martes, 21 de septiembre de 2021
Víctor Humareda - Maestros de la pintura peruana - Lectura terminada #1550
martes, 29 de junio de 2021
En mi muro - Capítulo 7 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)
Si no quieres pasar tus primeros días en una mina peruana (una ubicada a más de 4,000 metros sobre el nivel del mar), abrazado al wáter del baño y desalojando en él todo lo que has comido desde que naciste, con la cabeza reventándote y tirado, luego, en una camilla, delirando y recibiendo oxígeno de un inmenso tanque verde que, por momentos, te parecerá la pinga del Increíble Hulk, te invito a seguir estas recomendaciones.
Antes del viaje, empaca ropa gruesa, ropa que abrigue.
Deja de lado tus principios fashionistas, aquí solo importa abrigarse.
Compra en la botica un blíster de dimenhidrinato; 10 pastillas
por 2 soles. No pagues más. En la tienda del costado, cómprate una botellita de
Tampico; 1 sol 50, bien pagado.
No cenes el día antes del viaje. Tampoco almuerces
pantagruélicamente. El estómago debe prepararse para el abrupto cambio que
experimentará: a más de 4,000 metros, procesará tus alimentos con lentitud. No
le será posible digerir lo que normalmente tragas a nivel del mar.
El día del viaje desayuna tu primera pastilla del
blíster. Bájala con un sorbito del Tampico. Así es, acertaste; el primer día será
de ayuno. Los mejores nutricionistas, especialmente aquellos que terminaron la
universidad sin asistir a demasiadas clases, recomiendan ayunar un día por semana.
Una vez dentro de la camioneta que te llevará a la
mina, dormirás profundamente. El dimenhidrinato se encargará de ponerte en coma:
es uno de sus efectos colaterales. Sí, te perderás la estela de maravillosos paisajes
serranos que desfilarán ante tu ventana, pero si tu camioneta sufre un
siniestro, ni lo sentirás de lo ausente que estarás. Aprecia siempre el aspecto
positivo de los problemas.
Cuando lleguen al restaurante Chez Víctor (que
significa «En la casa de Víctor»), pides una sopa. Te recomiendo la sustancia
de pollo. Acompáñala con un juguito de
naranja. Con él, te soplarás el segundo dimenhidrinato. Ahí, en San Mateo (localidad
que acoge a Chez Víctor), ya sentirás cierta presión en las sienes, presión que
hubiera sido mucho más jodida si no te hubieras tomado la primera pastillita. Por
favor, no te dejes tentar por lo que ordene el chofer de la camioneta: la
consabida trucha con el riquísimo arroz blanco y las doradas papas fritas. No
imites tal pedido. El organismo del chofer está acostumbrado a la altura. Él
sube y baja llevando gente. La altura y él ya son uno solo. En lugar de
codiciar su pedido, conversa con él. Miren el fútbol. El chofer te contará que
está haciendo una pequeña fortuna apostando el número de corners en cada
partido de la Eurocopa. Ya lo ves celebrando el tercer tiro de esquina a favor
de los daneses y en desmedro de los galeses. Admira su portento estadístico.
Saluda su magnífico apetito, pero no pidas la trucha. Tu estómago citadino no
la soportará. No ahora.
Te recomiendo no entrar a la mina en tu primer día;
déjalo para el siguiente.
En la noche, no te bañes. Todo lo sentirás helado,
incluso el agua caliente de la ducha. Ponte encima todo lo que empacaste y sumérgete
debajo de las 5 gruesas frazadas que la cama del campamento tiene para ti.
Antes de dormir, con el Tampico que te sobró de la
mañana, tómate el tercer dimenhidrinato del día.
Ni se te ocurra prender la estufa para calentarte
durante la noche. Deja ese trabajo a las frazadas y los abrigos. Las estufas
consumen el oxígeno que te es tan escaso y tan necesario en esta situación. Si
duermes con la estufa encendida, nada de lo que te he dicho servirá. No podrás
dormir: los dolores de cabeza y las náuseas sabotearán tu sueño.
No te masturbes esa primera noche. No
seas loco. Hold your horses. Aunque, sopesándolo bien, este consejo está de más: el
dimenhidrinato recién ingerido se encargará de esfumar tus deliquios sexuales y
te conducirá a un sueño vaporoso y prolongado.
El cuarto y último dimenhidrinato lo tomarás en el
desayuno del segundo día, con un matecito o un tecito. En el almuerzo, ya podrás
ingerir algo más que una sopa y prescindir de las pastillas. En este punto,
podemos afirmar que has sobrevivido al soroche y sus funestos efectos; podrás
comer lo que gustes y masturbarte las noches que creas necesarias siempre y
cuando actives las alarmas en tu celular. Recuerda que, en la mina, la chamba arranca
desde las 4 de la mañana. No vale quedarse dormido. Te arriesgas a que te
acomoden una puteada.
Si mi receta para sobrevivir al soroche no te cuadra,
no la sigas. Total, las recetas siempre fallan. Ya ves que el batido de fresa
con Smirnofff sale mejor con una lata de Smirnoff de manzana y no con una del
sabor original sindicado en la receta.
Estás servido.
viernes, 25 de junio de 2021
Un País Feliz. Una Presidente Transexual en el Perú - Capítulo 9 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)
Ahora tengo un nuevo cuaderno pulcro y mi cuerpo
delicioso como todo verbo.
Julio Barco – Arder
Llevo
en esta bolsa negra el corazón del ministro de educación y cultura, uno de los
ministros más jóvenes que ha tenido el Perú. Tengo miedo. Siento que la gente
que se cruza en mi camino puede ver a través de la bolsa. Sus ojos me gritan “asesino”.
Pareciese que, en cualquier momento, empezarán a lincharme o, en el mejor de los
casos, llevarme con la policía. Aún tengo que salvar dos cuadras para poner
esta bolsa en el tacho de basura que está al lado del poste pintado de
amarillo. Esa es la señal.
Yo no
maté al poeta Arco; así se apellida (o se apellidó) el ministro más joven del
país. Yo solo le extraje el corazón y lo puse en esta bolsa negra. Quien lo
mató fue otra persona. A mí solo me pagaron por ejecutar lo que acabo de
contar.
***
A
pesar de que su nombre se replicaba más y más en revistas, diarios y páginas
web, el poeta Arco carecía del apoyo moral de sus papás, quienes desaprobaban
que su único hijo se dedicase a huevear el día entero. Yo no soy un vago, se defendía el poeta en las ácidas y cada vez
más frecuentes discusiones familiares. Yo
leo y hago literatura; la estudio. La poesía es mi pasión, es mi destino. ¿No
lo pueden entender? Los pleitos casi siempre terminaban con el papá
espetándole: ¿Y hasta cuándo chucha te
voy a mantener, desgraciado? Ya tienes veintitantos, has terminado la
universidad y jamás hemos visto un centavo de tu parte. Pero el unigénito
respondía: A mis veintitantos, tengo
media docena de poemarios publicados, papá. El aludido remataba: ¿Vamos a comer poemarios, huevón?
Una
mañana, la cocina de la casa empezó a arder. El papá, que ya se alistaba para
ir a la fábrica de embutidos donde se encargaba del empaquetado del producto
final, fue quien se percató del amago de incendio. ¿Quién mierda ha hecho esto?, dijo, exasperado, luego de que aventó
un baldazo de agua sobre las crecientes llamas. Carajo, pudimos haber muerto si explotaba el balón de gas.
Entonces, descubrió un libro chamuscado en la hornilla. ¿Y esto?, dijo, levantando el objeto, tratando de explicarse la
situación. Y apareció Juan. Dijiste que
querías comer poemarios; les estaba preparando un omelette con mis mejores versos.
Así
fue como Arco inició a la fuerza su gira nacional. Vagabundeó por todo el país
hablando de sus poemarios y brindando cientos de entrevistas a canales de
Youtube de provincias y del extranjero. En todas las transmisiones, lució
siempre la misma camisa de cuadros azules.
Entonces,
el Perú eligió a su primera presidente transexual, quien, luego de fusilar a
todos aquellos políticos cuyas trapacerías eran de sobra conocidas, estableció
las evaluaciones mensuales de lectura. Todos los habitantes alfabetos del Perú,
nativos o extranjeros, debían leer, por mes, un poemario o una novela. Una
semana antes de culminar determinado mes, eran sorteados diez ciudadanos para
contestar, en un evento televisado, cinco preguntas sobre la lectura que habían
escogido. Aquellos que no acertaban con las respuestas eran fusilados en vivo y
en directo. Esta sangre derramada le servía de estímulo al resto del Perú para
que no descuidara sus lecturas. Cualquiera podía salir sorteado. Más les valía
que estuvieran preparados. En poco
tiempo, el peruano se convirtió en un ser civilizado o, al menos, bastante
leído.
Uno de
los evaluados fue el poeta Arco. Respondió con versación cada pregunta que se
le formuló. Sus respuestas no solo llenaron el vacío planteado, sino que añadieron
islotes de profusa cultura. La presidente, que no se perdía ninguna
transmisión, lo contactó. Arco fue llevado a Palacio de Gobierno. En la oficina
de la máxima autoridad peruana, se le ofreció liderar el Ministerio de
Educación y Cultura. Arco, como era de esperarse, aceptó la misión.
***
¿No te caen mal las personas que le toman
foto a todo lo que comen?
Sí, me llegan al pincho.
Estamos
en Astrid y Gastón, un restaurante en San Isidro al que suelo ir todos los
viernes. La sazón aquí es inmejorable, al igual que la atención de los mozos;
quienes quedan totalmente pendientes de cualquier gesto que hagas, buscando
satisfacer hasta el más mínimo de tus requerimientos.
Juan
mira hacia todos lados, observando el más estricto disimulo. El lugar no es
lujoso, pero es bonito, señorial. Juan sabe que no estamos en un restaurante
cualquiera. Algo ha oído de los locales del cocinero Gastón Acurio. Juan sabe
que está a punto de almorzar en un lugar caro, totalmente fuera de sus
posibilidades. Nunca ha estado en un lugar así, y ya le pica mano por registrar
todo lo que va viendo en la cámara de su celular.
Le
sorprende la gente que va colmando el local de forma mesurada. A diferencia de
nosotros, de piel más bien chaufosa, el resto de los comensales es blanco y de
rasgos del tipo tengo plata y jamás he pisado San Juan de Lurigancho. Juan
lucha por disimular su asombro provinciano y elabora una pose altanera. Solo
por joder, le pregunto si ha estado en un restaurante similar a este. Creo que sí, me miente; no lo recuerdo muy bien.
Caballeros, bienvenidos, dice
el mozo que nos atenderá. Es Ernesto, quien, luego de reconocerme, me saluda
con un cálido apretón de manos. ¿Va a
ordenar lo de siempre, don Gabriel? Tengo treinta y siete años, pero luzco
de veintitrés. Esto me lo dicen todo el tiempo, no lo digo yo mismo. Sin
embargo, me encanta que Ernesto me trate de don. A Juan, por la expresión que
leo en su rostro, jamás lo han tratado con ese respeto en un restaurante ni en
cualquier otro hueco que haya podido visitar. Sí, por favor, Ernesto, lo de siempre: el arroz con mariscos al wok,
abrazo entre el Callao y Genova, año 2007, por favor. He dicho el nombre
completo del plato para aterrorizar con mi refinamiento al poeta Arco.
Siempre con el ajicito carretillero y la
copa de vino alsaciano, ¿verdad don Gabriel?, dice el mozo.
Por supuesto, Ernesto. Muchas gracias.
Y
ahora le toca el turno a Juan. Caballero,
le dice Ernesto, ¿qué va a ordenar usted?
No
puedo dejar de comparar mis zapatillas Air Jordan, de aproximadamente seiscientos
dólares, con los zapatos (¿de colegio?) gastados y avejentados de Juancito.
Gran trabajo le habrá costado a Ernesto llamar “caballero” a un tipo en
semejantes fachas. Afortunadamente, Gastón Acurio, mi amigo, ha capacitado muy
bien a su personal: No hagan distingos de
ningún tipo. Si la persona está sentada a una de nuestras mesas es porque puede
pagar el plato. Eso es todo lo que importa.
¿Dónde está la carta?,
pregunta Juancito, casi con miedo.
Ahí en la mesa, caballero, dice
Ernesto, señalando unos cuadritos negros -que forman un mosaico geométrico-
pegados en una esquina de la mesa. Al detectar la gran interrogante que es la
cara de Juancito, Ernesto profundiza en detalles: Es el
código que debe escanear con su celular para que le aparezca la carta y la
pueda revisar las veces que desee.
No entiendo, dice
Juan.
Yo
disfruto por dentro. Estoy empezando a humillar a este gran escritor y poeta
que me supera en ventas, pero no en pluma. Ah, no, joder, en pluma nadie me
supera. Y en dinero tampoco, por algo tengo más de diez años sobresaliendo en
la industria minera.
Le
digo a Ernesto, quien no pierde la sonrisa en el rostro ni un segundo –gran
trabajo el de mi amigo Gastón al entrenar en el servicio esmerado a estos
muchachos-, que vuelva en un minuto, que yo le indicaré a mi acompañante cómo
ordenar un plato.
Escanear
el código de cuadritos en el celular es una operación bastante fácil. Juan la
comprende rápidamente, aunque no puede ocultar el hecho de que es demasiada
tecnología la que se le ofrece en un solo día y es que, por supuesto, está
sentado a la mesa de uno de los cincuenta mejores restaurantes del mundo.
Lo que
sucede a continuación es todavía más delicioso para mi alma sedienta de
humillación. Juan no entiende los nombres de la carta o jamás los ha probado: “entraña
angus”, “pulpo a la brasa”, “meloso rojo de vóngoles”, “udon criollo al wok” y
así. Es divertidísimo mirarle la cara y a través de ella saber que se está
preguntando dónde están mi arroz chaufa,
mi papa rellena, mi pollo a la brasa. Orgulloso como es, no se atreve a
preguntarme nada. Así que se decide por un plato que cree conocer o le suena
menos extranjero: el pulpo a la brasa. Típico de alguien que no se atreve a
explorar y se refugia en lo conocido. ¿Dónde
está el alma aventurera de este huevón?, pienso. Llamo al mozo y le
comunico los pedidos.
¿Alguna bebida para acompañar su pulpo,
caballero?, le pregunta Ernesto a Juan. Como si le estuvieran
midiendo el tiempo, Juan repasa velozmente la carta de bebidas. Es evidente que
sus pupilas tratan de reconocer alguna palabra que le suene familiar, un punto
seguro al cual aferrarse. El orgullo, otra vez, le impide solicitar consejo
alguno. Entonces, detecta el término “orange”. Alguito de inglés sabe. Orange,
naranja. Un orange spritz, por favor,
dice finalmente Juan. Está sudando. Los nervios lo tienen cojudo. Así que un orange spritz, pienso. Menuda sorpresa te vas a llevar cuando te
raspe la garganta. Afortunadamente, para este pendejo, Ernesto le sugiere
agua. ¿Desea agua para aligerar el sabor
de su bebida, caballero? Agua, agua; esa es una bebida que hasta Juan
conoce. Sí, por favor, se apresura en
contestar. Ernesto regresa enseguida con una botella propia de la casa, el agua
Premium Munay, que es, según mi experiencia, lo único gratis en el restaurante;
para el resto, tienes que aflojar una buena cantidad de billetes.
***
Tal
cual me dijeron, el flaquito llegó a la hora fijada. Sí que era puntual. Volví
a repasar el plan. Me dije: A ver, Pepe,
esperas la señal de Paloma, dejas pasar un minuto para que ella fugue sin
levantar sospechas, y luego entras con el cuchillo.
Era
innecesario sacarle el corazón a un muerto, pero era la tarea para la que me
habían contratado. Tenía que hacerlo, la paga era buena. Además, el flaco ya
estaría muerto cuando me tocase el turno de chambear. O sea, no tenía que matar
al tipo; solo sacarle el corazón y dejarlo en un tacho de basura. ¿Qué harían
con ese corazón? Ese no era mi asunto.
***
En las
redes sociales, Juan se ufanaba de la masiva venta de sus poemarios. Esto me
avinagraba el humor, ya que mis libros eran alimento de polillas. Nadie los
compraba. La gente que me había leído me reconocía un gran manejo del lenguaje,
del suspenso, de la sorpresa, pero nadie se animaba a hacerse con uno de mis
libros. Y no era que yo necesitase el dinero de las ventas –como sí era el caso
de Arco-. El dinero era un tema hacía rato solucionado para mí. Lo que menos me
preocupaba era el vil metal. Sin embargo, aquello que taladraba mi corazón con
ponzoña era el aluvión de halagüeños comentarios que recibía Arco sin cesar,
mientras que los cuentos que yo publicaba apenas si los leía mi mamá.
Decidí
bajarlo de su nube, que probase por unos momentos el agrio sabor de la bajura.
Conseguí su número celular. No había que buscar con mucho ahínco. El teléfono
lo tenía publicado en todas sus redes sociales. Lo llamé. Quiero comprarte todos tus poemarios. Estaba seguro de que ninguno
de sus admiradores, misios la mayoría, le había propuesto semejante oferta. A
sus cortos veintiocho años, tenía ya más de diez libros publicados. Con un
tonito petulante, como si le fuese habitual que le comprasen a diario toda su
obra, me indicó que solo le quedaban ejemplares de su poemario “Prender”. Está bien. Dijo que me lo enviaría por
correo. ¿No lo envías tú mismo? le
pregunte, haciéndole notar mi emoción por que viniese. No, él solo dejaba el
paquete en la oficina de correos. No podía creer que este muerto de hambre no
quisiese conocerme, sabiendo que era un tipo solvente, a quien le tenía sin
cuidado el costo de un poemario o de diez de ellos. ¿Qué no pensaba que podía
ganarse a un lector y seguro comprador de su obra por venir? ¿No vislumbraba
que estaba conversando con un posible mecenas? Un tipo con espíritu emprendedor
no hubiera perdido la oportunidad de entregarme personalmente el libro. Como,
por lo visto, carecía del necesario empuje comercial, y porque era parte
crucial de mi plan de humillación conocerlo, tuve que insistir en que nos
viésemos personalmente. Pero ¿qué decirle? El tipo, además, parecía desconfiar
de cualquiera.
Juan, la verdad es que quiero tomarme unas
fotos contigo. No quiero perderme la oportunidad de retratarme junto al poeta
peruano vivo más importante de estos tiempos.
Estaba
seguro de que no se resistiría a semejante sobada de lomo. Y no me equivoqué.
Empezó a ceder, a abrirse.
Te voy a ser franco, dijo
él, no tengo dinero para ir a ninguna
parte. Lo poco que tengo lo estoy ahorrando para mi siguiente publicación. Espero
entiendas.
Ah, pero eso no es problema, Juan,
respondí sin demora. Espero que no tomes
mal lo que te voy a proponer, pero yo te pago el taxi aquí, a Magdalena. No
tengo ningún problema. Para mí será todo un honor compartir contigo un almuerzo
quizá.
Juan
no sabía qué responder. Aproveché su momento de vacilación para reforzar mi
propuesta. Todo va a ser bien rápido,
estimado Juan. Nos tomamos la foto, almorzamos algo rápido e inmediatamente te
consigo el taxi de regreso.
Sin
embargo, la duda aún hablaba por él: Sí,
pero…,
No
cejé y arremetí con fuerza: Además, Juan,
me gustaría colaborar con tu siguiente publicación. ¿Unos trescientos soles
estarían bien?
Hubo
un silencio del otro lado. No obstante, el olor de la aceptación parecía
sentirse en el aire.
Los
comunistas, como Juancito, son muy susceptibles con el dinero regalado. O sea,
les gusta, siempre y cuando se los ofrezcas refinadamente o bajo la excusa de
alguna noble causa. Para evitar que tomase el dinero como una especie de dádiva
o limosna, le propuse que los trescientos los aceptase como el pago por una
clase maestra y particular de Literatura que él pudiese darme.
¿Clase maestra?, dijo
él.
Claro, una clase de Literatura,
arremetí, de esas que acostumbras a dar
en tu canal de YouTube.
Sabía
que su aceptación estaba muy próxima. Había que coronar la proposición
asumiendo que todo estaba ya aprobado. Le metí entonces la estocada final.
Pásame tu dirección para pedirte el taxi,
por fa.
Una
hora después, Juan, vestido con humildad -pues no tenía dinero para renovar sus
ropas- aparecía a la puerta de mi moderno departamento en Magdalena.
***
Encontré
al poeta ya muerto. Parecía dormido. Era, entonces, mi momento. Me vestí con el
buzo que había llevado para el fin y empecé a sacarle el corazón. Terminada la
misión principal, inicié la secundaria: descuartizarlo. La motosierra hacía el
ruido previsto, pero la radio a todo volumen ocultó los ronroneos. Nadie jodió
durante el proceso. Era la suerte. Mi buena suerte. Empaqué los miembros en
bolsas negras. Alguien más se encargaría de desaparecerlos. No se me dijo
quién. Tampoco me importaba. Mi chamba fue cortarlo en trozos y llevarme el
corazón en una bolsa.
***
Es un honor conocerla, señora presidenta, dice
Pepe.
Señorita, por favor. No hay problema.
Siéntate.
Claro. Gracias, dice
Pepe.
Mira, seguro te preguntarás por qué te he citado.
Así es, señorita presidenta, pero no se me
ocurre ningún motivo.
Claro, ya me imaginaba.
¿Por qué se imaginaba, presidenta?, dice
Pepe, ya empezando a recelar.
La
presidente, que no es tonta, detecta la sospecha de su invitado y, pues, como
ya no hay escapatoria, refuerza su batallón: Porque todo apunta a que tú fuiste el que mató al ministro Juan.
¿Yo? Se equivoca. Eso es lo que dice la
prensa, pero se equivocan, tartamudea
Pepe. Mi desgracia con todo este alboroto
fue haber llevado en la mano el mismo tipo de bolsa que llevaba el asesino
cuando huyó del lugar.
Ya veo. Sin embargo, las pruebas que tengo
no vienen de la prensa. Si me dejase guiar por lo que dicen los periódicos,
este país se habría terminado de ir a la mierda hace mucho tiempo. Ahora, ves
que el ciudadano peruano ha cambiado. Es más culto, lee, trabaja, se esfuerza.
Los índices de pobreza bajan considerablemente mes a mes. Sí, hay gente que se
larga porque no quiere morir, porque no ha leído lo que tenía que leer. Y los
dejamos ir. Nos quedamos con quienes realmente quieren esforzarse.
Claro, me consta. En casa, por ejemplo,
hasta mi señora lee. Y antes ella huía de los libros, dice
Pepe.
La
presidente camina hacia la puerta del salón oval. La abre y entran dos
militares. Cada uno lleva un fusil. El señor Pepe se alarma. La presidenta
retoma su discurso.
Como le decía, no he llegado a estas
alturas de la política por ser tonta. Sé que tú mataste al ministro Juan.
¿Cómo? ¿Yo? No, no, para nada.
Shhh, shhh. No necesito que me pruebes lo
contrario. Yo sé que fuiste tú y punto. Y las balas que están dentro de los
fusiles de estos caballeros también lo saben y, lamentablemente para ti, ellas
no tienen oídos que quieran oír tus excusas.
Por favor, no quiero morir. Yo solo le
quité el corazón. Nada más. Una mujer se encargó de matarlo con un veneno. Le
juro que le estoy diciendo la verdad, suplica Pepe, las lágrimas
bañando su rostro.
Lo más jodido de todo esto se lo lleva
Anita, la señora que hace la limpieza. No sabes, Pepe, lo que le cuesta remover
la sangre de estos pisos y paredes sin dañar la pintura. La vez que eliminé al
candidato enano, buen tiempo le llevó quitar los pedazos de cerebro del cuadro
de Túpac Amaru.
Espere, presidenta, soy ino…
Y los
balazos empiezan a destrozar el cuerpo de Pepe.
***
Cuando
eligieron a Juan ministro de educación y cultura, me calenté tremendamente. No
lo pude soportar. El muy pendejo, encima, me invitó a conocer Palacio. Quería
devolverme la humillación que le hice sufrir en Astrid y Gastón. La venta de
sus libros se disparó a la estratósfera. Algo se me ocurrirá para castigar a
este insolente. Solo con la mamadera del
gobierno podías salir de pobre, cabrón.
jueves, 24 de junio de 2021
En mi muro - Capítulo 6 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)
Mi esposa (me incomoda llamarla así porque ni ella siente nada por mí –a no ser algo parecido al odio- ni yo siento nada por ella –aunque no la odio, pues no soy de los que odian-, pero aún es mi esposa legalmente, a pesar de que ya no vivamos juntos) recibió la notificación para la primera cita de conciliación.
La conciliación es un paso obligatorio si vas a llevar
tu divorcio a los tribunales.
Ella siempre me decía: «No te la voy a hacer fácil. No
te voy a dar el divorcio así no más. Que te cueste».
Existe el divorcio rápido, que puede tomar menos de 6
meses, siempre y cuando la pareja esté de acuerdo en separarse. Ese no es mi
caso. A pesar de que me odia, ella no quiere divorciarse así de rápido, así de
fácil. Me la quiere hacer difícil. Por eso, he contratado a un abogado.
¿Por qué no empecé estos trámites antes? Uno, porque
no contaba con el dinero para contratar a un litigante y, dos, porque no tenía
un motivo para empezarlos. Sin embargo, ahora, mi situación económica ha
mejorado ligeramente y tengo un motivo por el cual comenzar con el proceso:
recuperar la confianza de mi chica hondureña; prometerle que sí hay un futuro
en el que nos veo perfecta y armoniosamente casados.
Mi esposa recibió la notificación y me llamó pérfido. Bueno,
no me dijo pérfido; me llamó traidor, mal hombre, malo. No sé por qué. Si hay
algo que no soy, son justamente los calificativos que me endilgó. No debiera
decirlo yo, pero soy un tipo bueno, confiado, hasta cojudo (ser confiado es ser
cojudo; disculpen la redundancia). Pero nunca malo, inicuo o traidor. Jamás he
obrado a sabiendas de que perjudicaba a alguien. Si alguna vez lo hice, fue con
toda la buena intención del mundo.
Me separo porque es lo mejor para mi esposa, para mi
hija y para mí. Mi todavía esposa es una buena madre. Jamás negaré ese hecho.
Sin embargo, como pareja, hemos sido un fracaso. Hay que reconocerlo. Por eso,
en esta demanda, solicito un régimen de visitas; no la tenencia. Siempre
he creído que los niños deben criarse con las madres; sobre todo, y
fundamentalmente, cuando ellas prueban serlo en toda la magnitud de la palabra.
Mis padres se separaron en los términos en los que yo desearía separarme de mi
esposa, es decir, en los mejores términos.
Yo me crie con mi mamá. Creo que me fue bien con ella.
Elegí crecer con ella. Mi papá no fue el tipo más cariñoso del mundo, pero, a
mis 38 años, recién entiendo el modo en el que me educó: con rigurosa
disciplina. A mis 12 años, no aprecié muy bien aquello. Ahora que soy papá, si
bien no soy el militar que él fue, entiendo por qué hizo lo que hizo cuando era
yo un niño: tomar la correa y azotarme cual si fuera la piñata de una fiesta
infantil. Nunca le he pegado a mi hija (bueno, sí, lo reconozco, solo una vez y
hace mucho tiempo, el suficiente como para que ella no haya guardado memoria del
incidente, aunque nunca el necesario como para que yo haya podido olvidarlo. El
día en que la jaloneé del brazo me quedó un agujero en el alma y juré arrancarle
sonrisas y nunca más lágrimas) pero entiendo que, a veces, la paciencia no es
una virtud ingénita.
Me separo de mi esposa porque, entre otras cosas, nos
era casi imposible evitar las discusiones delante de la bebe. Y cuando ello
ocurría, prefería abandonar la contienda verbal y dejar que pensase que era un
cobarde. Prefería eso a que mi hija continuase absorbiendo la ponzoña del
momento.
El 30 de junio se celebrará la primera conciliación.
Si mi esposa no asiste, habrá una segunda fecha; aún desconocida para mí. Si tampoco
acude a este segundo acto, el juez tendrá el sustento fáctico necesario para proceder
con mi demanda de divorcio, la demanda a la que mi esposa tanto me alentó a
formular en nuestras más álgidas conflagraciones orales: «Divórciate de mí,
pues; haz lo que tengas que hacer, porque yo nunca te voy a firmar nada así de
fácil».
viernes, 18 de junio de 2021
En mi muro - Capítulo 5 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)
Fabián me dice que tiene unas entradas para ver la primera obra de teatro presencial luego de tantas cuarentenas encima por la COVID. Es una obra que protagoniza en solitario nuestro ex maestro de teatro, Manuel Wiesse. Le yapeo a Fabián el importe de la entrada y escribe que pasará por mí en su auto nuevo. Lo hace, pero a las 6 y 20 de la tarde. La función es a las 6 y 30. A pesar de que toma la Costa Verde, llegamos a la Alianza Francesa, en cuyo teatro será la función, a las 6 y 40. Los vigilantes, un par de cholos malhumorados, nos niegan la entrada. Regresamos al auto y Fabián propone vagabundear por el malecón de Miraflores. Hacia allá enfilamos.
Fabián: ¿Te conté lo que pasó con Graciela?
Daniel: No jodas, huevón; ¿te la tiraste?
F: Sí.
D: Hijo de puta, eres un maestro, un grande.
Putamadre, tengo 38 años, tú 21, y a tu edad no hacía ni un quinto de lo que tú
haces. Cuenta. ¿Cómo fue? ¿Fue en la fiesta de la promo del taller de Manuel?
F: Sí.
D: Fue en Barranco, ¿no?
F: Sí.
D: Cuenta, pues, huevón. Me metes la puntita y luego
yo tengo que sacarte la información a cucharadas.
F: Nada. Estábamos en un restaurante –no me acuerdo el
nombre-, pero sí que estaba súper cerca de la casa de Graciela.
D: Ya, claro, me acuerdo que ella me contó que vivía
en Barranco.
F: Sí, la gente se quitó y nos quedamos Graciela, yo y
no sé si te acuerdas de una tía chata, de pelo negro, que siempre se reía de
cualquier cosa.
D: Claro, claro, tampoco me acuerdo de su nombre, pero
sí sé a quién te refieres. Chucha, ¿y cómo hiciste para deshacerte de ella?
F: Nada, al principio. En realidad, no tenía ni idea
de lo que iba a pasar después. La cosa es que Graciela nos dijo para continuarla
en su casa, que no quedaba tan lejos de ese restaurante. Llegamos y nos
instalamos en la sala de su dúplex.
D: ¿Dúplex?
F: Claro, dúplex. ¿No sabes lo que es un dúplex?
D: No. O sea, cuál es la diferencia entre una casa de
dos pisos y un dúplex. ¿No es lo mismo? Yo creo que dúplex es una mariconada de
palabra para nombrar a una casa de dos pisos, ¿o no?
F: Ya me hiciste dudar.
D: Continúa.
F: Graciela sacó dos rones y una Coca de 2 litros.
Estuvimos conversa y conversa harto rato. En eso, me doy cuenta de que la tía
se había quedado dormida en uno de los sofás.
D: Qué pesada. Yo que ella me hubiera ido hace rato.
Hay gente que no posee el sentido de la pertinencia. No saben cuándo
desaparecer de la foto.
F: Graciela la despertó y la llevó al segundo piso.
Ahí tenía una cama.
D: Entonces, se quedaron solos.
F: Sí, y cuando volvió a sentarse, se sentó bien
cerquita de mí. Habrá pasado algo de 20 minutos cuando, te juro, hermano, me
miró y yo la miré. Nos quedamos callados. Y ella me dijo me gustas, y yo le
dije me llamas la atención. Y nos besamos.
D: Putamadre, te admiro, huevón. ¿No me digas que lo
hicieron ahí mismo, en el sofá, en plena sala, a sabiendas de que la tía que
estaba arriba podía bajar en cualquier momento?
F: No, pero adivina qué me dijo.
D: No sé, ¿tienes condones?
F: No.
D: ¿Eres mayor de edad?
F: No, hermano.
D: Puta, no sé, ¿qué te dijo?
F: Me preguntó ¿quieres tirar?
D: No jodas, huevón. ¿Te tuvo que preguntar eso? Eso
no se pregunta, huevón. Eso se siente. Se supone que cuando besas a una
hembrita, por el modo en que la besas, metiéndole la mano por aquí y por allá,
ya está más que implícita la idea de que van a tirar, ¿no? ¿Cómo carajos besas
tú, huevón?
F: Sí, hermano, tienes razón. Quizá no soy tan
apasionado para besar.
D: Entonces, obviamente, le dijiste que sí.
F: Claro, hermano. Le dije que sí y me llevó a su
cuarto.
D: Chucha, pero ¿y si entraba la tía?
F: Graciela le puso punto a la puerta.
D: Pasu, huevón, te admiro, ya me imagino lo que
habrás hecho ahí. Graciela tiene un cuerpo bonito según recuerdo.
F: Muy bonito, hermano, muy bonito. De vez en cuando
me la corro recordando esos momentos. ¿Te acuerdas que tenía un yeso en el
brazo?
D: ¿Qué? ¿Tenía un yeso? Claro, claro, ahora que lo
recuerdo ella aparece en las fotos que publicaron en el grupo con un yeso. Y tú
y ella muy abrazados, pendejos; o sea que desde el restaurante ya te la estabas
trabajando, cabrón.
F: Ella se me estaba pegando, hermano.
D: Huevón, ¿no hay problema con que cuente esto en la
novela que estoy publicando en mi Face?
F: Con tal que me cambies el nombre, hermano, no hay
problema.
D: Claro, claro, yo siempre cambio los nombres.
Estamos a punto de cruzar una intersección en Miraflores. Todavía le quedan unos cuantos segundos a la luz verde. Pero Fabián tiene que detenerse porque tres jóvenes están cruzando la calle por las líneas de cebra. Son 2 chicos y una joven. Los chicos corren para alcanzar la vereda, pero la joven mantiene el paso. Mira a Fabián. Me mira a mí. Y continúa caminando demorando notoriamente el paso. Cuando llega a la vereda, la luz es ahora roja y tenemos que esperar un minuto para cruzar la calle.
D: Esa es la dignidad del pobre. ¿Te diste cuenta?
F: ¿De qué?
D: De los huevones que estaban cruzando la pista. Eran
dos patas y una chica. Los patas sabían que la luz estaba en verde y que era tu
derecho que ellos apurasen el paso para que nosotros crucemos, pero la chica
nos miró y, con toda la concha del mundo, empezó a caminar más lento,
odiándonos a cada paso.
F: Ah, verdad, ¿no?
D: Esa es la dignidad del pobre: No tengo auto, y no
estoy en mi derecho de cruzar la pista, pero me tienes que respetar porque el
peatón siempre tiene la preferencia. La dignidad del pobre es una de las peores
taras que pueden existir. Te apuesto a que esa huevona votó por Castillo. Muy
digna se cree la cojuda.
F: A propósito, hermano, puta, me gustan un culo tus
posts políticos. No sabes cómo me cago de la risa con los comentarios, con esos
huevones que te quieren cagar, pero tú los cagas con un par de palabras,
empezando por hacerles notar que no saben escribir. Qué bueno, hermano.
D: Gracias, bro. Hay que joder a los comunistas
siempre que se pueda. Hablando de comunistas, Manuel apoya al Lápiz, ¿no?
F: Sí, ¿no?
D: Y, mira, un par de cerdos capitalistas como tú y yo
hemos contribuido con la taquilla de su obra. No hay nada menos egoísta que el
capitalismo. El socialismo, por más que lo pinten de otro modo, termina siendo
muy egoísta. Es que solo un pata con plata puede darse el lujo, como nosotros,
de pagar por una obra de teatro y no verla. Un comunista de mierda paga –si es
que paga, porque generalmente busca la oferta o que lo inviten- pero hace lo
que sea para verla. No va a dejar que su plata se pierda. Pero, nosotros, bro,
pagamos y listo. No necesitamos verla. Eso es colaborar desinteresadamente con
la causa del arte, del teatro. Es más, nuestra ausencia en las butacas ha hecho
posible que haya menos gente en el auditorio, o sea, menos probabilidad de
esparcir la COVID. Ya, pero estoy hablando huevadas. Me alejé del tema. El tema
del yeso de Graciela me ha dejado cojudo. Mira, no te preguntaría por cómo lo
hicieron, ¿ya? Pero ella tenía un yeso en el brazo, huevón. La pregunta es
obligatoria. ¿Cómo lo hicieron con un yeso de por medio?
F: Era como si no lo tuviera. En realidad, no la sentí
incómoda. Solo dijo un par de ¡aus! Creo que fueron más por mi… ya tú sabes,
que por el brazo mismo.
D: Pendejo. Y hasta qué hora se quedaron tirando.
F: Puta, no sé, hermano. La cosa es que, espera, sí,
creo que a las diez me desperté. Bueno, ella me despertó.
D: No jodas. ¿Y qué te dijo?
F: Me dijo que la tía había tocado la puerta a eso de
las siete de la mañana.
D: Anda, huevón.
F: Sí, y que ella salió, abrió la puerta y le dijo: Por
si acaso, Fabián está durmiendo conmigo.
D: ¿Eso le dijo? ¿Así, no más? Qué fría. Increíble.
F: La señora se fue y Graciela volvió a la cama.
También me contó que, en el chat del grupo, todos preguntaban por mí: ¿Dónde
está Fabián? Alguien sabe algo de Fabián, no se ha reportado. Su familia lo
está buscando.
D: ¿O sea la tía sí sabía que te habías perdido
dándole matraca a Graciela?
F: Parece que sí, hermano. Guardó bien el secreto.
D: Claro, bro, ahora que recuerdo, en el chat del grupo
se armó todo un escándalo. Todo el mundo preguntaba por ti. No sabían dónde te
habías metido.
F: Sí, revisé mi celular y vi esos mensajes. Ya luego
los respondo, pensé.
D: Eres la cagada.
F: Los mensajes podían esperar, pero el segundo round
con Graciela no. Total, qué más daba si permanecía inubicable unas horas más.
D: Bien pensado, bro. Alucina que yo ya me imaginaba
que algo así había pasado entre tú y Graciela.
F: ¿Por qué, hermano?
D: Por las fotos que se tomaron con la promo en el
restaurante. Salen ustedes dos demasiado cariñosos.
F: Sí, tienes razón; yo también veo amor en esas
fotos.
D: Bro, ¿y el niño que tuvo Graciela nueve meses
después de ese feliz incidente no es tuyo?
F: Siempre me lo pregunto, hermano. Quizá sí, quizá
no. Por eso, este 20 de junio me fumaré un tronchito en nombre de mi hijo.
D: Eres la cagada, Fabián, a tu edad yo no hacía ni
una pizca de lo que tú haces: no traía cosas del extranjero para venderlas aquí
al triple del precio, no recorría el Perú en un auto moderno como el que tienes
–con las justas iba en combi a la universidad-, y tampoco tiraba con flacas
ricas como tú lo haces.
F: No, hermano, es suerte, no más.
D: El mundo es tuyo, estimado.
F: ¿Esa frase no es de una película?
D: Ojalá que el huevón de Castillo no cague tu negocio
de importaciones.
F: Sí, hermano, ojalá.
D: Al final, Fabián, tú fuiste el alumno premiado de
la promo; el mejor alumno.
F: ¿Por qué, hermano?
D: Porque a pesar de que siempre llegabas tarde a las
clases -incluso casi llegaste tarde a nuestra presentación final en el teatro
de Miraflores y Manuel te metió una puteada de antología-, porque, como te
digo, a pesar de que casi siempre lo tenías impago a Manuel con la pensión, te
graduaste con el premio mayor: Graciela. Claro, no era que ella fuera la bomba
sexy, pero ¿quién se acuesta con una chica barranquina y en su propia casa?
Eres un maestro, pendejo.
F: Gracias, hermano. Tienes razón. Al final, el mejor
de la promo fui yo.
viernes, 11 de junio de 2021
En mi muro - Capítulo 4 (Novela de Daniel Gutiérrez Híjar)
Domingo 6 de junio del 2021. Segunda vuelta electoral. En algún lugar del Callao - 7:15 pm
270, dice Javier.
No, digo yo, tienen que ser 250.
Javier se agarra la cabeza: Chucha, la cagada, hay 20 votos de más.
Javier es el presidente de mesa. De los cinco
ciudadanos elegidos para conformarla, Javier fue el único que se presentó. A
Luis, en la primera vuelta, lo pescaron de la fila y nombraron tercer miembro.
Aquella mesa, de esa primera vuelta electoral, quedó operativa a las once de la
mañana; es decir, con cuatro horas de retraso.
¿Estás
seguro?, me dice Javier, visiblemente preocupado.
Claro, son 250; el número de firmantes en el padrón cuadra con los
stickers que Luis ha estado pegando en los DNI, respondo, y
miro al aludido. Este asiente.
Domingo 6 de junio - 7:00 am
Tú
vas a ser el presidente de mesa, dijo la representante de la ONPE, señalando a
Javier.
Tú,
como en la primera vuelta, serás el tercer miembro, continuó,
señalando a Luis.
Y
tú, el secretario, terminó, señalándome a mí. Luego, me enseñó lo que
debía hacer: ubicar en un padrón de quince hojas a los 300 votantes que se
fueran presentando, tomarles la huella digital del dedo índice derecho y
solicitarles una firma idéntica a la que figurase en sus DNI.
Muchas
gracias, me dijo. En el tiempo que llevo
aquí, nunca se ha abierto una mesa a la hora exacta, a las siete. ¿Te
presentaste por la plata? Porque te puedo facilitar el link en el que te tienes
que registrar para que cobres los…
No,
gracias, la interrumpí. Empecemos, más bien.
Ok.
Empiecen, chicos. Mucha suerte. Me llaman si necesitan algo.
Domingo 6 de junio - 10:45 am
Van a ser cuatro horas desde que abrimos la mesa y ya
han votado algo más de ochenta personas. Javier está asombrado. Dice que, en la
primera vuelta, a esa hora, ni siquiera abrían la mesa. Al final, solo votaron
120 personas. Cree que, en esta ocasión, el número será mucho mayor. Tiene que ganar Keiko, tiene que ganar Keiko,
dice.
La tarea de Javier consiste en firmar las cédulas y
entregárselas una a una a los votantes. Es importantísimo que él mismo tome una
y se la entregue al votante. Muchas veces, ellas se pegan entre sí y ya nos ha
tocado casos en que un honrado sufragante ha salido de la cámara secreta devolviéndonos
hasta tres o cuatro cédulas más. Ha pasado esto y Javier sigue ensimismado en
su celular, sin escarmentar. De tanto en tanto, habla con Luis sobre cuándo
cobrarían los 150 soles que el Estado les otorga a los miembros de mesa.
Mi tarea de secretario es confirmar que el votante
figure en el padrón, solicitarle una firma y la huella de su índice derecho.
Sin embargo, voy más allá; les doy la bienvenida, les invito a tomar una cédula
(porque Javier sigue distraído con el celular) y a pasar a la cámara secreta.
Son tantos votantes que ya tengo un discurso más o menos sólido. Pongo mi mejor
voz de azafata virgen del American Airlines y le digo al votante:
Hola,
Edilberto. Bienvenido. Por favor, toma una cédula. Sí, de esas que están
firmadas, y pasa a la cámara secreta, por favor. ¿Tienes lapicero azul? ¿No?
Entonces, coge uno de estos, por favor. Cerciórate de que sea solo una cédula,
porque se pegan entre ellas.
Muy
bien, Edilberto, ahora deposita tu voto en el ánfora; en esta ranura. Muchas gracias.
Ahora,
por favor, necesito que me firmes aquí. Muy bien. Ahora, déjame la huella
digital de tu índice derecho exactamente aquí, en este recuadro. Perfecto. Buen
trabajo.
A
continuación, tu DNI, con su respectivo sticker, te lo devolverá mi compañero
Luis, que está en esa esquina.
Al parecer, ninguno de los votantes de mi mesa había
sido recibido con tanta eficiencia y amabilidad, en sus vidas, a la hora de
votar.
Decían: ¿Eso es
todo? ¿Tan rápido?
Yo les respondía: Sí,
eso fue todo; ya terminamos. Ahí tiene
alcohol y papel para que se desinfecte si desea.
Me decían: Muy
amable y muchas gracias, joven.
Yo les respondía: No,
gracias a usted más bien por haber cumplido con su deber cívico. Así es, a
esos niveles de cursilería llegaba mi amabilidad de terramoza lujuriosa de Cruz
del Norte.
Todos me reconocieron el buen trato, los votantes de
Keiko y los de Castillo (porque en esas más de ochenta personas era seguro que
había gente de ambos bandos), lo que prueba que un mucho (como afirmaba el buen
Marco Aurelio Denegri: si se puede decir «un poco» también es válido decir «un
mucho») de amabilidad destruye cualquier tipo de barrera.
Domingo 6 de junio – 7:00 pm
Estoy cerrando el padrón, como me indicó la chica de
la ONPE. Luis y Javier, ansiosos por regresar a casa, cuentan los votos del
ánfora. No hay personeros del Lapicito; solo uno de Keiko.
Termino con el padrón y superviso el conteo de los
votos. En su prisa, Javier comete demasiados errores; pone algunos votos de
Keiko en el pilón de los de Castillo y los de Castillo en el de Keiko. Un
entrevero completo. Apenas detecto las fallas, las enmiendo. Pero, ¿Cuántos dislates habrá cometido mientras estaba yo finalizando el padrón?
Domingo 6 de junio - 7:20 pm
Esa es la respuesta; cometió 20 dislates. Su infantil
apresuramiento lo llevó a contar 20 votos de más.
A
ver, propongo calmadamente, en medio de la desesperación que se va
apoderando del resto de miembros, voy a
contar los votos, pero los voy a agrupar en montones de 10. Por favor, chequeen
que no se me pase uno.
Al terminar, el resultado es de 251 votos.
Chucha,
ahora sobra uno, dice Luis.
Nos miramos menos preocupados (ya no eran 270 sino 251
votos), pero preocupados, al fin y al cabo; sobraba un voto.
Luis le reclama a Javier: Debiste chequear que solo sacaran una cédula. Hay gente que ha estado
devolviendo más de dos que se habían pegado. Seguro un vivo aprovechó y marcó
dos cédulas. Has estado todo el rato distraído con tu celular.
Voy
contar a otra vez, digo. Nuevamente, 251 votos, distribuidos así: 179
para Keiko, 56 para Castillo, 15 viciados y 1 blanco.
¿Y
ahora?, dice Luis.
Yo
me quiero ir temprano, dice el personero de Keiko.
Quítale
un voto a Castillo, le dice Javier a Luis, que ha quedado cerca de las rumas
de votos.
¿Yo
por qué? Tú la cagaste. Tú hazlo.
Javier, que sabe que la ha cagado, se acerca a los
votos de Castillo y, cual prestidigitador, desaparece uno en el bolsillo de su
casaca.
Ya
está, dice; 250 votos. Que se joda el
comunismo.
Llenamos los formularios de ley y entregamos los votos
a la representante de la ONPE. ¿Todo
bien, chicos?, nos dice.
Sí, respondemos en
coro.
Son
la mesa que más rápido ha terminado. Felicitaciones.
Gracias, le respondemos
juntos.
Saliendo del estadio donde nos tocó votar, Luis, como
si hubiera leído nuestras conciencias, dice: Putamadre, me siento culpable.
Javier, algo más resuelto, dice: Sí, pero no creo que Castillo se vaya a sentir muy culpable cuando
empiece a mandar a la mierda a todo el país. Bien hecho, que se joda el Lapicito.
Domingo 6 de junio - 7:50 pm
Camino a casa de mi madre. Me siento hasta las huevas.
Le hemos birlado un voto a Castillo. Todos somos culpables, aunque la mano
desasida –como diría Martín Adán- le haya pertenecido a Javier. Luego, pienso: ¿Y
por qué no eliminamos uno de los votos viciados? El fragor del momento no me
permitió proponer esa solución. Ni se me ocurrió como ahora se me ocurre
mientras camino. La única salida viable, en esas circunstancias, pareció ser la
propuesta de Javier. Muchas veces tomamos decisiones apresuradas y los
arrepentimientos posteriores están asegurados. Así, en medio de un clima
hostil, había dejado que el amor de mi vida se fuese del país.
A propósito, ella no me había whatsappeado desde el
mediodía. Esto también me desmoraliza. Ayer, sábado, me reuní con el abogado que
me asesoraría en el divorcio de la madre de mi hija. Quedamos en una cantidad de
dinero y firmamos un contrato. Le envié las respectivas fotos probatorias por
el whatsapp a mi chica hondureña (no es mi chica aún, todavía no me perdona,
pero ha restablecido nuestras comunicaciones, lo cual me significa una luz de
esperanza). ¿Ahora sí crees que tengo
toda la intención de recuperarte?, le escribí.
Sí, me respondió.
Esa respuesta me había coloreado el sábado y parte del domingo, hasta que he comprobado
que se ha desentendido de mí hoy durante las elecciones.
Carolina, la chica del Tinder, ya me decía que me
amaba de modo superlativo, y estuvo muy pendiente de lo que me ocurría durante
mi experiencia como secretario en la mesa de votación. Me escribía a cada
minuto, y yo le contestaba cuando los votantes me concedían un respiro. Ya no
la tenía guardada como «Carolina Tinder» sino como «Carolina Miró», su apellido.
Pero quien decidía mi estado de ánimo, sin duda, era
mi chica hondureña.
Ya en casa de mi madre, relaté a grandes rasgos los
eventos del día, pero obliteré lo del voto sustraído a Castillo. Sobre ese robo
involuntario -pero robo, al fin y al cabo- en el que participé, no hablaré jamás.
Nunca podrá probarse dicha sustracción; sin embargo, lacerará mi conciencia toda
mi vida.