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domingo, 6 de octubre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 13 (Final)

 


Cristo Jesús no se compra

Con mandas ni con dinero

Y no se llega a sus pies

Con dichos de marinero.

Nicanor Parra

 

El rostro de la presidente del Perú recibía pinchazo tras pinchazo, como una tormenta de agujas diminutas.

Ay, carajo, me haces doler, hombre, le reprochaba de cuando en cuando al médico esteta que le inyectaba bótox en las arrugas.

El asesor se aclaró la garganta: Como le decía, presidenta, el tema del profesor moreno pinta muy bien para tapar el escándalo de Cedrón.

Lenin Cedrón era el fundador del partido político que había llevado a la mujer hasta la presidencia y, desde que fue sentenciado por la comisión del delito de colusión cuando fue gobernador de una provincia del Perú, prófugo de la justicia. La presidente y su aparato político, por simple instinto de supervivencia -cae él y caemos todos-, estaban obligados a protegerlo a toda costa, aunque de manera velada, mientras repetían -en alguno que otro acto público- que harían todo lo posible para capturarlo a como diera lugar, o juro por mis hijos que dejo de ser la presidenta del Perú si no chapo a ese sinvergüenza que le ha hecho tanto daño a nuestro país.

Pucha, Ramírez, no sé. ¿Ese negro no es el lisuriento que me mostrastes la vez pasada?

Ese mismo, doctora, dijo presto el asesor. El médico esteta sudaba inquieto, temeroso de que la presidente le achacara otro reproche. Sabía muy bien que una queja más significaría ser sustituido sin miramientos, perdiendo los jugosos honorarios -cuánta falta me hacen- que obtenía a cambio de unos cuantos pinchazos.

Muévete para acá, hombre. No me dejas verle la cara al huevón de Ramírez, ordenó la presidente, los ojos cerrados, aguantando el dolor del bótox que se infiltraba en ella para remozarle el semblante. Ramírez, mientras tanto, evocó los tiempos en que esa mujer, ahora emperatriz en su propio reino, no era más que la apocada y turbia tesorera del partido político de Cedrón, una especie de secta improvisada al galope con la única misión de hacer mucha plata en nombre de los pobres.

Ya, consideró la presidente, ya veo por donde vas, Ramírez.

Yo sé que sí, presidenta, afirmó Ramírez. Recordó los tiempos en los que él estaba por encima de ella. Pero ahora -cómo era el destino de macabro y jodido, ¿no?- había terminado como el chupe de la mujer, como el asesor maltratado por su ego inflamado de bótox.

¿Cómo se te ha ocurrido limpiarlo, darle una imagen más decente?, dijo ella. Ya se imaginaba viéndose en las pantallas de la tele rejuvenecida y luciendo el atuendo que el Chivo -un personaje cómico de la televisión peruana devenido en facilitador judicial gracias a la aduladora personalidad que desarrolló para comprarse, con viajecitos al Caribe, endodoncias indoloras y encomiásticas presentaciones en su programa sabatino, a todo el poder judicial del país- le había regalado; un traje de diseñador, de color mostaza, glamoroso y ejecutivo al mismo tiempo, perfecto para ser estrenado en el desfile por Fiestas Patrias.  

Está muerto, dijo Ramírez, con tono triunfal.

La presidente, que sabía muy bien de complots y argucias, exclamó: ¡Diosito está de nuestro lado! Nada como la muerte para hacerte un santo.

Ramírez anotó unas líneas en su libreta.

¿Ya te contactaste…?

Ahorita mismo lo hago, presidenta, dijo el asesor, solícito. Solo necesitaba que usted me apruebe el tema. Mañana empezamos en los periódicos y noticieros con la novela del profesor negro, jodido y discriminado, que es lanzado al estrellato en las redes sociales y luego asesinado por manos racistas e inescrupulosas…

Aguanta ahí, pendejo, lo interrumpió la presidente. ¿Lo mataron al negro? Porque yo recuerdo haber leído un informe que decía que el huevón se había resbalado o algo así.

La verdad, la verdad, presidenta, no sabemos muy bien cómo se murió. Lo encontraron al pie de las escaleras de un asentamiento humano partido en mil partes. Pero los medios van a decir que al negro lo mataron. Porque si contamos lo que dijo el perito, que el negro se resbaló por cojudo, entonces nuestra historia del mártir del racismo se va a la mierda. Por eso, ya tenemos capturados a unos sospechosos. Toditos van a cantar en el momento preciso. Primero, durante dos semanas, se van a negar. Van a decir que ni lo conocían. Eso nos da el tiempo valioso para que el señor Cedrón llegue a Cuba tranquilo. Luego, a partir de la tercera semana, comenzarán a cantar. Y la historia que cuente uno va a ser más alucinante que la que cuente el otro. Así tendremos novela para llenar un mes y unas semanitas más, presidenta.

Claro, claro, repitió la presidente.

Ya, señora presidenta. Terminamos, dijo el doctor esteta mirando científicamente el rostro de su paciente, apreciando la calidad de su trabajo. Ahora, repose y…

¿Más?, dijo la presidente. Si sigo reposando más, se me van a volver a levantar estos indios. Y se rio como una urraca desaforada. Ya he descansado mucho, doctor. Tengo que salir a decir que estamos trabajando y esas huevadas necesarias para mantener las formas.

Claro, claro, pero no se agite mucho, nomás, convino el doctor.

No, si yo no me voy a agitar nadita. El que se va a agitar como huevo de cojo va a ser el cojudo del Cedrón que va a tener que viajar en la maletera del auto presidencial hasta Ecuador, se volvió a carcajear la presidente.

Ramírez volvió a anotar unas cosas en su libreta: Listo, presidenta. Mañana empezamos con el novelón del profesor negro y su duro combate contra el racismo en redes sociales.

Claro, claro, aceptó la presidente. Ahora, dime ¿a qué hora me reúno con el Gato-K-Ch-Ro y el RompeCulos? 

Ramírez comprobó la hora en el Rolex femenino que destellaba desde su muñeca izquierda: Están agendados para dentro de cuarenta minutos, presidenta.

La presidente miró con nostalgia el reloj de Ramírez. No te vayas a encariñar mucho con mi reloj, cojudo. Cuando termine toda esta payasada, me lo vas a devolver. No te olvides, maricón. Apunta eso en tu agenda.


domingo, 29 de septiembre de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 12

 

Te llamó el dueño de la academia, dijo su mujer sin dejar de revolver la cacerola, los golpecitos rítmicos del cucharón semejantes a los de un cronómetro gastronómico.

Gonzalo frunció el ceño: ¿Qué academia?

Para la que trabajas, pues, replicó la mujer sin levantar la vista de la danza espesa de los comestibles. Miró el reloj colgado en la pared y calculó que aún disponía de poco más de media hora para dejar listo el almuerzo y atender al bebé que pronto demandaría su atención.  

Estuvo a punto de volver a preguntar ¿cuál academia?, pero se detuvo a tiempo luego de caer en la cuenta de que su esposa jamás supo que lo habían expectorado de la academia preuniversitaria Venus 3000. Gonzalo mantenía a su mujer en la más completa ignorancia sobre cómo él se procuraba los medios para dejar el diario en la mesa de la casa. La chamba de Gonzalo era dejar lo suficiente para que nunca faltasen el agua, la luz y la comida; en tanto que su mujer estaba a cargo de estirar los dineros que él proveía. Punto. Ese era el tácito acuerdo de convivencia.

Ah, ya, murmuró Gonzalo, el tono indiferente. ¿Qué querían?

No sé, respondió la mujer. El señor que me habló me dijo que lo llames a ese número. Señaló un retazo de papel sobre la mesa.

Hubiera sido muy fácil darse cuenta de que Gonzalo ya no asistía a la academia. A pesar de que aún seguía el mismo ritual: camisa bien planchada, pantalón ajustado y corbata anudada con precisión, salía al amanecer y volvía a la hora usual de las dos de la tarde; ya no llenaba las tardes preparando las clases futuras, o revisando las tareas o corrigiendo exámenes. Ahora, en lugar de todo ello, consumía sus tardes y sus noches (incluso las madrugadas) gritando y exaltándose enfrente de la computadora o, en algunas ocasiones, yendo a sabe Dios dónde para regresar muy tarde en la noche, a las once o doce. No obstante, su mujer jamás le reprochaba cosa alguna. El dinero familiar siempre estaba presente sobre la mesa semana tras semana. Incluso, ella había notado un aumento importante en la cifra acostumbrada, como si una extraña bonanza hubiera llegado sin motivo aparente.

Gonzalo tomó el pedazo de papel y se lo embolsicó. Hoy voy viajo a Chincha. Regreso el viernes, soltó antes de abandonar la cocina. Su esposa devolvió el acostumbrado silencio. Se echó un poco del guiso en el dorso de la mano y probó su sazón. Estaba en su punto, justo como a Gonzalo le gustaba, aunque él ya estuviese camino a otra parte.

***

Lora no era el gordito bajo de cara infantil y voz de mujer que algunos imaginaban. Sí, su rostro tenía la suavidad del de un crío y su voz la delicadeza del gemido de una hembra en celo, pero su estatura de casi metro noventa lo colocaba en otro nivel. La gruesa capa de grasa que forraba su corporalidad no lo hacía ver panzón, sino robusto, hasta se diría que fortachón.

Gonzalo, aunque sorprendido por el recién descubierto tamaño de su oponente, supo disimular su desconcierto; ya que dejarlo expuesto hubiera significado empezar el combate en clara desventaja.

¿Qué quiere, Profe?, dijo Lora, tranquilo, sin exaltarse, conservando la calma. Llevaba un delantal y un gorro de cocinero. Su voz era el epítome de la serenidad: Estoy trabajando. Usted ha venido en plena hora punta. Tenemos muchos clientes esperando atención. Si me va a decir algo, que sea rápido.

Gonzalo no tenía modo alguno de saber que la punta del lapicero que descollaba del bolsillo de la camisa blanca de Lora era una moderna cámara oculta de gran resolución.  Esa cámara iba registrando, en vivo y en directo, cada gesto en la cara del maestro Gonzalo, quien había viajado hasta Trujillo, hasta la mismísima puerta del restaurante El PezCabro -cuyas especialidades eran el ceviche de pescado y el cabro a la norteña- para romperle la cabeza a Lora, a ese traidor conchasumadre que se pasó totalmente al bando del maricón de Monte, que vende el poto en Italia por unos cuantos euros y del maniático malparido del Tío Marley que fríe hamburguesas en Australia, según había afirmado en una de las emisiones de su canal de YouTube.  

La audiencia del Habla, Montecito traspasaba cotas nunca antes alcanzadas: cuatro mil personas atentas a cada pulso de la pelea. El enfrentamiento con el Ciego no había capturado tanta expectación; sin embargo, desde que Lora hubo abandonado el programa de Gonzalo, harto de las interminables mentadas de madre que este le endilgaba por trabajar gratuitamente para Monte y hacerlo para él con apatía y por unos pocos soles, Gonzalo no paró de repetir, con furia, que iría al mismísimo y peligrosísimo asentamiento humano Ramiro Prialé, en el distrito de La Esperanza, en Trujillo, para tocar las puertas del negocio familiar de Lora y partirle la cara al mantenido de mierda ese que, a pesar de que sus padres se partieron los lomos para pagarle la carrera de ingeniería industrial, el muy vago no trabaja de lo que estudió y se la pasa horas de horas produciendo programas cochinos como el del maricón de Monte.

Tanta promoción había desembocado en un torrente de vistas reunidas en el canal de Monte, vistas ávidas por conocer con qué técnica pugilística el Profe Bruti le abriría la cabeza a Lora.

He venido a sacarte la mierda, conchatumadre. A ver, dime en la cara que soy un negro resentido, malcriado y lisuriento, hijo de puta. Vamos, ven, dime que no debería ser profesor porque solo sirvo para hablar huevadas y conchasumadrear a la gente. Vamos, dímelo, cobarde hijo de puta.

No contestes nada, decía el Tío Marley en la transmisión.  Deja que el negro se siga yendo de boca. Todito está quedando grabado para que el mundo sepa qué clase de profesor es este negro. Lora llevaba un diminuto auricular a través del cual escuchaba los comentarios de los panelistas del programa: Monte y el Tío Marley.

Profe, váyase nomás, que tengo que regresar a ayudar en la cocina, dijo Lora, quien, además de pasar horas de horas frente a la computadora produciendo programas de YouTube, también, dedicaba ciertas mañanas a colaborar en el negocio familiar, la cevichería El PezCabro, con cuyas modestas ganancias, el señor Mauricio Lora pudo sufragarle los estudios en la Universidad Particular del Norte, conocida por engendrarle a la patria los más insignes profesionales de esa zona del país. 

Cuál ayudar, oe, vago. Tú no serías capaz de mover un dedo ni para rascarte las bolas que no tienes, cabrazo, dijo Bruti, feroz como lobo en ciernes.

Oe, Lora, dijo Monte al audífono de aquel. Yo creo que sobrao le sacas la mierda al Profe, ah. Métele un combo para cagarnos de risa.

El Tío Marley, que seguía la transmisión echándose una cerveza desde un barcito clandestino en el corazón del Centro de Sydney, comentó: Métele una patada en los huevos al negro y te mando veinte dólares al PayPal.

Lora no pensaba atacar. A pesar de su altura y corpulencia, era consciente de su nulidad para la mechadera. La única vez que cruzó puños con alguien había sido en tercero de primaria, cuando Javiercito Pulgar le arrebató el paquete de galletas que había llevado como lonchera. Lora, hijito mimado, fue a buscarlo para recuperar su galleta y hacerse respetar, pero no contó con que Javiercito, mucho más curtido en el arte de la sacadera de mierda, le extraería un molar con un potente gancho de izquierda. Desde ese momento, Lora no volvió a ponerse belicoso con nadie, ni siquiera con el malcriado que, en su presencia, se atrevió a meterle la mano al culo de la chica con la que había iniciado un romance adolescente, allá cuando contaba apenas trece años.  

Te llegó tu hora, maricón traicionero, dijo Bruti, llegándole al pincho que Lora se mantuviese impertérrito y calmado.

El terreno no era plano. Siempre había que ascender. Para alcanzar la puerta de El PezCabro, Bruti tuvo que enfrentar una loma de doscientos metros de altura, surcada por angostas escaleras de cemento. Muchos de los escalones, para complicar la ya agobiada vida de los habitantes de la zona, estaban carcomidos por el viento, las pisadas y la desidia de las autoridades. Entonces, a mitad de camino hacia su objetivo, Bruti se detuvo. El rostro se le deformó en una expresión de franco terror. La sorpresa alcanzó los predios de Lora. ¿Qué pasa, Profe?, dijo, verdaderamente intrigado.

Temblando, blanco del susto, Bruti extendió su largo y grueso dedo hacia el pecho de Lora: Tienes una arañota ahí.

Lora se miró el pecho, cándido, porque podía tratarse de una estratagema de Bruti para que bajara las defensas y pudiera él arremeter con todo; pero no: efectivamente, una araña de considerable tamaño, con un vientre redondo, negro y mate, que brillaba al resplandor de ese potente sol trujillano, merodeaba a la altura de su bolsillo, acercándose a la cámara que también captaba el rostro temeroso de Bruti. En la transmisión, los dibujitos empezaban a hacer escarnio de él: ¿En serio es una araña? ¿El grone le tiene miedo a las arañas? ¿Y así quería sacarle la mierda a Lora cuando no puede ni aplastar una araña? Las carcajadas podían oírse a través de la potencia y causticidad de los comentarios denigrantes sobre la masculinidad de Bruti.

Sin temor alguno, Lora cogió al arácnido de una de sus patas y lo lanzó al aire.

Así como el sol en Trujillo es potente, el viento también lo es. Los cronistas más cercanos a los acontecimientos de la Conquista del Tahuantinsuyo, y más específicamente a las andaduras de Diego de Almagro, dan cuenta de que el germen de su desgracia se debió a ese viento fuerte y errático, pues luego de fundar Trujillo de Nueva Castilla, Almagro se echó una meada. Sin embargo, antes de sacarse la pieza para liberar toda la pichi que llevaba contenida tras haber celebrado la ocasión con el vino de uno de los odres que acarreaba, dibujó sobre el suelo un boceto de lo que se conocía de América del Sur hasta ese momento. Esbozó al Cuzco y a Chile. Dijo: adonde caiga la meada me dirigiré con mis huestes a reclamar lo que es mío. Y él se apretó fuertemente la pinga para que el chorro cayese en el círculo que representaba al Cusco, donde planeaba asegurarse la mitad de los tesoros que su socio Pizarro ya se estaba embolsando en nombre del Rey, cuando ese potente viento trujillano desvió el chorro hacia el círculo que simbolizaba a Chile. Y, puesto que había jurado ante Dios dirigirse a donde cayera su meado, así lo hizo, y así se cagó, puesto que la expedición a Chile lo sumió en la pobreza, en la depresión, en el rencor, y apresuró su muerte por garrote vil a manos del cachaciento y crudelísimo Hernando Pizarro.

Ese mismo potente y travieso viento trujillano condujo el cuerpo de la araña hacia el rostro de Bruti, quien, cegado y presa del pánico, sin saber qué hacer y dando alaridos de terror, se desbarrancó por la escalera por la cual había ascendido tan penosamente hacia los fastos de la cevichería de los padres de Lora.

Fueron los peldaños treinta y cuatro y sesenta y ocho los que se encargaron de romperle la columna y quebrarle el cráneo, respectivamente, al Profe Bruti. Esos escalones fueron los encargados de segar la vida del ignoto maestro de academia preuniversitaria trucha transformado, gracias a la negra magia de las redes sociales, en el más renombrado youtuber de la Brutalidad.

***

Esta vez, el dueño y director de la academia preuniversitaria Venus 3000 sonreía de oreja a oreja, con una repugnante expresión de servilidad. Gonzalo tomó asiento con cautela. ¿Qué querrá este mugriento?, pensó.

Voy a ser franco contigo, querido Gonzalo, empezó el director. Luego, extrajo de uno de los cajones de su escritorio una chata de ron y dos vasos de plástico. Con calma, vertió en los vasitos el blanco líquido en similares proporciones. Gonzalo, tras los finos tragos que había degustado durante las grabaciones de su vídeo con la Golosa y los que adquiría gracias a los ingresos que su canal de YouTube le proporcionaba, hizo una mueca de repulsión ante la visión de aquel ron vulgar.

Quiero que regreses a la institución, dijo el director, extendiéndole uno de los vasitos.

No, gracias, dijo Gonzalo, rechazando el vasito. No tomo huevadas, acotó, firme y decidido, consciente de que el dinero en efectivo que le habían entregado por la grabación del cache a la Golosa lo erguía por encima del director y de su academia pedorra, miserable, angosta y con el mobiliario cayéndose a pedazos.

Comprendo, comprendo, querido Profe, dijo el director, lanzándole un guiño cómplice: lo estaba llamando por su famoso apelativo.

Gonzalo, que comenzaba a irritarse, apuró la situación: Mira, Maicol -era la primera vez que se dirigía al señor Maicol Huapaya por su nombre y no por su apellido y anteponiéndole el debido ‘señor’-, me tengo que ir. No estoy para huevadas. Y tras mirar la hora en el reloj de pared de la oficina de Huapaya, agregó: Por las huevas perdí mi tiempo viniendo hasta aquí.

Profe, tranquilo, dijo Huapaya, con una sonrisa apaciguadora. Voy a ir directo al grano. Se tomó de un trago su vasito de ron y continuó: Me acabo de correr la paja con el vídeo suyo y de la Golosa. Gonzalo respingó las cejas, sorprendido por tal declaración. Usted es un éxito, querido Profe, prosiguió Huapaya. Quiero ofrecerle el puesto de director de esta institución y, a cambio de usar su imagen en el frontis de la academia, le cedo el cuarenta por ciento del accionariado.

Gonzalo observó con atención al zalamero hombrecito que tenía enfrente: ¿era el mismo que hacía unos meses lo había botado de la academia como a una rata carachosa?


jueves, 10 de agosto de 2023

NOVELA PERUANA - MOTE de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 2

 

Todos los sacrificios que exigía la pobreza,

ellos los cumplían con resignación.

Franz Kafka

 


Posso tocarla? (¿Puedo tocarla?)

Mote miró al anciano; se miró la pinga, muerta, exánime; y, recordando que cada momento era parte de un gran sacrificio, recobró los ánimos, volvió a poner su mejor cara y le dijo que sí, que no había problema, que podía tocarla.

Giacomo Ferrini, médico italiano, jubilado, de setenta y ocho años, rico, preocupado únicamente en disfrutar de los efímeros placeres de la vida, alargó el brazo blanco, grueso y velludo en dirección al bulto desnudo y achicopalado de Mote. ¿Cómo chucha he llegado a estas instancias?, pensó el peruano mientras Giacomo empezó a frotarle el sexo.

***

Fue un lunes; un lunes libre para Mote, aunque él hubiera preferido pasarlo trabajando, generando dinero. Desafortunadamente, los cachuelos que le habían conseguido (y los que él mismo se había agenciado) se habían terminado la semana anterior. Ese lunes debía emplearlo en buscar más chambas. En su situación, no podía permitirse un día libre. En el Perú, Roxana, su esposa, y Alice, su hija, contaban con las remesas que, desde hacía seis meses, él les enviaba puntualmente.  Sin embargo, sentía un cansancio existencial. Me merezco un descansito, se dijo. Los descansos también son útiles. Si eres inteligente, puedes usarlos para proyectarte, pe, huevón; para estudiar tus próximas movidas y no cagarla, se convenció a sí mismo.

Estaba sentado en una de las bancas del parque Sempione, uno de los más extensos de Milán.

Mote ocupaba un extremo de la banca. Bebía una Moretti, una cerveza que se parecía mucho a la Pilsen peruana, bebida que consumió hasta el hartazgo en sus noches más desenfrenadas en Huancayo cuando, dueño de ingentes y mal habidas cantidades de dinero, se daba la gran vida.

De pronto, un hombre mayor, alto, aunque algo encorvado, ocupó el extremo desocupado de la banca de Mote. Cruzó las piernas y fijó la mirada en el paisaje de gentes que paseaban felices por los alrededores.

Mote no le prestó mayor atención y continuó bebiendo su cerveza. Pero, al poco rato, el hombre, cambiando de postura, medio inclinándose hacia Mote, le preguntó: Non sei di qui, vero? (No eres de aquí, ¿verdad?)

El peruano ya había conquistado el idioma italiano. Mote era habilísimo con los números y las finanzas. Eso le había permitido desentrañar los mecanismos secretos de la entidad financiera donde trabajaba para apropiarse de dineros que le hubieran tomado centurias ganar honradamente. Pero los seis meses en suelo italiano le habían descubierto otra portentosa habilidad: el dominio de las lenguas. Pocos sudamericanos lograban aprender los rudimentos del italiano en seis meses. Mote no solo dominó los rudimentos en ese mismo tiempo, también los aspectos más complejos. El italiano se sumaba entonces a las lenguas que mamó desde la cuna: el español y el quechua.

No, sono peruviano. (No, soy peruano)

Conversaron. Mote irradiaba buena onda. Bastaba mirarle a los ojos, oírle dos o tres palabras, para sentir que podía ser un buen amigo. En Huancayo, era un tipo queridísimo. Incluso, los policías que lo capturaron cuando se descubrieron sus desfalcos eran compañeros del colegio con los cuales había fortalecido una frondosa amistad con el madurar de los años. Mote, en su puesto de analista financiero, les había facilitado cuanto préstamo le solicitaron. No se ponía muy exigente con los requisitos cuando se trataba de ayudar a un amigo. Así era Mote. Gracias a esos policías amigos, en la foto de rigor exigida por las cámaras de la prensa, Mote apareció retratado con la cabeza gacha. Todo detenido debía mirar de frente al lente de la cámara y, si no lo hacía, los policías que lo custodiaban debían forzarlo a hacerlo. Mote no fue obligado a nada. Sus amigos le permitieron disimular el rostro.

Angelo Facchetti, ingeniero industrial jubilado, de setenta y nueve años, podrido en plata y viajero impenitente, quedó encantado con Mote; inmediatamente empatizó con la penosa historia que este le había relatado: un inmigrante sudamericano que sobrevivía de breves y duros oficios en la tierra de Dante.

Ti pago cinquanta euro per pulire casa mia. Che dici? (Te pago cincuenta euros por limpiarme la casa. ¿Qué dices?)

Era una oferta que Mote no podía rechazar. Angelo le dio la dirección de su casa. Al día siguiente, Mote debía aparecerse a las nueve de la mañana para empezar con el trabajo.

 ***

Angelo Facchetti y Giacomo Ferrini eran muy amigos. Se habían conocido en un foro virtual homosexual. Ambos habían pujado por acostarse con el efebo más bello que haya sido ofrecido en el foro. Angelo y Giacomo alcanzaron el tope: mil euros. Le propusieron al administrador del foro les facilitara la comunicación interna. El administrador les facilitó los números telefónicos. Conversaron. Una moneda lanzada al aire determinó que Angelo sería el primero en acostarse con el chiquillo. Luego, lo haría Giacomo. Después de eso, ambos edificaron una sólida amistad.

Angelo sabía que Giacomo moría por volver a probar una pinga sudamericana. Era uno de sus mayores anhelos. Pero tenía que ser la pinga de un sudamericano confiable, de uno que no le iba a robar o hacer daño. El primer y último sudamericano que probó había sido un ecuatoriano que le robó parte de su colección de relojes.

Non preoccuparti. Questo sudamericano è un angelo. (No te preocupes. Este sudamericano es un ángel), le dijo Angelo.

Un angelo come te, caro. (Un ángel como tú, querido), retrucó Giacomo y rieron.

Giacomo no podía dejar de preguntarle a su amigo si ya había tirado con Mote.

No, caro. L'ho visto fare la doccia un giorno e ho visto che, sebbene la sua pelle fosse lattiginosa, la linea del suo sedere era marrone. Ma so che ti piacciono quelle rarità sudamericane. (No, querido. Lo vi tomar una ducha un día y vi que, aunque su piel era lechosa, la línea del culo la tenía marrón. Pero yo sé que a ti sí te gustan esas rarezas sudamericanas), volvieron a reír. Giacomo le confirmó que sí, que a él le derretían esas rarezas, que le gustaba enterrar la lengua en esas rayas marrones sudamericanas. Y le regaló un suspiro al aire cuando recordó la raya marrón de su pérfido ecuatoriano.

***

Al abrirse la puerta de esa enorme casa, Mote confirmó sus sospechas: Giacomo Ferrini, el médico que le dijo ser amigo dilecto del ingeniero Angelo Facchetti, era tremendo cabrazo. Solo bastaba ver cómo lo había recibido; vistiendo una trusa blanca y una camisa de seda completamente desabotonada.

Desde que ingresó a la esplendorosa vivienda, Giacomo no había dejado de colmarlo de atenciones. 

La casa è molto grande. (La casa es bien grande), dijo Mote, mientras Giacomo lo guiaba por su palacio. El médico, que no era tonto, supo leer el mensaje velado de Mote: mientras más grande la casa, más alto el pago.

Nessun problema, caro. Pagherò quello che ordini. (No hay problema, querido. Pagaré lo que ordenes), dijo Giacomo.

Luego del recorrido, Mote estimó que el pago justo por limpiarle la casa (que, por lo demás, relucía de limpia) debía ser unos setenta euros. Giacomo estuvo de acuerdo con la cifra.

Ma prima di iniziare, perché non ti fai un bagno rilassante nella mia vasca? Fa molto caldo fuori e ti ho visto mezzo surriscaldato. (Pero antes de que empieces, ¿por qué no te tomas un baño relajante en mi tina? Afuera hace mucho calor y te he visto medio acalorado), propuso Giacomo. Los vellos blancos y encrespados de su pecho se agitaban con la bondadosa brisa que refrescaba la sala de amplios ventanales.

Ah, no, pensó Mote, este viejo conchasumadre quiere pinga. Confirmado. Ni por accidente tocaré la escoba. Esos setenta euros, y hasta más, me los ganaré de otra forma. Ya se me irá ocurriendo cuál.

Mote culminó la carrera de Economía en la Universidad Nacional del Centro del Perú, la UNCP, integrando el prestigioso quinto superior de su promoción. Era un tipo muy inteligente. Las estrategias que aplicaba en la resolución de cualquier tipo de problema se elaboraban en su mente con inusual rapidez. No por algo Mote resultaba ganador en cuanta competencia universitaria de ajedrez se realizara. Poseía la singular capacidad de avizorar hasta cuatro o cinco movimientos que el contrincante pudiera hacer ante determinada situación.

Así, fue fácil para Mote idear un movimiento maestro que terminase por desatar las fervientes pasiones del buen doctor Giacomo.

Ottima idea, signor Giacomo. Ma ti dispiacerebbe se mi spogliassi nel tuo salotto? Qui è più fresco. (Gran idea, señor Giacomo. Pero ¿te importaría si me desvisto en tu sala? Aquí está más fresquito)   

No hizo falta que Mote repitiese su propuesta; Giacomo, solícito como YouTuber al que se le promete un centrito a cambio de que se vuele una ceja, aceptó de buen grado la idea y se ofreció a ayudarle con la desvestida. Se acercó a Mote y le desabotonó la camisa. Cuando esta se desprendió finalmente de la anatomía de Mote, quedó expuesto su pecho firme, sus abdominales esculpidos por los tantos años de entrenamiento futbolístico en el Perú, cuando perteneció al equipo de reserva del Sport Huanca.

Sei forte! (¡Eres fuerte!), exclamó Giacomo, presa del entusiasmo y la excitación: tenía ante él un bello cuerpo sudamericano. Esta vez, prescindió de toda la educación que recibió en el exclusivo y añejo colegio católico Franceso Cicognini y se aventuró a posar su mano en los macizos pectorales de Mote, sin anunciar el debido permiso. Mote no se molestó. Sabía que la cosa estaba fluyendo según lo que tenía en mente. Más aún, tomó la mano aventurera de Giacomo y la dirigió hacia su abdomen, hacia la parte más cercana al área púbica. Mi ci è voluto molto lavoro per ottenere addominali strappati. (Me tomó mucho trabajo conseguir unos abdominales marcados), le dijo.

Permettimi di aiutarti con i pantaloni. (Permíteme ayudarte con el pantalón).

Mote tomó asiento en el sillón favorito de Giacomo (acción que este encontró adorable) y se desabrochó el pantalón. Giacomo, tomando las bastas de dicha prenda, jaló hacía sí y, voilá, su futuro empleado había quedado en el mero calzoncillo.

El deseo consumía al italiano, lo hacía babear. Impelido por él, se arrodilló ante Mote que, enseñoreado en su sillón, lucía como un joven Alejandro Magno a punto de recibir una íntima caricia de su maestro Aristóteles. 

Esos ojitos están suplicando por pinga, pensó Mote, viendo a Giacomo enfrente de él, arrodillado, los ojos ansiosos como de perro ante una chuleta que se balancea ante su mirada.

Vuoi vederlo? (¿Quieres verlo?), propuso Mote.

Nuevamente, repetir la proposición no fue necesario; Giacomo hundió sus dedos en los bordes del calzoncillo de Mote y lo corrió hacia abajo, deslizando la prenda por sus piernas crudas y peludas. La pinga muerta del peruano quedó a merced de la fresca brisa que recorría la estancia.

Che bel cazzo sudamericano! Che bel cazzo sudamericano! (¡Qué bella pinga sudamericana!), repetía Giacomo. Posso tocarla? (¿Puedo tocarla?), suspiró, anhelante, sin quitar la mirada de aquel sexo expuesto.

Prego (Adelante), dijo Mote.

Veinte minutos estuvo Giacomo acariciando el miembro de su pequeño Alejandro Magno sudamericano cuando la situación demandó algo más íntimo. Volvió a tenderle una mirada a Mote. Este comprendió.

Prego (Adelante), volvió a decirle.

El conspicuo médico italiano se metió la pinga sudamericana en la boca.

***

En el bus a casa, Mote rememoraba ciertas escenas de la curiosa entrevista que había sostenido con el doctor jubilado Giacomo Ferrini.

Este viejo conchasumadre cómo me la chupó, carajo. Nunca nadie me la había chupado así. Ningún traca, ni mis amigos futbolistas del Sport Huanca, ni mis flacas, ni siquiera las putas italianas, nadie, nadie me la ha chupado así, con esa delicadeza, con esa armonía, pasándome la lengüita como si fuera el ala aleve de un leve abanico, evocaba Mote, prestándose la famosa aliteración rubendariana.

El peruano aún no podía creer que se le hubiera parado la pinga ante los estímulos de un viejo panzón, pelado y peludo. Una excelente mamada, venga de quien venga, hombre, mujer o traca, será capaz de resucitar a la pinga más muerta, concluyó.     

***

Mote le había prometido a Giacomo (mientras éste le entrega cien flamantes euros) que regresaría al día siguiente para “continuar” con el trabajo de limpieza. Pero no fue así. No volvió. Se excusaba pretextando resfríos, cachuelos, y un sinfín de coartadas que jamás había imaginado producir.

Mirándose al espejo, mientras se colocaba el aretito de oro en el lóbulo de la oreja izquierda antes de acudir a una de las chambas que, gracias a sus contactos, le volvieron a caer, se reafirmaba en que no volvería a la casa de Giacomo: Ese viejo conchasumadre va a querer que me lo clave. No se va a conformar con una simple chupada. Ni cagando. Que se joda. Lo voy a cansar con mis rechazos hasta que deje de insistirme.  

***

Mi sei mancato, caro. (Te extrañé, querido), dijo, ahíto de contento, el médico jubilado Giacomo Ferrini cuando le abrió la puerta a Mote. Lo abrazó y el peruano no pudo evitar sentir la enorme panza del septuagenario.

Mi piacerà sentire il tuo enorme cazzo sudamericano dentro il mio culetto. (Me va a encantar sentir tu enorme pinga sudamericana dentro de mi culito), dijo Giacomo tras darle dos besos en la cara a Mote.

El médico lo invitó a entrar y a acomodarse en el sillón donde hacía dos meses había ocurrido aquel hermoso fellatio.

Assaggerai il mio miglior vino, caro. (Vas a probar mi mejor vino, querido), dijo Giacomo desde el bar. Mote lo miraba atentamente (un gordo desagradable, en trusa y envuelto en una bata de seda, que iba a cumplir su sueño de penetración sudamericana a cambio de cuatrocientos euros), pero su cabeza le repetía una y otra vez la llamada de Roxana, su esposa en el Perú, que le comunicaba que Alicita, su hija, había sufrido un accidente en el colegio y necesitaba de una urgente y fuerte suma de dinero para ser tratada en la más confiable y segura de todas las clínicas huancaínas.

Le hubiera gustado indicarle a su esposa el punto donde mantenía enterrado el tesoro de Catalina Huanca, como llamaba él al dinero que le sustrajo, en considerables cantidades, a la Caja Huanca, entidad de la que fue intrépido analista financiero. Pero revelarle el escondite, podía poner en problemas legales a su mujer. Y Mote, ante todo, vivía para proteger a su familia, estuviera él cerca o lejos, como ahora en Milán. Nadie debía saber dónde estaba sepulto el tesoro. Solo él, si regresaba al Perú, sería el único en condiciones de exhumarlo y emplearlo para el bienestar de su familia.    

 Muoio dalla voglia di affondare la lingua nella tua linea marrone del culo, mio ​​amato sudamericano. (Me muero por hundir mi lengua en la raya marrón de tu culo, mi amado sudamericano), escuchó Mote que le decía Giacomo al alcanzarle una copa de vino, interrumpiendo sus elucubraciones familiares.

lunes, 7 de agosto de 2023

NOVELA PERUANA - MOTE de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 1

  

Si no conozco una cosa, la investigaré

Louis Pasteur


 

¿Cuánta leche boto en un pajazo?

Esa pregunta le había empezado a rondar la cabeza desde aquella vez en que, cuando aún vivía en el Perú, empapó de semen toda el área de la cara de Jacky, una de las dos mujeres con las que se veía a escondidas de su esposa. El rostro aguileño de Jacky había desaparecido tras una densa capa lechosa y burbujeante. Con el índice derecho, Mote raspó la superficie de la capa que chorreaba por una de las mejillas de Jacky. La olió, quiso probarla, pero desistió; más bien, dirigió el dedo a la boca de su compañera.

¡Pasu!, exclamó la mujer, la visión nublada por los grumos gangosos que desfilaban cuesta abajo por sus párpados. ¿Tan aguantado estabas?

Jacky barrió la leche de sus ojos y notó recién el índice derecho de Mote a un centímetro de su boca, aguardando entrar.

¿También quieres que me lo tome?, rio ella.

Abre la boca, oe; tómate la leche de tu marido, exigió Mote, serio como policía enterándose de que lo van a cerrar con su coima. Jacky abrió la boca y chupó el dedo de su compañero. Mote la vio tragarse la dosis.

¿A qué sabe?

A nada, dijo ella, levantándose del suelo. Tomó una toalla, se la anudó a la cintura y salió del cuarto. Motecito se había quedado con la duda.

¿Te vas a bañar?, gritó.

, gritó también su compañera, la voz atenuada por la distancia (el baño estaba al fondo de la casa) y la puerta cerrada.

Mote quiso evitar que ella se bañara. Quería que la leche permaneciera en su rostro, arraigándose en él. Había oído que el semen tenía propiedades rejuvenecedoras al ser aplicadas en la superficie cutánea del ser humano.

Ya fue, se dijo a sí mismo. No va a atracar el experimento la conchasumadre, pensó.

Han pasado algo de ocho años desde esa vez y, así eran los recuerdos de repentinos, se le había vuelto a despertar la curiosidad científica por conocer cuánto semen llevaba en los testículos.

Ahora, el escenario era otro. Mote vivía en Milán, Italia, en un cuartito entreverado en los suburbios de un barrio obrero. Había jugado una pichanguita nocturna con algunos de sus compañeros del trabajo y ahora estaba, ya bañado, acostado sobre su cama, dispuesto a descansar lo más pronto posible para recuperar las fuerzas que lo sustentarían en la siguiente jornada laboral.

Así, la pregunta guardada desde hacía poco más de ocho años volvía con rotundidad: ¿Cuánta leche boto en un pajazo?

Esta vez, la pregunta demandaba perentoriamente una respuesta.

Mote se pajeaba todos los días, o casi todos los días. Incluso, si había tirado con alguien, igual se pajeaba después, rememorando las escenas que más le habían gustado del acto. Esta noche no sería la excepción, más aún si había una cruzada científica por solventar.

Se levantó de la cama y fue a buscar una de las bolsitas que usaba para envolver las manzanas que comía durante ciertas pausas del trabajo.

Volvió a acostarse, la bolsita a su lado, al alcance de su mano izquierda, la no pajera. Mientras menos ataviado de accesorios, mejor; por ello, prescindió de tomar su celular, aparato que usaba algunas veces para estimularse con vídeos porno. La capacidad mental que tenía para recordar nítidamente sus escenas sexuales favoritas era asombrosa.

Empezó a masturbarse. No habían pasado ni tres minutos cuando sintió que se le venía el cuáquer. Cogió la bolsita y la colocó en la punta de la pinga. Atrapó toda la descarga. Luego de haber cerrado los ojos un momento y dejado que su alma se paseara por la habitación, volvió en sí. Había que continuar con el experimento.

Prendió la luz de su habitación. Se sorprendió. Había llenado casi toda la bolsita. Ahora, ¿cómo mido esta huevada?, se preguntó. Miró a su alrededor. Buscó algo en el cuarto que le permitiese cuantificar su leche. Una cuchara, se le ocurrió cuando pasó la vista por el rinconcito que le servía de cocina. Se apuró hacia la cajita plástica donde guardaba sus cubiertos: un par de cuchillos, tres tenedores, tres cucharas y dos cucharitas. Tomó una cuchara.

¿Ahora cómo cuchareo esta huevada?, pensó.

En Italia, Mote había sido aiutante del panettiere (ayudante de panadero), uno de los tantos oficios que ejerció ni bien bajó del avión que lo llevó a ese país europeo, el país que había elegido para resurgir de las cenizas, para resarcirse de la caída que había significado su estadía de casi un año en una congestionada celda de la cárcel de Huamancaca, en su natal Huancayo. 

Cuando decoraba las tortas, preparaba las mangas: cogía una bolsa mediana, la llenaba con la crema chantilly elegida y, con los dientes, le arrancaba un pedacito a una de las esquinas de la base de la bolsa. Anudaba la boca superior y, por el agujero creado con la diminuta mordida, la crema salía lineal, controlada, dosificada, lista para decorar el pastel a gusto del artesano.  

Eso es, pensó, entusiasmado, como en la panadería.

Con los dientes, abrió un agujerito en uno de los extremos de la bolsita. No pudo evitar probar accidentalmente un poco del semen que salió por el agujero (había sido amarga la huevada, pensó, haciendo un mohín con la boca), que tapó inmediatamente con dos dedos.     

De ese modo, llenó la cuchara. Iba a desembarazarla botando el contenido en el fregadero (y así continuar midiendo el resto de la leche), cuando se detuvo: si boto esto, no voy a poder hacer el siguiente experimento. Cogió la taza en la que solía disfrutar de un cafecito luego de sus borracheras, y vertió en ella la primera cucharada.  

Siete cucharadas, se dijo, gratamente sorprendido y complacido, luego de haber descargado la bolsita.

Lavó la cuchara y volvió a colocarla en su lugar. Su mamita le había enseñado la importancia del orden y la limpieza, elementos que Mote no había olvidado.

Volvió a la cama y, a su lado, sobre la mesita de noche, puso la taza con semen. Iluminado solamente por la leve y blanca luz de la luna milanesa, se esparció la leche por la cara. No dejó ningún resquicio seco. Toda su piel quedó humectada.

Mañana veremos los resultados, pensó antes de cerrar los ojos y dormir profundamente.

martes, 18 de julio de 2023

"El poeta de Quilca quiere estar duro" - Beso, luz de carne

 


Fragantes mariposas

Leves y frescas

Que no son flores

Ni tampoco mariposas

Pero saben a luz de carne.

Mojan como el balsámico rocío de las mañanas.

Esos son tus besos.

Nunca me niegues uno.

Jamás me alejes de ellos.


"El poeta de Quilca quiere estar duro" - Suspiros vacíos

 


Flores de fantasía

Cristales cantados que son las palabras que te digo, que me oyes, cuando exhalo mis últimos suspiros.

 

Suspiros adormecidos ya sin fondo, ya sin alma.

Suspiros que destilan una suave nada.

 

Nada hay ya en mis ojos.

Y los vergeles en donde antes nos revolcábamos son ya pura fantasía, luz que no dice nada.


"El poeta de Quilca quiere estar duro" - Memorias de un oficinista

 


Los pájaros del huerto se acomodan bajo las campanas. Aman cada año. Se alejan de la bulla de los sábados y en sus espíritus recónditos guardan la nostalgia de un cielo azul y de las siestas en los baños.


"El poeta de Quilca quiere estar duro" - Cuando el amor se achora

 


El amor corre por el arroyo.

Despedaza los cementerios de flores que descansan injustamente a sus lados.

 

Un mundo de luces cae tibio y rompe con sus rosas el agua áurea que protege con sus brazos al amor.

 

Los árboles en huesos coronan con guirnaldas los esfuerzos de un amor que Dios ha perfumado con su gracia de oro enamorado.


"El poeta de Quilca quiere estar duro" - Escuchando a Paganini

 


Heno segado, tristeza que va cayendo en el campo dulce.

 

Colinas dormidas, alegrías que se elevan con ruiseñores violetas.

 

Llego cargado de coplas de tiempo, de sendero, de olor y de dolor.

 

Alguien ha muerto esta tarde. Y el heno y las colinas van detrás de los lamentos que en el viento arden.


"El poeta de Quilca quiere estar duro" - Me duele un Cristo tu ausencia

 


Románticas estrellas colorean la mañana con un llanto de música que duele esencialmente en el costado izquierdo.

 

Rosales meados por la mañana, espectrales y fragantes, armonizan en lo distante, rotos y mustios, olvidados en la niebla.

 

Mi música es triste porque la Luna ya no anega los jardines frondosos por los que un día tú cantaste.


lunes, 17 de julio de 2023

"El poeta de Quilca quiere estar duro" - Tu recuerdo bajo el amparo de la Luna

 


Temblorosa

Tus mustios cristales tornaron mis penas en espectros azules.

 

Trémula

Tu suave y gruesa alfombra persa cubre de primavera el duelo antiguo que me acosa.

 

Transparente

Tus infinitos silencios llaman a la Luna y esta acude a mi balcón y sacude con sus plateados cilicios las indolentes sombras de tu ausencia.


"El poeta de Quilca quiere estar duro" - Háblame, mírame, no te vayas

 


Garganta de plata, canta en la sombra errante que llevo arrastrada de los hombros.

Canta no importa melancólica, que tu poesía es ruiseñor en guirnalda.

 

Nostalgia constelada de noches de julio, llora tu blanco dolor sobre mi cadáver henchido.

Deja que tus hojas me cubran con su lírico dolor.

 

Voz doliente, abre tus ojos negros y dedícame una última mirada al terminar el postrer verso de tu dulce sonata.