miércoles, 13 de septiembre de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 23


Del sábado 01 al domingo 02 de octubre del 2016

Madrugada. La chica al fin revienta
En sollozos, lujuria, pugilatos;
Entre olores de urea y de pimienta
Traza un ebrio al andar mil garabatos.

César Vallejo –Terceto Autóctono

El concierto había terminado. Salí empapado. Rosario se había tomado cuatro chilcanos. Quería continuar bebiendo. Yo también. Las cervezas que me invitó las había sudado en el concierto.

Busquemos algún lugar. Es sábado y estamos en el Centro, me dijo. Caminamos deprisa. Rosario sabía que me cagaba de miedo; podíamos toparnos con algunos de los locos que había insultado el día anterior.

Nos metimos en el bar del hotel Bolívar, famoso por sus piscos sours. Hay que tomarnos un chilcano, dijo Rosario. ¿Otro? Te has tomado varios en el concierto, le recordé. Yo invito, contrarrestó. Pidió dos chilcanos. Conversamos. Un chico me estuvo coqueteando en el concierto. Estaba hermosa. Ella sabía que sus historias de seducción me arrechaban. Era un chico blancón; muy diferente de los cholos con los que te mezclabas. Me preguntó si estaba sola. Le dije que había venido con un amigo. “¿Y dónde está tu amigo?”, me preguntó. “Ahí, en primera fila”, le contesté. La animé a continuar su relato.

Me invitó un chilcano, pero no se lo acepté. Le dije que yo misma podía pagarme mis cosas. Me dijo que le gustaban las mujeres independientes y lindas. Me gustaba su cabello. Era medio castaño y enrulado. Lo tenía larguito. Conversamos mucho.

¿Cómo así no te vi con él?

Porque tú estabas adelante, saltando y gritando como un loco.

Le hubieras sacado el número, pues. ¿Y si ese chico era el amor de tu vida?

Rosario hizo una mueca apenas perceptible, pero contundente. Le jodía que la entregara fácilmente a los brazos de otro. Ella quería que me encabronara, que la celara, que le preguntara quién carajos era ese huevón que la había estado gileando, quién, quién, para sacarle la mierda. Con un sorbo más de su chilcano, se tragó el sapo y saltó a otro tema.

Me faltó contarte algo sobre el robo de tu celular.

Le dije que, si se trataba de alguna otra estupidez que había hecho, prefería no saberlo. Ya bastante trabajo me estaba costando olvidarme de todo aquello; mejor dicho, de todo lo que ella me había revelado, porque, hasta ese momento, aún no recordaba nada de nada.

No. Tiene que ver con encontrar a la persona que te robó el celular. Es más, creo que existe la posibilidad de que puedas recuperarlo.

¡Mierda! Eso sí que me interesaba. Ya tenía un nuevo celular. Había recuperado mi antiguo número. Rosario me había ayudado con los trámites durante la mañana. Pero recuperar mi viejo celular era lo que realmente me aliviaría. En él estaban almacenados todos los vídeos sexuales que protagonizamos Rosario y yo. Mi miedo era que esos videos se divulgasen o, peor aún, que alguien me chantajease con enseñárselos a mi esposa. Si ella los veía, me olvidaría de mi hija para siempre. Ella se encargaría de eso, de alejarla de mí.   

Luego del robo, caminamos hasta tu cuarto. Un chico estaba sentado al pie de la puerta de una de las casas vecinas. Me dijo que sabía quién te había robado. Lo había visto todo. Tú estabas a mi lado, como dormido. Las baterías se te habían acabado. Ni siquiera estabas consciente de que te habían robado. Era como si, al doblar la esquina, el asunto se te hubiese olvidado.

¿Qué te dijo el pata?

Me dijo que te robó una chica conocida como “la carnada de la Sara”.

¿La carnada de la Sara? ¿Qué mierda es eso?

Supuestamente, es una chica que trabaja para una tal Sara.

¿Y cómo vamos a ubicar a esa chica o la tal Sara? Tú, que tienes buena memoria, ¿te acuerdas de la cara de la chica? Si la tuvieras enfrente, ¿la reconocerías?

Claro que la reconocería. Yo nunca olvido una cara.

El chico le dijo que me había visto varias veces por la cuadra. Le preguntó si yo era inquilino de Jaime. Ella le dijo que sí. El chico inspiraba confianza. El colorao sabe quién es la carnada y quién es Sara, le dijo el muchacho. El colorao era Jaime.  

Jaime conoce a todas las chicas que estuvieron esa noche. Sara es como que la mami.

¿Y esa tal Sara estaba ahí esa noche?

No, no estaba. Solo estaban las chicas de Sara. Pero la que te robó es como que la más allegada a ella. El chico, muy amable, me dijo que le hablaría a Jaime para que trate de recuperar tu celular. También me dijo que todos en el barrio saben que nadie se puede meter con los inquilinos de Jaime. Es como una ley. Me dijo que a la Sara no le va a quedar otra que devolverte el celular.

Volví a sentir pánico; mis vídeos sexuales podían hundirme en cualquier momento. Estaban en las manos más inescrupulosas del mundo.

Salimos del bar y buscamos una discoteca. Llegamos a una en el cruce de Camaná con Quilca, en la esquina opuesta a la del Queirolo. Un tipo alto, moreno, de camisa a rayas, parado a la puerta, invitaba a los transeúntes a pasar. Adelante, adelante, precios de inauguración.   

La cerveza era barata. Yo invito las dos primeras, le dije a Rosario. Nos acomodamos en una de las tres mesas disponibles. Antes de pedir las chelas, Rosario me encargó su bolso. Debía ir al baño. En la mesa de enfrente, un tipo blancón, de casaca de cuero, bebía con un par de mujeres gordas. Fumaban. Cada tanto, soltaban potentes carcajadas. El tipo, sin embozo alguno, no dejaba de mirarme. Tenía la pinta de ser cabro. Rosario salió del baño y ocupó su asiento, dándoles la espalda al grupo del tipo de casaca. Fui por las chelas.  

Terminadas las cervezas, cogí una botella vacía y me puse a cantar. Sonaba un tema de Soda Stereo. La gente bailaba. Rosario, luego de asegurar su bolso, se paró a mi lado y empezó a moverse delicadamente.

Cuando pusieron Your Love, de The Outfield, extremé mi performance. Me sabía la letra de memoria. The Outfield era una de mis bandas favoritas. Mucha gente dejó de bailar y empezó a aplaudirme. A media canción, se me acercó el tipo de casaca. Cantas muy bien, me dijo. ¿Perteneces a alguna banda? Negué con la cabeza y seguí cantando. El tipo permaneció cerca de mí, observándome. Algunos patas me acercaban vasos de cerveza, felicitando mi desenvolvimiento. Una de las amigas del tipo de casaca se acercó a Rosario y le dijo algo al oído. Rosario le contestó de la misma forma, al oído. Luego, la gorda se acercó a mí. ¿Puedo bailar con tu amiga?, me preguntó. Sí, no hay problema, le dije. La otra gorda, sin que me hubiese dado cuenta, se me acercó por detrás, me cogió de la cintura y me estampó un beso en la cara. Regresó a su sitio cagándose de la risa, acompañada del tipo de casaca.    

Ya no podía estar ahí. La gente se había amontonado en torno a mí. Además, tenía a la gorda del beso pegándoseme; el cabro de la casaca observándonos desde su asiento, fumando un enésimo cigarrillo. Rosario bailaba cómodamente con su nueva amiga, muy cerca de mí. De rato en rato, me miraba, divertida. La gorda trataba de enamorarla. Rosario recibía los cumplidos con amabilidad. Tu enamorado tiene suerte, le dijo. No es mi enamorada, me entrometí. Está libre, añadí. Rosario me traspasó con la mirada. No le gustó nadita que la ofreciera así, como si me importase un carajo.

Siguió una canción de El Tri. Dejé la botella sobre una mesa y me senté. Nunca me gustó El Tri. La gorda le dejó un beso a Rosario y regresó a su sitio. Eres hermosa, alcanzó a decirle. Cinco minutos después, se entrometió en nuestra mesa. Nos propuso, como si fuésemos amigos de toda la vida, que nos mudásemos a La Jarrita. ¿La conocen? Está aquí, no más, en la siguiente cuadra de Camaná. El cabro y la otra gorda se unieron a la invasión. Insistieron con ir a La Jarrita. Ya era mucha huevada. Me había molestado lo conchudos que eran. Tomé de la mano a Rosario y me paré. Gracias, pero nosotros nos vamos. Rosario cogió su bolso y salimos. No se vayan, no se vayan; conversemos, dijo el cabro.

Unos metros antes de llegar a Wilson, Rosario estalló. Ahora me acuerdo de La Jarrita. Tú la mencionas en tu novela. Entonces, existe; es real. ¿Has estado ahí, Daniel? Has tirado con cabros, entonces. Por supuesto que no. Conocía La Jarrita. Había estado ahí, sí. Pero investigando para la novela. No había tirado con nadie, Rosario. No se creyó mis mentiras. Dime la verdad, por favor. Podrías estar enfermo. Podrías contagiarme algo. Eso sí que no. Siempre usaba condón. Esto, obviamente, no se lo dije. Empezó a llorar. Procuré tranquilizarla. Caminó más aprisa. Me obligó a correr detrás de ella. Le pedí que se calmara, que no pensara huevadas.

Llegamos al cuarto y Rosario se quitó la ropa. Voy a dormir. No quiero que me molestes, dijo. Dejé las llaves, la billetera y el celular sobre la mesita blanca. No te voy a molestar, le dije. Solo quiero que te tranquilices, por favor. Voy al baño. Ya vuelvo. Fui al baño. Oriné. Oriné bastante. El chorro no paraba. Era relajante mear con tal potencia y duración. De pronto, alarmado, recordé haber dejado el celular a merced de Rosario. Carajo. Sin embargo, casi al mismo tiempo, reparé en que el celular era nuevo; no tenía conversaciones que ocultar. Continué meando. El chorro terminó por cortarse. Me sacudí el pene antes de guardarlo. No había peligro con el celular. Me lavé las manos y la cara. 

Encontré a Rosario con mi celular en la mano. Miraba la pantalla con repulsión. Alzó la vista y me clavó su indignación y su rabia. La escena se repetía, pero ahora no entendía por qué. Di un paso y ella me detuvo alargando el celular. Era una llamada entrante, en progreso; el nombre de Karina rutilando en la pantalla. ¿Para qué mierda me llamaba esa puta? Voy a decirle a esta perra que no te vuelva a llamar, gritó. Sí, contesta, dile eso, la reté. No me importaba que lo hiciera. Ya había tirado con esa perra. No la necesitaba. Es más, me hubiera gustado que Rosario le dijera un par de cosas a Karina. Lo que sí temía era lo que Rosario pudiera hacerme; que se alejara de mi lado definitivamente, por ejemplo. Contesta, contesta, insistí. Para que veas que esa perra no me interesa. ¿Ves? Ella es la que me llama; no yo. Podía adivinar que quería partirme la cabeza con el celular.     

Dudó. No supo qué hacer. Entonces, traté de arrebatarle el celular. Forcejeamos. Caímos sobre el colchón. Ella encima de mí. Contéstale a esa perra, contéstale, gritaba. Quiero que sepa que estás conmigo. La puta de Karina seguía insistiendo en el teléfono. Contéstale, carajo, ordenaba Rosario. Lloraba. Reuní fuerzas y me sobrepuse. Ahora, yo estaba encima de ella. La dominé con una mano y con la otra puse a buen recaudo el celular. Cálmate ya, le increpé. Estás gritando. Vas a despertar a los vecinos. Ahogó sus gritos, pero continuaba el llanto. Le dije que me quitaría de encima si prometía que dejaría de joder. Hizo un gesto que interpreté como una afirmación. Quedó tendida sobre el colchón; las hermosas tetas al aire, la vagina cubierta por el hilo negro. Se cubrió el rostro con las manos. El llanto se convirtió en un murmullo. Me senté en un extremo del colchón. Ya se le pasará, pensé. Me quité el pantalón y el bóxer, y me tendí. El colchón era tan grande que cabíamos los dos sin que nos tocásemos. Rosario se levantó y fue hacia la mesa. Acomodé la cabeza sobre mis brazos. Podía verla en su integridad. Me arrechaba la manera en que le colgaban las tetas; el hilo del calzón ocultándose entre las nalgas, lamiéndole el ano. Después de todo, terminaría tirando con ella, pensé. Luego de la tempestad, asomaría la quietud. Pero ¿qué mierda habría querido decirme la perra de Karina?  

Con una rapidez seguramente espoleada por su frustración, cogió mi celular, y huyó del cuarto. No lo dudé un segundo y, desnudo como estaba, corrí tras ella. Nuestros pasos retumbaron en todo ese segundo piso. Estaba seguro de que los vecinos aguardaban detrás de sus puertas, las orejas atentas a cada uno de nuestros movimientos, esperando por los insultos, los golpes y la sangre. Con un pie certeramente colocado, evité que se encerrase en el baño. Dame el celular, dame el celular, le dije. No, no, yo voy a llamar a la perra de Karina para decirle que no te vuelva a llamar nunca más. Con todas mis fuerzas, lancé el hombro contra la puerta. Rosario cayó contra el suelo del baño, el celular aún en la mano. Volví a forcejear con ella.  Luchamos al pie del wáter. Nada nos importaba. La adrenalina y el alcohol nos habían convertido en sus títeres. Voy a llamar a tu zorra, gritaba. Cállate, cállate, le ordenaba, sin levantar la voz. Eran suficientes sus gritos. Me van a botar de este cuarto por tus escándalos. La tomé del cuello. Quise ahorcarla. Los vecinos le irían con el chisme a Jaime y terminaría en la calle, sin cuarto y sin historias que contar, sin novela, sin nada. Quise presionarle el cuello, pero me contuve. Presioné, en cambio, su muñeca. Puse mucha fuerza. Recuperé el celular. ¿Por qué juegas conmigo, Daniel?, lloró, vencida, haciéndose un ovillo en el suelo cochino del baño.  

No tengo adónde ir, le dije, ya en un tono conciliador. No quiero que me echen de este lugar. Le tendí una mano. Vamos, le dije. Vamos a dormir. Ya es tarde.     

Rosario se cubrió con la colcha. Me eché a su lado. La abracé por detrás. Hacía unos minutos, el cuarto había sido un concierto de gritos; ahora, imperaba un silencio monacal. La abracé fuerte. Quise decirle que la amaba, pero, en esos momentos, aquello hubiera parecido un chiste de mal gusto.

jueves, 10 de agosto de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 22


Sábado 01 de octubre del 2016

¡Oh, monje holgazán! ¿Cuándo sabré yo hacer
Del espectáculo vivido de mi triste miseria
El trabajo de mis manos y el amor de mis ojos?

Charles Baudelaire – El Mal Monje

Llegó un momento en que no paraste de hablar. Paul solo te escuchaba.

Te movías y te movías. Paul no te decía nada porque te tenía paciencia, pero, la verdad, era que estabas bien, pero bien espeso. Daban ganas de meterte una cachetada. Así que yo te decía “Daniel, no te muevas. Mira que va a salir mal la carita de tu hija.”

“Me va a doler, me va a doler”, gritabas. Me dabas risa, oye. Paul te decía “tranquilo, tranquilo, va a ser rápido, no te va a doler nada”, pero tú dale con seguir quejándote. Entonces, yo te mire bien seria y te dije que te comportaras. Y te calmaste, oye. Será porque te hablé fuerte. ¿En serio no te acuerdas de nada de lo que te estoy contando? Bueno, Paul te hizo así el labio y te clavó la aguja. Luego, te metió rapidito el primer aro. Cuando te soltó el labio y se preparó para hacerte el otro huequito, tú dijiste “¿qué? ¿Ya?” Estabas feliz porque no sentiste nada. Seguramente, a esas alturas ya estabas totalmente anestesiado por los vinos que te habías tomado.

¿Dos? No, fueron CUATRO los vinos que te tomaste. Compraste dos más. Bueno, me mandaste a comprar a mí. ¿No te acuerdas? ¿En serio? Espera, espera, espera. Tú me mandaste a comprar tres botellas. O sea, iban a ser CINCO y no cuatro. Pero ¿sabes qué pasó? Rompiste una. La habías dejado sobre el filo de una mesa. En una de esas que te moviste mientras cantabas tu Pearl Jam, le diste una manazo y todo el piso de Paul quedó oliendo a vino.

Saliste feliz con el tatuaje de tu hija. “Quiero que todo el mundo la vea. Quiero que el mundo vea lo hermosa que es mi bebé.” Y te quitaste el polo. Yo te decía “Daniel, cállate. Ponte el polo.”, pero tú, terco, hiciste lo que te dio la gana. Te daba igual que la gente te mirara. Serían las doce de la madrugada.

Habían locos en la Plaza San Martín. Varios grupos. Tú te acercaste a uno de ellos. Creo que hablaban de religión. Los escuchaste un ratito en silencio. Luego gritaste “Dios me llega al pincho, sarta de ignorantes”. Toda la Plaza San Martín te quedó mirando. Habías resultado estar más loco que ellos. Yo me moría de vergüenza. Alguien te mandó a la mierda. Yo no me di cuenta de quién te había gritado, pero tú sí, y no sé cómo, porque estabas alocado y distraído. Entonces, corriste hasta el tipo ese. Yo me asusté. Pensé “ahorita le pegan a Daniel”. Todos te miraban con miedo. Es que, en serio, parecías un endemoniado. Cuando estuviste a punto de chocarte con él, te detuviste y como que lo retaste. Pusiste tu frente contra la de él. Parecías un toro que quiere embestir. A frentazos, lo llevaste contra una de las bancas de la plaza. Y, en el camino, le ibas diciendo que era un ignorante, que cómo se atrevía a insultar a un escritor como tú, que esto, que el otro. Ya sabes, pues, Daniel, cómo te pones de pedante cuando tomas. El tipo se quedó mudo. Todos se quedaron mudos. Con mucho miedo, me atreví a decirte que nos fuésemos. “Hazle caso a tu jermita”, dijeron por ahí. Miraste a ese que habló. De nuevo, parecías poseído. Dabas miedo. Imagínate, pues, qué puede pensar alguien si te ve así, sin polo, tatuado, gritando tontería y media. El tipo se quedó calladito. Luego me miraste y caminaste rápido a Quilca. Yo te tuve que seguir. Tenía que seguirte. No quería que nada malo te pasara. Cuando te alejaste un poco, uno de los tipos me dijo “flaca, cuida a tu enamorado”. Me gustó que me dijera flaca.

Cuando llegamos a Wilson, en lugar de cruzar la avenida, te pusiste a torear los autos. Los carros pasaban a toda velocidad y tú les pedías que te atropellen. Yo estaba asustada. No sabía qué hacer. Ya te veía tirado en la pista. Felizmente, pasaban pocos carros a esa hora, pero con una velocidad que si te hubieran agarrado te hubieran hecho volar kilómetros. Algunos de los conductores te gritaban “loco de mierda”, “te vas a matar, huevón”. Y tú decías “yo soy un genio, un artista, soy inmortal”. Estabas loco. Yo te decía “Daniel, cruza, cruza, por favor”. Y tú te ponías peor. Saltabas en medio de la pista esperando que llegue otro carro. “Yo soy Eddie Vedder”, gritabas, y te ponías a imitar su caminada en ese video que me enseñaste en tu cuarto. Me dio más miedo cuando llegó un camión cargado de cosas. Parecía que era de alguna mudanza. Iba a mucha velocidad para estar tan cargado. Mucho más rápido que los autos. Y tú te plantaste en medio de la pista. “Daniel, sal de ahí, por favor”, te grité. Un poco más y me ponía a llorar de la preocupación. Y tú, ahí, parado en la pista gritándole al camión “ven, atrévete a matarme, ven, aquí te espero”. El camión bajó la velocidad y se cuadró a un lado. Bajó el chofer. Era un señor grueso. Tenía unos brazos que yo dije ahorita lo desaparece a Daniel. Bajó furioso y caminó hacia ti. Yo dije ahorita Daniel se asusta y se va corriendo. Pero no. Al contrario, corriste a darle el encuentro a ese chófer. Era un cholo grandazo. Un brazo de él era una pierna tuya. El señor se quedó parado en su lugar. Estaba sorprendido porque no esperaba que fueras a correr hacia él. Seguro pensó que con solo verlo te ibas a ir corriendo. Estaba asustado. Y tú ibas derechito a él como para pegarle. Entonces, a mí se me pasó la rigidez y corrí hacia ti. No sé cómo, pero llegué antes de que tú y el chofer se acercaran. O, mejor dicho, antes de que tú te le aventaras. “Controla a tu enamorado, pe”, me dijo. Agarró y se subió a su camión.

Por unos momentos, estuviste tranquilo. Había logrado que te pusieras el polo otra vez. Yo pensaba que llegaríamos a tu cuarto y dormiríamos tranquilos. Pero me equivoqué. Estábamos por Washington, cuando le buscaste pelea a un chico que venía caminando con su enamorada. De la nada, apenas lo viste, corriste hacia él. Te me escapaste, porque te tenía de la mano. El chico te vio y te enfrentó. “Cuál es tu problema”, te dijo. Tú le respondiste “mi problema eres tú”. A pesar de lo preocupada que estaba, tus respuestas me hacían reír. El chico no se anduvo con cosas y te empujó. Caíste al suelo como un saco de papas. Te paraste al toque y te fuiste derechito al pata. Le tiraste un puñete, pero él lo cogió y lo desvió. Luego, te metió un rodillazo en la barriga. La chica del pata estaba tranquila. Parece que estaban acostumbrados a pelear con gente. El chico me dijo que te agarrara o te mataba. Y sacó una pistola, Daniel. Yo me quedé helada. Entonces, me fijé bien en el chico. Tenía toda la pinta de esos narcos que salen en la tele. Nunca había visto una pistola. Y el chico la tenía ahí en su mano, lista para usarla. ¿Y sabes qué fue lo más increíble? Que a ti no te importó. Te paraste y lo insultaste. Le dijiste que no le tenías miedo. Luego miraste a su chica. Era de esas que te gustan, alta, blanca, tetas grandes y un vestido de zorra. Le dijiste que por qué estaba con alguien sin cerebro. “Yo soy escritor, yo leo, ¿sabe leer tu cavernícola?”, le dijiste. Entonces, el chico te apuntó. “Cállate, conchatumadre”, te dijo. “Cállate o hasta aquí llegaste”. Mi corazón estaba a punto de estallar, Daniel. Y lo peor era que no podía hacer nada. El solo hecho de ver una pistola apuntándote, apuntando a alguien que yo quería, me paralizaba. Y me diste cólera porque dijiste una barbaridad: “Los poetas malditos no morimos sin haber dejado obra”. Y te acercaste al cañón de la pistola hasta que lo tapaste con tu pecho. No sé por qué no me desmayé ahí mismo. Sentía que la sangre se me iba del cuerpo. Me había quedado fría, pero sudaba. Sudaba mucho. “Dispárame, pues, dispara, huevón”. Entonces, lo empujaste. Y yo casi me muero, Daniel. Te odio, te odio. Solo por tu culpa tengo que pasar por cosas así de fuertes. El chico cayó de poto así como habías caído tú. La pistola cayó en la pista. Caminaste hasta donde cayó y la cogiste. El chico te vio con el arma en la mano y, luego de decirnos que nos iba a buscar para matarnos, corrió con su chica. Yo me asusté más cuando te vi con esa cosa en la mano. Dijiste “pesa esta huevada”. Te acercaste a un tacho de basura que había cerca. Luego, pusiste el cañón de la pistola en tu cabeza. Sí. No te estoy mintiendo. Yo ya estaba más que aterrada. En ese estado tuyo no sabía qué cosas eras capaz de hacer. “Así apretara este gatillo, no saldría ninguna bala. ¿Sabes por qué?”. Parecías el Daniel de siempre, pero había algo en tu mirada que me hacía sentir que hablaba con un extraño. Estaba muerta de miedo, Daniel. Tú con esa arma y diciendo tonterías. Para tu suerte, no pasó nadie más por la calle, porque hubieran pensado que estabas asaltándome o, algo peor, que estabas a punto de secuestrarme o violarme. Y volviste a decirme una tontería. “Si disparo no va a salir ninguna bala porque yo no puedo morir sin terminar de escribir mi novela. Me crees, ¿no?”. “Claro, claro”, te respondí. “Tú no vas a morir todavía”. Pero estabas terco. “No, no me crees. Mira, te lo voy a demostrar”. Y te apuntaste a la cabeza.

Disparaste. Solo sonó un clic bien fuerte, uno que nunca había escuchado antes. “¿Ves?”, me dijiste. “Nada me va a pasar todavía”. Luego, metiste la pistola en un tacho de basura. “Eres un idiota, Daniel”, te dije, y te abracé. Había sentido que te perdía para siempre. No sabía si estar molesta o feliz. Creo que estaba feliz. Yo tampoco quería que te murieras ahí. No quería que te mueras nunca. Te apuré para que nos fuésemos rápido. Temía que llegase el tipo a buscar venganza. Gracias a Dios, me obedeciste.

Faltaba poco para llegar al cuarto. Ya tú estabas más tranquilo. Estábamos acá en Chancay. Pero no habían cabros. Habían unas putas. Sí, mujeres. Y tú te acercaste a ellas. Yo pensé “pucha, y ahora qué cosa hará, Daniel”. “Ustedes qué hacen aquí”, les dijiste. “Este es el territorio de mis cabros. ¿Dónde están mis cabros?” Yo te decía que nos vayamos a la casa. Pero tú no me hacías caso. Era en vano decirte algo. Pero tenía que hacerlo. En el corto trayecto de los tatuajes al cuarto, ya te habían pasado muchas cosas. Estuviste así de morir. Te iban a matar los carros, te iban a disparar en el pecho y hasta tú mismo te ibas a disparar en la cabeza. Y ahora les estabas buscando pleito a esas prostitutas. Pero ellas no te hacían caso. Solo una te insultó o algo así. No sé de dónde habían salido tantas prostitutas, porque siempre que vengo por acá veo más cabros que mujeres. Pero eran mujeres. Y un grupo de ellas me empezó a rodear. Me querían robar, Daniel. Y tú no te dabas cuenta de nada. Entonces, te llamé. Me viste y corriste hacía mí. “¿Qué pasa?”, dijiste. Alzaste tu voz. Dabas miedo. Las putas se asustaron un poco. “Déjenla, qué quieren”. Y ellas me dejaron. Una dijo que quería mi celular. Entonces, tú sacaste el tuyo y dijiste “¿tanta cosa por un celular?”. Una chica que estaba detrás de ti saltó hasta tu mano y se lo llevó. Yo dije “Daniel, tu celular”. Y tú no reaccionaste. Grité: “¡Ratera, ratera!” Las otras putas se fueron corriendo. Solo las más conchudas se quedaron en sus lugares. Ni caso me hacían, ni se asustaron de mis gritos. Tú te quedaste parado. “Daniel, te robaron tu celular”, te dije. Pero no reaccionabas. Estabas ahí parado con cara de tonto. Luego de un rato me dijiste: “Era solo un celular. Puedo comprarme otro, Rose. Todo se puede comprar. Pero lo que tengo aquí en mi cabeza, mi novela, eso sí que no se puede conseguir en ninguna tienda”. Me abrazaste y me dijiste: “Vamos al cuarto que quiero cacharte”.

sábado, 22 de julio de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 21


Del viernes 30 de setiembre al sábado 01 de octubre del 2016

“He dormido todo
un año,
o tal vez he muerto
sólo un tiempo,
no lo sé.”

Javier Heraud


Llamé a Paul, el tatuador. Loco, hoy te caigo; quiero tatuarme el rostro de mi hija. Me pidió que llegase antes de las nueve; hora en que cerraban la Vía Veneto.

Eran las cuatro de la tarde. Estaba listo para salir de la oficina. Era viernes. Ni Victorio ni Jean Carlo se aparecieron en todo el día. Antes de montarme en la bicicleta, recibí un mensaje de mi esposa: que no me olvidara del dinero para los gastos del mes. Le escribí que no se preocupara. Le pedí que nos encontrásemos en el Metro de Alfonso Ugarte a las siete de la noche.   

Llegué al cuarto. Me bañé y me vestí de negro. Me miré en el espejo. Estaba flaco. El negro acentuaba mi delgadez. 

Mi esposa llegó con puntualidad a la cita. Algo no muy común. Se mostró cariñosa. Yo no estaba de humor. Quería acabar pronto con ella; pagarle a Jaime el dinero de la renta; e ir al estudio de Paul, donde me encontraría con Rosario.

Fue evidente; a mi esposa no le agradó mi frialdad. Caminamos hacia la fila de cajeros automáticos instalados en los exteriores del supermercado. Luego de esperar mi turno, saqué el dinero que había calculado para la familia, Jaime y el tatuaje.   

Eres una mierda, Daniel. No te voy a aceptar esa plata. Necesito más, dijo mi esposa luego de contar el dinero. Tenía la cara de culo, esa que ponía cuando quería cuadricularme la vida. Pero eso es lo que te doy todos los meses. Y no me grites que no te he hecho nada. ¿Qué te pasa? No entendía qué cosa la había jodido. Necesito doscientos soles más. ¿Y para qué quería ese dinero? Lo necesito y punto. Dámelo o no me des nada y que tu hija se muera de hambre todo el mes. Cuando esta perra metía a mi hija en los problemas que se inventaba, me desesperaba. Imaginármela pasando penurias me dolía en el alma. ¿Cómo vas a decir eso? Toma el dinero, tómalo, por favor. Tomó los billetes. Los miró. No, si no me das lo que te pido, puedes quedarte con tu plata. Y los tiró al aire. Me sobrepuse y levanté cada billete. Estaba pasando la vergüenza de mi vida.

Corrí tras ella. La alcancé. No te voy a aceptar nada si no me das esos doscientos soles más que te estoy pidiendo. Me había demostrado que era capaz de todo. Le di lo que pedía. Prefiero que este dinero esté aquí conmigo que contigo, Daniel. Me miró de pies a cabeza. Así vestido seguro te vas a ver con alguna de tus putas. Bueno, pues, en vez de que te gastes ese dinero en un hotel, créeme que yo lo invertiré mejor. Y se fue. Maldita perra.

No solo tenía el dinero del cajero; en la mañana, había retirado cierta cantidad del banco cercano a la oficina. Regresé a Zepita y le pagué la renta a Jaime. Terminaba mi primer mes en esa casona.

Antes de entrar en Veneto, compré dos botellas de vino en una licorería del jirón Moquegua. Corrí luego al estudio de Paul. Nos saludamos. Descargué la foto de mi hija y la imprimió en papel bond. ¿Dónde te la vas a tatuar? En el pecho, sobre el corazón.

Empecé a beber el vino, sin pausas. Necesitaba de su poder anestésico para soportar el dolor de los pinchazos. Sobre la foto impresa, Paul delineó el rostro de mi hija. En ella, la bebe estaba a punto de comerse una papita frita. Remarcó los contornos principales: ojos, nariz, boca.

Embarró una crema en mi pecho, en el área donde quedaría el tatuaje. Cogió la foto y la estampó contra la crema. El delineado quedó marcado en mi piel. Va a quedar así. ¿Está bien? Me miré en el espejo. Claro, estaba bien. Seguí bebiendo. Paul armó la pistolita con sus agujas.   

Llamé a Rosario. Estoy a punto de tatuarme. Le indiqué cómo llegar al estudio. Si encuentras la galería cerrada, hablas con el vigilante; le dices que eres clienta de Paul. Me dijo que estaba cerca, pero el tráfico la retenía. Seguí bebiendo. Programé un listado de canciones de Pearl Jam en la computadora del estudio. Estaba listo. El vino trepó rápido. Empezó a tatuarme.   

Abrí los ojos. Todo estaba oscuro. Me costó reconocer que estaba echado en mi colchón. La escena se aclaró ligeramente. A mi lado, ¿estaba Rosario? Sí, era ella, era su cabeza y el color nigérrimo de sus cabellos. Pero yo había estado tatuándome, ¿qué hacía acá? Salté del colchón y prendí la luz. Rosario reaccionó. Le costó abrir los ojos. ¿Qué pasó?, le pregunté. Hizo visera con la mano y me miró. ¿No te acuerdas nada de lo que has hecho?, me preguntó. No, no recordaba nada; solo que estaba tatuándome. Me noté algo en la boca. ¿Y esto?, le pregunté. Tenía dos aritos metálicos en el labio inferior, uno cerca de cada comisura. Te hiciste los piercings que tanto querías, pues; como los de ese rockero que te gusta. Mierda; no recordaba nada de eso. Vi una mancha extensa en el colchón. ¿Qué le pasó al colchón? Sonrió. Lo vomitaste, pues. Tuve que limpiarlo. En serio, ¿no recuerdas nada? Eres todo un caso. Me senté en la silla. Acuéstate, descansa un poco más. Todavía son las cuatro de la mañana. Descansa y después te cuento todo lo que has hecho. Me acosté. La abracé. Me sentí fatal. Tuve miedo.  

Duerme un poco más. Recuerda que a las nueve tenemos que ir a Claro para que recuperes tu número y te compres otro celular. ¿Qué? ¿Un nuevo celular? ¿Y mi celular? Ay, Daniel, te lo robaron, pues, ¿no te acuerdas? Absolutamente nada. Mierda, nunca dos vinos me habían cagado así la memoria. ¿Dos vinos? Volvió a reírse. Cuatro, Daniel; te tomaste cuatro. ¿Qué? Me tranquilizó. Descansa, Daniel. No podía; no podía siquiera fingir que descansaba. Estaba nervioso y asustado.

Tuvo una brillante idea. No me la comunicó; la ejecutó. Reptó hacia abajo y me quitó el bóxer, que era lo único que tenía puesto. Me chupó la pinga. Le bastó un par de minutos para sacarme la leche. Se la tomó todita. Con su lengüita, me limpió la cabecita de la pinga para que no tuviera que ir al baño a lavármela. Consiguió que me quedase profundamente dormido.

martes, 13 de junio de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 20


Del miércoles 28 al jueves 29 de setiembre del 2016

“Pero de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma: ¡a la manera de los comprachicos, vaya! Imagínese un hombre que se implanta verrugas en la cara y se las cultiva”

Arthur Rimbaud – Cartas Del Vidente

En el bus al departamento de mi hija, recibí unos mensajes de Karina: Mark, el chibolo que la pretendía, y con quien ya había tirado en algunas oportunidades, había leído los mensajes de su celular mientras ella preparaba unos pisco sours en la cocina de su casa. Se había enterado de las visitas de su chica al cuarto de Zepita. Lloró. Por qué mierda me has hecho esto si yo te amo de verdad. Ella le aclaró las cosas: Quién chucha te has creído para controlarme. El tipo no se amilanó. Quería que Karina le negara lo que acababa de leer. Es un celoso de mierda, Dani.

Fuimos al Bembos de Plaza San Miguel. La bebe jugaba en la piscina de pelotas y mi esposa me contaba sus travesuras y progresos en el colegio. A la bebe le interesaban tres cosas en el mundo: las papitas fritas, los colores y las canciones en inglés.  

Dani, en el colegio me están pidiendo treinta soles para el disfraz de la bebe por el aniversario del colegio, ¿puedes ayudarme? Por supuesto que podía. Toma cincuenta, le dije. Si el gasto era para la bebe, con gusto lo cubría.   

Las llevé en un taxi a casa. La bebe entró corriendo en una librería. La seguimos. Papi, papi, quiero esos colores, por favor. Imposible decirle no.

Subió las escaleras, encantada con sus colores. Mi esposa y yo permanecimos en la puerta de rejas. Gracias por lo de hoy, Dani. La pasamos bien. Fijó sus ojos en mi boca y me regaló un beso demorado, pero corto. Cuídate mucho, se despidió. La relación con Melina parecía no estar del todo bien.

En el bus a Zepita, me cayó un mensaje de Daniela. ¿Qué haces, Chato? Nada. ¿Tú? Estaba en casa, sin mucho que hacer. Te invito un chifita, le dije. Estoy en Alfonso Ugarte. Aceptó. Media hora después, estábamos comiendo en uno de los tantos chifas de esa avenida. El arroz chaufa era una mierda. A ella tampoco le agradó lo que pidió. ¿No sientes que la comida tiene un sabor como a detergente? Putamadre. Tenía razón. Apartamos los platos y bebimos las gaseosas.  

La novedad era que estaba saliendo con un poeta. Se llamaba Johnny Reyes. Lo había conocido en la universidad donde ambos enseñaban. Salían, se besaban, tiraban, pero no podía asegurarme que fueran formalmente enamorados.

Hacía varios años, Johnny publicó un poemario. Daniela no recordaba el nombre del libro, pero señaló que recibió las mejores críticas de los entendidos en la materia. Lo proclamaron el renovador de la poesía rimbaudiana. Yo creo que eso lo mareó al Johnny, decía Daniela; se durmió en sus laureles y no ha vuelto a publicar. Él dice que está completando los poemas de su próximo libro, pero yo lo veo más borracho o drogado que escribiendo.   

Es un genio, decía Daniela. Yo no sé cómo hace ese hombre para sacarse unos versos tan alucinantes de la cabeza. Ambos eran profesores de Crítica Literaria en la UPC. En las reuniones, no puede faltar el Johnny. Sus amigos lo idolatran. Alucina que lo tratan de “maestro”. Y no lo dicen con cachita, ah. Lo dicen sinceramente. Y las mujeres, pucha, se le tiran a los pies; sobre todo sus alumnas. Ese hombre abre la boca y te enamora en una. ¿Era guapo? No, qué va a ser guapo. Es alto, sí. Tiene el pelo largo enrulado, que no sé con qué se lo cuida, porque lo tiene precioso. Es medio moreno, pero no es guapo guapo. Digamos que tiene su no sé qué. Pero con su verbo mata, Chato.

¿Y no le incomodaba a ella que las alumnas se le regalasen? Pucha, Chato, no sé. A veces me llama la atención que las chicas lo persigan. Pero desde que estamos juntos, he notado que las rechaza y se guarda para mí.

Hablamos de mi cuarto, de mi mudanza, de mi novela. Le interesaba conocer el lugar donde había vivido Eguren. Solo por eso me gustaría conocer tu cuarto, Chato; no creas que va a pasar algo entre nosotros. Yo ya te conozco. Te cuento que Johnny es fanático de la poesía de Eguren. Si él tuviera plata, se lo tatuaría en el pecho. Para Johnny, Eguren es el poeta niño, el poeta que ve el mundo, lo bueno y lo malo del mundo, con candor. Les devuelve a las cosas la mirada de la inocencia.

Terminamos las gaseosas y pagué la cuenta. Caminamos a su casa. Vivía a algunas cuadras de Alfonso Ugarte. No insistí con lo de visitar mi cuarto. Ya se presentaría la ocasión. Regresé a Zepita escuchando Doble Nueve. Era la hora del rock clásico. Caminé hasta la Plaza Dos de Mayo para entrar luego por Peñaloza. En esa calle, solo había un par de chicas hermosas; tetas como pelotas y culos descomunales. Pero no estaba de ánimos.  

Subí las escaleras y entré a mi cuarto. Quise escribir, pero aún no recuperaba mi laptop. ¿Cuándo chucha me la tendrían reparada? Me desvestí y me tiré en el colchón. Recibí un mensaje. Era Rosario. Amor, para mañana te tengo una sorpresita. Sueña conmigo, ¿sí?

domingo, 28 de mayo de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 19


Del martes 27 al miércoles 28 de setiembre del 2016

“Junto a su cabeza, un ángel aparece inclinado:
espía los susurros de un corazón inocente”

Arthur Rimbaud – El Ángel Y El Niño

No recordaba qué le había escrito; pero estaba seguro de que no habían sido cosas del tipo “quiero lamerte la vagina” o “quiero chuparte las tetas”. Las conversaciones con Daniela eran cortas; unos saludos apenas. Pero eso no le importaba a Rosario. Ella no quería que tuviera ninguna comunicación con Daniela, Karina, o alguna otra ex enamorada. Sabía que si yo conversaba con ellas era porque quería tirármelas. Tú no sabes tener amigas, Daniel. Quieres tirar con todas, por más que Daniela sea una enana sin gracia y Karina, una chola gorda y fea.   

¿Desde cuándo quieres verte con Daniela? Estaba furiosa. Por favor, no vayas a tirar mi celular. No tengo plata para comprarme otro. No supe qué otra cosa decir. Mientras no tuviera una pista de lo que Rosario acababa de descubrir, no podía lanzar una mentira. Sus dedos estrujaron el teléfono. Se le quebró la voz. Yo me entrego a ti, te complazco en todo y tú con ganas de verte con Daniela. ¿Para qué la quieres ver, ah? Intuí que había visto los últimos mensajes; esos en los que Daniela y yo tratábamos de fijar un día para vernos. Tuve suerte. Si hubiese visto los mensajes de Karina, sin dudarlo, me hubiese estampado el celular en la cara.

Estoy cansada de ser buena contigo. No me mereces. Yo merezco a un hombre de verdad. Dejó mi celular sobre la mesa. Estoy cansada de amarte y de que tú me rechaces buscando a otras personas. ¿No te basto, Daniel?

Quise abrazarla, decirle algo, pero sospechaba que un acercamiento físico reavivaría su furia. Se sentó en el colchón. Tenía el rostro desencajado. Se puso el sostén y el hilo. Voy a dormir, dijo. Supongo que tú también, porque ya lograste lo que querías. Ya me utilizaste. No me vuelvas a tocar, por favor. No había rencor en sus palabras, solo decepción y resignación. Eso me dolió más. Rosario no sabía almacenar rencores. Era demasiado buena persona.

Antes de que sonara la alarma de mi celular, Rosario ya se vestía. Buenos días, Rose, la saludé. No me hables, por favor. Yo ahorita me termino de cambiar y no me vuelves a ver más. Ahí tienes a tu Daniela. No insistí. Permanecimos callados. ¿La puerta de abajo tiene llave? Le dije que no, que podía abrirse fácilmente. Se paró y caminó hasta la puerta del cuarto. Se fue elegantemente; sin dar portazos.

No había nada que hacer en la oficina. Continué depurando la traducción de McPhilips.

¿Almorzamos?, preguntó Patricia. Me llamaba desde su anexo. Eran casi la una. Fuimos al chifa. No le permití pagar su cuenta.

Dani, ayer me robaron el celular. Apoyó la cabeza en mi hombro. No supe qué hacer. Solo me mantuve quieto; no quería que malinterpretase cualquier movimiento como un signo de que me incomodaba tenerla en esa postura. ¿Cómo así? Había salido tarde de la oficina. Jean Carlo la tuvo llenando y corrigiendo unas facturas. ¿Jean Carlo? Pero si ayer no vino, le dije. Sí vino. Justo cuando estaba a punto de irme. Tú ya te habías ido. El novio no pudo recogerla porque tuvo un retraso en el trabajo. El tipo era cajero en un banco. Ese día, las cuentas no le cuadraron al cerrar su caja. Patricia tuvo que emprender sola el regreso a casa. Eran poco más de las ocho de la noche. Jean Carlo quiso pedirle un taxi, pero ella declinó. A una cuadra de su paradero, un mocoso le arranchó el celular. Y lo había sacado un ratito, no más; para ver la hora. Y en ese ratito me roban. Entre otras cosas, lo que más le molestaba del asunto era que se había quedado sin música. Su computadora en la oficina no tenía parlantes. Sin música, le sería difícil trabajar.

En la tarde, mensajeándonos, Rosario y yo nos reconciliamos. El tiempo la calmaba. Le estimulaba nuestros mejores momentos. ¿Puedo verte hoy?, me preguntó. La verdad; tenía muchas ganas de ver a mi hija. Acababa de acordar con mi esposa, en una conversación paralela, que pasaría por el departamento a las ocho y media.

Entendió. Sabía que si no veía a mi hija cuando me lo pedía el corazón, podía deprimirme. Entonces, ¿crees que podamos vernos en el mercado un ratito? Es que quiero entregarte algo. Se refería al mercado Santa Rosa, que estaba a dos cuadras de la oficina.

Media hora después, estábamos en el mercado. Fuimos a una juguería. Pedí un jugo de fresa. Rosario no pidió nada. ¿En serio? ¿No quieres nada? No quería nada. Quería verme porque le urgía darme una sorpresa. Pero con mayor razón, pues. Déjame invitarte un juguito para que no me sienta tan en deuda. Cedió. Ordenó también un jugo de fresa.

Quería entregarte esto. Abrió su bolso. Siempre cargaba un bolso diferente. Moría por los bolsos y los zapatos de taco. Tenía más zapatos de taco y bolsos que cualquier otra cosa. Siempre que hacíamos el amor, estrenaba zapatos. Mis favoritos eran los que dejaban al descubierto las uñas de sus pies. Le pedía que no se los quitara mientras tirábamos.

Me entregó un estuche negro. Dentro, había un lápiz, un lapicero, un marcador y un resaltador. Todos de la marca Staedtler. Para que sigas escribiendo con tu letra bonita, me dijo. Me sentí pésimo. Yo jugando con sus sentimientos y ella haciéndome regalos; regalos que, por otra parte, me gustaban. Los libros, o todo aquello que estuviese relacionado con los libros y la escritura, eran para mí excelentes regalos. Los voy a cuidar un montón, le dije. Fue una promesa sincera. Le aseguré que el sábado nos veríamos. Le recordé el concierto de Pantera. ¿Todavía hasta el sábado? No podía ser tan desconsiderado luego de esa muestra de bondad.  Entonces, mejor el viernes, corregí.

Antes de salir del mercado, nos detuvimos en un puesto de accesorios electrónicos: audífonos, celulares, tablets. Le pedí a la dependienta que me mostrase los parlantes para computadora más económicos que tuviera. Treinta soles, joven. El sonido es muy bueno. Pagué y me los llevé. Rosario no me preguntó por la compra. Intuyó que lo necesitaba en el trabajo. La acompañé hasta su paradero. Nos despedimos con un beso.

Toma, le dije a Patricia. Es para ti. No esperaba nada de mí, así que su curiosidad y su alegría sobrepasaron mis expectativas. Cuando sacó la caja de la bolsa, me abrazó. No había nadie en la oficina. Ahorita pongo la música, me dijo. Gracias, muchas gracias. Fui a mi escritorio sintiéndome una basura. Había gastado treinta soles en unos parlantes para alguien que no daba un carajo por mí y solo cuatro soles en un jugo para la persona que hubiera dado la vida por mí. Volví al libro de McPhilips. De fondo, sonaban las salsas de Patricia.

domingo, 16 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 18


Martes 27 de setiembre del 2016

“Tú alcanzas tu perdón con esa letanía de besos.”

Charles Baudelaire – Poemas Prohibidos

Nos encontramos en el Yield Bar, en la Plaza San Martín. Tenía un trago colorido delante. Lo tomaba de una cañita. Llamé al mozo y le pedí una Pilsen helada. ¿Me acompañas al concierto de Pantera este sábado? Había un afiche en la entrada del local con la información respectiva. Ah, ya. No, yo quiero ir al otro, al de Calamaro. Es este viernes, un día antes de tu concierto.

¿Al de Calamaro?, quise saber. ¿No lo has visto? Su afiche está al lado del de tu concierto. A Rosario le encantaba la música de Calamaro. Alguna vez, hicimos el amor escuchándolo.

Vamos a ese concierto, me suplicó juguetonamente. No, qué aburrido. Si quieres, ve sola. Rosario era una de las pocas personas con las que me mostraba tal cual era; muchas veces, sin delicadeza.

Estaba preciosa. Luego de terminados los tragos y la chela, en el camino a mi cuarto, uno de los borrachos de la Colmena le silbó el culo. Qué rica tetas, mi amor, dijo otro.  

Buscamos vídeos de YouTube en su celular. No había nada nuevo. Durmamos, sugerí. Me quedé en bóxer y apagué la luz. Nos acostamos, cubiertos por la colcha, separados debajo de ella.  

Quise hacerle el amor, pero no iba a ser tan fácil. Aún seguía resentida conmigo. Intenté algo.

Rose, ¿puedes tocarme el pene? Desde su extremo del colchón, me habló claro. ¿Qué tienes, oye? Yo no te voy a tocar nada, ¿ok? Tú y yo no somos nada. Tú no eres nada mío. No quieres ser nada mío. Y yo no tengo por qué estar tocándote el pene. Me acerqué a ella. Tócalo un ratito y no te molesto más. Te lo prometo. Se negó y dijo que no hablaría más del tema. Pero, siguió.

Si fuésemos enamorados, todo sería distinto, Daniel. Esas palabras eran la brecha por donde podía infiltrarme. Rose, no digas eso. Está bien, no somos enamorados, pero lo que siento por ti sí es amor. Cambió de posición. Su rostro apuntó hacia el mío. Mentiroso, eres un mentiroso; tú no sientes nada por mí. Puse mi mano en su cintura. La dejó ahí. Calculé que debía insistir un poco más para lograr mi objetivo. El terreno empezaba a ceder. Te amo, Rose, te amo; tú sabes que solo contigo la paso bien. ¿Acaso no es a ti a quien llamo cuando me pasa cualquier cosa?

Te amo, Rose, te amo, repetí, luego de un corto silencio. ¿Estás diciéndome la verdad, Daniel? No respondí al instante. Una mentira requería de silencio antes de ser enunciada como una verdad cabal. La longitud de ese silencio dependía de la frialdad del mentiroso. Mi silencio duró segundo y medio. Era un mal mentiroso. Luego del “sí”, percibí la retirada de sus defensas. Intenté besarla para confirmar la rendición. Correspondió mi beso. Confundimos nuestras lenguas por varios segundos. Se me mojó la punta de la pinga.  

Chúpamela, ¿ya?, imploré, sin dejar de besarla. Ella me mordió los labios. Me succionó la lengua. Pasó la suya por mis labios. Los chupó como caramelos. No te voy a chupar nada, susurró. Me lamió la boca, el cuello. Bajó hasta mi pecho. Jugueteó alrededor de mi ombligo. Chúpamela, por favor, gemí, sabiéndola cerca de mi pichula.

Daniel, no mereces que te bese. Volvió a echarse en el colchón. Carajo. Tú no me amas. Yo quiero entregarme a alguien me ame. Quiero ser una enamorada, una novia; no una amante. Estaba demasiado excitado como para pensar en algo nuevo. Retomé el estribillo más fácil. Rose, Rose, te amo. Volví a tomarla de la cintura. Sentir esa piel me arrechaba. La pegué hacia mí. El pene me quedó prensado contra sus piernas. ¿Quieres ser mi enamorada?, le pregunté. Ay, Daniel, no jodas. Eso lo dices solo para que puedas cacharme y te la chupe. Tenía razón. Pero no se lo iba a decir. ¿Y si me masturbas con los pies? Rosario tenía unos pies hermosos. Casi siempre, le chupaba cada uno de los dedos. Ella les pintaba las uñas de rojo. Ese color me enloquecía. Solo eso, tus pies y nada más. Por la quietud en su respiración, intuí que estaba considerando mi propuesta. Está bien, dijo. Se me volvió a mojar la pinga. Pero no me vas a tocar, ah. Solo yo te voy a tocar con mis pies un rato y nada más. Acepté. Estaba seguro de que nuestro trato no se limitaría solamente a ese roce. Conocía muy bien a Rosario. Era tan arrecha como yo. Terminaríamos tirando. Puso la colcha a un lado. Con delicadeza, atrapó mi pinga con sus pies. Qué rico, suspiré. Sentía sus dedos, las plantas, su piel.   

Tras unos minutos del masaje podálico, se llevó una mano a la vagina y comenzó a frotarse el clítoris. ¿Qué haces?, pregunté, haciéndome el huevón. Me masturbo, pues, dijo, agitada. Si quieres, te masturbo con mi lengua, propuse. No, me dijo, tú no puedes tocarme. Estás castigado. Sí, claro. Continuó los masajes. Empezó a meterse uno, dos dedos, en la vagina. ¿No quieres que te la meta un rato? No respondió. Continuó corriéndomela y corriéndosela.        

¿Y si le das un besito a mi cabecita? Estaba excitada. Podía sentirlo. Era mi oportunidad. Solo un besito, por favor, insistí.  Está bien. Le voy a dar un besito en la cabecita y nada más, ah, dijo. Ahora, empezaría lo bueno. Cambió de posición. Se puso en cuatro y le dio un besito al glande, a la puntita, a los labiecitos húmedos. Pero, tal cual lo supuse, el besito, corto y delicado, se extendió en una de esas mamadas gloriosas que solo Rosario sabía darme. Se metió mis huevos en la boca y los tuvo ahí un rato. Volvió al pene. Se lo metió enterito. Le cogí la cabeza y la mantuve en esa posición. Empezaba a dar signos de asfixia, pero no la solté. Casi diez segundos la tuve así. Cuando la solté, su garganta explotó en un arghhh.

Terminamos tirando. Se tomó mi semen. Permanecimos desnudos, tirados en el colchón, medio somnolientos. Así estuvimos hasta que decidí lavarme la pichula. No quería manchar más la colcha ni el colchón. Ya bastante semen tenían encima.

Revisé la hora en el celular. No tenía ningún mensaje. Lo dejé cerca del colchón, en el piso. Me enrosqué la toalla y fui al baño. Me abres la puerta, por fa, le dije a Rosario. Ya, respondió. Cuando terminé, vi la puerta junta. Entré. Rosario sostenía a media altura mi celular, como restregándomelo. Así que has estado hablando con Daniela, ¿no? Putamadre. Todo volvía a irse a la mierda. Había prendido la luz y, por la rabia en sus ojos, parecía lista para estrellar el celular contra la pared o contra mi cara.

domingo, 2 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 17


Del lunes 26 al martes 27 de setiembre del 2016

“Hace unos días eras una diosa, ahora eres solo una mujer.”

Charles Baudelaire sobre la socialité francesa Apollonie Sabatier.

Pedimos un sánguche de pavo y uno de lomo saltado. Hacía calor. Ordenamos una jarra helada de chicha morada. El lugar estaba lleno. Tuvimos la suerte de hallar una mesa libre. Terminamos repletos y con cargo de conciencia. Karina redoblaría su rutina de ejercicios en el gimnasio. Yo me fajaría la panza con bolsas de basura para sudar el triple manejando al trabajo.  

Para bajar la guata, caminamos hasta la licorería de Colmena. Compramos dos vinos. No me importó que fuera lunes. Los borrachos éramos ajenos al calendario.

El colchón ya estaba en el suelo. ¿Te parece si nos quitamos la ropa y conversamos?, propuse. Aceptó. Nos quedamos en ropa interior. Serví el vino en los vasitos descartables que nos regaló el tendero. No me avergoncé de tener la pinga parada. A cualquiera se le pararía con semejantes tetas a la vista.  

Nos sentamos en el colchón. Te cuento, empezó Karina; terminé con Mark. ¿No que no estaban? Estaban y no estaban. Para ella no estaban; para él, sí. Se había puesto muy cargoso el chibolo.

Después de eso, no quedaba mucho por contar. Ahora, solo quería tirármela.

Pareció leerme la mente. Dani, ese día, no esperaba que me volvieras a hacer el amor en la mañana. Un momento; ¿a qué se refería con eso de que “me volvieras a hacer el amor en la mañana”? ¿Lo habíamos hecho dos veces? Claro, ¿no te acuerdas? La primera fue antes de dormir, luego de que bailamos; la segunda fue en la mañana, antes de que te fueras al trabajo. No recordaba nada de la primera. Incluso, le conté que le hice el amor en la mañana porque pensé que, por el cansancio, no me la había tirado antes de dormir. Y no iba a permitir que te regresaras a tu casa sin haberme comido esas tetotas. Se rio. La misma risa de los tiempos en que fuimos enamorados. Eres un loco, Dani.  

Pusiste las botellas debajo de la mesa y te me tiraste encima; me quitaste el brassier y empezaste a morderme los pechos. Te dije que despacio, pero estabas recontra arrecho. No recordaba un carajo de lo que me contaba. Era como si me estuviera hablando de otro huevón. Por más que lo intenté, ninguna imagen me vino a la cabeza.   

Entonces, cuando lo hicimos en la mañana, ¿fue la segunda vez? Karina tomó otro trago. . Yo, también. Podía sentir el vino agarrotándome los dedos, afilándome la lengua, disparándome la pichula. No estaba borracho. Estaba en mis cinco sentidos. Así debía uno cachar con una hembra: despierto. Si no lo recordabas, no había pasado.

¿Terminaste?, le dije. ¿Qué cosa?, preguntó. Tu vaso. Miró dentro de él. Sí. ¿Me sirves más? Me acerqué a ella y la besé. Le metí la lengua. Me metió la suya. La saliva le sabía a vino. Sin dejar de besarla, le saqué el sostén. Pegué mi pecho contra sus tetas. Siempre hacía eso con una mujer de tetas grandes: sentir sus pezones en mi pecho. Esos pezones son míos, alucinaba, enfermo de sexo. También, les pasaba la cabeza de mi pinga. Era como dejar mi marca en ellas, tal cual hacían los perros al orinar al pie de un poste de luz.

Le puse la pinga a la altura de su boca. Ella sabía perfectamente qué hacer a continuación. Llevábamos catorce años haciendo las mismas cochinadas. Me chapó la pinga del tronco y se la metió en la boca. Así, chupa, perra, chupa. Le saqué la pinga y le puse mis bolas. Las succionó una por una. Qué rico, carajo.

Ya había visto demasiado. Era hora de sentir; solo sentir. Apagué la luz. La puse en cuatro y me entregué a lamerle el ano. El vino me facilitaba las cosas, me quitaba lo disticoso, me hacía un valiente, un asqueroso de mierda.

Luego de media hora de lamidas y metidas, quiso venirse. La posición que le acomodaba era la misma que le conocía desde hacía tiempo. Se echó encima de mí, la pichula dentro de su vagina, y cerró las piernas. Empezó a mover la pelvis en círculos. Gimió. Mmm, mmm, mmm. Pude sentirla venirse como huayco.  

Era mi turno. Te tomas mi semen, ¿ya? Me corrí la paja mientras me besaba. Volvió a ponerse en cuatro y acercó su boca hasta la cabeza de mi pinga. Continué masturbándome sabiendo que la boca de Karina estaba a pocos centímetros arriba de la punta de mi pichula, la lengua afuera, esperando la leche. Le manoseé las tetas con la mano libre. Eran enormes y blandas. Era lo que me faltaba para darla. Ya, alcancé a decir. Sin demora, hundió la boca en mi pichula y no dejó escapar una gota del yogurt.

Luego de eso, se me esfumó el deseo de seguir tirándomela. Karina había vuelto a ser una mujer más. La única de la que no me cansaba del todo era Rosario. Eso debía de significar la comunión entre los gustos caprichosos de la pinga y la sana costumbre que el corazón siente por una mujer.

A pesar del cache y del vino, llegué temprano al trabajo. No tenía nada que hacer, así que continué revisando mi traducción del libro de McPhilips. A media mañana, me estaba quedando dormido. Fue entonces cuando Patricia se acercó a mi escritorio. ¿Me acompañas un ratito al banco? Caminar por ahí me despejaría la mente. Conversamos de cualquier tontería. La hacía reír. Otra vez, nuestros cuerpos tendían a pegarse, como imantados. Varias veces, sin intención, mi mano le rozó los muslos.

Antes de trabajar para Jean Carlo, Patricia fue boletera en un circo. El lugar le pertenecía a un popular cómico peruano que ganó notoriedad porque se tiró a su cuñada en la misma cama donde dormía con su mujer. Siempre que teníamos presentaciones, el circo se llenaba y, no me creerás, me entregaban un montón de billetes falsos. Ahí aprendí a diferenciar los billetes.   

A los vivazos que me daban billetes chuecos, se los rompía en la cara. Hablaba con vehemencia. Se metía en la piel de sus recuerdos. Esos que hacen pasar los billetes falsos van a los circos populares. No te imaginas la cantidad de billetes que rompí. Trabajó desde junio hasta agosto. No me atreví a preguntarle cuánto le pagaba el cómico, a quien jodían de serrano. Se decía de él que era bastante tacaño. ¿Lo habría sido con ella? Mi esposa solía atacarme de tacaño. Todos los cholos son tacaños, decía, antes de encerrarse en su cuarto dando un portazo.

El paseo me quitó el sueño. Regresamos a la oficina. Fui al chifa solo. Patricia había traído su táper.

Jean Carlo no se manifestó. Seguramente, había cerrado el contrato con el cliente del lunes. Debía de estar festejando. Victorio tampoco se apareció en la oficina. Continué con la revisión de la mañana. Hoy me quito temprano, pensé.

Unas horas después, el sueño regresó con fuerza. Sonó el anexo que Jean Carlo me había asignado. Rara vez sonaba. Nadie me llamaba. Era Patricia. ¿No te molesta si pongo unas canciones? No. Puso algunas salsas del recuerdo. Las cantamos desde nuestras respectivas oficinas. Volvió a sonar el anexo. ¿Qué tal? ¿Te están gustando? Sí, estaban buenas.    

Quiero ponerte unita más. Espero que también te guste. Fue un reggaetón lento. No me gustó. Volvió a telefonearme. Quiso saber mi opinión. Me encantó, le dije. A pesar de la mentira, la letra me había llamado la atención. La busqué en Google y la leí. Quiero llevarte y hacerte el amor, déjame tocarte… ¿Por qué Patricia esperaba que me gustase esa canción? ¿Quería algo conmigo? ¿Era la señal que estaba esperando? Por fuera, parecía una mormona de fe inquebrantable, pero, enfrentada a sus sentimientos por la soledad de la oficina, parecía ir revelando a la mamona que en realidad era. Dejé de pensar en ella y sus canciones. Cogí el celular y le escribí a Rosario. Quería verla; tomarme unos tragos con ella. Aceptó. Pero solo para acompañarte y ver una película. No quiero que pase nada. No mereces estar conmigo; ni siquiera tocarme, escribió. No te preocupes, le mentí, no voy a intentar nada.