martes, 20 de septiembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 4

Del viernes 09 al domingo 11 de setiembre del 2016

Partimos a las nueve de la noche. Jean Carlo y Ricardo, el técnico electricista, hicieron turnos para manejar la camioneta. Yo tenía brevete, pero no sabía conducir. Me lo habían solicitado hacía seis años para que me admitieran en una empresa minera. Tuve que coimear para obtenerlo.   

Unos metros después del control vehicular de Ancón, nos detuvo un policía. Ricardo manejaba. Putamadre, murmuró Jean Carlo, desde el asiento de atrás, flanqueado por su esposa e hija, que viajaban a Pacasmayo. Nosotros continuaríamos hasta el proyecto, en Piura. Ricardo, los papeles están en la guantera.

El policía se acercó a la camioneta. Pidió los papeles. Los examinó ¿Quién es Jean Carlo Caballero? Yo, jefe, dijo Jean Carlo, asomando la cabeza para que el oficial pudiera verlo. ¿Sabía que este permiso de lunas polarizadas le autoriza solo usted la conducción del vehículo? ¿Lo sabía? Sí, jefe, solo que… Entonces, ¿por qué está manejando este señor? No, jefe, lo que pasa es que yo estaba descansando un ratito porque nos estamos yendo hasta… Bájese del auto. Vamos a tener que llevarlo a la comisaría. El policía se alejó de la ventana. Se ubicó en la parte posterior. Putamadre, volvió a decir Jean Carlo. No hables lisuras, oye, lo amonestó su mujer. Sin hacerle caso, sacó un par de billetes de su bolsillo. Ya vengo; voy a arreglar con ese huevón.

Listo, dijo Jean Carlo. Yo manejo, le dijo a Ricardo. El tombo me avisó que por el Óvalo de Huacho hay otro operativo. Una vez que lo pasemos, manejas tú otra vez.

Dormí bien toda la noche. Era una ventaja no saber conducir. Nos detuvimos en un grifo. Estábamos en Pacasmayo. Ricardo y yo bajamos del auto. Tómense un desayuno y yo regreso por ustedes. Voy a dejar a mi esposa aquí en la casa de su mamá. Toma, me extendió la tarjeta de débito de la empresa; para que pagues el desayuno. Coman bien, ah.


Regresó al cabo de cuarenta minutos. Reanudamos el viaje. Al mediodía, llegamos a Olmos. Buscamos un restaurante. Solo encontramos pobreza y desolación. El intenso calor acentuaba la miseria. Los pocos lugares que ofrecían comida eran penosos; chabolas de esteras y un escuadrón de moscas escoltando el ingreso. Por alguna razón, Jean Carlo no encendía el aire acondicionado de la camioneta. Yo vestía un polo de manga larga. Sudaba. Deseé quitármelo. Pero no podía; quedarían al descubierto mis tatuajes. Podría perder mi trabajo.



Hallamos un lugar más o menos decente. Los dueños estaban sentados en el piso de la entrada. Eran un hombre gordo, su esposa y un par de muchachitos. No parecían muy incómodos con las moscas que sobrevolaban sus cabezas. Al ver que nos aproximábamos, se levantaron para recibirnos. Bienvenidos. Los chibolos salieron disparados persiguiendo una gallina. Estaban descalzos. Una joven embarazada fue la encargada de leernos el menú y tomar nuestra orden. Pedimos lo mismo; pollo horneado con arroz blanco. ¿De tomar? Una Inka Kola bien helada. 




Un perro se me acercó. Se sentó en el suelo. Me miró. Quería comer. Tenía el hocico alargado. Lo vi bien. Era una perra. Tenía varios pezones. Gruesos. Apuntaban al suelo. Se le veía las costillas. Me dio pena. Sus ojos eran parecidos a los de mi esposa; el hocico era idéntico a su nariz larga. Sentí que me miraba ella y no el animal. Cuando llegó nuestro pedido, sin que Jean Carlo ni Ricardo lo notasen, le arrojé mi presa. Se la tragó de un bocado. Movía la cola con dificultad. Estaba débil, pero agradecida.

Dos horas después, llegamos a Canchaque, un pueblito piurano en el que se ubicaba la oficina principal de la constructora. Se trataba de un modesto hotelito de dos pisos convertido en una serie de despachos. Nos recibió Luciano Brasca, el ingeniero italiano a cargo del proyecto. Era delgado, algo encorvado, rubio. Se estaba quedando calvo. Fumaba. Nos largó un discurso sobre los funcionarios piuranos. Solo servían para ponerles trabas a los proyectos. Papeleo tras papeleo. En Italia hacemos las cosas speditamente. Acá le dan vuelta a tutto, ¡joder! Ya han pasado seis meses y hasta ahorita no puedo perforar mi túnel. Yo quiero dejar esta merda lista y largarme a otro proyecto en Cuba. No puedo estar cuatro annos detrás de un tunnel di merda. Bueno, basta de parlare. Vamos al campamento del proyecto para que pasen la induzione de seguridad.

Luciano y su chófer treparon en una camioneta. Condujimos detrás de ellos. Íbamos por una trocha angosta y serpenteante. A un lado, teníamos un abismo de proporciones. Ese camino nos llevaría desde los quinientos metros en que se hallaba Canchaque hasta los cuatro mil doscientos del proyecto. La neblina y el crepúsculo se convirtieron en un riesgo para nuestras vidas. Jean Carlo nunca había conducido por ese tipo de caminos. Le temblaban las manos. Tenía los ojos bien abiertos, como a punto de reventar. Un bus interprovincial se apareció repentinamente rompiendo la neblina. Iba a toda prisa, como huyendo de la policía. Jean Carlo torció el timón a la derecha y logró esquivar al bus que, cual asteroide, se nos venía encima. ¡Hijo de puta!, gritó. Sus reflejos nos habían salvado. Estuvimos a punto de morir y aún no escribía la novela que me perseguía desde hacía un tiempo. Si regresaba con vida a Lima, empezaría a escribirla. Contaría que un exalumno de la Católica, casado, con hija, y un trabajo respetable, tiraba con travestis. Rosario, mi esposa, mi familia, mis amigos se escandalizarían, pero ya no me importaba. ¿No se escandalizó también el París del siglo XIX cuando apareció Madame Bovary? ¿Y quién recordaba siquiera a alguno de los moralizadores que censuraron la novela? Nadie. Solo pervivía la figura del escritor, de Flaubert.

Eran las seis cuando llegamos al campamento del proyecto. Virgilio, el ingeniero de seguridad de la constructora, nos daría la inducción. Éramos un grupo de siete contratistas. Hicimos un semicírculo en el patio de tierra del local. Bueno, dijo Virgilio, asumo que todos estamos bien de salud; sino no estaríamos aquí. Con eso hemos concluido el chequeo médico. Así, al ojímetro, no más. Se rio. Con respecto a la charla de seguridad, será rápida, como le gusta al ingeniero Luciano. Primero, tengan cuidado con las bestias que manejan los buses interprovinciales en los caminos hasta aquí. Esos te meten el carro, no más. No les importa nada, ni sus propias vidas. Tengan cuidado. En segundo lugar, en la obra, es obligatorio el uso de casco, zapatos de punta de acero y lentes de seguridad. Si van a manipular algo, no olviden ponerse sus guantes de cuero. Y, tercero, siempre vean por dónde pasan los equipos; debemos evitar atropellar y ser atropellados. Buena suerte. Fue una de las inducciones de seguridad más rápida de la industria. Firmamos un registro. La visita al túnel será mañana. A las siete, partimos de acá, agregó Virgilio.

¿Hay algún alojamiento por aquí?, preguntó Jean Carlo. No había. Todas las casas y los poquísimos hospedajes del lugar habían sido alquilados por la constructora para su personal. Solo quedaba ir a Huancabamba, el pueblo más grande y moderno de la zona. ¿Cómo se llega allá?, volvió a preguntar Jean Carlo, asustado ante la posibilidad de volver a toparse con otros buses interprovinciales. Nosotros vamos para allá, dijo un joven que pertenecía a una empresa proveedora de cemento. Sígannos.

Huancabamba estaba a media hora del campamento. Nos alojamos en el hotel más decente del pueblo; un edificio de cuatro pisos. La única habitación libre en el primer piso fue para Jean Carlo. A Ricardo y a mí nos tocó la 405 y la 401, respectivamente. Dejamos las mochilas y fuimos a cenar.

Antes de dormir, acordamos encontrarnos en el vestíbulo a las seis de la mañana, listos para regresar al campamento.

El baño tenía agua caliente. Me bañé. Me sequé las bolas, los pies, el culo y la cabeza viendo los noticieros de la tele. Apagué la luz y me cubrí con la colcha. Cogí el celular y busqué una porno. Dos tetonas veinteañeras se la chupaban a un moreno basquetbolista. El negro, con sus dedos largos como patas de tarántula, les pellizcaba los pezones. La pinga del negro les inflaba los cachetes. Imaginé que me la chupaban a mí. Me vine en un pedazo de papel higiénico. Dormí tranquilo.

A las tres de la mañana, un temblor despertó al hotel. El edificio se movió durante sesenta segundos. Las paredes parecían de papel. Permanecí acostado, esperando estoicamente el momento en que el techo me cayera encima. Era otro aviso de la muerte. Si me salvaba de esta, empezaría a escribir y publicar la novela.     

jueves, 15 de septiembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 3

Del jueves 08 al viernes 09 de setiembre del 2016

Jean Carlo se acercó a mi escritorio. Daniel, los italianos quieren que arranquemos los ventiladores este viernes. Así que mañana viajamos con el técnico. Nos vamos en mi camioneta. Salimos en la tarde. Nos encontraremos en Plaza Norte. ¿Está bien? Yo te confirmo la hora.

Me acababan de cagar el primer fin de semana completamente instalado en Zepita. Daniel, volvió a la carga Jean Carlo; no es necesario que vengas mañana a la oficina. Así tienes tiempo para alistar bien tus cosas

Llamé a mi esposa. Le conté del viaje; no podría ver a la bebe el fin de semana. ¿Puedo verla hoy, por favor? Claro, no había problema.   

Llamé a Rosario. Malas noticias; tengo un viaje para mañana. No estaré el fin de semana. Me dijo que no importaba, que podíamos vernos el próximo. Un rato después, me envió un mensaje: Te visito hoy a las once y media; después de mi clase. ¿Te parece? Hacía unos meses, Rosario había vuelto a las aulas. La Bibliotecología, que había estudiado en San Marcos, no resultó rentable. Decidió convertirse en ingeniera industrial. Se inscribió en la UPC, en el programa diseñado para la gente que trabajaba. Claro, vente, le escribí. La pasaremos rico, ya verás. Te chuparé el pene hasta que te quedes dormidito y puedas viajar tranquilo mañana. Me pidió que la esperase en El Queirolo.   

Llegué a mi cuarto poco antes de las ocho. Cuadré la bici al pie de las escaleras. Me bañé. Me vestí. Corrí hacia el paradero de buses en Alfonso Ugarte. Ya quería ver los ojitos de mi hija.

Mi esposa me contó los logros de la bebe en el colegio. Ya escribía del uno al diez. ¿Cierto, amor?, le pregunté. Yes, daddy, me dijo ella, con su fina vocecita. La cubrí de besos; los cachetes, la frente, las orejitas, su pelito.

Les invité unas hamburguesas en una sanguchería de la cuadra catorce de La Alborada.

Ahora vas a ir a la casa a dormir con mamita, ¿ya? Sí, papi. ¿Me prometes que no vas a llorar y vas a dormir tranquilita? Yes, daddy. La volví a besar. Mi esposa y yo nos despedimos. Cuídense, por favor. Ya nos vemos pronto. Mi esposa me abrazó. Cuídate mucho, cuídate por nuestra gordita. La bebe subió tres escalones y me dijo: Papi, papi, sube, por favor. Su pedido me quebró el corazón. Su inocencia le cubría la jodida realidad. Esa ya no era mi casa. No puedo, mamita; pero sube que arriba está Mel. ¿Quieres jugar con Mel? Sí, papi. Subió el resto de peldaños, alegre. ¿Vas a portarte bien? Sí, papi. Mel era Melina, la pareja de mi esposa. Mi bebe la quería mucho. Se entendían. Mel era excelente con los niños; les tenía paciencia.


Eran las once cuando llegué a Alfonso Ugarte; aún a tiempo para el encuentro con Rosario. Al pie del colegio guadalupano, en puestos improvisados, se vendían libros, celulares, ropa, gorras, billeteras. Hallé la edición original de Conversación En La Catedral, de 1971, en dos tomos. En la biblioteca que dejé en el departamento de mi esposa, tenía una copia pirata. Esos tomos eran una joya. Dame diez soles por los dos, me dijo el vendedor, un joven de barba tupida. Pagué. Era una ganga. Recibí un mensaje de Rosario. Estaba a cinco minutos del Queirolo. Apuré el paso. Conseguí releer las primeras páginas del tomo uno. Santiago mira la avenida Tacna sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?




Compramos unas cervezas en el camino a mi cuarto. Conversamos. Bebimos directamente de las botellas. Una para mí; la otra para ella. En este cuarto jamás habrá un vaso, le dije. Acá todo se toma del pico.

Me contó sus problemas. El octogenario dueño del departamento que alquilaba había fallecido hacía poco. Los herederos querían desalojar a los inquilinos y vender la casa. Varias constructoras estaban dispuestas a levantar modernos edificios en ese lugar. Las ofertas eran incontables. Seguía sin trabajo. Vivía de sus ahorros. Pero, Diosito es grande, acababa de recibir una propuesta de trabajo en PetroPerú. Ahora que nos quieren desalojar, tengo que tener dinero para buscarnos otro lugar. Desde que egresó de la San Marcos, nunca le faltó trabajo. El último fue en VISA, donde nos conocimos. La empresa sufría la crisis más jodida de su historia. Había empezado a deshacerse del personal que estuviera a punto de cumplir los cinco años de permanencia. Ese fue el caso de Rosario. Afortunadamente, salía lo de PetroPerú. Brindamos por eso.

Puse Doble Nueve. Habíamos prescindido de las luces. Ella ocupaba la sillita azul. Yo tenía el culo en el suelo, la espalda contra la pared.      

Al término de las cervezas, nos acostamos. Me chupó la pinga tal cual lo prometió. Eyaculé. Nos quedamos dormidos casi de inmediato.

Nos despertó la alarma de mi celular. Tenía el culo de Rosario contra mi pinga. Se me puso dura. Se la metí en la concha, por detrás. Empezó a gemir. Chúpame la pinga, perra, le ordené. Obedeció. Le gustaba que la llamara así; perra. Volví a eyacular. Esta vez, dentro. Rosario se cuidaba con un anillo que se insertaba cada cierto tiempo en la vagina. 

La acompañé a tomar su colectivo. Caminamos hasta la siete de Tacna. Anotas la placa, ¿ya?, me pidió, por seguridad. Sí, claro, la apunto de todas maneras, le aseguré. No apunté nada. Ni siquiera memoricé el número. Sabía que a nosotros difícilmente podría pasarnos algo malo, sobre todo después de haber tirado tan rico.

Compré algo más de ropa en la calle Capón; un par de pantalones ajustados y tres camisas oscuras.

Regresé al cuarto. Me bañé. Me vestí. Empaqué lo que llevaría al viaje. Tomé el bus a casa de mamá. Ella custodiaba mis zapatos con puntera de acero. Toda mina te pedía ingresar a sus instalaciones con ese calzado. Me recibió con un lomazo saltado. Me alcanzó un jugo de maracuyá, heladito, como me gustaba. Ahí están tus zapatos, me dijo. Gracias, má. Los había lustrado hasta sacarles un brillo que ya no tenían. Descansa, hijito. Duerme un ratito. Era buena idea. Antes, le mandé un mensaje a Jean Carlo; que me confirmara la hora del encuentro. A las ocho en Plaza Norte.

martes, 13 de septiembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 2

Miércoles 07 de setiembre del 2016

Salí temprano del trabajo. Manejé lo más rápido que pude. Llegué a Zepita en hora y media. Guardé la bici y me bañé. Me vestí de negro, empaqué mi laptop y salí.  

Caminé por Peñaloza. Vi el enorme culo de Jazmín, que resaltaba de entre todos los que se ofrecían en esa calle.

Salí a Nicolás de Piérola y torcí en Chancay. Puro cabro feo. Agarré Zepita y salí a Wilson. Me detuve en el primer local de reparación de computadoras que encontré. Una gordita simpática y blancona me recibió. Sonreía. Le expliqué el problema de mi laptop. Discúlpame, amiguito, la técnica no soy yo. Ahorita sale; está atrás. Otra gordita apareció desde la trastienda. Esta no sonreía, era trigueña, y se vestía como hombre. Era la técnica. ¿Serán torteras estas gorditas? Le expliqué el problema. Me pidió la máquina. Se la di. ¿Tienes el cargador? Se lo di. La otra gordita no paraba de sonreírme. Qué bonitos tus tatuajes. ¿Éste no es Vallejo? Su dedo hincó uno de los ojos del poeta. Sí, era él. ¡Qué loco! ¿Te gusta leer? Sí, me gustaba. ¡Qué loco! ¿Y éste no es Jaime Bayly? El mismo.

Amigo, creo que es la placa madre. Mira, para mañana te la tengo lista. Te va a costar noventa soles. Perfecto. Me habían inspirado confianza. Prometí regresar al día siguiente. Necesitaba que esa máquina estuviese operativa cuanto antes. No hay problema, amigo; mañana vienes a esta hora y la recoges.

Miguel, mi hermano, me había invitado a ver el Perú Ecuador en su casa, en La Perla. Podía ir, pero el viaje sería largo: cuarenta minutos en combi. Chelearíamos. Los comentarios irían y vendrían, al igual que los vasos de cerveza. Me costaría abandonar la chupeta y al día siguiente había que chambear. No, paso. Fui a la librería del señor Luna, en Quilca.

Mis más de mil seiscientos libros se habían quedado en el departamento de mi esposa y su pareja. ¿Para qué llevármelos? Quería que mi hija creciera familiarizándose con ellos, estimándolos, leyéndolos.


Al cuarto le faltaba libros. Yo los necesitaba. Por quince soles, metí en la mochila Los Poemas Completos Y Las Prosas Selectas, de Eguren; Abaddón, de Sabato; La Ciudad De Los Tísicos, de Valdelomar; El Tungsteno, de Vallejo; Las Tradiciones Peruanas, de Palma; Garabombo El Invisible, de Scorza; ¿Quién Mató A Palomino Molero?, de Vargas Llosa; El Cantor De Tango, de Tomás Eloy Martínez; Crímenes Imperceptibles, de Guillermo Martínez; una antología de cuentos; y un volumen de historia de la filosofía.














En una tienda cercana, compré Vinifan, cinta adhesiva y un mata polillas en spray. Había que resguardar los libros de las plagas.

De vuelta en el cuarto, empecé a forrar los libros. Forrarlos me gustaba más que leerlos. Encendí la radio del celular Nokia que me dieron en el trabajo. Era un modelo pequeño, barato, antiguo. Nadie, por muy desesperado que estuviese, lo hubiera robado. Busqué la transmisión del partido. Todavía jugaba Argentina, pero los comentaristas no dejaban de anunciar que, en breve, la selección de todos saldría victoriosa a aplastar a Ecuador. No te muevas de Radio Unión, ciento tres punto tres de la efe eme.   

Luego de cuatro libros forrados, llamé a Jazmín. Hacía varios días que contaba con su número. Jazmín, hola, le dije. ¿Sí?, dijo ella, la voz atiplada, de cabro. Soy el pata de los tatuajes de escritores, ¿te acuerdas? Un silencio de duda. Mmm, ah, ya, dime. Nada, solo que estoy por el Centro y quería saber si estás en Peñaloza. Sí, aquí estoy. Bacán, ¿te parece si te caigo en quince minutos? ¿O ya fugas? Otro silencio de duda. Ya, pues, te espero.

Forré El Tungsteno y Garabombo. Volví a rociarme el Rexona en las axilas y aplicarme otro poco del perfume que mi esposa me había obsequiado por mi cumpleaños, fragancia que Rosario había encontrado bastante agradable -obviamente, no sabía que era un regalo de mi esposa-.

No se muevan, ya viene el partido que todo hincha peruano de corazón espera. Nosotros aquí, desde Radio Unión, le vamos a…

Ahí estaba el culazo de Jazmín. Me acerqué. Me reconoció. Sonrió. ¿Vamos? Vamos. Entramos al Malka Masi, hospedaje de más de cien años de antigüedad, donde, se contaba, José María Eguren había pasado la noche luego de un recital en el Politeama.  

La pagué doce soles al tío que miraba fútbol detrás de un mostrador. Ya estaba jugando Perú. Pasa, me dijo, sin despegar los ojos del televisor. Me alargó un rollo de papel higiénico y un condón.

Jazmín había entrado en uno de los cuartos del primer piso. Me esperaba sentada al filo de la cama. Me senté a su lado y le pagué sus cuarenta soles. Los metió en su cartera. ¡Qué tetas! Se las toqué. La tendí en la cama. Me apresuré en quitarle el sostén. Le lamí los pezones. Gimió. Presionó mi cabeza contra sus senos.

Tenía que tirármela ya mismo. Me desvestí. Se quitó la pantaloneta que le resaltaba aún más el rabo. Quedó al descubierto un culo enorme y blanco. Se me paró la pinga. La tomó entre sus manos y le encajó el condón. Échate boca abajo, le dije. Obedeció. La vista era insuperable. Una mujer con el mismo cuerpo de Jazmín costaba entre doscientos y trescientos soles. Esta perra me salía mucho más barata.  

Me tendí sobre su culo. Hundí mi pichula entre sus nalgas. La cogí de la cintura y empecé a bombear, sin metérsela. Me sobaba. Le agarré las tetas. Volvió a gemir. Pegué mi cara a la de ella. Quería sentir de cerca su arrechura. Unos cañoncitos le crecían en la barbilla o se habían escapado de la afeitada. Me rasparon ligeramente.

Chúpamela, le dije. Ponte en cuatro y chúpamela. De un bocado, se tragó mi pinga. La lamió. La idolatró. La hizo suya. Fueron dos ricos minutos.  

Ven, le dije. ¿Ahora qué quieres?, preguntó. Nada, respondí, solo déjame chuparte las tetas mientras me la corro. Ella seguía en cuatro. No, eso sí que no; yo quiero sentir esa pingota en mi culo. No me hice de rogar. Se la metí. Empezamos en perrito. El furor me llevó a terminar encima de ella, aplastándola. ¿Te gusta? ¿Te gusta así?, le preguntaba, arrecho, sin dejar de bombear. Sí, sí, me encanta, hazme un hijo, vamos. Se la seguí empujando. Tenía un ano ajustador. Alguien gritó “¡gol!” y las luces del hotel se apagaron. No nos importó. Estábamos demasiado arrechos como para detenernos. ¡Hazme un hijo, hazme un hijo! ¡Ah! Terminé. La pinga me quedó latiendo dentro de ese culo, botando la descontrolada leche.

Saqué la pinga con cuidado. Podía darse el caso del condón atorado en el ano. No quería contagiarme de ninguna enfermedad.

Nos vestimos. Gracias, Jazmín. Estuvo rico. Te pasaste. Luego de un cache, se me quitaba toda la lujuria y solo quería estar solo. Pero los modales inculcados desde niño me obligaban a dar las gracias e intercambiar algunas palabras. No me llamo Jazmín, dijo. Claro que sí. Me dijiste que te llamabas Jazmín la última vez que estuvimos juntos, le recordé. ¿Sí?, preguntó, cubriéndose las tetas con el brassier. Claro, afirmé. Bueno, a mí me dicen Keiko, por lo chinita. Era cierto, tenía los ojos rasgados. Quedamos en ir a un bar. Conversaríamos; nos conoceríamos un poco más. Me interesaba saber cómo se había hecho cabro. Planeaba escribir la historia de un tipo que, tras terminar una relación heterosexual, se hacía novio de un travesti de tetas y culo desproporcionados. Había mucho por investigar.

Salí del Malka Masi. Estaba ligero, fresco. Si el mundo aplacara sus urgencias como lo hacía yo, sería un lugar feliz, sin guerras.

Caminé por Nicolás de Piérola. Unos cuantos tipos, acumulados en las afueras de un minimarket, veían el partido. Perú, uno; Ecuador, cero. Al minuto, gol del Ecuador. ¡Malos de mierda!, gritó un vejete. Era calvo, delgado, y el poco pelo que le quedaba arriba de las orejas estaba tieso y gris. Apestaba a sudor de semanas.

Terminó el primer tiempo. El grupo se deshizo. El vejete se acercó a un tacho de basura y metió la mano en el agujero. Sacó algo que se llevó a la boca. Murmuraba. No se le entendía. Se alejó.


Fui a Chancay y seguí hasta Quilca. En la cuadra cuatro, el restaurante Piero era el único atendiendo a esas horas. Las mesas estaban llenas de botellas de cerveza. Hallé un asiento vacío. Entré y pedí una cerveza bien helada. Al poco rato, empezó el segundo tiempo. ¡Písenles la cola a esos monos malparidos!, se exasperó un tío. Llevaba el pelo engominado y raya al costado. Un bigotito grasiento le colgaba de la nariz. ¡Esos monos no nos ganan! ¡La casa se respeta, carajo!




Cuando entró La Pulga, se escucharon aplausos. Sin la leche jodiéndome la cabeza, me entregué al disfrute del partido. El tío del bigotito era el más entusiasta. Aplaudía, gritaba, saltaba, golpeaba la mesa cuando los jugadores desobedecían las instrucciones que él, desde su mesa, forjaba a viva voz. De pronto, se hace un silencio. Tiro libre para Perú. Lo lanza Cueva. La pelota hace pim pum pam en el área chica hasta que se la encuentra Renato Tapia. Pam, dispara y gol peruano, conchasumadre.  ¡Goooool, carajo! ¡Goooool por la reputamadre!

Era ya la medianoche. Quedábamos pocos en el restaurante. Yo terminaba mi segunda cerveza. El propietario del lugar, un provinciano de nombre Eric, compartía una cerveza con un amigo. Por las puertas aún abiertas, se filtró un tío de pelo entrecano, delgado. Vestía una vieja casaca de cuero. Se acercó a la mesa del dueño.

Eric, yo te conozco. Sé que me conoces, también. Seguro no te acuerdas. Trabajo aquí cruzando la calle; en esa imprenta, señaló. Miren, no quiero interrumpir su conversación. Es solo que mi pecho está hinchado de orgullo, eructó. No puedo más. Tenía que decirles, decirles a todos los presentes aquí, nos miró, que estoy orgulloso de ser el papá de Tapia. Sí, soy el papá de Renato Tapia. ¿No me creen? Sacó algo del bolsillo de atrás de su pantalón. Eric, mira, mi DNI. ¿Qué dice ahí? ¿Ves? Me apellido Tapia. Eric y su amigo lo miraron como se mira a un borracho que habla huevadas. Yo me estaba creyendo el cuento. ¿Y cuál es el apellido de tu esposa, de la mamá de Tapia?, preguntó Eric. El señor Tapia dudó. No supo qué decir. Eh, este, este, este. Bueno, un abrazo y arriba Perú. Se retiró.

Unos minutos después, también me fui. Era rico dormir completamente calato en tu propio cuarto.  

lunes, 12 de septiembre de 2016

El solitario de Zepita - Capítulo 1

Martes 06 de setiembre del 2016
They say the bad guys wear black
We're tagged and can't turn back

Pantera - Cowboys From Hell

El celular se disparó a las cuatro y media de la mañana. El cuarto estaba a oscuras. Solo brillaba la pantalla del aparato que no dejaba de chillar. Era martes. Acallé el ruido y continué durmiendo. No dormía tan profundamente desde el viernes, día en el que fui expulsado del departamento donde viví con mi familia por casi dos años.


Esa noche del viernes, Melina, la nueva pareja de mi esposa, mudaba sus cosas a nuestro departamento. Fui testigo de esa mudanza. Al mismo tiempo, yo iniciaba la mía. Mientras Melina desempacaba, ayudada por mi esposa, mi cuñada y mi hija -quien no tenía idea de lo que le ocurría a su papi-, yo empacaba sin que nadie me prestase atención. Ese mismo día, luego del trabajo, hallé el sitio perfecto para reubicarme; un cuartito en pleno Centro de Lima, en el jirón Zepita, entre los jirones Peñaloza y Chancay, calles repletas de todo tipo de travestis. La librería del señor Luna y los bares que solía frecuentar me quedarían a pocos pasos. Más no se podía pedir.


                             Fuente: Google Maps

Ese viernes, dormí sobre una manta. Mi columna quedó hecha mierda. La mañana del sábado, fui al Sodimac de la avenida Tacna. Compré una escoba, un recogedor, un colchón inflable de dos plazas -con su inflador-, una mesita blanca, una silla plegable, dos cojines azules, una colcha de plaza y media y un ropero armable hecho de varillas de aluminio y láminas de tela.

Invité a Rosario a pasar la noche.


Para la tarde, tenía el cuarto amoblado. Ahora, faltaba yo. Quería que Rosario me viese presentable. Fui a Polvos Azules y compré unas Adidas Superstar, originales. 

                                              Fuente: Google Maps

La mudanza había reconfigurado mi cerebro cachivachero. Me deshice de todo lo viejo. Vestiría y usaría solo lo esencial. Tiré a la basura las tres zapatillas de cincuenta soles que había comprado en El Hueco hacía cinco meses. No me asaltó la pena. Esas huevadas merecían desaparecer. Las plantas de mis pies habían padecido ya bastante.

Me duché tranquilamente. El agua estaba tibia, rica. Me talqueé las bolas y el ojete, que siempre me sudaba, caminase, durmiese o corriese. Me talqueé los pies. Me vestí de negro. Me había traído toda mi ropa negra y ajustada, que era poca. La ropa de colores, que era mayoría, se fue a la mierda junto con las zapatillas de cincuenta soles. En adelante, solo me vestiría de negro.


Me encontré con Rosario en Plaza Vea de Alfonso Ugarte. Compramos un vinito helado. Caminamos a mi cuarto. Es bien chiquito, dijo, ni bien abrí la puerta. Te lo dije; es recontra chiquito, le recordé. Sí, pero no pensé que tanto, dijo, divertida con la situación. Un rato después, luego de habernos tomado el vino, tiramos.

                                              Fuente: Google Maps

Con mucho cuidado, ensayamos diversas poses sobre el colchón. Temíamos reventarlo. Enseguida, nos dimos cuenta de que resistía bastante bien las refriegas del cache. Más confiada, se sentó sobre mi pinga, de espaldas a mí. Movió el culo en círculos, con fuerza. Ah, qué rico, por la putamadre. Las paredes y el piso empezaron a temblar. ¡Terremoto!, gritó un vecino. Nos detuvimos. No nos quedó otra que cachar suavecito; el piso del cuarto transmitía nuestros movimientos hacia las paredes.

Terminamos con una de sus gloriosas chupadas de pinga. La grabé para el recuerdo. Eyaculé en su boca y me quedé dormido. Ella no; continuó despierta un rato más.

Se fue a su casa el domingo por la mañana. Pasé todo ese día solo. No pude dormir. A la medianoche, decidí salir. Fui a La Jarrita, una discoteca para gays, lesbianas, transexuales y curiosos, en la nueve de Camaná. Compré una Pilsen helada. La bebí cerca de una pantalla gigante donde pasaban videos musicales.

Un tipo con cara de pavo, ebrio, de lentes, de cuarenta y tantos años, bailaba con tres chicas. Identifiqué a una de ellas. Se prostituía en Chancay. Me la había cachado hacía unos días, cuando aún no me expulsaban de la familia. Se llamaba Estrella. Su servicio fue malo. Falto de pasión. Pero era linda. Parecía una mujer de verdad. Ella, más que bailar, se movía suavemente en su sitio. Eran sus amigas, una chata culona y una grandaza de espaldas anchas, ambas horribles, quienes pirueteaban en torno al pavo. Este se arrodillaba en el piso salpicado de cerveza e incrustaba su nariz en el culo de la grandaza. Movía la cabeza de un lado para el otro. Estaba en su salsa.

La chata culona se me acercó disimuladamente. Meneaba el trasero. Sabía lo que tenía ahí detrás. Me lanzó miraditas que no correspondí; estaba demasiado fea.

Terminé la cerveza y regresé al cuarto. Llegué en cinco minutos, caminando tranquilamente.

Seguía sin poder dormir. Vi el video de la mamada de Rosario y me corrí la paja. La eyaculada me noqueó durante unos segundos, pero seguí sin conciliar el sueño. A las cuatro y media, se disparó la alarma. La apagué y me puse la ropa de ciclista. Me había mudado con la bici que compré en agosto, en Saga de Plaza San Miguel. Llegué al trabajo en hora y media. Luego del almuerzo, cerré los ojos, sentado al escritorio. El ruido de un mensaje en el WhatsApp me despertó. Daniel, necesito plata. Era mi esposa. Lo que le había dejado para el mes se le había ido en unos gastos imprevistos. Yo sabía que esos gastos tenían que ver con la mudanza de su pareja. No le respondí inmediatamente. Dejé que el tiempo me aplacara la ira. Luego de unos minutos, le escribí que pasaría por su casa a las nueve, que me recibiera para darle el dinero.

Le di la plata y me fui. Llegué al cuarto en diez minutos. Guardé la bicicleta. Me bañé. Me vestí. Fui a la licorería de la cuadra tres de Piérola. Compré un Queirolo helado y un paquete de galletas de soda. El tendero añadió un vasito de plástico. Regresé al cuarto. Los travestis escaseaban en el jirón Chancay. En Peñaloza, había unos cuantos, pero feos. Por tercera vez, estaba solo en ese cuarto, mismo Bukowski. Una buhardilla en pleno Centro de Lima, donde, como dijo Eurípides, el peligro brilla como la luz del sol. Llené el vasito con un poco del vino helado. ¡Ah! Preciso para la garganta.

Abrí la laptop y presioné el botón de encendido. ¡Carajo! No arrancaba la huevada. ¿Qué pasó? Volví a presionar el botón. Nada. Ni un pestañeo. Repetí el proceso veinte veces más. Entonces, supe cuál era el problema. Temeroso de que mis vecinos me la robaran durante mi ausencia, decidí llevármela al trabajo. La máquina viajó pegada a mi espalda durante hora y media de ida y hora y media de vuelta. El sudor -porque sudaba como un cerdo- había traspasado la mochila, empapando mi laptop. Ni modo, pensé, mañana salgo temprano del trabajo y me la llevo a Wilson. La avenida Wilson, ubicada a escasas cuadras del cuarto, era el paraíso de las tiendas dedicadas a la venta y reparación de computadoras.  

Salí a caminar. Aún había pocos travestis. Ninguna de tetas y culo grandes. Di vueltas por Chancay y Peñaloza. Nada. Los serenos habían cuadrado sus carros en las esquinas. Hijos de puta. Ustedes aquí y en La Victoria, el Callao y San Juan de Lurigancho los choros atracando y matando a mansalva. ¿Qué daño hacían los travestis?

Regresé al cuarto. Volví a ver la mamada de Rosario. Su técnica había mejorado con los años. Ya no me clavaba los dientes en el glande. Eyaculé. Envolví la leche en un pedazo de papel higiénico que encesté en el recogedor de basura. Dormí. Dormí profundamente en el colchón inflable. Dormí calato, tapado solo con la colcha.


La alarma chilló a las cuatro y media, pero la mandé a la mierda. Cuando desperté, a las seis y diez, sentí que por fin había hecho de ese espacio de dos por dos MI cuarto. Me puse la ropa de ciclista y llegué a la chamba en dos horas, manejando despacio y con concha, oyendo Doble Nueve.

                                                                                           Fuente: http://radiodoblenueve.com/



martes, 16 de agosto de 2016

Se busca una mujer - Charles Bukowski





Directo, irónico y malvado. Así es Bukowski en la colección de cuentos Se busca a una mujer. Los relatos dan cuenta de una realidad dura y sexual llevada al extremo. Bukowski fuerza con sutileza situaciones aparentemente inocuas, de modo que convierte una escena cotidiana (una mujer aficionada al alcohol entrando en un bar y acodándose en él) en una superlativamente fantástica, pero bien anclada en la realidad gracias a su inigualable ironía y cinismo (la mujer saca de su cartera a una pareja -hombre y mujer- de pocos centímetros de altura, que se ponen a cachar en plena barra).

En uno de los cuentos, llamado Something about a Viet Cong flag, Bukowski les arrebata con contundencia la careta a aquellos fanáticos defensores de los derechos y las igualdades y tantas otras huevadas, que no desperdician la ocasión para mostrarse indignados y airados, en marchas y manifestaciones, contra lo que consideran "grandes injusticias", cuando en realidad son hijitos de papá incapaces de hacerse un arroz con huevo o irse a vivir a las punas para saber realmente lo que es la pobreza y la marginación. Así, Bukowski interpone en el camino de tres jóvenes hippies-manifestantes (dos hombres y una mujer, Sally), unos chicos blandos e inofensivos, partidarios del Frente Nacional de Liberación de Vietnam, o Viet Cong, a Red, un tipo llano, brutal, quien, luego de descolgarse de un tren de carga, cagó detrás de unas rocas y limpió su culo con unas hojas. Caminó un tramo, se sentó en otra gran roca y roleó un pucho.

Los muchachos se topan con Red y se produce este sarcástico y riquísimo diálogo que, entre líneas, dice mucho más de lo que aparenta:

"Heil Hitler!" he said.
The hippies laughed.
"Where you going?" Red asked.
"We're trying to get to Denver. I guess we'll make it."
"Well," said Red, "you're going to have to wait a while. I'm going to have to use your girl."
"What do you mean?"
"You heard me."
Red grabbed the girl. With one hand grabbing her hair and the other her ass, he kissed her. The taller of the guys reached for Red's shoulder. "Now wait a minute . . ."
Red turned and put the guy on the ground with a short left. A stomach punch. They guy stayed down, breathing heavily. Red looked at the guy with the Viet Cong flag. "If you don't want to get hurt, leave me alone."
"Come on," he said to the girl, "get over behind those rocks."
"No, I won't do it," said the girl, "I won't do it."

(Traducción al peruano malhecha por mí:

"¡Heil Hitler!" dijo.
Los hippies rieron.
"¿Adónde van?" preguntó Red.
"Queremos llegar a Denver. Creo que sí la hacemos."
"Bueno," dijo Red, "tendrán que esperar un poco. Voy a usar a su chica."
"¿Qué quieres decir?"
"Ya me escucharon."
Red cogió a la chica. Con una mano tomándola del pelo y con la otra el culo, la besó. El más alto de los chicos tomó a Red por el hombre. "Espera un momento . . ."
Red se volvió y mandó al chico al suelo con un corto de izquierda. Un puñetazo en el estómago. El chico permaneció en el suelo, respirando con dificultad. Red miró al chico que llevaba la bandera de Viet Cong. "Si no quieres que te cague igual que a tu pata, no me jodas y déjame solo."
"Vamos," le dijo a la chica, "ponte en cuatro detrás de esas rocas."
"No, no lo haré," dijo la muchacha, "No lo haré.")

Pero lo hace, convencida por el filudo cuchillo que Red presiona con su rostro. Mientras Red y la chica tienen sexo, Bukowski nos presenta el diálogo de dos pusilánimes que son buenos para marchar y protestar, pero inútiles para mostrar alguna clase de valentía en la defensa de su compañera.

Red and the girl disappeared behind the rocks. The guy with the flag helped his friend up. They stood there. They stood there some minutes.
"He's fucking Sally. What can we do? He's fucking her right now."
"What can we do? He's a madman."
"We should do something."
"Sally must think we're real shits."
"We are. There are two of us. We could have handled him."
"He has a knife."
"It doesn't matter. We could have taken him."
"I feel god damned miserable."
"How do you think Sally feels? He's fucking her."

(Traducción al peruano malhecha por mí:

Red y la muchacha desaparecieron tras las rocas. El chico de la bandera ayudó a levantarse a su pata. Se quedaron parados allí. Se quedaron parados allí unos minutos.
"Se está tirando a Sally. ¿Qué podemos hacer? Se la está cachando ahorita mismo."
"¿Qué podemos hacer? El tipo es un demente."
"Deberíamos hacer algo."
"Sally estará pensando que somos unas verdaderas mierdas."
"Lo somos. Somos dos mierdas. Pudimos haberlo neutralizado."
"Tiene un cuchillo."
"Qué importa. Pudimos haberlo neutralizado."
"Me siento hasta las huevas."
"¿Cómo crees que se está sintiendo Sally? Él se la está cachando.")

Red termina de coger y les devuelve a Sally agradeciéndoles la cortesía y lo buena que estaba. Luego se marcha. Un segundo después, un conejo salta desde detrás de unas malezas y los muchachos se asustan.

"A rabbit," said Leo, "a rabbit."
"That rabbit scared you guys, didn't it?"
"Well, after what happened, we're jumpy."
"You're jumpy? What about me? Listen let's sit down a minute. I'm tired."
There was a patch of shade and Sally sat between them.
"You know, though ..." she said.
"What?"
"It wasn't so bad. On a strictly sexual basis, I mean. He really put it to me. On a strictly sexual basis it was quite something."
"What?" said Dale.
"I mean, morally, I hate him. The son of a bitch should be shot. He's a dog. A pig. But on a strictly sexual basis it was some­thing . . ."
They sat there a while not saying anything. Then they got out the two cigarettes and smoked them, passing them around.
"I wish we had some dope," said Leo.
"God, I knew it was coming, said Sally. "You guys almost don't exist."

(Traducción al peruano malhecha por mí:

"Un conejo," dijo Leo, "un conejo."
"Ese conejo los asustó, ¿no?"
"Bueno, después de lo que pasó, estamos algo asustados."
"¿Están asustados? ¿Y yo? Mejor sentémonos un rato. Estoy cansada."
Había un retazo de sombra y Sally se sentó entre sus dos amigos.
"¿Saben? ..." dijo ella.
"¿Qué?"
"No estuvo tan mal. O sea, sexualmente hablando. El tipo realmente se afanó. Sexualmente hablando, fue algo extraordinario."
"¿Qué?" dijo Dale.
"O sea, moralmente, lo odio. Alguien debería meterle un balazo al hijo de perra. Es un perro. Un cerdo. Pero sexualmente hablando, fue extraordinario . . ."
Estuvieron sentados un rato sin decirse nada. Entonces sacaron dos cigarrillos y se los fumaron, pasándoselos.
"Ojalá tuviésemos algo de hierba," dijo Leo.
"Dios, sabía que dirías algo así, dijo Sally. "Ustedes, idiotas, practicamente no existen." )

Bukowski nunca me defrauda y es siempre un alivio leer su prosa simple y, al mismo tiempo, repleta de alegorías.


sábado, 27 de febrero de 2016

Diario Para Mejorar Tu Matrimonio: sentirás que tu vida no era la peor (1) [Duelo de Caballeros - Ciro Alegría]



Mientras leía, camino al banco, la historia principal de “Duelo de caballeros”1, pequeño volumen de relatos del liberteño Ciro Alegría (1909-1967), mi esposa, auxiliada por su hermana, baquiana en los aspectos intrincados de la incursión pirata en los correos electrónicos ajenos, descubría, o descubrían ambas, una sarta de correos que me incriminaban, sin lugar a dudas, como un sacavueltero2 de larga data.
 
Mientras leía cómo Carita y Tirifilo, héroes del ampa del Malambo de la Lima de inicios del siglo XX (1915), se enfrentaban en un duelo que posteriormente el tribunal de justicia de la época calificó como “de caballeros” -reyerta puntillosa y sabrosamente descrita por Ciro Alegría, quien casi veinte años después de la pelea conoció a Carita en la prisión y obtuvo de primera mano los pormenores de tan comentado suceso-, mientras leía esa historia, decía, de regreso a casa, recibiendo una sobrecarga considerable de rayos UV, sudando a mares, luego de haber recogido el dinero que dispondría para los gastos de la semana -a razón de 20 soles diarios-, dinero que extraía de la limitada liquidación que me había depositado la mina luego de mi renuncia, mi esposa y su hermana no desperdiciaban el tiempo: copiaban los correos incriminatorios (y seguramente también los no incriminatorios, porque, vamos, no había tiempo que perder en escogencia alguna) a sus respectivas cuentas. Tendrían las pruebas de mis infidelidades.

Cuando llegué a casa, era yo uno de los apelotonados barristas que presenciaban el combate que Carita y Tirifilo escenificaban en medio del arenal, en donde éstos se medían y se lanzaban chavetazos calculados, ansiosos de tajos y sedientos de sangre. Podía experimentar el temor de Tirifilo, el amo y señor del puñal de vasto reinado, ante los embates ágiles y osados de Carita, el nuevo, el recién llegado. Tirifilo no podía perder esa pelea. No podía ser el Goliat de ese mulato David.
 
Subí las escaleras de cemento, la mirada enterrada en el libro,  hasta que alcancé la puerta de la vivienda del tercer piso, el piso familiar.
 
Introduje la llave y moví. CLIC, CLIC. La puerta barnizada cedió MEDIO MILÍMETRO y PUM, se trancó. Ahí me asusté. ¿Podía ser que la sospecha que me había sobrecogido a medio camino del trayecto de la casa al banco se hubiera concretado? ¿Estaba Morelia, mi esposa, fisgoneando en mi computadora?

Jamás la puerta había estado con el cerrojo corrido. JAMÁS. Y ahora lo estaba. Claro, era el aliado de Morelia y Liza, su hermana. El cerrojo era el centinela cuya misión consistía en evitar que interrumpiera la transferencia de mis correos a sus bandejas. Me desesperé. Volví a girar la llave que se había quedado ahí, incrustada en la puerta. CLIC, CLIC, PUM, PUM. Entonces, grité, casi desaforado.  

-¿¡Qué pasa?! ¡Abre, Morelia!

-¡Un momento, mi hermana se está terminando de cambiar de ropa!-respondió.

Su hermana se había cambiado de ropa miles de veces en la casa y nunca había tenido la necesidad de trancar la puerta PRINCIPAL del departamento. ¿Acaso estaba cambiándose en medio de la sala? ¿Acaso no habían cuartos disponibles para cambiarse de ropa en uno de ellos? Y, además, ¿qué hacía Liza en la casa? Cuando salí del departamento, hacía veinte minutos, Liza estaba en la casa de su mamá, ubicada a varios metros de la nuestra. ¿Por qué carajo tenía que estar en NUESTRA puta casa? La respuesta me era obvia. Morelia, quien no tenía la capacidad necesaria para husmear en una cuenta de correo ajena, había tenido que llamar a Liza, con carácter de urgencia, para que le efectuara el trabajito. Liza, se me hizo, por fin el huevón de Tenoch ha dejado su laptop prendida, sin contraseña. VEN RÁPIDO.

Entonces, adiviné (y acerté) lo que estaba ocurriendo. ¡Qué huevón había sido! Antes de salir del banco, confiado como nunca, entusiasmado porque el ritmo con el que traducía un libro del inglés al español había alcanzado una tasa de 700 palabras por hora, cometí la irresponsabilidad de NO APAGAR la laptop. La computadora había quedado encendida y mi correo totalmente abierto, desprotegido, a merced de cualquier fisgón.
 
Los nervios me subyugaron. Imaginé el aluvión de problemas que se me vendría encima.
 
Morelia abrió la puerta. Entré y corrí a la computadora. A un lado de ella, había un papelito cuya anotación provenía del puño de mi esposa. Era la dirección de correo de una de las chicas con las que me comunicaba con bastante frecuencia, el correo de Lía. Liza, para darle veracidad a la coartada que seguramente había inventado su hermana –porque supongo que no quería que yo pensase que Liza estaba implicada en el asunto, pues ella sabía que yo supondría que la hackeadora era Liza y no ella, quien con las justas podía abrir un documento de Word-, salió de una de las habitaciones, fingiendo arreglarse el polo y caminó presurosa hacia la puerta.

Luego de que Morelia vio la expresión de susto en mi cara, mis ojos clavados en lia@gmail.com, confirmó todavía más mi culpabilidad. Fue cuando recibí, entonces, el primero de todos los golpes que me daría durante gran parte de ese día. PLAF, sonó el cachetadón. No accioné un músculo para defenderme. Lo merecía. Gracias al gran diámetro de mi cráneo, mis lentes quedaron firmemente aferrados a mis sienes; de lo contrario, hubieran salido disparados por el momentum que le imprimió el lapazo a mi cabeza. Hasta ahí, no recibí más golpes, solo la amenaza que soltó Morelia, parada bajo el umbral de la puerta.

-Voy a recoger a la bebe de su terapia. Cuando llegue no te quiero ver acá, maldito. Agarra tus cosas y LÁÁÁÁÁÁRGATE de aquí.

Notas:

1

Libro: Duelo de caballeros

Autor: Ciro Alegría

Editorial: Populibros

Páginas: 128

Cuentos: “Cuarzo”, “La madre”, “La ofrenda de piedra”, “Calixto Garmendia”, “Panki y el guerrero”, “Muerte del cabo Cheo López”, “Los ladrones”.

Relatos: “Duelo de caballeros”, “Guillermo el salvaje”

2

Sacavueltero: Infiel.

sábado, 6 de febrero de 2016

O. Henry's American scenes - O. Henry

 
 
Among others, one of my favorite writers is, doubtless, O. Henry.
 
O. Henry's true name was William Sydney Porter, born in 1862, died in 1910. I can tell you, this man is the best storyteller I've ever read. I happened to find a collection of some of his stories in Mr Luna's library, in jirón Quilca, Lima.
 
Let me tell you, mate, reading a O. Henry's story is like ingressing into a world which ending you will never know. It's like flowing through a curvy current, enjoying the magnificent landscape at your sides until, suddenly, you witness one incredible turn in the whole shit.
 
I read this book in two days, and it was a mesmerizing experience for sure. O. Henry's stories are addictive, I can assure you that. I had plenty of quarrels with my wife because I couldn't do anything else (e.g. helping her with housekeeping now that I'm unemployed) but reading the goddamn book.
 
At the age of 27 he started to like booze and by that time his life was already a precious collection of sad stories. Years later, and with a lot of trouble he had endured, he moves to New York. This city is the scenario of the stories I read in the book my little Morganita is holding in the pic. She, also, is a voracious reader.
 
I could not say which of the 15 stories contained in this book I liked the most (because all of them were excellent). However, each story leaves you changed or at least moved.