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sábado, 12 de julio de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 24: Eva la secuestradora

 


Marielita había intentado que me dejaran entrar en aquel Tambo, pero el mocoso a cargo del lugar se mostró igual de inflexible que la homofobia de Pincho de Piérola.

No le quedó otra alternativa a mi amorosa dueña que atar mi correa al poste de luz más cercano.

Ya vuelvo, Rocky; no te vayas a mover. Entro y salgo, ¿ya?

Le devolví uno de mis ladridos. Ella los entendía perfectamente. Este en particular quiso decir: Está bien. Te esperaré. No me moveré, pero no te tardes, por favor. Me da miedo la calle.

No te preocupes, Rocky; no me demoro nada, dijo ella muy amorosamente.

Luego de que ella diera uno, dos, tres pasos, empecé a llorar. Me aterraba la idea de quedarme solo, atado a ese poste, y, peor aún, en la calle, de noche.

Rocky, cariño, no llores, me consoló, volviendo sobre sus pasos. Si sigues llorando, te pondré tu bozalito, eh.  

Y yo, terco y mimado, en lugar de cerrar el hocico, volví a llorar cuando Marielita empezó a alejarse. Ciertamente, me merecía lo que me pasaría después.

Bueno, no quería hacerlo, pero tú me obligas, cariño, dijo Marielita, toda dulzura, mientras sacaba de su bolso mi pequeño bozal.

Con ese artilugio aprisionándome el hocico, el silencio me arrebató los lamentos.

No me demoro, dijo Marielita antes de irse.

Y así empezó mi calvario.

Marielita no salió pronto como prometió. Era viernes y la gente quería atiborrarse de chocolates, galletas, cervezas, gaseosas, huevadas. La fila de personas dentro del Tambo era desesperante.

Y aquí fue cuando apareció Eva.

Ay, ¡qué pastel!, exclamó ni bien me vio. Quién habrá sido el maldito que dejó abandonado a este angelito. Y está todo flaco y temblando de frío.

¿Todo flaco? Esa era mi contextura, cojuda. Marielita y yo salíamos a correr todas las mañanas por el malecón para mantenernos en el mejor estado físico posible. ¿Temblando de frío? Estaba muerto de miedo por haber quedado a merced de cualquier loca de la calle como tú.

Muy conchudamente, desanudó mi correa y me llevó en sus brazos. La loca esta, cuyas alas apestaban a cebolla, ni siquiera se tomó la molestia de aguardar a que apareciese alguien reclamándome. Simplemente, dio por sentado que me habían abandonado. Al toque concluí que el criterio era una clamorosa ausencia en esa mujer.

El lugar al que fui a parar no era para nada comparable con la mansión de Marielita. Había entrado a la casa de los gritos, como dirían los chicos de Libido. La mujer les gritaba a sus papás, y ellos le devolvían los gritos con el triple de furor. ¿Cuándo vas a ponerte a trabajar, carajo?, se quejaban. Cuando me sirvan mi desayuno a mi hora, les respondía la loca. Y encima traes a un perro pulgoso a la casa, volvían a la carga los viejos. Ustedes no se metan con Chin Chin, carajo. Se los prohíbo. Es el único que me entiende en esta pocilga, replicaba Eva, atronadora, quien ahora, además de haberme sustraído de mi cómoda vida con Marielita, empezaba a llamarme Chin Chin. ¡Qué mariconada de nombre! Me palteaba obedecer a sus llamados públicos en ese páramo de pichi y caca que ella llamaba parque. Los otros perros, esos carachosos de mierda, se burlaban dolorosamente de mi nuevo nombre. Y las perras, todas flacas y pedigüeñas, me tenían por bujarrón, maricón y loca.

Solamente en casa, le hacía caso; si no, me quedaba sin comer.

Con Marielita, comía tres veces al día; con Eva, tres veces a la semana -en una buena semana. Ya se imaginarán. De ser delgado por el cuidado de mi físico, pasé a estar demacrado por el rigor del hambre. No había dinero para comer en la casa de los gritos. Mucho menos para el perro de la casa. Porque en eso me había convertido, en el perro, el animal, la alimaña de la casa. Qué opuesta era la vida con Marielita, en cuya casa tenía mi propio lugar en la mesa familiar. Atrás habían quedado los días de chuletas y espectaculares piezas de pollo. Ahora, con Eva, había tenido que convertirme en cazador de palomas, ratones y, me avergüenza confesarlo, polillas y cucarachas, que eran, estos últimos, los animalitos más abundantes en la casa de los gritos.   

Ahora pones de excusa al mugroso perro ese para no salir a buscar trabajo. La pensión de tu papá ya no nos alcanza para nada, gritaba la mamá de Eva.

Ay, no friegues, mamá, y sírveme mi desayuno, ya son las dos de la tarde y tengo que trabajar en media hora, replicaba Eva, estirándose en la cama y bostezando.

¿Trabajar? ¿A estar sentada en la computadora le llamas trabajar? Vete a la mierda.

Algunas veces, Eva se sentaba durante una hora al día, en frente de la computadora, para dictar clases de inglés. Con esa pronunciación, pensaba yo, qué tal concha tienes para llamarte profesora de inglés. La mía era muchísimo mejor. Y ni qué decir de la pronunciación de mi añorada Marielita. Ella sí que hablaba inglés, y con un acento naturalísimo. Pero no tenía las ínfulas de considerarse profesora, tampoco la necesidad. En su casa, todos hablaban en inglés; sobre todo, los domingos de reuniones familiares. Con Eva, desaprendí el idioma. Lo más alucinante era que los pocos alumnos que tenía seguían confiando en ella. Con razón esta parte del Perú, que me había sido desconocida mientras viví con Marielita, seguía yéndose a la mierda.

Mi verdadera familia, mi familia de origen, la de mi Marielita, no me hubiera reconocido luego de los años transcurridos al lado de Eva. Ahora sí tenía la apariencia de un perro de la calle. Mis gustos ya no eran refinados. Ahora comía cualquier huevada con tal de no perecer por inanición. Las alocadas amistades de Eva me consideraban cariñoso por recibirlos a lamidas. Pero esos lengüeteos no eran gratuitos; los lamia para extraerles de la ropa y la piel las partículas de migajas y sabores de lo que habían desayunado, almorzado o comido, partículas que muchas veces pasan desapercibidas al ojo humano, pero no ante la lengua de un perro con hambre.

Entonces, llegó a la vida de Eva el Viejo Groover, un hombre mañoso y abusivo. Este la había contratado para que condujera un espacio de dos horas en su canal de YouTube “Cuchillos Largos”. Allí, por míseros treinta soles por programa, Groover la llenaba de insultos sin remordimiento alguno. Para que Evita se pusiera más bruta de lo acostumbrado, el malvado le pagaba hasta dos botellas de vino, baratas obviamente.     

Una vez Eva meó y cagó en plena transmisión. Vivíamos en un cuartito. Eva había decidido independizarse. Sí, tenía cuarenta años, pero nunca era demasiado tarde para dar el gran paso de cortar el cordón umbilical. Y me llevó a vivir a un cuartito en San Martin de Porras. ¡Puag! De solo decir el nombre de ese distrito, se me salen las tripas.

Ya Evita estaba borrachísima y no se daba cuenta de que estaba mostrando el culo y el churro que le salía por el aníbal a los seguidores de Groover. Se había puesto a cagar en un rincón del cuartucho, a vista y paciencia de la camarita que seguía prendida, registrando las miserias de mi querida dueña, sí, querida, porque ya la empezaba a querer. La pobreza te hermana. Intenté ladrar para regresarla al planeta Tierra, pero si lo hacía era probable que perdiera el conocimiento; andaba muy débilmente, y con las justas podía sostenerme en mis cuatro patas.

A las pocas semanas, Evita logró desquitarse del tal Viejo. Una vez le comentó que, si deseaba que sus intervenciones fuesen de mejor calidad, necesitaría una mejor computadora. Parece que esa solicitud cogió al Groover ese en su cuarto de hora porque aceptó, sin mucho palabreo, facilitarle a Evita los quinientos dólares que ella necesitaba para renovar la computadora. Obviamente, el mezquino ese no le estaba regalando el dinero, como yo había creído; Eva le pagaría esa cantidad con programas. Desde ese momento, Evita tendría que hacer cincuenta transmisiones impagas. Ella cumplió solamente con una. Antes de terminarla, en medio de la creciente audiencia del Viejo, lo mandó a la mierda al aire. Ya me cansé de tus tratos, viejo lesbiano. Vete a la concha de tu abuela.

Yo me carcajeé a más no poder, pero la burla me costó cara: se me cayeron dos dientes. No tanto por la edad como por la falta de comida, de vitaminas, había perdido casi todos mis colmillos.

***

Todos los años, Marielita me llevaba al veterinario para que se me hiciera un chequeo exhaustivo y se me pronostique, según los cuidados que me prodigaban, cuánto tiempo de vida tenía por delante.

Ojo, es muy importante diferenciar la semántica entre “cuánto tiempo tienes por delante” y “cuánto tiempo te queda”. Sí, las respuestas son las mismas: una cantidad de tiempo hasta el fin de tus días, pero coincidirán conmigo en que la primera expresión tiene una connotación positiva en tanto que la segunda es lapidaria. A un niño no le dices te quedan ochenta años de vida; se le dice tienes por delante ochenta años y quizá más. Pero a un enfermo terminal o a un anciano sí se les dice te quedan dos años, dos meses o dos días, dependiendo.

Bueno, el veterinario solía decirle a Marielita Rocky tiene por delante unos buenos catorce años más.

Ahora, con Eva, solo veía a un veterinario si me lo cruzaba en la calle. Entonces, ya no contaba con un profesional que examinara mis condiciones de vida, pero estoy seguro de que, si lo hubiera tenido, habría dicho a Chin Chin le quedan dos meses de vida. Ya no me movía, no podía saltar, apenas si veía la punta de mi nariz. Estaba cagado.

No voy a negar que Evita me amaba a su manera, incluso más que al seboso que se había conseguido por enamorado, gordo de mierda a quien no mencionaré en este mi recuento vital. Bueno, solamente diré que nunca lo pasé, porque jamás se portó como un macho proveedor con mi Evita. La pobre tuvo que organizar una pollada, con la siempre condicionada ayuda del malvado lesbiano de Groover, para que el seboso de su novio no tuviera que vender sus GI Joe de colección.

Entonces, sin la necesidad de ir donde un veterinario, sabía yo que mi tiempo en este mundo era muy corto. Y Eva también lo notaba. Yo la oía decir, en algunas transmisiones del viejo lesbiano, mi Chin Chin ya está ancianito; cualquier día de estos se me muere. Apuraba un poco de vino, y continuaba: Pero creo que es mejor que se muera, ha sufrido mucho, perdón, esteee, quiero decir, va a sufrir mucho así viejito como está.

A Eva se le escapaba la verdad muy a su pesar. Claro que iba a sufrir. Por eso, era mejor morir de una vez. Eva, sin embargo, le mentía a su público: si yo estaba moribundo, no era por la edad, sino por la vida que ella me ofrecía, tan alejada del paraíso en que moraba con Marielita.

Decidí, entonces, terminar mi recorrido en este mundo. Como los perros no podemos tomar una pistola y abrirnos los sesos, el único camino para desligarme de esta vida era dejando de comer. Eva notó mi falta de apetito y, como sea, me conseguía comida en abundancia. Era gracioso; ahora que me rehusaba a comer, ya débil y corroído, ella se esforzaba por picarle comida a sus amigos para dármela a mí. Hasta sustraía jamones y quesos en los supermercados. Era tentador tener esa variedad de comida luego de tantísimo tiempo de escasez, pero sabía que, si comía, volvería al mismo infierno. La preocupación de Eva era pasajera. Debía persistir en mi objetivo.

Mi Chin Chin ya está a punto de morir. Está muy viejito, por eso ya no quiere comer nada. No me acepta ni los filetes que, de vez en cuando, nos jalamos de Wong con mi chico, le decía a Groover en su programa. Sí, porque había vuelto con el viejo de mierda ese luego de que había renunciado con pundonor y gallardía. Quién podía entender a los humanos. Quién podía entender a Evita. Sin embargo, no había mucho qué comprender. Eva era descocada e impulsiva. Eso aumentaba los niveles de sintonía que Groover necesitaba. Y Eva necesitaba los treinta soles que Groover le pagaba. Caso cerrado. Donde mandaba el dinero, la dignidad era un traje desechable.

***

Morí un jueves. Eva ni se dio cuenta. Ya no se fijaba en mí. No tenía tiempo de fijarse en mí. Y eso que vivíamos en un cuartito muy pequeño. Yo me quedaba esperándola durante horas. Ella había conseguido un trabajo de panadera. La explotaban. Salía del cuarto a las cinco de la mañana y regresaba a las once de la noche.

Ni bien llegaba, se tiraba en la cama. Yo apenas levantaba la mirada ya nublada por la ceguera y, más que verla, la sentía quejarse unos instantes de la vida antes de quedar profundamente dormida. Ni siquiera se bañaba. Bueno, tampoco era que se bañara tan seguido antes de conseguirse ese trabajo. Decía que prefería juntar un poquito de mugre en el cuerpo para así ahorrar algo de dinero en la cuenta del agua.

En esas circunstancias, mi autoeliminación era mucho más asequible. Sin nadie cuidándome, me morí al poco tiempo de que Eva se hubo convertido, como diría Vallejo, en la tahona estuosa de una panadería en donde la gente se creía con el derecho de decirle dame un sol de pan, carajo, y cuidadito con no echarme la yapa porque mando a la mierda a tu panadería de porquería.

Tres días después de muerto, quizá porque mi olor ya no era el de un perro cochino, sino el de otra cosa mucho más desagradable, Eva se dio cuenta de que me había perdido.

Y lloró. Lloró tremendamente.

Yo lloraba a su lado. Mi alma lo hacía. Porque mi alma todavía estaba con ella en ese cuarto, y porque, a pesar de todo, llegué a querer a esa conchasumadre, perdonen el francés, pero luego de tanto tiempo de haber convivido con un personaje como Eva era inevitable que se me pegaran sus expresiones más comunes: carajo, puta, mierda, conchasumadre, la puta que te parió, entre otras lindezas.

La llegué a querer, y así como estaba, libre de las ataduras terrenales, podía haberme ido a ver a Marielita, pero no lo hice, me quedé con Evita, mientras ella me lloraba y yo la consolaba, aunque no me viera.

Perdóname, Chin Chin, le decía a mi cuerpo inerte, acariciándolo y besándolo a pesar del terrible olor que despedía; no te di una gran vida, pero te daré la despedida que un ser tan bello como tú merece.

***

Ese mismo día, a Eva le dijeron que ya no la necesitarían más en la panadería. Le dieron su sueldo incompleto, porque no llegó a fin de mes, y una bolsa de pan de hacía dos días. Esa fue su compensación por los dos meses que pasó desgastando su vida en ese lugar de gente indolente.

¿Qué haces?, le dijo la odiosa de la dueña al día siguiente, al darse cuenta de que Eva había ido a trabajar y todavía permanecía en sus predios pasadas las once de la noche. Ya te liquidé ayer. Vete. Fuchi, fuchi.

Usted me ha tratado tan bien, mintió Evita con su mejor cara de buena gente, que quiero quedarme, solamente hoy, a hornear el pan de mañana, si no le molesta.

Oye, pero tú has estado trabajando en el mostrador, recibiendo las puteadas de los cholos que se creen con derecho de tratar de indios a las personas que los atienden, ¿en qué momento has aprendido a usar el horno, dime tú?

A esa vieja se notaba que le faltaba cache, como decía Eva cuando despotricaba de la gente renegona.

Sí, pero cuando no había mucha clientela le decía a Cambrito, el maestro hornero, que me enseñara a hornear pan, y aprendí.

La vieja la miró con desconfianza. Ok, está bien, ponte a hornear, pero no creas que te voy a pagar un solo centavo. Esto está naciendo de tu propia voluntad. Pero cuando llegue mañana temprano no te quiero ver ni las pezuñas. ¿Estamos?

Estamos, dijo Eva.  

Luego de ver un tutorial en YouTube, Eva me puso en el horno de los pavos. Fue un momento que sacudió mis lacrimales. Sintonicé el Nocturno de Chopin -son cosas que las almas podemos hacer-, una de mis piezas favoritas. Me fui con honor de este mundo, solo que oliendo un poquito a pavo. Pero Eva había cumplido su palabra.

Ya conmigo en una latita de atún, procedió a cagarse y mearse en la trastienda de esa panadería. Era su desquite por los dos meses de penurias y malos tratos.

Vallejo, pensando en Evita, muy bien le pudo haber agregado estos versos a su clásico poema: el momento más grave de mi vida fue trabajar en una panadería del cono norte de Lima.

 


viernes, 28 de febrero de 2025

NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 08: El Tío Marly en Chincha - Raúl Patán se confiesa

 


Bobby le mostró a Coco sus dominios. Las parcelas rebalsaban de uvas. Todas ellas eran arrancadas de sus matrices y colocadas en canastos por un mar de gente morena. El sol era inclemente y los recogedores llevaban las cabezas envueltas en turbantes, aunque los torsos de los varones iban al desnudo, mostrando unos pectorales y abdominales muy bien definidos. Las mujeres, por pudor, no podían descubrirse como los varones. Sin embargo, llevaban livianas túnicas blancas. Había niños y adolescentes que también colaboraban en la faena.

¿Y qué voy a hacer aquí?, preguntó Coco.

¿No querías plata?, dijo Bobby, montado sobre un corcel blanco.

Claro, metiéndole la pinga a usted, aclaró Coco, presto, vivísimo.

Sí, pero eso fue antes de ver que tu pinguita no me provocaba nada. Te lo dije la semana pasada. Pero como no quiero fallarle a mi Arturito, te voy a sacar de la pobreza con este trabajito que te voy a encomendar.

Coco hizo un mohín de insatisfacción que no fue del agrado de Bobby. Este, ajeno a las hipocresías, explotó: Oye, si no quieres que te ayude, entonces lárgate, ah. Si te hago personalmente este favor es porque le pediste a mi adorado Arturito que te dieran chamba y aquí estoy, cojudo.

Cuando Bobby enfurecía era el mismísimo diablo.

Cierta vez, en una reunión técnica, en el que cada gerente general de sus cinco minas sustentaba los presupuestos para el año siguiente, uno de los ingenieros no supo responder sólidamente a una pregunta que uno de los acuciosos revisores de Bobby, quien estaba presente en la reunión y acostado sobre un anda cargada por cuatro indios trabajadores de la mina, había hecho.

Al ver que demoraba en dar la respuesta y que, además, tartamudeaba al pergeñarla, Bobby, que escuchaba la presentación mientras se aplicaba distinguidas cremas en las piernas flacuchas, estalló: ¡Eres una bestia! Claro, pues, cómo vas a justificar esos cuatro millones de dólares si con las justas puedes hablar. ¡Desaparece de mi vista! ¡Lárgate, indio de mierda, antes de que cometa una locura! No puedo creer que de la Católica salgan indios brutos con el título de ingenieros. Luego estos me tartamudean en las reuniones. ¡Largo!

El ingeniero abandonó la sala llorando amargamente.

Vas a supervisarme la producción de esta parcela, dijo Bobby, blanquísimo y esplendorosamente recortado contra aquel cielo azul de Chincha. Y con este látigo me vas a castigar a toditos estos negros si no me llenan esas veinte canastas que ves ahí.

Sobre todo, continuó Bobby, vas a tener cuidado de ese negro que está ahí y que tiene más o menos tu edad. Esa mierda, que se llama Gonzalo, se come mis uvas o me las mea. Si me lo descubres haciendo maldades, le rompes el culo con este látigo hecho de verga de toro. Ya lo sabes. O me llenas esas veinte canastas o te rompo el culo a ti.

Bobby abandonó la escena sin prisas montado en aquel majestuoso animal albo, dejando en las manos de Coco la gruesa herramienta del dolor.

***

Raúl Patán encontró a su mujer cachando con Chat Mayo, su socio. La embestía salvaje y ricamente.

Hubieran esperado a que me vaya del todo, dijo Patán al pasar al lado de la efervescente pareja. Ella llevaba los ojos en blanco y él la lengua afuera. La pareja derramaba sus lascivos jugos en el sofá donde Patán solía regalarse largas e inútiles horas viendo los programas de Brutalidad y bebiendo con desafuero sus favoritas Colt45.

Chat Mayo se había enamorado perdidamente de la mujer de su socio y este le venía fallando constantemente en los emprendimientos que realizaban juntos. Entonces, le perdió el respeto. De ahí a cogerse a su mujer solo había un paso. Lo siguiente fue, mediante unas jugadas maestras, quedarse con el dinero y propiedades de Patán. Finalmente, apropiarse de su mujer. Patán no pudo hacer nada. Su ignorancia en materia de negocios, pero sobre todo su adicción a la bebida, hicieron que Mayo pudiera adueñarse de todo lo suyo sin obstáculo alguno.

A pesar de lo mal marido que había sido Patán, su mujer se apiadó de él y, en una de sus encamadas con Mayo, le pidió a este que no desamparase a su todavía esposo. No me lo dejes en la mendicidad, le suplicó luego de una feroz mamada.

Pero cómo le voy a dejar algo a ese borracho si con las justas puede mantenerse en pie.

¿Y por qué no le das un trabajo de vigilante en alguna de las casas que estamos arrendando? Tú sabes que ellas no se alquilan rápido. Lo podemos poner como huachimán hasta que alguien las arriende, porfió la mujer.

A Chat no le disgustó la idea.

Sí, mi amor, tienes razón. No creo que sea tan huevón de cagarla en esa chambita, rio Mayo.

Pobre que me choques el auto, Raúl. Te saco la mierda, ah, dijo Chat cuando Patán salió de la cocina con rumbo a la puerta de la calle. Me vas a enviar mensajes cada hora de cómo están las cosas.

Como usted diga, jefe, dijo Raúl antes de salir. Se le había ocurrido que al llamar ‘jefe’ a Mayo, mientras este seguía metiéndole reja a su mujer, se le aplacarían las suspicacias.  

Eso espero, borrachoso e’ mierda. Yo quiero asegurarme que estés en tus cinco sentidos. Mira que si hago esta caridad contigo es por ella, dijo Chat con la lengua afuera y señalando a la mujer que en esos momentos le hacia una tremenda rusa.

Patán se montó en uno de los vehículos de Chat, que hasta hacía unas horas había sido de él, y partió rumbo a una de las casas en donde debía hacer la vigilancia.

Mientras condujo, empezó a llorar. No podía creer que había perdido a su mujer y a sus propiedades por el maldito vicio del alcohol. Para ahogar la tristeza, se echo varios tragos de cerveza mientras manejaba.

Decidió que debía compartir su pena con alguien. Sintonizó Cuchillos Largos; Groover estaba en vivo, en programa, elogiándose por el éxito de la pollada de Eva. Patán pidió link. Groover se lo soltó.

Viejo, gracias por dejarme entrar, dijo Raúl sofocado por las lágrimas.

¿Qué pasó, Patán? ¿Qué tienes que decirnos? ¿Cuál es tu aporte?

Viejo, quiero aprovechar tus ondas para compartir mi dolor.

A ver, habla, dijo Groover, condescendiente.

Viejo, mi mujer me ha dejado.

Chucha, ¿por qué?

Porque soy un borracho. Siempre me gana el alcohol. No he sido el mejor esposo y he pagado.

¿Pero has pensado en reconquistar a tu mujer, borracho de porquería?

Está difícil, Viejo, porque mi rival financiero ya se la está frejoleando duro y parejo. En estos momentos, le está dando por ventana y tragaluz. Volví a mi ex casa para recoger un six pack de Colt45 y los sorprendí en pleno acto. Pude ver que tenía el miembro más grande que el mío. Y, encima, se movía como un adolescente.

¿Y tú, Patán? ¿Te mueves o ya no?

Ya no, Viejo. Estoy como tú, jodido de la cadera. Doy una embestida y ¡plag! me quiebro.

Ya, ya, conchatumadre, no te pases de vivo. Encima que te doy tribuna, me maleteas. Pero respóndeme: ¿Vas a quedarte tranquilo sabiendo que eres cachudo y has perdido tus propiedades?

La verdad no sé qué hacer, Viejo, dijo Patán.

Groover comprendió que compartía la misma pusilanimidad de Patán. La diferencia era que Patán alguna vez tuvo mujer y plata; Groover solo había tenido mujer. Plata nunca.

Y si organizo una pollada para mis medicamentos, pensó Groover mientras Patán relataba sus desgracias. Su hablar era dificultoso. La cerveza hacía que se comiese las sílabas. No, no seria posible. Tendría que confesar que si tengo sillau. Porque una cosa es que el pelao de Marly haya dicho que soy sidoso y otra que yo mismo lo confirme.

Una noticia le cayó en medio del plúmbeo soliloquio de Patán: el Tío Marly había anunciado su retiro definitivo del mundo de la Brutalidad, pero, dos días después, había vuelto con fuerza, dispuesto a continuar con sus maldades.

Groover pensó: Es imposible que ese pelao se retire de este mundo. Aquí encuentra gente a la que le enrostra las cosas que compra con plata de su hermana, que es la que lo mantiene. Ese huevón no tiene amigos en el mundo real, por eso siempre está anclado como garrapata a este mundo de la Brutalidad. Aquí es alguien, es el Tío Marly. En el mundo real, es Coco, un bueno para nada mantenido por su hermana.

Patán empezó a roncar. Groover lo botó del directo y se encerró en su habitación, recordando aquellos tiempos en los que, con las juventudes apristas, irrumpían en las ceremonias de los zurdos a romperles el culo. Fue una de esas veces cuando, en una actividad del frente izquierdista de masajeadores del Perú, el FIMP, satisfecho de haberle roto las cabezas a los ciegos, conoció a Estela, la trava que lo contagiaría de sida. 


sábado, 18 de enero de 2025

NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 02: El tío maricón y el Tío Marly

 


Si lo vuelves a ver, te saco la mierda, ¿entendiste?

Era la primera vez en su vida que le oía decir una lisura a su papá.

Pero es mi tío, porfió Cambrito.

Pero es un maricón, un cabrazo; la desgracia de mi familia, la deshonra de tu abuelo que fue puntero mentiroso en el Ciclista Lima, carajo.

El rostro de Cambrito revelaba una confusión que solo podía provenir de una tierna ignorancia.

No sabes lo que es un maricón, ¿no?

La mirada de Cambrito dejaba traslucir su pureza.

Eso le pasa por leer tanta poesía, pensó don Rómulo, padre de Cambrito. De repente, este huevón también me ha salido cabro como mi hermano.

***

Marly era Coco Barrionuevo. Antes de convertirse en el transgresor Tío Marly de la Brutalidad, a Coco le afeitaban las cejas en el colegio.

La primera vez ocurrió a media mañana de un miércoles. Era la hora del recreo. Coco se había encerrado en uno de los baños huyendo de Arturo Rizo Patrón.

Abre, abre, abre, abreeeee, conchatumadre, le ordenó Rizo Patrón, finalizando la arenga con una patada que abolló la puerta del refugio de Coco.

Temeroso, las lágrimas agolpándose y amontonándose detrás de su aterrada mirada, Coco intentó descorrer el seguro de la puerta. Pero tenía que aplicar fuerza ya que la patada de su compañero había deformado el pestillo.

Abre, abre, abreeeee, mierdaaaaa, se desesperó Rizo Patrón.

No se puede, no se puede, se atolondraba Coco, tartamudeando, la lengua trabándosele como cuando su viejo lo masacraba a correazos.

Rizo Patrón, al mismo estilo en que se exaltaba y gramputeaba a sus empleados en casa, lanzó un patadón todavía más feroz que terminó por abrir la puerta y tumbar a Coco al suelo, sentándolo al lado del wáter.

Eran tres muchachos más los que acompañaban a Rizo Patrón. Uno de ellos, Aldo Rodríguez Pastor, ingresó en el cubículo, hizo la puerta a un lado y, tomando a Coco de las solapas, lo arrastró hasta sacarlo de ese ambiente. Lo dejó como cualquier huevada cerca del área de los lavabos. 

Desde el suelo, en la más absoluta indefensión, Coco intentó proclamar su inocencia.

Calla, conchatumadre. O sea que a ti te gusta recordarle al profesor que revise la tarea, ¿no? Chupapinga del profe te crees, ¿no?

Alejo Navarro Grau, rubio como sus compañeros de acechanzas, se sacó la pinga. Todos vieron como Alejo se meneó el miembro. Coco notó que el glande de Alejo era monstruoso.

Nos cagaste a todos, pero más a Alejo. Y lo que él quiere, para que te perdonemos y no te saquemos la mierda hoy, es que también le chupes la pinga así como se la chupaste al profe.

Pero yo no le he chupado nada a nadie, dijo Coco en medio de su prístina inocencia, tartamudeando como la locomotora del Tren Macho que unía a Huancavelica con Huancayo. 

La pinga de Alejo se fue acercando a la trémula boca de Coco, quien, en medio de su terror, le encontró cierta similitud a los torpedos T93 que los japoneses hicieron estallar en las narices de los aliados en la segunda guerra mundial. Se había hecho un experto en ese tema, pues había sido el único huevón que había cumplido con el encargo del profesor de Historia. Es cabezón como los torpedos, pensó. Coco tenía una pinga más bien pequeña y de una cabeza insignificante. Había crecido pensando que todos los penes eran así, como el suyo. Ahora descubría una realidad asombrosa.    

  ***

Tío, tío, susurró Cambrito. Había vuelto a la peluquería de su tío Román Clavijo para contarle las cosas misteriosas que su padre había dicho sobre él. ¿Cabro? ¿Maricón? ¿Qué significaban esos términos? Quizá su tío los conocía, ya que ninguna de esas palabras se hallaba, por ejemplo, en la novela que tenía entre sus manos y que llevaba a todas partes para satisfacer su continua hambre de letras, de saber.

No halló a su tío en el ambiente de trabajo de la peluquería. Sin embargo, pudo distinguir los bajos y contraltos de un merengue. La música provenía del cuartito de la trastienda donde su tío Román se permitía unas pestañeadas cuando la clientela era baja. El mismo Cambrito había usado esa cama para echarse unas siestas cuando se le ocurría pegarle una visita inopinada a su querido tío. Este siempre lo esperaba con un chupetín BomBomBum de gran cabeza roja que Cambrito tanto disfrutaba chupar.

Cierta vez, Cambrito lamió un chupetín que le supo a caca. Román, que terminaba de cortarle el pelo a un niño, vio la mueca de asco de su sobrino y el chupetín que aún pendía de su mano. Rápidamente, sacó sus conclusiones.

Papito, ¿ese no es el chupetín abierto que puse en mi velador?

Sí, tío, dijo Cambrito, todavía con las papilas gustativas envueltas en caca.

No, pues, papito, tus chupetines son los que están aquí en el cajón; mira, ve. Este no es para ti, dijo el tío, confiscándole el chupetín con olor a mierda.

La puerta del cuartito no estaba cerrada del todo. Cambrito empezó a abrirla lentamente, con mucho sigilo, ya que era posible que su tío se hubiese quedado dormido con la radio encendida. Pero lo que escuchó, antes de verlo debajo de un moreno corpulento, fue el gemido frenético que salía expelido de su boca.

Este se dio cuenta de la presencia de su sobrino, pero, en lugar de sobresaltarse y deshacerse del moreno, prefirió que la clavada continuase: una pinga así no podía desperdiciarse así nomás; mucho menos cuando se estaba a punto de llegar al clímax.

Cierra la puerta, sobrino, apuró Román, el tío peluquero. Cierra la puerta, repitió, y sube el volumen, por favor, añadió, tras lo cual volvió a gemir, esta vez amordazando las ganas de clamar un alarido; consideró que cierto respeto le debía a su sobrino.

Cambrito, alelado ante el espectáculo que protagonizaba su tío con…, claro, ahora pudo reconocerlo a pesar de la tenue luz que emanaba del visor de la radio, Vicente de la Hoz, el moreno que recogía la basura del barrio en su carretilla, intercambiando, de vez en cuando, algunos pollitos por televisores viejos, refrigeradoras inútiles o lavadoras desahuciadas. Vicente siempre salía ganador del barrio de Cambrito debido a su bonhomía para con los vecinos y a su destreza para los negocios. Cada visita de Vicente al barrio significaba que su carretilla terminaría repleta de cosas que luego el vendería en los mercados peseteros de la ciudad. 

Putamadre, le decía don Rómulo a Vicente cuando se lo encontraba atravesando el barrio con su carretilla llena de chatarra y pollitos, sudado, venoso, negro, fuerte, tosco, la voz grave y admonitoria, como quisiera que mi hijo sea tan macho como tú, Chente. ¿Por qué no me lo escueleas al muchacho un día de estos? De repente te puedo chorrear un billete para que, como cosa tuya, lo lleves al chongo y le enseñes lo que es ser un hombre de verdad. ¿Qué dices?

Vicente decía sí, sí, sí, pero no creía que todo lo que decía Rómulo fuese cierto. Y, si era verdad, definitivamente les daría un mejor uso a sus dineros. Ni cagando llevaría al chongo al marica de su hijo ese. Claramente se veía que el chibolo era rosquete. Por algo le gustaba leer huevadas. Y ahora lo tenía ahí, enfrente, viendo cómo se clavaba al mariconazo de su tío. Todo porque le había comprado unas Adidas nuevecitas, flamantes.

La puerta seguía sin ser cerrada y Cambrito no quitaba la vista de la rijosa escena que estaba presenciando.

Chibolo reconchatumadre, cierra la boca y cierra la puerta de una vez, pendejo, ordenó con ronca voz Vicente. Cambrito salió de su obnubilación y cerró la puerta. Luego, continuó viendo cómo se clavaban a su tío Román, el peluquero del barrio.

No me veas, sobrino, que me ruborizo, dijo Román, con una voz que se desmembraba entre el dolor que le producía la pinga de Vicente y el rubor que le producía que el hijo de su hermano lo estuviera viendo en esa postura.

Ya la voy a dar, rugió Vicente.

Vamos, papi, vente en mi culito, quiero sentir tu lechita, imploró dolorosamente el peluquero.

Tío, dijo Cambrito, ¿qué es un maricón?

Román abrió de pronto los ojazos, que los tenía cerrados por la fruición del momento, y se cagó de la risa ante la pregunta.

El negro Vicente, tras haber dejado la descarga lechosa en el interior de Román, desenroscó su poderoso miembro del culo de este y, mirando a Cambrito, dijo: Ahora te toca a ti, chibolo.

 


NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 01: El bicho y los potos

 


El escozor en los huevos se le había hecho insoportable. Hasta hacía unos días, era tolerable. Ahora, era una maldición que lo perseguía día y noche y que le recordaba que, quizá, esa rascadera inagotable, era uno de los síntomas del contundente arribo de su incurable enfermedad.

No se atrevía a preguntarle al Chat GPT si esas manchas debajo de los testículos y ese olor como a pezuña de díscolo colegial eran los inapelables atisbos de una muerte anunciada y decretada por el bicho que silenciosamente moraba en él desde hacía una veintena de años. Prefería vivir en la ignorancia.

Un tío suyo le había dicho: El ignorante vive feliz y vive más. Algo de razón debía de tener ese tío que fue un gran cojudo, pero vivió muy feliz y despreocupadamente hasta que lo arrolló un camión por haber ignorado, a causa de que cruzó la pista muy jovial y campante, una luz roja.

Se terminó de secar el cuerpo y se colocó su uniforme de trabajo: el polo verde petróleo con un siete dorado en el pecho y ese basto pantalón negro. Putamadre, se dijo; ¿no será la tela de esta huevada de pantalón la que me causa este picor de mierda?

A la picadera de huevos había que añadirle el hecho de que Homero Lorna había recibido una tentadora oferta de trabajo de su antiguo patrón, patrón a quien le hubo robado tres mil dólares hacía menos de un año. Ratero de mierda, se dijo Groover mientras se rascó una vez más los huevos, esta vez, por encima del pantalón; ¿o sea que tú vas a hacer plata y yo no? Estás tú bien huevón, conchatumadre. Algo se me ocurrirá para sacarte de la jugada. Pero ninguna idea acudía a su mente. Piensa, Groover, piensa.

Groovercito, ya está tu desayuno listo, papacito, le gritó su mamá, una adorable anciana de ochenta y cuatro años. Yo me voy a descansar a mi cuarto, hijito. Los dichos maternos provenían de la cocina según los cálculos de Groover. Hoy amanecí algo cansada.

Ya, mamá, contestó él, no con la benevolencia y el agradecimiento esperados de un hijo sino con la fiereza de alguien que no soportaba compartir más la casa con la persona que le recordaba, con su sola presencia, lo miserable que era su vida. Pero ¿por qué? No fue ella quien lo obligó a dejar los estudios; no fue ella quien le mandó meterles pinga a todas los transexuales del jirón Zepita mientras taxeaba. Pero sí que fue ella, con esa insoportable voz aguda, quien le recordaba que su vida era un constante fracaso. ¿Cuándo vas a cambiar Groover? ¿Cuándo vas a ser como tu bisabuelo el mártir aprista? Ese hombre, sin terminar el colegio, llegó a ser un gran orador y político del APRA, considerado por Víctor Raúl como su único sucesor. ¿Y tú? Dos piernas, dos brazos, dos ojos, boca y mira: puro rojo en la libreta. El colmo de la situación llegó cuando, a los quince años, Groover fue pillado por su madre en plena paja y fumando marihuana, todo al mismo tiempo; una botella de cerveza al pie de la cama por si le daba sed. Eres un perdido, Groover. Vas a terminar mal, lloró amargamente la señora al descubrirlo. Ahí estaba la culpa de la vieja, en esa maldición: Vas a terminar mal. Por eso, ella era la culpable de sus desgracias, y de esa rascadera de huevos que lo tenía desesperado. 

¡Vieja de mierda!, se exaltó para sus adentros don Groover tras darle una mordida al sánguche que su madre le había dejado en la mesita de la cocina: en lugar de las dos láminas de queso amarillo que él mismo había comprado el día anterior con la pensión de la señora, la chocha de la vieja había puesto dos trapos amarillos de los usados para limpiar losetas.

  Pensó en amonestarla severamente, decirle cosas duras, pero, la picadera de huevos lo disuadió. Era mejor olvidarse del asunto y llegar cuanto antes a la chamba. De momento, era lo único seguro que tenía. Y sí que necesitaba los dineros que recibía quincenalmente.

Mientras se lavó los dientes reflexionó sobre cómo una huevada tan jodida como la picazón que lo acosaba podía convertirlo en una mejor persona. Gracias a la picadera, no adjetivó a su madre. No le endilgó cosas de las que luego se arrepentiría. Claro, después de todo, la vieja, a pesar de haberse enterado de que era portador del bicho, lo trajo a los Estados Unidos para que renaciera, para que se hiciera de nuevo. Nunca es tarde para volver a comenzar, Groovercito, le había dicho al recibirlo en el agujerito que ella llamaba departamento allí, en Newark. Putamadre, pensó, mientras rascaba con el cepillo sus molares más esquinados, al menos aquí me he librado de morir cagado en el Perú. De haber seguido taxeando, y con esta enfermedad de mierda a cuestas, sin mis retrovirales, hace rato que hubiera terminado como pasto de ratas. Luego de escupir la espuma, le agradeció a su viejita: Gracias, vieja de mierda.

Al secarse la cara con la toallita rosa que su madre había colocado en el baño, reflexionó: Pero si estoy tomando mis retrovirales con la misma puntillosidad con la que Churchill se echaba sus wiskachos cada noche, ¿por qué me pican los huevos? ¿Y qué mierda son esas manchas, carajo? Tengo los huevos como los de un dálmata, por la conchasumadre.

Ya lo averiguaría después. Ahora había que apurarse para llegar temprano al trabajo y seguir percibiendo el sueldo mínimo.

Bajó por las escalares cargando con no poco esfuerzo su bicicleta eléctrica. La batería hacía que la huevada esa pesase más de lo normal. Desde hacía unos días, notó que el trajín de bajar y subir la bicicleta lo ponía a sudar copiosamente, como caballo. Se preguntó: ¿será esta sudoración anómala otro síntoma de que el bicho se está mostrando con todas sus armas?

Antes de ponerse el casco y montarse en la bicla, se hundió los auriculares en los conductos auditivos. Probó el sonido y resultó bueno. Ecco, dijo, como cuando algo le salía bien.  Voy a ver qué está diciendo el Serrrrrano, dijo, alargando la ere, dejando traslucir así el desprecio que sentía por los cholos, mestizos e indios de su retrasado país. Sintonizó el canal de Montes en YouTube. El programa ya había empezado. Montes, criminal peruano exiliado en Italia, contaba cómo Garrincha, otro criminal peruano, pero mucho más antiguo y de larga trayectoria penal, le había chupado la pinga en un descuido en medio de la última de sus borracheras en el parque Il Popolo en Milán. Putamare, narraba Montes, en un primer momento sentí rico, ‘on. Luego, a medida que me iba despertando y tomando conciencia de la realidad, me doy cuenta de que era Garrincha el que estaba mamándome la pinga, ‘on. El conchasumare se había quitado las muelas postizas y estaba que me daba un mamey de campeonato, cholo. O sea, no me malentiendas; me parece asqueroso que un viejo te chupe la pinga, pero esa mamada se sentía rico, ‘on. Ya cuando vi su cara de perro viejo me zafé y le saqué la conchasumadre.

Cambrito, un tipo leído, esmirriado y resentido, era el interlocutor de turno en el programa de Montes. Pasu, qué experiencia tan desopilante, dijo, riendo. Habla bien, conchatumadre, dijo Groover para sus adentros, mientras conducía por la ciclovía. Groover odiaba a Cambrito porque no podía tolerar que alguien más en las miasmas de la Brutalidad hablara en difícil. Groover quería ser el único dueño y señor del verbo culto. Cambrito conchatumare, masculló mientras sorteaba una curva peligrosa. A esa hora de la mañana, las ciclovías estaban tanto o más congestionadas que las carreteras mismas: el número de ciclistas maricones y poseros había aumentado considerablemente en los últimos años. Cuando llegará el día en que te caigas de mitra y te mueras, cojudo, volvió a pensar Groover al escucharle otra palabra culta a Cambrito. Creo que acaba de entrar el pelao, anunció este al ver que el Tío Marly, cocinero y vago peruano, radicado en Sydney, Australia, ingresaba a la transmisión.

Cuál pelao, Cambrito conchatumadre. Ya me voy a encargar de ti más tarde, pero antes tengo algo que anunciar, serrano, exclamó Marly, la voz de pito, seseante, cuasi infantil. Tengo una primicia, serrano. Ponme en primer plano. Ahora si va a caer el huevón de Groover. Tengo su certificado de sida. Ya se cagó. Hoy todos se van a enterar de que ese huevonazo tiene sida y está suelto en plaza, caminando por las calles de Newark contagiando a la gente.

Pala, exclamó Montes, no te juegues así, ‘on. No te creo, ¿en serio?

Sí, serrano conchatumadre; Groover tiene el bicho. Y no recuerdo qué día dijo en su programa que se había ido al peluquero. Puta qué miedo. Esas cuchillas y tijeras que usaron para cortarle los clavos que tiene por pelos seguramente ya han contagiado a todo el vecindario. Eso es delito. Voy a hacer que lo metan preso por irresponsable.

Groover casi fue arrollado por un camión cuando intentó cruzar una interestatal. La desconcentración que le produjo enterarse así, al seco, de que su enfermedad iba a ser de conocimiento de toda la comunidad de la Brutalidad casi lo mata antes de lo previsto. Se detuvo a un lado de la ciclovía y respiró hondamente.

***

Gonzalo sonrió para la cámara de su celular luego de haber enfocado los potos de unas colegialas que le habían hecho hola con mucha coquetería.

Aunque no muy agraciado de carabina, a Gonzalo le resaltaba un bulto considerable en la entrepierna. Este parecía ser su atractivo.

¿Les gustó lo que vieron, putyanos?, preguntó ladinamente a los seguidores de su canal de YouTube, conectados en vivo a su transmisión. Gonzalo se hacía llamar el Profe Puty y, en consecuencia, llamaba muy cojudamente a sus seguidores: putyanos.

Gonzalo había estudiado pedagogía en una institución de medio pelo en Chincha, su pueblo natal. Ello, sin embargo, lo hacía sentirse por encima de muchos maestros que sí cursaron la carrera de docencia en alguna universidad. En cierta ocasión, dijo en su programa de YouTube al responder uno de los comentarios lanzado en vivo por un anónimo televidente: A los profesores egresados de la Universidad Católica me los paso por los huevos. Yo les juro que los revuelco en cualquier tema de Literatura que me pongan. Así que, Gollumnova, no me vengas a comentar que no sé nada, conchatumadre. Yo soy el mejor profesor de Literatura del Perú que jamás ha existido. Entiende bien eso, cojudo.

Ya te cagaste, negro, comentó el Tío Marly. Ahorita mismo mando el clip de esta huevada al Ministerio de Educación. Vamos a ver qué piensan de que un docente, como tú dices serlo, ande grabando potos de niñas en las calles.

Al leer esto, el pene, que se le había puesto duro a Gonzalo, se chorreó por completo. Acababa de darse cuenta de que la había cagado una vez más.

sábado, 21 de septiembre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 11

 


No importa lo que te ocurre,

sino cómo respondes a lo que te ocurre.

Epicteto

 

Parecía que Shagui estuviese fumando por el agujero que le acababan de abrir en la frente. El humo ascendía como un bailarín espectral, trazando figurines en el aire, celebrando el ritual inevitable de la muerte con cada voluta que se le desvanecía.

Estas balas son la cagada, dijo el Gato, admirando el cañón de su arma. No solo te parten los huesos, también te queman por dentro, te chamuscan hasta el alma; incluso minutos después de haberlas disparado.

Tito le cerró la boca a Shagui.

Este huevón nunca se arregló las muelas... Y teniendo plata. Era un huevonazo hasta para esas vainas, continuó el Gato, empaquetando con reverencia su arma en el estuche, totalmente enfocado en el proceso.   

Un chillido repentino interrumpió su soliloquio.

Ábrele, ordenó el Gato, sin apartar la vista del arma nuevamente enfundada.

Tito salió corriendo de la habitación. Al poquísimo rato, regresó acompañado de Cirilo, un hombre cetrino, encorvado, de nariz ganchuda, que llevaba unas bolsas en la mano: panes y chicharrón de puerco.

Ya, serrano, prepárate al toque los panes, que me estoy cagando de hambre, dijo el Gato, señalando una mesa cercana al cadáver de Shagui.

¿Ahí?, preguntó Cirilo, incomodísimo, nervioso.

Ahí, pues, hijo. Créeme que el huevón de Shagui ya no te va a gorrear ningún pan, dijo el Gato. Luego, dirigiéndose a Tito, un hombre de mediana estatura y brazos esculpidos por el peso de doscientas mancuernas diarias, ordenó: Terminamos el desayuno y me desaparecen a este huevón, ah.

Sí, sí, dijo Cirilo, concentrado en embutir los panes con los pedazos fritos de puerco, zarza criolla y limón.

No, pues, serrano, ¿y mi jugo de papaya?, exclamó súbitamente el Gato, los ojos ardiendo y clavados en Cirilo.

El rostro del serrano, sobresaltado, se pintó de rojo.

Pucha, me olvidé, jefecito, respondió Cirilo con una voz a punto de quebrarse, temblando, la piel cambiándole de color con cada segundo que transcurría. Sabía que olvidarse de algo tan simple podía significar un destino similar al de Shagui.

Ya, ya, tranquilo, serrano. No chilles. Te la paso por esta vez. Sigue con los panes, nomás. Pero si la vuelves a cagar, no la cuentas, cojudo. Esto va para ti también, Tito. Están advertidos.

***

 

 

La reunión en casa del periodista deportivo Juan de los Santos, impenitente jalador de cocaína e inmisericorde fumador de marihuana, se conducía con algarabía.

Fermín, también conocido como el Enfermín, uno de los invitados de lujo a la fiesta de Juan, no empleaba el wáter para orinar. En su lugar, se encaramaba sobre el lavabo, dejando que su orina amarillenta fluyera en él, como un gesto insolente de revancha por la envidia que le generaba el flamante departamento de Juan, adquirido gracias a la casa de apuestas que aupaba su canal de YouTube y le dejaba cuantiosas cantidades dinerarias, lavando así billetes y monedas provenientes de la minería ilegal y el tráfico de drogas.

Al poco rato, llegó, en medio de algazaras y vivas, el Profe Bruti, ya convertido en un personaje rutilante del mundo de la Brutalidad deportiva.

Juan de los Santos, de quien se decía que, en secretas orgías, les invitaba mujeres a las máximas figuras del balompié peruano, se acercó a Bruti con un plato de estofado de pollo preparado por su esposa.

El Profe Bruti sintió que ya era una estrella. Que el famoso periodista deportivo Juan de los Santos, alías Caballo de Paso, lo recibiese en su propia casa con un estofado de pollo desprendido de las mismísimas manos de su respetable esposa solo podía significar que ya su estatura sobresalía por encima de las anónimas cotas de las redes sociales y, que, como Caballo de Paso, estaba a punto de posar su enorme chala en la televisión. Bruti se vislumbraba a sí mismo conduciendo un programa deportivo en el canal peruano de señal abierta más importante. También, se permitió columbrarse dirigiendo un show de Literatura en el mismo canal. Dirán de mí que soy el primer afroperuano que lleva cultura a los hogares del Perú; por la conchasumadre, pensaba Bruti, mientras rompía los tendones de la pierna de pollo de su plato, embarrándose los dedos con los protuberantes jugos de ese estofado que estaba de la reconchasumadre.

Pero cuando llegó el Ciego, con su risa cachacienta y su bastón golpeando el suelo, Bruti sintió que había sido traicionado, porque —qué raro, ¿no? — justo en ese preciso instante, Caballito empezó a grabarlo todo con su celular, el iPhone con el decimal más reciente y novedoso.

¿Ya está aquí el pordiosero que se ha hecho famoso pidiendo plata en su programa de YouTube?, gritó el Ciego, con esa sonrisa inconfundible adosada a cada gesto suyo. Uno no sabía si se estaba cagando de la risa genuinamente o era la ceguera quien le imprimía a su rostro esa impronta maquiavélica.

Bruti quiso sacarle la mierda al Ciego, pero sabía que con un solo golpe podría derrumbar no solo a su enemigo, sino también su propio ascenso al estrellato final. Había que moverse con cuidado en esa sala llena de cámaras, sobre todo bajo el lente siniestro del Caballo de Paso, que ya transmitía en vivo, para su canal, cada movimiento, cada palabra. Sus ojos se cruzaron con el celular del periodista. Cualquier arrebato sería una sentencia pública. Entonces, dejando a un lado el estofado que aún humeaba, pronunció: No voy a rebajarme a responderle a una persona que sufre el peor castigo que Dios le puede reservar a alguien: la ceguera.

Giró la cabeza hacia la cámara del Caballo y continuó con su alocución, sintiéndose un Sócrates moderno, atrapado en una tragedia urbana, dispuesto a lanzar su mayéutica al aire: ¿Saben ustedes, queridos Brutianos, lo que es vivir en la oscuridad más absoluta? ¿Creen ustedes que yo, bendecido con el don de ver y observar el mundo con todos sus matices, me rebajaría a pelear con este Ciego, con este ser atrapado en sus propias tinieblas?

El Ciego, con su lazarillo al lado, laceraba el piso con la punta de su bastón: Ven, negro, pordiosero, ven, pues, aquí te espero. Desmiénteme que eres un pordiosero. Yo, sí, soy ciego, no hay duda de eso, pero eso a mí me ha hecho fuerte, tan fuerte que mi programita de Youtube ya está haciéndose muy conocido. No por andar pidiendo plata como un mendigo, ni por jactarme la boca de poner mujeres en mi pata al hombro. No. Mi fuerza viene de mi don de gente, de saber cómo se mueve el mundo incluso sin verlo. Lastimó nuevamente el piso con su bastón, como un viejo guerrero que convoca a su enemigo. Ven aquí, negro maricón. Párame el macho.

Queridos Brutianos, prosiguió Bruti, la voz como un trueno contenido, luego de los descargos del Ciego, acaban de escuchar el canto de dolor de un castigado por Dios, de un miserable que, a pesar de estar así de cagado, sigue jodiendo. Luego, tras repasar con la mirada a los circunstantes que no podían comer ni beber por estar muy concentrados en el conato de pelea, sosteniendo como pendones sus respectivos celulares, procurando capturar todos los detalles del inminente choque, dijo: Para pelear se necesitan de dos. Y yo no pienso rebajarme. Yo me largo de acá.

Como el Ciego apenas se había apartado de la puerta, seguía ahí, un muro de carne y obstinación, bloqueando la salida. Bruti se dispuso a bordearlo, pero el Ciego, con ese oído súper desarrollado para sentir hasta el tenue canto de una brisa, percibió la aproximación de Bruti y, con un gesto tan rápido como malicioso, alargó su bastón buscando tumbarlo al suelo.

Sin embargo, Bruti, ágil como gato de la noche, se percató a tiempo de la zancadilla y, no solo la esquivó, sino que, con una patada precisa y llena de rabia, lanzó el bastón lejos, arrancándole al Ciego su único sostén. El cuerpo del invidente se desplomó con la pesadez de un costal de cemento.

Sin detenerse, Bruti cruzó la puerta, sus pasos resonando con el eco del final de una escena que no merecía más palabras. Mientras se alejaba, su mente ya vagaba en otra parte, en algo más mundano, pero igualmente necesario: el aroma de un chaufa de cinco soles en el puesto de Doña Pelos, en la esquina de su barrio. A fin de cuentas, siempre se podía confiar en ese plato para reparar la saciedad interrumpida.

Juan de los Santos estaba feliz. No podía de contento. Su cara era el vivo calco de la complacencia, los labios curvados en una sonrisa que no podía disimular, aunque lo intentara. Todo lo que había pasado, si bien no era lo que había esperado —pues, en el fondo, hubiera querido que Bruti se engorilara más, que el caos fuera absoluto—, había culminado en una escena que rozaba lo épico: una genial y aparatosa caída. La justicia cruda y ridícula del destino le arrancaba una risa contenida, como si el espectáculo improvisado hubiera sido diseñado solo para su deleite.

Entonces, la voz que todos podían oír en la transmisión era de pura de indignación por lo acaecido, pero el rostro escondido detrás del celular, ese que nadie podía ver, estaba iluminado por una alegría genuina y pérfida. Así, con esa ironía impregnada en su ser, acercóse Juan de los Santos, el famoso Caballo de Paso, al Ciego, que aún tambaleaba mientras el lazarillo lo ayudaba a levantarse. Con su bastón de vuelta en mano, el Ciego dijo: Hay tres negros en un auto, ¿quién está manejando?

Juan de los Santos no se esperaba esa línea. Aguardaba, más bien, una palabras airadas y vengativas. ¿Quién?, respondió el Caballo, verídicamente sorprendido.

El policía que los ha chapado, dijo el Ciego, cagándose de la risa.

***

Y me comí el pan con chicharrón y, encima, con un poco de sangrecita del huevón ese del Shagui, dijo el Gato K-Ch-Ro.

RompeCulos le acercó al Profe una recién colmada copa de vino: Ya hemos hablado con nuestros propios métodos con su amigo el Ciego, Profe. Y ha aceptado. Ahora, luego de ver el videíto de nuestro amigo Shagui, que en paz descanse, yo supongo que nada impedirá que le pongamos fecha al trío de usted con la Golosa y el Ciego, ¿no, Profe?

Bruti, temblequeando como nalgas que expulsan un pedo largo y siniestro, se levantó de su silla y, con la bemba contrita, a punto de inaugurar el irrefrenable llanto de la derrota, giró lentamente para iniciar su salida.

Negro, dijo el Gato. Tenía en la punta de la mano una tarjeta.

Bruti volvió pasmosamente la cabeza y, con trémula pausa, tomó la tarjeta. Pudo leer un nombre que le era desconocido, pero claramente advirtió el cargo que ostentaba.

Como eres un negro bruto, y ya son más de las doce, seguro puede que vayas a hacer una estupidez. Ahí te paso el contacto de mi pata, el presidente del poder judicial, agregó el Gato. Mañana te llamo para coordinar los detalles del trío.

Los pantalones de Bruti recibieron otro chorro más de pichi.