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viernes, 21 de marzo de 2025

NOVELA PERUANA "BRUTALIDAD" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 10: El valor de la verdad del Profe Puty

 


Groover estaba calatito; feliz. Tenía húmedos el cabello y el cuerpo grueso y rechoncho. Ante él, en el perchero de su camerino, debidamente planchadito, se hallaba el esmoquin negro y la corbatita michi supremamente maricona con los que estrenaría su nuevo programa, “El valor de la jeringa”, un show novedoso en el que el invitado de turno sería sometido a las preguntas más crudas y sin filtro concernientes a su itinerario vital a cambio de un premio que compensaría su desnudez moral.

Había mucha expectativa en la comunidad de la Brutalidad por oír las verdades del flamante primer invitado: el Profe Puty, un moreno encorvado, de rostro duro y verbo flamígero.

***

Luego de que le negaran la oportunidad, del modo mas rastrero y cobarde posible, o sea, a sus espaldas y sin comunicarle nada, de coprotagonizar el programa político “Opinólogos Mantenidos con Carlo Cocavel”, Groover terminó con el corazón destrozado.

A manera de premio consuelo, la dirección de su corporación, a cargo de un tipo sin escrúpulos, estudios ni moral alguna, decidió otorgarle “El valor de la jeringa” a cambio de que le sacase la más íntima brutalidad a sus invitados. El objetivo era que corriese sangre en el set del canal.

***

Cuando terminó de vestirse y engominarse, se persignó. A pesar de ser un fanático del materialismo dialectico, solía persignarse antes de acometer empresas arriesgadas, como el tirarse a las travas más sensuales del jirón Zepita. Dame toda la suerte para hoy, Diosito, dijo, mirando al cielo, luego de besarse el pulgar.

Toc, toc, toc. Acababan de golpear la puerta de su camerino. Era el productor; un hombre feo, rechoncho, hasta las huevas. Aquí están las preguntas, Groover. Ya sabes; tenemos que arrasar con el rating o te volvemos a poner en la congeladora, viejo cabro.

Los trabajadores de la corporación le habían pedido el respeto. Su imagen y su estentórea voz ya no intimidaban a nadie. Sin embargo, esa organización inescrupulosa era la única en la Brutalidad que les pagaba a sus empleados. El dinero los mantenía con la cabeza gacha, en la típica postura del chí, cheñó.

Les echó una rápida mirada a las preguntas. Se relamió. Uy, carajo, me lo gozo. Con esto haremos volar al Profe Puty, tronó, acomodando las cartulinas que contenían las cuestiones.

***

Conductor e invitado estaban ya sentados en el set. Groover, feliz por el estreno en vivo de su flamante programa, se acomodaba la pajarita y examinaba con ojos inquisidores a Puty: Ahora te voy a destruir, negro traidor, pensó. Aún no podía olvidar la desazón que le produjo enterarse, por boca del propio Puty, que los programas que había hecho a su lado fueron producto de varios e interesados depósitos de dinero. Esos programas con el Viejo los hice con asco, pero me habían ofrecido unos ricos centritos y no me pude negar. Primero están las lentejas, señor. Después está la ética, dijo Puty en una ocasión.

***

¿Tienes título de profesor? Fue la primera pregunta de Groover.

Puty miró a las cámaras, nervioso. Sabía que debía decir la verdad, no tanto por ganar el dinero acumulado si respondía el número reglamentario de preguntas sino porque de responder falsamente se le inocularía el contenido de la jeringa que, en vivo, había extraído sangre con sillau del brazo de un sonriente Groover. Además, la producción había colocado en la puerta del estudio a dos profesores de matemática por si Puty tomaba la cobarde determinación de huir ante alguna pregunta sumamente incómoda. Todos sabían que uno de los terrores de los muchachitos como Puty eran los profesores de matemáticas.

Entonces, resignado a decir la verdad, dijo: No.

La voz en off anunció, en medio de una oleada de suspenso, que la respuesta era verdad.

Por favor, profundice, profe, pidió Groover. La corbatita michi le anulaba el escaso cuello que tenía. Era un digno producto del Perú.

Bueno, yo enseño con apenas un año de haber llevado el curso de pedagogía en el instituto “Amigos de Chincha”. Lo que te dan al terminar es un abrazo y un certificado, pero ningún título. Lo que hice fue borrarle la palabra “certificado” al documento e imprimirlo en un cartón de leche para que parezca título a nombre de la nación. Ya con esas modificaciones fue que conseguí algunos trabajos hasta la fecha.

O sea, eres un estafador de la educación, negro, apuntó Groover.

Mejor pasemos a la siguiente pregunta, dijo Puty.

Muy bien, zanjó Groover, siguiente pregunta: ¿Dices que enseñas en la Pontificia Universidad Católica para levantar mujeres que tengan buen potable?

, confirmó Puty, mirando de reojo y con temor a la jeringa llena de sangre con sida que había sido puesta a un lado de la mesita del conductor, lista para ser inoculada en el brazo del invitado si la respuesta que daba era falsa.

La voz en off ratificó la veracidad de la respuesta.

Adelante, profe, sabroséenos con los detalles, peticionó Groover. Sostenía con orgullo los cartoncitos cochinos que contenían las preguntas que Puty estaba respondiendo.

Sí, imagínate, Viejo, que yo dijera que trabajo en una humilde institución en Chincha y que peseteo horas en una academia en Lima que no tiene permiso para funcionar. Ninguna mujer con buen potable me haría caso, empezó a narrar Puty, con esa voz tan típica suya de delincuente arrancha-gorras.

Oye, conchatumadre, ¿y los centros que la gente te deja en tus transmisiones no los usas para conquistar mujeres de buen potable?, replicó Groover.

Ah, sí, pe, por eso me va bien en ese campo. Y para justificar ese dinero, digo que trabajo en la Católica. Porque si dijera que gano ese dinero pidiendo limosna en canales de YouTube y en mi propio canal, me paltearía. Tengo que mantener el prestigio de mi raza, Viejo.

Siguiente pregunta, notificó Groover. Se imaginaba que los números del rating estarían por los aires. Y aún estaban por venirse las preguntas más fuertes, las preguntas que todo dibujito quería hacerle al Profe Puty.

¿Te botaron de la casa porque te descubrieron que a las mujeres las ponías en tu pata al hombro?

Puty estaba a punto de confesar una verdad que le había cercenado esa parte de su vida que nunca se atrevió a disfrutar: la de ser un dedicado padre de familia. Puty era un mujeriego empedernido y eso pudo más. Quiso huir, pero vio a los profesores de matemática custodiando la puerta y sintió pavor. Recordó cuando uno de ellos le preguntó, un huevo de años ha, cuál era el resultado de un monomio. Toda la clase empezó a joderlo con el perverso juego de palabras para el que se prestaba esa variante mínima de los polinomios. El mono no sabe de monomios, el mono no sabe de monomios, canturreaban sus maquiavélicos compañeritos. Desde esa ocasión, Puty le agarró un terror cerval al álgebra.

Señor Gonzalo, ¿va a resolver ese monomio tan fácil en la pizarra?, exhortó el maestro de matemáticas. ¿O va a querer una banana el monomio cocotí para atreverse a resolver el monomio? Las risas del salón recorrieron veinte cuadras a la redonda.

, dijo Puty.

La voz en la máquina proclamó: La respuesta es verdad.

A ver, profe, esperamos el detalle metafísico necesario. Groover sentía una necesidad inaplazable por colocar palabras rebuscadas y cultas en sus intervenciones para darles cierto vuelo cultural, ya que, bien miradas, no decían ni aportaban nada. Un simple cuente, profe hubiera bastado.

Cuando descubrieron el audio que intencionalmente le envié a Samir Galiaga sobre que quería ponerla en mi pata al hombro, me perdonaron en casa, pero recibí también llamadas y mensajes privados al Instagram de otras mujeres periodistas que querían que les envíe audios así o quizá salir a almorzar a algún lugar para que fueran ampayadas conmigo y pudieran tener la fama que yo le había dado a Samir. Y acepté. Me gustaba estar al lado de esas mujeres blancas y que ellas quisieran algo de mí. Es un trauma que tengo, que tenemos. Los cholos y los negros de este país siempre queremos, como quien dice, mejorar la raza.

Pero no te desvíes, hijo de puta, alineó Groover. Dime cómo te descubrió tu mujer.

Ah, ya, en una de esas me encuentro con mi mujer que venía de hacer las compras con la poquita plata que le dejaba para la semana. Yo estaba caminando al lado de una guapa y caballota periodista deportiva. Ella quería que le deje un audio tipo mi pata al hombro. Mi mujer me vio y al regresar a casa me metió la puteada de mi vida. Me botó de la casa y ahora vivo en un cuartito.

¿Puedes decirnos el distrito donde queda tu cuartito mugroso, profe? Los indeseables que nos están viendo quieren saber ese dato para ir a dejarle sus centritos.

No, Viejo, esa pregunta no es parte del concurso. No la voy a contestar. Tampoco soy tan gil.

Groover quiso sacarle la mierda a Puty. Seguro que si la producción te baja un centro si contestas, ¿no, conchatumadre?, pensó. El productor hizo una seña para que pasaran a la siguiente pregunta.

Puty, ¿eres chipi?

La música de suspenso empezó a rondar el set. La cámara enfocaba las blanquísimas escleróticas del profesor. Se notaba la tensión en ellas. Revelar esa verdad podía traer abajo el poco prestigio que aún le quedaba y que le había sido otorgado naturalmente por ser moreno.

, dijo Puty, avergonzado.

La respuesta es verdad.

Uy, curuju, se relamió Groover. Negro y chipi, pasu diablo. Usted, como docente, ¿sabía que eso es una “antítesis”? Voy a trastocar un poquito al gran Quevedo para referirme a los morenajes chalones: “Érase un negro a una pinga pegado, érase una pinga superlativa”, rezó el Viejo.

¿Por qué te la quieres dar de culto, viejo huevón? Por qué no piensas mejor en recuperar el amor de tu familia. Yo al menos tengo una familia que me quiere.

Groover, ya con razón, aplicó el machete: ¡Fuera, chuchatumare! ¿De qué familia hablas? A ti tu familia ya no te quiere, pedigüeño. Qué me vas a hablar de familia tú, oe, pordiosero digital.

Hizo el ademán de ordenar sus cartillas para volver a redirigir la conducción.

Hasta el momento, vas contestando con la verdad, profe, pero ha llegado la hora de la última pregunta. Si la contestas, te ganas el premio mayor: un centro de doscientos ochenta soles para que le pares la borrachera a alguna de tus amantes de turno y cien mil bots, cortesía del Tío Marly y el Pato Maricón, para que levantes la sintonía de tu canal que ya no lo ve ni el perro. Tu prime ya fue Profe Puty, quedaste como un meme viviente. Eres la oveja negra de la negritud en el Perú.

Ya, viejo huevón, deja de sobonearme y lanza tu pregunta pedorra.

Profe Puty, ¿quieres más al YouTube que a tu propia familia?

Puty quiso presionar el botón rojo para que se le eximiese de responder la pregunta, pero Groover le mostró la jeringa con sangre en la que las partículas de sida danzaban con ácida furia.

Ah, jajaja, huevonazo, acá no hay botón rojo. Si no contestas, mira, ve, vamos a pasar a ser hermanos de sangre. Vamos a ver si vas a tolerar estas manchas en la piel (se señaló varias partes de su humanidad luciendo unos lamparones terribles) o esta picazón en los huevos (se bajó los pantalones y mostró unos testículos putrefactos, con moscas sobrevolándolos).

La música de suspenso era atronadora.

Los profesores de matemática, con amenazadoras tizas blancas en las manos, se acercaron para meterle presión a Puty.

No, dijo Puty, con lo último de hombría que le quedaba.

La voz en off empezó con su consabida letanía: La respuesta es…

Los nervios se precipitaron sobre Puty que sabía cuál sería el veredicto de la respuesta. Entonces, rápidamente saltó sobre Groover, tomó la jeringa con sida que descansaba a su ladito y se la ensartó en el cuello. Tuvo suerte de encontrar algo de cuello donde clavarle la jeringa ya que Groover, como excelente ejemplar peruano, apenas contaba con dos centímetros de cuello.

Los profesores de matemática, desconcertados, no supieron qué hacer. Solo servían para resolver problemas etéreos concernientes a los números, pero no para darles solución a los problemas de la vida real, como sí sabía hacer el Profe Puty quien, por provenir de un hogar paupérrimo, tuvo que buscar desde muy pequeño diversas soluciones reales a problemas tan urgentes como qué comer cuando no había plata en la despensa. Por ello, muchos gatos de su vecindario desaparecieron en estofados y guisos que elevaron su nivel culinario.

Cuando estuvo a punto de cruzar el umbral de la salida, y mientras Groover se retorcía de dolor por el pinchazo, Puty fue alcanzado por un certero centro que provenía de la producción del programa. Un billete de cien soles pendía de un hilo de pescador. Esto desbarató los ímpetus de fuga del docente.

Tomó el billete y, mirando a las cámaras, declaró que sí, carajo, que amaba más pasar tiempo en YouTube que ser un padre de familia. Es más, agregó, ni siquiera leo libros. Les tengo alergia. Vamos, pregúntenme lo último que he leído; y les responderé que ninguno. No leo nada desde que salí de mi instituto pedorro. Prefiero ver mujeres calatas en Instagram y pedir centros en mi canal de YouTube que cualquier otra cosa en este mundo. ¿Contentos?

El productor ejecutó un movimiento de aprobación.

Ahora dame el centro del premio para largarme, demandó Puty.

Se le entregó el paquete prometido: un centro de doscientos ochenta soles y un USB con el millón de bots que podría usar en la emisión de su próximo programa.

Puty abandonó el set muy contento con los centros ganados. Mientras tanto, Groover tuvo que ser trasladado de emergencia al hospital más cercano ya que su propia sangre lo había envenenado todavía más. Los átomos de sida se habían multiplicado y hecho más feroces en la jeringa con cada respuesta que oyeron de la boca del Profe Puty. Su falta de moral y de ética los había enardecido y hecho más mortales. Es un negro hijo de puta, dijeron en coro las partículas de sida. Y así, con ese enojo rabioso, volvieron al torrente sanguíneo de Groover para dejarlo al borde de un coma diabético.  


viernes, 14 de marzo de 2025

NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 09: ¡Tío Marly, Patito, perdónenme!

 


¿Aló?, dijo la anciana.

¿Aló? ¿Estoy hablando con la mama de Groover?

, dijo la anciana. Había dejado a un ladito su bordado. Justo había estado a punto de irse al baño cuando le cayó esa llamada inopinada que provenía de un número largo, interminable, interplanetario. Dígame, joven.

Su hijo me ha ultrajado, señora. Su hijo me ha hecho lo que ha querido y me ha contagiado de sida. Yo lo voy a denunciar ahorita mismo con las autoridades de Newark. Así que, prepárese, señora, porque su hijo es un elemento peligroso. Tiene un arma muy gruesa y cabezona ahí abajo que me ha dejado adolorido durante semanas. El juez le va a poner veinte años por cada día de dolor que me ha procurado el muy perverso.

Joven, cálmese. Mi hijo es inocente, se lo aseguro, imploró la viejecilla. Cálmese y dígame quién es usted, por favor.

La saluda el abogado Aquile Cacho, dijo la voz.

¿Aquile? ¿No será Aquiles, joven?

No, señora, me llamo Aquile Cacho, tal cual. Ya sabe. Ponga en autos a su hijo porque me voy con todo. Lo voy a empapelar y lo voy a regresar al Perú enmarrocado. Y si usted no coopera, también me la deporto, ah. Cuando el ciclón sopla, todos vuelan. Ya sabe.

La llamada se cortó y la señora quedó sumida en una honda preocupación. No podía creer lo que había acabado de escuchar. Entonces, caminó hacia la habitación de su hijo quien, desde hacía varias semanas, ya solo se encerraba ahí y no salía para nada, ni para trabajar. Su uniforme del Seven Eleven estaba desde hacía rato limpito y sin ser usado en el armario.

Ni bien abrió la puerta de su dormitorio para dirigirse al de su hijo, pudo oír con nitidez las exaltaciones que provenían del cuarto de él. A medida que se acercaba escuchaba retazos cada vez más fuertes de la estentórea voz de su vástago: ¡Cambrito, eres un pobre diablo que no tiene talento! Lo único que sabes hacer es hablar huevadas sin sentido. ¿Y así quieres entrar a mi canal? Escucha bien esto, Cambrito: me puedes mamar bien los…

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!, se escuchó en la transmisión del hombre de casi cincuenta años que, al parecer de su madre, aún se comportaba como un mozuelo rabioso de quince.

¿Hasta qué hora vas a estar despierto?, dijo la señora tras el toc-toc-toc que ya estaba siendo la comidilla deliciosa en los comentarios del programa de YouTube “Cuchillos Largos”, nombre del que se apropió el dueño del canal para rendir homenaje a Hitler y su genial embestida ocurrida en 1934 para liquidar a sus enemigos de un solo plumazo, empezando por el dolor de huevos llamado Ernst Röhm.

¿Qué pasa?, dijo el hombre, cortante y frío, como si no se tratase de su madre sino de cualquier otra persona distante.

Me acaban de llamar diciéndome que has violado a un joven.

¿Qué?, se exaltó el hombre y cayó en la cuenta de que esa bizarra conversación con su madre estaba siendo oída por los pezuñentos de sus seguidores quienes prestamente generarían clips y memes ridiculizándolo de por vida. Rápidamente hizo clic sobre el botón de “mute”.

¿Qué pasó, mamá? ¿No ves que estoy trabajando?, protestó el hombre. ¿Cómo estuvo eso de que he violado a alguien?

Sí, y que le desgarraste el ano y le contagiaste de sida, detalló la anciana, agregando unos cuantos datos que no le habían dicho pero que ella había intuido: si no hubo desgarro de las paredes mucosas, no pudo haber contagio.

Dame tu celular. Quiero ver el número del conchasumadre que te ha llamado.

La viejecilla extendió una mano trémula acercándole el celular a su maduro retoño.

El número en pantalla era una sarta de jeroglíficos, letras del griego arcaico combinadas con números y símbolos matemáticos y hasta químicos.

El hombre elucubró rápidamente. Esto es obra de Marly y su puta cibernética, el maricón del Pato. Espérense a que salgan los resultados de mi investigación coordinada con la benemérita policía del Perú y los voy a cagar, pensó rabiosamente el hombre.

***

Al principio, se embarraba las manos o dejaba manchado el piso de la camioneta. Luego, con el correr de los kilómetros, mejoró su técnica: cagar en bolsa no era nada fácil.

El Tío Marly había quedado reducido a vivir en una combi. La persona que le procuraba una vida regalada había decidido cerrarle el caño por unos meses hasta que aprendiera la lección de no renunciar tan pronto a los trabajos que ella misma le conseguía.

Ahora vas a vivir en esa combi que compré de tercera mano. A ver si así aprendes a mantener un trabajo por más de dos meses, había sido amonestado Marly. A pesar del castigo, y mientras se desplazaba por los alrededores de Australia, Marly continuaba participando activamente en el “Habla Montesito”.  

Marly, dijo la combi, mientras su dueño la conducía y hacía programa con Montes, Lorna y el Pato, un intrépido hacker computacional que era capaz de extraer toda la información personal de un individuo a partir de una sola llamada telefónica, solo podré llevarte dos kilómetros más. Necesito que me eches gasolina. No trabajo a pilas, carajo.

¡Puta!, explotó el conductor, pero yo soy el Tío Marly, cómo chucha te vas a detener y me vas a dejar botado en medio de la nada en este país de mierda.

La combi, por más que lo intentó, no halló una conexión lógica y razonable en los argumentos de Marly.

No le puedes hacer esto al Tío Marly, conchatumadre. Tú sigue andando o te voy a cagar como estoy a punto de cagarlo al Viejo Groover por soplón, por exponer el rostro de menores en internet.

Pero si ya tú me cagas todos los días cuando no le apuntas bien a tu bolsa. Y encima me orinas cuando no embocas bien la pichula en las botellas de cerveza que te chupas, dijo la combi, serena y equilibrada.

Los más de cuarenta años de vida que tenía de fabricada y de interacción con seres humanos descocados como Marly convencieron a la combi de que no valía la pena continuar con esa discusión sin sentido. Pensó que haría todo lo posible para estirar la poca gasolina que tenía en su tanque y alcanzar, al menos, tres kilómetros más.

Marly retomó su dialogo con el Pato.

Ya me contesto su tía, dijo el Pato, riéndose a mandíbula batiente. Ahora no se me escapan.

Se escuchó un tecleteo y unos ruidos cibernéticos. El Pato estaba hackeando los celulares de todos los familiares de una su víctima.

Ahora vas a pagar Groover por haberme confundido con un indio de mierda.

***

Cayó este miserable, este delincuente cibernético, exclamaba Groover mientras se jalaba la tripa. Sus seguidores no podían ver cómo se masturbaba a costa del placer que le producía el haber descubierto a uno de sus más encarnizados enemigos y brazo derecho armado de Marly, el Pato Steven, autor de una de las más crueles tropelías que le habían infligido en su vida: haber llamado hacía un tiempo a su señora madre para informarle de un modo abracadabrante que tenía sida.  

Miren todos esta cara de indio. Por eso usaba el modulador de voz de un patito, para que no se le notara la voz de serrano.

Aspiró una bocanada de su cigarrillo electrónico repleto de marihuana. Dejó de jalarse la tripa. No pudo sacarse el semen por muy enfebrecido de placer que se encontraba. Cuando no se podía, no había por qué forzar la cosa. Luego el pene le quedaba inflamado y adolorido.

Ahora, queridos televidentes de Cuchillos Largos, les tengo varias chuletas sobre este despreciable ser que ha sido identificado por la benemérita y alabada policía nacional del Perú gracias a unas denuncias que yo mismo, esto último lo dijo como si él hubiese liderado las pesquisas, he puesto en contra de este delincuente cibernético que se creía intocable.

Ahí está su cacharrazo, continuó. Miren bien esa cara de serrano. Y ahora, colocó un redoble de tambores que se había descargado de algunas páginas de YouTube, miren a los integrantes de su familia. Aparecieron rostros de adultos, ancianos, y niños. Groover había colocado el árbol genealógico del Pato Steven hasta el virreinato, en donde se apreciaba que sus orígenes eran muy humildes.

Imitó las arcadas de una embarazada a la que se le podría haber antojado, en el quinto mes de preñez, comer un pan con caca.

Aggghhh, puaggghhh, miren esas carulis, puro indio, conchasumare. Y así serraneaba este patito cibernético, este delincuente digital que ha tantos ha cagado bajo las órdenes de Marly. Ahí lo tienen. Y ahí está su casta.

Luego, pegándola de moralista, continuó: ¿Ellos sabrán a qué se dedica este Patito que obedece al nombre de, lean bien, Steven Harriston Condorcanqui Gómez? Ya no te voy a decir Patito, delincuente; tu nombre ha quedado expuesto para siempre: Steven Condorcanqui. Rico apellido me sacaste de la chistera, hijo de puta. Con esa cara de pavo y malviviente llamando a ancianas, ¿no? Caíste, jajaja, las risas ya no podían alarmar a su madre porque, según decían sus detractores del Habla Montesito, había sido recluida en un albergue para adultos mayores con dinero de las suscripciones que recibía mensualmente del líder de la corporación a la que ahora pertenecía. Poco se sabía de ese personaje. Y lo poco que se conocía no inspiraba mucha confianza.  

***

¿Steven Harriston Condorcanqui Gómez? Ese viejo está hasta las huevas. Yo no soy ese indio que ha mostrado, dijo el Patito, cagándose de la risa. ¿Cómo van a creer que voy a caer tan fácilmente? Ayayay, me lo río, dijo.

Claro, pues, dijo el Tío Marly, ese viejo es más huevón. Ese indio no eres tú. Yo solo me junto con gente pituca. Tú, Pato, sí eres mi pata. Tú eres el único que sabe todas mis maldades y entre nosotros no hay traición.

El Patito, con su voz modulada, se cagaba de la risa: ¿Cómo le va a creer ese huevón de Groover a la policía nacional? La policía cibernética del Perú es un chiste mal contado. Te lo digo así, con autoridad, porque yo hago trabajitos ahí también. Esos huevones sin mí no atraparían a nadie.

El Tío Marly lanzó la propuesta de otra gran maldad: Yo tengo tiempo y plata de sobra. Todos saben aquí que mi hermana me mantiene y no tengo necesidad de trabajar. Solo que a veces la conchasumadre se me pone faltosa y no me suelta los billetes. Pero estoy esperando que se muera para heredar todo de una vez. Bueno, Viejo cojudo, vamos a llamar a toda la familia de Condorcanqui para mostrarles cómo has expuesto sus caras y los has acusado de huevadas que nunca han hecho. Yo les voy a dar plata para que te denuncien y Trump te deporte de las orejas por difamación agraviada, dijo Marly, quien, en cuanto al español, era un lúcido ignorante. El adjetivo correcto era “agravada”, de gravedad. La escasez de sus conocimientos era supina, aunque ello no le impedía opinar de los más diversos temas como si los conociera al dedillo.

Pero eso no es lo principal, dijo el Pato. Ya tengo los datos de toda la familia del Viejo. Se van a enterar ahorita mismo de que tiene sida y de que su hijo hace el ridículo en YouTube y en Kick, donde, para concha, solo lo ven 12 gatos.

***

Groover no podía creerlo. Habían empezado a llamarlo familiares y conocidos.

¿Tienes sida?

¿Es cierto que te han detenido y te van a deportar?

¿Tienes algo que ver con que me hayan vaciado mis cuentas bancarias? Me dijeron que tú me has desfalcado.

Tío Groover, en mi colegio han dicho que tienes sida.

Sobrino Groover, en mi trabajo han colocado una pancarta con tu cara y dicen que tienes sida y que yo te contagié.

Oiga, Groover, te habla tu exjefe, ¿es cierto que te cachaste a mi mujer y le contagiaste de sida cuando estabas en Perú? Te voy a buscar y te voy a ensartar mi cocacola de dos litros si te veo, conchatumadre.

Las llamadas de quejas continuaron.

Mientras Groover se mesaba los cabellos, el timbré de su casa gimió largamente. Sintió un ramalazo de miedo. Tomó el bate de béisbol con el que hacía un tiempo le había roto la mano a uno de esos negros toca-timbre que pulularon cierta temporada en Newark y se dirigió a la puerta. ¡Quién es!

Nada.

Hable, ¿quién es?

Groover estaba paranoico. El Pato había conseguido descolocarlo. Era verdad: el Pato era el delincuente cibernético más ágil y escurridizo del mundo. Se preguntó: ¿Entonces quién mierda es el huevón de Steven Condorcanqui que la benemérita policía me sindicó como el culpable de mis desgracias?

Se acercó a la puerta con el bate y volvió a preguntar por la identidad del toca-timbre.

Ninguna respuesta.

 Abrió con sigilo la puerta y encontró una caja de pizza. Había una nota encima de la caja. La tomó, no sin antes pegarle dos escuetas miradas a su alrededor. La calle estaba desierta salvo por dos grandes ratas que cuchicheaban entre sí, intercambiando los suculentos chismes del barrio de la calle Berger, en Newark.

¿Vieron quién dejó esto, par de mierdas?, les preguntó Groover.

Las ratas se miraron la una a la otra y luego lo miraron a él. Una de ellas dijo: ¡Fuera, conchatumare! Y corrieron hacia uno de los tanques de basura que se desparramaba metros más allá.

Ya se cagaron, dijo Groover. Ya no les voy a dejar mis sobras.

Leyó la nota que descansaba sobre la pizza: Prepárate. Ahora vas a saber lo que yo sentí al ver a mi familia difamada y expuesta. Prepara tu cuerpo deforme para que reciba una sarta de frejolazos. Atentamente: Steven Harriston Condorcanqui Gómez.

Groover tembló y se arrodilló. La cabeza la hundió en el suelo. Era mejor rendirse, pactar con el Patito y con Marly. Quiso tenerlos al lado. Pedirles una oportunidad, que terminen con todo ese vitriólico y venenoso ataque. Ambos, pero sobre todo el Patito, habían demostrado superioridad. ¿Acaso Napoleón Bonaparte no se vio obligado a abdicar en 1814 después de su derrota en la Batalla de Leipzig (1813) y la posterior invasión de Francia por las fuerzas aliadas? ¿Acaso no lo enviaron debido a ello a un exilio doloroso en Elba? Y, luego, tras regresar del exilio, en lo que se llamó la era de los Cien Días, ¿no volvió a aceptar su derrota en Waterloo, en 1815, para volver a ser exiliado en Santa Elena para evitar más sufrimiento? Ese era un gran ejemplo de pragmatismo en la derrota. Eso le habían enseñado en la gran escuela de las juventudes apristas. Tenía que aplicar ello en este momento lamentablemente cumbre de su vida.

Alzó los ojos como implorando al cielo: Tío Marly, Patito, hagamos un pacto, por favor. Tío Marly, Patito, cesen el fuego, ya me cagaron. Tío Marly, Patito, imploró, sumergido en lágrimas, perdónenme.

***

En una comandancia policial peruana, dos obesos policías de investigaciones cibernéticas comían dos pollos a la brasa, uno para cada uno, usando dos carpetas investigatorias como individuales, para no manchar la mesa de grasa.

Oe, y cómo va tu caso, dijo uno, la mayonesa y el kétchup que chorreaba de su pierna de pollo bañando las carpetas.

Nada, huevón, no tengo nada. Estos delincuentes cibernéticos son la cagada. Ellos tienen harto billete producto de sus robos y extorsiones y por eso van a cursos en los Estados Unidos donde se capacitan de la conchasumare. En cambio, mírame, qué capacitación voy a tener yo. Lo único que me han capacitado en informática es como hackear un correo de Hotmail. Nada más. Estos huevones en cambio con estrecharte la mano ya te hackearon hasta las cuentas del banco, porque en las yemas de tus dedos tienes todas las contraseñas almacenadas. Son la cagada. Y ya llevo un año en este caso de un delincuente cibernético. Lo único que sabemos de él es que se llama Steven. Nada más.

Al otro se le paró la oreja. Dejó de tragar sus papitas y dijo: ¿Qué? ¿Steven dijiste? Mira, mira.

Puso su pollo a la brasa a un lado y le mostró el contenido de la carpeta que había estado usando como individual.

Mira esta huevada. Aquí tengo a un huevón que se llama Steven Harriston Condorcanqui Gómez. Este pata ha sido detenido por traficar con vídeos para adultos de abuelitos haciendo gimnasia. No sabíamos cómo cagarlo para meterlo más tiempo en chirona. Entonces, se me acaba de ocurrir que le achaques a este pendejo esos delitos que estás investigando y listo; matamos dos pájaros de un tiro. Tú quedas bien y yo quedo bien.

Al primero la cosa le pareció fabulosa. Se le había quitado un gran peso de encima. Cerraron el trato con un apretón de manos rebosante en grasa animal y soltaron una gran carcajada. Ahora sí, terminamos esta jama y no nos vamos al cubil de la tía Katty, donde está de vuelta la Comelona que no te cobra extra ni por el anal ni por el zapatero. Todo está incluido en el precio que ya de por sí es para los amigos de la casa.  


viernes, 7 de febrero de 2025

NOVELA PERUANA BRUTALIDAD de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 05: Como dijo Quevedo, por menos de 180 soles el Profe Puti no mueve un dedo

 


Era la primera vez que poseía, en su puta vida, unos lentes Ray-Ban, modelo aviador, de cuatro mil dólares. Lo he logrado, pensó Gonzalo. Ahora soy alguien.

¿Adónde vas?, le dijo a su mujer, viéndola lista para salir a la calle.

A la tienda de la vuelta. Se me olvidaron comprar unas cositas en el mercado. Pero regreso rápido, dijo, con temor. Gonzalo podía reaccionar violenta e intempestivamente ante cualquier falta u omisión. Él sí podía equivocarse y siempre tenía la excusa perfecta para perdonar -o incluso no reconocer- sus propias cagadas; pero era intolerante en cuanto a los errores ajenos, especialmente, en cuanto a los dislates de su mujer. Parecía no tolerar su presencia en casa. Muy frecuentemente y, sin motivo alguno, Gonzalo la atormentaba con gestos gruesos, miradas duras y la bemba torcida por el resentimiento, como si ella fuese la culpable de alguna desgracia en su vida.  

Déjalo. Yo voy, dijo Gonzalo.

La mujer no podía creer que su esposo, remolón para efectuar cualquier tipo de labor doméstica, por muy liviana que fuera, se ofreciese a ir a la tienda. Pero, como le había dicho su madre alguna vez aprovéchate gaviota que no volverás a ver otra, la mujer tomó de buen grado el ofrecimiento.

Entonces, tomó una hoja de papel y garabateó rápidamente el listado de las cosas que debía comprar.

No sin cierto miedo, le entregó la hojita a Gonzalo. Este tenía la cara de culo, como siempre que interactuaba con ella. Parecía un australopitecus furioso por no haber recibido la pierna prometida del mamut cazado y cocinado luego en el fogón de piedra de la tribu. 

¿Y la plata para comprar esto?, dijo Gonzalo tras leer la nota.

La mujer había pensado que el repentino e inusitado favor iría acompañado del ahorrito del dinero del mes que Gonzalo le proveía y que tampoco era la gran cosa.

No; se había equivocado. Gonzalo le exigió el dinero que ella tenía destinado para la compra. Le tendió su inconfundible palma anaranjada demandando que colocase sobre ella el billete de diez soles calculado para comprar las minucias detalladas en el papel.

Pero, pero, yo pensé que…, balbuceó la mujer.

¿Qué pensaste?, tronó Gonzalo, dirigiéndole a la pobre una ácida mirada, como si tuviera delante de él, no a la mujer que le dedicaba sus mejores días, sino a uno de sus más feroces jodedores, el Tío Marly. Pensaste que yo iba a gastar de mi propia plata, ¿no? Tas tú bien cojuda. Para eso te doy treinta soles para la comida al mes.

La mujer bajó la cabeza. No se atrevió a mirar a su marido. Le temía. Ya había existido un par de conatos de violencia en el pasado.

Ya, dame, dame los diez soles, oe. Apura, le exigió Gonzalo. El billete terminó envuelto en esa grotesca palma de homínido salvaje.  

Gonzalo sonrió y caminó hacia la puerta, una puerta de barras negras metálicas cuyas contorsiones imitaban a ciertas flores y hierbas lanceoladas. Los vacíos de dichas formas iban cubiertos por láminas de vidrio amozaicado. Una de ellas había sido quebrada por un furibundo pelotazo escapado de una pichanguita protagonizada por los revoltosos niños de la barriada. Todos terminaron siendo severamente amonestados por Gonzalo. A raíz de ello, el padre del chiquillo autor del pelotazo quebrador, quien recibió los insultos más procaces y cargados de saliva de Gonzalo, juró sacarle la reconchasumare a ese negro de mierda si se lo encontraba por ahí. Quién chucha se ha creído para hablarle así a mi hijo, carajo.

El hueco dejado por la destruida lámina fue saneado gracias al ingenio de la mujer de Gonzalo. Una lámina de cartón había sido la solución.

Cuando Gonzalo detectó ese basto pedazo de cartón afeando su ya horrorosa puerta, le llamó la atención a su mujer: No seas bruta, oe. Como vas a poner ese cartón feo ahí. Mejor fórralo con esto que te voy a dar. Y corrió hacia la habitación matrimonial. Metió su gruesa mano debajo del colchón de la cama y extrajo el calendario de 1999 de Mónica Cabrejos que él atesoraba con fervor. Cuando su mujer no estaba, Gonzalo se pajeaba viendo a la Cabrejos desnuda en esas doce clásicas posturas. Su mes preferido, el que más leche le sacaba, era el de febrero: carnavales. Mónica llevaba un dildo atravesado en el culo. Ese dildo era igualito a la tercera pierna de Gonzalo. Sin embargo, cuando un día se enteró de que Mónica salía con un venezolano pinchador de discos por el solo hecho de ser guapo y no por su catadura intelectual, le perdió el antiguo fervor al almanaque.

Toma, forra el cartón con el mes de febrero y no me vuelvas a joder más con tus tonterías. Mira, ve; ponerle un cartón feo a la puerta. Faltaba más, dijo Gonzalo.

La mujer forró el basto cartón con las tetas y los potos de la Cabrejos.

Antes de abrir la puerta y ventilarle su oscura piel al mundo, Gonzalo se calzó los Ray-Ban que le había regalado un admirador suyo, un tipo que demostraba su falta de criterio, juicio y seso al admirar a un negro bestia como Gonzalo.

El admirador había llegado de los Estados Unidos para colmar de regalos a Gonzalo, quien se había hecho muy famoso por derramar Brutalidad a través de su canal de YouTube El Profe Puti.

Además de haberle traído calcetines Nike, un par de AirPods blancos de trescientos dólares, calzoncillos Paco Rabanne, y un lapicero con mango de oro, para que escriba sus poemas, Profe; también le regaló, y esta era la cereza del pastel, unos Ray-Ban de cuatro mil dólares. Gonzalo no cabía de contento.

En lugar de brindarle un agradecido abrazo por el gesto, lo primero que hizo Gonzalo fue probarse los lentes y preguntarle al obsequiador cómo se veía.

El tipo, algo desconcertado por la irracional ingratitud de Gonzalo, dijo: Sí, te quedan bien.

Y ahora iba a lucir esos lentes carísimos en las estragadas y polvorientas calles de la barriada donde moraba. El viento era el jurado enemigo de los vecinos, ya que trasladaba la mugre de una casa a otra y viceversa.

Con los Ray-Ban, vio a su barriada de forma diferente. La vio peor que antes, porque ahora él era supremamente mejor que los adefesieros habitantes que la pululaban como moscas.

Entró a la tienda con el pecho inflado. Había logrado superarse en la vida. Y pensar que para lograrlo solo me hacían falta estos Ray-Ban y mis Airpods blancos. Negros, no; porque negros son para cholos y negros.

Los Airpods los traía incrustados en los oídos, pero desconectados de cualquier música. Solo quería lucirlos.

Oe, le dijo al tendero.

El aludido, que se encontraba despachando a un cliente, alzó un ojo. Pensó: ¿Y qué chucha se ha creído este negro feo para hablarme así?

Oe, despáchame esto, ¿ya?, exigió Gonzalo, tirando el papelito garabateado por su esposa sobre la superficie del mostrador. Rápido que soy un docente famoso que no puede perder mucho tiempo.

Espere, señor, dijo secamente el tendero y continuó despachando a su cliente.

Gonzalo, desesperado, empezó a tamborilear los dedos sobre el mostrador.

‘Ta que malcriados son los serranos, pensó Gonzalo a viva voz.

El cliente volteó lentamente la cabeza para apreciar al hijo de puta que acababa de decir tamaña barbaridad en una barriada poblada por serranos, en un distrito poblado por serranos, en un país gobernado por una presidente serrana, a quien Gonzalo, en uno de sus programas, había jurado ponerla en cuatro uñas y, ¡plag!, enterrarle todo mi Tío Marly por el culo, incluyendo a mis dos Homeros Lornas que me cuelgan todos peludos.

¿Puedes dejar de hacer eso?, le dijo el cliente a Gonzalo.

¿Qué cosa?, respondió Gonzalo, como propulsado por un resorte. ¿Hacer qué? Explícate.

 Deja de jugar con tus dedos, dijo el hombre con la suficiente autoridad en la voz como para espantar a Gonzalo. El tamborileo cesó inmediatamente.

Gonzalo empezó a sudar frío. Miró de reojo al tipo que lo había mandado a callar. Era bajo, corpulento, de pelos como púas, la piel marrón como caca de perro, los ojos achinados por los años de milenaria ascendencia serrana.

Ni cagando me saca la mierda este huevón. Es un retaco. De un manazo así, ¡plag!, lo hundo más, pensó Gonzalo. Entonces, volvió a tamborilear los dedos. Rápido, pe, serrano de porquería, atiéndeme, demandó.

¿Tú no eres el negro de la otra cuadra?, dijo el cliente.

¿A quién le dices negro, oe, serrano y la reconchatumadre? A mí me respetas, ah. Igualado. ¿Acaso tú tienes unos Ray-Ban como los míos? ¿Acaso eres docente que ha enseñado en la universidad más antigua de América como yo?

Compadre, mira, ve. Para empezar, dudo mucho que un centro tan prestigioso te haya contratado a ti ni para limpiar los baños. En segundo lugar, acompáñame afuera si tienes la cortesía, dijo el cliente. Luego, dirigiéndose al tendero, que le extendía un par de bolsas cargadas con productos de panllevar: Gracias, Máximo. Y refiriéndose claramente a Gonzalo: Esto lo arreglo ahorita mismo. Mientras, por favor, cuídame las bolsas. Ya regreso.

Sí, don Claudio, dijo Máximo. Como usted mande.

¿Ya saliste? Sal, compare. Vamos a conversar afuera, dijo Claudio, una blanca y cortés sonrisa acompañando sus palabras.

Gonzalo presintió que algo malo le pasaría si salía. Así que permaneció en sus trece.

¿Me vas a obligar a salir? Estás bien huamán si crees eso. Yo voy a hacer unas compras y me voy a ir cuando haya terminado, dijo Gonzalo, el rostro avinagrado, pero el alma deshaciéndose en pichi, tanta era su cobardía.

Claro que te voy a obligar. Estás en mi tienda, amigo. Yo soy dueño de este minimarket, dijo muy sueltamente y sin odio alguno don Claudio. Así que te voy a pedir que salgas a conversar conmigo afuera porque aquí Máximo no te va a despachar. Al menos hasta que hayamos terminado de conversar, continuó, y se colocó los billetes del vuelto que Máximo le había extendido en el bolsillo de su camisa.

Gonzalo pensó: Este hombre sí que es honrado, no como yo que soy una cagada. Si fuera mi tienda, qué chucha voy a estar comprando. Más bien, sacaría todo lo que necesito y ya, pero sin pagar un sol.

Adoptando una postura digna y de hombre de plata, de recursos, Gonzalo abandonó el local. Claudio salió detrás de él.

Ya, ¿qué quieres, pezuñento? Me sacas afuera todo porque eres el dueño de esa tienda hasta las huevas. Y el otro serrano de Máximo se presta porque tú le pagas. Es tu mono. Todo porque dices tener plata. Eso te hace sentir poderoso, ¿no, serrano? Seguro como nunca has tenido plata, ahora te sientes la gran cagada.

Muy sosegadamente y sin tomarse a pecho las engoriladas de Gonzalo, Claudio dijo: Te voy a enseñar lo que significa tratar con respeto a la gente.

Cuál respeto, serrano. ¿Solo eso me querías decir, payaso?

Las personas malcriadas como tú solo entienden a punta de puñetes. Así que, antes de darte tu lección, voy a amarrarme los zapatos, dijo Claudio. Su calzado era de fino cuero de canguro.

Gonzalo se miró las zapatillas. Las había comprado en Metro, un supermercado popular en el Perú. Cualquier par de zapatillas en ese establecimiento no superaba los cinco dólares. Se le ocurrió que, en su próximo programa, les pediría unas zapatillas Nike, modelo Jordan, a sus seguidores del extranjero. Así ningún serrano podría menospreciarlo.

Al momento de agacharse para atarse los cordones del calzado, del bolsillo de la camisa de Claudio se desprendieron ciento ochenta soles: un billete de cien, uno de cincuenta y tres de diez. Gonzalo se quitó los Ray-Ban para apreciar mejor esa hermosa cifra. Claudio se percató del hecho. ¿Te gusta lo que ves?, dijo.

No está mal, dijo Gonzalo.

A propósito, ahora que estás sin lentes, creo que te reconozco. ¿Tú no eres el Profe Puti, el youtuber más menesteroso y convenido del Perú?, dijo Claudio.

Cuál menesteroso, serrano conchatumadre, protestó Puti. ¿No ves que tengo estas Ray-Ban que en tu vida vas a tener tú?

Claudio, sin desesperarse, con total parsimonia, sacó del bolsillo posterior de su pantalón unos Ray-Ban aún más caros que los de Puti. Se los puso y dijo: Y estos no me los regalaron, por si acaso. Tengo el certificado de originalidad y compra en casa. Más bien, ¿no te gustaría quedarte con estos ciento ochenta soles que salieron de mi bolsillo?

Puti quería pegarla de digno, pero su negra naturaleza era más poderosa: Sí quiero. Dámelos.

Claudio se los entregó. Y de donde salieron esos, hay más.

¿Sí? ¿A ver?, dijo Gonzalo, más avaricioso que presidente del Perú exigiendo no ya el cinco por ciento de la hechura de una carretera sino el treinta, más el pago de un avión privado.

Aquí tengo ciento ochenta más, dijo Claudio, metiendo la mano en otro de los bolsillos de su pantalón de fino algodón francés. Son tuyos si bailas para mí y dices que Alianza Lima es tu padre.

Puti bailó y dijo no solo que Alianza Lima era su padre, sino que también le daba por atrás y lo ponía de rodillas.

¿Qué pasó? ¿Le aumentaste?, rio Claudio con la falta de escrúpulos de Puti. Vale, vale, aplaudió. Toma doscientos por eso, mi monito de feria.

Puti cogió los doscientos soles con prisa, como si fuesen a desvanecerse en el aire si no se apoderaba de ellos en el acto. Increíble, pensó. En una ida a la tienda me he hecho más de trescientos soles. Y todavía podía sacarle más a este serrano.

¿Qué más quieres que haga?, se ofreció Puti.

Por ahora nada más. Pero tengo un canalito de YouTube en donde quiero formar un panel no sé si de deportes o de cultura o de noticias, pero te quiero ahí de todas maneras. Ya estaré en contacto contigo, mi monito de feria.

Ya, ya, señor Claudio, cuente conmigo para lo que quiera.

Listo, negro muerto de hambre, aplaudió Claudio.

A Puti le jodía que le dijeran así, aunque él sabía que era la purita verdad, pero se lo toleraba solo a aquellos que tuvieran la billetera gruesa, a aquellas ovejas a quienes pudiera trasquilarles las lanas de oro sin protesta alguna, sin que le reclamen ¡ay, por qué no me agradeciste, malo, malito, malote!

Dame tu número para estar en contacto. En cualquier momento te cae mi llamada, negro pesetero. ¿Estamos?

Estamos, excelentísimo Claudio, dijo Gonzalo, pensando en los dineros que se vendrían más adelante.

Ahora, mi monito cocotí que gusta de colgarse de mis hueví, te dejo. Tengo cosas que hacer. Dile a Máximo que te despache lo que quieras.

Luego de decir esto, Claudio sacó de otro de sus bolsillos unas llaves. Presionó un botón sobre una de ellas y una alarma se desactivó haciendo un tin tin. Gonzalo vio que el tin tin provino de un modernísimo vehículo de gruesas llantas, tan gruesas como su pedigüeña bemba. Claudio no era cualquier serrano. Era uno de los que le gustaba a Puti: un serrano con plata.

Ah, pero eso sí, añadió Claudio. Para que Máximo te despache, él tiene que comprobar algo. De lo contrario, no te dará ningún producto de mi tienda. Se lo he prometido.

¿Qué cosa, señor Claudio?, dijo Guti, verdaderamente interesado.

Acércate, negro desahuciado, dijo Claudio.

Puti se acercó a él, esperando recibir un secreto.

Cuando el empresario lo tuvo suficientemente cerca, le lanzó un contundente derechazo en la cara. Los Ray-Ban de Puti salieron despedidos por los aires y el docente cayó al suelo terroso de su barrio menesteroso.

Ahora sí, dijo Claudio, carcajeándose, satisfecho. Cuando Máximo te vea la ñata rota, te despachará todo lo que quieras. Aprovecha en llenar tu refri, negro sin moral.

Claro, claro, dijo Puti, sobándose la nariz. Lo que usted diga, amo.

Máximo, que ya había visto todo, salió de la tienda cargando las bolsas de don Claudio.

Gracias, hijo, dijo el empresario al recibir sus compras. Dale todo lo que te pida este negro muerto de hambre y lengua suelta. Lo anotas en mi cuenta. Luego se alejó hacia su vehículo. De un salto, trepó en él y enrumbó hacia su casa, erigida en uno de los distritos más clasistas de la ciudad, donde los vecinos solían referirse a él como el cholo con plata y, otros que algo de respeto le tenían, el rey de los minimarkets.