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sábado, 18 de enero de 2025

NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 03: Bafi “la caza maridones” y la paja escolástica de Gonzalo

 


Para mí, la mujer hermosa es la que viene con pinga, dijo Groover.

Bafi, mujer contemporánea de Groover, no supo qué decir. No esperaba tal respuesta de alguien a quien consideraba un tipo educado. ¿Perdón, Groover?

Aunque, en tu caso, haría una excepción, Bafi, mi caza corazones.

Llevaban cantando temas de José José, Julio Iglesias y Pablito Ruiz en el programa de YouTube de Groover, Cuchillos Largos.

Groover, tú sabes que a mí no me gustan esas bromas. Por favor, estamos cantando bonito, te pregunto sanamente sobre tu tipo de mujer y me sales con esa palabrota.

Ya, pues, Bafi, no te hagas. Bien que a ti te gusta la pinga.

¡Oye!¡Qué tienes!, exclamó Bafi, ahora sí aterrada e indignada. Bafi, señora que radicaba en Australia y era amiga del cocinero y gran vago peruano, el Tío Marly, digno producto humano de exportación del Perú, no sabía que Groover, en el transcurso de los cánticos, se había excedido de su habitual dosis de marihuana y cervezas. En las drogas y el alcohol, hallaba la calma para los que, él creía, eran los síntomas del bicho que empezaba a liquidar inmisericordemente a todo aquel microorganismo que, antaño, solía defenderlo contra cualquier enfermedad. Ahora, debía cuidarse hasta de un simple resfriado.

Desde que la marihuana empezó a adormecer sus sentidos, pudo cantar mejor y entregándose al show sin problemas, ya que el marasmo de sus sentidos había neutralizado la inagotable rascadera de testículos.

Exijo que te disculpes ya mismo, Groover, demandó Bafi, mientras, como telón de fondo, corría la canción Culpable Soy Yo.

Cuál disculparme, cojuda. Qué tiene de malo confesarte mi amor, dijo Groover, la voz preñada de sorna. Me gustas, Bafi, siempre le he tenido hambre a las cholas envanecidas como tú.

Bafi -señora conservadora y simpatizante de las ideas izquierdosocialconfusas de un expresidente peruano, ahora preso, que había afirmado alguna vez que los pollos morían cuando los niños les torcían el pescuezo al momento de llevárselos a sus maestros en las aulas- dijo que me retiro ahorita de tu transmisión y aquí termina nuestra amistad si no te disculpas inmediatamente. El atento televidente podía escuchar la agitación, producto del coraje, en la respiración de Bafi. Tienes cinco, cuatro, tres, …

Dos, uno, cero, completó Groover, sardónico. Vete, pues, dijo Groover. Estaba dando show. Los pocos televidentes que lo seguían fielmente no podían creer que estuviera hablándole así a Bafi, su amor platónico. El número de vistas de la transmisión empezó a elevarse: pasaba de dos a cinco, de cinco a diez, de diez a veinte, un récord para Cuchillos Largos. Vete y quéjate con tu maridón Marly. Refúgiate en los brazos de ese pelao concha de su vida.

Oye, no tienes por qué meter al Tío Marly en este asunto, se pronunció Bafi. El pleito es contigo. ¿Por qué me hablas así? ¿Cuándo te he dado confianza para que me hables de, de, de…? Bafi era tan inmaculada que su propia lengua no se atrevía a modular los sonidos de las palabras pinga, cache, sexo; tan comunes residentes en la boca pastosa (¿será esta boca seca un síntoma del jodido sida que se me está viniendo con todo?) de Groover.

De pingas, completó Groover, de pingas como el Pelao Cabeza de Pinga de Marly, que es tu maridón, borbotó Groover, disfrutando cada epíteto lanzado.

El alcohol hacía que le supure aquel resentimiento que germinó en su corazón cuando Bafi declaró, hacía poco nomás, en el programa de YouTube Habla Montecito, en respuesta a una trapisondista pregunta del productor Homero Lorna, que si tuviera que elegir entre Marly o Groover para compartir un paracaídas antes de que el avión que los transportaba se estrellase contra las escarpadas paredes de la Cordillera de los Andes elegiría a Marly para salvar la vida sin dudarlo, porque hallaba en él a una persona agradable, amable y afín.

O sea que Groover se vaya a la mierda con todo y avión, rio Homero Lorna. Bafi, Groover se va a resentir con usted. Yo lo conozco; ese viejo es rencoroso.

Bueno, pues, dijo Bafi. Que me disculpe Groover, pero yo soy sincera. Y a mí me cae mejor Marly. Y lanzó una carcajadita sofrenada, propia de una señora de su asumida catadura moral.

Marly es mi amigo; no es mi marido, estúpido. Retráctate o me voy, decía Bafi, que, en el fondo, no pensaba irse, porque también gustaba del show. No se perdía un programa de la Brutalidad. Tenía activadas las campanitas de notificación de los programas del serrano Montes y del sancochado Groover. Sin embargo, cuando entraba como panelista en el Habla Montecito fingía desconocer los tenores de tales o cuales polémicas sucedidas durante la semana. No sé de qué están hablando, chicos. Alguien que me actualice, por favor. Entonces, algún servicial cojudo se ofrecía a ponerla en autos, cuando, en realidad, ella sabía más del tema que el oficioso idiota que, en la esperanza de recibir un afectuoso halago de Bafi, se deshacía en resúmenes pedorros.

A mal palo te arrimas, Bafi. ¿Por qué nunca te me has arrimado a mí?, empezó a llorar Groover. ¿Sería ese cambio brusco del ánimo otro síntoma del bicho? Le importó un pincho responderse esta pregunta interna. Lo primordial ahora era acusar a Bafi de cómplice del Tío Marly.

Me voy a ir. Nunca más vuelvas a buscarme para hacer karaokes, Groover. Has quedado como una mala persona.

¿Mala persona yo, cojuda?, fingió desconcierto Groover. ¿Mala persona yo? ¿Acaso no has visto la más reciente maldad que ha perpetrado tu maridón, el pelao hijo de puta de Marly?

No, no he visto, dijo Bafi, rotunda. En realidad, sí sabía lo que había hecho Marly, pero no creía que la prueba de su enfermedad fuese cierta: un certificado de sida o de lo que sea podía ser fácilmente fraguado, sobre todo ahora, con los avances tecnológicos al alcance de cualquiera.  

Ah, no sabes lo que hizo el hijo de puta de Marly; esa buena persona que tú dices que es, ¿no, Bafi? Bafi, Bafi…, empezó a repetir y maquinar Groover, buscando en sus archivos mentales un duro, pero inteligente calificativo que plasmase rotundamente su liaison con Marly, Montes y Lorna. Bafi, la caza maridones, escupió al fin, con una rabia inconmensurable.

Se notó un sobresalto en la respiración de Bafi. Las cámaras estaban apagadas. Ningún espectador podía apreciar los gestos de los pugilistas. Solo veían al Puma Rodríguez cantando otro descorazonador tema.

Qué hizo Marly, pues, habla o me voy, espetó Bafi luego de un silencio. Le había dolido que le dijesen caza maridones, pero no supo qué responder. Tampoco iba a cumplir su promesa. No se iba a ir del programa así nomás. Le gustaba ser parte del show, que su nombre sea mentado y siempre recordado en cada uno de los chats de la Brutalidad. Así, pensaba ella, jalaría más vistas para su canal de YouTube que apenas era visto por dos o tres gatos. Esto la haría sentirse empoderada, término, este último, muy de moda entre las personas de tendencia izquierdosa y progre.

Reveló mi certificado de sida, cojuda. ¿Te parece poco? Ahora todo el mundo sabe de mi enfermedad, dijo Groover, y empezó a sollozar. Los mocos le salieron a chorros por sus peludos orificios nasales. ¿Sería esta cantidad anómala de mucosidad otro síntoma patente de que el sida se me acerca con su guadaña ponzoñosa?

Bafi sintió pena por Groover. Reconocía que revelar información personal de ese modo no se debía hacer, pero dudaba de que Marly fuese capaz de eso. Ella lo conocía. Habían almorzado juntos hasta en cinco oportunidades en Sydney. Marly, en sus días de franco, solía invitarle hamburguesas en el McDonald’s de la calle Loftus, donde él era el encargado de freír las papas y colocarles pepinillos a los emparedados.  

Dudo que Marly haya hecho eso, dijo Bafi.

¿Qué? ¿Lo dudas?, lloró Groover, tratando de jalar a Bafi hacia su parcela, porfiando por que ella le diese la espalda a Marly. Sin embargo, ello no sucedería; Bafi jamás cambiaria su preferencia por el Tío Marly.

No sé, Groover. Lo que sí sé es que no quiero que me llames ni me escribas jamás. Y tras un silencio dramático, continuó: Me voy, y por fin se fue.

El Viejo, como también se le conocía a Groover por su bronca voz de viejo borracho, permaneció llorando amargamente durante gran parte de su transmisión. Luego, ante la sorpresa de sus seguidores, se sumergió en un profundo sueño. Los ronquidos arribaron a los pocos minutos.

***

 Se llamaba Samahara y era la única alumna de piel lechosa que tenía Gonzalo en su salón. Ni bien la vio desfilar en el aula, buscando donde sentarse, Gonzalo se enamoró. La presencia de Samahara hizo que Gonzalo se olvidase por un momento de todo el cargamontón que seguía recibiendo en redes sociales por la burrada que había cometido al grabar traseros femeninos en las calles y transmitirlos en vivo para sus seguidores putyanos.

La belleza de Samahara lo estaba impactando tanto que también había dejado de preocuparse por la citación que hubo recibido del Ministerio de Educación del Perú, fina cortesía de las gestiones malévolas hechas desde Australia por el Tío Marly.

En uno de sus últimos programas, Gonzalo había dicho: Voy a viajar a Australia el próximo año para sacarle la mierda a Marly. Lo quiero tener entre mis puños para que los sienta. Quiero ver como su cara de imbécil, de pelao infértil, huevo seco, se va deformando con cada puñetazo. Quiero que mis manos se empapen de su sangre de cocinero fracasado. Estaba claro que no le había hecho mucha gracia el haber recibido esa citación del mismísimo Ministerio de Educación de su país.

Brayan Castañuelas, uno de los alumnos más guapos y cacheros del salón de Gonzalo, fijó su atención en la nueva alumna, en Samahara. Gonzalo se percató de ello. Le mentó la madre por dentro: No te creas pendejo, Brayan. Este año te jalo en Literatura si te atreves a poner tus manos de indio en mi futura mujer. Nada ni nadie debía entrometerse en los constantes y repentinos planes amorosos de Gonzalo, ni siquiera el hecho de que llevaba varios años casado con una discreta mujer proveniente de Cajatambo, un pueblito perdido a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, en el Perú.  

Brayan Castañuelas claramente no era blanco. Era trigueño, pero no se lo podía calificar de indio neto. Indio habría sido su tatarabuelo, pero no Brayan. Gracias al arribismo racial de su abuela y de su madre, quienes se arrejuntaron con cholos blanquiñosos para, según ellas, corregir la raza, el aspecto de Brayan era el que siempre soñaron. Todas sus compañeras del salón lo consideraban guapito. Y, ciertamente, era el único chico guapo del quinto de secundaria del colegio Nicomedes Santa Cruz. Pero para Gonzalo, impenitente racista, Brayan era un indio de mierda.

Luego de la exposición teórica de Gonzalo, que estuvo plagada de pleonasmos, incongruencias y gazapos, dejó este una tarea que debía desarrollarse en clase, en la última media hora. Los alumnos debían opinar sobre la poesía de Martín Adán.

Con la campanada que dictó el fin de la clase de Literatura y el inicio de la de Matemática a cargo del cholo pezuñento y borrachoso de Pietro Quispe, Gonzalo recogió los papeles con los ensayos. Sin embargo, al momento de recolectar el trabajo de Samahara, Gonzalo trató de que su mano gruesa, tosca y negra rozara la piel de su alumna. No lo logró. Esto lo dejó más arrecho.

En casa, en lugar de dedicarse a preparar su clase y revisar los ensayos con calma, abrió programa toda la tarde, la noche y la madrugada. El programa de YouTube de Gonzalo se llamaba Todo Por Un Centro.

Su mujer se había ido a dormir. No lo esperó. Desde que Gonzalo se hubo sumergdo por completo en la Brutalidad, su mujer pasó al más absoluto abandono. Gonzalo solo vivía para derramar Brutalidad en internet a cambio de pingües donaciones. Tras recibir cerca de doscientos dólares en donaciones, decidió irse a dormir. Pero recordó que debía corregir los ensayos de sus alumnos.

Por azar, el primer trabajo que leyó fue el de Brayan Castañuelas. A la pregunta ¿Qué opina usted de la poesía de Martín Adán? Brayan contestó un par de cosas muy sensatas: Me parece recontra aburrida la poesía de ese viejo maricón. Para cubrir su cabrería, escribió huevadas muy difíciles de comprender. Si hubiera vivido en estos tiempos de total aceptación de la mostazería, Martín Adán se habría dejado de huevadas poéticas incomprensibles y se hubiera buscado un negro bruto como usted, profesor.

Conchatumadre, fue la respuesta mental que le dedicó Gonzalo al ensayo de Castañuelas. Luego, buscó directamente el trabajo de Samahara. Al hallarlo, no le interesó leer el contenido; más bien, se entregó desbocadamente a olerlo, a detectar en la superficie del papel algo del delicado aroma de Samahara, mi futura hembra, conchasumadre. Y algo de esa esencia había sobrevivido a pesar de haber estado el papel entreverado con los de tanto pezuñento y delincuente del colegio Santa Cruz.

Te deseo, Samahara, te deseo, repitió Gonzalo, cerrando los ojos. Se sacó el miembro grueso, venoso y cabezón y empezó a masturbarse. Olía y volvía a oler el papel del ensayo de su alumna para motivarse todavía más. Los ojos se le blanqueaban, como cuando perdía los estribos y se engorilaba ante los insultos de los antiputyanos, encabezados por uno de sus más sañudos enemigos, su exproductor Homero Lorna.

Quería gemir, gritar de placer, pero podría despertar a su mujer; así que continuó jalándose el pescuezo en morboso silencio.

Al sentir la carga seminal en la punta de su cabeza, tomó el primer papel que tuvo a mano. Era el ensayo de Brayan Castañuelas. Descargó sobre ese pedazo de papel toda su leche, lo convirtió en una pelotita y, con una maniobra basquetbolística que habría hecho empalidecer al mismísimo Michael Jordan, lo encestó en el tacho de basura.

Ya aliviado y sosegado, leyó el ensayo de Samahara: No sé quién es Martín Adán, profesor. Y en mi casa me enseñaron que, si uno no sabe un tema, es mejor no opinar.

Gonzalo, que había explicado en la clase quién era Martín Adán y había leído hasta cuatro de sus poemas, sonrió y pensó: No importa, mi amor. Tu culo es tu mejor arma para que triunfes en la vida. Saber de Martín Adán importa un pincho. Ni a mí me importa. A mí me importan los culos.

Calificó el resto de ensayos con la pinga al aire y sin guardar el menor escrúpulo por el contenido vertido en ellos. Según el nombre del alumno ponía una nota. Si el alumno le caía bien, colocaba trece. Si le caía mal, cero. Así me hago fama de exigente, se rio. A Samahara, le puso veinte. Te lo mereces por honesta, preciosura.

Ya se preparaba para dormir, así, sin haberse lavado la pichula, con el esmegma del semen eyaculado esparcido sobre la superficie de su gran cabeza, cuando recibió un mensaje de Groover.

Enseguida, recordó los gruesos denuestos que aquel le hubo dedicado en un reciente programa de Cuchillos Largos: eunuco digital, menesteroso digital, analfabeto tecnológico, cagada intelectual, pedagogo de mentira, profesor bamba, picador eventual, pedigüeño lleva y trae, mascota, llanta de repuesto (por su color de piel), entre otras lindezas de semejante jaez.

¿Qué quieres?, respondió secamente Gonzalo en un mensaje. Hubiera preferido eliminar el contacto de Groover, pero este vivía en el extranjero, en Estados Unidos, y Gonzalo prefería conservar los contactos extranjeros: ellos siempre le giraban generosos centritos, a ellos siempre les podía picar una gorda propina.

Profe, juntémonos para bajarnos a Marly. Tengo una entrevista reveladora con su hermana. Con esto, lo cagamos.

Gonzalo no respondió. No le interesaba hacer programa con ese viejo que se las daba de muy superior y batutero, un dictador. Gonzalo podía brillar con luz propia.

De pronto, recibió otro mensaje. No era del Viejo. Provenía de su máximo benefactor.

Profe, haga programa con el Viejo. Ahí le adjunto cien dólares. La boca de Gonzalo se torció en una sonrisa pragmática: Ah, ya, pe, con cien cocos la cosa cambia. Respondió a continuación y solícitamente el mensaje del Viejo: Listo, Viejito lindo. Dime cuándo hacemos el programa para tumbarnos al Pelao Cabeza de Pinga. Estoy a tus órdenes.


NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 02: El tío maricón y el Tío Marly

 


Si lo vuelves a ver, te saco la mierda, ¿entendiste?

Era la primera vez en su vida que le oía decir una lisura a su papá.

Pero es mi tío, porfió Cambrito.

Pero es un maricón, un cabrazo; la desgracia de mi familia, la deshonra de tu abuelo que fue puntero mentiroso en el Ciclista Lima, carajo.

El rostro de Cambrito revelaba una confusión que solo podía provenir de una tierna ignorancia.

No sabes lo que es un maricón, ¿no?

La mirada de Cambrito dejaba traslucir su pureza.

Eso le pasa por leer tanta poesía, pensó don Rómulo, padre de Cambrito. De repente, este huevón también me ha salido cabro como mi hermano.

***

Marly era Coco Barrionuevo. Antes de convertirse en el transgresor Tío Marly de la Brutalidad, a Coco le afeitaban las cejas en el colegio.

La primera vez ocurrió a media mañana de un miércoles. Era la hora del recreo. Coco se había encerrado en uno de los baños huyendo de Arturo Rizo Patrón.

Abre, abre, abre, abreeeee, conchatumadre, le ordenó Rizo Patrón, finalizando la arenga con una patada que abolló la puerta del refugio de Coco.

Temeroso, las lágrimas agolpándose y amontonándose detrás de su aterrada mirada, Coco intentó descorrer el seguro de la puerta. Pero tenía que aplicar fuerza ya que la patada de su compañero había deformado el pestillo.

Abre, abre, abreeeee, mierdaaaaa, se desesperó Rizo Patrón.

No se puede, no se puede, se atolondraba Coco, tartamudeando, la lengua trabándosele como cuando su viejo lo masacraba a correazos.

Rizo Patrón, al mismo estilo en que se exaltaba y gramputeaba a sus empleados en casa, lanzó un patadón todavía más feroz que terminó por abrir la puerta y tumbar a Coco al suelo, sentándolo al lado del wáter.

Eran tres muchachos más los que acompañaban a Rizo Patrón. Uno de ellos, Aldo Rodríguez Pastor, ingresó en el cubículo, hizo la puerta a un lado y, tomando a Coco de las solapas, lo arrastró hasta sacarlo de ese ambiente. Lo dejó como cualquier huevada cerca del área de los lavabos. 

Desde el suelo, en la más absoluta indefensión, Coco intentó proclamar su inocencia.

Calla, conchatumadre. O sea que a ti te gusta recordarle al profesor que revise la tarea, ¿no? Chupapinga del profe te crees, ¿no?

Alejo Navarro Grau, rubio como sus compañeros de acechanzas, se sacó la pinga. Todos vieron como Alejo se meneó el miembro. Coco notó que el glande de Alejo era monstruoso.

Nos cagaste a todos, pero más a Alejo. Y lo que él quiere, para que te perdonemos y no te saquemos la mierda hoy, es que también le chupes la pinga así como se la chupaste al profe.

Pero yo no le he chupado nada a nadie, dijo Coco en medio de su prístina inocencia, tartamudeando como la locomotora del Tren Macho que unía a Huancavelica con Huancayo. 

La pinga de Alejo se fue acercando a la trémula boca de Coco, quien, en medio de su terror, le encontró cierta similitud a los torpedos T93 que los japoneses hicieron estallar en las narices de los aliados en la segunda guerra mundial. Se había hecho un experto en ese tema, pues había sido el único huevón que había cumplido con el encargo del profesor de Historia. Es cabezón como los torpedos, pensó. Coco tenía una pinga más bien pequeña y de una cabeza insignificante. Había crecido pensando que todos los penes eran así, como el suyo. Ahora descubría una realidad asombrosa.    

  ***

Tío, tío, susurró Cambrito. Había vuelto a la peluquería de su tío Román Clavijo para contarle las cosas misteriosas que su padre había dicho sobre él. ¿Cabro? ¿Maricón? ¿Qué significaban esos términos? Quizá su tío los conocía, ya que ninguna de esas palabras se hallaba, por ejemplo, en la novela que tenía entre sus manos y que llevaba a todas partes para satisfacer su continua hambre de letras, de saber.

No halló a su tío en el ambiente de trabajo de la peluquería. Sin embargo, pudo distinguir los bajos y contraltos de un merengue. La música provenía del cuartito de la trastienda donde su tío Román se permitía unas pestañeadas cuando la clientela era baja. El mismo Cambrito había usado esa cama para echarse unas siestas cuando se le ocurría pegarle una visita inopinada a su querido tío. Este siempre lo esperaba con un chupetín BomBomBum de gran cabeza roja que Cambrito tanto disfrutaba chupar.

Cierta vez, Cambrito lamió un chupetín que le supo a caca. Román, que terminaba de cortarle el pelo a un niño, vio la mueca de asco de su sobrino y el chupetín que aún pendía de su mano. Rápidamente, sacó sus conclusiones.

Papito, ¿ese no es el chupetín abierto que puse en mi velador?

Sí, tío, dijo Cambrito, todavía con las papilas gustativas envueltas en caca.

No, pues, papito, tus chupetines son los que están aquí en el cajón; mira, ve. Este no es para ti, dijo el tío, confiscándole el chupetín con olor a mierda.

La puerta del cuartito no estaba cerrada del todo. Cambrito empezó a abrirla lentamente, con mucho sigilo, ya que era posible que su tío se hubiese quedado dormido con la radio encendida. Pero lo que escuchó, antes de verlo debajo de un moreno corpulento, fue el gemido frenético que salía expelido de su boca.

Este se dio cuenta de la presencia de su sobrino, pero, en lugar de sobresaltarse y deshacerse del moreno, prefirió que la clavada continuase: una pinga así no podía desperdiciarse así nomás; mucho menos cuando se estaba a punto de llegar al clímax.

Cierra la puerta, sobrino, apuró Román, el tío peluquero. Cierra la puerta, repitió, y sube el volumen, por favor, añadió, tras lo cual volvió a gemir, esta vez amordazando las ganas de clamar un alarido; consideró que cierto respeto le debía a su sobrino.

Cambrito, alelado ante el espectáculo que protagonizaba su tío con…, claro, ahora pudo reconocerlo a pesar de la tenue luz que emanaba del visor de la radio, Vicente de la Hoz, el moreno que recogía la basura del barrio en su carretilla, intercambiando, de vez en cuando, algunos pollitos por televisores viejos, refrigeradoras inútiles o lavadoras desahuciadas. Vicente siempre salía ganador del barrio de Cambrito debido a su bonhomía para con los vecinos y a su destreza para los negocios. Cada visita de Vicente al barrio significaba que su carretilla terminaría repleta de cosas que luego el vendería en los mercados peseteros de la ciudad. 

Putamadre, le decía don Rómulo a Vicente cuando se lo encontraba atravesando el barrio con su carretilla llena de chatarra y pollitos, sudado, venoso, negro, fuerte, tosco, la voz grave y admonitoria, como quisiera que mi hijo sea tan macho como tú, Chente. ¿Por qué no me lo escueleas al muchacho un día de estos? De repente te puedo chorrear un billete para que, como cosa tuya, lo lleves al chongo y le enseñes lo que es ser un hombre de verdad. ¿Qué dices?

Vicente decía sí, sí, sí, pero no creía que todo lo que decía Rómulo fuese cierto. Y, si era verdad, definitivamente les daría un mejor uso a sus dineros. Ni cagando llevaría al chongo al marica de su hijo ese. Claramente se veía que el chibolo era rosquete. Por algo le gustaba leer huevadas. Y ahora lo tenía ahí, enfrente, viendo cómo se clavaba al mariconazo de su tío. Todo porque le había comprado unas Adidas nuevecitas, flamantes.

La puerta seguía sin ser cerrada y Cambrito no quitaba la vista de la rijosa escena que estaba presenciando.

Chibolo reconchatumadre, cierra la boca y cierra la puerta de una vez, pendejo, ordenó con ronca voz Vicente. Cambrito salió de su obnubilación y cerró la puerta. Luego, continuó viendo cómo se clavaban a su tío Román, el peluquero del barrio.

No me veas, sobrino, que me ruborizo, dijo Román, con una voz que se desmembraba entre el dolor que le producía la pinga de Vicente y el rubor que le producía que el hijo de su hermano lo estuviera viendo en esa postura.

Ya la voy a dar, rugió Vicente.

Vamos, papi, vente en mi culito, quiero sentir tu lechita, imploró dolorosamente el peluquero.

Tío, dijo Cambrito, ¿qué es un maricón?

Román abrió de pronto los ojazos, que los tenía cerrados por la fruición del momento, y se cagó de la risa ante la pregunta.

El negro Vicente, tras haber dejado la descarga lechosa en el interior de Román, desenroscó su poderoso miembro del culo de este y, mirando a Cambrito, dijo: Ahora te toca a ti, chibolo.

 


NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 01: El bicho y los potos

 


El escozor en los huevos se le había hecho insoportable. Hasta hacía unos días, era tolerable. Ahora, era una maldición que lo perseguía día y noche y que le recordaba que, quizá, esa rascadera inagotable, era uno de los síntomas del contundente arribo de su incurable enfermedad.

No se atrevía a preguntarle al Chat GPT si esas manchas debajo de los testículos y ese olor como a pezuña de díscolo colegial eran los inapelables atisbos de una muerte anunciada y decretada por el bicho que silenciosamente moraba en él desde hacía una veintena de años. Prefería vivir en la ignorancia.

Un tío suyo le había dicho: El ignorante vive feliz y vive más. Algo de razón debía de tener ese tío que fue un gran cojudo, pero vivió muy feliz y despreocupadamente hasta que lo arrolló un camión por haber ignorado, a causa de que cruzó la pista muy jovial y campante, una luz roja.

Se terminó de secar el cuerpo y se colocó su uniforme de trabajo: el polo verde petróleo con un siete dorado en el pecho y ese basto pantalón negro. Putamadre, se dijo; ¿no será la tela de esta huevada de pantalón la que me causa este picor de mierda?

A la picadera de huevos había que añadirle el hecho de que Homero Lorna había recibido una tentadora oferta de trabajo de su antiguo patrón, patrón a quien le hubo robado tres mil dólares hacía menos de un año. Ratero de mierda, se dijo Groover mientras se rascó una vez más los huevos, esta vez, por encima del pantalón; ¿o sea que tú vas a hacer plata y yo no? Estás tú bien huevón, conchatumadre. Algo se me ocurrirá para sacarte de la jugada. Pero ninguna idea acudía a su mente. Piensa, Groover, piensa.

Groovercito, ya está tu desayuno listo, papacito, le gritó su mamá, una adorable anciana de ochenta y cuatro años. Yo me voy a descansar a mi cuarto, hijito. Los dichos maternos provenían de la cocina según los cálculos de Groover. Hoy amanecí algo cansada.

Ya, mamá, contestó él, no con la benevolencia y el agradecimiento esperados de un hijo sino con la fiereza de alguien que no soportaba compartir más la casa con la persona que le recordaba, con su sola presencia, lo miserable que era su vida. Pero ¿por qué? No fue ella quien lo obligó a dejar los estudios; no fue ella quien le mandó meterles pinga a todas los transexuales del jirón Zepita mientras taxeaba. Pero sí que fue ella, con esa insoportable voz aguda, quien le recordaba que su vida era un constante fracaso. ¿Cuándo vas a cambiar Groover? ¿Cuándo vas a ser como tu bisabuelo el mártir aprista? Ese hombre, sin terminar el colegio, llegó a ser un gran orador y político del APRA, considerado por Víctor Raúl como su único sucesor. ¿Y tú? Dos piernas, dos brazos, dos ojos, boca y mira: puro rojo en la libreta. El colmo de la situación llegó cuando, a los quince años, Groover fue pillado por su madre en plena paja y fumando marihuana, todo al mismo tiempo; una botella de cerveza al pie de la cama por si le daba sed. Eres un perdido, Groover. Vas a terminar mal, lloró amargamente la señora al descubrirlo. Ahí estaba la culpa de la vieja, en esa maldición: Vas a terminar mal. Por eso, ella era la culpable de sus desgracias, y de esa rascadera de huevos que lo tenía desesperado. 

¡Vieja de mierda!, se exaltó para sus adentros don Groover tras darle una mordida al sánguche que su madre le había dejado en la mesita de la cocina: en lugar de las dos láminas de queso amarillo que él mismo había comprado el día anterior con la pensión de la señora, la chocha de la vieja había puesto dos trapos amarillos de los usados para limpiar losetas.

  Pensó en amonestarla severamente, decirle cosas duras, pero, la picadera de huevos lo disuadió. Era mejor olvidarse del asunto y llegar cuanto antes a la chamba. De momento, era lo único seguro que tenía. Y sí que necesitaba los dineros que recibía quincenalmente.

Mientras se lavó los dientes reflexionó sobre cómo una huevada tan jodida como la picazón que lo acosaba podía convertirlo en una mejor persona. Gracias a la picadera, no adjetivó a su madre. No le endilgó cosas de las que luego se arrepentiría. Claro, después de todo, la vieja, a pesar de haberse enterado de que era portador del bicho, lo trajo a los Estados Unidos para que renaciera, para que se hiciera de nuevo. Nunca es tarde para volver a comenzar, Groovercito, le había dicho al recibirlo en el agujerito que ella llamaba departamento allí, en Newark. Putamadre, pensó, mientras rascaba con el cepillo sus molares más esquinados, al menos aquí me he librado de morir cagado en el Perú. De haber seguido taxeando, y con esta enfermedad de mierda a cuestas, sin mis retrovirales, hace rato que hubiera terminado como pasto de ratas. Luego de escupir la espuma, le agradeció a su viejita: Gracias, vieja de mierda.

Al secarse la cara con la toallita rosa que su madre había colocado en el baño, reflexionó: Pero si estoy tomando mis retrovirales con la misma puntillosidad con la que Churchill se echaba sus wiskachos cada noche, ¿por qué me pican los huevos? ¿Y qué mierda son esas manchas, carajo? Tengo los huevos como los de un dálmata, por la conchasumadre.

Ya lo averiguaría después. Ahora había que apurarse para llegar temprano al trabajo y seguir percibiendo el sueldo mínimo.

Bajó por las escalares cargando con no poco esfuerzo su bicicleta eléctrica. La batería hacía que la huevada esa pesase más de lo normal. Desde hacía unos días, notó que el trajín de bajar y subir la bicicleta lo ponía a sudar copiosamente, como caballo. Se preguntó: ¿será esta sudoración anómala otro síntoma de que el bicho se está mostrando con todas sus armas?

Antes de ponerse el casco y montarse en la bicla, se hundió los auriculares en los conductos auditivos. Probó el sonido y resultó bueno. Ecco, dijo, como cuando algo le salía bien.  Voy a ver qué está diciendo el Serrrrrano, dijo, alargando la ere, dejando traslucir así el desprecio que sentía por los cholos, mestizos e indios de su retrasado país. Sintonizó el canal de Montes en YouTube. El programa ya había empezado. Montes, criminal peruano exiliado en Italia, contaba cómo Garrincha, otro criminal peruano, pero mucho más antiguo y de larga trayectoria penal, le había chupado la pinga en un descuido en medio de la última de sus borracheras en el parque Il Popolo en Milán. Putamare, narraba Montes, en un primer momento sentí rico, ‘on. Luego, a medida que me iba despertando y tomando conciencia de la realidad, me doy cuenta de que era Garrincha el que estaba mamándome la pinga, ‘on. El conchasumare se había quitado las muelas postizas y estaba que me daba un mamey de campeonato, cholo. O sea, no me malentiendas; me parece asqueroso que un viejo te chupe la pinga, pero esa mamada se sentía rico, ‘on. Ya cuando vi su cara de perro viejo me zafé y le saqué la conchasumadre.

Cambrito, un tipo leído, esmirriado y resentido, era el interlocutor de turno en el programa de Montes. Pasu, qué experiencia tan desopilante, dijo, riendo. Habla bien, conchatumadre, dijo Groover para sus adentros, mientras conducía por la ciclovía. Groover odiaba a Cambrito porque no podía tolerar que alguien más en las miasmas de la Brutalidad hablara en difícil. Groover quería ser el único dueño y señor del verbo culto. Cambrito conchatumare, masculló mientras sorteaba una curva peligrosa. A esa hora de la mañana, las ciclovías estaban tanto o más congestionadas que las carreteras mismas: el número de ciclistas maricones y poseros había aumentado considerablemente en los últimos años. Cuando llegará el día en que te caigas de mitra y te mueras, cojudo, volvió a pensar Groover al escucharle otra palabra culta a Cambrito. Creo que acaba de entrar el pelao, anunció este al ver que el Tío Marly, cocinero y vago peruano, radicado en Sydney, Australia, ingresaba a la transmisión.

Cuál pelao, Cambrito conchatumadre. Ya me voy a encargar de ti más tarde, pero antes tengo algo que anunciar, serrano, exclamó Marly, la voz de pito, seseante, cuasi infantil. Tengo una primicia, serrano. Ponme en primer plano. Ahora si va a caer el huevón de Groover. Tengo su certificado de sida. Ya se cagó. Hoy todos se van a enterar de que ese huevonazo tiene sida y está suelto en plaza, caminando por las calles de Newark contagiando a la gente.

Pala, exclamó Montes, no te juegues así, ‘on. No te creo, ¿en serio?

Sí, serrano conchatumadre; Groover tiene el bicho. Y no recuerdo qué día dijo en su programa que se había ido al peluquero. Puta qué miedo. Esas cuchillas y tijeras que usaron para cortarle los clavos que tiene por pelos seguramente ya han contagiado a todo el vecindario. Eso es delito. Voy a hacer que lo metan preso por irresponsable.

Groover casi fue arrollado por un camión cuando intentó cruzar una interestatal. La desconcentración que le produjo enterarse así, al seco, de que su enfermedad iba a ser de conocimiento de toda la comunidad de la Brutalidad casi lo mata antes de lo previsto. Se detuvo a un lado de la ciclovía y respiró hondamente.

***

Gonzalo sonrió para la cámara de su celular luego de haber enfocado los potos de unas colegialas que le habían hecho hola con mucha coquetería.

Aunque no muy agraciado de carabina, a Gonzalo le resaltaba un bulto considerable en la entrepierna. Este parecía ser su atractivo.

¿Les gustó lo que vieron, putyanos?, preguntó ladinamente a los seguidores de su canal de YouTube, conectados en vivo a su transmisión. Gonzalo se hacía llamar el Profe Puty y, en consecuencia, llamaba muy cojudamente a sus seguidores: putyanos.

Gonzalo había estudiado pedagogía en una institución de medio pelo en Chincha, su pueblo natal. Ello, sin embargo, lo hacía sentirse por encima de muchos maestros que sí cursaron la carrera de docencia en alguna universidad. En cierta ocasión, dijo en su programa de YouTube al responder uno de los comentarios lanzado en vivo por un anónimo televidente: A los profesores egresados de la Universidad Católica me los paso por los huevos. Yo les juro que los revuelco en cualquier tema de Literatura que me pongan. Así que, Gollumnova, no me vengas a comentar que no sé nada, conchatumadre. Yo soy el mejor profesor de Literatura del Perú que jamás ha existido. Entiende bien eso, cojudo.

Ya te cagaste, negro, comentó el Tío Marly. Ahorita mismo mando el clip de esta huevada al Ministerio de Educación. Vamos a ver qué piensan de que un docente, como tú dices serlo, ande grabando potos de niñas en las calles.

Al leer esto, el pene, que se le había puesto duro a Gonzalo, se chorreó por completo. Acababa de darse cuenta de que la había cagado una vez más.

domingo, 6 de octubre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 13 (Final)

 


Cristo Jesús no se compra

Con mandas ni con dinero

Y no se llega a sus pies

Con dichos de marinero.

Nicanor Parra

 

El rostro de la presidente del Perú recibía pinchazo tras pinchazo, como una tormenta de agujas diminutas.

Ay, carajo, me haces doler, hombre, le reprochaba de cuando en cuando al médico esteta que le inyectaba bótox en las arrugas.

El asesor se aclaró la garganta: Como le decía, presidenta, el tema del profesor moreno pinta muy bien para tapar el escándalo de Cedrón.

Lenin Cedrón era el fundador del partido político que había llevado a la mujer hasta la presidencia y, desde que fue sentenciado por la comisión del delito de colusión cuando fue gobernador de una provincia del Perú, prófugo de la justicia. La presidente y su aparato político, por simple instinto de supervivencia -cae él y caemos todos-, estaban obligados a protegerlo a toda costa, aunque de manera velada, mientras repetían -en alguno que otro acto público- que harían todo lo posible para capturarlo a como diera lugar, o juro por mis hijos que dejo de ser la presidenta del Perú si no chapo a ese sinvergüenza que le ha hecho tanto daño a nuestro país.

Pucha, Ramírez, no sé. ¿Ese negro no es el lisuriento que me mostrastes la vez pasada?

Ese mismo, doctora, dijo presto el asesor. El médico esteta sudaba inquieto, temeroso de que la presidente le achacara otro reproche. Sabía muy bien que una queja más significaría ser sustituido sin miramientos, perdiendo los jugosos honorarios -cuánta falta me hacen- que obtenía a cambio de unos cuantos pinchazos.

Muévete para acá, hombre. No me dejas verle la cara al huevón de Ramírez, ordenó la presidente, los ojos cerrados, aguantando el dolor del bótox que se infiltraba en ella para remozarle el semblante. Ramírez, mientras tanto, evocó los tiempos en que esa mujer, ahora emperatriz en su propio reino, no era más que la apocada y turbia tesorera del partido político de Cedrón, una especie de secta improvisada al galope con la única misión de hacer mucha plata en nombre de los pobres.

Ya, consideró la presidente, ya veo por donde vas, Ramírez.

Yo sé que sí, presidenta, afirmó Ramírez. Recordó los tiempos en los que él estaba por encima de ella. Pero ahora -cómo era el destino de macabro y jodido, ¿no?- había terminado como el chupe de la mujer, como el asesor maltratado por su ego inflamado de bótox.

¿Cómo se te ha ocurrido limpiarlo, darle una imagen más decente?, dijo ella. Ya se imaginaba viéndose en las pantallas de la tele rejuvenecida y luciendo el atuendo que el Chivo -un personaje cómico de la televisión peruana devenido en facilitador judicial gracias a la aduladora personalidad que desarrolló para comprarse, con viajecitos al Caribe, endodoncias indoloras y encomiásticas presentaciones en su programa sabatino, a todo el poder judicial del país- le había regalado; un traje de diseñador, de color mostaza, glamoroso y ejecutivo al mismo tiempo, perfecto para ser estrenado en el desfile por Fiestas Patrias.  

Está muerto, dijo Ramírez, con tono triunfal.

La presidente, que sabía muy bien de complots y argucias, exclamó: ¡Diosito está de nuestro lado! Nada como la muerte para hacerte un santo.

Ramírez anotó unas líneas en su libreta.

¿Ya te contactaste…?

Ahorita mismo lo hago, presidenta, dijo el asesor, solícito. Solo necesitaba que usted me apruebe el tema. Mañana empezamos en los periódicos y noticieros con la novela del profesor negro, jodido y discriminado, que es lanzado al estrellato en las redes sociales y luego asesinado por manos racistas e inescrupulosas…

Aguanta ahí, pendejo, lo interrumpió la presidente. ¿Lo mataron al negro? Porque yo recuerdo haber leído un informe que decía que el huevón se había resbalado o algo así.

La verdad, la verdad, presidenta, no sabemos muy bien cómo se murió. Lo encontraron al pie de las escaleras de un asentamiento humano partido en mil partes. Pero los medios van a decir que al negro lo mataron. Porque si contamos lo que dijo el perito, que el negro se resbaló por cojudo, entonces nuestra historia del mártir del racismo se va a la mierda. Por eso, ya tenemos capturados a unos sospechosos. Toditos van a cantar en el momento preciso. Primero, durante dos semanas, se van a negar. Van a decir que ni lo conocían. Eso nos da el tiempo valioso para que el señor Cedrón llegue a Cuba tranquilo. Luego, a partir de la tercera semana, comenzarán a cantar. Y la historia que cuente uno va a ser más alucinante que la que cuente el otro. Así tendremos novela para llenar un mes y unas semanitas más, presidenta.

Claro, claro, repitió la presidente.

Ya, señora presidenta. Terminamos, dijo el doctor esteta mirando científicamente el rostro de su paciente, apreciando la calidad de su trabajo. Ahora, repose y…

¿Más?, dijo la presidente. Si sigo reposando más, se me van a volver a levantar estos indios. Y se rio como una urraca desaforada. Ya he descansado mucho, doctor. Tengo que salir a decir que estamos trabajando y esas huevadas necesarias para mantener las formas.

Claro, claro, pero no se agite mucho, nomás, convino el doctor.

No, si yo no me voy a agitar nadita. El que se va a agitar como huevo de cojo va a ser el cojudo del Cedrón que va a tener que viajar en la maletera del auto presidencial hasta Ecuador, se volvió a carcajear la presidente.

Ramírez volvió a anotar unas cosas en su libreta: Listo, presidenta. Mañana empezamos con el novelón del profesor negro y su duro combate contra el racismo en redes sociales.

Claro, claro, aceptó la presidente. Ahora, dime ¿a qué hora me reúno con el Gato-K-Ch-Ro y el RompeCulos? 

Ramírez comprobó la hora en el Rolex femenino que destellaba desde su muñeca izquierda: Están agendados para dentro de cuarenta minutos, presidenta.

La presidente miró con nostalgia el reloj de Ramírez. No te vayas a encariñar mucho con mi reloj, cojudo. Cuando termine toda esta payasada, me lo vas a devolver. No te olvides, maricón. Apunta eso en tu agenda.


domingo, 29 de septiembre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 12

 

Te llamó el dueño de la academia, dijo su mujer sin dejar de revolver la cacerola, los golpecitos rítmicos del cucharón semejantes a los de un cronómetro gastronómico.

Gonzalo frunció el ceño: ¿Qué academia?

Para la que trabajas, pues, replicó la mujer sin levantar la vista de la danza espesa de los comestibles. Miró el reloj colgado en la pared y calculó que aún disponía de poco más de media hora para dejar listo el almuerzo y atender al bebé que pronto demandaría su atención.  

Estuvo a punto de volver a preguntar ¿cuál academia?, pero se detuvo a tiempo luego de caer en la cuenta de que su esposa jamás supo que lo habían expectorado de la academia preuniversitaria Venus 3000. Gonzalo mantenía a su mujer en la más completa ignorancia sobre cómo él se procuraba los medios para dejar el diario en la mesa de la casa. La chamba de Gonzalo era dejar lo suficiente para que nunca faltasen el agua, la luz y la comida; en tanto que su mujer estaba a cargo de estirar los dineros que él proveía. Punto. Ese era el tácito acuerdo de convivencia.

Ah, ya, murmuró Gonzalo, el tono indiferente. ¿Qué querían?

No sé, respondió la mujer. El señor que me habló me dijo que lo llames a ese número. Señaló un retazo de papel sobre la mesa.

Hubiera sido muy fácil darse cuenta de que Gonzalo ya no asistía a la academia. A pesar de que aún seguía el mismo ritual: camisa bien planchada, pantalón ajustado y corbata anudada con precisión, salía al amanecer y volvía a la hora usual de las dos de la tarde; ya no llenaba las tardes preparando las clases futuras, o revisando las tareas o corrigiendo exámenes. Ahora, en lugar de todo ello, consumía sus tardes y sus noches (incluso las madrugadas) gritando y exaltándose enfrente de la computadora o, en algunas ocasiones, yendo a sabe Dios dónde para regresar muy tarde en la noche, a las once o doce. No obstante, su mujer jamás le reprochaba cosa alguna. El dinero familiar siempre estaba presente sobre la mesa semana tras semana. Incluso, ella había notado un aumento importante en la cifra acostumbrada, como si una extraña bonanza hubiera llegado sin motivo aparente.

Gonzalo tomó el pedazo de papel y se lo embolsicó. Hoy voy viajo a Chincha. Regreso el viernes, soltó antes de abandonar la cocina. Su esposa devolvió el acostumbrado silencio. Se echó un poco del guiso en el dorso de la mano y probó su sazón. Estaba en su punto, justo como a Gonzalo le gustaba, aunque él ya estuviese camino a otra parte.

***

Lora no era el gordito bajo de cara infantil y voz de mujer que algunos imaginaban. Sí, su rostro tenía la suavidad del de un crío y su voz la delicadeza del gemido de una hembra en celo, pero su estatura de casi metro noventa lo colocaba en otro nivel. La gruesa capa de grasa que forraba su corporalidad no lo hacía ver panzón, sino robusto, hasta se diría que fortachón.

Gonzalo, aunque sorprendido por el recién descubierto tamaño de su oponente, supo disimular su desconcierto; ya que dejarlo expuesto hubiera significado empezar el combate en clara desventaja.

¿Qué quiere, Profe?, dijo Lora, tranquilo, sin exaltarse, conservando la calma. Llevaba un delantal y un gorro de cocinero. Su voz era el epítome de la serenidad: Estoy trabajando. Usted ha venido en plena hora punta. Tenemos muchos clientes esperando atención. Si me va a decir algo, que sea rápido.

Gonzalo no tenía modo alguno de saber que la punta del lapicero que descollaba del bolsillo de la camisa blanca de Lora era una moderna cámara oculta de gran resolución.  Esa cámara iba registrando, en vivo y en directo, cada gesto en la cara del maestro Gonzalo, quien había viajado hasta Trujillo, hasta la mismísima puerta del restaurante El PezCabro -cuyas especialidades eran el ceviche de pescado y el cabro a la norteña- para romperle la cabeza a Lora, a ese traidor conchasumadre que se pasó totalmente al bando del maricón de Monte, que vende el poto en Italia por unos cuantos euros y del maniático malparido del Tío Marley que fríe hamburguesas en Australia, según había afirmado en una de las emisiones de su canal de YouTube.  

La audiencia del Habla, Montecito traspasaba cotas nunca antes alcanzadas: cuatro mil personas atentas a cada pulso de la pelea. El enfrentamiento con el Ciego no había capturado tanta expectación; sin embargo, desde que Lora hubo abandonado el programa de Gonzalo, harto de las interminables mentadas de madre que este le endilgaba por trabajar gratuitamente para Monte y hacerlo para él con apatía y por unos pocos soles, Gonzalo no paró de repetir, con furia, que iría al mismísimo y peligrosísimo asentamiento humano Ramiro Prialé, en el distrito de La Esperanza, en Trujillo, para tocar las puertas del negocio familiar de Lora y partirle la cara al mantenido de mierda ese que, a pesar de que sus padres se partieron los lomos para pagarle la carrera de ingeniería industrial, el muy vago no trabaja de lo que estudió y se la pasa horas de horas produciendo programas cochinos como el del maricón de Monte.

Tanta promoción había desembocado en un torrente de vistas reunidas en el canal de Monte, vistas ávidas por conocer con qué técnica pugilística el Profe Bruti le abriría la cabeza a Lora.

He venido a sacarte la mierda, conchatumadre. A ver, dime en la cara que soy un negro resentido, malcriado y lisuriento, hijo de puta. Vamos, ven, dime que no debería ser profesor porque solo sirvo para hablar huevadas y conchasumadrear a la gente. Vamos, dímelo, cobarde hijo de puta.

No contestes nada, decía el Tío Marley en la transmisión.  Deja que el negro se siga yendo de boca. Todito está quedando grabado para que el mundo sepa qué clase de profesor es este negro. Lora llevaba un diminuto auricular a través del cual escuchaba los comentarios de los panelistas del programa: Monte y el Tío Marley.

Profe, váyase nomás, que tengo que regresar a ayudar en la cocina, dijo Lora, quien, además de pasar horas de horas frente a la computadora produciendo programas de YouTube, también, dedicaba ciertas mañanas a colaborar en el negocio familiar, la cevichería El PezCabro, con cuyas modestas ganancias, el señor Mauricio Lora pudo sufragarle los estudios en la Universidad Particular del Norte, conocida por engendrarle a la patria los más insignes profesionales de esa zona del país. 

Cuál ayudar, oe, vago. Tú no serías capaz de mover un dedo ni para rascarte las bolas que no tienes, cabrazo, dijo Bruti, feroz como lobo en ciernes.

Oe, Lora, dijo Monte al audífono de aquel. Yo creo que sobrao le sacas la mierda al Profe, ah. Métele un combo para cagarnos de risa.

El Tío Marley, que seguía la transmisión echándose una cerveza desde un barcito clandestino en el corazón del Centro de Sydney, comentó: Métele una patada en los huevos al negro y te mando veinte dólares al PayPal.

Lora no pensaba atacar. A pesar de su altura y corpulencia, era consciente de su nulidad para la mechadera. La única vez que cruzó puños con alguien había sido en tercero de primaria, cuando Javiercito Pulgar le arrebató el paquete de galletas que había llevado como lonchera. Lora, hijito mimado, fue a buscarlo para recuperar su galleta y hacerse respetar, pero no contó con que Javiercito, mucho más curtido en el arte de la sacadera de mierda, le extraería un molar con un potente gancho de izquierda. Desde ese momento, Lora no volvió a ponerse belicoso con nadie, ni siquiera con el malcriado que, en su presencia, se atrevió a meterle la mano al culo de la chica con la que había iniciado un romance adolescente, allá cuando contaba apenas trece años.  

Te llegó tu hora, maricón traicionero, dijo Bruti, llegándole al pincho que Lora se mantuviese impertérrito y calmado.

El terreno no era plano. Siempre había que ascender. Para alcanzar la puerta de El PezCabro, Bruti tuvo que enfrentar una loma de doscientos metros de altura, surcada por angostas escaleras de cemento. Muchos de los escalones, para complicar la ya agobiada vida de los habitantes de la zona, estaban carcomidos por el viento, las pisadas y la desidia de las autoridades. Entonces, a mitad de camino hacia su objetivo, Bruti se detuvo. El rostro se le deformó en una expresión de franco terror. La sorpresa alcanzó los predios de Lora. ¿Qué pasa, Profe?, dijo, verdaderamente intrigado.

Temblando, blanco del susto, Bruti extendió su largo y grueso dedo hacia el pecho de Lora: Tienes una arañota ahí.

Lora se miró el pecho, cándido, porque podía tratarse de una estratagema de Bruti para que bajara las defensas y pudiera él arremeter con todo; pero no: efectivamente, una araña de considerable tamaño, con un vientre redondo, negro y mate, que brillaba al resplandor de ese potente sol trujillano, merodeaba a la altura de su bolsillo, acercándose a la cámara que también captaba el rostro temeroso de Bruti. En la transmisión, los dibujitos empezaban a hacer escarnio de él: ¿En serio es una araña? ¿El grone le tiene miedo a las arañas? ¿Y así quería sacarle la mierda a Lora cuando no puede ni aplastar una araña? Las carcajadas podían oírse a través de la potencia y causticidad de los comentarios denigrantes sobre la masculinidad de Bruti.

Sin temor alguno, Lora cogió al arácnido de una de sus patas y lo lanzó al aire.

Así como el sol en Trujillo es potente, el viento también lo es. Los cronistas más cercanos a los acontecimientos de la Conquista del Tahuantinsuyo, y más específicamente a las andaduras de Diego de Almagro, dan cuenta de que el germen de su desgracia se debió a ese viento fuerte y errático, pues luego de fundar Trujillo de Nueva Castilla, Almagro se echó una meada. Sin embargo, antes de sacarse la pieza para liberar toda la pichi que llevaba contenida tras haber celebrado la ocasión con el vino de uno de los odres que acarreaba, dibujó sobre el suelo un boceto de lo que se conocía de América del Sur hasta ese momento. Esbozó al Cuzco y a Chile. Dijo: adonde caiga la meada me dirigiré con mis huestes a reclamar lo que es mío. Y él se apretó fuertemente la pinga para que el chorro cayese en el círculo que representaba al Cusco, donde planeaba asegurarse la mitad de los tesoros que su socio Pizarro ya se estaba embolsando en nombre del Rey, cuando ese potente viento trujillano desvió el chorro hacia el círculo que simbolizaba a Chile. Y, puesto que había jurado ante Dios dirigirse a donde cayera su meado, así lo hizo, y así se cagó, puesto que la expedición a Chile lo sumió en la pobreza, en la depresión, en el rencor, y apresuró su muerte por garrote vil a manos del cachaciento y crudelísimo Hernando Pizarro.

Ese mismo potente y travieso viento trujillano condujo el cuerpo de la araña hacia el rostro de Bruti, quien, cegado y presa del pánico, sin saber qué hacer y dando alaridos de terror, se desbarrancó por la escalera por la cual había ascendido tan penosamente hacia los fastos de la cevichería de los padres de Lora.

Fueron los peldaños treinta y cuatro y sesenta y ocho los que se encargaron de romperle la columna y quebrarle el cráneo, respectivamente, al Profe Bruti. Esos escalones fueron los encargados de segar la vida del ignoto maestro de academia preuniversitaria trucha transformado, gracias a la negra magia de las redes sociales, en el más renombrado youtuber de la Brutalidad.

***

Esta vez, el dueño y director de la academia preuniversitaria Venus 3000 sonreía de oreja a oreja, con una repugnante expresión de servilidad. Gonzalo tomó asiento con cautela. ¿Qué querrá este mugriento?, pensó.

Voy a ser franco contigo, querido Gonzalo, empezó el director. Luego, extrajo de uno de los cajones de su escritorio una chata de ron y dos vasos de plástico. Con calma, vertió en los vasitos el blanco líquido en similares proporciones. Gonzalo, tras los finos tragos que había degustado durante las grabaciones de su vídeo con la Golosa y los que adquiría gracias a los ingresos que su canal de YouTube le proporcionaba, hizo una mueca de repulsión ante la visión de aquel ron vulgar.

Quiero que regreses a la institución, dijo el director, extendiéndole uno de los vasitos.

No, gracias, dijo Gonzalo, rechazando el vasito. No tomo huevadas, acotó, firme y decidido, consciente de que el dinero en efectivo que le habían entregado por la grabación del cache a la Golosa lo erguía por encima del director y de su academia pedorra, miserable, angosta y con el mobiliario cayéndose a pedazos.

Comprendo, comprendo, querido Profe, dijo el director, lanzándole un guiño cómplice: lo estaba llamando por su famoso apelativo.

Gonzalo, que comenzaba a irritarse, apuró la situación: Mira, Maicol -era la primera vez que se dirigía al señor Maicol Huapaya por su nombre y no por su apellido y anteponiéndole el debido ‘señor’-, me tengo que ir. No estoy para huevadas. Y tras mirar la hora en el reloj de pared de la oficina de Huapaya, agregó: Por las huevas perdí mi tiempo viniendo hasta aquí.

Profe, tranquilo, dijo Huapaya, con una sonrisa apaciguadora. Voy a ir directo al grano. Se tomó de un trago su vasito de ron y continuó: Me acabo de correr la paja con el vídeo suyo y de la Golosa. Gonzalo respingó las cejas, sorprendido por tal declaración. Usted es un éxito, querido Profe, prosiguió Huapaya. Quiero ofrecerle el puesto de director de esta institución y, a cambio de usar su imagen en el frontis de la academia, le cedo el cuarenta por ciento del accionariado.

Gonzalo observó con atención al zalamero hombrecito que tenía enfrente: ¿era el mismo que hacía unos meses lo había botado de la academia como a una rata carachosa?