Mostrando entradas con la etiqueta Mario Vargas Llosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mario Vargas Llosa. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de abril de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 13: La historia del adobazo que trastornó al Profe Puty

 


Se llamaba Charlie y no le gustaba inmiscuirse con los gatos del pampón.

Encontraba repulsivas sus costumbres, espantosos sus olores, y muy cojudos sus juegos. Verlos devorar a los ratones mugrosos que pululaban en el lugar era un espectáculo vomitivo: empezaban triturando las cabecitas, moliendo cada uno de sus huesitos hasta llegar al estómago; tragando las vísceras con plena delectación. Finalmente, comminuían la cola vértebra por vértebra. Era una odisea avistar aquella barbárica exhibición. Afortunadamente, él, Charlie, no era un ser incivilizado. Él había nacido y crecido en otro ambiente, en un lugar en los que la finura, la decencia y el glamour eran el pan cotidiano.

Sin embargo, había que venir de vez en cuando al pampón, acompañando a la mamá Bobby.

Algo, no obstante, le llamaba la atención en aquel paraje. No era uno de sus congéneres, sino uno de los tantos negritos, uno muy curioso y de amplia e inmaculada frente, que se acercaba mansamente para proveerle caricias en el lomo y unos pedazos ahumados de carne de corazón de res que llamaba anticuchos.

¡Increíble! En casa, las personas, todas blancas, por cierto, jamás habían probado esos pedazos de corazón. Este negrito, qué ternura, se los prodigaba en el hociquito, con un amor que le indicaba a Charlie que debajo de esa piel chamuscada por el inclemente sol habitaba un alma de blancura deslumbrante. Por otro lado, estos anticuchos sí que sabían deliciosamente.

En esta visita, sin embargo, no se ha concretado el habitual ritual. Algo andaba mal. Charlie no solía alejarse de su amo Bobby más de diez metros. Gonzalo, entonces, siempre con la anuencia tácita -aunque no del todo gratuita- del gran caballero vestido siempre de blanco, Bobby, solía acercarse a Charlie para darle esos pedacitos de anticucho y acariciarle el mullido lomo.

El día que encuentre muerto a mi gato te cuelgo de las bolas, solía advertirle Bobby a Gonzalo mientras este se relacionaba con su portentosa mascota, a quien Bobby ciertamente no llamaba mascota sino hijo. Eres el único negro al que mi hijo le ha agarrado cariño. No vayas a traicionar su confianza, ladino. Solo contigo mi Charlie come esas porquerías, porque en casa definitivamente se alimenta mejor que tú, negrito futbolero.

Desde la altura del anda desde donde Bobby miraba a sus negros esclavos arar sus tierras, recolectar sus algodones y recoger sus uvas, y que era sostenida firmemente en el aire por cuatro indios, continuaba diciendo: Tienes el privilegio de que un ser, que de lejos vale más que tú, se deje acariciar por tus manos pobretonas.  

¿Dónde estará el negrito?, pensaba Charlie, quien había sido bautizado así por su mamá Bobby en honor a la admiración que sostenía por el rey Charles II, su Charles favorito de entre los cuatro que rigieron Inglaterra, por haber restaurado la monarquía luego del periodo dictatorial presidido por el pezuñento de Cromwell.

Ya habían pasado diez minutos desde que Bobby hubo llegado en el anda a supervisar los trabajos en sus viñedos y algodonales, y Charlie, enroscado a su lado, se desesperaba al no oír los movimientos vitales característicos del negrito Gonzalo, tampoco ese olor recio que, como castigo del cielo, lo seguiría a todas partes y derrotaría por siempre a cualquier aroma bienhechor exhalado por el perfume más caro del mundo.

Entonces, decidió salir a investigar. Sí, tendría que pisar aquel suelo terroso, casi siempre enmierdado, pero debía confesar que se había hecho adicto a esos llamados anticuchos y también, valía la pena admitirlo, a las caricias de esa mano negra, así como a la voz bronca e inculta de Gonzalo. Encontraba, además, curioso el parecido que sostenía con Mandela, el orangután que mamá Bobby tenía en el zoológico de la casa. Charlie era consciente de que Mandela no le guardaba el mismo cariño que Gonzalo sí. Es más, siempre que pasaba cerca de su jaula, el gorila lo miraba con aviesa intención, como diciéndole si te descuidas, te parto el cuello y te como, gato maricón.

Con cada pisada en esa tierra baldía, sentía un poderoso asco. Mamá Bobby no se dio cuenta de su ausencia, ya que se había quedado dormida a expensas del tibio sol que a esa hora adormecía cabezas y vientres. Los indios permanecían de pie y firmemente enquistados en el suelo para que el anda sobre la que descansaba mamá Bobby no se moviera un ápice so pena de cien latigazos en la espalda. A Bobby le encantaba disfrutar de sus siestas en la más absoluta quietud.

Charlie se aventuró en uno de los galpones en los que, había atestiguado en alguna ocasión, los negritos del pampón prorrumpían en alaridos ensordecedores que muchas veces lo obligaron a tensar las orejas hacia atrás. Ahora, no provenía ningún ruido de ahí. Ingresó por la ligera abertura de una puerta apenas cerrada. Una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra del recinto pudo ver a su negrito, sí, a su estimado Gonzalo, arrodillado y con la cabeza gacha. Delante de él, un tipo de tez clara, le decía algunas cosas. El sujeto, probablemente de la misma edad de Gonzalo, hablaba con cierta dificultad, como seseando, como gagueando. Charlie se dispuso a escuchar la conversación.

Te tengo que castigar de algún modo, negro, dijo el gago. Te he chapado comiéndote una de las uvas de la cosecha.

Gonzalo no se atrevía a mirar a su amonestador. Mantenía los ojos cerrados y la actitud suplicante de quien anhela que la situación termine pronto.

Pero, si me permite, joven Coco, dijo Gonzalo, el amo Bobby no tiene por qué enterarse de mi delito, sugirió.

¿Estás insinuando que te encubra, negro? Tás bien huevón, ¿no? ¿Quieres que mi Tío Bobby me pierda la confianza? Además, yo ya le conté, mintió Coco. El huevón quiere ver sangre, tu sangre. Precisamente me advirtió que la ibas a cagar y dicho y hecho. Así que tengo que darte un castigo que todo el mundo vea y sobre todo que vea mi padrino Bobby. No quiero fallarle.

Un par de lágrimas se desprendieron de los ojos de Gonzalo. Charlie encontró la escena desgarradoramente triste. Dedujo que la víctima de esa situación era precisamente su amigo Gonzalo. Algunas veces había visto a los empleados de su mamá Bobby secretar agua por los ojos como lo estaba haciendo Gonzalo, generalmente luego de que Bobby les decía cosas tremendamente duras o luego de que les acomodaba fuetazos que les improntaba la piel. Charlie decidió correr hacia Gonzalo, ayudarlo de algún modo, defenderlo.

Coco frunció el ceño ante el avistamiento del gato que se aventaba a los brazos de Gonzalo.

¡Oye, guarda ahí!, exclamó Coco. Cuidado te lo vayas a tragar, negro cojudo. Ese es el gato de mi padrino Bobby. Coco se acercó para apartar al gato de las mugrosas manos de Gonzalo. Charlie, quien tomó ello como un primer avance de agresión, saltó a la cara de Coco y se agarró de sus tremendas orejas.

Coco empleó todas sus fuerzas para sacarse al gato, pero le fue imposible; el animal había perforado con una de sus uñas el cartílago de una de las descomunales orejas del gago.

A mi negro no lo vas a molestar, maullaba Charlie con fiereza.

En pleno forcejeo, el gato se dio cuenta de que el negro aún permanecía arrodillado, en el mismo lugar donde el gago lo tenía verbalmente sometido. Le gritó, entonces, a todo pulmón: Sal de aquí, estúpido, ¿qué no ves que no le voy a durar mucho a este gago? Pero el negro no entendió una sola palabra de Charlie. Lo único que oyó fueron maullidos descontrolados.

Finalmente, Coco logró quitarse al gato, pero tuvo que desprenderse de algo: de una de sus orejas, de aquella que había sido traspasada por una uña de Charlie.  

Gato hijo de puta, me cagaste la oreja, exclamó Coco tras arrojar a Charlie contra una de las paredes del galpón. El animal, luego de chocar contra el muro, cayó en sus cuatro patas y salió corriendo del lugar con la idea de solicitar la ayuda de su mamá Bobby, el único ser humano que era capaz de descifrar sus maullidos.

Negro de mierda, me has dejado sin oreja, conchatumadre, lloriqueaba Coco. ¿Por qué me aventaste al gato de mi padrino? Ahora sí te voy a sacar la reconchatumadre. Tomó un cañazo de azúcar que reposaba cerca. Con esto te voy a marcar el poto, conchatumadre.

Gonzalo, que había sido aleccionado muchas veces por su tío con ese mismo material y sabía perfectamente cómo a uno le quedaba el culo tras una serie de cañazos, huyó. Cruzó la misma puerta por la que segundos antes había salido Charlie.

Ah, cojudo, no te me vas a escapar, gritó Coco y salió tras él, pero al llegar al umbral, vio que Gonzalo le había sacado una ventaja que le impediría alcanzarlo y agarrarlo a cañazos. Rápidamente, con los ojos extraviados que poseía, miró en derredor y descubrió un pedazo de adobe macizo, resto de alguna casita que se acababa de derrumbar. En esos parajes, las casas se caían prácticamente solas. Bastaba un viento mediano, el zapateo de algunos morenos o el rumor de las ruedas de los camiones algodoneros para que las casitas de aquel poblado sojuzgado por la blancura del patrón Bobby se desintegraran, llevándose consigo la vida de sus ocupantes.

Tomó el adobe y chifló: Negro, espera, detente. Te voy a perdonar.

Gonzalo se detuvo. Acezaba. Sacaba la lengua. Tantas emociones juntas en un solo día lo tenían exhausto. Su lengua era grande, roja y venosa; salivaba como lengua de mastín cazador.

¿Me vas a perdonar, joven?, preguntó a la distancia, no muy confiado en la respuesta que obtendría.

Sí, conchatumadre, te voy a perdonar con una sola condición.

Cuál será, joven Coco.

Que te quedes quitecito donde estás.

Ya, dijo Gonzalo, tratando de entender en qué consistiría el perverso pedido del gago sin oreja.

Te voy a lanzar este adobe. Y desde esta distancia, ah. Si no te cae, te perdono y me olvido de que mi oreja se la está tragando en estos momentos el gato de mi padrino Bobby, dijo Coco, sopesando a sus espaldas el bloque de adobe que arrojaría, tratando de encontrarle la mediatriz para que el lanzamiento sea consistente y certero.

¿Y si me cae?, se aventuró Gonzalo.

Si te cae, te lo mereces, pues, huevón, se carcajeó el gago. Porque igual no vas a poder escaparte, cojudo. El pueblo se termina ahícito nomás y te van a chapar los mastines de la hacienda y te van a dejar sin huevos. Te conviene más el trato que te estoy ofreciendo.

El negro sopló por las narices, cual toro, resignado: Está bien. Lance su piedra.

Cuál piedra, huevonazo. Te voy a zampar este adobazo. Es lo menos que te mereces. Quédate quieto, negro. No te vayas a mover.

Un trecho de quince metros los separaba.

El negro no creía que el gago fuese a acertar el tiro. Claramente se le veía las trazas de pastelero, de fumón, de alguien que con las justas si sabía manipular un palo de escoba.

Malgrado, lo que desconocía el negro era que el gago era un experto paquetero y microcomercializador de drogas en los distritos apitucados de Lima, en donde los pacos, de tamaños similares a los del adobe que sostenía el gago, eran lanzados desde distancias de hasta veinte metros. Coco era especialista en ejecutar esos pases. La diferencia, claro estaba, radicaba en que esos lanzamientos tenían la característica de poseer un aterrizaje suave, de modo que el paco pudiera ser atrapado cómodamente por el consumidor. A contrapelo de ello, el lanzamiento del adobe debía tener un alunizaje duro, uno que procurase el mayor desastre posible en la humanidad de Gonzalo.

Ajusta el ojete, negro. Aquí te voy con todo, dijo Coco y lanzó el adobe apuntando a la cabeza de su objetivo, una cabeza que ofrecía una frente amplia y lozana, libre de imperfecciones; una maravilla de piel, la envidia de las negras del lugar por su tersura y delicadeza.

El adobe término fracturado y fracturando la frente de Gonzalo. , exclamó Coco, ferviente, extasiado. Te di, conchatumadre.

Al moreno, que cayó al suelo como lo hacían las casas de ese misérrimo lugar, se le apagaron todas las luces de la azotea.

***

Cuando el Profe Puty oyó que Samir Galiaga dijo que no le gustaban los negros guapos, mucho menos los feos como ese tal Profe Puty, se descontroló y gritó: ¡Conchatumaaaaaaa!

Los seguidores de su transmisión se asustaron. El Profe había llevado sus niveles de brutalidad hasta la pared de enfrente. Rompió el televisor de su cuarto a punta de cabezazos. Todo ese zafarrancho era captado obscenamente por su camarita.

La esposa del Profe, harta de esos brotes de bestialidad pura, se había separado hacía unos meses de él. Ahora Puty vivía en un cuartito ubicado en un miserable distrito de los extramuros de la capital en donde compartía baño con cinco venezolanos que no iban a tener la misma paciencia que tuvo su mujer para aguantarle por tanto tiempo sus majaderías.

Samir, Samir, conchatumaaa, tú tienes que ser mía para que te ponga en mi pata al hombro, conchatumaaaa, se desgañitaba Puty.

Oe, mamahuevo, cálmate, se oyó una gruesa voz.

El Profe Puty, a pesar de intuir el peligro que se le cernía, era incapaz de detener su brutalidad, una especie de instinto bestial que, lo sabía muy bien, tenía sus orígenes en el adobazo que le zampó cierto gago desorejado que conoció cuando era un adolescente algodonero y uvero en Chincha.

Mamahuevo, reconvino nuevamente el venezolano que vivía en el cuarto adjunto al de Puty, si no te callas el hocico, te meto bala, ¿oíste?

Cuando el bruto Puty era amenazado, más terco se ponía.

Ah, ¿sí? Ven a buscarme, pe, veneco de mierda. Acá te espero.

Ya te cagaste, mamahuevo. Ahí te voy con todo, sentenció el venezolano.

Ahora le van a meter huevo al Profe por bruto, escribió uno de los suscriptores de su canal en la cajita de los comentarios de la transmisión.

***

Pero ¿qué te pasó?, le dijo Charlie a Gonzalo en su siguiente visita al corralón. ¿Quién te partió así la frente? Te la han desgraciado.

Gonzalo solamente oía los maullidos de Charlie. Obviamente, por razones etológicas, el negro era incapaz de entender lo que el gato expresaba. Se limitaba a acariciarlo. Esta vez, no obstante, Charlie detectó que las caricias de Gonzalo ya no eran como las de antaño, como cuando pasaba su rugosa palma por sobre su lomo. Ahora, esas mismas manazas le palpaban las carnes. Le oía sopesar: Ña, ña, ña, estás gordo, gatito.

¿Y por qué pones los ojos en blanco?, continuaba maullando Charlie, esperando una respuesta.

Miau, miau, miau, dijo Gonzalo, como aprobando los buenos kilos de músculos que le sentía al gato. Miau, miau, seguía maullando el negro, y Charlie, a pesar de ser gato, sonrió, porque miau, miau, miau, en la forma en la que el negro pronunciaba esos vocablos propios de su idioma significaba soy cabro y me gusta la pinga con púas.

Charlie se permitió una carcajada: Si supieras lo que estás diciendo, negro.

Ña, ña, tranquilo, gatito, tranquilo, ven pacá, dijo Gonzalo y enroscó al animal en sus brazos.

Oye, negro, déjame en el suelo, protestó Charlie. Tengo que irme, mintió, porque recién acababa de llegar de visita con Bobby. Pero presentía que algo no andaba bien. La frente partida del negro y los ojos que se le ponían en blanco cual maleficio diabólico eran claras señales de que algo había cambiado en ese ser. Y definitivamente el cambio no era para bien.

Suéltame, negro, volvió a pugnar Charlie y trató de zafarse. Gonzalo dijo: Ña, ña, ña, tranquilo, michifuz.

Oye, qué me dices michifuz; ese es un nombre para maricones, arguyó bravíamente Charlie.

Tranquilo, michifuz, decía Gonzalo, los ojos en blanco, internándose en lo más desolado del poblado, alejándose de la vista de todos. Caminaba como un homínido de los primeros tiempos, medio encorvado y vistiendo un taparrabos. Se había pintado una U en el pecho. Soy hincha de la U, soy hincha de la U, no como ustedes, negros aliancistas mugrosos. Yo soy diferente, proclamaba; a mí la U me ha escogido, me ha marcado. Y es que la frente le había quedado quebrada y el adobazo le había impreso en ella una especie de letra U. Esto hizo que se identificará ferozmente con el equipo de futbol peruano Universitario de Deportes, el equipo de la gente blanca y decente como Bobby, por ejemplo, a contra pelo de sus familiares más cercanos y más alejados, todos hermanados por la piel morena que eran, como debía ser por naturaleza, hinchas del equipo rival, el Alianza Lima.

Claramente, esos no eran los parajes habituales a los que sus ojos de gato se habían acostumbrado a ver. Algo andaba mal, elucubró el gato, ahora sí muy alarmado. Sus bigotes no paraban de agitarse. Estaban a punto de explotar. Lanzaban su alarma más extrema. Entonces, le clavó las garras a Gonzalo. Las uñas llegaron a tocar el hueso, tan desesperado estaba Charlie por librarse de la situación. Gonzalo gritó desde lo más hondo de su gorilezco ser.

¡Ruuuaaaaaaarhhhhhhhh!

¡Conchatumaaaaaaaa!

Y le torció la cabeza a Charlie.

***

Se había curado el brazo con unas hierbas. Tenía a su lado un mazo. Daba la impresión de que Gonzalo había vuelto al mundo cavernario. El enojo que le produjo la herida propinada por el gato se había diluido. Ahora estaba tranquilo y descansando junto al fogón que construyó para convertir a Charlie en un riquísimo estofado.

Solo le faltó un poco de sal, dijo Gonzalo. Pero sí que estuvo bueno este gato, tenía buena carne, y un buen potable. Qué rico potable, se solazó, sacándose las hilachas de carne con los huesitos de la cola. Bobby iba a volar cuando se enterase del final de su hijo unigénito.


viernes, 15 de mayo de 2015

El loco de los balcones - Mario Vargas Llosa

Kathy me escribe; yo le escribo. Se lo cuento a Rosa. Se pone celosa. Me quiere solo para ella. Yo no puedo ya ser solo de una persona. No podría. Esas cosas terminaron para mí a los veintitantos años. Luego descubrí esto de escribir para destruirme.

Hace dos días me sentí vacío. Hacía tiempo que no me sentía de ese modo. Había pasado la noche con Rosa. Estuvimos hasta tarde bebiendo cervezas en un bar. Ella tenía que trabajar al día siguiente. Tuvo que faltar. Le dijo a su jefe que estaba enferma. Él compró el cuento. Yo estoy de vago. La huelga en la mina continúa. No tenía nada que perder. Terminamos en un bar de la Plaza San Martín. Había un borracho molesto. No paraba de joder a los pocos parroquianos que habían ido a parar allí para beber tranquilamente. Como había leído mucho Bukowski, me envalentoné y le lancé un derechazo cuando se acercó a nuestra mesa. El tipo cayó de espaldas sobre la mesa contigua. Sacaron al borracho. Rosa y yo bebimos algunas horas más.

De rato en rato pensaba: “¿Qué mierda hago aquí? Debería estar con mi hija, carajo. ¿Así aprovecho mis días libres? ¿Qué chucha hago bebiendo cerveza cuando mi niña me extraña en la casa?” Rosa había pagado todas las cervezas. No podía desairarla largándome así como así. Ella pidió un Machupicchu.

En los momentos en los que ella iba al baño, yo aprovechaba para terminar de leer “El loco de los balcones”. El profesor Brunelli es un idealista que ha empeñado su vida, y la de su hija, en rescatar los balcones coloniales y republicanos de Lima. Unas cuantas ancianas y algunos jóvenes entusiastas conforman su séquito de cruzados. Cada balcón que recupera va a parar al cementerio de los balcones, que no es más que el corralón, en La Victoria, que también es vivienda de Brunelli. Estamos en la Lima de los cincuenta del siglo pasado. Los sueños del profesor Aldo Brunelli, amante de los balcones, terminarán estrellándose contra el pragmatismo de sus conciudadanos.



Brunelli monologa y dice:

“Anticuada, pintoresca, multicolor, promiscua, excéntrica, miserable, suntuosa, pestilente. Así eres, putanilla. Mi mujer no podía entender que tú y yo fuéramos novios. Ileana tampoco, por lo visto. Pero a ti y a mí nos daba lo mismo que ellas no lo entendieran ¿cierto? Nos hemos llevado bien.”

Cierto, muy cierto.

Todavía sigo esperando. Cada día espero algo más. Hasta hace poco solo esperaba la respuesta de la visa de trabajo. Ahora también espero a que me llamen de la mina, que me digan que la huelga ha terminado.


Queda leer y seguir escribiendo.

viernes, 29 de noviembre de 2013

El héroe discreto - Mario Vargas Llosa



“El héroe discreto” tiene dos héroes, dos personas que forjaron sus fortunas con esfuerzo, dos personas de culturas distintas, dos peruanos que son víctimas de su propio éxito.

Felícito Yanaqué es un piurano de orígenes muy humildes, que posee una empresa transportista, “Transportes Narihualá” (me suena como el apelativo que se le puede endilgar a un narizón”), cuya prosperidad será el motivo perfecto para que inescrupulosos traten de apoderarse de una parte de su fortuna mediante la extorsión.

Ismael Carrera es un limeño mazamorrero, dueño de una prestigiosa empresa de seguros, cuyos hijos mellizos desean verlo muerto para adueñarse de su fortuna. Ismael, hombre longevo y de salud delicada, les agua la fiesta casándose con Armida, su empleada, una infinidad de años menor que él. Armida será la única heredera de la fortuna del viejo Carrera, y este hecho tiene muy jodidos a los hermanos, no solo porque perderán su riqueza sino porque su viejo, un limeño de la más alta sociedad, se ha casado con la empleada, una provinciana sin mejores pergaminos que un físico envidiable.

Vargas Llosa les añade a estas dos historias paralelas personajes que ya conocíamos de sus anteriores producciones: don Rigoberto y la señora Lucrecia, Fonchito, el sargento Lituma, el capitán Silva, los inconquistables.   


     
Cuando leí el capítulo 7, pude por fin entender una parte del argumento de “La casa verde”, novela que jamás terminé por enrevesada y densa. Lituma le relata al capitán Silva su historia por la selva y su añorada Piura.

Si bien Vargas Llosa ambienta su novela en la actualidad, y procura poner en boca de sus personajes jóvenes las jergas de hogaño, falla en contadas ocasiones, como cuando Escobita, uno de los díscolos hijos de Ismael Carrera, emplea ante don Rigoberto la siguiente expresión: «No me cabe en la tutuma que te prestaras a esta payasada de lo peor» ¿Tutuma? ¿Qué joven dice tutuma en estos tiempos para referirse a la cabeza? A pesar de estos dislates, la novela de Vargas Llosa no deja de ser muy entretenida.

Aunque, pensándolo bien, ¿cuál es la importancia de que la jerga empleada sea de ahora o de hace sesenta años? ¿Acaso los lectores del año 2200 sabrán si tutuma era jerga de los años 1950, 1980 o 2013? A esos lectores les dará lo mismo. Lo que es más probable que perdure es el entretenimiento  y, me atrevo a decir, el suspenso de esta novela. Por supuesto que “El héroe discreto” no  está a la altura de sus clásicos (“La ciudad y los perros”, “Conversación en La Catedral”, La guerra del fin del mundo”), pero está mucho más entretenida y mejor lograda que las últimas novelas que ha publicado. “El héroe discreto” es de esas obras que coges y no sueltas hasta llegar a la última página.

Uno de los personajes de esta nueva entrega vargasllosiana que ha concitado mi simpatía es, sin duda, Edilberto Torres, el presunto diablo peruano, quien se le aparece a Fonchito, el hijo de don Rigoberto, en más de una ocasión, provocando la angustia y preocupación de don Rigoberto y su esposa Lucrecia, quienes jamás llegan a conocer al misterioso caballero. Al principio, la pareja cree que se trata de un espantoso pedófilo; luego, las historias de sus apariciones imposibles, relatadas por Fonchito, les hace creer que podría tratarse de un espíritu demoníaco, de una especie de íncubo.

Según lo ve Fonchito, Edilberto Torres es un señor atildado, de pulcro vestir, que se expresa correctamente. Su dicción es encantadora y sus maneras son pausadas y refinadas. Todo un personaje. Su solo nombre es pegajoso. No sé si Vargas Llosa planificó cuidadosamente a este personaje o si lo creo a medida que desarrollaba la historia, pero, a mi parecer, las escenas en las que aparece “el diablo peruano” son las que llevan el humor y el suspenso.

En resumen, esta novela te atrapa y te mete en su juego, gracias a la infinidad de intrigas y suspensos que su autor sembró a lo largo de las 392 páginas que la componen.  

En esta novela, porque no es precisamente del tipo filosófico o existencial, no hallé ninguna frase perdurable, de esas que lo ponen a pensar a uno. Apenas me topé con unos pocos extractos que me atrajeron por otros motivos menores.  

(Roberto Bolaño decía que compraba libros, tantos libros, que sabía que no llegaría a leer muchos de ellos. Pero le reconfortaba estar rodeado de ellos, acariciarlos, hojearlos de vez en cuando. Aquí Vargas Llosa nos revela su porqué de una biblioteca.)

«-Bueno, todos no, todavía –“Este es el más bruto”, decidió-. Algunos son libros de consulta, como los diccionarios y enciclopedias de ese estante del rincón. Pero mi tesis es que hay más posibilidad de leer un libro si lo tienes en casa que si está en una librería.»

(Una opinión muy reveladora sobre la Biblia. Apenas la leí, cogí la que tengo en mi estante y comprobé que, efectivamente, el Cantar de los Cantares es una especie de cortejo muy sensual, poético y estilizado entre Salomón y su esposa o amante Sulamita.)

«-La Biblia es el libro más erótico del mundo –lo oyó decir, afanoso-. Ya verás, cuando leamos el Cantar de los Cantares y las barbaridades que hace Sansón con Dalila y Dalila con Sansón, ya verás.»

(Mabel es la amante de don Felícito Yanaqué. A continuación, cómo le gusta a Mabel ser cortejada)

«Mabel, para acostarse, tenía que sentir al menos alguna simpatía por el hombre, y, además, rodear el cache, como decían los piuranos en vulgar, de ciertas formas: invitaciones, salidas, regalitos, gestos y maneras que adecentaran la acostada, dándole la apariencia de una relación sentimental.»

(Yo no sabía en qué creían los calvinistas. Don Rigoberto me da una ayuda al respecto, cuando reflexiona sobre todos los embrollos que le han traído a la última parte de su vida los mellizos Carrera y Edilberto Torres.)

« ¿Podían ser sus días una secuencia preestablecida por un poder sobrenatural como creían los calvinistas?»



lunes, 30 de abril de 2012

La Civilización del Espectáculo - Mario Vargas Llosa

Leer “La Civilización del Espectáculo”, desde las mismas entrañas de un país como el Perú, resulta siendo una experiencia remecedora, que te abre los ojos y te muestra que, cada día y de un modo avasallador, la inmundicia nos va cercando –si es que ya no ha cercado a la mayoría de gente- para ahogarnos en sus miasmas sin encontrar reparos por nuestra parte, por la sencilla razón de que no la vemos como miasma sino como bálsamo redentor que nos permite relegar, de momento, los perentorios problemas que nos atosigan día a día: pagar la luz, el agua, el colegio de los niños, etc. Me estoy refiriendo explícitamente a los contenidos actuales de la televisión peruana. Como relata Vargas Llosa en este noticioso ensayo, los nuevos líderes de opinión en esta “civilización” actual son cantantes que no cantan, bailarinas que no bailan, futbolistas mononeuronales, personajes de breve impacto, individuos pertenecientes a eso que llaman farándula. En el fondo del baúl de los recuerdos quedaron aquellos filósofos y escritores que décadas atrás eran los que polemizaban y confrontaban sus opiniones, seguidos atentamente por el público ávido de encausarse en un ideal. Ahora, lo ideal es permanecer enganchado e impávido frente a una pantalla, creyendo los embelecos de personajes cuyo único mérito para figurar en la televisión fue provocar y protagonizar un escándalo. En la página 130 de su libro, Vargas Llosa dice: “Consecuentemente, la popularidad y el éxito se conquistan no tanto por la inteligencia y la probidad como por la demagogia y el talento histriónico.”, lo cual, a todos nos consta, es una verdad irrefutable. Basta con echar una mirada en los medios de comunicación para saber quiénes son nuestros líderes de opinión, nuestros ejemplos a imitar. La sociedad peruana –aunque, según el lúcido y certísimo ensayo de Mario, lo que voy a escribir se puede extender a varios países que pertenecen al Primer Mundo- vive feliz fagocitando la inmundicia que los medios le arrojan, lo cual se asimila a lo que Carlos Granés, amigo de Vargas Llosa, vio alguna vez: “una de las presentaciones más abyectas que se recuerdan en Colombia, la del artista Fernando Pertuz que en una galería de arte defecó ante el público y, luego, con total solemnidad, procedió a ingerir sus heces”. Los conductores de los noticieros, de los programas de variedades y de cualquier otro espacio televisivo o radial demuestran un dominio paupérrimo del idioma. ¿Qué podemos aprender de ese tipo de gente, qué nos pueden enseñar? Absolutamente nada. Ya no importa transmitir ideas y el modo de cómo enviarlas al público; únicamente se toma en cuenta el circo, la payasada que se pueda armar en torno de cualquier anodino tema. Jean Baudrillard toma la palabra en el libro de Mario y dice: “El escándalo, en nuestros días, no consiste en atentar contra los valores morales, sino contra el principio de la realidad”. El Nobel no solamente se limita al tema de la putrefacción de los medios. También hinca su pluma en materia religiosa, haciendo un firme y libertario alegato a favor del laicismo de los Estados del mundo, pues ello evitaría la discriminación y la intolerancia. La religión debe circunscribirse al ámbito netamente privado del individuo. Estupenda es la historia sobre el Tribunal Constitucional de Alemania, en Karlsruhe, que emitió un fallo dictaminando el retiro de los crucifijos de las paredes de las escuelas, a menos que los padres, en su totalidad, los consintiesen como mudos testigos del desenvolvimiento de sus hijos. Este fallo es notorio pues se hizo efectivo en el estado de Baviera, uno de los más conservadores y católicos del país germano. Ya lo dice Vargas Llosa en su ensayo: “ninguna religión es democrática”. A mí me jode sobremanera cuando compruebo que no existen luminarias en los medios de quienes pueda yo mejorar mi vocabulario, exornar mi hablar. Podíamos contar con Bayly. Luego de su autoexilio, Beto Ortiz, en las mañanas, es una isleta en medio de tantos pusilánimes e ignaros periodistas. Además, en la televisión, vía el canal del Estado, contamos con aquella luminaria que, contra todo, sigue dictando cátedra: Marco Aurelio Denegri. Lamento cuando, leyendo a escritores como Vargas Llosa que se supone son modelos a imitar en cuanto a lo correcto en el escribir y decir, me tropiezo con oraciones como la del capítulo Antecedentes, Piedra de Toque, Lo privado y lo público, en donde Mario, refiriéndose a Fernando Savater, dice que “casi nunca discrepo con sus juicios y críticas”. Mal uso del verbo discrepar. No se dice “discrepo con”. Lo correcto es “discrepar de”. En resumidas cuentas, muy recomendable el libro de Vargas Llosa.

domingo, 12 de diciembre de 2010

¿Ha leído algo de Vargas Llosa?

En una edición del programa Prensa Libre, una reportera se adentró en las fauces del palacio congresal del Perú. Su misión era conocer qué tanto conocían los moradores de ese lugar y, supuestamente, padres y representantes de todos nosotros, la obra del ecuménico Mario Vargas Llosa.

El resultado de aquella incursión fue espeluznante. La mayoría de los cuestionados no sabía explicar con claridad la obra de Mario Vargas Llosa que aducían haber leído. Navegaban por generalidades haciendo uso de muletillas sin llegar a rozar siquiera el meollo de las preguntas: ¿qué libros del premio Nobel de Literatura 2010 ha leído? ¿Cuál es su apreciación del libro que leyó?

Fue indignante ver cómo estos congresistas procuraban escamotear las preguntas y huir. Hubo una señora legisladora que proclamó que Ña Catita era una obra perteneciente al autor de El Hablador. No faltó aquel que confundió La Ciudad y Los Perros con Los Perros Hambrientos del ilustre Ciro Alegría.

Quiero aclarar un par de cosas. No es un pecado no haber leído a Mario Vargas Llosa. Es un pecado moral e intelectual no leer. Si este país está como está es por su pobre nivel cultural.

En el recorrido de aquella periodista solicitando la opinión de los parlamentarios sobre la obra de Vargas Llosa se vio flagrantemente el carácter cínico y escurridizo de sus entrevistados para eludir temas que les son incómodos.

¡Cómo el pueblo pudo haber elegido a estos tipos que no tienen el menor reparo en mentir en lugar de asumir que jamás han leído!

Si no has leído nada de ningún autor, al menos ten la gallardía moral de reconocerlo y aceptarlo, y no discurrir echando mano de ambages que, además, no resultan para nada convincentes.

Estos congresistas ni siquiera saben mentir.

El reportaje de Prensa Libre, además de mostrarnos que en el Congreso la prolífica obra de Mario Vargas Llosa es completamente desconocida, nos ha revelado que allí habitan seres inescrupulosos que con el fin de quedar bien son capaces de responder barbaridades. Nadie allí, aparentemente, es capaz de aceptar una verdad: su supina ignorancia. Son traposos y se valen de artimañas para velar su pobreza intelectual.

Es comprensible que la mayoría del pueblo peruano no haya leído a Vargas Llosa o a cualquier otro autor porque ella se dedica a salir de la pobreza continuamente y su mayor preocupación es conseguir el dinero suficiente para adquirir los alimentos que les servirá de sustento en el mañana. A ese pueblo pobre peruano no se le puede exigir que compre un libro (porque en este país los libros son onerosos) porque se podría quedar sin comer una semana. El Estado no se preocupa por suavizar los precios de los libros de modo que estos puedan llegar a un público más numeroso.

Pero a esos congresistas, que medran día a día del erario nacional, sí se les puede exigir que se culturicen, porque tiene los medios con qué hacerlo. Dejaron la pobreza desde que consiguieron su más anhelado y preciado objetivo: atiborrarse los bolsillos de plata.

Sin embargo, su interés por la cultura es inexistente. Por ende, no sorprende su pasividad para hacer que la cultura sea más cercana a las masas.

viernes, 8 de octubre de 2010

Gracias Mario

Desde que conocí la literatura de Mario Vargas Llosa, quedé totalmente fascinado y me propuse tratar de ser un escritor.

Luego de haber, a los 9 años, tenido un contacto parejo con la creación de ficciones y con la lectura, sobre todo las lecturas de suspenso de Agatha Christie o las obras de Arthur Conan Doyle, tuve una ruptura con tan apasionante ocupación.

Durante la adolescencia leía algún que otro libro, pero el numen de la creación literaria se me apagaba gradualmente.

En la universidad, por azar, me matriculé en el curso electivo de Literatura Peruana. Allí conocí a Claudia. Y también, por insistencia de ella y del curso, pero sobre todo de ella, leí a Mario Vargas Llosa. Y tuve ese primer contacto con ese endiablado escritor mediante su libro Conversación en La Catedral, monumental novela que narra de manera magnífica la situación política de los años 50. Quedé maravillado con la técnica que emplea Vargas Llosa para concatenar las diferentes escenas que componen al libro y, máxime, para enlazar el pasado y el presente sin sobresaltos, de manera llana y suave, sin que el lector se percate de esos saltos hacia atrás y hacia adelante.

A partir de ese momento emprendí la deliciosa tarea de leer todos los libros de Mario que no había leído y los que el escritor pensaba escribir. Clara muestra de la maestría de las calidades literarias de este egregio escritor peruano se encuentra en su obra La Guerra del Fin del Mundo, una novela que sobrepasa, si acaso, el carácter total que ya se venía germinando en Conversación en La Catedral. No poco esfuerzo le debe haber costado a ese genio peruano crear una obra en la que todos los personajes principales de la novela tiene voz y, al unísono, dan cuenta de la ominosa guerra que se libraría entre las huestes de la república y las masas de los sertones brasileros.

A modo personal, y no quiero faltarle el respeto a él, Mario Vargas Llosa ha sido mi maestro. Las enseñanzas de un maestro son aquellas que uno asimila con gusto y facilidad, sin darse cuenta del esfuerzo intelectual que uno hace al momento de absorberlas.

En el pequeño librito que publiqué en julio de este año, Latidos del Asfalto, en un par de cuentos y, más flagrantemente, en el cuento Dinero, hago uso de la técnica del flashback de MVLL para estructurar ese episodio. No estoy ni estaré a la altura de la pluma de MVLL, pero siempre le agradeceré sus novelas y los estados de emoción, indignación y asombro que me causaron las historias que pergeñó.

Muchas gracias, Mario, por todas esas ficciones y apólogos que nos has legado. El premio Nobel no hace más que hacer más patente tu condición de escritor universal que ya te habías ganado desde que publicaste La Guerra del Fin del Mundo y tus muchos otros éxitos.