jueves, 22 de agosto de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 06

 


Ese negro es bien bruto, dijo El Tío Marley en el canal de YouTube de Héctor Montes, Habla, Montecito. No entiendo cómo es profesor ese negro huevón.

¿Por qué?, dijo Héctor, quien era más conocido en el mundo de la Brutalidad por el diminutivo de su apellido, Montecito. Aunque, desde hacía varios meses, el sobrenombre le había quedado reducido a Monte.

Puta, pes, huevón, porque dice que es profesor y dice honores en lugar de ad honorem, se rio Marley, quien colaboraba en el programa mientras freía hamburguesas en un Macca’s del Centro de Sydney, en Australia.

¿Así dice ese conchasumadre?, se sorprendió Monte. No creo, ah. Seguro has escuchado mal, oe, enfermo.

Nada, serrano conchatumadre, discrepó Marley. Lora, Lora, pon el vídeo del negro. Raúl Lora era el productor del programa de Montecito y del programa del Profe Bruti, a quien sí le cobraba un estipendio semanal a cambio de sus servicios. Por el contrario, le producía gratis a Monte porque, según confesó en uno de los programas, aquí me divierto, bajo pepa, me pongo creativo. En cambio, el Profe me grita, me mandonea. Cree que, porque me paga, tiene derecho a maltratarme.  

Pero es que luego el Profe se molesta y me quiere botar de su canal, opuso Lora.

Qué te va a botar ese negro huevón, lo tranquilizó Marley. ¿Acaso no sabe ese conchasumadre que sin ti no funciona? Si tú no lo engorilas, ese negro es más aburrido que lamer vidrio. Así que pon el vídeo no más. Ahí te lo pasé al WhatsApp.

Lora puso el vídeo. El rostro moreno de Bruti apareció en el canal de Monte. Estaba furioso y despotricando de uno de los tecleros que acababa de tildarlo de negro limosnero: Mira, Brayan Castañuela, para tu información, yo participo en algunos canales de manera a honores, escúchalo bien: a honores, o sea, sin pedir un sol a cambio, ignorante. Yo solo saco plata (y bastante, ah) de mi propio canal, de las miles de vistas que genero, reconchatumadre. Lora cortó el vídeo.

Puta, qué bruto es ese negro. Y así dice que enseña. Puta, por eso la educación en el Perú es una cagada, aseveró Monte, riéndose de la imbecilidad de Bruti. Monte, redimido atracador de pulperías y camiones transportadores de gaseosas en Huancayo, su ciudad materna, transmitía su programa desde Italia, país en el que vivía ya cerca de seis años. Y encima dice ‘escucha bien, ignorante’. Se pasó de conchudo el negro.

Así es el Profe, dijo Lora. Cuando le hacen ver un error, se defiende diciendo que él habla como le da la gana, pero cuando otro se equivoca lo insulta de burro hasta más no poder. Es soberbio el Profe.

¿Qué?, dijo Marley al no haber oído la contribución de Lora debido al chisporroteo de la freidora de papas. Marley había sido en el Perú, en el limeño distrito de Miraflores, uno de esos pituquitos que se divertía llamando cholos a todos los que no pertenecían a su círculo social. Amigo de los hijos de los dueños del Perú, el Tío Marley había llegado a los veinte años sin un destino claro, sin huella y sin sueños. A diferencia de Monte, serrano y sin recursos, que fugó a Italia para resetear el chueco discurso de su itinerario vital, el Tío Marley, blanco y pituco, había recibido una jugosa subvención paterna para intentarle dar una mordidita al sueño australiano y, Dios mediante, restituir en algo el bien ponderado prestigio del apellido Vértiz-Sánchez.

Que el Profe es muy soberbio, repitió Lora. Además, es peor que un niño. Se para contradiciendo. Por ejemplo, hace dos días dijo que ya no iba a poner los vídeos de la Golosa y que ya no iba a hablar de fútbol porque solo iba a dar cultura y literatura en su canal.

La Golosa era una sensual joven que se dedicaba a protagonizar vídeos porno. También, vendía desnudo-saludos a todo aquel que estuviese dispuesto a pagarle treinta dólares. Su esposo, un veterano médico ginecólogo, apoyaba sus lascivos, aunque muy lucrativos emprendimientos.

Pero ayer lo escuché un rato hablando del partido de la U y Alianza. Y estaba mentándoles la madre a todos los huevones que lo jodían, dijo Monte.

Lora, acosado por las risas que le despertaba la infantilidad del Profe, siguió comentando: Sí, yo le dije ‘usted dice que quiere llevar solamente cultura, que quiere dedicar el programa a sus alumnos de academia, que ellos siempre lo ven, pero luego está mentando la madre a todo el mundo, ¿cómo explica eso?’

¿Y qué te dijo ese negro hipócrita?, intervino el Tío Marley. En el fondo de su audio se escuchaba la voz de una muchacha que llamaba: One Forty Four!, One Thirty Eight!

Me mandó a la reconchademimadre, se rio Lora.

Ese negro qué cultura va a dar. Solo le gustan las monedas que le yapean. No tiene bandera, dijo Monte. Había prendido cámara y los noventa y nueve conectados podían verle la cicatriz que parecía extender una de las esquinas de su boca. Aquella marca se remontaba al momento exacto en que forcejeó con un pulpero. Tenía ya en sus manos los billetes obtenidos en un día de regulares ventas, cuando el tendero se animó a defender sus ingresos cruzándole el filo de un cutter cuya presencia Monte había desapercibido.

No sé qué día me cagué de risa escuchando al negro que decía que él le dedicaba tiempo a su familia, que para él no todo era YouTube, dijo Marley mientras armaba una BBQ Bacon Angus.   

Monte se animó a rebatir lo que había dicho el Profe: Qué mentiroso ese negro. Lo primero que hace al llegar de la calle es sentarse en frente de su computadora toda la noche. Y cuando termina de transmitir, se pone a ver otros programas. Mira, mira, justo aquí está el Profe, para confirmar lo que acabamos de decir. Mira, Lora, pon el comentario que acaba de escribir el Profe.

Marley, luego de lanzar al fondo de una bolsa de papel, la hamburguesa y una caja de papitas fritas, dijo: ¿Es la cuenta oficial del negro?

Sí, sí es su cuenta oficial, afirmó Lora. Puso el comentario del Profe en la pantalla. El mensaje era contundente: Dejen de hablar de mi pedasos de mierdas, yo soy docente y no estoy al nivel de ustedes un chibolo vago que no sabe limpiarse el poto un atracador de tiendas y un friepapas australiano, si vuelven a hablar de mi aténganse a las consecuencias.

Oe, te voy a decir una huevada, dijo Marley. Ahora, mientras hablaba, sus manos de pituco exiliado estaban dedicadas a armar, en menos de un minuto, una Big Mac. Yo no soy experto ni nada, pero mira cómo escribe ese negro, conchasumadre. Y así se hace llamar profesor. Puta, no pone puntos, ni tildes. ‘Mí’ lleva tilde, ah; ahí lo dejo. Bruti conchatumadre: Mí, con tilde, es un pronombre personal. Mi, sin tilde, es adjetivo posesivo. Ahí lo vuelvo a dejar.

Y ‘pedazo’ se escribe con ‘zeta’, acotó Monte. Deja mucho que desear ese Bruti. Monte no trabajaba ese día. Se había tomado la jornada libre aduciendo estar enfermo. En Italia, si no te sentías bien para trabajar, se lo comunicabas a tu jefe y, sin más, se te era concedido el asueto. Un trabajador común y corriente tenía derecho a ausentarse por temas de salud hasta cinco veces al año. Monte, tomando una cervecita, no iba a extrañar para nada limpiar las oficinas de cierto edificio del centro de Milano.

Putamadre, dijo Lora.

¿Qué fue?, dijo Marley. Era un experto acomodando las lechugas entre los panes y las carnes.  

El Profe dice que ya me cagué, que me va a botar de su canal, informó Lora.

Ni cagando, lo calmó Monte. Sin ti, el programa del negro se va pa’bajo.

Lora puso el comentario del Bruti en la pantalla: Lora conchatuvida, ya te cagaste, voy a ir a tu casa a sacarte la mierda, ni tu vieja te va a reconocer luego de que te destrose la cara a golpes, y luego de eso te voy a despedir como la rata doblecara que eres maricon.

Marley, luego de entregar la Big Mac, comentó: Compadezco a los alumnos de ese negro. 'Maricón' lleva tilde, profesor bamba.


lunes, 29 de julio de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 05

 


Las personas débiles se vengan.

Las fuertes perdonan.

Las personas inteligentes ignoran.

Albert Einstein

 

Dios está de su parte: le acaba de poner en el camino al cabro de mierda ese.

No puede ser otro que tú, conchatumadre, se dice Gonzalo mientras avanza en dirección al tipo que planea liquidar con un par de puñetazos y un certero puntapié en el estómago. Para dejarlo sin aire, maquina.

Se detiene en medio de su apurado andar porque el tipo a quien va a contrasuelear, de pronto, está conversando con un policía. Parece solicitarle alguna orientación. El oficial hace unos movimientos con el brazo. El tipo parece satisfecho. Se despide del oficial dándole la mano; luego, se aleja algo apurado. Cuando Gonzalo retoma su andar para interceptar al tipo y molerlo a puñete limpio, este entra en un restaurante de comida china.

Putamadre, se lamenta Gonzalo. ¿Y ahora?

Cavila: ¿Entra al restaurante o lo espera afuera?

El plato favorito de Gonzalo es el tallarín saltado con arroz chaufa. Se le abre el apetito. Mejor entro y me camuflo en una mesa cercana, piensa. No vaya a ser que se me escape este cabro sin que yo me dé cuenta. Entra.

Gonzalo es un negro sin plata, pero de buen vestir: camisa clara, pantalón oscuro, zapatos limpios. Como ha nacido en el Perú, la gente, al mirarlo, lo toma por guardaespaldas de algún hombre blanco adinerado.

Toma asiento en una esquina del recinto, procurando distanciarse todo lo posible del conchasumadre a quien va a ajustarle serias cuentas.

Un mozo se le acerca con mala cara. Aquí uno tiene que preguntar si hay asiento antes de ingresar, dice secamente cuando se planta ante sus zapatos viejos, aunque prolijamente lustrados. Gonzalo calza cuarenta y cinco.

Pero yo ahorita acabo de ver que un pata ha entrado y no se ha registrado ni nada. Gonzalo busca con la mirada al conchasumadre que se bajó sus dos primeros canales de YouTube. Ese huevón, dice Gonzalo, señalándolo; ese huevón acaba de entrar y usted no le dijo nada.

Señor, acá nos reservamos el derecho de admisión, retruca el mozo sin molestarse en seguir la dirección apuntada por el tiznado índice derecho de Gonzalo.  

No me diga. ¿Y por qué usted dejó entrar a ese huevón y a mí me quiere botar?

Porque acá no vas a encontrar un arroz chaufa de diez soles, compare. Ya, vete, vete, nomás, que me estás haciendo perder el tiempo, liquida la cuestión el mozo.

Yo tengo plata, carajo, dice Gonzalo. Saca su billetera y muestra un billete de cien soles.

El mozo no se inmuta. Eso solo te va a alcanzar para la sopa, dice.

Gonzalo saca otro billete de cien. Ya son doscientos soles. El mozo los toma. Gonzalo piensa: Más tarde tendré que pedirle plata a Penesiano. Penesiano es el seudónimo de un peruano que lleva más de veinte años viviendo en los Estados Unidos. Asevera haber acumulado tal fortuna que puede permitirse vivir sin trabajar.   

El mozo le desliza una mueca de desprecio antes de girar sobre sus talones y enrumbar a la cocina. Ya vuelvo, murmura.

Gonzalo quiere conchasumadrearlo en respuesta a aquella muestra de menosprecio que le acaba de dejar, pero se contiene: un escándalo alertaría al huevón al que piensa darle una lección repleta de puntapiés. Gonzalo había dicho en una de las transmisiones que emitió en el tercer canal de YouTube que tuvo que abrir tras el cierre de los otros dos que su enemigo, a quien ahora tiene a pocos pasos, había propulsado: El día que te vea, te voy a sacar la mierda, reconchatumadre. No me va a importar que me pidas perdón y me ruegues para que deje de hundirte la punta de mi zapato en las costillas y tus hijos se queden huérfanos, pedazo de escoria. Me has bajado dos canales por tu pura envidia, porque sabes que yo solito hago programas de más de quinientas vistas, fracasado. Sabes que, sin mí, no eres nadie. Ruega porque no te vea por la calle. El día que pase eso, te mato, reconchatumadre.

Lo tiene de espaldas; a unos diez metros. Así como me atacaste por la espalda, así te voy a joder, piensa Gonzalo. Mira sobre su mesa. La cubertería usual yace envuelta prolijamente en una servilleta de tela blanca. Se apresura en tomar la cuchara. Tras reflexionar rápidamente sobre aquella elección, deja ese cubierto y toma el cuchillo. Respira profundamente, rememora una vez más la frustración que el saboteo de sus dos canales de YouTube le produjo y, ya cargado de aquella prístina furia, camina con determinación hacia su objetivo. 



viernes, 10 de mayo de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 04

 


El muslo era blanco y gordo, torneado.

Bruti se relamió como el lobo del cuento de Caperucita. Sus belfos húmedos intensificaron el reflejo de la poca luz que se colaba por la ventana de manchones polvorientos.

Qué dice, profe: por dos puntitos, usted me puede acariciar todo esto, dijo la alumna, pasándose la mano por la piel lechosa de su pierna.

Dos puntos no, señorita, dijo Bruti. El examen estuvo difícil. Solo dos aprobaron y no puedo ir regalando puntos así como así. Bruti dio unos cuantos pasos meditabundos en el diminuto espacio que existía entre el negro pizarrón y el conglomerado de apretujados pupitres. Te puedo dar dos puntos si me aceptas un vinito hoy en la noche.

La alumna dudó: Pero, profe…

Tómelo o déjelo, señorita, dijo Bruti, tajante, la voz bronca. Yo hago una propuesta una vez y solo una vez; luego, no doy marcha atrás. Soy estoico en ese sentido.

***

Era un gordito llamado Porky Trelles, egresado de una escuela ignota de periodismo deportivo. Sus dos únicos polos exudaban el aroma del esmegma que se acumulaba en la gampi de un perro callejero.

El otro era un enano de nariz ganchuda apodado Verdurita por su frágil apariencia. También era el producto de alguna jodida escuela de periodismo deportivo.  

El tercer payaso era, efectivamente, un payaso, uno peligrosamente inestable. Su humor fluctuaba entre la alegría y el entusiasmo más inofensivos y la depresión más gris y destructiva. Lo apodaban el Payaso Pepino. Este personaje era el más imbécil de los tres porque, justamente, creía ser el más inteligente e infalible de todos los periodistas deportivos del país.   

Los tres especímenes se habían unido al Profe Bruti para emitir un programa que remecería los cimientos de la Brutalidad en el YouTube peruano.

El cerebro venezolano que había reunido a estos cuatro personajes tenía muy bien estudiado el gusto del peruanito de a pie de la segunda década del siglo veintiuno: fanático del chisme, racista, obrero y, en algunos casos, oficinista de medio pelo. Los cuatro especímenes que había juntado en ese primer y revolucionario programa poseían las características que mantendrían al cholito pedestre enganchado al show. Tenía al cochino, al cabro, al esquizofrénico y al negro. Claro, Cinthio Valente hubiera sido el cholo prepotente y feo que batutearía la conducción, pero la huida que protagonizó en Zepita, aquella noche de libertinaje transexual a la que Bruti se prestó con reveladora agilidad, le había confirmado a Guillermo, la mente maestra venezolana, que Cinthio ya no era el de antes; había perdido su prístina Brutalidad.

Cinthio y sus panelistas; a saber, Porky, Verdurita y Pepino, hacían una audiencia promedio de seiscientas personas. Con Bruti en el panel, y el viejo y aburrido Cinthio fuera, el programa alcanzó cotas tremebundas: nada menos que dos mil televidentes ansiosos de insultar a los cuatro monigotes.

Esto merece una celebración apropiada, dijo Guillermo tras la conclusión de aquella primera emisión rebosante de Brutalidad… y dinero, harto billete.

Debido a la avalancha de comentarios, muchos televidentes, ansiosos de que sus dicterios resaltasen por encima de los otros y fuesen leídos en alta voz para que los panelistas reaccionaran triplicando los denuestos recibidos, tuvieron que enviar superchats. Estos eran mensajes propios de la plataforma YouTube, que iban adheridos a sumas de dinero consecuentes con el supremo momento de divertimento que Bruti y su mancha prodigaban.    

Bruti me rompió el poto a reglazos en un colegio de Chincha, decía un superchat de veinte soles leído en voz alta por el propio Bruti, quien, por su voz gruesa de negro maltón, era el encargado natural de recitar los comentarios.

¿Cuándo has sido mi alumno tú, oe, reconchatumare?, perdía los papeles Bruti.

Pepino, son las dos de la tarde, ya está listo tu desayuno, leía Bruti un superchat de diez euros, y Pepino reaccionaba airado: ¿A quién llamas vago, hijo de puta? Dibujito de mierda. A aquellos usuarios que se escondían detrás de seudónimos y tenían por foto cualquier viñeta menos la del propio rostro, se les solía llamar dibujitos.

Verdurita, ¿es cierto que le dejaste roja la pinga al Profe Bruti de tanto que se la chupaste anoche?, leía Bruti un superchat de cinco dólares australianos y Verdurita solo decía: Cómo van a decir esas cosas, chicos, por favor, un poco más de cordura. Gracias por los cinco dólares.

Porky, está pasando el camión de la basura, ¿le digo que te deje dos bolsas?, declamaba Bruti un superchat de diez florines neerlandeses, colocándole la chispa debida al comentario, y Porky no se ofendía, por el contrario, al igual que Verdurita, tomaba la cosa con calma y bonhomía. No, pues, chicos, cómo van a insinuar que yo como basura. Yo soy un periodista respetado. Un poco más de consideración, señores, pedía con una sonrisa bonachona en el cacharro.

***

El Payaso Pepino no pudo acompañar al grupo. Dijo que tenía que ir a tomar su leche. Porky y Verdurita se unieron a Bruti y a Guillermo.

¿Adónde vamos?, preguntó Verdurita, que se había enfundado en el saco azul que le había prestado Porky unos momentos antes. Verdurita no quiso decir nada por respeto, pero, efectivamente, ese saco apestaba a esmegma de perro cachero.

A La Jarrita, chamos. Ahí suelo cerrar todos mis negocios y celebrar mis éxitos, dijo Guillermo.

Bruti tomó del brazo al venezolano y lo llevó a un ladito. Le susurró: Oye, ¿podemos pasar por una amiga mía?

¿Una amiga?, se sorprendió Guillermo. Pero si en la disco te va a estar esperando Estrella, chamo. Estrella era la transexual que Bruti se había pachamanqueado rico hacía unos días.

Sí, pero esta otra amiguita me debe un par de puntos en un examen. Hoy la pondré en mi pata al hombro.

Guillermo esbozó una sonrisa cómplice y le palmeó las protuberantes nalgas al negro. Tú no aprendes, niche.

Todos empezaron a abordar el auto del venezolano.

Oye, Porky, ¿ves esa bolsa negra en el piso del auto?, alcanzó a decir Guillermo antes de que el mencionado Porky tomase asiento.

, afirmó aquel.

Envuélvete con esa güevonada. No quiero que me dejes apestando el auto, chamo. Gracias, le solicitó Guillermo amablemente. Porky, medio palteado, pero sin si quiera reflexionar en darse un buen baño luego, procedió según lo indicado.

            El auto enfiló hacia la dirección que Bruti le indicó a Guillermo.  

domingo, 28 de abril de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 03

 



Todo está perdido cuando los malos

sirven de ejemplo y los buenos de mofa.

Demócrates

 

Ha sido un día de mierda.

Gonzalo acaba de perder el trabajo. El dueño de la academia preuniversitaria Venus 3000, donde dicta el curso de Literatura, lo ha expulsado sin miramientos. No es posible que me lleguen estas cosas sobre usted, señor Reynoso. Esta es una institución seria. Los maestros que laboran aquí son ejemplos de vida.

 De camino a la puerta de salida, Gonzalo se topa con Pietro Quispe, maestro de Matemáticas.

¿Qué pasó, negro? ¿Y esa cara larga?

Nada, compare. Todo está bien, miente Gonzalo, cortante. Jamás le contaría a ninguno de sus colegas un solo problema laboral, mucho menos personal. Sí, Pietro se enterará tarde o temprano del despido, pero no será de su propia boca.

¿Entonces? Estás blanco, nero. Parece que me hubieras visto meando, se ríe Pietro.

Fuera, huevón. Permiso, ya me voy, dice Gonzalo, el semblante sombrío. No está para las bromas cojudas del cholo Pietro.

Quispe le extiende una mano: No te vas a ir así como una mula, ¿no, nero? Somos profesionales, carajo.

Gonzalo sabe muy bien que Pietro tiene la costumbre de agarrarse los huevos, que, dicho sea de paso, jamás se lava, para luego estrecharle la mano al dueño de la academia. Es un modo de cobrarse una revancha diaria con la vida que lo ha tratado tan mal, que lo ha convertido en profesor de Matemáticas y no en el jugador de fútbol que anheló ser desde niño. El dueño de la academia es la representación de esa vida tan mezquina que le ha tocado.

¿Me vas a dejar con la mano extendida, zambo?, parece ofenderse Pietro.

Lávate la mano, serrano asqueroso, dice Gonzalo y reinicia su andar hacia la puerta.

Te vamos a extrañar, Profe Bruti, alcanza a decir Pietro con cincelada mofa. Ve a pedir limosna en tu canal de YouTube, negro malparido. De repente ahí te va mejor que como profe.

Con todo gusto, le hubiera sacado la mierda al cholo, pero Gonzalo está estático. Varias preguntas se acaban de formular en su cabeza y no acierta a colocarles una respuesta plausible a ninguna de ellas. ¿Cómo se enteró este conchasumadre de que me acaban de botar? ¿Cómo sabe que trasmito huevadas en YouTube? ¿Cómo supo mi seudónimo?

El cholo Quispe, que no es cojudo, ha subido las escaleras y ha desaparecido en los vericuetos de ese vetusto y estrecho edificio. Sabe que, de un buen golpe, Gonzalo lo hubiera dejado fuera de combate.

***

Leyó tres veces el dizque cuento. ¿Quién podría ser este conchasumadre?, caviló Gonzalo. ¿Quién tiene esta fijación perversa conmigo? ¿Quién me quiere hacer daño? ¿No toleran que un negro triunfe en algo, carajo?

Decidió que esas mismas preguntas se las trasladaría a sus seguidores ya mismo. Quizá ellos conocían la identidad de sus saboteadores.

Se sentó frente a la computadora. La encendió. Probó su cámara. Todo estaba listo. Ingresó en la cuenta de su canal de YouTube y empezó la transmisión en vivo.

¡Qué tal, gente! Aquí el Profe Bruti. Hoy voy a dirigirme a unos conchasumadres que me han hecho perder el trabajo, el número de conectados al directo subía rápidamente. Quiero que ustedes me digan por qué hay hijos de puta que no toleran que un hombre de raza negra triunfe en YouTube como yo lo estoy haciendo. Hoy les voy a contar cómo acabo de perder mi chamba de profesor por culpa de unos mierdas que quiero que me ayuden a identificar.


viernes, 26 de abril de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 02


 

Bruti se encasquetó su tan preciado blazer azul y se dirigió a la puerta. Su esposa, ocupada en lavar la vajilla, lo atajó.

¿Otra vez te vas a largar con tus amigotes?, las manos de la mujer goteaban agua sucia y espuma deslucida.

Oe, y a ti qué chucha te importa, ah, ladró Bruti sin dignarse a mirarla. Él era más alto que ella por varias cabezas.

Baja la voz, oye; el bebe está durmiendo, farfulló la mujer, los pelos largos, las puntas de sus cabellos abiertas como tridentes.

Bruti, negro alto, corpulento, el cabello enrulado y pegadísimo al cráneo, se abrió paso hacia la puerta. No me esperes despierta. Voy a regresar mañana, dijo. 

***

Era un restaurante especializado en parrillas. Bruti le dio la mano a Cinthio Valente, conocido periodista deportivo que había perdido su principal fuente de ingresos económicos por culpa de un altercado en el que no supo mantener la cabeza fría.

Ambos intercambiaron un saludo distante.

¿No llega?, preguntó Bruti.

No, dijo Cinthio y volvió a enterrar la cara en su celular.

¿Por qué no entras?, dijo Bruti.

Intenté, pero me sacaron, masculló Cinthio. Fuera de cámaras, su fallida vocalización también era flagrante. Solo dejan entrar a gente de plata, agregó secamente, sin levantar la cabeza del celular.

Aún no se sentía el calorcito que los noticieros anunciaban sería fuerte en veinte o treinta días más. El viento que barría las calles de ese elegante distrito limeño se coló por los resquicios del elegante blazer de Bruti. El grueso del dinero que percibía por dictar clases en las instituciones educativas que lo contrataban se convertía en perfumes caros, ropa de marca y alguna que otra veneca. El vientecillo juguetón le provocó a Bruti un cosquilleo gélido.

Pensó: Este huevón de Cinthio es un cojudazo. A ver, que me saquen a mí del restaurante, conchasumadre.

Se ajustó fuertemente el blazer, miró su reflejo en los vidrios de la puerta y se aprestó a entrar, decidido a parar de cabeza a quien se atreviera a retirarlo del lugar. En eso, se oyó un silbido que alebrestó el ambiente.

***

Acá no entra cualquier huevón, chamo, dijo Guillermo, delgado y guapo ciudadano venezolano. Enfrente de él, Cinthio y Bruti devoraban unas piezas de carne término medio. Rodeando a los platos; papas fritas y cocacolas gigantes heladas. Bruti pensó: Esta huevada está más rica que el bufo de mi Chincha querida.

Miren, mamahuevos, yo los he citado aquí, primero porque los sigo, dijo el venezolano; como dicen ustedes, soy su hincha, pues. Me gustan las mentadas de madre que se lanzan en sus programas. Él no comía nada; se dedicaba a sorber de una botella de cerveza de cuando en vez y a mirar a los dos especímenes que tenía delante de sus gafas oscuras. Aunque últimamente tu programa es una ladilla, señaló a Cinthio, quien procuraba llenarse la boca de carne, papas y gaseosas al mismo tiempo. Cinthio levantó la mirada, extrañado. ¿Qué chucha será ladilla?, pareció pensar. ¿Lo dices porque es muy picante mi programa?, dijo, el hocico inflado de comida masticada.

No, mamahuevos, refutó Guillermo, lo digo porque tu programa es recontra aburrido. Ninguno de los carajos que tienes ahí me da show. Creen que están trabajando en un programa serio y lanzan opiniones que pondrían a dormir a una sarta de burros pingones. Cinthio se tragó esa crítica con una bocanada gigante de cocacola helada.

Pero, Bruti, tu programa sí que me hace reír, chamo, aplaudió el venezolano. Gozo un puyero cuando te arrechas, chamo.

Yo no me arrecho, amigo. Yo me molesto con los faltosos, aclaró Bruti. La carne había estado deliciosa. Nunca había probado algo similar. Se recordó hacerse una fotito al salir del lugar. Sus seguidores tenían que enterarse de que él era asiduo visitador de establecimientos como ese en aquel distrito aristocrático de la ciudad.

A eso me refiero, chamo, dijo Guillermo. Tomó un sorbo de cerveza y, mirándolos, dijo: Los he citado aquí para proponerles un negocio.

***

¿Acá vamos a cerrar el trato?, inquirió Valente al ver que el venezolano los había conducido al jirón Peñaloza, calle infestada de prostitutas transexuales.

Claro, ¿cuál es el problema de cerrar el negocio aquí con unas cervecitas y bien acompañados por tres de mis mejores muchachas?, dijo el venezolano, acabando de aspirar una línea de cocaína.

           Acá me conoce mucha gente. No me voy a bajar de tu auto. Si me ven caminando por aquí, me van a joder de por vida. La noticia llegará a oídos de mi esposa y me voy a ver con botafogo, argumentó Valente. Estás seguro de que estas lunas son polarizadas, ¿no? Porque yo, de aquí, veo clarito a toda la gente. Mira, dijo, señalando a tres transexuales churriguerescamente ataviadas que salían del hotel Malkamasi. Desde aquí veo clarito a esos cabros.

¿De verdad eres bruto, chamo? Pensé que era broma eso de que eras el rey de los brutos, dijo Guillermo, cagándose de la risa. Claro que las ves, pues, pero ellas a ti no. De eso se trata este coroto de las lunas polarizadas. 

Bruti miraba con intensidad las caderas descomunales de los transexuales.

¿Qué miras, profe?, dijo Cinthio, risueñamente desconcertado. Pensé que te gustaban las hembras y, más específicamente, las periodistas deportivas blanconas. Guillermo celebró la ocurrencia de Cinthio, quien, a causa de la penumbra del auto, se asemejaba más a un sapo que a una persona.

¿Qué? ¿No son mujeres?, se hizo el cojudo Bruti. Luego, los nervios, como siempre que se apoderaban de él, le provocaron un frenético parpadeo. Se están acercando para acá, Guillermo, balbuceó.

Claro, pues, chamo. Esas son las amiguitas de las que les hablaba. Con ellas vamos a celebrar el inicio de nuestro proyecto, dijo el venezolano y abrió la puerta posterior izquierda del auto presionando un botón en el tablero electrónico.

Las transexuales entraron raudas al auto. Bruti tuvo que arrimarse contra la puerta posterior derecha. No se le notaba indignado; por el contrario, parecía dispuesto a dejarse llevar por lo que dictaminase o resolviera el venezolano. Quien sí brincó en su sitio fue Valente. No, no, yo me bajo, dijo. Palpó la puerta de su lado y no halló algún botón o palanca que lo liberase del auto. ¿Cómo se sale de esta huevada?, acezó el periodista.

Cinthio; tranquilo, Cinthio, dijo Bruti. No va a pasar nada, lo calmó. Tenía ya una de sus largas manos sobre los muslos de la transexual que le quedaba más cerca.

Guillermo, divertidísimo con la situación, presionó otro botón en el tablero electrónico del auto y liberó a Cinthio, quien corrió y corrió sin detenerse ante los semáforos del jirón Zepita. Corrió con la cabeza gacha para evitar que sus seguidores lo identificaran en aquel lugar relacionado con el comercio transexual.

Profe, abróchese su cinturón. Hoy usted va a cantar en la zona, dijo Guillermo, acomodándose las gafas oscuras y encendiendo su potente bólido.

 Bruti, de ocupación docente, maestro, profesor, no respondió nada. Guillermo lo espió por el espejo retrovisor y dio su visto bueno: el profe había empezado a conocer mejor a sus amiguitas.


sábado, 20 de abril de 2024

NOVELA PERUANA EL PROFE BRUTI de Daniel Gutiérrez Híjar - Capítulo 01

 


La expectativa es la raíz de toda angustia.

William Shakespeare

 

Luego de que lo besé, me tomó del cuello y, con una fuerza que no sabía que podía salir de él, me lanzó contra la pared. En la caída, quebré la mesita que me había regalado Sandra. Me dormí sobre los restos de esa mesa, los ojos hinchados y rojos de tanto llorar, no por los raspones y moretones, sino por el dolor de un amor homosexual que jamás decantaría en una dichosa y duradera felicidad.

Después de haberme arrojado contra la pared, Gonzalo se encerró en mi cuarto. El portazo que lanzó tronó dentro de mi alma ya maltrecha por su desprecio. No oí más de él, apenas mis sollozos de niña rechazada.  


domingo, 24 de marzo de 2024

La novela "Vera, la camarada" a través del pulso del escritor Renzo Miranda

"Vera, la camarada". Daniel Gutiérrez y una novela que desnuda a la izquierda local.


Conviene reconocer que Daniel Gutiérrez, cual adolescente ansioso por la experiencia que nutre a la literatura, ha transitado por las veredas del underground, y lejos del hogar clasemediero ha respirado el aire de Quilca y coqueteado con la vivencia homoerótica. Por lo menos, en el plano de la ficción, así lo demuestran muchos de sus libros. Escritor bisoño no es. Dominio técnico y trama para escribir no le faltan.
Pero en "Vera, la camarada" (2023) es quizá la construcción de los personajes en que Daniel Gutiérrez demuestra mayores logros narrativos. Ahí centramos nuestra mirada.
La retahíla de seres que pueblan las páginas de esta nouvelle representan varios tipos humanos. Germán Morante, el típico empresario oportunista que trabaja con el gobierno de turno, sin importarle el talante ideológico o político de cada presidencia. Morante encarna el pragmatismo amoral de nuestros días, la lógica del capital que se impone a la mala: la licitación servida, la triquiñuela legal, la prevalencia del negocio sobre el bien común.
Por su parte, Vera es la burguesía de familia y el socialismo de manual, un ser racista y confuso en sus ideales, que juega a la revolución (con piedras en mano), incapaz de tomar un trabajo con madurez, al punto de socavar diariamente a su madre. A pesar de sus privilegios de clase, Vera no se asume burguesa, no reconoce su fracaso ocupacional y está convencida de que sirve a una causa mayor. Pero su trágico final no es otra cosa que el epílogo de una fútil existencia, la simple crónica de una muerte innecesaria (como tantas veces se ha visto en Perú). Vera es la expresión de una izquierda confusa, delirante, tartufa y suicida.
Jack, hijo de Germán Morante, es otro personaje inquietante de la novela. Sin norte en la vida, ocupa sus días de privilegio burgués en el ocio de la música y en alguna que otra marcha contra el gobierno, en las que, sin culpa, se granjea unos soles a cambio de llevar a más incautos. Jack representa a todos los vampiros (quizá remedos de rockers o poetas) que roban siempre con la mano izquierda, cuyo interés es siempre subalterno.
Asimismo, desfilan por esta novela personajes a los que podemos contrastar hoy con la realidad más cercana, en Plaza San Martín. Es cierto que una novela no pretende ser una fotografía de la realidad, como escribió Ernesto Sábato, pero en la pluma de Daniel Gutiérrez leer los capítulos dedicados a Jaimito y a Aníbal Stacio son un festín para el diagnóstico psicológico, antropológico y filosófico de la izquierda local. El escritor los despoja de su pátina de sabiduría para exhibirlos en sus miserias humanas.
El libro propone, pues, una mirada crítica, feroz en su particular sarcasmo, para poner en trompo a cuanto zurdo (o prospecto de comunista y socialista) pulula en las sucias calles de Lima. Daniel Gutiérrez se engolosina en la polémica, pero es valiente y tiene forma y fondo para escribir.

"Vera, la camarada" ratifica un estilo propio en nuestro autor, esta vez para parodiar con deliciosa justicia a todo el zurderío de doble moral, a aquellos que parasitan mientras juegan al arte o a la revolución. Este es un libro jocoso, de prosa hilarante y realista, que, desde la ironía inteligente, retrata la hipocresía cotidiana de un amplio sector de la izquierda limeña.