido quebrada por un furibundo pelotazo escapado de una pichanguita protagonizada por los revoltosos niños de la barriada. Todos terminaron siendo severamente amonestados por Gonzalo. A raíz de ello, el padre del chiquillo autor del pelotazo quebrador, quien recibió los insultos más procaces y cargados de saliva de Gonzalo, juró sacarle la reconchasumare a ese negro de mierda si se lo encontraba por ahí. Quién chucha se ha creído para hablarle así a mi hijo, carajo.

El hueco dejado por la destruida lámina fue saneado gracias al ingenio de la mujer de Gonzalo. Una lámina de cartón había sido la solución.

Cuando Gonzalo detectó ese basto pedazo de cartón afeando su ya horrorosa puerta, le llamó la atención a su mujer: No seas bruta, oe. Como vas a poner ese cartón feo ahí. Mejor fórralo con esto que te voy a dar. Y corrió hacia la habitación matrimonial. Metió su gruesa mano debajo del colchón de la cama y extrajo el calendario de 1999 de Mónica Cabrejos que él atesoraba con fervor. Cuando su mujer no estaba, Gonzalo se pajeaba viendo a la Cabrejos desnuda en esas doce clásicas posturas. Su mes preferido, el que más leche le sacaba, era el de febrero: carnavales. Mónica llevaba un dildo atravesado en el culo. Ese dildo era igualito a la tercera pierna de Gonzalo. Sin embargo, cuando un día se enteró de que Mónica salía con un venezolano pinchador de discos por el solo hecho de ser guapo y no por su catadura intelectual, le perdió el antiguo fervor al almanaque.

Toma, forra el cartón con el mes de febrero y no me vuelvas a joder más con tus tonterías. Mira, ve; ponerle un cartón feo a la puerta. Faltaba más, dijo Gonzalo.

La mujer forró el basto cartón con las tetas y los potos de la Cabrejos.

Antes de abrir la puerta y ventilarle su oscura piel al mundo, Gonzalo se calzó los Ray-Ban que le había regalado un admirador suyo, un tipo que demostraba su falta de criterio, juicio y seso al admirar a un negro bestia como Gonzalo.

El admirador había llegado de los Estados Unidos para colmar de regalos a Gonzalo, quien se había hecho muy famoso por derramar Brutalidad a través de su canal de YouTube El Profe Puti.

Además de haberle traído calcetines Nike, un par de AirPods blancos de trescientos dólares, calzoncillos Paco Rabanne, y un lapicero con mango de oro, para que escriba sus poemas, Profe; también le regaló, y esta era la cereza del pastel, unos Ray-Ban de cuatro mil dólares. Gonzalo no cabía de contento.

En lugar de brindarle un agradecido abrazo por el gesto, lo primero que hizo Gonzalo fue probarse los lentes y preguntarle al obsequiador cómo se veía.

El tipo, algo desconcertado por la irracional ingratitud de Gonzalo, dijo: Sí, te quedan bien.

Y ahora iba a lucir esos lentes carísimos en las estragadas y polvorientas calles de la barriada donde moraba. El viento era el jurado enemigo de los vecinos, ya que trasladaba la mugre de una casa a otra y viceversa.

Con los Ray-Ban, vio a su barriada de forma diferente. La vio peor que antes, porque ahora él era supremamente mejor que los adefesieros habitantes que la pululaban como moscas.

Entró a la tienda con el pecho inflado. Había logrado superarse en la vida. Y pensar que para lograrlo solo me hacían falta estos Ray-Ban y mis Airpods blancos. Negros, no; porque negros son para cholos y negros.

Los Airpods los traía incrustados en los oídos, pero desconectados de cualquier música. Solo quería lucirlos.

Oe, le dijo al tendero.

El aludido, que se encontraba despachando a un cliente, alzó un ojo. Pensó: ¿Y qué chucha se ha creído este negro feo para hablarme así?

Oe, despáchame esto, ¿ya?, exigió Gonzalo, tirando el papelito garabateado por su esposa sobre la superficie del mostrador. Rápido que soy un docente famoso que no puede perder mucho tiempo.

Espere, señor, dijo secamente el tendero y continuó despachando a su cliente.

Gonzalo, desesperado, empezó a tamborilear los dedos sobre el mostrador.

‘Ta que malcriados son los serranos, pensó Gonzalo a viva voz.

El cliente volteó lentamente la cabeza para apreciar al hijo de puta que acababa de decir tamaña barbaridad en una barriada poblada por serranos, en un distrito poblado por serranos, en un país gobernado por una presidente serrana, a quien Gonzalo, en uno de sus programas, había jurado ponerla en cuatro uñas y, ¡plag!, enterrarle todo mi Tío Marly por el culo, incluyendo a mis dos Homeros Lornas que me cuelgan todos peludos.

¿Puedes dejar de hacer eso?, le dijo el cliente a Gonzalo.

¿Qué cosa?, respondió Gonzalo, como propulsado por un resorte. ¿Hacer qué? Explícate.

 Deja de jugar con tus dedos, dijo el hombre con la suficiente autoridad en la voz como para espantar a Gonzalo. El tamborileo cesó inmediatamente.

Gonzalo empezó a sudar frío. Miró de reojo al tipo que lo había mandado a callar. Era bajo, corpulento, de pelos como púas, la piel marrón como caca de perro, los ojos achinados por los años de milenaria ascendencia serrana.

Ni cagando me saca la mierda este huevón. Es un retaco. De un manazo así, ¡plag!, lo hundo más, pensó Gonzalo. Entonces, volvió a tamborilear los dedos. Rápido, pe, serrano de porquería, atiéndeme, demandó.

¿Tú no eres el negro de la otra cuadra?, dijo el cliente.

¿A quién le dices negro, oe, serrano y la reconchatumadre? A mí me respetas, ah. Igualado. ¿Acaso tú tienes unos Ray-Ban como los míos? ¿Acaso eres docente que ha enseñado en la universidad más antigua de América como yo?

Compadre, mira, ve. Para empezar, dudo mucho que un centro tan prestigioso te haya contratado a ti ni para limpiar los baños. En segundo lugar, acompáñame afuera si tienes la cortesía, dijo el cliente. Luego, dirigiéndose al tendero, que le extendía un par de bolsas cargadas con productos de panllevar: Gracias, Máximo. Y refiriéndose claramente a Gonzalo: Esto lo arreglo ahorita mismo. Mientras, por favor, cuídame las bolsas. Ya regreso.

Sí, don Claudio, dijo Máximo. Como usted mande.

¿Ya saliste? Sal, compare. Vamos a conversar afuera, dijo Claudio, una blanca y cortés sonrisa acompañando sus palabras.

Gonzalo presintió que algo malo le pasaría si salía. Así que permaneció en sus trece.

¿Me vas a obligar a salir? Estás bien huamán si crees eso. Yo voy a hacer unas compras y me voy a ir cuando haya terminado, dijo Gonzalo, el rostro avinagrado, pero el alma deshaciéndose en pichi, tanta era su cobardía.

Claro que te voy a obligar. Estás en mi tienda, amigo. Yo soy dueño de este minimarket, dijo muy sueltamente y sin odio alguno don Claudio. Así que te voy a pedir que salgas a conversar conmigo afuera porque aquí Máximo no te va a despachar. Al menos hasta que hayamos terminado de conversar, continuó, y se colocó los billetes del vuelto que Máximo le había extendido en el bolsillo de su camisa.

Gonzalo pensó: Este hombre sí que es honrado, no como yo que soy una cagada. Si fuera mi tienda, qué chucha voy a estar comprando. Más bien, sacaría todo lo que necesito y ya, pero sin pagar un sol.

Adoptando una postura digna y de hombre de plata, de recursos, Gonzalo abandonó el local. Claudio salió detrás de él.

Ya, ¿qué quieres, pezuñento? Me sacas afuera todo porque eres el dueño de esa tienda hasta las huevas. Y el otro serrano de Máximo se presta porque tú le pagas. Es tu mono. Todo porque dices tener plata. Eso te hace sentir poderoso, ¿no, serrano? Seguro como nunca has tenido plata, ahora te sientes la gran cagada.

Muy sosegadamente y sin tomarse a pecho las engoriladas de Gonzalo, Claudio dijo: Te voy a enseñar lo que significa tratar con respeto a la gente.

Cuál respeto, serrano. ¿Solo eso me querías decir, payaso?

Las personas malcriadas como tú solo entienden a punta de puñetes. Así que, antes de darte tu lección, voy a amarrarme los zapatos, dijo Claudio. Su calzado era de fino cuero de canguro.

Gonzalo se miró las zapatillas. Las había comprado en Metro, un supermercado popular en el Perú. Cualquier par de zapatillas en ese establecimiento no superaba los cinco dólares. Se le ocurrió que, en su próximo programa, les pediría unas zapatillas Nike, modelo Jordan, a sus seguidores del extranjero. Así ningún serrano podría menospreciarlo.

Al momento de agacharse para atarse los cordones del calzado, del bolsillo de la camisa de Claudio se desprendieron ciento ochenta soles: un billete de cien, uno de cincuenta y tres de diez. Gonzalo se quitó los Ray-Ban para apreciar mejor esa hermosa cifra. Claudio se percató del hecho. ¿Te gusta lo que ves?, dijo.

No está mal, dijo Gonzalo.

A propósito, ahora que estás sin lentes, creo que te reconozco. ¿Tú no eres el Profe Puti, el youtuber más menesteroso y convenido del Perú?, dijo Claudio.

Cuál menesteroso, serrano conchatumadre, protestó Puti. ¿No ves que tengo estas Ray-Ban que en tu vida vas a tener tú?

Claudio, sin desesperarse, con total parsimonia, sacó del bolsillo posterior de su pantalón unos Ray-Ban aún más caros que los de Puti. Se los puso y dijo: Y estos no me los regalaron, por si acaso. Tengo el certificado de originalidad y compra en casa. Más bien, ¿no te gustaría quedarte con estos ciento ochenta soles que salieron de mi bolsillo?

Puti quería pegarla de digno, pero su negra naturaleza era más poderosa: Sí quiero. Dámelos.

Claudio se los entregó. Y de donde salieron esos, hay más.

¿Sí? ¿A ver?, dijo Gonzalo, más avaricioso que presidente del Perú exigiendo no ya el cinco por ciento de la hechura de una carretera sino el treinta, más el pago de un avión privado.

Aquí tengo ciento ochenta más, dijo Claudio, metiendo la mano en otro de los bolsillos de su pantalón de fino algodón francés. Son tuyos si bailas para mí y dices que Alianza Lima es tu padre.

Puti bailó y dijo no solo que Alianza Lima era su padre, sino que también le daba por atrás y lo ponía de rodillas.

¿Qué pasó? ¿Le aumentaste?, rio Claudio con la falta de escrúpulos de Puti. Vale, vale, aplaudió. Toma doscientos por eso, mi monito de feria.

Puti cogió los doscientos soles con prisa, como si fuesen a desvanecerse en el aire si no se apoderaba de ellos en el acto. Increíble, pensó. En una ida a la tienda me he hecho más de trescientos soles. Y todavía podía sacarle más a este serrano.

¿Qué más quieres que haga?, se ofreció Puti.

Por ahora nada más. Pero tengo un canalito de YouTube en donde quiero formar un panel no sé si de deportes o de cultura o de noticias, pero te quiero ahí de todas maneras. Ya estaré en contacto contigo, mi monito de feria.

Ya, ya, señor Claudio, cuente conmigo para lo que quiera.

Listo, negro muerto de hambre, aplaudió Claudio.

A Puti le jodía que le dijeran así, aunque él sabía que era la purita verdad, pero se lo toleraba solo a aquellos que tuvieran la billetera gruesa, a aquellas ovejas a quienes pudiera trasquilarles las lanas de oro sin protesta alguna, sin que le reclamen ¡ay, por qué no me agradeciste, malo, malito, malote!

Dame tu número para estar en contacto. En cualquier momento te cae mi llamada, negro pesetero. ¿Estamos?

Estamos, excelentísimo Claudio, dijo Gonzalo, pensando en los dineros que se vendrían más adelante.

Ahora, mi monito cocotí que gusta de colgarse de mis hueví, te dejo. Tengo cosas que hacer. Dile a Máximo que te despache lo que quieras.

Luego de decir esto, Claudio sacó de otro de sus bolsillos unas llaves. Presionó un botón sobre una de ellas y una alarma se desactivó haciendo un tin tin. Gonzalo vio que el tin tin provino de un modernísimo vehículo de gruesas llantas, tan gruesas como su pedigüeña bemba. Claudio no era cualquier serrano. Era uno de los que le gustaba a Puti: un serrano con plata.

Ah, pero eso sí, añadió Claudio. Para que Máximo te despache, él tiene que comprobar algo. De lo contrario, no te dará ningún producto de mi tienda. Se lo he prometido.

¿Qué cosa, señor Claudio?, dijo Guti, verdaderamente interesado.

Acércate, negro desahuciado, dijo Claudio.

Puti se acercó a él, esperando recibir un secreto.

Cuando el empresario lo tuvo suficientemente cerca, le lanzó un contundente derechazo en la cara. Los Ray-Ban de Puti salieron despedidos por los aires y el docente cayó al suelo terroso de su barrio menesteroso.

Ahora sí, dijo Claudio, carcajeándose, satisfecho. Cuando Máximo te vea la ñata rota, te despachará todo lo que quieras. Aprovecha en llenar tu refri, negro sin moral.

Claro, claro, dijo Puti, sobándose la nariz. Lo que usted diga, amo.

Máximo, que ya había visto todo, salió de la tienda cargando las bolsas de don Claudio.

Gracias, hijo, dijo el empresario al recibir sus compras. Dale todo lo que te pida este negro muerto de hambre y lengua suelta. Lo anotas en mi cuenta. Luego se alejó hacia su vehículo. De un salto, trepó en él y enrumbó hacia su casa, erigida en uno de los distritos más clasistas de la ciudad, donde los vecinos solían referirse a él como el cholo con plata y, otros que algo de respeto le tenían, el rey de los minimarkets.  


domingo, 6 de octubre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 13 (Final)

 


Cristo Jesús no se compra

Con mandas ni con dinero

Y no se llega a sus pies

Con dichos de marinero.

Nicanor Parra

 

El rostro de la presidente del Perú recibía pinchazo tras pinchazo, como una tormenta de agujas diminutas.

Ay, carajo, me haces doler, hombre, le reprochaba de cuando en cuando al médico esteta que le inyectaba bótox en las arrugas.

El asesor se aclaró la garganta: Como le decía, presidenta, el tema del profesor moreno pinta muy bien para tapar el escándalo de Cedrón.

Lenin Cedrón era el fundador del partido político que había llevado a la mujer hasta la presidencia y, desde que fue sentenciado por la comisión del delito de colusión cuando fue gobernador de una provincia del Perú, prófugo de la justicia. La presidente y su aparato político, por simple instinto de supervivencia -cae él y caemos todos-, estaban obligados a protegerlo a toda costa, aunque de manera velada, mientras repetían -en alguno que otro acto público- que harían todo lo posible para capturarlo a como diera lugar, o juro por mis hijos que dejo de ser la presidenta del Perú si no chapo a ese sinvergüenza que le ha hecho tanto daño a nuestro país.

Pucha, Ramírez, no sé. ¿Ese negro no es el lisuriento que me mostrastes la vez pasada?

Ese mismo, doctora, dijo presto el asesor. El médico esteta sudaba inquieto, temeroso de que la presidente le achacara otro reproche. Sabía muy bien que una queja más significaría ser sustituido sin miramientos, perdiendo los jugosos honorarios -cuánta falta me hacen- que obtenía a cambio de unos cuantos pinchazos.

Muévete para acá, hombre. No me dejas verle la cara al huevón de Ramírez, ordenó la presidente, los ojos cerrados, aguantando el dolor del bótox que se infiltraba en ella para remozarle el semblante. Ramírez, mientras tanto, evocó los tiempos en que esa mujer, ahora emperatriz en su propio reino, no era más que la apocada y turbia tesorera del partido político de Cedrón, una especie de secta improvisada al galope con la única misión de hacer mucha plata en nombre de los pobres.

Ya, consideró la presidente, ya veo por donde vas, Ramírez.

Yo sé que sí, presidenta, afirmó Ramírez. Recordó los tiempos en los que él estaba por encima de ella. Pero ahora -cómo era el destino de macabro y jodido, ¿no?- había terminado como el chupe de la mujer, como el asesor maltratado por su ego inflamado de bótox.

¿Cómo se te ha ocurrido limpiarlo, darle una imagen más decente?, dijo ella. Ya se imaginaba viéndose en las pantallas de la tele rejuvenecida y luciendo el atuendo que el Chivo -un personaje cómico de la televisión peruana devenido en facilitador judicial gracias a la aduladora personalidad que desarrolló para comprarse, con viajecitos al Caribe, endodoncias indoloras y encomiásticas presentaciones en su programa sabatino, a todo el poder judicial del país- le había regalado; un traje de diseñador, de color mostaza, glamoroso y ejecutivo al mismo tiempo, perfecto para ser estrenado en el desfile por Fiestas Patrias.  

Está muerto, dijo Ramírez, con tono triunfal.

La presidente, que sabía muy bien de complots y argucias, exclamó: ¡Diosito está de nuestro lado! Nada como la muerte para hacerte un santo.

Ramírez anotó unas líneas en su libreta.

¿Ya te contactaste…?

Ahorita mismo lo hago, presidenta, dijo el asesor, solícito. Solo necesitaba que usted me apruebe el tema. Mañana empezamos en los periódicos y noticieros con la novela del profesor negro, jodido y discriminado, que es lanzado al estrellato en las redes sociales y luego asesinado por manos racistas e inescrupulosas…

Aguanta ahí, pendejo, lo interrumpió la presidente. ¿Lo mataron al negro? Porque yo recuerdo haber leído un informe que decía que el huevón se había resbalado o algo así.

La verdad, la verdad, presidenta, no sabemos muy bien cómo se murió. Lo encontraron al pie de las escaleras de un asentamiento humano partido en mil partes. Pero los medios van a decir que al negro lo mataron. Porque si contamos lo que dijo el perito, que el negro se resbaló por cojudo, entonces nuestra historia del mártir del racismo se va a la mierda. Por eso, ya tenemos capturados a unos sospechosos. Toditos van a cantar en el momento preciso. Primero, durante dos semanas, se van a negar. Van a decir que ni lo conocían. Eso nos da el tiempo valioso para que el señor Cedrón llegue a Cuba tranquilo. Luego, a partir de la tercera semana, comenzarán a cantar. Y la historia que cuente uno va a ser más alucinante que la que cuente el otro. Así tendremos novela para llenar un mes y unas semanitas más, presidenta.

Claro, claro, repitió la presidente.

Ya, señora presidenta. Terminamos, dijo el doctor esteta mirando científicamente el rostro de su paciente, apreciando la calidad de su trabajo. Ahora, repose y…

¿Más?, dijo la presidente. Si sigo reposando más, se me van a volver a levantar estos indios. Y se rio como una urraca desaforada. Ya he descansado mucho, doctor. Tengo que salir a decir que estamos trabajando y esas huevadas necesarias para mantener las formas.

Claro, claro, pero no se agite mucho, nomás, convino el doctor.

No, si yo no me voy a agitar nadita. El que se va a agitar como huevo de cojo va a ser el cojudo del Cedrón que va a tener que viajar en la maletera del auto presidencial hasta Ecuador, se volvió a carcajear la presidente.

Ramírez volvió a anotar unas cosas en su libreta: Listo, presidenta. Mañana empezamos con el novelón del profesor negro y su duro combate contra el racismo en redes sociales.

Claro, claro, aceptó la presidente. Ahora, dime ¿a qué hora me reúno con el Gato-K-Ch-Ro y el RompeCulos? 

Ramírez comprobó la hora en el Rolex femenino que destellaba desde su muñeca izquierda: Están agendados para dentro de cuarenta minutos, presidenta.

La presidente miró con nostalgia el reloj de Ramírez. No te vayas a encariñar mucho con mi reloj, cojudo. Cuando termine toda esta payasada, me lo vas a devolver. No te olvides, maricón. Apunta eso en tu agenda.


sábado, 21 de septiembre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 11

 


No importa lo que te ocurre,

sino cómo respondes a lo que te ocurre.

Epicteto

 

Parecía que Shagui estuviese fumando por el agujero que le acababan de abrir en la frente. El humo ascendía como un bailarín espectral, trazando figurines en el aire, celebrando el ritual inevitable de la muerte con cada voluta que se le desvanecía.

Estas balas son la cagada, dijo el Gato, admirando el cañón de su arma. No solo te parten los huesos, también te queman por dentro, te chamuscan hasta el alma; incluso minutos después de haberlas disparado.

Tito le cerró la boca a Shagui.

Este huevón nunca se arregló las muelas... Y teniendo plata. Era un huevonazo hasta para esas vainas, continuó el Gato, empaquetando con reverencia su arma en el estuche, totalmente enfocado en el proceso.   

Un chillido repentino interrumpió su soliloquio.

Ábrele, ordenó el Gato, sin apartar la vista del arma nuevamente enfundada.

Tito salió corriendo de la habitación. Al poquísimo rato, regresó acompañado de Cirilo, un hombre cetrino, encorvado, de nariz ganchuda, que llevaba unas bolsas en la mano: panes y chicharrón de puerco.

Ya, serrano, prepárate al toque los panes, que me estoy cagando de hambre, dijo el Gato, señalando una mesa cercana al cadáver de Shagui.

¿Ahí?, preguntó Cirilo, incomodísimo, nervioso.

Ahí, pues, hijo. Créeme que el huevón de Shagui ya no te va a gorrear ningún pan, dijo el Gato. Luego, dirigiéndose a Tito, un hombre de mediana estatura y brazos esculpidos por el peso de doscientas mancuernas diarias, ordenó: Terminamos el desayuno y me desaparecen a este huevón, ah.

Sí, sí, dijo Cirilo, concentrado en embutir los panes con los pedazos fritos de puerco, zarza criolla y limón.

No, pues, serrano, ¿y mi jugo de papaya?, exclamó súbitamente el Gato, los ojos ardiendo y clavados en Cirilo.

El rostro del serrano, sobresaltado, se pintó de rojo.

Pucha, me olvidé, jefecito, respondió Cirilo con una voz a punto de quebrarse, temblando, la piel cambiándole de color con cada segundo que transcurría. Sabía que olvidarse de algo tan simple podía significar un destino similar al de Shagui.

Ya, ya, tranquilo, serrano. No chilles. Te la paso por esta vez. Sigue con los panes, nomás. Pero si la vuelves a cagar, no la cuentas, cojudo. Esto va para ti también, Tito. Están advertidos.

***

 

 

La reunión en casa del periodista deportivo Juan de los Santos, impenitente jalador de cocaína e inmisericorde fumador de marihuana, se conducía con algarabía.

Fermín, también conocido como el Enfermín, uno de los invitados de lujo a la fiesta de Juan, no empleaba el wáter para orinar. En su lugar, se encaramaba sobre el lavabo, dejando que su orina amarillenta fluyera en él, como un gesto insolente de revancha por la envidia que le generaba el flamante departamento de Juan, adquirido gracias a la casa de apuestas que aupaba su canal de YouTube y le dejaba cuantiosas cantidades dinerarias, lavando así billetes y monedas provenientes de la minería ilegal y el tráfico de drogas.

Al poco rato, llegó, en medio de algazaras y vivas, el Profe Bruti, ya convertido en un personaje rutilante del mundo de la Brutalidad deportiva.

Juan de los Santos, de quien se decía que, en secretas orgías, les invitaba mujeres a las máximas figuras del balompié peruano, se acercó a Bruti con un plato de estofado de pollo preparado por su esposa.

El Profe Bruti sintió que ya era una estrella. Que el famoso periodista deportivo Juan de los Santos, alías Caballo de Paso, lo recibiese en su propia casa con un estofado de pollo desprendido de las mismísimas manos de su respetable esposa solo podía significar que ya su estatura sobresalía por encima de las anónimas cotas de las redes sociales y, que, como Caballo de Paso, estaba a punto de posar su enorme chala en la televisión. Bruti se vislumbraba a sí mismo conduciendo un programa deportivo en el canal peruano de señal abierta más importante. También, se permitió columbrarse dirigiendo un show de Literatura en el mismo canal. Dirán de mí que soy el primer afroperuano que lleva cultura a los hogares del Perú; por la conchasumadre, pensaba Bruti, mientras rompía los tendones de la pierna de pollo de su plato, embarrándose los dedos con los protuberantes jugos de ese estofado que estaba de la reconchasumadre.

Pero cuando llegó el Ciego, con su risa cachacienta y su bastón golpeando el suelo, Bruti sintió que había sido traicionado, porque —qué raro, ¿no? — justo en ese preciso instante, Caballito empezó a grabarlo todo con su celular, el iPhone con el decimal más reciente y novedoso.

¿Ya está aquí el pordiosero que se ha hecho famoso pidiendo plata en su programa de YouTube?, gritó el Ciego, con esa sonrisa inconfundible adosada a cada gesto suyo. Uno no sabía si se estaba cagando de la risa genuinamente o era la ceguera quien le imprimía a su rostro esa impronta maquiavélica.

Bruti quiso sacarle la mierda al Ciego, pero sabía que con un solo golpe podría derrumbar no solo a su enemigo, sino también su propio ascenso al estrellato final. Había que moverse con cuidado en esa sala llena de cámaras, sobre todo bajo el lente siniestro del Caballo de Paso, que ya transmitía en vivo, para su canal, cada movimiento, cada palabra. Sus ojos se cruzaron con el celular del periodista. Cualquier arrebato sería una sentencia pública. Entonces, dejando a un lado el estofado que aún humeaba, pronunció: No voy a rebajarme a responderle a una persona que sufre el peor castigo que Dios le puede reservar a alguien: la ceguera.

Giró la cabeza hacia la cámara del Caballo y continuó con su alocución, sintiéndose un Sócrates moderno, atrapado en una tragedia urbana, dispuesto a lanzar su mayéutica al aire: ¿Saben ustedes, queridos Brutianos, lo que es vivir en la oscuridad más absoluta? ¿Creen ustedes que yo, bendecido con el don de ver y observar el mundo con todos sus matices, me rebajaría a pelear con este Ciego, con este ser atrapado en sus propias tinieblas?

El Ciego, con su lazarillo al lado, laceraba el piso con la punta de su bastón: Ven, negro, pordiosero, ven, pues, aquí te espero. Desmiénteme que eres un pordiosero. Yo, sí, soy ciego, no hay duda de eso, pero eso a mí me ha hecho fuerte, tan fuerte que mi programita de Youtube ya está haciéndose muy conocido. No por andar pidiendo plata como un mendigo, ni por jactarme la boca de poner mujeres en mi pata al hombro. No. Mi fuerza viene de mi don de gente, de saber cómo se mueve el mundo incluso sin verlo. Lastimó nuevamente el piso con su bastón, como un viejo guerrero que convoca a su enemigo. Ven aquí, negro maricón. Párame el macho.

Queridos Brutianos, prosiguió Bruti, la voz como un trueno contenido, luego de los descargos del Ciego, acaban de escuchar el canto de dolor de un castigado por Dios, de un miserable que, a pesar de estar así de cagado, sigue jodiendo. Luego, tras repasar con la mirada a los circunstantes que no podían comer ni beber por estar muy concentrados en el conato de pelea, sosteniendo como pendones sus respectivos celulares, procurando capturar todos los detalles del inminente choque, dijo: Para pelear se necesitan de dos. Y yo no pienso rebajarme. Yo me largo de acá.

Como el Ciego apenas se había apartado de la puerta, seguía ahí, un muro de carne y obstinación, bloqueando la salida. Bruti se dispuso a bordearlo, pero el Ciego, con ese oído súper desarrollado para sentir hasta el tenue canto de una brisa, percibió la aproximación de Bruti y, con un gesto tan rápido como malicioso, alargó su bastón buscando tumbarlo al suelo.

Sin embargo, Bruti, ágil como gato de la noche, se percató a tiempo de la zancadilla y, no solo la esquivó, sino que, con una patada precisa y llena de rabia, lanzó el bastón lejos, arrancándole al Ciego su único sostén. El cuerpo del invidente se desplomó con la pesadez de un costal de cemento.

Sin detenerse, Bruti cruzó la puerta, sus pasos resonando con el eco del final de una escena que no merecía más palabras. Mientras se alejaba, su mente ya vagaba en otra parte, en algo más mundano, pero igualmente necesario: el aroma de un chaufa de cinco soles en el puesto de Doña Pelos, en la esquina de su barrio. A fin de cuentas, siempre se podía confiar en ese plato para reparar la saciedad interrumpida.

Juan de los Santos estaba feliz. No podía de contento. Su cara era el vivo calco de la complacencia, los labios curvados en una sonrisa que no podía disimular, aunque lo intentara. Todo lo que había pasado, si bien no era lo que había esperado —pues, en el fondo, hubiera querido que Bruti se engorilara más, que el caos fuera absoluto—, había culminado en una escena que rozaba lo épico: una genial y aparatosa caída. La justicia cruda y ridícula del destino le arrancaba una risa contenida, como si el espectáculo improvisado hubiera sido diseñado solo para su deleite.

Entonces, la voz que todos podían oír en la transmisión era de pura de indignación por lo acaecido, pero el rostro escondido detrás del celular, ese que nadie podía ver, estaba iluminado por una alegría genuina y pérfida. Así, con esa ironía impregnada en su ser, acercóse Juan de los Santos, el famoso Caballo de Paso, al Ciego, que aún tambaleaba mientras el lazarillo lo ayudaba a levantarse. Con su bastón de vuelta en mano, el Ciego dijo: Hay tres negros en un auto, ¿quién está manejando?

Juan de los Santos no se esperaba esa línea. Aguardaba, más bien, una palabras airadas y vengativas. ¿Quién?, respondió el Caballo, verídicamente sorprendido.

El policía que los ha chapado, dijo el Ciego, cagándose de la risa.

***

Y me comí el pan con chicharrón y, encima, con un poco de sangrecita del huevón ese del Shagui, dijo el Gato K-Ch-Ro.

RompeCulos le acercó al Profe una recién colmada copa de vino: Ya hemos hablado con nuestros propios métodos con su amigo el Ciego, Profe. Y ha aceptado. Ahora, luego de ver el videíto de nuestro amigo Shagui, que en paz descanse, yo supongo que nada impedirá que le pongamos fecha al trío de usted con la Golosa y el Ciego, ¿no, Profe?

Bruti, temblequeando como nalgas que expulsan un pedo largo y siniestro, se levantó de su silla y, con la bemba contrita, a punto de inaugurar el irrefrenable llanto de la derrota, giró lentamente para iniciar su salida.

Negro, dijo el Gato. Tenía en la punta de la mano una tarjeta.

Bruti volvió pasmosamente la cabeza y, con trémula pausa, tomó la tarjeta. Pudo leer un nombre que le era desconocido, pero claramente advirtió el cargo que ostentaba.

Como eres un negro bruto, y ya son más de las doce, seguro puede que vayas a hacer una estupidez. Ahí te paso el contacto de mi pata, el presidente del poder judicial, agregó el Gato. Mañana te llamo para coordinar los detalles del trío.

Los pantalones de Bruti recibieron otro chorro más de pichi.


sábado, 14 de septiembre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 10

 


Quiero cacharme al Profe Bruti y al Cieguito, propuso la Golosa, con una voz rasposa y sensual que atravesó las ondas del programa Habla, Montecito. De este modo, acababa de extender la invitación al Profe Bruti, ya alejado de la medianía de los canales más modestos de YouTube (como el de Monte) para que le colaborara en su próxima producción pornográfica, despertando así la curiosidad y el deseo en todos los rincones del espectro mediático de la Brutalidad.

En mi Only, me están pidiendo un interracial con el Profe. Y mi marido, el doctor Suero, también quiere aventurarse con él, confesó la Golosa.

OnlyFans era una plataforma virtual habitada por miles de mujeres que obtenían pingües ingresos a cambio del contenido sexual que ponían a la venta. Había actrices y modelos de pretérita fama, que no era sino polvo y moho, olvido alambicado, que habían encontrado en el OnlyFans una forma certera de recuperar sino la abultada popularidad de antaño al menos los dineros de mejores épocas.

Muchos periodistas, por ejemplo, habían reportado que la veterana actriz, Lúcida Domínguez, se había comprado hasta tres casas, cada una en un distrito acomodado de Lima, gracias a las toneladas de dólares que sus suscriptores apoquinaban mensualmente a cambio de verla desnuda y copulando con chinos, cholos y negros. Ella, tan blanca, tan ajena a la multicolor población peruana, había terminado tirando con ellos. Era el sueño tantas veces postergado del camionero de ruta larga: cacharse a una vieja pituca. Todo aquel que estuviese dispuesto a pagar veinte dólares mensuales podía disfrutar de las aventuras sexuales de la todavía físicamente conservada Lúcida Domínguez.

Golosa, admiradora de Lúcida, quería darle un nuevo impulso a su carrera pornográfica. Los ciento veinticinco suscriptores que tenía en su cuenta de OnlyFans, compuestos, en su mayoría, por los amigos de su esposo, un sapiente médico ginecólogo, empezaban a demorar los pagos o, simplemente, a retirar sus suscripciones. Se estaban cansando de las mismas posturas, de los mismos movimientos, de esas tetas y culos protuberantes que solamente eran bañados por yogurt, miel y, de vez en cuando, la leche de algún actorcito blancón y pinguón de medio pelo.

***

Lo que había empezado como un juego en plena era de la COVID-19, otorgándole a Milena Merelo un acicate vital que jamás habría anticipado, empezaba ahora a languidecer. Enfermera de profesión, Milena había sido consumida por el miedo al ver cómo aquel virus devastador e implacable comenzaba a segar la vida de miles de peruanos desde los sombríos días de marzo del 2020. Asustada y desorientada, dejó atrás la enfermería, ese noble oficio que, en otros tiempos, la había definido. Junto a su ya esposo, el médico ginecólogo Darío Suero, reformuló su signatura profesional, dándole a su vida un giro inesperado.

***

Ayayay, exclamó Mote, henchido de contento. Queda hecha, entonces, la invitación al Profe Bruti, ah, que yo sé que me está escuchando ese negro botado, recalcó Monte, con una sonrisa que rezumaba malicia. Pero, señorita Golosa, me asalta una poderosa duda, continúo Monte, remarcando cada palabra con una teatralidad inusitada: ¿Por qué quiere usted…eh… cómo lo digo…?

Cachar, completó la Golosa, despojada de todo pudor, con una naturalidad que solo el que camina sin cargas puede permitirse.

Claro, claro. Pero yo entiendo que usted, señorita Golosa, quiera cachar con el Profe Bruti porque es un moreno que, seguro, porta un miembro grande y grueso, pero lo que no logro entender es por qué quiere usted cachar también con El Ciego, inquirió Monte, con esa mixtura de curiosidad genuina y morbo que lo caracterizaba.

Porque ahora está de moda ser inclusivo, pues, argumentó la Golosa. Era casi una certeza que los trescientos conectados al canal de Monte, un rincón oscuro pero creciente en el submundo de la Brutalidad, tenían sus ojos clavados en las tetas de la entrevistada, senos de pezones apenas cubiertos por un par de estrellas plateadas que brillaban ladinamente, insinuando lo que ocultaban.

¿Y no le gustaría cachar con un serrano?, terció Lora, el productor del programa, siempre buscando tensar un poco más las cuerdas del morbo.

No, enfatizó La Golosa, tajante, para serrano tengo a mi marido el doctor.

***

No era la típica historia del doctor infiel que se enredaba con una enfermera mientras su esposa, ajena y abnegada, lo esperaba en casa con los hijos. El doctor Darío Suero había estado casado, sí, aunque sin haber procreado, y se había divorciado hacía tiempo, sellando con ese fracaso la promesa de no volver a implicarse en otra relación sentimental. Sin embargo, había algo en la enfermera Merelo, algo inusual.

Tras ese primer beso en la oficina del doctor, vino la pregunta de cajón: ¿Qué somos?

Ella esperaba que un hombre que la aventajaba en veinte años vitales fuese lo suficientemente maduro como para dejarle claro en qué se habían convertido a partir de ese primer contacto fugaz y cargado de intenciones.

No tengo tiempo ni ganas para relacionarme con nadie, respondió el doctor. Podemos salir, podemos tener intimidad, pero no te hagas ilusiones. No busco a una mujer para compartir mi vida. Ya estoy viejo para esos cuentos.

Dame una oportunidad, porfió Merelo, un brillo de esperanza en la mirada. Tú me gustaste desde la primera vez que te vi, y te puedo demostrar que soy la mujer para ti. Soy la que mejor te conoce.

Claro, lo que quieras, concedió el doctor Suero, irónico. Solo te advierto que no vas a lograr nada.

***

El doctor Suero, vestido de jean y camisa, casual pero elegante, no pudo evitar quedarse atónito. La boca no la podía tener más abierta. Ahí, al pie de su puerta, estaba la enfermera Merelo, pero no venía sola. Junto a ella, un cholón musculoso se erguía con una confianza que solo podía dar la continua andanza callejera. Con una sonrisa ladeada, se lo presentó como su primo.

El doctor, que solo esperaba la llegada de ella para repetir el acto íntimo que ambos habían sostenido desde aquellos días en que se dieron aquel beso que había inaugurado algo sin nombre ni rumbo definido, se vio atrapado por la incomodidad de la situación. Sin más opción, los hizo pasar, aún tratando de descifrar qué lugar tenía aquel primo en la historia que él creía solo de dos.

Puso una tercera copa de vino sobre la mesa, en cuya superficie había acomodado ya tres platos del lomo saltado que él mismo había cocinado con esmero, especialidad con la que planeaba encender la velada pre-sexo.

El inesperado invitado, luego de vaciar su primera copa de vino, se despojó de la camisa con un gesto decidido. Bajo la luz suave del comedor, cada músculo de su torso parecía esculpido por el mismo Eros, dios del deseo. Sin mediar palabra, se acercó al doctor, lo levantó de su silla con una firmeza intimidante y, con un solo movimiento, lo volteó, de modo que sus ojos no lo mirasen. El aliento cálido del primo recorrió el cuello del doctor, quien, sin poder contenerse, gimió con una suavidad femenina que, por primera vez, dejaba escapar en público. La enfermera Merelo, hasta ese momento silenciosa, se levantó de su silla y se colocó muy cerca de su amado doctor, rodeándolo, casi protegiéndolo: ¿Ves?, le dijo, con una voz que parecía acariciar sus gemidos. Yo sí te conozco. Lo supe desde que pude ver dentro de tus pupilas.

Aquella noche, el doctor penetró y fue penetrado. Nunca antes se había sentido tan libre. La sensación de emancipación, de absoluta entrega, se extendía como una brisa cálida por todo su cuerpo. Por primera vez en su vida, se había permitido un anhelo solo imaginado: chupar un pene que segundos antes había estado bombeando la vagina de su amada. Esa experiencia, tantas veces pretendida en secreto, ahora había sido suya gracias a su enfermera del alma. Gracias, Golosa hermosa, susurró en medio del reposado éxtasis que sobrevino luego de tantos orgasmos. El doctor reconocía así la complicidad que los uniría más allá del amor, más allá del sexo.  

Desde esa noche, el apodo de Golosa trascendió las paredes de su intimidad. Años más tarde, sería el nombre con el que cientos de peruanos pajeros la conocerían en las redes del OnlyFans, en donde, con la anuencia del doctor, y bajo su dirección y producción, se consagró al sexo público y al dinero, cachando con varios actores porno peruanos, todos blanconcitos e intrascendentes. Ahora, el doctor Suero esperaba al Profe Bruti, su obsesión. Desde que lo vio en las transmisiones de su programa derramando brutalidad, quedó prendado de su bemba gruesa y su cabeza cuadrada, ese cráneo casi desnudo que apenas lograba contener los pelos negros y cortos que lo exornaban.  

¿Te gustaría que le chupe la pinga al Profe y luego te coma la boca, mi amor?, preguntó la Golosa mientras montaba al doctor, una sonrisa maliciosa asomando entre sus labios.

Claro, mi amor, claro que me encantaría. Y te prometo que haremos ese sueño realidad, dijo el doctor, la pinga durísima al fantasear con la realización de esas epifanías. Imagina que el Profe te eyacule en la boca y luego me pases su lechita a mí, se relamió el doctor, la lujuria danzando en su lengua. Mañana mismo le escribo para que lo reconsidere. No puede dejarnos de lado luego de todas las donaciones que le he hecho a su cochino programa.

¿Y si incluimos en la cama a este otro personaje de la Brutalidad que también se ha puesto de moda?, propuso la Golosa, juguetona.

¿A quién?, preguntó desconcertado el doctor, quien tenía muy bien mapeada la escena de la Brutalidad.

Al Cieguito, amor; también quiero cachármelo al Cieguito.

El doctor se quedó en silencio, sopesando la idea, dejando que la tentación lo envolviera. Finalmente, murmuró, casi para sí mismo: El Ciego…