domingo, 16 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 18


Martes 27 de setiembre del 2016

“Tú alcanzas tu perdón con esa letanía de besos.”

Charles Baudelaire – Poemas Prohibidos

Nos encontramos en el Yield Bar, en la Plaza San Martín. Tenía un trago colorido delante. Lo tomaba de una cañita. Llamé al mozo y le pedí una Pilsen helada. ¿Me acompañas al concierto de Pantera este sábado? Había un afiche en la entrada del local con la información respectiva. Ah, ya. No, yo quiero ir al otro, al de Calamaro. Es este viernes, un día antes de tu concierto.

¿Al de Calamaro?, quise saber. ¿No lo has visto? Su afiche está al lado del de tu concierto. A Rosario le encantaba la música de Calamaro. Alguna vez, hicimos el amor escuchándolo.

Vamos a ese concierto, me suplicó juguetonamente. No, qué aburrido. Si quieres, ve sola. Rosario era una de las pocas personas con las que me mostraba tal cual era; muchas veces, sin delicadeza.

Estaba preciosa. Luego de terminados los tragos y la chela, en el camino a mi cuarto, uno de los borrachos de la Colmena le silbó el culo. Qué rica tetas, mi amor, dijo otro.  

Buscamos vídeos de YouTube en su celular. No había nada nuevo. Durmamos, sugerí. Me quedé en bóxer y apagué la luz. Nos acostamos, cubiertos por la colcha, separados debajo de ella.  

Quise hacerle el amor, pero no iba a ser tan fácil. Aún seguía resentida conmigo. Intenté algo.

Rose, ¿puedes tocarme el pene? Desde su extremo del colchón, me habló claro. ¿Qué tienes, oye? Yo no te voy a tocar nada, ¿ok? Tú y yo no somos nada. Tú no eres nada mío. No quieres ser nada mío. Y yo no tengo por qué estar tocándote el pene. Me acerqué a ella. Tócalo un ratito y no te molesto más. Te lo prometo. Se negó y dijo que no hablaría más del tema. Pero, siguió.

Si fuésemos enamorados, todo sería distinto, Daniel. Esas palabras eran la brecha por donde podía infiltrarme. Rose, no digas eso. Está bien, no somos enamorados, pero lo que siento por ti sí es amor. Cambió de posición. Su rostro apuntó hacia el mío. Mentiroso, eres un mentiroso; tú no sientes nada por mí. Puse mi mano en su cintura. La dejó ahí. Calculé que debía insistir un poco más para lograr mi objetivo. El terreno empezaba a ceder. Te amo, Rose, te amo; tú sabes que solo contigo la paso bien. ¿Acaso no es a ti a quien llamo cuando me pasa cualquier cosa?

Te amo, Rose, te amo, repetí, luego de un corto silencio. ¿Estás diciéndome la verdad, Daniel? No respondí al instante. Una mentira requería de silencio antes de ser enunciada como una verdad cabal. La longitud de ese silencio dependía de la frialdad del mentiroso. Mi silencio duró segundo y medio. Era un mal mentiroso. Luego del “sí”, percibí la retirada de sus defensas. Intenté besarla para confirmar la rendición. Correspondió mi beso. Confundimos nuestras lenguas por varios segundos. Se me mojó la punta de la pinga.  

Chúpamela, ¿ya?, imploré, sin dejar de besarla. Ella me mordió los labios. Me succionó la lengua. Pasó la suya por mis labios. Los chupó como caramelos. No te voy a chupar nada, susurró. Me lamió la boca, el cuello. Bajó hasta mi pecho. Jugueteó alrededor de mi ombligo. Chúpamela, por favor, gemí, sabiéndola cerca de mi pichula.

Daniel, no mereces que te bese. Volvió a echarse en el colchón. Carajo. Tú no me amas. Yo quiero entregarme a alguien me ame. Quiero ser una enamorada, una novia; no una amante. Estaba demasiado excitado como para pensar en algo nuevo. Retomé el estribillo más fácil. Rose, Rose, te amo. Volví a tomarla de la cintura. Sentir esa piel me arrechaba. La pegué hacia mí. El pene me quedó prensado contra sus piernas. ¿Quieres ser mi enamorada?, le pregunté. Ay, Daniel, no jodas. Eso lo dices solo para que puedas cacharme y te la chupe. Tenía razón. Pero no se lo iba a decir. ¿Y si me masturbas con los pies? Rosario tenía unos pies hermosos. Casi siempre, le chupaba cada uno de los dedos. Ella les pintaba las uñas de rojo. Ese color me enloquecía. Solo eso, tus pies y nada más. Por la quietud en su respiración, intuí que estaba considerando mi propuesta. Está bien, dijo. Se me volvió a mojar la pinga. Pero no me vas a tocar, ah. Solo yo te voy a tocar con mis pies un rato y nada más. Acepté. Estaba seguro de que nuestro trato no se limitaría solamente a ese roce. Conocía muy bien a Rosario. Era tan arrecha como yo. Terminaríamos tirando. Puso la colcha a un lado. Con delicadeza, atrapó mi pinga con sus pies. Qué rico, suspiré. Sentía sus dedos, las plantas, su piel.   

Tras unos minutos del masaje podálico, se llevó una mano a la vagina y comenzó a frotarse el clítoris. ¿Qué haces?, pregunté, haciéndome el huevón. Me masturbo, pues, dijo, agitada. Si quieres, te masturbo con mi lengua, propuse. No, me dijo, tú no puedes tocarme. Estás castigado. Sí, claro. Continuó los masajes. Empezó a meterse uno, dos dedos, en la vagina. ¿No quieres que te la meta un rato? No respondió. Continuó corriéndomela y corriéndosela.        

¿Y si le das un besito a mi cabecita? Estaba excitada. Podía sentirlo. Era mi oportunidad. Solo un besito, por favor, insistí.  Está bien. Le voy a dar un besito en la cabecita y nada más, ah, dijo. Ahora, empezaría lo bueno. Cambió de posición. Se puso en cuatro y le dio un besito al glande, a la puntita, a los labiecitos húmedos. Pero, tal cual lo supuse, el besito, corto y delicado, se extendió en una de esas mamadas gloriosas que solo Rosario sabía darme. Se metió mis huevos en la boca y los tuvo ahí un rato. Volvió al pene. Se lo metió enterito. Le cogí la cabeza y la mantuve en esa posición. Empezaba a dar signos de asfixia, pero no la solté. Casi diez segundos la tuve así. Cuando la solté, su garganta explotó en un arghhh.

Terminamos tirando. Se tomó mi semen. Permanecimos desnudos, tirados en el colchón, medio somnolientos. Así estuvimos hasta que decidí lavarme la pichula. No quería manchar más la colcha ni el colchón. Ya bastante semen tenían encima.

Revisé la hora en el celular. No tenía ningún mensaje. Lo dejé cerca del colchón, en el piso. Me enrosqué la toalla y fui al baño. Me abres la puerta, por fa, le dije a Rosario. Ya, respondió. Cuando terminé, vi la puerta junta. Entré. Rosario sostenía a media altura mi celular, como restregándomelo. Así que has estado hablando con Daniela, ¿no? Putamadre. Todo volvía a irse a la mierda. Había prendido la luz y, por la rabia en sus ojos, parecía lista para estrellar el celular contra la pared o contra mi cara.

domingo, 2 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 17


Del lunes 26 al martes 27 de setiembre del 2016

“Hace unos días eras una diosa, ahora eres solo una mujer.”

Charles Baudelaire sobre la socialité francesa Apollonie Sabatier.

Pedimos un sánguche de pavo y uno de lomo saltado. Hacía calor. Ordenamos una jarra helada de chicha morada. El lugar estaba lleno. Tuvimos la suerte de hallar una mesa libre. Terminamos repletos y con cargo de conciencia. Karina redoblaría su rutina de ejercicios en el gimnasio. Yo me fajaría la panza con bolsas de basura para sudar el triple manejando al trabajo.  

Para bajar la guata, caminamos hasta la licorería de Colmena. Compramos dos vinos. No me importó que fuera lunes. Los borrachos éramos ajenos al calendario.

El colchón ya estaba en el suelo. ¿Te parece si nos quitamos la ropa y conversamos?, propuse. Aceptó. Nos quedamos en ropa interior. Serví el vino en los vasitos descartables que nos regaló el tendero. No me avergoncé de tener la pinga parada. A cualquiera se le pararía con semejantes tetas a la vista.  

Nos sentamos en el colchón. Te cuento, empezó Karina; terminé con Mark. ¿No que no estaban? Estaban y no estaban. Para ella no estaban; para él, sí. Se había puesto muy cargoso el chibolo.

Después de eso, no quedaba mucho por contar. Ahora, solo quería tirármela.

Pareció leerme la mente. Dani, ese día, no esperaba que me volvieras a hacer el amor en la mañana. Un momento; ¿a qué se refería con eso de que “me volvieras a hacer el amor en la mañana”? ¿Lo habíamos hecho dos veces? Claro, ¿no te acuerdas? La primera fue antes de dormir, luego de que bailamos; la segunda fue en la mañana, antes de que te fueras al trabajo. No recordaba nada de la primera. Incluso, le conté que le hice el amor en la mañana porque pensé que, por el cansancio, no me la había tirado antes de dormir. Y no iba a permitir que te regresaras a tu casa sin haberme comido esas tetotas. Se rio. La misma risa de los tiempos en que fuimos enamorados. Eres un loco, Dani.  

Pusiste las botellas debajo de la mesa y te me tiraste encima; me quitaste el brassier y empezaste a morderme los pechos. Te dije que despacio, pero estabas recontra arrecho. No recordaba un carajo de lo que me contaba. Era como si me estuviera hablando de otro huevón. Por más que lo intenté, ninguna imagen me vino a la cabeza.   

Entonces, cuando lo hicimos en la mañana, ¿fue la segunda vez? Karina tomó otro trago. . Yo, también. Podía sentir el vino agarrotándome los dedos, afilándome la lengua, disparándome la pichula. No estaba borracho. Estaba en mis cinco sentidos. Así debía uno cachar con una hembra: despierto. Si no lo recordabas, no había pasado.

¿Terminaste?, le dije. ¿Qué cosa?, preguntó. Tu vaso. Miró dentro de él. Sí. ¿Me sirves más? Me acerqué a ella y la besé. Le metí la lengua. Me metió la suya. La saliva le sabía a vino. Sin dejar de besarla, le saqué el sostén. Pegué mi pecho contra sus tetas. Siempre hacía eso con una mujer de tetas grandes: sentir sus pezones en mi pecho. Esos pezones son míos, alucinaba, enfermo de sexo. También, les pasaba la cabeza de mi pinga. Era como dejar mi marca en ellas, tal cual hacían los perros al orinar al pie de un poste de luz.

Le puse la pinga a la altura de su boca. Ella sabía perfectamente qué hacer a continuación. Llevábamos catorce años haciendo las mismas cochinadas. Me chapó la pinga del tronco y se la metió en la boca. Así, chupa, perra, chupa. Le saqué la pinga y le puse mis bolas. Las succionó una por una. Qué rico, carajo.

Ya había visto demasiado. Era hora de sentir; solo sentir. Apagué la luz. La puse en cuatro y me entregué a lamerle el ano. El vino me facilitaba las cosas, me quitaba lo disticoso, me hacía un valiente, un asqueroso de mierda.

Luego de media hora de lamidas y metidas, quiso venirse. La posición que le acomodaba era la misma que le conocía desde hacía tiempo. Se echó encima de mí, la pichula dentro de su vagina, y cerró las piernas. Empezó a mover la pelvis en círculos. Gimió. Mmm, mmm, mmm. Pude sentirla venirse como huayco.  

Era mi turno. Te tomas mi semen, ¿ya? Me corrí la paja mientras me besaba. Volvió a ponerse en cuatro y acercó su boca hasta la cabeza de mi pinga. Continué masturbándome sabiendo que la boca de Karina estaba a pocos centímetros arriba de la punta de mi pichula, la lengua afuera, esperando la leche. Le manoseé las tetas con la mano libre. Eran enormes y blandas. Era lo que me faltaba para darla. Ya, alcancé a decir. Sin demora, hundió la boca en mi pichula y no dejó escapar una gota del yogurt.

Luego de eso, se me esfumó el deseo de seguir tirándomela. Karina había vuelto a ser una mujer más. La única de la que no me cansaba del todo era Rosario. Eso debía de significar la comunión entre los gustos caprichosos de la pinga y la sana costumbre que el corazón siente por una mujer.

A pesar del cache y del vino, llegué temprano al trabajo. No tenía nada que hacer, así que continué revisando mi traducción del libro de McPhilips. A media mañana, me estaba quedando dormido. Fue entonces cuando Patricia se acercó a mi escritorio. ¿Me acompañas un ratito al banco? Caminar por ahí me despejaría la mente. Conversamos de cualquier tontería. La hacía reír. Otra vez, nuestros cuerpos tendían a pegarse, como imantados. Varias veces, sin intención, mi mano le rozó los muslos.

Antes de trabajar para Jean Carlo, Patricia fue boletera en un circo. El lugar le pertenecía a un popular cómico peruano que ganó notoriedad porque se tiró a su cuñada en la misma cama donde dormía con su mujer. Siempre que teníamos presentaciones, el circo se llenaba y, no me creerás, me entregaban un montón de billetes falsos. Ahí aprendí a diferenciar los billetes.   

A los vivazos que me daban billetes chuecos, se los rompía en la cara. Hablaba con vehemencia. Se metía en la piel de sus recuerdos. Esos que hacen pasar los billetes falsos van a los circos populares. No te imaginas la cantidad de billetes que rompí. Trabajó desde junio hasta agosto. No me atreví a preguntarle cuánto le pagaba el cómico, a quien jodían de serrano. Se decía de él que era bastante tacaño. ¿Lo habría sido con ella? Mi esposa solía atacarme de tacaño. Todos los cholos son tacaños, decía, antes de encerrarse en su cuarto dando un portazo.

El paseo me quitó el sueño. Regresamos a la oficina. Fui al chifa solo. Patricia había traído su táper.

Jean Carlo no se manifestó. Seguramente, había cerrado el contrato con el cliente del lunes. Debía de estar festejando. Victorio tampoco se apareció en la oficina. Continué con la revisión de la mañana. Hoy me quito temprano, pensé.

Unas horas después, el sueño regresó con fuerza. Sonó el anexo que Jean Carlo me había asignado. Rara vez sonaba. Nadie me llamaba. Era Patricia. ¿No te molesta si pongo unas canciones? No. Puso algunas salsas del recuerdo. Las cantamos desde nuestras respectivas oficinas. Volvió a sonar el anexo. ¿Qué tal? ¿Te están gustando? Sí, estaban buenas.    

Quiero ponerte unita más. Espero que también te guste. Fue un reggaetón lento. No me gustó. Volvió a telefonearme. Quiso saber mi opinión. Me encantó, le dije. A pesar de la mentira, la letra me había llamado la atención. La busqué en Google y la leí. Quiero llevarte y hacerte el amor, déjame tocarte… ¿Por qué Patricia esperaba que me gustase esa canción? ¿Quería algo conmigo? ¿Era la señal que estaba esperando? Por fuera, parecía una mormona de fe inquebrantable, pero, enfrentada a sus sentimientos por la soledad de la oficina, parecía ir revelando a la mamona que en realidad era. Dejé de pensar en ella y sus canciones. Cogí el celular y le escribí a Rosario. Quería verla; tomarme unos tragos con ella. Aceptó. Pero solo para acompañarte y ver una película. No quiero que pase nada. No mereces estar conmigo; ni siquiera tocarme, escribió. No te preocupes, le mentí, no voy a intentar nada.

domingo, 26 de marzo de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 16

Lunes 26 de setiembre del 2016

“-No te enamores de veras,
que te querrán con puñales.
Di que vas sin corazón;
porque lo dejan sin sangre.”

Martín Adán – La Campana Catalina

Mientras encaletaba el celular debajo del colchón, pensé en alguna movida inteligente. Muéstrame que estás hablando con tu mamá, exigió. Lo único que se me ocurrió fue chuparle una teta. Nos fuimos contra el colchón. Sin darle tregua, le abrí las piernas y hundí mi lengua en su vagina. No, Daniel, protestó. Te dije que no va a pasar nada entre nosotros. No me molestes. Se envolvió con la colcha y me dio la espalda. Hasta mañana, murmuró. Me había salvado.

Nos levantamos muy temprano. La acompañé al paradero de colectivos. Nos despedimos sin besos. Seguía resentida. Manejé al trabajo.

En la oficina, no pude evitar uno de los aburridos monólogos de Victorio. Algunas veces, cuando no tenía a quien joder en el teléfono y cuando llevaba una taza de café recién hecho en la máquina de Jean Carlo, se acercaba a mi escritorio y me hablaba de sus tiempos trabajando en proyectos en la sierra, en plena época del terrorismo. Luego, se mandaba una extensa apología a Alberto Fujimori. Que Fujimori liberó al país; que propició el retorno de la inversión extranjera; que su gobierno llegó a los rincones más jodidos del Perú; que gracias a él los serranos de esos lugares conocieron el agua potable y la electricidad. Yo lo escuchaba sin intervenir, implorando porque terminase pronto con sus huevadas. A Victorio le encantaba oírse.

Una hora después, llegó Jean Carlo. Estaba eufórico. Nos contó que estaba a un pelo de cerrar una suculenta venta. El cliente le había pedido una reunión ya mismo. Nos llevó en su camioneta.  

Fuimos al piso ocho de un edificio en San Isidro, distrito donde las principales compañías mineras del país tenían sus sedes. Éramos un trío que no inspiraba confianza. Yo no inspiraba confianza. La cara de Victorio tampoco. Jean Carlo sí. Él sí podía inspirar confianza. En cualquier caso, lo que mantenía vivo el negocio era la calidad de los ventiladores que ofrecíamos. Eran tan buenos que podían venderse solos.

En la reunión, Victorio empezó a hablar de más. Su función era, en principio, conseguir clientes. Nada más. Conocía a varias personas en el sector de la construcción; túneles, obras hidroeléctricas. Pero, en cuanto al tema técnico de la ventilación, no sabía un carajo. Jean Carlo, entonces, tomaba la palabra. Exponía con soltura todos los detalles comerciales y operativos. Yo aportaba poco; hablaba un par de cosas de mi experiencia en Uchucchacua usando los ventiladores de Jean Carlo.

El cliente nos pidió simular el funcionamiento del sistema de ventilación en un modelo virtual del proyecto. Jean Carlo me miró. Yo haría esa chamba. Nos despedimos. Si se cerraba el contrato, Jean Carlo ganaría unos buenos miles de dólares.

Ni bien llegamos a la oficina, me puse a trabajar en el proyecto. Lo terminé en poco más de una hora. Lo envié por correo. Jean Carlo quedó satisfecho. Se lo envió al cliente. Eran las cuatro de la tarde. Fui al chifa a almorzar. Comí tranquilamente. Chateé con Rosario y con Karina. Esta me confirmó que nos veríamos en la noche. Rosario estaba más tranquila. Se le había disipado el enojo. ¿Seguiría así de tranquila si se enterase que Karina -la chola gorda y fea de Karina, como ella la llamaba- iba a tirar conmigo en el mismo colchón donde había tirado con ella tantas veces? No tenía nada en contra de Rosario. La quería muchísimo. Pero había oportunidades que debían ser tomadas. Si no cachaba con una, dos, o tres mujeres, con uno, dos, o tres cabros, ¿de qué mierda iría a tratar El Solitario? Debía ponerle color a la novela.

Karina tenía muchas ganas de comer unos sánguches en El Chinito, una de las más antiguas sangucherías de Lima.

Llegando a Zepita, divisé a Estrella, el cabro con el que tiré alguna vez. Tenía un excelente cuerpo, pero no le ponía entusiasmo a su chamba. Era como tirar con un muerto; no se movía, no gemía, ni siquiera se daba el trabajo de fingir. Mi vida era igual a la de Estrella. A ella no le gustaba darle el culo a la gente, así como a mí no me gustaba trabajar en una mina. Por eso, renuncié a la última. Me arrepentí unos días después porque me pagaban muy bien. Pero ya era demasiada conchudez; había jugado muchas veces con esa minera. Luego de traducir el libro de McPhilips, hallé cobijo en la empresa de Jean Carlo. Me pagaba una miseria en comparación con mi sueldo de la mina, pero era preferible a no ganar un solo sol. Ahí estaban las consecuencias: vivía en un cuartito, manejaba al trabajo en una bicicleta que podía ser arrollada por una combi en cualquier momento y comía arroz chaufa a diario. Me prostituía al igual que Estrella: sin ganas y a cambio de unas miserables monedas.

Me bañé y esperé a Karina.  

domingo, 19 de marzo de 2017

El solitario de Zepita – Capítulo 15

Del viernes 23 al domingo 25 de setiembre del 2016

“Y fueron tantas mentiras, fue tanta traición, que yo ya no dudaría que sería peor”

Zero Balas – No Vuelvas Más




                                      Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=8dSHZZdy3QI

Del viernes 23 al domingo 25 de setiembre del 2016

“Y fueron tantas mentiras, fue tanta traición, que yo ya no dudaría que sería peor”

Zero Balas – No Vuelvas Más


No me atreví a besarla. Me ganaron la cobardía y el temor a su reacción. Se notaba que era una mujer de carácter. ¿Qué tal si me cacheteaba y me acusaba con Jean Carlo? Regresaría a Zepita con la cara partida y sin trabajo. Perdería por todos lados.

Me dio de probar de las tres tazas con la misma cucharita. Esos pezuñentos beberían de mi saliva. Dulce venganza.

Manejé pensando en Karina. Dentro de poco, estaríamos tirando en mi colchón. Era viernes, último día de la semana. Había licencia para beber y tirar a discreción. Me detuve cerca del parque Washington. Había sentido unos mensajes. Eran de Karina. Dannysito, lo siento. No voy a poder ir a tu cuarto como habíamos quedado. Me ganaron los preparativos para el cumple de mi hermana que es mañana.

Insistí. Le dije que se tomara todo el tiempo del mundo para que cumpliese con los preparativos de los que hablaba, pero que viniera. Yo no me hacía problemas con que se apareciese a las once o a las doce, o incluso a la una de la mañana. Yo la esperaría donde la dejase el taxi. Insistí en vano. Solo conseguí una de esas promesas que nunca se cumplían: pronto me visitaría. ¿Cuándo? Nadie lo sabía.

Llegué abatido al cuarto. Me bañé y me tendí en la cama. Le envié un mensaje a Rosario. Le pregunté qué hacía. Viendo un anime. Quise decirle: Ven; la pendeja de Karina me ha fallado. Tomémonos unas cervezas, veamos unos vídeos, hagamos el amor. Me preguntó si estaba en casa de mi mamá. Era la mentira que le había metido para reservar ese viernes con Karina. Claro, escribí. Acá estoy, tirado en el sofá. Pensé en ti y te escribí. Chateamos un toque más y me acosté. No tenía ganas de hacer nada.

Al día siguiente, dejé ropa en la lavandería. Alquilé una cabina de internet. Terminé de escribir el sexto capítulo de la novela. Abrí el blog y lo colgué. ¿Se enojaría Rosario porque la llamaba “bruja”? Sí, se enojó. Me llamó. Lloraba. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué cuentas nuestras cosas y, encima, haciéndome quedar mal? Ese día te fui a ver así como estaba. Había tenido un día pesado en la universidad. Pero como quería verte, fui como pude, porque tú eres todo lo que me importa. Y así me pagas; hablando mal de mí en público. No dije nada. Continuó vapuleándome durante media hora. Yo había vuelto al cuarto. Estaba tirado en el colchón. No volverá a pasar, le prometí. Hubo un silencio. Lo aproveché para hacer las paces. Le pedí que viniera a verme. No, gritó. Tú solo me quieres para tirar y ya. Tú no sientes nada por mí. Insistí con delicadeza. Se volvió a negar y me pidió que me largase de su vida, que la dejase en paz.   

Fui a casa de mamá. Allí estaba mi bebe. La sorprendí con lo que, entre nosotros, llamábamos “un desayuno de campeones”: una bolsita de M&M, unas papitas Lay’s y un juguito de durazno. Gracias, papi. Me abrazó y me besó.

Repetí las papas rellenas de mamá. Le quedaban siempre de putamadre. 

Al anochecer, la bebe me pidió que la llevase al Bembos de Plaza San Miguel. Tomamos un taxi y fuimos hacia allá. En qué no complacía a mi hija.  

El domingo me lo pasé durmiendo. Dejé a la bebe en casa de su mamá. No quiso despedirse de mí. Quiso que subiera al departamento, que personalmente la dejase acostadita en su cama. Lloró cuando le dije que no se podía. La familia se había roto. Regresé a Zepita y lloré en mi cuarto. La bebe era mi punto débil. Pensé en Rosario. Solo ella podía animarme. La llamé, a pesar de su pedido de que me largase de su vida. Yo sabía que lo dijo sin sentirlo; ella estaba tan enganchada conmigo como yo con ella. Nos necesitábamos. Ven, le dije, ven, por favor, me siento pésimo. Me siento vacío. No volveré a tratarte mal. Lo juro. Lloré. Le conté mi pena de todos los domingos: la separación de mi hija. Ven, Rose, por favor; te necesito. Se hizo un silencio. Ya, está bien, voy para allá. Pero ya no llores. No quiero que estés mal. Sus palabras me calmaron. Gracias, Rose, eres la mejor. Tenía un corazón de oro.

La esperé en la Plaza San Martín. La vi bajar de un taxi. Estaba hermosa; discretamente maquillada. Llevaba una blusa que le resaltaba las tetas y unos tacos que le empinaban tremendamente el culo. Se dio cuenta de que me había deslumbrado. Quería tirármela ahí mismo. No quiero que vuelvas a escribir nada feo sobre mí, Daniel; mucho menos que digas que estoy hecha una bruja.   

Compramos cuatro latas de cerveza y las llevamos a mi cuarto. Vimos vídeos en su celular. Nos secamos las latas en una hora. Hoy no va a pasar nada, Daniel. Vine para que no te sintieras solo. Solo por eso. Hoy vine como una amiga. Se había parado encima del colchón. Se desvistió hasta quedar desnuda. Me calateé a su lado. Desde mi posición, echado a sus pies, le vi la concha cerradita. La prohibición de sexo me había endurecido la pichula.

Entonces, sentí dos cortos remezones. Eran de mi celular. Me apresuré a ver quién jodía a esas horas. Eran dos mensajes de Karina. Se me heló la piel. Se me desbarató la erección. Sigilosamente, leí el primero: Amorcito, mañana te veo. Leí el otro: Nos encontramos a las ocho en Metro, ¿está bien? Rosario acomodaba su ropa sobre la mesa. Escribí un apresurado ok. ¿Quién es?, preguntó. No era tonta. Sabía que algo me inquietaba. Mi mamá, dije sin dudar. Es mi mamá, continué. Quiere saber si llegué bien al cuarto. Le he puesto que sí, que estoy bien. Rosario se arrodilló a mi lado. Sus tetas me quedaron a una lamida de distancia. A ver, muéstrame la conversación. 


domingo, 5 de febrero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 14


Viernes 23 de setiembre del 2016

“Todos mis huesos son ajenos;
yo tal vez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara ese café!”

César Vallejo – El Pan Nuestro

O sea que cuando te digo que me dejes en paz, ¿lo haces y ya? ¿No te esfuerzas por recuperarme? Había varios mensajes iguales a esos en el celular. La llamé.

¿Qué tienes, Rose?, le dije. Nada, solo que ya entiendo por qué te dejó tu esposa y por qué te botó de la casa. No eres un hombre que valga la pena. Eres un mentiroso. No me defendí. Dejé que se desahogara. Un cínico; cuando estamos en la cama me dices que me amas. ¿Por qué, Daniel? ¿Por qué decirme algo que no sientes? Era mi naturaleza. Cuando tiraba, sin el “te amo”, no se me venía la leche.

Escuché sus reproches mientras continuaba con la revisión del texto de McPhilips. Unos minutos después, se le agotaron las municiones. Aproveché el momento para conciliar. No peleemos, ¿sí? ¿Te parece si nos vemos mañana? No éramos rencorosos. Nos parecíamos en eso. Aceptó mi propuesta.

Faltaba poco para la una de la tarde. Tenía la mitad del libro corregida. Debía leer línea por línea buscando el mínimo error. Los ojos me terminaban lagrimeando. Pero era mi nombre el que figuraría en el libro como el responsable de la traducción; debía asegurarme de que fuese impecable.

Era hora de almorzar. Cerré la laptop y salí. Patricia estaba parada bajo el umbral de la puerta que daba al patio. Miraba algo. Jean Carlo y Venancio, el vigilante del local, daban vueltas alrededor de la camioneta del primero, como inspeccionándolo. Ay, Jean Carlo es bien distraído, me explicó Patricia. Dejó sus llaves dentro de la camioneta. Ahora no saben cómo abrirla sin romperle las lunas. El dueño del carro de atrás quiere salir y no puede. La camioneta de Jean Carlo bloquea el paso. Algunos obreros de la oficina vecina observaban, risueños, la escena. Uno de ellos, que llevaba una Stillson en la mano, sugirió, medio en broma, romper las lunas. Jean Carlo le arrebató la llave y la estrelló contra el vidrio de la camioneta. Nada. El golpe solo le remeció los huesos del brazo. Tranquilo, no te apures. Déjame intentar un truquito, le dijo Venancio.

¿Vas a almorzar?, dijo Patricia. , le contesté. ¿Te acompaño? Esta vez traje algo de dinero. Hoy tampoco traje táper.

Por alguna razón, caminábamos muy juntos, como si nuestros cuerpos se atrajesen, sin que ello no nos importase. Ya cruzada Guardia Civil, mi mano topó accidentalmente su cintura. Nadie dijo nada.

La tarde se me fue revisando la traducción de McPhilips. Cerca de las seis, alguien llamó a la puerta. Dos tipos buscaban a Jean Carlo. Patricia los condujo a su oficina. Luego de un rato, se acercó a mi escritorio. Qué pesado; Jean Carlo quiere que les prepare café a esos viejos. Y yo no tomo café. Ya le he dicho que no cuente conmigo para eso. Pero, bueno, hasta que se dé cuenta de que no sé hacerlo, ¿me ayudarías? La máquina de café de Jean Carlo era el juguete favorito de Victorio. También aprendí a usarla, aunque tomar café no era lo mío. Ok, te ayudo. Vamos.    

Mamá y papá me pagaron una costosa universidad para que terminase sirviéndoles café a un par de pezuñentos con ínfulas de grandes empresarios. 

¿Qué te ha pedido?, le dije. Un americano y dos capuchinos, contestó. Ya, listo, no hay problema. Ahorita los hacemos. Nos reímos. Reunió los ingredientes en la mesa: agua, azúcar, café, leche, papeles filtrantes, tazas, cucharitas. Empecé la preparación. Era muy fácil. Hice algunas payasadas para arrancarle unas cuantas risas y relajarla.  

Dispuse las tazas en fila para que Patricia les echase las cucharadas necesarias de azúcar. ¿Cuántas pongo? Yo solía ponerle tres a las mías. Puso tres en cada taza y revolvió. Sacó una cucharada del capuchino y me la acercó. Prueba; por mi religión, no puedo tomar ni una gota. De algún modo, había logrado que me tuviera la confianza suficiente como para darme cosas en la boca. Probé. Está rico, le dije. Me abrazo. Ay, gracias, gracias. Te debo una. Estábamos a un beso de distancia. Nos miramos los labios. ¿Era la señal de que ella también le entraba a la huevada? ¿Y si la besaba?  

domingo, 29 de enero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 13

Del jueves 22 al viernes 23 de setiembre del 2016

Oh, dark grin, he can’t help, when he’s happy looks insane.


Pearl Jam – Even Flow

                                      Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=CxKWTzr-k6s
                                                       PearlJamVEVO

Pensó encontrarme gordo y derrotado. Estás flaco, me dijo. Mucha paja, seguramente, agregó. Me la corro todos los días, sin falta, le confirmé. Caminábamos por Alfonso Ugarte. Pero flaco, flaco no estoy, huevón, le dije. Qué más quisiera yo, continué, repitiendo a Machado. Enrique sí que estaba gordo. No era el mismo de la universidad; ahora, tenía la cara redonda, los ojos más pequeños y la espalda encorvada.

Le propuse trabajar en una de las mesas de El Chanchito. Pero vamos a tu cuarto, pe, protestó, al ver que el lugar que le señalaba no le parecía del todo seguro. Mi cuarto es una ratonera, huevón; acá está bien. El Chanchito tenía libres sus seis mesas. Ocupamos una. ¿Quieres algo? Enrique sacó su laptop de la mochila. Se cagaba de miedo. No, nada; estoy misio, contestó. Yo tampoco quería nada; me había acostumbrado a pasar las noches en ayunas. Revisé mis bolsillos. También estaba misio; solo tenía una moneda de cinco soles. Había olvidado la billetera en el cuarto. ¿Quieres una gaseosa? Aceptó. Una gaseosa, por favor, pedí.

Me explicó las dudas que tenía con respecto al modelo. Más que dudas, eran grandes vacíos teóricos y prácticos. Me había comentado que debía presentar el trabajo muy temprano al día siguiente. Pero si te falta bastante, observé. Ya qué chucha; voy a terminarlo como pueda con lo que me orientes. Total, me están pagando una miseria por esta chamba, alegó. ¿Este no es el proyecto de Samuel Dicente? ¿De una mina colombiana? Se le abrieron los ojos. Sí, ¿cómo sabes? Le conté la historia.    

Media hora después, cerró El Chanchito. Fuimos a mi cuarto. Contra lo que creí, Enrique pudo trabajar cómodamente. Se fue cerca de las once de la noche. Resolvimos sus principales dudas, pero aún le faltaba mucho para terminar el proyecto. ¿Terminaría a tiempo? Ya veré qué chucha hago. Total, el huevón de Samuel me dio esta chamba a última hora y, encima, me quiere pagar una mierda.

Lo acompañé al paradero. Tomó un taxi. De regreso en el cuarto, me tiré en el colchón y traté de engancharme, sin éxito, con una novela. Pensé en Rosario. La llamé. Estaba tranquila. Al parecer, había olvidado el incidente con Karina. Veía El Rey León en la tele. Esta película siempre me recuerda a mi papá, me confió, la voz nostálgica. Su padre falleció cuando ella tenía doce años. Nunca se recuperaría de esa pérdida. Así que déjame tranquila, Daniel. Voy a seguir viendo mi película. Suerte con tu puta. Rosario no lo sabía, pero al día siguiente me vería con esa puta.

Antes de montarme en la bicicleta, le escribí a Karina. ¿Vienes hoy? Esperé un par de minutos antes de empezar a manejar. Claro, amor, contestó. Guardé el celular y manejé tranquilo.

En la cuadra once del jirón Chota, me topé, como todas las mañanas, con el escuadrón de limpieza de la Municipalidad, hombres y mujeres en uniformes anaranjados, que empuñaban largas escobas y arrastraban altos tachos de basura. Llegaban a su base. Se pondrían sus ropas de civil y viajarían a casa en el transporte público. Sus rostros eran sanos, incluso alegres, jamás resignados. Verlos me enseñaba que no había que quejarse, porque ni los que le quitaban la mierda a la ciudad lo hacían.

domingo, 15 de enero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 12

Jueves 22 de setiembre del 2016

“Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas.”

Santa Teresa de Ávila – Las Moradas Del Castillo Interior

Media hora después, llegó Patricia. La saludé. Fue al baño y salió al cabo de un par de minutos; el cabello húmedo, los rulos brincando con cada paso. Me gustaba, pero con cautela. Me atrevería a besarla solo si detectaba que le entraba a la huevada, al coqueteo. Mientras tanto, me dedicaría a trabajar. No tenía ningún apuro.  

¿Dónde almuerzas? Estaba parada bajo el pórtico que comunicaba su oficina con la mía. Estábamos solos. Jean Carlo solía aparecerse por las tardes; era su empresa y podía llegar cuando le diera la gana. Victorio se había retirado muy temprano; no era el dueño, pero actuaba como si lo fuera. En un chifa, aquí enfrente, cruzando la pista, le dije. ¿Puedo acompañarte?, preguntó. Hoy no pude traer mi comida, agregó, como excusándose. Solía almorzar en el kitchenet de la oficina. Todas las mañanas, guardaba su táper en la refrigeradora. 

La china del chifa ya me conocía. Sabía perfectamente mis pedidos: arroz chaufa y sopa wantán. Pero no sabía los de Patricia como sí los de Rosario, quien me había acompañado en más de una ocasión. ¿Qué le sirvo, señorita? Patricia examinó la carta. A un lado de la mesa, aguardaba la china. No llevaba ni libreta ni lapicero; todo lo registraba en la memoria. Era una mujer bastante hábil.

Eligió un arroz chaufa. Lo demás está muy caro, susurró. ¿Estaba segura de que solo un chaufa? , volvió a susurrar. ¿Y qué le parecía un tipacay?  Buscó el precio del tipacay en la carta. Se le abrieron los ojos. Muy caro. Aunque le hubiera gustado probarlo. Entonces, prueba el tipacay, la animé. Pero no me va a alcanzar, replicó. No te preocupes; yo te invito. Tú me invitas otro día. Una vez oídos los pedidos, la china voló a la cocina.

Los platos llegaron rápido. Pedí una Inka Kola heladita de medio litro. ¿También quieres una Inka? No; prefería una botella de agua mineral. Las gaseosas hacen daño.

Le eché dos cucharadas de ají a la sopa, tal cual aprendí de Rosario. El líquido, que humeaba, se tiñó de amarillo. Mojé la punta de la cuchara y la probé. Me quemó. Aparté el tazón de sopa y acerqué el chaufa. No podía esperar más. Me cagaba de hambre. Hundí la cuchara en el montículo de arroz y me la llevé a la boca. ¿Qué haces?, me detuvo Patricia. Primero, tenemos que rezar. Debemos encomendarnos a Dios y darle las gracias por los alimentos. Imité la postura que adoptó. Entrelazó sus dedos y apoyó la frente en ellos. Cerró los ojos. Padre celestial, te damos las gracias por estos alimentos que vamos a tomar. También, te agradecemos por concedernos otro día más de vida, rodeados de las personas que más queremos. Por favor, danos fuerzas para persistir en tu fe y continuar tu apostolado. Amén. No se persignó. Yo sí. Empezó a comer. Está muy rico, dijo, tras probar el tipacay.

Patricia era mormona. Sus padres la bautizaron en el catolicismo, pero no se preocuparon por inculcarle los ritos propios de esa religión. Patricia, entusiasta natural de la justicia social, asistió por cuenta propia a la iglesia. Halló demasiada hipocresía. Al terminar el colegio, se afilió a un culto evangélico. Formó parte del coro de la secta.

En el coro, conoció al chico que la embarazaría. Dejó de concurrir a los cultos por encontrarlos menos interesantes que las salidas que le proponía el futuro padre de su niña.

Fue en casa de una tía de su novio donde Patricia quedó preñada. Hasta esos detalles me relató. Yo la escuchaba con atención. El tipo la abandonó al poco tiempo. Se desentendió de ella y de la niña, que apenas tenía tres meses en el vientre de Patricia. No se apareció más. Se esfumó. Patricia no intentó buscarlo. Se refugió en su fe, pero, sin un templo al cual acudir, se sintió indefensa. En esa búsqueda de apoyo, se hizo mormona. Los ritos de este último credo le sentaron perfectamente. Los mormones le brindaron aquello que Patricia siempre buscó: pureza corporal y espiritual. Se le prohibía beber café, té o licor. Eran drogas condenables que, aún en mínimas proporciones, pudrían el cuerpo. También, debía conservarse pura hasta el matrimonio. Sus pensamientos debían girar en torno a Dios. Se prefería que su futuro esposo también fuese mormón; ello evitaría el peligro de apartarse del credo de la salvación.

¿Y tienes enamorado?, le pregunté. , respondió, y también es mormón. Es más, nos vamos a casar en diciembre. La felicité, que era lo que las convenciones dictaban ante tal clase de noticia. ¿Hace cuánto tiempo que son enamorados? Sacó la cuenta. Iban a cumplir un año. ¿Y tan rápido se van a casar? Sí. ¿Y en ese año no han hecho nada de nada?, me atreví. Sonrió. Me palmeó el hombro. No, no había pasado nada. Se mantenía casta, tal como lo disponía la iglesia mormónica. Qué raro, insistí; uno, al fin y al cabo, es de carne y hueso. No veo nada de malo en que una pareja haga el amor antes de casarse. Me la imaginé tirando conmigo, sacándole la vuelta a su fe y a su futuro esposo. No, por supuesto no hay nada de malo; pero mi novio y yo tratamos de vivir de acuerdo con lo que ha dispuesto Dios. Sí nos damos algunos besos; pero cuando sentimos que la situación puede pasar a mayores, cada uno se va a su casa. Fingí sorpresa: ¿Qué? ¿No conviven? No; ella y su hija vivían en la casa de una tía, y él, en la de su mamá. Muy mal, muy mal, observé. Te aconsejo que convivan. Es la única forma de conocer a la persona con la que te vas a casar. Le conté de mi fallida experiencia matrimonial. Conocí a mi esposa en noviembre del 2011. La embaracé en junio del 2012. Nos casamos en octubre de ese mismo año para terminar en la calle, por infiel, cuatro años después. ¿Veía? Nos habíamos casado sin conocernos, sin haber vivido lo necesario. Dijo que eso no le pasaría a ella, porque el Espíritu Santo fortalecía su relación.

Oye, me dijo, vi que tienes tatuajes. La Inka Kola helada era el perfecto complemento de un buen arroz chaufa. Sí, tengo los brazos llenos de rostros de escritores. Quiso saber por qué. Me remangué los puños de la camisa y le mostré los rostros que quedaron descubiertos: Palma y Bayly, en el derecho; Zweig y Maupassant, en el izquierdo. Y por aquí, señalé las partes todavía cubiertas, tengo más. ¿Pero por qué escritores?, volvió a preguntar. ¿Te gusta leer? Por supuesto, pero los tatuajes eran parte de una estrategia publicitaria para cuando publicase mi primera novela. ¿Escribes? ¿Qué escribes? Las cosas que me pasaban. ¿Te pasan cosas interesantes? No muchas. Desinteresada en el tema de mi novela, reincidió en los tatuajes. Los mormones prohibían los tatuajes. El cuerpo del hombre es el templo de Dios, es Su hogar. Por eso, siempre debemos mantenerlo limpio. Imagínate que tienes tu casa y la pintas de blanco, y al día siguiente alguien te la garabatea, no te gustaría, ¿no? Refuté su ejemplo. Sí, pero hacerse un tatuaje no es dejarse garabatear cualquier cosa por alguien; es dibujarse algo que tú siempre has querido llevar en el cuerpo. Se supone que es un adorno y no un dibujo mal hecho o impuesto. Igual que en una casa, uno pone cuadros y pinturas para adornar las paredes. Patricia no supo qué decir. Fue raro, generalmente, yo perdía las discusiones con cualquiera. Lo usual era quedarme callado y sin respuesta, y ésta solía ocurrírseme varias horas después de terminada la discusión.

Más tarde, corrigiendo el texto de McPhilips, me cayó un mensaje de Enrique Bruces. Enrique había sido uno de mis pocos amigos en la universidad. Era un tipo generoso. Siempre que íbamos a chupar, empleaba las pocas monedas que tenía en la compra de trago. Muchas veces, se quedaba sin dinero con que regresar a su casa. No le quedaba otra que dormir en el parque enfrente de la universidad.   

No lo veía desde la ceremonia de mi casamiento. La reunión terminó al poco rato de empezada; Enrique, bastante bebido, reaccionó ante las provocaciones de uno de los tíos de mi esposa, que también estaba hasta la madre de borracho.  

A Enrique le urgía verme. Yo sospechaba el motivo de la urgencia. La historia iba así: El jefe que mi hermano y yo tuvimos en VISA, Villanueva Ingenieros S.A., Samuel Dicente, me había llamado hacía tres meses, cuando mi consultora tenía dos de creada. Le pareció estupendo que hubiésemos fundado una empresa dedicada al rubro en el cual nos habíamos especializado: la ventilación de minas. Quiso ser socio de la consultora. Por aquellos días, Miguel, mi hermano, realizaba un trabajo de consultoría en una mina de Cerro de Pasco. Le comenté la idea de Samuel. Le pareció que su incorporación le traería bastantes clientes a la empresa. Se suponía que Samuel tenía contactos en la minería. Yo, sin embargo, albergaba ciertos temores. Samuel había sido gerente en VISA. Era lógico que también buscara serlo en nuestra consultora. Y no era que me importasen demasiado los cargos, sino que si alguien que no era ni mi hermano ni yo ocupaba un puesto gerencial en la consultora se sentiría con pleno de derecho de ir dando órdenes. Samuel me citó en varias ocasiones para tratar los temas legales de su anexión a la empresa. En cada reunión, me comentaba los planes que tenía para gestionar la consultora. Decía que le inyectaría una cantidad importante de dinero para convertirse en socio principal y dueño. Además, nos conseguiría una oficina en la que tendríamos que reunirnos, como mínimo, una vez por semana. El local era propiedad de su mamá. Todas esas medidas atentaban contra el espíritu original de la empresa que fundé caminando bajo un sol inclemente, los huevos y los pies sudándome sin tregua.

Mi hermano asistió a una de las últimas reuniones propuestas por Samuel. Rápidamente, cambió de parecer. La anexión de nuestro antiguo jefe eliminaría nuestra libertad. Terminaríamos siendo sus esclavos. Entonces, nos pusimos de acuerdo: alguien tendría que decirle que se cancelaba su incorporación. El encargo recayó en mí. Le comuniqué nuestra decisión por correo. No me hubiera atrevido a decírselo por teléfono; mucho menos personalmente. Samuel entendió.   

Sin embargo, en uno de nuestros pasados encuentros, Samuel nos comentó que un amigo suyo, que trabajaba en una mina colombiana, le pidió que evaluara su sistema de ventilación. Voy a necesitar, nos dijo a mi hermano y a mí en una sanguchería de La Victoria, que me ayuden con el modelamiento en el software. Luego del correo que truncaba su anexión a nuestra consultora, no volvió a mencionar el proyecto colombiano. No volvió a decir una palabra de nada.

Deduje que Dicente había contratado a Enrique para que le ayudase con el proyecto. Enrique, que no sabía mucho de modelamiento, requería mi apoyo. Me pareció lógico y evidente. Acepté reunirme con él. No me confirmó las sospechas. No dijo nada de Dicente. ¿Dónde nos encontramos?, preguntó. En el cruce de Zepita con Alfonso Ugarte, en el Centro de Lima, le respondí.

Dieron las seis y salí de la oficina. En dos horas, me encontraría con Enrique. Lo ayudaría sin pedirle nada a cambio. Era lo menos que podía hacer por alguien que arriesgó todas sus monedas en pos de unas botellas de ron que tomábamos luego de las clases en la universidad.