jueves, 28 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 29: Hijo extorsiona a su padre para que le pague la universidad

 

José Eulogio acababa de ingresar a una prestigiosa, aunque costosísima, universidad peruana. Estaba muy feliz. Se trataba de uno de los centros educativos particulares de más difícil acceso no solo por la cuestión económica sino también por la dificultad que presentaba su examen de ingreso. Solo aquel que se preparaba a conciencia ingresaba.

Contentísimo por su logro y confiadísimo por la seguridad que le daba la firme convicción de que él, como hijo, había cumplido con creces su deber académico -pues había ocupado nada más y nada menos el segundo lugar en el examen de admisión-, llamó a su padre para comunicarle la grata noticia y, por supuesto, solicitarle el debido apoyo para el pago de la matrícula y las pensiones.

José Eulogio se había privado de fiestas, de salidas al cine, de paseos campestres los fines de semana, para convertirse en un flamante universitario, futuro profesional de provecho. Estaba seguro de que su padre, allá en los Estados Unidos, en uno de los barrios más miserables de Newark, hincharía el pecho al enterarse de la buena nueva.   

Aló, papá, dijo José Eulogio.

Aló, ¿sí?, tartamudeó Groover. Eran las nueve de la noche en Lima, las diez en Newark. José Eulogio notó, por el tono de la voz de su progenitor, que algo no andaba bien con él.

¿Estás bien?, dijo el muchacho, tanteando el terreno, temeroso de toparse con algún exabrupto de su padre, pues, a pesar de haber crecido lejos de él, sabía que era un loco de cuidado.

¿Quién chucha habla? ¿Marly? ¿Eres tú, chuchetumare? ¿Otra vez vas a cantarme tu huevada de “eso, eso, eso, eso, eso, oh, solo el amor, eso, eso, eso, eso, eso, oh, siempre el amor”? ¿Otra vez vas a venir a joderme con que viva el sida y la puta de tu madre?, se exaltó Groover.

No, papá. Te habla José Eulogio, tu hijo. Llamaba para compartirte una gran noticia, dijo el joven. Hablaba despacio y con calma para brindarle cierta paz a la atribulada mente de su padre.

¿José? ¿José Eulogio? ¿Quieres chupar conmigo, José Eulogio? Putamadre, hijo, quiero contarte que estoy destruido. Las caza maridones cada día son más, son una plaga, y me están clavando puñales en la espalda. Por eso estoy tomando, hijo, para que les duela. Mientras más licor me meta al hígado, más les dolerá a esas caza maridones en su orgullo; caza maridones que se aúpan en despojos humanos como Marly, Montes o Cambrito -Cambrito por la conchasumadre, hasta dónde hemos caído-, solo para tener alguien que las peche, que las defienda. ¡Salud, José Eulogio! Mi hijo me dijiste que eras, ¿no?

Sí, papá; soy tu hijo.

Chucha, no sabía que tenía hijos.

Solo uno, papá, yo.

¿Y por qué no estas acá a mi lado, huevón? ¿Dónde estás? Vente a mi jato. Vivo aquí, nomás, en la calle Berger seis cuatro seis. Vente al toque. Todavía me quedan dos pavas y tres sick pack de Cuzqueñas importadas desde el Perú, cuñao.

Papá, se aclaró la garganta José Eulogio, yo vivo en Lima. Estoy estudiando aquí. Te quería contar que acabo de ingresar.

¿Ingresar? ¿Adónde? ¿Adónde has ingresado?

A la universidad, papá, respondió José Eulogio, procurando darles a sus palabras la nota justa de alegría que estaba conteniendo desde que hubo detectado que su padre estaba ahogado en alcohol y colocadísimo en marihuana.

Un silencio preocupante se tendió como una gruesa y mugre alfombra entre ambos celulares. El teléfono que Groover usaba estaba encriptado. Desde que se hubo refugiado en los Estados Unidos, protegía sus llamadas para que sus persecutores en el Perú no tuvieran idea de dónde o cómo localizarlo.

¿Papá? ¿Estás ahí?, palpó José Eulogio.

Putamadre, huevón, ¿tú crees que es fácil prender una pava y hablar al mismo tiempo? Deja que me prenda un toque, cuñao.

Se oyó una fuerte aspiración y una exhalación de disfrute y relajación.

José Eulogio creyó que ese era el momento de retomar la conversación sobre su ingreso.

Como te decía, papá, he ingresado a la universidad.

Ah, ya, bostezó Groover, demostrando así que le importaba un pincho la noticia de su hijo. Oe, puta, la huevona de Eva me ha pedido trescientos soles para pagar su internet, su luz, su agua. Jajaja, como si me la estuviera cachando. Y, encima, tengo que pagarle por dos vinos para que chupe en mi transmisión. Oe, cuñao, ¿cómo es tu nombre? ¿Javier? ¿Marly? ¿Montes?

José Eulogio, papá, me pusiste ese nombre en honor de uno de los mejores amigos de César Vallejo en el Grupo Norte, José Eulogio Garrido Espinoza, aquel a quien Vallejo le dedicó ‘Bajo los álamos’ de su poemario ‘Los heraldos negros’. Si hasta hiciste que me memorizase ese poema cuando tenía tres años, rememoró el joven. 

Ah, ya; oe, José Eulogio, ¿ya te suscribiste a mi canal de YouTube? ¿Ya te caíste con tres suscripciones en mi canal de Kick? Putamadre, cuñao, mi audiencia va subiendo como la espuma y con esa crecida también la plata que YouTube y Kick me dejan mes a mes. ¿Sabes cuanto saqué entre ambas plataformas?

Eh, no, papá, hace años que no me llamas para conversar, así que no sé cuánto dinero te dejan esas plataformas. Pero, vamos, cuéntame, ¿cuánto ganas transmitiendo?

Pero para qué quieres que te llame si yo hablo todos los días a través de mis multiplataformas. Basta con que entres cualquier día, a cualquier hora, para que me escuches y te enteres de mi vida. Putamadre, o sea que encima te tengo que llamar; qué tal concha.

Tienes razón, pa. Mala mía. Ahorita mismo me suscribo a tu canal. ¿Cómo se llama?, dijo José Eulogio.

Se llama Cuchillos Largos, y salimos por YouTube, Kick, Facebook y X de Elion Mask. Pero aguanta tu coche. ¿Qué dijiste?, interpeló Groover, destapando una botella de cerveza y soplándosela de un solo sorbo hasta casi más de la mitad.

Que cómo se llamaba tu canal.

No, cojudo, eso no. Lo otro. Eso de ‘mala mía’.

Ah, sí, es una expresión que se usa para reconocer un error.

¡Fuera, chuchetumare! Esa es una expresión que usan los alucinados para dárselas de pituquitos cuando no son otra cosa que patacalatas, cholos arribistas, como estoy seguro que eres. Otra frase que usan es ‘literal’; ‘literal esto’, ‘literal aquello’. Puta que me llegan al pincho cuando los oigo. La vez pasada escuché a esta huevona cachera de la Lobatón, en el programa del cabrilla de la Beto, hablando de la perra cachera de su vieja, diciendo que ella, ‘literal’, tenía la fuerza de un hombre. Putamadre, cojudo, yo casi agarro mi celular a patadas. Si esa puta dice que su madre ‘literal’ tiene la fuerza de un hombre entonces es porque de verdad su madre es un hombre. Por la conchasuabuela, ‘literal’ o ‘literalmente’ no se usa para exagerar, carajo. Se usa para indicar que lo que ocurrió, sucedió tal cual. Por ejemplo, la vez pasada escuché a una divorciada víctima de afecto de mierda, que a pesar de que ha pasado por los claustros universitarios, decir: ‘literal’ me morí de la risa. Entonces, te hubieras muerto, pues, cojuda. Ya no estarías con vida. ¡Por la conchasumadre, cómo me destruyen el idioma español que es tan bello! Groover había lanzado un furibundo puño contra la pared.

Tranquilo, papá; te prometo que no volveré a decir ‘mala mía’. Aceptaré mansamente mi condición de cholo desposeído, de joven patacalata.

Haces bien, cojudo. No hay nada que me joda más que la gente falsa, inhaló Groover.

Está bien, papá. Y volviendo al tema, me alegra mucho que te esté yendo bien en tu faceta de comunicador, dijo José Eulogio con desinteresada franqueza.

Claro, huevón, me está yendo de la putamadre. Solo para ti, que eres mi hijo, te voy a soltar este dato. Estoy facturando tres mil dólares mensuales. Entre YouTube y Kick, me estoy haciendo esa friolera. ¿Cómo la ves?

Estupendo, papá. Es una buena cantidad de dinero que te estas ganando con estar solamente sent… José Eulogio se detuvo a tiempo. Reformuló su frase para evitar que Groover creyera que menospreciaba su actividad, que solamente se ganaba la vida sentado frente a una computadora, con un rollo de papel higiénico en la diestra y una papaya que usaba para masturbarse en la siniestra. Es una buena cantidad de plata para hacerla desplegando tus conocimientos truncos de comunicación en la universidad y muy cómodamente desde tu casa.

Claro, pues, huevón, no me hizo falta terminar la carrera. Yo llevo la comunicación en la sangre. Soy un comunicador nato. No sé si has ido a la escuela de oratoria en la Casa del Pueblo. Si no lo has hecho, te exhorto a que lo hagas. Ningún hijo mío va a hablar como un Cambrito descamisado.

Sin tener idea de quién diablos era Cambrito, José Eulogio, que no era, como su padre, un orador de fuste, dijo: Sí, papá, lo haré. Creo que me caerá muy bien reforzar mis habilidades oratorias ahora que voy a empezar la universidad. José Eulogio había estado esperando esa precisa entrada para volver a inocular el tema de la universidad.

La universidad, la universidad, la universidad, remedó Groover. ¿No sabes decir otra cosa? Putamadre, yo conozco a varios huevones que han terminado la universidad y ahora dan pena. Ahí tienes a esa divorciada víctima de afecto, cuyo nombre no viene al caso, pero a quien llamaré Teresa, que estudió comunicaciones interplanetarias en una prestigiosa universidad y cuando le digo que entretenga a los descamisados mientras achico la bomba dos minutos, se queda callada, muda, se maridonea, me busca, me dice no sé qué decir. Puta, hasta las huevas, pues. Y mírame a mí, que no estudie ni pincho, y puedo entretener a miles durante horas con mi solo verbo, que puede ser flamígero por momentos o melifluo según las circunstancias, como cuando hablo con mi musa y amor imposible, la Caza Maridones Bafi. Y es que no se necesita ir a la universidad para lograr tus metas. Bukowski decía que lo que se necesita en la vida era beber, escribir y cachar. Yo, Groover, me cago en él y digo: se necesita vivir, leer y comunicar. A propósito, ¿qué libro estas leyendo?

José Eulogio no leía. Consideraba que los libros y la lectura eran algo obsoleto, en desacuerdo con la modernidad. Para qué iba a leer, digamos, La Riqueza De Las Naciones de Adam Smith, si se les podía preguntar a Chat GPT, DeepSeek, Perplexity, Copilot, que le dieran un resumen de diez líneas de ese libro de modo tal que luciera como todo un experto en la materia. Leer un mastodonte de mil páginas era una manera muy cojuda de perder el tiempo, era vivir decimonónicamente.

Últimamente no he leído nada, pá, porque me he estado preparando para el ingreso a la universidad. He estado trabajando con textos preuniversitarios. Y justamente por eso te llamaba, pá, porque he ingresado y para pedirte que…, dijo José Eulogio, dándole a sus últimas palabras el suficiente peso jubiloso para que su padre se contagiase también de la buena noticia.

Putamadre, ya me tienes huevón con tu universidad, lo interrumpió Groover. Mira, hasta has hecho que se me pase la borrachera, carajo. Ya, ladra, qué quieres decirme. Qué quieres pedirme, demandó Groover, hartándose de la llamada de su hijo.

Papá, aprovechando la buenísima noticia de que te está yendo bien con tu emprendimiento virtual, quiero pedirte que me ayudes con la matrícula y la primera pensión de la Universidad Católica, que es donde he ingresado. Son más o menos en total unos ocho mil soles. Y eso que he postulado a la primera escala y me la han aceptado, ya que dije que mi papá me abandonó cuando era niño. Así que, papi, solo pagarás ocho mil soles y ya los meses siguientes solo serán cuatro mil soles mensuales.

¡Fuera, chuchetumare! Seguro eres uno de los esbirros del pelao cabeza de pinga de Marly que me quiere ver cagao y hasta las huevas como él, ¿no? Habla, dime, cuánto te está pagando Marly para extorsionarme.

¿Extorsionarte? Solo te estoy pidiendo un apoyo para la universidad, papi.

¿Papi? Claro, como has escuchado que me va muy bien en las redes sociales, y como te has enterado, qué te digo, de que me han contratado para liderar el programa Zero A La Izquierda en otro canal de YouTube muy importante como Alter Negro, uno de cuyos fundadores es el negro Puti, me quieres picar; por eso me dices papi, papicarme. ¡Fuera, cojudo! No voy a caer en las trampas del tarado de Marly ni del serrano de Montes, borbotó Groover, desahogándose, expulsando todo el odio que le habían incubado en el alma sus enemigos.

Papá, escúchame, yo no te estoy extorsionando.

¡Fuera, extorsionador! Vete. Chau. Número equivocado. ¡Policía, policía!, cortó Groover, agitado, el corazón tratando de romperle las costillas para huir directamente al tazoncito donde se acumulaba su coquita del fin de semana.

***

Ayer, queridos Cuchilleros Largos, recibí un atentado sin precedentes en este submundo de la Brutalidad, un ataque que ya ha sobrepasado cualquier límite imaginable. Los enviados y esbirros del serrano dientes de sable Montes y del pelao cabeza de mi nepe de Marly empezaron secuestrando a mis caballitos Boloña y Pandolfi, cercenándoles la cabeza, amputándoles la pinga, vejándolos, pero lo de ayer ya fue el colmo de los colmos. Y yo voy a tomar medidas, ojo. Voy a demandarlos, par de descamisados y la conchasumare. No crean que van a pasar piola.

El Mano Santa, fiel seguidor de Groover, comentó: ¿Qué te hicieron, viejito? Cuenta.

Me extorsionaron, dijo Groover. Un huevón, que se había investigado los buenos números que estoy haciendo en redes, me llamó para pedirme plata, para extorsionarme de la manera más vil.

¿Y qué hiciste, viejito lindo?, comentó Jorge Jarra, otro seguidor del Viejo.

Lo mandé a la chuchesumare, pues, huevón. Con esos indeseables no se tranza. Es como la cojuda de Dina con el pastrulo del presidente de Colombia. ¿Cómo se llama este conchasumare?

Gustavo Petro, comentó Háblame de Groover, otro seguidor fanático del Viejo.

Petro, ese conchasumare. ¿O sea que un descamisado, un pastrulo, propone una huevada y Dina cojuda le va a hacer caso? Ni cagando. Muy bien que Dina no le haya hecho caso y que no le haya dado la mano a ese terrorista. Con terroristas no se negocia. Y eso mismo hice con ese extorsionador que ahorita está bien mandado a la mierda.

Una llamada telefónica turbó su airado discurso. Era el número de su hijo.

Miren, nuevamente el conchasumare que se está haciendo pasar por mi hijo está insistiendo con la extorsión. Pero aquí somos dialécticos. Aquí, en Cuchillos Largos, nos encanta desenmascarar a estos malvivientes en vivo y en directo.

¡Aló! ¡Qué quieres, conchatumadre! Estás al aire. ¡Habla!

Papá, por favor, no me insultes. Soy yo, tu hijo.

Groover, ya lúcido, ya sin las toxinas y los efectos del alcohol y las drogas encima, reconoció con sorpresa la voz de su hijo.

¿José Eulogio?

Sí, papá, dijo el muchacho. Te acordaste de mi nombre.

Claro, claro, cómo no me voy a acordar si eres mi hijo unigénito.

Es que ayer te olvidabas.

Groover recordó vagamente el festival de tragos y drogas que le habían abotargado el entendimiento el día anterior. Entonces, cayó en la cuenta de que había sido una mierda de padre.

Chucha, eras tú, dijo Groover con no poca vergüenza. Rápida e intempestivamente apagó el directo. Le iba a caer una tonelada de bullying si continuaba ventilando en su programa esa conversación con su hijo. Perdóname, pucha, seguramente dije muchas tonterías, Jose Eulogio.

No te preocupes, papá; yo entiendo, dijo el muchacho en un acto de generosidad que causó en Groover un sentimiento que le arrugó el corazón. Se sintió hasta las huevas por ser un padre dedicado al vicio y a la masturbación. Más bien, te llamaba para decirte que ya no es necesario que me envíes dinero. Justo ayer te llamé para pedirte plata para mi matrícula y mi pensión, pero ya no es necesario, papá.

Groover sintió un alivio, porque gastar cinco mil soles al mes, estando borracho o sobrio, no era nada bonito.  

Solo voy a necesitar una firmita tuya, papá. Ahí a tu Telegram te estoy enviando la hojita que me tienes que firmar. Con una sola firmita, quedan pagados mi matrícula y mi primer semestre.

Macanudo, mi cachorro. Pásame al toque el documento antes de que me vuelva a terrajear el cerebro con coca, hijo mío. Esta versión es tu verdadero padre, mi mejor versión, la que solía gustarle al pelao hijo de puta de Marly, la que me mantuvo sosteniendo amables chácharas con el serrano de Montes.

Ya, papá, ya te pasé el documento.

Pasu, tiene como quinientas. ¿Tan largo?

Sí, papá, no te preocupes. Tú firma, nomás. Yo ya lo leí por ti. Apenas presente el documento firmado, la matrícula y el primer semestre quedan totalmente pagados. Mira que son como treinta mil soles.

Ni bien Groover oyó la descomunal cifra, rubricó rápidamente el documento. Hizo clic con el dedo en donde decía ‘firma’ y automáticamente su rúbrica selló el acuerdo.

Ya te lo envié firmado. Fíjate si lo has recibido, dijo Groover.

Sí, papá. Genial. Mil gracias por todo, dijo José Eulogio.

No, gracias a ti, hijo mío, por haber confiado en mí a pesar de que conversaste con esa otra versión mía que aparece cada que me inflo de cerveza y me saturo de cocaína. Por favor, no le digas a nadie que tu padre suele caer en la tempestad de sus ricos vicios de vez en cuando, pidió Groover.

No, papi, no hará falta, dijo José Eulogio. Te quiero, pá. Fue un honor que me hayas ayudado al menos una vez en tu vida. Y colgó.

Estas últimas palabras quedaron resonando en la cabeza de Groover y le dieron una muy mala espina. Sin embargo, volvió a prender directo.  Conversó con sus suscriptores tres horas más, hasta muy entrado el amanecer de ese día. Concluyó la última hora de su programa haciendo un karaoke.

Pero las postreras palabras de su hijo volvieron a inflamarle las amígdalas. Decidió llamarlo para liquidar el prurito que le carcomía el cerebro. Una voz femenina le respondió: el número que usted ha marcado no existe. Esto le rompió la cabeza. Lo intentó cuatro veces más con el mismo resultado. Claramente el ser humano era el único animal que tropezaba cinco veces con la misma piedra. Groover era la prueba patente de ello.

Iba a llamar a su hijo una sexta vez cuando recibió en el Telegram un mensaje misterioso. Lo enviaba un usuario identificado como El Cartel de la Muela.

El mensaje decía: Conchatumadre, somos del Cartel de la Muela. Si no pagas los treinta mil soles, que te hemos depositado, en los tres meses acordados, te vamos a hacer una cordial visita a tu casa sita en la calle Berger seis cuatro seis. Ya sabes. El tiempo es un cangrejo que camina para atrás y le quedan pocos pasos.

Firmaba: El Chimuelo.

¡Mierda!, comprendió Groover: su hijo acababa de devolverle el golpe; lo había centrado con el Cartel de la Muela, al parecer, un cartel criminal de reciente formación, pero de certera peligrosidad, pues lo tenían muy bien estudiado.

Groover tendría que contar con la misma popularidad del negro Speed para juntar treinta mil soles en tres meses.

Sosteniendo el celular en su mano, parado en medio de su habitación, conmocionado, imaginándose con las muelas arrancadas una a una con un oxidado alicate accionado por el líder criminal Chimuelo, Groover se meó. Sabía muy bien que el único camino que le esperaba era el que hacía mucho tiempo había señalado el gran dramaturgo William Shakespeare en su obra la Tempestad, en la escena II del acto III, cuando Esteban le dice a Caliban: Solo el que se muere paga todas sus deudas.   


lunes, 18 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 28: La Camarada Eva pelea con su madre en la Noche Morada

 


Luego de que su mamá, una anciana de casi noventa años, le interrumpió una de sus transmisiones en Kick, toc, toc, toc, Groover, Groover, ¿todavía sigues despierto y gritando? ¿A qué hora te vas a dormir?, el mencionado Groover la depositó en un asilo, castigándola y, de paso, apropiándose de su modesta casa. Quedó profundamente resentido con ella porque debido a esa maternal intervención, sus seguidores, pero sobre todo sus enemigos, le perdieron el respeto y el temor, empezándolo a tratar como un meme.

Su resentimiento se extendió hacia toda aquella madre autoritaria, entrometida y huelepedos que le recordara a la suya; como la madre de Eva, la camarada.

***

¿Ya te compraste tu vino?, dijo Groover, el productor del programa de Eva.

Sí, viejo lesbiano, ¿aquí no ve?, dijo Eva, mostrando una botella a medio consumir.

¿O sea que recién vamos a empezar el programa y ya te has tomado media botella?, sospechó Groover. No me quieras ver la cara de huevón, conchatumadre.

Oye, viejo maricón, usted a mí me respeta, ah. Y no; esta botella recién la he abierto. Solo que me he tomado un par de vasos mientras prendía mi computadora para hacer el programa. Llegué con sed de haber caminado tanto buscando trabajo. ¿Me cree o no?, se defendió Eva.

Bueno, ya, concedió Groover, te creo. Ojalá nomás no me estes viendo la cara de huevón. No quiero creer que yo, don cojudo, te esté mandando veinte soles para que te compres un vino nuevo para el programa y tú me estés estafando, quedándote con los veinte soles para que mantengas al gordo vago de tu enamorado y muestres en pantalla la botella que dejaste a medias el programa pasado.

Si quiere, me cree, Viejo. Yo no voy a decir nada más, dijo Eva, rendida de discutir con Groover.

Ya, mamita, pasemos a otro tema mejor. Cuenta. ¿Qué fue de tu belleza esta semana? ¿Qué has estado haciendo? Sabes que tienes tus seguidores, ¿no? Desde que te vieron el chonchón por nuestras pantallas (yo, por supuesto, tuve que hacer el zoom respectivo para el regocijo de tus fanáticos), hay una larga lista de pajeros que me piden tu presencia a través de nuestras ondas.

Qué palabrero eres, Viejo. Bueno, les puedo contar a todos esos pajeros que me siguen que, para dejar de decir huevadas cuando hable de política, he empezado a estudiar por mi cuenta. Estoy leyendo todo sobre cómo y cuándo surgió la derecha y la izquierda en el Perú.

Putamadre, ya era hora de que leyeras un poquito para que des tus opiniones con una basatura sólida. Porque te diré que yo me declaro maoísta en un punto muy concreto, pontificó Groover; y es en el siguiente. Los televidentes podían oír las hojas de un libro que Groover manipulaba detrás de su cámara siempre apagada. Tengo aquí un libro de la edición de Pekín del año 72, Citas del presidente Mao Zedong. Este libro ha circulado mucho aquí, de modo que te cito esta edición, página 244. ¿Qué dice Mao? Dice: ‘Quien no ha investigado no tiene derecho a hablar. Aunque esta afirmación mía ha sido ridiculizada como empirismo estrecho, hasta la fecha no me arrepiento de haberla hecho; al contrario, sigo insistiendo en que, sin haber investigado, nadie puede pretender el derecho a hablar. Hay muchos que apenas descienden de la carroza comienzan a vociferar, a lanzar opiniones, criticando esto y censurando aquello, pero de hecho todos ellos fracasan sin excepción porque sus comentarios o críticas, que no están fundamentados en una investigación minuciosa, no son más que charlatanería’. Eso decía Mao. Amén.

¿Quién? ¿Meao? ¿Quién será ese huevón, viejo lesbiano? Usted siempre me saca nombres raros para apantallarme, dijo Eva y se secó otro vaso de vino. ¡Ay, qué rico! Así me gusta mi vino, heladito.

Así, chupa, chupa, tienes que darnos chow, ah, exigió Groover. ¿Y qué sabes hasta ahora de la derecha y la izquierda?

Ah, ya, bueno, como le decía, dijo Eva, entusiasmada, he aprendido que la derecha nació en la guerra de independencia contra los realistas. Ellos eran de derecha, Viejo.

¿Quiénes?, se sorprendió Groover.

Los realistas, pues, los realistas. Ellos fundaron el partido de la derecha bruta y achorada en el Perú. Eva coronó su comentario llenándose el vasito de vino.

Mira la huevada que hablas, se carcajeó Groover. O sea que la derecha nació con los realistas. ¿Y la izquierda?

La izquierda ya existía, Viejo. La izquierda nació con los incas. ¿No ve que ellos eran colectivistas? ¿O sea comunistas? Vivían en comunidad. Los incas fundaron el partido comunista antes de que vinieran los realistas brutos y achorados, expuso Eva con determinación. Y todavía sigo leyendo más. Quiero hacerme una experta en el tema político para que nadie me refute mis opiniones.

¡Ahhhh, ahhhh! Groover estaba a punto de colapsar. No podía comprender que una sola persona pudiera decir tantas huevadas de un tirón y dándoselas de culta para concha. Puta, Eva, si hablas cojudeces leyendo, ¿cómo sería si estuvieras en un estado de pura brutalidad?

Ay, usted solo me critica, viejo lesbiano. A propósito, ¿ya se cambió de pañal? Jus jus jus, rio Eva.

 Ya, chupa, nomás, cojuda, danos más brutalidad, más cojudeces.

***

Toc, toc, toc. Era la puerta del cuarto de Eva.

Eva, Eva, estás gritando, baja la voz, carajo. Era la exigente y rigurosa voz de la veterana madre de Eva.

Mamá, no jodas; estoy trabajando, putamadre, gritó Eva. Iba ya en las postrimerías de su segunda botella de vino.

¿Trabajando?, insistió la señora, estás gritando, cojuda. Tu papá necesita descansar. Mañana tiene que levantarse temprano para ir a trabajar.

¿Trabajar?, dijo Eva, sarcástica. Sus padres eran muy mayores; hacía tiempo que habían pasado los ocho cheques. Apenas si podían moverse. Ya está viejo; qué va a trabajar ese huevón. No jodas, pues, mamá.

Tiene que trabajar, pues, cojuda, ¿cómo crees que pagamos las cuentas? ¿Crees que el internet que usas para emborracharte se paga solo? Tu papá, con sus ochenta y tantos años, todavía tiene que ir a la oficina.

Ay, mamá, yo también estoy trabajando. Me están pagando por emborracharme en vivo. Deberías estar orgullosa de mí, y lo único que haces es quejarte y venir a interrumpirme. No me dejas crecer profesionalmente. Cierren bien la puerta de su cuarto y no me jodan.

Los televidentes del programa de Groover, mejor conocidos en el mundo de las redes sociales como Los Dibujitos, disfrutaban de la discusión entre Eva y su mamá ya que el productor, Groover, en lugar de haber silenciado el micrófono de Eva, le subió todo el volumen. Quiso registrar hasta el más mínimo susurro. Esta situación fue similar a la vez en que Groover maximizó la imagen de la cámara de Eva, cuando esta, en un programa anterior, por lo borracha que estaba, defecó en una esquina de su cuarto, sin haber tomado la precaución de apagar la cámara. Groover se solazó maximizándole el culo y la panocha.

¿A emborracharte le llamas trabajar? ¿Quién es el maldito que te paga para que hagas esa clase de trabajo? Eres una ladina, eres una caradura.

Ya cállate, mamá. Viejo, ¿en qué estábamos?

Putamadre, ¿dónde está tu profesionalismo, carajo, Eva?, dijo Groover, sardónico. Yo te pago para que des un buen chow y te vienen a interrumpir. ¿Dónde estamos? ¿Qué se habrá creído tu vieja para interrumpir así el programa? ¿Que acaso no ve que tienes miles de seguidores impacientes por verte y oírte?

Sí, pues, mi vieja es una mierda, gritó Eva, quien creía estar hablando con un tono de voz neutral cuando en realidad su borrachera le impedía darse cuenta de que todo el vecindario, en especial sus ancianos padres, martirizaban sus oídos con sus destemplados desafueros.

Ya me cansé, muchachita de miércoles, dijo la madre, tratando de tumbarse la puerta del cuarto de Eva.

No hagas fuerza que te vas a morir de un infarto, mamá. Con todos los kilos que tienes encima, se te va a parar el corazón. Y luego yo no me voy a estar haciendo cargo, ah.

Te voy a sacar la mierda, hija de puta, dijo la señora. Ábreme la puerta. A mí me vas a respetar, carajo. Abre, abre. La desvencijada mujer golpeaba la madera con toda la indignación que le causaba tener una hija tan desconsiderada como la legendaria musa de la Brutalidad: Eva.

Cojuda, se me acaba de ocurrir una idea de la putamadre, en la que saldremos ganando los tres: mi canal de Kick, tu mamá y tú, dijo Groover.

Eva, que estaba apoyando su peso contra la puerta de su cuarto para evitar que su madre se la tumbara y le sacara la mierda, contestó: Métete al culo tu idea, viejo lesbiano, ¿no ves que mi vieja se ha vuelto loca?

Uno de los dibujitos del programa comentó: Oye, terruca, ¿por qué tratas así a tu madre? Respeta a tu viejito que todavía trabaja para darte todo.

¿Qué hablas, huevón?, se indignó Eva. ¿Crees que porque mi papá, con sus ochenta años, sigue trabajando para mantenerme yo le debo algo? Nada que ver. Estás mal de la cabeza. ¿Para qué me tuvo, pues? Que se joda. Si traes una hija al mundo, tienes que ver por ella hasta el fin de tus días.

Qué bonita manera de pensar, Evita. No esperaba menos de ti, dijo Groover. Pero te cuento…

La madera de la puerta de Eva empezó a gemir como si se la estuvieran culeando: la mamá se había recostado sobre su superficie, y su inmenso peso le estaba ganando la batalla a las esmirriadas fuerzas de su hija.

Hable rápido, pues, viejo lesbiano, ¿no ve que la pesada de mi mama está a punto de sacarme la mierda?

Vamos a cortar ahorita la transmisión y el próximo fin de semana, en un ring de box, tu señora madre y tú se van a agarrar a guantazos. Vamos a transmitir por mi canal de Kick esa pelea. En el cuadrilátero, se van a decir sus verdades a puño limpio, y la ganadora se llevará un rico premio en dinero.

Los dibujitos celebraron el anuncio. El ciudadano de estos tiempos, como los romanos de la antigüedad, caían rendidos ante un buen espectáculo de sangre.

***

Gracias al apoyo de su socio PelHambre, exitoso empresario de las apuestas del bitcoin, Groover pudo levantar un colosal ring de box, iluminado por unos rocambolescos juegos de luces controlados desde un centro inteligente que estaba listo para transmitir para sus seguidores la gran pelea entre Eva y su principal saboteadora, su mamá.

Para el evento, se había alquilado el viejo Coliseo Amauta, en Lima, y Groover se había forrado con las entradas. Si uno quería ver cómo se volaban las muelas y se tironeaban las mechas madre e hija, debía pagar entre cuarenta y cien dólares.

Bienvenidos al evento central de esta Noche Morada, anunció Groover cuando llegó la hora de la pelea estelar: Eva contra su madre. Con esta contienda, le estaremos poniendo punto final a una noche que sé que ha sido muy grata para ustedes, una noche que me recuerda a aquella noche en que mi líder Alan García regresó de su exilio dorado parisino para volver a tomar las riendas de nuestro convulso país, recitando para ello las inolvidables líneas de Calderón de la Barca que decía…

Se escucharon unas pifias. La gente no quería más floro. Antes de cada una de las peleas preliminares, Groover se había mandado con unos largos soliloquios que disminuían el esperado rating. La gente quería ver el desenlace de una historia de amor y desamor, quería ver un fin sangriento.

Millones de adolescentes vivaban por Eva, por alguien que les sacara la mierda a esas madres castrantes y castigadoras, a esas señoras que les decían todo el tiempo que eran unos inútiles de mierda, unos buenos para nada, madres que se negaban a jugarles un centrito para salir con sus flaquitas o sus flaquitos.

Y, del otro lado, estaban los millones de madres que apoyaban a la mamá de Eva. Por intermedio de ella, querían vengarse de esos hijos sangrones que se aparecían en los eventos familiares solo para picar comida, de esos hijos que pasados los cuarenta todavía seguían succionándoles plata y cariño sin siquiera darles un mínimo agradecimiento, de esos hijos que querían el desayuno en la cama servido a la hora.

Que se saquen la mugre de una vez, gritaban desde la tribuna las gentes sedientas de violencia y sana justicia.

Vamos, Eva, vivaban los jóvenes.

Vamos, mamá de Eva, vociferaban, como diría la misma Eva, las madres cacheras del Perú.

Eva y su madre, cada una por su lado, hicieron un ingreso estrambótico y enloquecedor. Eva vestía una trusa azul; su madre, una señora de más de ochenta años, un pañal rojo. Ambas llevaban guantes que lucían inmensos en sus esmirriadas manos, guantes forrados con lija de construcción para propinar severos raspones al rozar la piel.

***

El referí estaba a punto de dar la señal del inicio de la pelea y Groover, el maquiavélico organizador del evento, se lo sabroseaba en su asiento. Ateo como era, rezaba para que el combate terminase en un cruento empate: muerta la madre, muerta la hija, con harto sangregorio, y mucho chow del bueno dejado como muestra de su desprecio para la posteridad de la humanidad.  

Sin que el propio Groover lo viese venir, con la agilidad de una rata que esquivaba los certeros escobazos que pretendían eclipsarle la vida, se trepó en el ring el streamer KristoRata. Llevaba puesto el mismo short con el que había sido vencido por su rival Kañita de Pescar en la primera edición de la Mecha de Streamers, organizada a su vez por un conocido streamer que se injertó pelo de la zona púbica en la cabeza para no quedarse calvo.

KristoRata quería ganar algo en su vida, como si no hubiera sido suficiente que ya haya ganado notoriedad y mucho dinero en un Perú que premiaba a sus más conspicuos huevones antes que a sus vástagos más ilustrados.

No voy a permitir que una señora de esta edad pelee, mucho menos con esta persona que no merece llamarse su hija. Hazte a un lado mamita, le pidió KristoRata a la mamá de Eva, yo me voy a encargar de poner en su sitio a esta vaga que te ha estado chupando la sangre desde que nació.

La madre de Eva, que era una mujer que cuando se comprometía con una causa iba hasta el final, miró directamente a los ojos del famoso streamer y le dijo: Fuera chuchetumare; esa vaga es mi hija y la única que puede sacarle su mierda soy yo, su madre, así que vete a la mierda. Y de un furibundo izquierdazo logró lo que Kañita de Pescar no pudo: noquear a KristoRata.

La multitud se enardeció. Volaron muchas botellas de cerveza en señal de respeto por el coraje de la anciana. Ya quisiera que así fuera mi madre, decían muchos.  Esta señora no se anda con huevadas, murmuraban otros.

Gracias a semejante despliegue de poder y contundencia, varios de los adeptos de Eva se pasaron a las filas de su señora madre. Ahora era ensordecedor el aliento dedicado a la octogenaria.

***

Entonces el referí no demoró más el comienzo. Eva y su madre chocaron los puños en honor al juego limpio. Empezaron a medirse lanzando fintas. Tanteaban el terreno. Se estudiaban. Buscaban el vacío en la defensa opuesta por el cual pudieran conectar un deleterio izquierdazo o un fulminante derechazo.

Un poderoso remezón musical resonó por todo el auditorio y las gladiadoras volvieron a desconcentrarse. Era la fanfarria que anunciaba el ingreso en la lona del presidente de Colombia, Gustavo Petro. Su visita se debía a las virales declaraciones que había vertido Eva sobre el gobierno peruano y su desidia para con la limítrofe isla Santa Rosa.

Si el Perú tiene olvidada a esa isla, si no la usa para nada y la mantiene en la pobreza, que se la dé a Colombia, pues. Si yo viviera ahí, y veo que las zonas cercanas que le pertenecen a Colombia viven mejor, me hago colombiana. Que me den oro y me hago colombiana. Ni cagando me quedaría donde me tratan mal.

Eso dijo esta pensante muchacha, dijo Petro, abriéndose paso entre las dos mujeres, luego de haber reproducido el clip viral con las declaraciones que Eva vertió en uno de los programas de Groover.

Gracias a esas declaraciones, los peruanos de esa isla recapacitaron sobre el olvido en que los tienen y han elevado su voz al gobierno de la presidenta Boluarte para pasar a ser colombianos. He venido a agradecerle a esta influencer peruana, Eva, que haya expresado de corazón su sentir, el cual se puede resumir muy bien en: si no utilizas algo, cédelo, regálalo.

Petro le pasó el micrófono a Eva para que ratificara sus palabras.

, dijo Eva, yo apoyo que esa isla sea de Colombia, ya que la cachera de la presidenta la tiene abandonada y sin usarla. No la usa, carajo.

Ahí quédese, dijo Petro, ahí quédese.

Eva detuvo sus palabras ahí. Con el rostro sorprendido, miró al presidente colombiano, quien apenas le llevaba una cabeza de ventaja. Eva, desubicada como siempre, no sabía que estaba ante el mismísimo presidente colombiano. Se figuró que era un advenedizo más, un perdido, un inopinado, un espontáneo a lo Augusto Ferrando, alguien que quería chow.

En Colombia, necesitamos más propuestas como la tuya, Eva. Por eso hemos venido a colombianizar tu cerebro, ya que es algo que no usas. Tu cerebro es como la isla Santa Rosa y tú como el gobierno peruano. Lo tienes descuidado, no lo irrigas, no lo cultivas, ni siquiera sabes hablar inglés y te consideras profesora. Entonces, como ese cerebro está limpiecito, sin mantenimiento, yo, Petro, lo pido para Colombia. Aquí está tu oro.

Eva recibió con la boca abierta un pequeño saquito de monedas.

Y, ahora, por favor, acompaña a nuestro médico a la sala de operaciones. Desde hoy, nuestra querida Colombia se hará de un cerebro nuevo que sí será cultivado en las ciencias y en las artes como es debido.

Eva fue sacada del ring y llevada a una sala de operaciones.

Groover se había quedado sin chow.

La putamadre, este terrorista de mierda me ha cagado mi pelea. Esto no se queda así. Síganme las cámaras, carajo, ordenó Groover, llevándose sus cámaras a la sala de operaciones. El unboxing del cerebro de Eva le daría las vistas que necesitaba porque, como dijo Woody Allen, el cerebro era su segundo órgano favorito después de su pichulita.


miércoles, 6 de agosto de 2025

Novela Peruana "Brutalidad" de Daniel Gutiérrez Híjar - Cap 27: Hulk Hogan y los caballos de Don Groover

 


Cambrito se impresionó al ver la corpulencia y el tamaño colosales de Hulk Hogan. Era imposible cerrarle la boca para detenerle los filamentos de saliva que se le desprendían e iban a dar contra el suelo, creando en torno de él una laguna de pura babosería.

El reconocido catchascanista vestía su acostumbrado traje de licra que le resaltaba el enrollado de calcetines que se había colocado en la zona genital para fingir la posesión de una chala de temer, un cañón digno de la pesada artillería naval chilena que derrotó a los peruanos en el combate de Angamos en 1879. Lo cierto era que la gampi original del peleador norteamericano se había encogido estrepitosamente producto del uso abusivo de los químicos que le mantenían los músculos vistosamente inflados.

Muy bien, vamos a empezar tu entrenamiento haciendo flexiones, dijo Hogan.

¿Es de verdad?, dijo Cambrito, señalándole la pieza.

Sí, carajo, es de verdad. Pero ahorita no estamos para que me veas la chula. Dame cien flexiones, ordenó el pugilista.

¿Flexiones? ¿Cómo se hacen?

El peleador no supo qué contestar. Después de unos segundos de desconcierto, reconoció: Puta, huevón, la verdad no sé qué son flexiones. Había caído en la cuenta de que toda su carrera de luchador no era más que una farsa, como el rollo de calcetines que tenía encima de su pichulita.

Vamos a hacer algo mejor, propuso luego. Vamos al grano, vamos de frente a la mechadera. Eso es lo que mejor hago, sobre todo cuando alguien se jala mi coca. Puta, ahí sí que me pongo como fiera, eh.

¿Cómo que cuando se jalan tu coca?, dijo Cambrito.

Coca, pues, hermano; vaina, merca, chamo, detalló el peleador.

Ah, ya, pero yo pensé que me enseñarías a pelear como cuando sales al cuadrilátero y te mechas con grandes rivales, dijo Cambrito.

¿Eres sano, no, cojudo? Esas peleas son armadas. ¿No ves que ni rasguños nos hacemos?

Pero yo he visto que han sangrado y hasta se han quebrado un hueso una vez.

Eso pasaba cuando el cojudo que se rompía el hueso no ensayaba ni mierda y, ¡ploc!, se sacaba la conchasumare. O, a veces, cuando queríamos subir el rating, usábamos témpera roja Pelikan para fingir el derramamiento de sangregorio, explicó Hogan. Pero donde sí me he mechado de verdad es en las discotecas cuando se han querido pelar mi trago, mi coca o mis mujeres. Puta, ahí sí que he sacado a relucir mis verdaderos puños.

Chicos, ¿todo bien?, intervino de pronto el tío de Cambrito, el señor Román Clavijo, experto coiffure del barrio Los Adefesios, en Chorrillos.

Sí, todo bien, tío; el señor Hogan me va a enseñar los movimientos más letales para abollar al Sonsei Simio Violencia, quien hace unos días se atrevió a denostar infundadamente a mi socio PelHambre, boyante empresario del bitcoin que se ha propuesto levantar un imperio televisivo en YouTube, dando trabajo a humildes y correctas personas que se mueren de hambre, como tu seguro servidor.

Román asomó la cabeza dentro de la habitación de su sobrino. El cuarto era estrecho. Calculó al vuelo que los chicos no tendrían suficiente espacio para maniobrar cómodamente.

Señor Hogan, aquí no podrá enseñarle a mi sobrino sus movimientos. Es muy chiquito este cuarto. El tío de Cambrito no podía disimular el gusto superlativo que le despertaba la visión de la cuantiosa pieza del luchador. Mas que haga la prueba, señor Hogan.

El peleador alargó los brazos hacia sus costados y no pudo extenderlos a cabalidad; las paredes se lo impedían.

Vives de arrimado en este hueco, cojudo, le increpó a Cambrito. A tu edad, yo ya tenía tres mansiones.

Venga a mi cuarto, míster Hogan; probemos que sí hay más espacio ahí antes de que continúe con las clases a mi sobrino.

Señora, se lo agradezco, pero no, dijo Hogan, renuente. Le vio la piel marrón al señor Clavijo, la misma piel oscura de aquellos latinoamericanos que lastraban su pujante tierra gringa con sus bártulos y su atraso, muy diferente a la piel blanca de un übermensch hincha fanático de Donald Trump. Él únicamente quería cumplir con los cien soles que había recibido por darle dos horas de clase al adefesio ese.

Mire lo que tengo, profesor, dijo Román, blandiendo un paquetito transparente en cuyo interior bailoteaban partículas blancas de un brillo invitador.

En una, Hogan siguió los pasos de Román.

Ve haciendo flexiones, volvió a ordenar Hulk. Voy a ver si el cuarto de tu tío tiene el espacio suficiente para mover mis miembros, y me refiero a todos, todos, mis miembros.

***

Transcurrió una hora y Cambrito se preocupó por Hogan. Para matar el tiempo, se había enganchado con una de las transmisiones en directo del viejo Groover. Se desconectó y fue a golpear la puerta del cuarto de su tío. Pegó la oreja para oír qué pasaba y, en ese momento, se abrió la puerta. Era su tío: Sobrino, vamos, yo sí te voy a enseñar cómo mechar. Ese Sonsei no va a quedar vivo después de los movimientos que vas a aprender, dijo, cerrando la puerta.

¿Pero y el profe?, dijo Cambrito.

No te preocupes, sobrino, ese huevón era pura pantalla. Tenía un manicito el fintoso ese. Y sus músculos eran puro biribiri, reveló Román, decepcionada, molesta, caminando sin mirar atrás, derechito al cuarto de su sobrino.

¿Pero dónde está? ¿Está todavía en tu cuarto?

Sí, ahí está el muy mentiroso. Se ha quedado dormido. No me aguantó ni medio round, dijo Román. Yo, más bien, le saqué locro y todo el aire que tenía en sus dizque músculos. Vamos, sobrino, olvida a ese cojudo. Ahora te voy a enseñar cómo derrotar a ese Sonsei. Vas a ver que con mi técnica no vas a derramar ni una gota de sangre de tu nariz como te pasa siempre que te peleas.

Está bien, tío; vamos, dijo Cambrito. Dejó que su tío avanzara y entrara en su cuarto para ojear rápidamente el interior de su habitación. Al abrir la puerta, vio a alguien parecido al peleador Hogan, solo que sumamente delgado, como desinflado, y con el poto hacia arriba y como horadado por un potente taladro.

¡Sobrino! ¿Ya?

Cambrito cerró despavoridamente la puerta del cuarto de su tío y corrió hacia el suyo.

***

Simio caminaba con desesperación, el celular pegado a la oreja. Trataba de comunicarse con alguno de sus seguidores radicados en Newark, Estados Unidos. Se hallaba en la imperiosa necesidad de picarles unas monedas. Nadie le contestaba. Putamadre, enfureció, estos imbéciles deberían contestarme; tienen el honor de que los esté llamando el fundador de la Brutalidad en el Perú, el periodista meme número uno de la televisión humorística.

Tampoco le contestó las más de cien llamadas el empresario auto denominado PelHambre, quien lo había contratado para estelarizar su programa deportivo Los Brutos de la Pelota Cuadrada y levantar las alicaídas vistas. Una buena cantidad de dinero por programa iría a las cuentas del Sonsei, a cambio, eso sí, de que derramara Brutalidad de la buena; o sea, que invectivara fuertemente a sus co-panelistas, que botara baba, que perdiera los papeles.

Pero, Sonsei, derrame brutalidad, por favor, dijo PelHambre al teléfono. Si no, por las huevas va a ser. Yo necesito a alguien que se meche en los debates.

Ya, ya, no hay problema. Ahí lo vemos, PelHambre, replicó el Sonsei, ya no tan entusiasmado, una vez que vio el primer depósito de dinero efectuado en su cuenta por adelantado.

El viejo Groover, de haber podido intervenir en esa conversación, y sobre la base de su experiencia con la camarada Eva, le habría aconsejado a PelHambre que nunca diera adelas, que, si le pagabas por adelantado a tus perros, mejor era regalarles la plata, porque plata adelantada, chamba quemada.

El Sonsei jamás dio Brutalidad en ninguno de los episodios de los Brutos de la Pelota Cuadrada. Se la pasaba dormido, roncando, disimulado por los lentes oscuros que también tenían la misión de suavizar alguito su fealdad. El programa transcurría sin ningún tipo de sobresalto. Y el moderador tampoco sabía cómo fogonear a los panelistas para que Simio pudiese enconarse con alguno de ellos. Estos, para empeorar las cosas, opinaban al mismo tiempo, eclipsándose las voces, y el televidente quedaba desconcertado y sin haber recibido el respectivo picotazo de Brutalidad. El resultado de las vistas no era el que esperaba PelHambre, el dueño del chongo.

Para fortuna de Simio, los enemigos del viejo Groover estaban dispuestos a jugarle un sencillo a cambio de que les hiciera una pequeña transmisión desde, nada más y nada menos que, el mismísimo domicilio de Groover, ubicado en una de las zonas más arrabaleras de los Estados Unidos, Newark.

Mi presupuesto es de quince dólares, Sonsei; tómalo o déjalo, enunció Quinta Columna, uno de los enemigos más cizañeros de Groover en los Estados Unidos.

¿Y crees que el Sonsei atraque hacer un vídeo y un raid a la casa de Groover en Newark?, dijo Coleguita Informado, otro de los enemigos de Groover en los Yunaites.

Claro que sí, ese pata, por quince dólares, hace eso y más, dijo Quinta Columna.

No te creo, ah, dijo Coleguita.

Es que yo voy a aplicar la técnica del anclaje. Le voy a decir al Simio que le voy a pagar 5 dólares.

¿Cinco dólares? Muy poco. No, dijo Simio.

Ya, Simio, diez dólares, pero también le haces unos cuantos destrozos a su casa. ¿Qué dices? Es mi última oferta, dijo Quinta Columna.

Simio la pensó. Pucha, sube un poco más y hasta me robo cosas de su casa si quieres.

Ya, quince dólares, cerrao. Pucha, pero me vas a dejar sin comer toda la semana. Todo sea por darle un merecido a mi enemigo Groover, dijo Quinta Columna.

¿Pero qué te ha hecho ese tal Groover como para que lo odies tanto y le mandes un mostro como yo a su respetable domicilio?, dijo Groover.

Me contagió de sida, dijo Quinta Columna con cara de piedra.

Simio se quedó en una pieza.

No seas sapo, pes, Simio. Mira que los sapos siempre mueren reventados.

***

¿Está en Estados Unidos?, dijo Cambrito, desilusionado. Estaba listo para mecharse con Simio empleando las técnicas pugilísticas que le había enseñado su tío, el señor Román Clavijo. ¿Y cuándo vuelve? Quiero sacarle la mierda.

Va a volver cuando uno de sus seguidores allá se deje picar para el pasaje de regreso.

Con las ganas que tenía de sacarle la mierda por haber ninguneado a mi amo y señor PelHambre y también por haber tratado de ridiculizar en vivo a mi madurita favorita Cécica Berninzone, preguntándole que cuál era el peso oficial de una pelota de fútbol. Se pasó de misógino el Sonsei, dijo Cambrito, sacándose conejos de los nudillos, haciendo sombras boxísticas, imaginando que tenía delante de él a ese despojo de periodista.

Un mensaje en el celular interrumpió sus ágiles fintas. Era un vídeo que le acababa de llegar a su cuenta de Discord. Cambrito recibía material fílmico de todo jaez que luego distribuía en sus círculos sociales virtuales para sembrar la concienzuda cizaña entre los personajes de la Brutalidad con los que mantenía contacto.

***

Hola, te saluda Simio Violencia. Groover Miura, aquí está tu casa: seis cuarenta y seis, anunció el Sonsei ante una cámara de celular que no perdía ningún detalle de su fealdad. Muchos decían que era el doble idéntico de Reptilio, entrañable personaje de los Thundercats.

El Quinta Columna, quien grababa, le ondeaba el prometido billete de veinte dólares al Sonsei, para estimularlo, como quien le blande un huesecillo a una obediente mascota. El Sonsei, por ese monto, había aceptado tocarle la puerta a Groover. Toca, toca la puerta, Sonsei, susurraba y animaba el Quinta Columna.

A ver, vamos a tocarle la puerta a este sidoso que está esparciendo el virus por todo Newark. Que me sigan las cámaras.

El Quinta Columna, residente en los Estados Unidos desde hacía una buena cantidad de años, estaba muy enterado de la ley conocida como la “Doctrina del Castillo”, que autorizaba a los propietarios de una casa a balear, acuchillar o empalar a todo aquel intruso que osara inmiscuirse en ella sin ningún tipo de autorización.  

Sabía que, si Groover los sorprendía en plena grabación, dentro de su propiedad, estaría en todo el derecho de dispararles a quemarropa. En varias de las transmisiones de su programa de YouTube y Kick, Cuchillos Largos, Groover había asegurado poseer un par de armas de fuego y un contingente de no pocas balas.

En la entrada de la casita, una humilde vivienda de madera de dos pisos que apenas se sostenían uno encima del otro, había un pequeño jardincito, o lo que había sido un jardincito, ya que ahora se hallaba sin plantas, sin flores, sin vida, a no ser por la vida de las ratas que jugueteaban dentro de los tres cubos metálicos colocados detrás de unas verjas en las que Groover había ensartado un par de caballos.

Los equinos eran usados por Groover para hacer Uber, movilidad. A falta de automóvil, llevaba a sus pasajeros en el lomo de sus corceles. Uno se llamaba Pandolfi y el otro Boloña, ladinos ministros del gobierno fujimorista a quienes Groover admiraba en secreto. Y cuando terminaba la agotadora jornada, dejaba colgados a sus caballos en la ya mencionada verja. En las briosas pingas, les había instalado sendas cámaras de videovigilancia que registrasen las marrullerías de aquellos intrusos enviados por sus enemigos, intrusos que le dejaban pizzas explosivas, hamburguesas con heces o six pack de chelas rellenas de pichi.

Groover maricón, mira lo que tienes, pendejo, mira en lo que has terminado, basura, por qué has puesto estos caballos en tu verja, exclamó el Sonsei, estirándoles la pata a los equinos, siempre mirando a la cámara de Quinta Columna, como si le estuviera hablando al mismísimo Groover.

El Sonsei, al haber manipulado los caballos, activó la silenciosa alarma de intrusión. Groover recibió la señal y chequeó en su celular las imágenes. Vio al famoso Simio Violencia, periodista peruano trajinado, que laboró diez años de su carrera sin haber cobrado un centavo y que ahora se había convertido en una figura muy mediática en la televisión peruana, invadiendo su propiedad. El famoso Violencia estaba en su territorio, haciendo mofas de su penosa enfermedad y mentándole la madre con fruición.

Groover conchatumadre, el Sonsei estuvo en tu casa. Tu territorio es mío. Lo acabo de poseer. Me he cachado a tu casa, maricón. No te vuelvas a meter con mis seguidores de los Estados Unidos. Te tienen vigilado, se descocía Simio, dándolo todo de sí, entregándose al show perpetuo de la Brutalidad, que exigía de sus víctimas hasta el último gramo de decencia.

Al Sonsei le llamó la atención que el dibujito Quinta Columna se quedase grabando desde el otro lado de la verja.

Acércate más para que enfoques bien cómo me meo en la puerta de Groover, dijo Simio en un vano intento por hacer que Quinta Columna también lo acompañase a desacralizar el terreno de Groover. Se conocía que Quinta Columna estaba en sus cabales muy bien puestos como para ser una cojuda víctima de la “Doctrina del Castillo”.

Entra, pe, carajo, reclamó Simio, la paciencia colmada. Grábame bien.

En ese momento, Simio y Quinta Columna (y también las ratas dentro de los botes de basura) oyeron un clic-clic. Era Groover que acababa de rastrillar su arma. Simio vio hacia los altos de la casa, pues de ahí provinieron esos sonidos metálicos. Vio a un hombre cachetón, apuntándolo con una Remington 700, uno de los ojos cerrados y el otro muy abierto, tratando de centrar la futura bala en medio de su cráneo. A esa arma, Groover la llamaba su Frejolera. Cuánto había esperado por frejolearse a alguien, por estrenar esa arma. Claro que le hubiera gustado matar a tiros a cualquiera de sus enemigos más encarnizados, pero el Sonsei, por prestarse a juegos cojudos, iba a tener que ser esa primera y tan ansiada víctima.

No, amiguito, no dispares, dijo el Sonsei, arrodillándose, del mismo modo en que se había hincado ante Cécica, suplicándole el respectivo perdón por haber querido humillarla en plena transmisión en vivo.

Hipócrita de mierda, dijo Groover, con que te gusta prestarte a huevaditas por unos pesos, ¿no?

¿Eres Groover?

Sí, cojudo.

Amigo Groover, yo no quise hacerte nada. Fue este huevón quien…, pero ya no había nadie; Quinta Columna, con el vídeo ya hecho, se había quitado a difundir su grabación para escarnio de Groover. Además, apenas vio al francotirador, puso pies en polvorosa para que no le salpicase la frejoleada ni la sangre del Sonsei.

Ah, ¿ya ves? Te dejaron solo, Sonsei. Bueno, alguien la tiene que pagar y ese alguien serás tú. Así son las cosas, Simio.

Si quieres te la mamo, pero no me mates, suplicó Simio.

¡Fuera, chuchetumare!, lanzó Groover, listo para iniciar la frejoleada.

***

Con los huevos todavía de corbata, Simio Violencia abandonó el recién estrenado nuevo aeropuerto Jorge Chávez. Había regresado sin valijas, solo con una mochila. Tuvo que vender sus maletas para comprarse el pasaje de regreso desde los Estados Unidos. Su gira americana había sido un fracaso ruidoso. Para colmo, no cumplió con la mentada entrevista al escurridizo Messi. Tampoco hizo ninguna entrevista relevante, salvo por balbucearle una pregunta en alemán a un jugador de esa nacionalidad, quien al no entender qué carajos había querido indagarle debido a su pésima pronunciación, le contestó que sí le gustaba el ceviche con papa a la huancaína y tallarines rojos, el famoso Combinoche, pero en inglés, para que Simio no entendiese un picho y desistiese de repreguntar.

Los taxistas del aeropuerto, que a menudo acosaban a los recién llegados, se abstuvieron de ofrecerles sus servicios a Simio, ya que lo vieron con las fachas más misias posibles. Había que señalar que aquellos taxistas eras unos clasistas de cuidado. Si veían a alguien de apariencia lastrada, ni cagando se le acercaban.

Simio Violencia se encontró con Cambrito cuando se disponía a detener una combi, ya en las afueras del aeropuerto.

Por fin te encuentro, Sonsei. He estado acampando aquí afuera, esperándote. Sabía que arribarías tarde o temprano, lo recibió Cambrito. Mientras hablaba, se había ido despojando de la camiseta mugrosa que lo cubría, dejando ver un torso huesudo y espeluznante. Prepárate porque te voy a sacar la mierda por haber hablado pestes de mi socio PelHambre.

Cambrito había colocado su celular contra una pared para que registrara todos los incidentes de la golpiza que pensaba propinarle al Sonsei. Al acabar con él, le enviaría el vídeo a PelHambre con la esperanza de que lo contratara en su canal, pagándole por concretar su tan ansiado proyecto de streaming: Envidiando con Cambrito, en donde hablaría pestes de todos aquellos que tuvieron una mejor fortuna en la vida que él. Si PelHambre le regalaba mil pesos a Cocavel por hablar huevadas, por qué no a mí, pensaba Cambrito.

Te vas a ir al suelo, Sonsei, advirtió Cambrito, colocándose en la posición de ataque que le había enseñado su tocador, el señor Román Clavijo.

Oe, chibolo, no le he tenido miedo a un pistolón de este tamaño y ¿crees que te voy a tener miedo a ti?

Ven, pe, Simio, ven para sacarte la entreputa, se agrandó Cambrito.

No, tengo algo mejor para ti.

No me rehúyas, cobarde. Ven para sacarte la mierda. Claro, como estás viendo mis movimientos elásticos y perentorios quieres sacar la cola. Vivo eres, ¿no?, dijo Cambrito.

Claro que soy vivo, pe, imbécil, si no, no estaría aquí hablando contigo. Mira, antes de que me pegues, quiero darte un regalito que uno de mis seguidores en los Estados me encargó para ti especialmente.

El esquelético Cambrito siempre se emocionaba cada que oía la palabra regalo. Le encantaban las cosas regaladas. Eran su pasión y su debilidad. A ver, qué será, dijo, deponiendo su actitud hostil.

Simio sacó de su mochila descocida un caballo plateado con la pinga erecta. El falo terminaba en una cabeza espectacular, redonda y enorme. A mi tío, le encantará este caballo, pensó Cambrito, recibiendo el objeto equino. Lo guardó en su mochila y luego se volvió a poner el polo con la intención de marcharse.

Tenía razón el huevón de Groover; este Cambrito por un regalo se baja los pantalones, pensó Simio. ¿Ya te vas?, le dijo a Cambrito.

Sí, huevón, ya me voy, tengo que ir a una orgía entre travestis y streamers a la que me invitaron. Te salvaste de la golpiza que te iba a dar. Solo te voy a decir una cosa: No te vuelvas a meter con mi amo, señor y socio PelHambre.

Ya, dale nomás,… Cambrito te llamas, ¿no?, dijo Simio.

Sí, Sonsei, ¿por qué?

No, nada, quería asegurarme de que fueras tú, porque mi seguidor quería estar seguro de que ese regalito llegue a tus manos. Gracias a este favor que le estoy haciendo salvé la vida.

A nadie le importaba lo que Simio dijera, mucho menos a Cambrito, por ello hacía rato que ya se había ido a su orgía, dejando al Simio hablando solo.

***

Era una gran habitación cerrada, repleta de humo, de risas torcidas por el alcohol y de piel, mucha piel. La fiesta estaba ya muy avanzada a pesar de ser las cinco de la tarde. Todo se transmitía por el canal de Kick de un streamer conocido por meterse zanahorias en el culo para luego echarles sal y comérselas muy rico.

Cambrito había entrado con su caballo pingón sin saber que en el glande estaba camuflada una camarita fisgona por la cual Groover miraba todo atentamente. Él tenía calculado que Cambrito llevase el caballito hasta su casa, con su tío, y una vez ahí, detonarlos a ambos, ya que dentro del caballo había instalado un detonante indetectable por cualquier autoridad aeroportuaria.

Groover se sorprendía al ver el contenido del lugar donde estaba Cambrito. Los streamers punteaban a los travestis y estos, al término de una canción, volteaban a los streamers para puntearlos a su vez.

Cambrito tomó una botella de whisky, la destapó y se sentó en una silla para alicorarse como era debido, observar el paisaje y ver a qué trava podía empezar a toquetear para luego pasar al cuarto oscuro.

Los toqueteos eran transmitidos por Kick y las vistas ya sobrepasaban las veinte mil puntas; todo un éxito. En un canalito pequeño, un profesor imbécil, que se hacía llamar Zepita, enseñaba inglés, pero solo era visto por él mismo. Fracaso estrepitoso que bien merecido se lo tenía por brindar educación al público peruano. Cambrito había sentado al caballo plateado de Groover en su regazo, de modo que la pinga cabezona apuntaba hacia los invitados de la orgía.

Cambrito chuchetumare, se suponía que debías ir a tu cuartucho de mierda, calatearte con tu tío para que él te zampe la pinga del caballo por el orto y luego yo pueda detonarlos a los dos, par de miserables, pensaba Groover.

A pesar de la penumbra lúbrica del lugar, Groover podía columbrar el desfile y desenvolvimiento de una serie de travestis, todas contratadas por el streamer organizador del evento para elevar las vistas de su canal de Kick con las consecuentes copulaciones contra natura. Entonces, cuando estuvo a punto de presionar el detonador, porque pensó bueno, la idea era bajarme a Cambrito y a su tío, pero ahora estos trabucos y estos streamers pagarán pato, se detuvo al ver por el ojo de la cámara a un travesti vestido de monja. Groover la reconoció al instante: era la persona que lo había contagiado de esa maldita enfermedad que le estaba carcomiendo los huevos con más ferocidad cada día. Era la Sister Hong.

Groover revivió en su mente aquella vez en que la conoció, en que le brindó el servicio de taxi, en que entraron a un cuartucho de hotel de cinco soles en la avenida Uruguay, en el Centro de Lima, en que prefirió no comprar un poncho para sentir el pelancho pelancho. Con lágrimas de venganza en los ojos, presionó el detonador con todas sus fuerzas, no tanto porque la Sister Hong le hubiera contagiado aquella enfermedad, sino porque tenía la misma cara de Simio Violencia. La realidad era así de triste: Groover se había contagiado, por lo borracho y coqueado que estaba, con un trabuco que parecía Simio Violencia con peluca.

No quedó nada de Cambrito, ni de ninguno de los invitados a esa fiesta desenfrenada del sexo. Se había hecho justicia desde los Estados Unidos. A contrapelo de lo que cantó Walt Whitman en sus Hojas de Hierba, Groover exclamó: Nadie me ha hecho justicia. Entonces, yo mismo me la tuve que hacer, carajo.