martes, 13 de junio de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 20


Del miércoles 28 al jueves 29 de setiembre del 2016

“Pero de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma: ¡a la manera de los comprachicos, vaya! Imagínese un hombre que se implanta verrugas en la cara y se las cultiva”

Arthur Rimbaud – Cartas Del Vidente

En el bus al departamento de mi hija, recibí unos mensajes de Karina: Mark, el chibolo que la pretendía, y con quien ya había tirado en algunas oportunidades, había leído los mensajes de su celular mientras ella preparaba unos pisco sours en la cocina de su casa. Se había enterado de las visitas de su chica al cuarto de Zepita. Lloró. Por qué mierda me has hecho esto si yo te amo de verdad. Ella le aclaró las cosas: Quién chucha te has creído para controlarme. El tipo no se amilanó. Quería que Karina le negara lo que acababa de leer. Es un celoso de mierda, Dani.

Fuimos al Bembos de Plaza San Miguel. La bebe jugaba en la piscina de pelotas y mi esposa me contaba sus travesuras y progresos en el colegio. A la bebe le interesaban tres cosas en el mundo: las papitas fritas, los colores y las canciones en inglés.  

Dani, en el colegio me están pidiendo treinta soles para el disfraz de la bebe por el aniversario del colegio, ¿puedes ayudarme? Por supuesto que podía. Toma cincuenta, le dije. Si el gasto era para la bebe, con gusto lo cubría.   

Las llevé en un taxi a casa. La bebe entró corriendo en una librería. La seguimos. Papi, papi, quiero esos colores, por favor. Imposible decirle no.

Subió las escaleras, encantada con sus colores. Mi esposa y yo permanecimos en la puerta de rejas. Gracias por lo de hoy, Dani. La pasamos bien. Fijó sus ojos en mi boca y me regaló un beso demorado, pero corto. Cuídate mucho, se despidió. La relación con Melina parecía no estar del todo bien.

En el bus a Zepita, me cayó un mensaje de Daniela. ¿Qué haces, Chato? Nada. ¿Tú? Estaba en casa, sin mucho que hacer. Te invito un chifita, le dije. Estoy en Alfonso Ugarte. Aceptó. Media hora después, estábamos comiendo en uno de los tantos chifas de esa avenida. El arroz chaufa era una mierda. A ella tampoco le agradó lo que pidió. ¿No sientes que la comida tiene un sabor como a detergente? Putamadre. Tenía razón. Apartamos los platos y bebimos las gaseosas.  

La novedad era que estaba saliendo con un poeta. Se llamaba Johnny Reyes. Lo había conocido en la universidad donde ambos enseñaban. Salían, se besaban, tiraban, pero no podía asegurarme que fueran formalmente enamorados.

Hacía varios años, Johnny publicó un poemario. Daniela no recordaba el nombre del libro, pero señaló que recibió las mejores críticas de los entendidos en la materia. Lo proclamaron el renovador de la poesía rimbaudiana. Yo creo que eso lo mareó al Johnny, decía Daniela; se durmió en sus laureles y no ha vuelto a publicar. Él dice que está completando los poemas de su próximo libro, pero yo lo veo más borracho o drogado que escribiendo.   

Es un genio, decía Daniela. Yo no sé cómo hace ese hombre para sacarse unos versos tan alucinantes de la cabeza. Ambos eran profesores de Crítica Literaria en la UPC. En las reuniones, no puede faltar el Johnny. Sus amigos lo idolatran. Alucina que lo tratan de “maestro”. Y no lo dicen con cachita, ah. Lo dicen sinceramente. Y las mujeres, pucha, se le tiran a los pies; sobre todo sus alumnas. Ese hombre abre la boca y te enamora en una. ¿Era guapo? No, qué va a ser guapo. Es alto, sí. Tiene el pelo largo enrulado, que no sé con qué se lo cuida, porque lo tiene precioso. Es medio moreno, pero no es guapo guapo. Digamos que tiene su no sé qué. Pero con su verbo mata, Chato.

¿Y no le incomodaba a ella que las alumnas se le regalasen? Pucha, Chato, no sé. A veces me llama la atención que las chicas lo persigan. Pero desde que estamos juntos, he notado que las rechaza y se guarda para mí.

Hablamos de mi cuarto, de mi mudanza, de mi novela. Le interesaba conocer el lugar donde había vivido Eguren. Solo por eso me gustaría conocer tu cuarto, Chato; no creas que va a pasar algo entre nosotros. Yo ya te conozco. Te cuento que Johnny es fanático de la poesía de Eguren. Si él tuviera plata, se lo tatuaría en el pecho. Para Johnny, Eguren es el poeta niño, el poeta que ve el mundo, lo bueno y lo malo del mundo, con candor. Les devuelve a las cosas la mirada de la inocencia.

Terminamos las gaseosas y pagué la cuenta. Caminamos a su casa. Vivía a algunas cuadras de Alfonso Ugarte. No insistí con lo de visitar mi cuarto. Ya se presentaría la ocasión. Regresé a Zepita escuchando Doble Nueve. Era la hora del rock clásico. Caminé hasta la Plaza Dos de Mayo para entrar luego por Peñaloza. En esa calle, solo había un par de chicas hermosas; tetas como pelotas y culos descomunales. Pero no estaba de ánimos.  

Subí las escaleras y entré a mi cuarto. Quise escribir, pero aún no recuperaba mi laptop. ¿Cuándo chucha me la tendrían reparada? Me desvestí y me tiré en el colchón. Recibí un mensaje. Era Rosario. Amor, para mañana te tengo una sorpresita. Sueña conmigo, ¿sí?

domingo, 28 de mayo de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 19


Del martes 27 al miércoles 28 de setiembre del 2016

“Junto a su cabeza, un ángel aparece inclinado:
espía los susurros de un corazón inocente”

Arthur Rimbaud – El Ángel Y El Niño

No recordaba qué le había escrito; pero estaba seguro de que no habían sido cosas del tipo “quiero lamerte la vagina” o “quiero chuparte las tetas”. Las conversaciones con Daniela eran cortas; unos saludos apenas. Pero eso no le importaba a Rosario. Ella no quería que tuviera ninguna comunicación con Daniela, Karina, o alguna otra ex enamorada. Sabía que si yo conversaba con ellas era porque quería tirármelas. Tú no sabes tener amigas, Daniel. Quieres tirar con todas, por más que Daniela sea una enana sin gracia y Karina, una chola gorda y fea.   

¿Desde cuándo quieres verte con Daniela? Estaba furiosa. Por favor, no vayas a tirar mi celular. No tengo plata para comprarme otro. No supe qué otra cosa decir. Mientras no tuviera una pista de lo que Rosario acababa de descubrir, no podía lanzar una mentira. Sus dedos estrujaron el teléfono. Se le quebró la voz. Yo me entrego a ti, te complazco en todo y tú con ganas de verte con Daniela. ¿Para qué la quieres ver, ah? Intuí que había visto los últimos mensajes; esos en los que Daniela y yo tratábamos de fijar un día para vernos. Tuve suerte. Si hubiese visto los mensajes de Karina, sin dudarlo, me hubiese estampado el celular en la cara.

Estoy cansada de ser buena contigo. No me mereces. Yo merezco a un hombre de verdad. Dejó mi celular sobre la mesa. Estoy cansada de amarte y de que tú me rechaces buscando a otras personas. ¿No te basto, Daniel?

Quise abrazarla, decirle algo, pero sospechaba que un acercamiento físico reavivaría su furia. Se sentó en el colchón. Tenía el rostro desencajado. Se puso el sostén y el hilo. Voy a dormir, dijo. Supongo que tú también, porque ya lograste lo que querías. Ya me utilizaste. No me vuelvas a tocar, por favor. No había rencor en sus palabras, solo decepción y resignación. Eso me dolió más. Rosario no sabía almacenar rencores. Era demasiado buena persona.

Antes de que sonara la alarma de mi celular, Rosario ya se vestía. Buenos días, Rose, la saludé. No me hables, por favor. Yo ahorita me termino de cambiar y no me vuelves a ver más. Ahí tienes a tu Daniela. No insistí. Permanecimos callados. ¿La puerta de abajo tiene llave? Le dije que no, que podía abrirse fácilmente. Se paró y caminó hasta la puerta del cuarto. Se fue elegantemente; sin dar portazos.

No había nada que hacer en la oficina. Continué depurando la traducción de McPhilips.

¿Almorzamos?, preguntó Patricia. Me llamaba desde su anexo. Eran casi la una. Fuimos al chifa. No le permití pagar su cuenta.

Dani, ayer me robaron el celular. Apoyó la cabeza en mi hombro. No supe qué hacer. Solo me mantuve quieto; no quería que malinterpretase cualquier movimiento como un signo de que me incomodaba tenerla en esa postura. ¿Cómo así? Había salido tarde de la oficina. Jean Carlo la tuvo llenando y corrigiendo unas facturas. ¿Jean Carlo? Pero si ayer no vino, le dije. Sí vino. Justo cuando estaba a punto de irme. Tú ya te habías ido. El novio no pudo recogerla porque tuvo un retraso en el trabajo. El tipo era cajero en un banco. Ese día, las cuentas no le cuadraron al cerrar su caja. Patricia tuvo que emprender sola el regreso a casa. Eran poco más de las ocho de la noche. Jean Carlo quiso pedirle un taxi, pero ella declinó. A una cuadra de su paradero, un mocoso le arranchó el celular. Y lo había sacado un ratito, no más; para ver la hora. Y en ese ratito me roban. Entre otras cosas, lo que más le molestaba del asunto era que se había quedado sin música. Su computadora en la oficina no tenía parlantes. Sin música, le sería difícil trabajar.

En la tarde, mensajeándonos, Rosario y yo nos reconciliamos. El tiempo la calmaba. Le estimulaba nuestros mejores momentos. ¿Puedo verte hoy?, me preguntó. La verdad; tenía muchas ganas de ver a mi hija. Acababa de acordar con mi esposa, en una conversación paralela, que pasaría por el departamento a las ocho y media.

Entendió. Sabía que si no veía a mi hija cuando me lo pedía el corazón, podía deprimirme. Entonces, ¿crees que podamos vernos en el mercado un ratito? Es que quiero entregarte algo. Se refería al mercado Santa Rosa, que estaba a dos cuadras de la oficina.

Media hora después, estábamos en el mercado. Fuimos a una juguería. Pedí un jugo de fresa. Rosario no pidió nada. ¿En serio? ¿No quieres nada? No quería nada. Quería verme porque le urgía darme una sorpresa. Pero con mayor razón, pues. Déjame invitarte un juguito para que no me sienta tan en deuda. Cedió. Ordenó también un jugo de fresa.

Quería entregarte esto. Abrió su bolso. Siempre cargaba un bolso diferente. Moría por los bolsos y los zapatos de taco. Tenía más zapatos de taco y bolsos que cualquier otra cosa. Siempre que hacíamos el amor, estrenaba zapatos. Mis favoritos eran los que dejaban al descubierto las uñas de sus pies. Le pedía que no se los quitara mientras tirábamos.

Me entregó un estuche negro. Dentro, había un lápiz, un lapicero, un marcador y un resaltador. Todos de la marca Staedtler. Para que sigas escribiendo con tu letra bonita, me dijo. Me sentí pésimo. Yo jugando con sus sentimientos y ella haciéndome regalos; regalos que, por otra parte, me gustaban. Los libros, o todo aquello que estuviese relacionado con los libros y la escritura, eran para mí excelentes regalos. Los voy a cuidar un montón, le dije. Fue una promesa sincera. Le aseguré que el sábado nos veríamos. Le recordé el concierto de Pantera. ¿Todavía hasta el sábado? No podía ser tan desconsiderado luego de esa muestra de bondad.  Entonces, mejor el viernes, corregí.

Antes de salir del mercado, nos detuvimos en un puesto de accesorios electrónicos: audífonos, celulares, tablets. Le pedí a la dependienta que me mostrase los parlantes para computadora más económicos que tuviera. Treinta soles, joven. El sonido es muy bueno. Pagué y me los llevé. Rosario no me preguntó por la compra. Intuyó que lo necesitaba en el trabajo. La acompañé hasta su paradero. Nos despedimos con un beso.

Toma, le dije a Patricia. Es para ti. No esperaba nada de mí, así que su curiosidad y su alegría sobrepasaron mis expectativas. Cuando sacó la caja de la bolsa, me abrazó. No había nadie en la oficina. Ahorita pongo la música, me dijo. Gracias, muchas gracias. Fui a mi escritorio sintiéndome una basura. Había gastado treinta soles en unos parlantes para alguien que no daba un carajo por mí y solo cuatro soles en un jugo para la persona que hubiera dado la vida por mí. Volví al libro de McPhilips. De fondo, sonaban las salsas de Patricia.

domingo, 16 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 18


Martes 27 de setiembre del 2016

“Tú alcanzas tu perdón con esa letanía de besos.”

Charles Baudelaire – Poemas Prohibidos

Nos encontramos en el Yield Bar, en la Plaza San Martín. Tenía un trago colorido delante. Lo tomaba de una cañita. Llamé al mozo y le pedí una Pilsen helada. ¿Me acompañas al concierto de Pantera este sábado? Había un afiche en la entrada del local con la información respectiva. Ah, ya. No, yo quiero ir al otro, al de Calamaro. Es este viernes, un día antes de tu concierto.

¿Al de Calamaro?, quise saber. ¿No lo has visto? Su afiche está al lado del de tu concierto. A Rosario le encantaba la música de Calamaro. Alguna vez, hicimos el amor escuchándolo.

Vamos a ese concierto, me suplicó juguetonamente. No, qué aburrido. Si quieres, ve sola. Rosario era una de las pocas personas con las que me mostraba tal cual era; muchas veces, sin delicadeza.

Estaba preciosa. Luego de terminados los tragos y la chela, en el camino a mi cuarto, uno de los borrachos de la Colmena le silbó el culo. Qué rica tetas, mi amor, dijo otro.  

Buscamos vídeos de YouTube en su celular. No había nada nuevo. Durmamos, sugerí. Me quedé en bóxer y apagué la luz. Nos acostamos, cubiertos por la colcha, separados debajo de ella.  

Quise hacerle el amor, pero no iba a ser tan fácil. Aún seguía resentida conmigo. Intenté algo.

Rose, ¿puedes tocarme el pene? Desde su extremo del colchón, me habló claro. ¿Qué tienes, oye? Yo no te voy a tocar nada, ¿ok? Tú y yo no somos nada. Tú no eres nada mío. No quieres ser nada mío. Y yo no tengo por qué estar tocándote el pene. Me acerqué a ella. Tócalo un ratito y no te molesto más. Te lo prometo. Se negó y dijo que no hablaría más del tema. Pero, siguió.

Si fuésemos enamorados, todo sería distinto, Daniel. Esas palabras eran la brecha por donde podía infiltrarme. Rose, no digas eso. Está bien, no somos enamorados, pero lo que siento por ti sí es amor. Cambió de posición. Su rostro apuntó hacia el mío. Mentiroso, eres un mentiroso; tú no sientes nada por mí. Puse mi mano en su cintura. La dejó ahí. Calculé que debía insistir un poco más para lograr mi objetivo. El terreno empezaba a ceder. Te amo, Rose, te amo; tú sabes que solo contigo la paso bien. ¿Acaso no es a ti a quien llamo cuando me pasa cualquier cosa?

Te amo, Rose, te amo, repetí, luego de un corto silencio. ¿Estás diciéndome la verdad, Daniel? No respondí al instante. Una mentira requería de silencio antes de ser enunciada como una verdad cabal. La longitud de ese silencio dependía de la frialdad del mentiroso. Mi silencio duró segundo y medio. Era un mal mentiroso. Luego del “sí”, percibí la retirada de sus defensas. Intenté besarla para confirmar la rendición. Correspondió mi beso. Confundimos nuestras lenguas por varios segundos. Se me mojó la punta de la pinga.  

Chúpamela, ¿ya?, imploré, sin dejar de besarla. Ella me mordió los labios. Me succionó la lengua. Pasó la suya por mis labios. Los chupó como caramelos. No te voy a chupar nada, susurró. Me lamió la boca, el cuello. Bajó hasta mi pecho. Jugueteó alrededor de mi ombligo. Chúpamela, por favor, gemí, sabiéndola cerca de mi pichula.

Daniel, no mereces que te bese. Volvió a echarse en el colchón. Carajo. Tú no me amas. Yo quiero entregarme a alguien me ame. Quiero ser una enamorada, una novia; no una amante. Estaba demasiado excitado como para pensar en algo nuevo. Retomé el estribillo más fácil. Rose, Rose, te amo. Volví a tomarla de la cintura. Sentir esa piel me arrechaba. La pegué hacia mí. El pene me quedó prensado contra sus piernas. ¿Quieres ser mi enamorada?, le pregunté. Ay, Daniel, no jodas. Eso lo dices solo para que puedas cacharme y te la chupe. Tenía razón. Pero no se lo iba a decir. ¿Y si me masturbas con los pies? Rosario tenía unos pies hermosos. Casi siempre, le chupaba cada uno de los dedos. Ella les pintaba las uñas de rojo. Ese color me enloquecía. Solo eso, tus pies y nada más. Por la quietud en su respiración, intuí que estaba considerando mi propuesta. Está bien, dijo. Se me volvió a mojar la pinga. Pero no me vas a tocar, ah. Solo yo te voy a tocar con mis pies un rato y nada más. Acepté. Estaba seguro de que nuestro trato no se limitaría solamente a ese roce. Conocía muy bien a Rosario. Era tan arrecha como yo. Terminaríamos tirando. Puso la colcha a un lado. Con delicadeza, atrapó mi pinga con sus pies. Qué rico, suspiré. Sentía sus dedos, las plantas, su piel.   

Tras unos minutos del masaje podálico, se llevó una mano a la vagina y comenzó a frotarse el clítoris. ¿Qué haces?, pregunté, haciéndome el huevón. Me masturbo, pues, dijo, agitada. Si quieres, te masturbo con mi lengua, propuse. No, me dijo, tú no puedes tocarme. Estás castigado. Sí, claro. Continuó los masajes. Empezó a meterse uno, dos dedos, en la vagina. ¿No quieres que te la meta un rato? No respondió. Continuó corriéndomela y corriéndosela.        

¿Y si le das un besito a mi cabecita? Estaba excitada. Podía sentirlo. Era mi oportunidad. Solo un besito, por favor, insistí.  Está bien. Le voy a dar un besito en la cabecita y nada más, ah, dijo. Ahora, empezaría lo bueno. Cambió de posición. Se puso en cuatro y le dio un besito al glande, a la puntita, a los labiecitos húmedos. Pero, tal cual lo supuse, el besito, corto y delicado, se extendió en una de esas mamadas gloriosas que solo Rosario sabía darme. Se metió mis huevos en la boca y los tuvo ahí un rato. Volvió al pene. Se lo metió enterito. Le cogí la cabeza y la mantuve en esa posición. Empezaba a dar signos de asfixia, pero no la solté. Casi diez segundos la tuve así. Cuando la solté, su garganta explotó en un arghhh.

Terminamos tirando. Se tomó mi semen. Permanecimos desnudos, tirados en el colchón, medio somnolientos. Así estuvimos hasta que decidí lavarme la pichula. No quería manchar más la colcha ni el colchón. Ya bastante semen tenían encima.

Revisé la hora en el celular. No tenía ningún mensaje. Lo dejé cerca del colchón, en el piso. Me enrosqué la toalla y fui al baño. Me abres la puerta, por fa, le dije a Rosario. Ya, respondió. Cuando terminé, vi la puerta junta. Entré. Rosario sostenía a media altura mi celular, como restregándomelo. Así que has estado hablando con Daniela, ¿no? Putamadre. Todo volvía a irse a la mierda. Había prendido la luz y, por la rabia en sus ojos, parecía lista para estrellar el celular contra la pared o contra mi cara.

domingo, 2 de abril de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 17


Del lunes 26 al martes 27 de setiembre del 2016

“Hace unos días eras una diosa, ahora eres solo una mujer.”

Charles Baudelaire sobre la socialité francesa Apollonie Sabatier.

Pedimos un sánguche de pavo y uno de lomo saltado. Hacía calor. Ordenamos una jarra helada de chicha morada. El lugar estaba lleno. Tuvimos la suerte de hallar una mesa libre. Terminamos repletos y con cargo de conciencia. Karina redoblaría su rutina de ejercicios en el gimnasio. Yo me fajaría la panza con bolsas de basura para sudar el triple manejando al trabajo.  

Para bajar la guata, caminamos hasta la licorería de Colmena. Compramos dos vinos. No me importó que fuera lunes. Los borrachos éramos ajenos al calendario.

El colchón ya estaba en el suelo. ¿Te parece si nos quitamos la ropa y conversamos?, propuse. Aceptó. Nos quedamos en ropa interior. Serví el vino en los vasitos descartables que nos regaló el tendero. No me avergoncé de tener la pinga parada. A cualquiera se le pararía con semejantes tetas a la vista.  

Nos sentamos en el colchón. Te cuento, empezó Karina; terminé con Mark. ¿No que no estaban? Estaban y no estaban. Para ella no estaban; para él, sí. Se había puesto muy cargoso el chibolo.

Después de eso, no quedaba mucho por contar. Ahora, solo quería tirármela.

Pareció leerme la mente. Dani, ese día, no esperaba que me volvieras a hacer el amor en la mañana. Un momento; ¿a qué se refería con eso de que “me volvieras a hacer el amor en la mañana”? ¿Lo habíamos hecho dos veces? Claro, ¿no te acuerdas? La primera fue antes de dormir, luego de que bailamos; la segunda fue en la mañana, antes de que te fueras al trabajo. No recordaba nada de la primera. Incluso, le conté que le hice el amor en la mañana porque pensé que, por el cansancio, no me la había tirado antes de dormir. Y no iba a permitir que te regresaras a tu casa sin haberme comido esas tetotas. Se rio. La misma risa de los tiempos en que fuimos enamorados. Eres un loco, Dani.  

Pusiste las botellas debajo de la mesa y te me tiraste encima; me quitaste el brassier y empezaste a morderme los pechos. Te dije que despacio, pero estabas recontra arrecho. No recordaba un carajo de lo que me contaba. Era como si me estuviera hablando de otro huevón. Por más que lo intenté, ninguna imagen me vino a la cabeza.   

Entonces, cuando lo hicimos en la mañana, ¿fue la segunda vez? Karina tomó otro trago. . Yo, también. Podía sentir el vino agarrotándome los dedos, afilándome la lengua, disparándome la pichula. No estaba borracho. Estaba en mis cinco sentidos. Así debía uno cachar con una hembra: despierto. Si no lo recordabas, no había pasado.

¿Terminaste?, le dije. ¿Qué cosa?, preguntó. Tu vaso. Miró dentro de él. Sí. ¿Me sirves más? Me acerqué a ella y la besé. Le metí la lengua. Me metió la suya. La saliva le sabía a vino. Sin dejar de besarla, le saqué el sostén. Pegué mi pecho contra sus tetas. Siempre hacía eso con una mujer de tetas grandes: sentir sus pezones en mi pecho. Esos pezones son míos, alucinaba, enfermo de sexo. También, les pasaba la cabeza de mi pinga. Era como dejar mi marca en ellas, tal cual hacían los perros al orinar al pie de un poste de luz.

Le puse la pinga a la altura de su boca. Ella sabía perfectamente qué hacer a continuación. Llevábamos catorce años haciendo las mismas cochinadas. Me chapó la pinga del tronco y se la metió en la boca. Así, chupa, perra, chupa. Le saqué la pinga y le puse mis bolas. Las succionó una por una. Qué rico, carajo.

Ya había visto demasiado. Era hora de sentir; solo sentir. Apagué la luz. La puse en cuatro y me entregué a lamerle el ano. El vino me facilitaba las cosas, me quitaba lo disticoso, me hacía un valiente, un asqueroso de mierda.

Luego de media hora de lamidas y metidas, quiso venirse. La posición que le acomodaba era la misma que le conocía desde hacía tiempo. Se echó encima de mí, la pichula dentro de su vagina, y cerró las piernas. Empezó a mover la pelvis en círculos. Gimió. Mmm, mmm, mmm. Pude sentirla venirse como huayco.  

Era mi turno. Te tomas mi semen, ¿ya? Me corrí la paja mientras me besaba. Volvió a ponerse en cuatro y acercó su boca hasta la cabeza de mi pinga. Continué masturbándome sabiendo que la boca de Karina estaba a pocos centímetros arriba de la punta de mi pichula, la lengua afuera, esperando la leche. Le manoseé las tetas con la mano libre. Eran enormes y blandas. Era lo que me faltaba para darla. Ya, alcancé a decir. Sin demora, hundió la boca en mi pichula y no dejó escapar una gota del yogurt.

Luego de eso, se me esfumó el deseo de seguir tirándomela. Karina había vuelto a ser una mujer más. La única de la que no me cansaba del todo era Rosario. Eso debía de significar la comunión entre los gustos caprichosos de la pinga y la sana costumbre que el corazón siente por una mujer.

A pesar del cache y del vino, llegué temprano al trabajo. No tenía nada que hacer, así que continué revisando mi traducción del libro de McPhilips. A media mañana, me estaba quedando dormido. Fue entonces cuando Patricia se acercó a mi escritorio. ¿Me acompañas un ratito al banco? Caminar por ahí me despejaría la mente. Conversamos de cualquier tontería. La hacía reír. Otra vez, nuestros cuerpos tendían a pegarse, como imantados. Varias veces, sin intención, mi mano le rozó los muslos.

Antes de trabajar para Jean Carlo, Patricia fue boletera en un circo. El lugar le pertenecía a un popular cómico peruano que ganó notoriedad porque se tiró a su cuñada en la misma cama donde dormía con su mujer. Siempre que teníamos presentaciones, el circo se llenaba y, no me creerás, me entregaban un montón de billetes falsos. Ahí aprendí a diferenciar los billetes.   

A los vivazos que me daban billetes chuecos, se los rompía en la cara. Hablaba con vehemencia. Se metía en la piel de sus recuerdos. Esos que hacen pasar los billetes falsos van a los circos populares. No te imaginas la cantidad de billetes que rompí. Trabajó desde junio hasta agosto. No me atreví a preguntarle cuánto le pagaba el cómico, a quien jodían de serrano. Se decía de él que era bastante tacaño. ¿Lo habría sido con ella? Mi esposa solía atacarme de tacaño. Todos los cholos son tacaños, decía, antes de encerrarse en su cuarto dando un portazo.

El paseo me quitó el sueño. Regresamos a la oficina. Fui al chifa solo. Patricia había traído su táper.

Jean Carlo no se manifestó. Seguramente, había cerrado el contrato con el cliente del lunes. Debía de estar festejando. Victorio tampoco se apareció en la oficina. Continué con la revisión de la mañana. Hoy me quito temprano, pensé.

Unas horas después, el sueño regresó con fuerza. Sonó el anexo que Jean Carlo me había asignado. Rara vez sonaba. Nadie me llamaba. Era Patricia. ¿No te molesta si pongo unas canciones? No. Puso algunas salsas del recuerdo. Las cantamos desde nuestras respectivas oficinas. Volvió a sonar el anexo. ¿Qué tal? ¿Te están gustando? Sí, estaban buenas.    

Quiero ponerte unita más. Espero que también te guste. Fue un reggaetón lento. No me gustó. Volvió a telefonearme. Quiso saber mi opinión. Me encantó, le dije. A pesar de la mentira, la letra me había llamado la atención. La busqué en Google y la leí. Quiero llevarte y hacerte el amor, déjame tocarte… ¿Por qué Patricia esperaba que me gustase esa canción? ¿Quería algo conmigo? ¿Era la señal que estaba esperando? Por fuera, parecía una mormona de fe inquebrantable, pero, enfrentada a sus sentimientos por la soledad de la oficina, parecía ir revelando a la mamona que en realidad era. Dejé de pensar en ella y sus canciones. Cogí el celular y le escribí a Rosario. Quería verla; tomarme unos tragos con ella. Aceptó. Pero solo para acompañarte y ver una película. No quiero que pase nada. No mereces estar conmigo; ni siquiera tocarme, escribió. No te preocupes, le mentí, no voy a intentar nada.

domingo, 26 de marzo de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 16

Lunes 26 de setiembre del 2016

“-No te enamores de veras,
que te querrán con puñales.
Di que vas sin corazón;
porque lo dejan sin sangre.”

Martín Adán – La Campana Catalina

Mientras encaletaba el celular debajo del colchón, pensé en alguna movida inteligente. Muéstrame que estás hablando con tu mamá, exigió. Lo único que se me ocurrió fue chuparle una teta. Nos fuimos contra el colchón. Sin darle tregua, le abrí las piernas y hundí mi lengua en su vagina. No, Daniel, protestó. Te dije que no va a pasar nada entre nosotros. No me molestes. Se envolvió con la colcha y me dio la espalda. Hasta mañana, murmuró. Me había salvado.

Nos levantamos muy temprano. La acompañé al paradero de colectivos. Nos despedimos sin besos. Seguía resentida. Manejé al trabajo.

En la oficina, no pude evitar uno de los aburridos monólogos de Victorio. Algunas veces, cuando no tenía a quien joder en el teléfono y cuando llevaba una taza de café recién hecho en la máquina de Jean Carlo, se acercaba a mi escritorio y me hablaba de sus tiempos trabajando en proyectos en la sierra, en plena época del terrorismo. Luego, se mandaba una extensa apología a Alberto Fujimori. Que Fujimori liberó al país; que propició el retorno de la inversión extranjera; que su gobierno llegó a los rincones más jodidos del Perú; que gracias a él los serranos de esos lugares conocieron el agua potable y la electricidad. Yo lo escuchaba sin intervenir, implorando porque terminase pronto con sus huevadas. A Victorio le encantaba oírse.

Una hora después, llegó Jean Carlo. Estaba eufórico. Nos contó que estaba a un pelo de cerrar una suculenta venta. El cliente le había pedido una reunión ya mismo. Nos llevó en su camioneta.  

Fuimos al piso ocho de un edificio en San Isidro, distrito donde las principales compañías mineras del país tenían sus sedes. Éramos un trío que no inspiraba confianza. Yo no inspiraba confianza. La cara de Victorio tampoco. Jean Carlo sí. Él sí podía inspirar confianza. En cualquier caso, lo que mantenía vivo el negocio era la calidad de los ventiladores que ofrecíamos. Eran tan buenos que podían venderse solos.

En la reunión, Victorio empezó a hablar de más. Su función era, en principio, conseguir clientes. Nada más. Conocía a varias personas en el sector de la construcción; túneles, obras hidroeléctricas. Pero, en cuanto al tema técnico de la ventilación, no sabía un carajo. Jean Carlo, entonces, tomaba la palabra. Exponía con soltura todos los detalles comerciales y operativos. Yo aportaba poco; hablaba un par de cosas de mi experiencia en Uchucchacua usando los ventiladores de Jean Carlo.

El cliente nos pidió simular el funcionamiento del sistema de ventilación en un modelo virtual del proyecto. Jean Carlo me miró. Yo haría esa chamba. Nos despedimos. Si se cerraba el contrato, Jean Carlo ganaría unos buenos miles de dólares.

Ni bien llegamos a la oficina, me puse a trabajar en el proyecto. Lo terminé en poco más de una hora. Lo envié por correo. Jean Carlo quedó satisfecho. Se lo envió al cliente. Eran las cuatro de la tarde. Fui al chifa a almorzar. Comí tranquilamente. Chateé con Rosario y con Karina. Esta me confirmó que nos veríamos en la noche. Rosario estaba más tranquila. Se le había disipado el enojo. ¿Seguiría así de tranquila si se enterase que Karina -la chola gorda y fea de Karina, como ella la llamaba- iba a tirar conmigo en el mismo colchón donde había tirado con ella tantas veces? No tenía nada en contra de Rosario. La quería muchísimo. Pero había oportunidades que debían ser tomadas. Si no cachaba con una, dos, o tres mujeres, con uno, dos, o tres cabros, ¿de qué mierda iría a tratar El Solitario? Debía ponerle color a la novela.

Karina tenía muchas ganas de comer unos sánguches en El Chinito, una de las más antiguas sangucherías de Lima.

Llegando a Zepita, divisé a Estrella, el cabro con el que tiré alguna vez. Tenía un excelente cuerpo, pero no le ponía entusiasmo a su chamba. Era como tirar con un muerto; no se movía, no gemía, ni siquiera se daba el trabajo de fingir. Mi vida era igual a la de Estrella. A ella no le gustaba darle el culo a la gente, así como a mí no me gustaba trabajar en una mina. Por eso, renuncié a la última. Me arrepentí unos días después porque me pagaban muy bien. Pero ya era demasiada conchudez; había jugado muchas veces con esa minera. Luego de traducir el libro de McPhilips, hallé cobijo en la empresa de Jean Carlo. Me pagaba una miseria en comparación con mi sueldo de la mina, pero era preferible a no ganar un solo sol. Ahí estaban las consecuencias: vivía en un cuartito, manejaba al trabajo en una bicicleta que podía ser arrollada por una combi en cualquier momento y comía arroz chaufa a diario. Me prostituía al igual que Estrella: sin ganas y a cambio de unas miserables monedas.

Me bañé y esperé a Karina.  

domingo, 19 de marzo de 2017

El solitario de Zepita – Capítulo 15

Del viernes 23 al domingo 25 de setiembre del 2016

“Y fueron tantas mentiras, fue tanta traición, que yo ya no dudaría que sería peor”

Zero Balas – No Vuelvas Más




                                      Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=8dSHZZdy3QI

Del viernes 23 al domingo 25 de setiembre del 2016

“Y fueron tantas mentiras, fue tanta traición, que yo ya no dudaría que sería peor”

Zero Balas – No Vuelvas Más


No me atreví a besarla. Me ganaron la cobardía y el temor a su reacción. Se notaba que era una mujer de carácter. ¿Qué tal si me cacheteaba y me acusaba con Jean Carlo? Regresaría a Zepita con la cara partida y sin trabajo. Perdería por todos lados.

Me dio de probar de las tres tazas con la misma cucharita. Esos pezuñentos beberían de mi saliva. Dulce venganza.

Manejé pensando en Karina. Dentro de poco, estaríamos tirando en mi colchón. Era viernes, último día de la semana. Había licencia para beber y tirar a discreción. Me detuve cerca del parque Washington. Había sentido unos mensajes. Eran de Karina. Dannysito, lo siento. No voy a poder ir a tu cuarto como habíamos quedado. Me ganaron los preparativos para el cumple de mi hermana que es mañana.

Insistí. Le dije que se tomara todo el tiempo del mundo para que cumpliese con los preparativos de los que hablaba, pero que viniera. Yo no me hacía problemas con que se apareciese a las once o a las doce, o incluso a la una de la mañana. Yo la esperaría donde la dejase el taxi. Insistí en vano. Solo conseguí una de esas promesas que nunca se cumplían: pronto me visitaría. ¿Cuándo? Nadie lo sabía.

Llegué abatido al cuarto. Me bañé y me tendí en la cama. Le envié un mensaje a Rosario. Le pregunté qué hacía. Viendo un anime. Quise decirle: Ven; la pendeja de Karina me ha fallado. Tomémonos unas cervezas, veamos unos vídeos, hagamos el amor. Me preguntó si estaba en casa de mi mamá. Era la mentira que le había metido para reservar ese viernes con Karina. Claro, escribí. Acá estoy, tirado en el sofá. Pensé en ti y te escribí. Chateamos un toque más y me acosté. No tenía ganas de hacer nada.

Al día siguiente, dejé ropa en la lavandería. Alquilé una cabina de internet. Terminé de escribir el sexto capítulo de la novela. Abrí el blog y lo colgué. ¿Se enojaría Rosario porque la llamaba “bruja”? Sí, se enojó. Me llamó. Lloraba. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué cuentas nuestras cosas y, encima, haciéndome quedar mal? Ese día te fui a ver así como estaba. Había tenido un día pesado en la universidad. Pero como quería verte, fui como pude, porque tú eres todo lo que me importa. Y así me pagas; hablando mal de mí en público. No dije nada. Continuó vapuleándome durante media hora. Yo había vuelto al cuarto. Estaba tirado en el colchón. No volverá a pasar, le prometí. Hubo un silencio. Lo aproveché para hacer las paces. Le pedí que viniera a verme. No, gritó. Tú solo me quieres para tirar y ya. Tú no sientes nada por mí. Insistí con delicadeza. Se volvió a negar y me pidió que me largase de su vida, que la dejase en paz.   

Fui a casa de mamá. Allí estaba mi bebe. La sorprendí con lo que, entre nosotros, llamábamos “un desayuno de campeones”: una bolsita de M&M, unas papitas Lay’s y un juguito de durazno. Gracias, papi. Me abrazó y me besó.

Repetí las papas rellenas de mamá. Le quedaban siempre de putamadre. 

Al anochecer, la bebe me pidió que la llevase al Bembos de Plaza San Miguel. Tomamos un taxi y fuimos hacia allá. En qué no complacía a mi hija.  

El domingo me lo pasé durmiendo. Dejé a la bebe en casa de su mamá. No quiso despedirse de mí. Quiso que subiera al departamento, que personalmente la dejase acostadita en su cama. Lloró cuando le dije que no se podía. La familia se había roto. Regresé a Zepita y lloré en mi cuarto. La bebe era mi punto débil. Pensé en Rosario. Solo ella podía animarme. La llamé, a pesar de su pedido de que me largase de su vida. Yo sabía que lo dijo sin sentirlo; ella estaba tan enganchada conmigo como yo con ella. Nos necesitábamos. Ven, le dije, ven, por favor, me siento pésimo. Me siento vacío. No volveré a tratarte mal. Lo juro. Lloré. Le conté mi pena de todos los domingos: la separación de mi hija. Ven, Rose, por favor; te necesito. Se hizo un silencio. Ya, está bien, voy para allá. Pero ya no llores. No quiero que estés mal. Sus palabras me calmaron. Gracias, Rose, eres la mejor. Tenía un corazón de oro.

La esperé en la Plaza San Martín. La vi bajar de un taxi. Estaba hermosa; discretamente maquillada. Llevaba una blusa que le resaltaba las tetas y unos tacos que le empinaban tremendamente el culo. Se dio cuenta de que me había deslumbrado. Quería tirármela ahí mismo. No quiero que vuelvas a escribir nada feo sobre mí, Daniel; mucho menos que digas que estoy hecha una bruja.   

Compramos cuatro latas de cerveza y las llevamos a mi cuarto. Vimos vídeos en su celular. Nos secamos las latas en una hora. Hoy no va a pasar nada, Daniel. Vine para que no te sintieras solo. Solo por eso. Hoy vine como una amiga. Se había parado encima del colchón. Se desvistió hasta quedar desnuda. Me calateé a su lado. Desde mi posición, echado a sus pies, le vi la concha cerradita. La prohibición de sexo me había endurecido la pichula.

Entonces, sentí dos cortos remezones. Eran de mi celular. Me apresuré a ver quién jodía a esas horas. Eran dos mensajes de Karina. Se me heló la piel. Se me desbarató la erección. Sigilosamente, leí el primero: Amorcito, mañana te veo. Leí el otro: Nos encontramos a las ocho en Metro, ¿está bien? Rosario acomodaba su ropa sobre la mesa. Escribí un apresurado ok. ¿Quién es?, preguntó. No era tonta. Sabía que algo me inquietaba. Mi mamá, dije sin dudar. Es mi mamá, continué. Quiere saber si llegué bien al cuarto. Le he puesto que sí, que estoy bien. Rosario se arrodilló a mi lado. Sus tetas me quedaron a una lamida de distancia. A ver, muéstrame la conversación. 


domingo, 5 de febrero de 2017

El solitario de Zepita - Capítulo 14


Viernes 23 de setiembre del 2016

“Todos mis huesos son ajenos;
yo tal vez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara ese café!”

César Vallejo – El Pan Nuestro

O sea que cuando te digo que me dejes en paz, ¿lo haces y ya? ¿No te esfuerzas por recuperarme? Había varios mensajes iguales a esos en el celular. La llamé.

¿Qué tienes, Rose?, le dije. Nada, solo que ya entiendo por qué te dejó tu esposa y por qué te botó de la casa. No eres un hombre que valga la pena. Eres un mentiroso. No me defendí. Dejé que se desahogara. Un cínico; cuando estamos en la cama me dices que me amas. ¿Por qué, Daniel? ¿Por qué decirme algo que no sientes? Era mi naturaleza. Cuando tiraba, sin el “te amo”, no se me venía la leche.

Escuché sus reproches mientras continuaba con la revisión del texto de McPhilips. Unos minutos después, se le agotaron las municiones. Aproveché el momento para conciliar. No peleemos, ¿sí? ¿Te parece si nos vemos mañana? No éramos rencorosos. Nos parecíamos en eso. Aceptó mi propuesta.

Faltaba poco para la una de la tarde. Tenía la mitad del libro corregida. Debía leer línea por línea buscando el mínimo error. Los ojos me terminaban lagrimeando. Pero era mi nombre el que figuraría en el libro como el responsable de la traducción; debía asegurarme de que fuese impecable.

Era hora de almorzar. Cerré la laptop y salí. Patricia estaba parada bajo el umbral de la puerta que daba al patio. Miraba algo. Jean Carlo y Venancio, el vigilante del local, daban vueltas alrededor de la camioneta del primero, como inspeccionándolo. Ay, Jean Carlo es bien distraído, me explicó Patricia. Dejó sus llaves dentro de la camioneta. Ahora no saben cómo abrirla sin romperle las lunas. El dueño del carro de atrás quiere salir y no puede. La camioneta de Jean Carlo bloquea el paso. Algunos obreros de la oficina vecina observaban, risueños, la escena. Uno de ellos, que llevaba una Stillson en la mano, sugirió, medio en broma, romper las lunas. Jean Carlo le arrebató la llave y la estrelló contra el vidrio de la camioneta. Nada. El golpe solo le remeció los huesos del brazo. Tranquilo, no te apures. Déjame intentar un truquito, le dijo Venancio.

¿Vas a almorzar?, dijo Patricia. , le contesté. ¿Te acompaño? Esta vez traje algo de dinero. Hoy tampoco traje táper.

Por alguna razón, caminábamos muy juntos, como si nuestros cuerpos se atrajesen, sin que ello no nos importase. Ya cruzada Guardia Civil, mi mano topó accidentalmente su cintura. Nadie dijo nada.

La tarde se me fue revisando la traducción de McPhilips. Cerca de las seis, alguien llamó a la puerta. Dos tipos buscaban a Jean Carlo. Patricia los condujo a su oficina. Luego de un rato, se acercó a mi escritorio. Qué pesado; Jean Carlo quiere que les prepare café a esos viejos. Y yo no tomo café. Ya le he dicho que no cuente conmigo para eso. Pero, bueno, hasta que se dé cuenta de que no sé hacerlo, ¿me ayudarías? La máquina de café de Jean Carlo era el juguete favorito de Victorio. También aprendí a usarla, aunque tomar café no era lo mío. Ok, te ayudo. Vamos.    

Mamá y papá me pagaron una costosa universidad para que terminase sirviéndoles café a un par de pezuñentos con ínfulas de grandes empresarios. 

¿Qué te ha pedido?, le dije. Un americano y dos capuchinos, contestó. Ya, listo, no hay problema. Ahorita los hacemos. Nos reímos. Reunió los ingredientes en la mesa: agua, azúcar, café, leche, papeles filtrantes, tazas, cucharitas. Empecé la preparación. Era muy fácil. Hice algunas payasadas para arrancarle unas cuantas risas y relajarla.  

Dispuse las tazas en fila para que Patricia les echase las cucharadas necesarias de azúcar. ¿Cuántas pongo? Yo solía ponerle tres a las mías. Puso tres en cada taza y revolvió. Sacó una cucharada del capuchino y me la acercó. Prueba; por mi religión, no puedo tomar ni una gota. De algún modo, había logrado que me tuviera la confianza suficiente como para darme cosas en la boca. Probé. Está rico, le dije. Me abrazo. Ay, gracias, gracias. Te debo una. Estábamos a un beso de distancia. Nos miramos los labios. ¿Era la señal de que ella también le entraba a la huevada? ¿Y si la besaba?