sábado, 28 de junio de 2014

La esclava de la casa

Detesto a mi esposa.

Últimamente,  la detesto con crecida frecuencia.

Mira cómo estoy.

Soy una esclava de esta casa.

Hasta las huevas estoy.

Son algunos de sus típicos lamentos.

Según ella, yo tengo la culpa de sus desgracias.

Detesto a mi suegra.

Siempre husmeando en mi casa.

Cometí el error de mudarme a cuatro casas de la suya.

Mudarme me significaba pagar 400 soles menos de renta.

Con los lamentos de mi esposa

Y las intromisiones de mi suegra

Me asfixio.

Pongo Whiskey in the jar con todo el volumen.

Bueno, volumen moderado, seamos sinceros.

No me gusta mucho la bulla.

Mi suegra se ha llevado a mi hija.

Quiere jugar un ratito con ella, ha dicho.

Mi esposa está tirada en el mueble

Conectada a su bendito celular

Y a su bendito Facebook.

Entono Whiskey in the jar.

Fuertemente.

Qué verdadera me resulta esta parte

But here I am in prison

Here I am with my ball and chain


Yeah!

viernes, 27 de junio de 2014

Esta pipa que no baja

02-06-2014


Mi pipa

Ha roto los cierres

De dos de mis tres

Únicos pantalones.

Desde enero

No he hecho otra cosa que beber Coca Cola.

Debo dejar de beber Coca Cola

O terminaré sin pantalones.

Sin pantalones no podré ir a la oficina.

Quizá sea bueno tomar más Coca Cola.


27-06-2014

Tengo pipa.

Pero parece que no tanta

Como hace una semana.

Solo he tomado agua.

Agua, agua, agua.

Tanta agua que ya me da asco probarla una vez más.

Uso este único pantalón para la oficina.

El único que me cierra

Y que sobrevivió la violencia de mi antigua pipa.

Este pantalón es ancho.

Fácilmente podría ser el pantalón de un payaso.


27-06-2014

Una y veintiuno.

Hoy no hay mundial.

Mañana sí.

Partidazo: Brasil Chile

He bajado algo de pipa.

Tengo la botella de agua a mi lado.

Llena.

Decido que celebraré la bajada de pipa

Con una Coca Cola bien helada.

Tiro el agua en el tacho de basura

Del sitio del huevón que se sienta a mi lado izquierdo.

Dejo la botella vacía sobre mi escritorio.

Cojo una moneda y voy por mi Coca Cola.

sábado, 21 de junio de 2014

Bukowski acerca de la gente

The whole place is diseased by the presence of everybody but myself. Now Linda is gonna come back. I’m not gonna be happy when she comes back. Pretend, I say hi. I just don’t want people. I only like myself. There’s something wrong with me. I don’t know what it is, but I’m not gonna try to cure it. All I want is what I am. I’m gonna keep pumping up what I love. You smell a rose up your asshole. Your asshole is dead shit to begin with. It doesn’t matter if there are roses up but, or a thorns dick.


God! You, kids, don’t understand any decency of any sort. You are just so subliminal or sublime. To whatever occurrence you just ride a tender little wave of nowhere. They have no original courage of definition. You’re all flat pancake mamas with syrup spilled over your head. You have nothing. You have no direction. You have no motive. All you want is money. You don’t even know what money is; you want it. But when you get it, you wouldn’t even know what to do with it. Just smear it up your asshole and swallow it, up your nostrils of death. 

And I know less than you either. You know I talk about it; at least I smooth it out and dance it around, which makes more sense than just letting sits down.

I’m pretty clever in spite of my dumbness. Don’t worry. I handle my asshole. Twirl, twirl.

miércoles, 18 de junio de 2014

Loreto - Fernando Ampuero



“Loreto”, la última novela de Fernando Ampuero. Le había oído en entrevistas que esta era una novela cruda y sangrienta, que se adentraba en las fauces de las pandillas de los barrios más peligrosos del Callao, aquellos a los cuales la policía tiene que entrar acompañada de soldados, y bien armados.



Leí un par de buenos comentarios en internet sobre “Loreto”.

Las novelas callejeras ochenteras que le leí a Ampuero le habían construido una sólida reputación.

Tres motivos para desear con ansias leer “Loreto”.

No lo compré. Me lo regalaron. Y lo agradezco mucho. Ya lo agradeceré debidamente (cumpliendo algunas promesas).

Lo leí en un día, en los breves intersticios que me dejaba el trabajo de oficina. Empecé emocionado: una historia callejera de Ampuero, y ambientada muy cerca de este presente. Sin embargo, la emoción se fue a pique. Si terminé de leer el libro (muy delgado, por cierto) fue más por cumplir este estúpido deber de no dejar los libros a medias.

No pasa nada con “Loreto”. Simplemente, no le creo los diálogos a Ampuero. Yo provengo del barrio. He tenido cierta esquina. Sí, no he vivido en barrios tan peligrosos como Loreto o Castilla (barrios del Callao), pero me atrevo a asegurar que ninguno de sus habitantes, sobre todo los tipos sanguinarios que Ampuero muestra en “Loreto”, habla como hablan los personajes de esa novela. Hasta mis compañeros de la universidad hablaban más lisuras y más jerga que los supuestos “tipos feroces de Loreto y Castilla”.

A Ampuero le creía su jerga ochentera. Creció con ella. Pero cuando se mete en terrenos más actuales, desbarra. Y eso hace que no me “compre” su historia, que no me crea el cuento.

En cuanto al argumento, puedo decir que no contiene emoción ni ese momentum que te puede dar una genuina historia de sexo y balas.

martes, 17 de junio de 2014

Cartero - Charles Bukowski



Como todas las novelas de Bukowski, “Cartero” es entretenida y directa; por tanto, resulta imposible dejarla de lado. Lo corto de cada capítulo hace más fácil su lectura. Estás leyendo uno y ya quieres leer el próximo. Es que cada uno de ellos va al grano y no se regodea en circunloquios. Las descripciones son escasas y, cuando las hay, precisas. Bukowski nos plantea su atmósfera con diálogos, abundantes diálogos, conversaciones muy reales, cotidianas y, por esto mismo, fuertes.



Henry Chinaski trabaja como cartero. Odia su chamba. Se ha dado cuenta de que cada uno de sus compañeros carteros, incluidos sus jefes, son unos idiotas que ven en ese trabajo, rutinario y agobiante, su principal motivación en la vida.

Chinaski bebe cervezas y apuesta en los caballos. Así se procura un breve escape de su realidad y unos dolarillos que le permiten vivir experiencias tan desternillantes como las que consigue trabajando como cartero.

Con una de las tantas mujeres que pasan por su relato (no tantas como en la novela “Mujeres”, donde Chinaski es ya un escritor reconocido y asediado por jovenzuelas que desean ser parte de los relatos vivenciales del escritor. En “Cartero”, Chinaski es un perfecto desconocido), Chinaski tiene una hija (al igual que el mismo Bukowski), a quien llama Marina Louise (el mismo nombre de la hija de Bukowski). Chinaski nos cuenta el embarazo, el parto y cómo, casi natural y pacíficamente, decide con la madre que ella vivirá con la bebe y él solo, dándole al trabajo que cada día le troncha los sueños (y el sueño). No pretendan, en ese punto del relato, hallar a un Bukowski sentimentalón. Chinaski jamás se sale de su papel de tipo duro, sabio. Sin embargo, creo percibir que, a su modo, Bukowski enternece.

El gancho de las novelas de este genio del relato sucio es su crudo y cotidiano realismo. Bukowski no se devana los sesos practicando técnicas narrativas alambicadas o vanguardistas; lo suyo es darle al lector un recto de derecha con toda la fuerza de la verdad de la vida.

Me quedo con estos extractos de la novela porque hoy, en estos momentos de mi vida, los siento muy cercanos, como si el viejo Hank me estuviera aconsejando personalmente (Hay que estar bien loco para tomar los consejos de un viejo borracho y sexópata como Bukowski).


Página 107


-¿Cómo puedo trabajar 12 horas por noche, dormir, comer, bañarme, hacer los viajes de ida y vuelta, ocuparme de la lavandería y la gasolina, el alquiler, cambiar neumáticos, hacer todas las pequeñas cosas que han de hacerse y todavía estudiar el esquema? -le pregunté a uno de los instructores


-No duerma -me dijo.


Le miré. No estaba tocando el trombón. El condenado imbécil hablaba en serio.


Página 174


Fay se quedó con la niña. Yo me quedé con el gato.


Encontramos un sitio a 8 o 10 manzanas de distancia. La ayudé a mudarse, me despedí de la niña y conduje de vuelta.


Iba a ver a Marina 2 o 3 veces por semana. Sabía que mientras pudiese ver a la niña me sentiría bien.



Página 187

Once años pasaron por mi cabeza. Había visto al trabajo devorar a hombres hechos y derechos. Parecían derretirse. Estaba Jimmy Potts, de la estafeta Dorsey. Cuando llegué, Jimmy era un tío fuerte y bien parecido con una camiseta blanca. Ahora había desaparecido. Había puesto su asiento lo más cerca del suelo posible para sostenerse mejor con las piernas y no caer redondo. Estaba demasiado cansado para cortarse el pelo y había llevado el mismo par de pantalones durante 3 años. Se cambiaba de camisa un par de veces por semana y caminaba muy lentamente. Lo habían matado. Tenía 55 años. Le faltaban 7 para el retiro.


domingo, 1 de junio de 2014

La pena máxima - Santiago Roncagliolo



Con “La pena máxima”, Roncagliolo se nos consolida como un tramador estupendo de historias de suspenso y, además, nos demuestra que el efecto narcótico y enajenante del fútbol, el deporte rey, suele ser el velo perfecto que emplean los gobiernos de tiranuelos para perpetrar fechorías, agios y matanzas.

A estas alturas del partido (para emplear términos peloteros), uno compra las novelas de Santiago porque su obra, que es diversa, extensa y, en promedio, buena, le ha redituado un público cautivo. Entonces, en mi caso, a pesar del fiasco que representó “Oscar y las mujeres”, compré, con el mismo fervor con el que acuden algunas señoritas al cierra puertas de Saga, la última novela de Santiago: “La pena máxima”.



No recuerdo muy bien la trama completa (ni mucho menos la incompleta) de “Abril rojo”, pues la leí hace mucho tiempo, cuando todavía vagaba por la universidad. Apenas algunos hitos puntuales de aquella lejana lectura perviven en mi memoria:

·      Compré el libro original (no sé con qué plata)
·      La tapa del libro era roja y había una especie de máscara en la portada.
·    El fiscal que investiga la serie de asesinatos ocurridos durante una festividad ayacuchana se llama Félix Chacaltana.
·  La historia narrada no me defraudó. Por el contrario, me hizo seguidor de la obra de Roncagliolo. Ya antes le había leído “Pudor”.  
·  “Abril rojo” no despertó en mí el interés de releerlo (tampoco pienso releer “La pena máxima”)
·      Presté mi ejemplar original a la que ahora es una ex enamorada mía (error que no volveré a cometer jamás: el de prestar mis libros). Como consuelo, pienso que ella merece conservar el libro como una especie de reparación civil por los estragos que le causé durante nuestra larga relación.

Entonces, echando mano a los vagos recuerdos de esa lectura de “Abril rojo” (novela que ganó el prestigioso premio Alfaguara de novela 2006) y comparándolos con lo leído en “La pena máxima”, me atrevería a decir que ésta, en la que también aparece un Félix Chacaltana, aunque más joven, más idealista, más castrado y más metódico, supera, digamos largamente, en construcción, en enganche, en suspenso, a la primera.

Asesinatos y secuestros ocurren en una Lima cuyos habitantes únicamente emplean sus sentidos para vibrar con cada partido que disputa, en el mundial de Argentina 1978, la “mejor selección peruana de todos los tiempos”. Cubillas, Cueto, Quiroga, La Rosa y Oblitas son algunos de los nombres que componen el equipo del Perú.

Cubillas rompe las redes de la portería holandesa y todo Barrios Altos celebra. Los gritos de felicidad y algarabía eclipsan cualquier otro sonido, incluso el que hace una bala que perfora el cráneo de un joven en el patio de una quinta. Así empieza “La pena máxima”. Y no será la última muerte del libro. Vendrán más.

A pesar de tan espléndido inicio (mezclar fútbol y sangre no está nada mal), la trama de la novela se me iba desinflando con el correr de las páginas. Pero poco iba a durar mi decepción. Luego de que Roncagliolo presenta las características y manías de su fiscal Chacaltana (un tipo empeñoso y metódico que se da de bruces con la realidad más bien remolona, pasiva y mediocre de su profesión), la novela despunta y el autor nos asalta con cada sorpresa, al mismo estilo de Agatha Christie (aunque no tanto como la maestra) para despertar nuestra curiosidad por saber quién es el malo de la película.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, y como lo deja ver Santiago en esta novela, no siempre hay malos y buenos. Tanto buenos cuanto malos actúan bajo la misma consigna: hacer lo que ellos creen que es lo mejor. Allí están los gérmenes comunistas que buscan el bien común; allí están los militares que buscan poner orden y salvaguardar la integridad del estado; allí están los ciudadanos de a pie, que únicamente quieren disfrutar en paz de sus partidos y ver al Perú campeón. Pero cuando cualquier bando se fanatiza con su consigna, los las consecuencias son, obviamente, desastrosas. 

Tras la lectura apremiante del final de la novela, no me queda duda de las hábiles condiciones de Roncagliolo para fabular thrillers. Definitivamente, sus cualidades literarias no apuntan hacia la comedia, como se nota en el esperpento “Óscar y las mujeres”.  

sábado, 24 de mayo de 2014

Crónica de una muerte anunciada - Gabriel García Márquez



«El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.»

Un comienzo kafkiano como aquel desentumece la impasividad de cualquier lector y lo encarrila en el sendero de un relato emocionante, plagado de personajes cuyos espíritus resonarán en su cabeza por un buen tiempo.

Novela breve, pero trepidante, Crónica de una muerte anunciada es el exitoso intento de García Márquez por llevar a la ficción un hecho real que ocurrió en Sucre, lugar en el que vivió una corta temporada con su familia y donde la violencia hacia metástasis aceleradamente.
Todo el pueblo estaba enterado de que los hermanos Vicario asesinarían a Santiago cual si fuera un toro en el camal. Los propios gemelos Vicario se encargaban de anunciárselo a cualquiera que se cruzara en su camino. Todos, excepto el propio Santiago, sabían sobre el sangriento acto que estaba a punto de suceder, aunque consideraban que las bravuconadas verbales de los Vicario eran producto de la borrachera del día anterior, borrachera que se habían pegado en honor de la boda de su hermana, Ángela, con un advenedizo y acaudalado empresario llamado Bayardo San Román.



Que don Bayardo descubra, en el lecho nupcial, que Ángela no era lo virgen que se suponía debía ser, desencadenará una serie de confusiones, magistralmente narradas por García Márquez, que terminarán con dos hermanos ansiosos por ver discurrir la sangre de un despreocupado Santiago Nasar.

Santiago se enteraría del peligro que corría únicamente cuando estuviera en frente de los hermanos Pedro y Pablo Vicario, éstos últimos blandiendo sendos y enormes cuchillos para destazar vacunos.


Aquellas personas que tomaron en serio las amenazas de los gemelos estuvieron dispuestas a alertar a Nasar, pero jamás dieron con él. Como dice acertadamente uno de los personajes de esta corta pero magnífica novela: «La fatalidad nos hace invisibles.»